¡Perdón, perdón, perdón por la demora!


Hetalia no es mio, le pertenece a su creador Himaruya-Sensei.

"El favor de la soledad"

Cap. 11

Hey, Fritz. ¿Aun lo recuerdas?

Aquel día tú dijiste algo que me hirió en lo más profundo.

Y desde aquel entonces, sin que te dieses cuenta, cada una de tus acciones…

Me han ayudado a comprender y crecer de una manera algo dolorosa.


Era un día perfecto. El sol brillaba, el viento era ligeramente frio, los caminos rodeados de hermosos paisajes verdes…Realmente divino.

Un carruaje se dirigía al castillo. Dentro de éste se encontraba una hermosa joven y su padre.

-¿Cuánto falta, padre?- pregunto la joven asomándose por la ventanilla del carruaje.

-Solo un poco más.- le contesto el hombre.- Se paciente, querida.

La joven suspiro con pesadez, pasando sus finos dedos entre su larga cabellera rubia.

-Lo he sido bastante tiempo.- reprochó sin dejar de mirar afuera.

"Ya quiero verlo…" pensó con ilusión. "…a mi futuro esposo."

-Hace tiempo que no había tanto movimiento en esta casa…- exclamo Sofía.- ¿Verdad, Prusia?

La nación se encontraba sentada en uno de los ventanales con la vista fija al jardín. Afuera todo estaba listo para la ceremonia de compromiso.

-¿Gilbert?- susurro la reina preocupada.- ¿Estás bien?

-¿Qué clase de pregunta es esa?- soltó la nación sin mirarla.- ¡Claro que estoy bien! ¡Soy el increíble reino de Prusia, ¿Recuerdas?

-…No sabes cuánto me alegra escuchar tus tonterías de nuevo…

-¡Hey!

La reina miro a Gilbert con dulzura.

-Porque eso significa que estas volviendo a ser el de antes.


Fritz se encontraba en su habitación. Había ya terminado de vestirse ahora solo le faltaba arreglarse el cabello. Tomo un lazo azul que se encontraba en el buro y lo ato a su coleta.

"Supongo que así estoy bien." Pensó mientras se daba un vistazo final en el espejo. "…Ahora solo debo de recibirla con mi mejor sonrisa."

Suspiro con pesadez. Sabía que no podía seguir fingiendo que estaba feliz con la situación, aun que también sabía que no podía negarse; no solo porque fue él quien la provoco, sino también porque no podía dejar a Prusia en manos de cualquier persona.

-Lo haces por Gilbert…- se dijo por lo bajo.- Recuerda que lo haces por el bien de Gilbert…

Alzo la mirada y esbozo su mejor sonrisa. Perfecto.

-Ahora...- mascullo saliendo de su habitación.- A esperar por ella.

La puerta se cerró lentamente tras él. Miro a través de los ventanales el hermoso día que transcurría afuera del castillo.

Y por un momento Fritz pensó que tal vez se trataba de una señal… tal vez algo bueno estaba a punto de ocurrir.


En la entrada principal del palacio se encontraba Federico I esperando impaciente por su hijo. Escucho a lo lejos unos pasos y, recordando que había quedado de verse con Fritz ahí, dio por sentado que se trataba de éste.

-Llegas tarde…- soltó el rey volviéndose.-Gilbert…- exclamo sorprendido al ver a la nación tras el.- ¿Qué haces aquí? Creí que eras Fritz…

-Vine a hacerte compañía…- dijo éste.- Además yo también quiero verla.

"Quiero ver a la persona…"

"…Por la cual me has cambiado, Fritz."


El joven príncipe caminaba a toda velocidad entre los enormes pasillos del castillo, mientras que, mentalmente, ya estaba escuchando los regaños de su padre; seguramente le diría que era un mocoso idiota y que aun le faltaba un montón de cosas por aprender. Dejo de lado esos pensamientos y siguió andando hasta la entrada. Pero, a unos escasos metros de llegar a ésta, se detuvo en seco.

-Gilbert…

¿Qué hacia ahí con su padre esperando? Fritz sintió una sensación de vacío en la boca del estomago. Coloco su mano sobre el pecho y, dando un enorme suspiro para calmarse, procedió a seguir andando…

"No puedo darme el lujo de retractarme ahora…" se dijo a sí mismo. Miro a Prusia. "Recuerda que lo haces por su bien… "

-Disculpen la tardanza…- exclamo el joven acercándose.

Prusia miro a Federico fijamente.

-Luces bien…- soltó con una sonrisa picara.- Aun que obviamente yo, el grandioso reino de Prusia, luzco mucho mejor.

-Tomare eso como un cumplido.- exclamo Fritz entrecerrando los ojos.

-Ahí viene…- exclamo el rey.- ¿Pueden verla?

Ambos jóvenes levantaron la mirada.

-Es la café, ¿Verdad?- dijo Prusia señalándola.

