Capítulo 2: Cavadores.

"Donde quiera que miro veo algo sagrado"
Carpe Yugulum. Terry Pratchett.

–Debería darte vergüenza, Gai.
–¿Mande? –preguntó Gai, mirando dos muy serios y muy altos Tenzôs.
–¿Cuánto bebieron?

Gai no le hizo caso a sus visiones y se dio la vuelta en el sofá. Un sonoro ronquido le contestó la pregunta.

–Por Kami… ¿podrían bajar la voz? –preguntó Kakashi con voz rasposa.
–¡Ni siquiera estás vestido, senpai!

Kakashi miró desorientado su atuendo o falta de él, en efecto, todavía tenía anudada la toalla a la cintura, la misma con la que remotamente recordaba haber salido del baño. Se preguntó por qué Tenzô hacía tanto alboroto. Trató de levantarse del sillón pero le ganó la gravedad.

–Me rindo, es más fuerte que yo… vestido… ¿Cómo para qué?
–Tienes audiencia con Sandaime, y ya llevas dos horas de retraso ¿acaso no viste a Takamaru?
–Creí que lo estaba soñando –respondió Kakashi rascándose la cabeza.
–Por Kami… estás totalmente fumigado. ¡No te rías!
–Te ves muy gracioso enojado.

Tenzô contó hasta diez y respiró hondo. Sandaime lo había enviado a buscarlo y no podía regresar sin él. Lo ayudó a levantarse y prácticamente lo empujó hacia la ducha.

–Me bañé anoche –protestó Kakashi, señalando la toalla.
–Apestas a alcohol.
–Maa… está bien.

Kakashi luchó por recuperar la sobriedad aunque parecía misión imposible. Tenzô le encasquetó la máscara ANBU y se transportó sin miramientos directo a la oficina del Hokage arrastrando consigo a su maltrecho jefe, se mantuvo junto a él. Sarutobi los miró, despedir a Tenzô no le parecía una buena opción, él mismo en su época había cometido unos cuantos excesos.

–Esta vez rompiste tu propio récord de retrasos, Lobo.
–Me perdí luchando contra la gravedad –respondió.
–Imagino que perdiste.
–Sonoramente. ¿Procedo al reporte?
–Tenzô ya me dio una crónica detallada, por cierto, no necesitabas ponerle la máscara. –Tenzô carraspeó incómodo y Kakashi ahogó una risita. – Vaya, es un cambio escuchar reír a Lobo… Rin ha solicitado ingresar a ANBU.
–¿Y su decisión? –preguntó, sintiendo encima la mirada de ambos hombres.
–Entrará en periodo de evaluación dentro de un par de meses, en cuanto el hospital decida su reemplazo, no hay suficientes shinobi que quieran tomar el entrenamiento médico. Tiene suficiente experiencia de campo como para no necesitar tutor, después de todo estuvo en tu equipo.

Sarutobi se quedó en silencio, esperando algún comentario de Lobo, Tenzô los miró a ambos con incomodidad, pero el silencio se extendió por algunos minutos. Sandaime había ido directo al grano y Kakashi parecía no tener respuesta a eso.

–Permiso para retirarme.
–Concedido.

Apenas recibió la contestación y desapareció de la vista de ambos.

–Está cabreado –afirmó Sarutobi.
–Lo está –respondió Tenzô–. Considera que Rin no pertenece a ANBU.
–Tal vez así sea, pero es decisión de ella. En los últimos meses hemos recibido más solicitudes que nunca para entrar al escuadrón. Es posible que lo viera como la oportunidad para hacer un cambio en su vida. Negarle el derecho de ingreso a una kunoichi de su nivel es inaceptable. Estoy seguro que él también lo entiende –agregó con suavidad–. Acompáñalo.
–Entendido.

Sarutobi sabía que Kakashi quería preservar la seguridad de Rin, ellos dos eran los únicos sobrevivientes del equipo de Minato. En una misión ANBU las cosas podían ir realmente mal, por lo general los miembros del escuadrón enfrentaban shinobi de alto nivel en verdaderas batallas, no eran simples zafarranchos que incluso un chūnin podía afrontar sin mayor problema.

Tenzô lo encontró en el cuartel, ante el rimero de papeles acumulados durante su ausencia y la corta entrevista con el Hokage. Se sentó en la silla frente al escritorio, tomando un altero de documentos para ayudarle a despacharlos.