La carreta se detuvo frente a ellos. Un hombre bajo de esta y saludo al rey con cortesía. Dentro del carruaje aun se podía ver la silueta de otra persona.

-Mi señor…- dijo.- Es un placer encontrarme frente a usted después de este largo viaje.

-El placer es nuestro…- dijo el rey.

Prusia y Fritz permanecieron en silencio observando la escena. Una vez que ambos hombres terminaron de hablar, el rey le indico a ambos que se acercasen.

-Mi nombre es Prusia…- se presento Gilbert haciendo una reverencia.- Es un honor para mí conocerlo.

-El honor es mio, mi señor.- dijo el hombre.- Fernando Alberto II de Brunswick para servirle.

-¿Brunswick? -Gilbert miro con atención al hombre… Ya comprendía el porqué la importancia de ese matrimonio. -La familia Brunswick pertenece una larga línea de duques y militares. ¿Verdad?

-Está en lo correcto.

-Oh, ya veo.

-Y bien…- exclamo Fernando volviéndose a Fritz.

-Disculpe no haberme presentado antes…- exclamo Fritz.- Mi nombre es Federico II de Prusia. Encantado de conocerlo.

-El placer es mio.- Dijo estrechando su mano con la de Federico.- Espero que cuides bien de Isabel Cristina; ella es una chica obediente, bien educada, así que no causara ninguna molestia.

-Y hablando de ella…- pregunto Gilbert mirando a todos lados.- ¿Dónde está?

-Ah, es cierto, en la carreta.- exclamo el hombre sonriendo.- Ella es algo tímida y por eso no ha bajado aun, pero permítanme un momento.

Fernando Alberto la llamo un par de veces. La chica se levanto de su asiento y se asomo por puerta del carruaje.

Prusia la observo detenidamente, incrédulo, era muy hermosa: Su piel era blanca como la nieve, sus mejillas eran rosadas, sus labios eran de color carmesí y sus ojos grandes, redondos e inocentes, eran de un hermoso tono azul cielo.

La chica traía un vestido blanco decorado con cintas rosa pálido y en su cabello, rubio, largo y rizado un enorme broche en forma de mariposa.

Fritz pudo notar como la nación observaba fascinado a la bella joven. No pudo evitar sentirse celoso… ¿Qué tenia de especial esa chica para que la mirara de esa manera?

Isabel Cristina dedico una sonrisa tímida a todos los presentes. Se dispuso a bajar por cuenta propia del carruaje, pero, apenas coloco el pie en el escalón de éste, se detuvo en seco.

-¿Qué ocurre Isabel?- le pregunto su padre.

-me he atorado.- dijo señalando con la vista el tacón de su zapatilla que se encontraba atorado entre las rendijas del escalón.

Gilbert la miro detenidamente, tan torpe e ingenua…

-Yo la ayudo…- dijo caminando hacia ella.

La joven miro a su padre preocupada. El hombre le indico con la mirada que accediera a ese gesto tan amable.

-No te preocupes.- dijo la nación arrodillándose frente a ella.- Será rápido.

Prusia desatoro el tacón de la joven de un solo movimiento, extendió su mano hacia ella y la ayudo a bajar.

-G-gracias…- dijo a media voz completamente sonrojada.-…e-esto…- titubeo.

-Prusia.

-Mi nombre es Isabel Cristina.- exclamo la chica sin mirarlo completamente nerviosa.- ¡Y es un honor para mí conocerla…! ¡Perdón! ¡Conocerlo, Joven Prusia!

-El gusto es todo mío.- dijo por lo bajo.- Mi futura señora.


El rey hizo pasar a sus invitados a la sala de estar. Una vez dentro, después de que la emperatriz se presentara; los mayores procuraron apartarse a una distancia prudente de los futuros esposos.

Las miradas de ambos jóvenes se cruzaron. La última vez que Fritz había visto a Isabel Cristina fue cuando ambos eran niños. Lo único que recordaba de ella es que siempre se la pasaba escondiéndose de él, y que cada vez que lo veía comenzaba a titubear, para después sonrojarse por completo y salir corriendo.

Se acerco a ella y pudo observar como las mejillas de ésta se colorearon, igual que cuando niños; tomo su mano y la besó con suma delicadeza, como si de una frágil y delicada flor de cristal se tratase. Los futuros esposos se encontraron frente a frente. Ella sonrió con timidez él, en cambio, sonrió con cierta indiferencia.

-Me siento muy feliz de verte Isabel.-susurro el príncipe con una sonrisa galante.- Permíteme decirte que te vez hermosa.

-M-muchas gracias…

Los futuros consuegros intercambiaron miradas ante la escena. La nación se limito a desviar la mirada.

-Gilbert…- le llamo Sofía.- Ven un momento por favor.

La nación se dio la vuelta y camino hacia su emperatriz.

-¿Qué ocurre?

-Vigílalos por favor.- le pidió la reina a la nación.- Nosotros tenemos que hablar sobre algunos asuntos.

-¿Y por qué debo vigilarlos yo?- cuestiono.

-Porque queremos que la novia llegue de blanco al altar, por eso.- exclamo con una sonrisa maliciosa.- Así que… ¡Te los encargo!

Los futuros consuegros salieron de la habitación dejando solos a la futura pareja y a la nación. Éste último se acerco a la feliz pareja que apenas empezaba a intercambiar palabras.

-He oído que usted toca la flauta.- dijo Isabel Cristina por lo bajo.

-Sí, así es.- Le contesto Fritz.- ¿Y usted toca algún instrumento?

-Oh, claro que no…- murmuro sonrojarse.- Mis padres temían que al aprender a tocar algún instrumento me volviera un tanto… presuntuosa… supongo, jamás lo entendí.

-Ah…- exclamo el príncipe.- Comprendo.

-¿No crees que deberías tocar alguna pieza para ella?- soltó Gilbert de pronto.

-Oh, no, no…- exclamo la chica.- No quiero causar molestias.

-No es ninguna molestia.- dijo Fritz tomando la flauta que se encontraba en su estuche.- Encantado tocare una pieza para usted.

Fritz comenzó a tocar sin dejar de mirar a Isabel, mejor dicho sin dejar de mirar sobre el hombro de Isabel la cual estaba perdida en el bello sonido que producía la flauta. Tras ella se encontraba Gilbert mirándolo. Ambos se contemplaban.

-Es muy hermosa, una melodía bastante melancólica…- murmuro la chica.

Gilbert sonrió con tristeza. El reconocía esa melodía a la perfección, años atrás cuando Fritz tan solo tenía catorce años, le dedico esa canción.

-Siempre luces algo distante…- le dijo en aquella tarde lluviosa.- Compuse esta melodía pensando en esa soledad.

Sí, esa canción era suya, le pertenecía por el simple hecho de haber sido creada a base de su tristeza, de su amor no correspondido… de su fracaso.

Isabel comenzó a aplaudir una vez terminada la canción.

-Hermosa… bastante hermosa.- exclamo.- en verdad tiene talento, Federico.

-Gracias.- dijo el príncipe sonriendo.- Me alegra que le haya gustado.

-Es muy bonita…- Farfullo Gilbert.- Isabel Cristina.

La chica se encontraba recargada en la ventana observando el paisaje. Gilbert y Fritz se encontraban a unos cuantos metros de ella.

-Supongo que está bien.- dijo Fritz alzando los hombros.-…No puedo negarlo.

-Sé que vas a ser muy feliz a su lado…- susurro Gilbert. Fritz lo miro desconcertado, no esperaba oír eso. -Se ve que es una buena persona, así que… espero que no la lastimes.

-Ten por seguro que eso no sucederá.- le prometió.

Ambos miraron hacia el horizonte, mientras sentían como poco a poco, la tristeza y los celos destrozaban algo en su interior.

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Oye, Gilbert…

el atardecer, cuando termine contigo, con lo nuestro…

Eso lo hice porque tenía miedo y porque ya no deseaba lastimarte más…

Después de haberlo hecho, me di cuenta que lo único que hice fue herirte… perdón por ello…

Pero, ¿Sabes? Creo que ambos obtuvimos algo bueno de todo esto: Aun que sea un poco y a nuestra manera, creo que hemos madurado.


Gilbert observo desde su ventana la luna. Una luna verdaderamente hermosa. Desde el fondo de su corazón deseo que los rayos de ésta iluminaran más allá del jardín.

Su pecho dolía, dolía mucho más de lo que recordaba le había dolido en ocasiones anteriores.

En el fondo, quería negar la razón de su sufrimiento, quería ocultarlo como lo hizo durante tanto tiempo… pero ya no podía más, era más que obvio; por lo menos para él, que la llegada de esa mujer solo había ayudado a abrir la herida que apenas empezaba a cicatrizar… y dolía.

Habían pasado ya varias semanas desde la llegada de Isabel y la instalación de ésta en la mansión. La verdad no le molestaba en absoluto que esta estuviera viviendo bajo el mismo techo que él, ni mucho menos que se le acercara a conversarle; en realidad eso le gustaba mucho. Pero no podía tolerar verla cerca de Fritz, cada vez que ella se le acercaba; aun que fuera sin intención alguna, Gilbert no podía evitar sentir un fuerte dolor en el pecho acompañado por algo de rabia que se agolpaba en la boca del estomago. Pero sabía que no podía hacer nada para evitarlo, y ahora; faltando solo una noche para que Fritz e Isabel unieran sus vidas para siempre, comenzaba a darse cuenta que no podría hacer nada para evitar que estuviesen juntos.

Completamente juntos.