–¿De dónde saqué la efímera idea de que quería hablarme de una nueva misión? –masculló, más para sí que para Tenzô, los humos del alcohol lo habían abandonado en muy mala hora.
–Sabes que te informó por consideración.
–De hecho.
–Haremos hasta lo imposible por protegerla, senpai.
–Lo sé.

Desde que él tomara el mando del escuadrón las pérdidas humanas habían disminuido, aunque seguían existiendo. Eso era algo que aún le molestaba. Era inevitable, cada cual tenía su destino y era imposible luchar contra él. Aceptar la propia muerte no resultaba tan difícil como aceptar la de aquellos a quienes amaba.


El pequeño heredero del Yondaime Kazekage lo miraba con esos ojos aguamarina vacíos de emoción que le causaban sentimientos encontrados, un niño no debía tener esa mirada. El cabello rojo sangre enmarcaba un rostro que evidentemente veía poco la luz del sol, resaltando unas ojeras que parecían imposibles en alguien de su edad. Sus hermanos lo acompañaban a distancia, sirviendo de escolta poco confiable. En sus caras podía leer el terror que les causaba.

–Joven Gaara, imagino que viene a supervisar mi trabajo –dijo Shiki, sonriéndole. Los ayudantes que le habían asignado se apartaron, dejando un espacio exageradamente grande para el pequeño. Shiki había visto esa reacción antes, ojos huidizos con expresiones de terror visceral, cuerpos tensos que parecían estar dispuestos a salir huyendo en cuanto vieran alguna especie de señal.

El niño no le contestó. Se limitó a dejar el bule a un lado y a sentarse a examinar el producto de su larga jornada de trabajo. Shiki ya se había acostumbrado a su silenciosa presencia y aunque había ocasiones que se ausentaba por semanas, siempre terminaba regresando. Poseía una curiosidad natural que disimulaba malamente, como si le estuviera prohibido entretenerse con algo. Manipulaba con cuidado los objetos, como si temiera romperlos o al castigo por ello.

–La arena me obedece, ¿quieres que le ordene que se aparte para que puedas sacar más de estas cosas? –preguntó, señalando una urna metálica que estaba cuidadosamente catalogada.
–Nnn-o es necesario –contestó Shiki, sobresaltado de escuchar la vocecita por primera vez. Casi se dio de topes cuando vio la decepción en el rostro del niño. "¿Qué era eso de que la arena lo obedecía? Imaginaciones del gurrumino", pensó.
–Gaara, no molestes a Shiki-san –reprendió la jovencita rubia desde lejos. El niño volvió la vista hacia ella haciéndola palidecer. Sin embargo se levantó y tomó el bule, asegurándolo en el arnés que rodeaba su cuerpecito.
–No me molestas, puedes venir a regañar a la arena cuando quieras, sin esa regañona –le dijo rápidamente en voz baja mientras pasaba a su lado. No supo si lo imaginó o realmente el niño le dedicó una efímera sonrisa.

Al día siguiente, muy de mañana, la pequeña presencia hizo huir literalmente a sus supuestos ayudantes que corrieron en desbandada como si fueran perseguidos por los perros del mal. Miró desconcertado un poquito más del metro hacia abajo para ver la rizada melena roja levantar la vista hacia él.

–¿Le diste la vuelta a la regañona? –preguntó. Gaara asintió y Shiki se preguntó si había sido buena idea abrir su bocota ya que de súbito se encontraba sin ayudantes y acompañado por un gnomo terracota del que dudaba que tuviera la fuerza suficiente para siquiera sostener una pala.

Un segundo pensamiento le hizo decidir que después de todo no era tan malo. Si encontraba al menos una de las piezas que le faltaba para completar su rompecabezas, sería mucho más fácil separarla del resto del tesoro sin la presencia de los expertos de Suna. Suspiró hondamente y se dispuso a preparar sus jutsus de tierra para ahondar la excavación. Excavar en ruinas era un trabajo delicado que requería una larga serie de signos suficientemente fuertes para abrir la tierra y con la necesaria delicadeza como para no reventar construcciones que aún pudieran quedar de pie. Gaara lo distrajo al darle un pequeño tirón en la larga casaca que había adoptado desde su encuentro con Kakashi.

–Sería buena idea que regañaras a la arena ahora –refunfuñó, reiniciando su secuencia de signos.