La persona a la que le perteneció una noche tiempo atrás en ese jardín que observaba; uniría su cuerpo a otra, otra persona que no era él. Eso dolía aun más… Le dolía mucho más que todas las jugadas anteriores y le sabia a traición.

Cerró los ojos y dio un largo suspiro esperando que, por lo menos un poco, el malestar cesara o en su defecto se redujera un poco.


Fritz se detuvo en el pequeño quiosco que se encontraba en el otro extremo del jardín, acerco con delicadeza la flauta a sus labios y comenzó a tocar una suave melodía.

Entre más tocaba más y más se perdía entre las notas que conformaban la balada. Cada nota traía consigo un recuerdo. Siempre que tocaba era así. Era como si la música trajera consigo todos los fragmentos de su memoria, los cuales agolpaban su cabeza y su corazón, de distintas ideas, pensamientos y emociones.

Por un momento, Fritz deseo que todos sus temores, dudas y miedos se perdieran como las notas de su melodía se perdían en el viento. Por solo un momento…


Dicen que la música es e alimento del alma, ¿No?

En mi caso, Fritz, tú música es un suave licor que embriaga mi alma y mi corazón.


La música logro atravesar las paredes de su habitación, llegando hasta sus oídos… más no podía ver de dónde provenía. Pero sabía que era él, Fritz, solo él podía tocar de esa manera tan triste, tan nostálgica y cautivadora. Gilbert decidió salir de su habitación. Sintiéndose atraído por aquella sonata que, como si de un hechizo se tratase, lo llamaba a seguirla. Pero, ¿Qué estaba haciendo? La nación se detuvo en seco. Si seguía la música en algún momento dado se encontraría con él y entonces…

Sacudió la cabeza, ya hastiado de la situación. Estaba harto de lo mismo. Se sentía harto de auto compadecerse, de preguntarse siempre lo mismo y de tener miedo. Cruzo a paso largo los oscuros y solitarios pasillos del castillo hasta llegar a la cocina. Necesitaba algo dulce pero que a su vez lo hiciera perderse un poco de sí.

Busco entre las cosas dentro de la alacena, y ahí, en el fondo, encontró justo lo que quería: Una botella de Licor. Perfecto. Era su turno de divertirse y de olvidarse del mundo, aun que fuese solo una noche.

Si Fritz iba a casarse, ese era su problema no suyo. Y mientras fuera joven, privilegio obtenido por ser una nación, disfrutaría de la vida. Además, tenía la fe de que, una vez iniciando, los miles de pensamientos que se agolpaban en su mente se callasen un momento.

Tomo un vaso de cristal y lo lleno hasta la mitad de licor.

-¡A mi salud!- brindo la nación tomándoselo de golpe.


Fritz seguía en el quiosco, perdido en los recuerdos que cada pieza traía consigo. Recordando situaciones y personas diferentes. Aun que, en su gran mayoría, los recuerdos lo llevaban a su infancia y a Gilbert.

-Hay quienes tratan de dormir, ¿Sabes?- le respondió una voz.

Federico dio un pequeño salto, asustado. Eso sí que había sido aterrador. No esperaba la intromisión de nadie esa noche y mucho menos de él.

-Prusia…- susurro entre labios. Se volvió solo para comprobar que estaba en lo correcto.- Me has metido un susto de muerte.

-Oh, ¿En serio?- soltó Gilbert sin dejar de mirarlo.

Fritz lo miro también. Pudo percibir el olor del alcohol disfrazado bajo un manto de azúcar.

-¿Has estado bebiendo?- le pregunto serio. La nación asintió.- ¿Cuánto has bebido?

-Una botella.- dijo Prusia con tranquilidad.

-No puedo creer que estés de pie…

El príncipe se acerco a Prusia, el cual comenzó a retroceder. No. No tenia porque acercarse y, si su intención era regañarlo, con menor razón. El solo se había estado divirtiendo. Fritz estiro la mano tratando de tomar a Prusia por el hombro, pero este se aparto violentamente.

-Es muy tarde…- dijo Fritz afablemente tratando de calmarlo.- No creo que deberías estar afuera a esta horas y mucho menos en ese estado.

-En todo caso…- soltó Gilbert mirando a otra parte.- Tú tampoco deberías estar despierto. Así que no me vengas con regaños…- le reprochó.- Deberías de estar contento de que solo me despertaste a mí.

-Eso es porque ya estabas despierto.- dijo.- Tu solo seguiste el sonido, ¿Verdad?

Gilbert se quedo en silencio con la vista fija en algún punto hacia la nada. Tenía razón. Como odiaba que tuviese la razón. La música de Fritz se había colado entre las paredes del castillo hasta llegar a sus oídos y, como si de un encanto se tratase, la siguió hasta coincidir con él.

-S-sí…- soltó.- Te escuche pero creí que era mi imaginación.- cerró los ojos, cansado.- Y pensé en preguntarte que hacías despierto tan tarde… Mañana te casa y… y yo…- la voz se le comenzaba a quebrar.- Y- yo solo…

El príncipe miro con tristeza a la nación. Era obvio que el alcohol lo estaba haciendo hablar de más, sabía que el verdadero Gilbert no hablaría así a menos de que estuviera o muy enojado o muy herido. Y en este caso, muy ebrio.

-Venga…- dijo Fritz tratando de sonreír.- Deja te llevo a tu habitación…

Fritz trato de tomar la mano de Gilbert, la nación se aparto con brusquedad.

-¡Yo puedo ir solo!- chillo. Solo. Como odiaba esa palabra.- ¡No quiero que me toques!

-Gilbert…

-¡Seguramente ya pusiste tus manos sobre ella!- grito.- ¡Y si no lo has hecho seguro mañana lo harás!- Fritz lo miro. Con que se trataba de eso.- ¡No quiero que me toques!

-Aun si la tocara…- soltó Fritz con tristeza.- Ella jamás… sus caricias y lo que llegara a producir en mí, jamás se comparara con lo que tú me haces sentir.

Gilbert abrió los ojos atónito. Aun en su estado, había una parte de él que estaba consciente. Una parte que al día siguiente recordaría todo, o cierta parte de lo ocurrido. Una parte que, no lo dejaría de atosigar. Y que ahora se negaba a creer en las palabras de aquel joven frente suyo.

-Gilbert…- le llamo Fritz.- Comprende que esto solo lo hago por compromiso, el compromiso que tengo contigo como gobernante.- dijo sincerándose.- Aquel día te dije que tomaría decisiones responsables por el bien de los dos, ¿Recuerdas?

¿Responsables? Decisiones responsables, ¿Decía? ¡Eso no era responsable, era estúpido y egoísta! ¡Se estaba olvidando de él! ¡El niño pequeño que tomo su mano y lo invito a dibujar, el adolecente que se burlaba de él con cariño y no supo que responder ante su declaración de amor, el joven adulto que lo beso y le dijo que lo amaba…! ¡Su Fritz se estaba olvidando de él! Ahora estaría con ella, con esa hermosa y tímida chica… ¡Y se olvidaría de él! ¡Lo dejaría solo de vuelta! No. No quería volver a estar solo…

-¿¡Y que tiene de responsable eso!- grito. Su cuerpo temblaba, temblaba por el frío, la rabia y la tristeza.- ¡A mi parecer solo lo haces por conveniencia! ¡Solo se trata de recuperar tu cargo como príncipe heredero…!

-Gilbert…- soltó Fritz acercándose.- ¿Jamás te has puesto a pensar por qué después de rechazarlo ahora quiero recuperar mi cargo como príncipe? ¿Por qué si tanto lo repudie ahora lo quiero de vuelta?- le pregunto colocando su mano sobre el hombro de este. La nación lo miro, pudo notar la tristeza en los ojos de Fritz… Pero había algo más. Algo muy familiar… Era acaso… ¿Amor?- ¿Nunca te has preguntado cuales son mis verdaderos motivos?

Y de pronto comprendió. Había estado tan cejado por los la tristeza, el enojo y los celos… Que jamás se había parado a pensar con cuidado en el por qué de las acciones de Fritz. Ahora le resultaba obvio.

-Yo soy la única persona que puede estar a tu lado. Si me caso, tarde o temprano seré tu gobernante. Más que nada lo hice porque no quería que otra persona estuviese a tu lado.- le explico.- He vivido años contigo y te conozco o por lo menos creo que te conozco lo suficiente para saber cómo tratarte.- dijo Fritz sonrojándose.- Nadie más puede tratar contigo como yo, un desconocido jamás sabría lo que yo sé... Porque creo…- susurro.- yo creo conocerte mejor que nadie.

No. Aun te falta mucho que saber. No sabes que por las noches no puedo dormir cuando pienso en nuestro pasado. No sabes lo solo que me he sentido durante todos estos años. No sabes que me siento atrapado como un ave en este castillo. No sabes… lo mucho que te odio por no haberme creído… Y lo mucho que me odio por seguirte amando de igual manera. Tú no sabes nada de mí. No sabes.

-Tú no me conoces…- soltó Prusia mirando el suelo.- No me entiendes…

-Todo este tiempo… encerrado en este enorme palacio…- dijo Fritz con un hilo de voz.- Te has sentido muy solo, ¿Verdad?- El rostro de Prusia se ensombreció.- Fingías que no era así, incluso gritabas a los cuatro vientos lo mucho que te gustaba tu soledad… Desde pequeño yo… - confeso Fritz sonrojándose.- Me he dado cuenta de ello y he tratado de ayudarte… Pero creo que al final solo lo empeore…

"Cállate…"

-Al enamorarme de ti…

"Cállate, por favor…"

-Al huir…- susurro.- Solo empeore las cosas…

"No lo digas"

-En verdad lo siento, es mi culpa.