Para su sorpresa el niño se paró delante de él, descargó su bule, quitó la tapa y sacó un puño de arena que esparció frente a sí, extendió los brazos y abrió las manos, como si agarrara algo que sólo era visible para él, cerró los puños, los abrió y comenzó a mover los brazos en delicados círculos haciendo una serie de elegantes movimientos que lo dejaron hipnotizado por su belleza. Un instante después la arena literalmente se apartó, alargándose en delgadas cascadas hacia el cielo. Se quedó estupefacto al ver que formaban capas sobrepuestas por encima de ellos, consolidándose en una sólida masa suspendida en el aire en tanto el suelo parecía ir disminuyendo bajo sus pies, dejando tras de sí un terreno cubierto de enormes baldosas de terracota.

–Uh… ¿a dónde le digo que se vaya?
–¡Donde sea! Pero que no se te ocurra dejarla caer –dijo Shiki, se dio cuenta que su tono pareció hacerle perder la concentración– Sólo… hazla a un ladito –dijo con suavidad, señalando hacia su izquierda, Gaara asintió y movió los bracitos hacia donde le señalara.

Shiki percibió por primera vez el inmenso chakra del niño, causado sin duda por la movilización de la gigantesca masa, era una fuerza apabullante que lo tomó por sorpresa dejándolo momentáneamente sin aliento. La arena se desgranó en una lluvia de partículas a lo lejos, respiró hondo, al menos no la había dejado caer de sopetón.

–¡Son unos malditos cobardes! –gritó Temari agitando el puño, se dio la vuelta y se tiró sobre el estómago mirando hacia la profunda fosa que había abierto Gaara– Shiki-san, ¿se encuentra usted bien?
–Todo bien, Temari-chan –respondió.
–Gaara, te llama Yondaime. Baki no puede empezar la práctica sin ti –vociferó, haciendo una bocina con ambas manos.
–Esa es la entrada, la arena me lo dijo –murmuró el pequeño, escondiendo su boca de la vista de su hermana.
–Gracias –musitó Shiki al ver al pequeño afianzar nuevamente su bule. Gaara bajó la vista y comenzó el ascenso, formando escalones en las paredes de arena.

"Maldita sea, la arena de verdad lo obedece" –pensó Shiki, aún impactado por semejante despliegue de poder, "me has ahorrado meses de arduo trabajo, pequeño gnomo".

El sentimiento de maravilla lo inundó, internarse solo en lo desconocido era algo que siempre había deseado, algo en lo que los pocos especialistas en excavación soñaban desde que decidían hurgar en el pasado. Avanzó con solemnidad hasta encarar el amplio atrio. Un elevado arco que había permanecido intacto ante la erosión eólica le dio la bienvenida, restos de muros yacían despedazados hacia donde quiera que volviera la vista, algunos marcados con quemaduras que sabía no podían haber sido causadas por chakra natural. Sus jutsus de viento le abrían un precario camino entre pedazos de mampostería y pilares derruidos. El niño le había dicho que ahí estaba la entrada, pero la entrada ¿exactamente a qué?

Sacó de la mochila un viejo pergamino, su visita a la capital había resultado fructífera, si el comerciante del mercado negro no lo había engañado. Unos pocos sellos revelaron el contenido del papel, uno que desde que había regresado al territorio de Suna había leído una y otra vez, tratando de encontrar algo que le diera sentido a lo que decía. Había entendido una parte, pero los antiguos solían expresarse con metáforas cuyo significado se le escapaba, las metáforas tenían sentido sólo en el lugar y época en que eran utilizadas.

–¿Quieres que lo lea? –la voz nuevamente lo sobresaltó, los grandes ojos aguamarina estaban fijos en él.
–¿No te habías ido con tu hermana? –preguntó, no habían pasado más de dos horas.
–Mandé un clon en cuanto se distrajo.
–¿Eres un shinobi?–preguntó, considerando que había presenciado la combinación de viento y tierra, dos elementos en un pequeño de no más de 8 años, sin contar con que era muy posible que controlara la gravedad hasta cierto nivel, era probable que ya tuviera rango jounin.
–Baki me enseña.
–Tienes buen maestro entonces. Aunque supongo que habrás aprendido algunos trucos por ti mismo, ¿de verdad puedes leer esto? –Gaara asintió.

Le tendió el pergamino. Gaara se sentó a un lado de él extendiendo el tejido sobre el suelo, a Shiki casi le da un infarto, ese enano no trataba con el debido respeto los restos del pasado.