-¡Cierra la boca!- chillo la nación furiosa quitando la mano de Federico de su hombro con un golpe.- ¡Eres un estúpido! ¿¡Que trataste de ayudarme! ¿¡Que estuvo mal todo lo ocurrido!- exclamo rabioso.- ¡Deja de ser tan estúpido! ¡Si en serio quieres ayudarme escúchame y deja ya de decir tonterías!

-Gilbert…

La nación temblaba. No era el alcohol, de hecho el efecto de este ya se estaba pasando. Era el hecho de que ya estaba un poco más consciente y esas palabras… Le dolían.

-Ya me quedo en claro que tu no sientes nada más por mí…- dijo la nación.- Y eres tan estúpido… ¡No te das cuenta de muchas cosas, no me escuchas y para colmo te contradices!- le reclamó.- ¡Primero dices que quieres que tengamos una relación Nación/Gobernante y ahora…! ¡Pareciera que tratas de seducirme!

Fritz se quedo en silencio. Aquellos reclamos tenían mucha razón. Era cierto que él le había pedido eso, y que se había puesto en actitud de lograrlo. Pero, en el fondo, Gilbert había sido su primer amor, lo seguía amando aun después de pasar por otras manos. Para él Prusia era su mundo, aun que no lo demostrase. Era la persona que había estado a su lado durante años de maltrato. La persona que lo amaba incondicionalmente…

-¡Eres un i…!

Gilbert no pudo completar la frase. Se encontraba atónito… Fritz… Fritz lo abrazo… Lo abrazaba con fuerza y tenía el rostro sumido entre el hombro y el cuello de la nación. Prusia pudo sentir las lagrimas de su príncipe mojar su camisón… Humedeciendo su piel.

-Perdón…- susurro.- Perdón por hacerte tanto daño…

-Fritz…- soltó la nación colocando suavemente su mano en la espalda de este.- Federico...

-Puedes odiarme, me lo merezco.- Sollozo sobre su hombro.- Por irme, por buscar consuelo en otros, por ser tan rebelde e infantil, por no estar a tu lado cuando más me necesitabas…

Prusia se limito a asentir, mientras que, con sumo cuidado, abrazaba a Fritz. Le dolía verlo así.

-Por lo único que podría odiarte…- susurro Gilbert después de un rato.- Es por no dejarme explicarte las cosas… Por ser tan terco. Pero, sino fueras así, la verdad no sabría quien eres tú.

Fritz rodeo a Prusia por la cintura. Aun tenia escondido su rostro en el cuello de la nación, pero las lagrimas ya habían cesado.

-Ahora…- le pidió Prusia.- Deja ya de llorar y lamentarte, mañana hay una boda…- Fritz se aparto de la nación. Ambos se miraron a los ojos.- Y si luces fatal en tan importante día, me sentiría avergonzado… ¡Un gobernante de Prusia mal parecido! ¡Eso nunca!- exclamo sonriente.- ¡Hazme un favor y muéstrale al mundo el chico seguro, carismático y problemático, sobre todo problemático, que eres!

Fritz comenzó a reír por lo bajo, Prusia le hizo segunda. No podía hacer nada más.

El viento soplo entre los arboles produciendo un sonido algo tétrico. Era frio y cortante como en aquella ocasión. Ambos jóvenes se miraron, la luz de la luna era lo único que iluminaba el patio. Una tenue luz…

-Frio…- dijo Gilbert entre labios.

Fritz se quito el abrigo y lo coloco sobre los hombros de la nación, después tomo su mano con suma delicadeza.

-¿Mejor?-le pregunto.- ¿Te apetece entrar?

-Creo…- dijo Prusia sujetando la mano de éste con fuerza.- Que eso sería lo más conveniente.

Ambos entraron en silencio al castillo. Por los pasillos lo único que se podía escuchar era el sonido de sus pasos y poco a poco, en aquel silencioso camino, los dedos de ambos se entrelazaron. Una vez que llegaron a su destino, se soltaron de las manos.

-Hasta mañana…- dijo Prusia entrando a su habitación.

-Que descanses…- dijo Fritz despidiéndose con un ademan.- Gilbert.


"Sabes…"

"…Para ser honesto, es cierto que antes alardeaba mucho de mi soledad, pero eso era debido a que si me gustaba…"

"Y eso se debe a que cuando estas solo nadie te lastima…"

"… La soledad te deja desahogarte sin reprocharte nada."

"Era por eso que me gustaba la soledad…"

"Hasta que apareciste tú y reemplazaste su lugar."


Ese día por la mañana, la casa estaba vuelta un caos. Sirvientes limpiando, cocineros de un lado a otro, decoración, el jardín siendo vestido de gala, mensajeros… En fin, gente entrando y saliendo.

Isabel Cristina se encontraba en su habitación, rodeada de criadas las cuales le ayudaban a vestirse. Se sentía muy feliz, y, como toda novia, no paraba de llorar pensando en que ese era el día más especial de su vida. Pero de pronto sus pensamientos de felicidad se detuvieron en seco.

Les pidió a las criadas que saliesen de la habitación. Camino hacia la ventana y miro a través de esta; paso su mano entre su cabello, como era su costumbre cada vez que se sentía nerviosa.

"Tal vez los nervios son por la emoción de la boda" se dijo a sí misma tratando de calmarse. Desde que había llegado no había interactuado mucho con Fritz, ni con nadie de la casa; era como si todos la evitasen por alguna extraña razón. También se había dado cuenta de que cada vez que hablaba con Prusia, aun que la nación le sonriera y le respondiera con amabilidad, éste la miraba con cierto resentimiento; de hecho recordaba que una vez se lo había hecho notar a Fritz y que éste le contesto con cierta indiferencia que solo se lo estaba imaginando…

"No creo que sea mi imaginación" pensó frunciendo el ceño. "Hay algo muy raro aquí, no sé que pero… hay algo que no me agrada."


Las criadas apenas terminaban de preparar al príncipe para su boda.

Fritz se encargo de los toques finales, es decir de arreglar su cabello. Ato a este el mismo lazo azul que había usado en su fiesta de compromiso… aquel que había encontrado atado en la flor que encontró en su celda aquella ocasión.

Se miro al espejo… ¿Por qué físicamente lucia tan bien y por dentro se sentía devastado? Dio un largo suspiro y dirigió su mirada hacia la puerta esperando a verlo entrar en cualquier momento…

"Torpe…" se regaño. "Deja ya esas falsas esperanzas… Gilbert no se atreverá a detener esto."

Era obvio que no se acordaba de la plática de la noche anterior y si la recordaba, por lo que había dicho… Tal vez ya estaba convencido de que la situación estaba mejor así.

Una relación simple, sin problemas y sin dolor.

¿Pero enserio existe algo así?


"¿Habrá sido un sueño?" Se pregunto la nación al despertar. Se sentía algo confundido respecto a lo que había pasado la noche anterior.

Prusia acaricio sus brazos mientras trataba de aclarar sus pensamientos, y entonces lo sintió.

-¿Qué es…?- soltó quitándose el abrigo.

No había sido un sueño. La música, los reclamos, las confesiones, el llanto… Y sus manos entrelazadas… Nada había sido un sueño.

Se levanto de golpe. Corrió hacia la ventana solo para comprobar que aquello tampoco era un sueño…

-Maldita sea…

La nación saco su mejor traje del armario. Se vistió de malagana, y bajo corriendo. No tenía hambre, ni ganas de verlo… Sabía que no podría soportarlo. Si se quedaba en el castillo haría algo indebido y no quería, por más que desease hacerlo, arruinar los planes de Fritz.

Esa mañana Prusia decidió que, por más que le doliera, dejaría de lado sus sentimientos y aceptaría las cosas. Y también decidió… Volver a aliarse con la soledad.


Prusia llego a la iglesia antes que los demás. Poco a poco esta se fue llenando de personas.

Una vez todos presentes un par de campanadas indicaron que la boda estaba a punto de comenzar. Las campanas de la iglesia resonaron, produciendo una ligera sensación de incertidumbre en la novia, una sensación de resignación en el novio y una gran sensación de vacío en el corazón de la nación.

Los invitados se mantuvieron en silencio en señal de respeto. Isabel fue llevada al altar por su padre, Fritz la esperaba ahí.

El padre dio su sermón, los jóvenes dieron sus votos y después de un "Acepto" los novios cerraron el trato con un beso.

La nación no pudo evitar sentirse traicionada, aun que no fuera así. También se sentía molesto consigo al darse cuenta de que a pesar de que había entendido que lo suyo con Fritz ya no podía ser… aun le dolía.

Prusia se quedo ahí, observando a la nada… Poco a poco las personas comenzaron a retirarse hasta que fue el único dentro del templo.


"La soledad…"

"…Cuando estas solo nadie te lastima…"

"…Cuando lloras solo te desahogas mejor…"

"Es por eso que me gusta la soledad"


Gilbert permaneció dentro del templo hasta que se hizo de noche.

Nadie había ido a buscarlo, estaba seguro de que nadie se había acordado de él. Pero eso era obvio, porque en el castillo se festejaba la unión de ambos jóvenes…

Fritz… Isabel…

Maldición. ¡Maldición! ¿¡Por qué no le dijo nada! Es cierto que estaba molesto pero…

Si la noche anterior le hubiese dicho todo lo que sentía, ¿No le hubiera dolido igual lo ocurrido?

-Tal vez hubiera sido peor…- mascullo abrazando sus rodillas.

O tal vez no. Pero, de igual manera… No podrían haber estado juntos. Al menos, su único consuelo era que estaría a su lado… Como gobernante.