–Es una crónica. Habla del fin de la guerra entre magos y mecanos –Shiki asintió y el niño lo miró, inmutable– ya lo sabes.

La pregunta implícita en su afirmación era ¿qué es lo que realmente buscas?

–¡Vaya con la inteligencia! Está bien pequeño gnomo, hay partes que no entiendo, muchas, lo admito… pero me interesa concretamente ésta –señalo con el dedo un párrafo.

"Los dioses decretaron que no pudiéramos hacer uso del karma que nos habían entregado, se nos ordenó encerrarlo en lo más profundo, en el cubo Aryabha, guardado con siete sellos. Yace en el Santuario, escondido de los comunes. Sólo yo sobrevivo, último de mi linaje, he sido perdonado porque ya no existo, destinado a desaparecer cuando se acabe mi misión." –leyó Gaara, deteniéndose en el final del párrafo.

–¿No existe? –murmuró, esa frase lo había confundido desde la primera vez que trató de descifrarlo, el chico alcanzó a escucharlo.
–Un clon póstumo.

Shiki se quedó en silencio, sabía que en Suna existían técnicas prohibidas, la leyenda decía que los ancestros habían jugado con la chispa vital y habían creado golems que con el tiempo se habían perfeccionado hasta luchar contra sus creadores. No cabía duda de que la experimentación no había terminado con la muerte de los ancestros y había ido más allá de reanimar cerámica, el viejo anhelo de la inmortalidad, así fuera algo fugaz seguía atrayendo a los humanos como la luz a las cigarras. Pero el conocimiento siempre encontraba la forma de sobrevivir al exterminio, era un don que los dioses antiguos habían dispuesto para sus creaciones.

El pergamino hablaba de cosas que la tradición oral, principal fuente de sus investigaciones en Suna no registraba, algo llamado "karma" y algo llamado "cubo Aryabha". Las tres palabras que no tenían sentido para él. El Santuario, podía imaginar que se refería al objetivo de su misión: la Biblioteca de Thopar, el resto de la historia le daba sentido a su hipótesis ya que el linaje se refería a los historiadores.

–¿Qué es un gnomo?
–Un pequeño duende. ¿No te cuentan historias de hadas? –preguntó, Gaara movió la cabeza negativamente. – Bien, un duende o gnomo a pesar de su tamaño es un ser muy sabio y poderoso que... ¡Hey! ¿a dónde vas? Cuando preguntas algo esperas a que terminen de responderte ¿sabes?
–Buscas el cubo –respondió Gaara encogiendo los hombros.
–Está bien, te sigo. Tengo una hermana mayor, Kaia –dijo para hacer plática; el niño no era muy hablador–, también es regañona, cocina horrible y me obliga a comer sus potajes, tiene seis brazos y ocho ojos, es una araña.
–La puedo matar.
–¡No entiendes mi punto, gnomo! –Gaara volvió el rostro hacia él–. Quiero decir que aunque sea un monstruo me quiere, como Temari-chan te quiere a ti, nada de matar a las hermanas ¿eh? –agitó el dedo frente a él.

Gaara asintió y siguió su camino hacia el interior de las ruinas, separando la arena que les obstruyera el paso con suaves movimientos de sus manecitas.

"Sin signos" pensó Shiki, era como hacer un encantamiento sin pronunciar las palabras que abrían los caminos.

–¿Los humanos quieren a los monstruos?
–¿Qué es esa pregunta?
–Eres un humano pero quieres a tu hermana aunque es una araña.
–Oye…
–Temari me quiere.
–¡Por supuesto que te quiere, por eso te regaña!
–Oh. Es por ahí –señaló una oscura entrada que conducía al sótano de la torre.
–¿No vienes?
–Entrar ahí es tabú –negó con la cabeza.
–Escucha, si sientes peligro grita fuerte para que te escuche y venga por ti, ¿de acuerdo? O cuando regrese el equipo te vas con ellos.
–No vendrán. Le temen a la arena.

Shiki se sintió momentáneamente dividido entre quedarse con Gaara hasta que Temari o alguien más viniera por él o entrar a buscar aquello que anhelaba. El niño podía ser un shinobi de alto nivel, pero seguía siendo un niño. Gaara se quedó parado ante él, esperando que se decidiera, sus ojos aunque alienígenas se veían serenos, como si no existiera nada en ese mundo que pudiera asustarlo. Sacudió la cabeza, él se sentía asustado.