Prusia miro el cielo nuevamente, no tenía ganas de regresar. Pero tenía que hacerlo…


La noche de bodas.

Isabel Cristina estaba nerviosa…

Ya se habían encargado de decirle lo que tenía que pasar, pero aun así, desvestirse frente a Fritz… Era algo que la aterraba de solo pensarlo.

El joven príncipe entro a la habitación y observo a su esposa. Ella estaba sentada en la orilla de la cama con las manos entrelazadas.

-¿Ocurre algo?- le pregunto éste sentándose a su lado.

-…Tengo miedo…- mascullo la joven.-…Me avergüenza que me veas…

Federico miro a Isabel. Comenzó a recordar su primera vez con Prusia… Fue algo parecido. El estaba aterrado también.

-No te preocupes…- dijo colocando su manos sobre el hombro de Isabel.- Para serte franco… yo también estoy un poco nervioso.

La chica lo miro. Se acerco con timidez a este y le dio un ligero beso en los labios. Ambos jóvenes comenzaron a acariciarse y desvestirse.

Entre besos, caricias y dudas… Fritz trato de terminar lo más rápido posible con su deber conyugal.

Observo a la chica que dormía plácidamente a su lado. No pudo evitar sentirse como un maldito… No la amaba. Y ella en cambio, lo miraba con tanta dulzura y adoración… Era un cobarde.

Salió de la habitación dejándola sola…

Tenía tantas dudas y miedos, ¿Estaba bien que hiciera eso? No. No era correcto… y lo peor del caso era que…

-¿Fritz?- soltó la nación que apenas llegaba.- ¿Qué haces aquí…? No deberías estar con…- Gilbert se interrumpió a sí mismo. No podía decirlo, le dolía el solo pensarlo.

-Ya hice lo que tenía que hacer…- dijo éste sin mirarlo. No. Ya no podía hacerlo. ¿Cómo podría mirar a Prusia a la cara de ahora en adelante sabiendo que no era más que un cobarde? Algo dentro del corazón de Fritz se estrujo…

Incluso si lo pensaba ahora… Todo lo que había hecho antes lo le había afectado tanto. Tal vez porque las ocasiones anteriores no era un compromiso tan serio.

-Ah, que bien…

Fritz observo a la nación y en silencio le pidió perdón por enésima vez.

La nación siguió andando en silencio hasta su habitación. Una vez dentro no pudo contenerse más y echo a llorar hasta quedar profundamente dormido.


"Oye, soledad..."

"¿Te puedo pedir un favor?"

"Solo por un momento…"

"…Haz que sienta lo que siento y hazle saber que lo quiero…"

"Y perdona el que este llorando por su amor."


Y así pasaron los años, hasta que ese fatídico día llego.

-¡El rey ha muerto…!- grito un hombre saliendo de la habitación de Federico Guillermo. Todos los presentes se volvieron a este.- ¡Larga vida a Federico II!

El día que daría un giro inesperado a todo.

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¡Cap. 11 arriba! ¡Yay!

Enserio lamento la demora. La verdad es que ya había escrito el cap. pero no me gusto y lo volví a escribir y de pronto, ¡PUFF! Me quede bloqueada, pero bien bloqueada a un punto en el cual pensé que era mejor dejar de escribir el fic. Pero, después de tanto tiempo y estar entre lo hago no lo hago, aviso que no lo seguiré, lo dejo hasta aquí o no… Me puse a pensar que sería una completa idiotez dejarlo a medias. Así que me di un tiempo y he aquí, después de casi tres o cuatro (?) meses el nuevo capítulo. La inspiración como siempre volvió en plena madrugada.

Otra vez me disculpo por haber tardado tanto. Agradezco a aquellos que dejan y dejaron reviews en el capitulo pasado. De no ser por ustedes creo que no me hubiera picado el mosco de la culpa, la inspiración y el amor que le tengo a este fic, perdón, creo que estoy siendo algo dramática y cursi.

Bueno, aquí les dejo las respuestas a lo reviews:

Nolee375: Me alaga que te haya gustado. Lo continuare. I promice you!

Hikupain: ke sesese~ si de eso se trata.

Pobre Sofí… -No, la verdad si es una maldita-

No te preocupes pienso darle un poco de felicidad a Pru, ya se la tiene bien ganada.

Gracias por los ánimos y… ¡Salve Prusia!

YuzuOwO: Esperaba poder hacer mi cosplay para diciembre… pero al final pasaron un montón de cosas y no pude.

Respecto a Gil, claro que va ser feliz, aun que sea un poco. –Aun que siendo honesta me gusta tratar con el Gil depresivo-

Y respecto a Fritz ya pronto se dará cuenta de su error.

Gracias por comentar.

Cuídate.

¡Gracias a todos los que leen y comentan! ¡Hasta la próxima!

Linum.