Descendió con cuidado, palpando en la penumbra el muro pegado a la escalinata. Un corto descenso y la luz del sol del atardecer que iluminaba su camino dejó de hacerlo. Sacó de la mochila una antorcha encendiéndola, el haz de luz le mostró más adelante una porción de la escalera que se había derrumbado dejando una brecha que consiguió saltar sin mucho esfuerzo. El olor a moho se hacía más intenso conforme bajaba, indicándole que había un yacimiento subterráneo de agua. El profundo silencio era roto tan solo por sus pasos y un goteo de agua que se escuchaba muy por debajo de donde él estaba. Desde tiempos antiguos, era práctica común en Kaze construir cisternas subterráneas que acumulaban la poca agua que caía en época de lluvias, algunas moradas incluso contaban con captadores de humedad ambiental que también canalizaban el líquido hacia su almacenaje, las capas de arena servían de filtro y los dueños se beneficiaban de tener un suministro de agua potable a la mano.

Varias brechas más y se encontró finalmente en terreno plano. El círculo de luz que emitía la antorcha proyectaba sombras absurdas y el humo del aceite comenzaba a picarle los ojos.

Por lo general ese tipo de excursiones las hacía acompañado de su equipo, era la primera vez que hacía a solas algo que amaba y ese sentimiento lo llenó de euforia. Ancló la antorcha entre un par de bloques de argamasa que seguramente habían formado parte de la escalinata y sacó un par más, las colocó de manera que proveyeran una iluminación adecuada y comenzó su larga jornada de búsqueda.

Había varias cosas interesantes que llamaban su atención, pero su pensamiento estaba centrado en encontrar el karma y el cubo. Se maldijo internamente por no haberle preguntado más a Gaara, el chico había dicho "tabú" y esa palabra siempre que era usada por alguien nativo de la zona era la barrera más poderosa que pudiera existir. ¿Dónde guardarías algo que estaba prohibido tocar? Se preguntó. "Despeja el camino" se dijo, y comenzó a apartar metódicamente los pedazos de argamasa, verificando cada pieza de apariencia extraña que encontrara. No había un tesoro que pudiera llamar la atención de alguien aunque las paredes estaban cubiertas de armarios repletos de pergaminos. Un santuario de conocimiento, evidentemente.

Extendió un pergamino contenedor y dibujó los sellos de almacenaje, uno a uno fue colocando los rollos más conservados sobre el tejido, cuidando que desaparecieran correctamente. Repitió el procedimiento con otro contenedor, destinado a almacenar a aquellos hijos lastimados que necesitaban la ayuda de un buen restaurador. Cuando por fin terminó con ese lote, calculó el tiempo que había pasado ahí, bastantes horas, su estómago se lo decía y sus ojos se cerraban por el cansancio acumulado, se preguntaba si el pequeño había regresado a Suna o se habría quedado ahí.

"Siete sellos" se recordó, sería bastante estúpido de su parte pensar en intentar una secuencia de sellos que ni siquiera tenía idea de qué tipo eran. Respiró hondo, primero a encontrar el "cubo" del que también carecía de información, podía ser que ni siquiera tuviera realmente forma de cubo. Lo único que podía hacer era localizarlo y llevarlo consigo. "Piensa" se dijo, tragando una cápsula alimenticia y un par de cápsulas de soldado. Miró hacia las estanterías, ya casi vacías. Se decidió por las baldosas, en muchas investigaciones anteriores había aprendido que podían guardar secretos.

Se retiró los guantes y con la paciencia de su profesión comenzó a palpar uno por uno los tabiques. Una suave depresión semejante a una muesca recompensó sus esfuerzos, estaba casi al nivel del suelo, clavó los dedos, empujó y tiro con suavidad, la posición del tablón del estante le impedía retirarla, sacó su cuchillo de campo imbuyéndolo con chakra y retiró con cuidado el borde de argamasa, trató de sacarlo nuevamente pero el tablón seguía siendo un estorbo. Tras revisar la estructura del mueble se decidió a cortar la madera y retiró la baldosa. Una inscripción en la parte oculta de la misma rezaba "aquello que no debe existir es la base de la existencia".

–¡Maldición! –exclamó, en tanto a su alrededor comenzaba un crescendo de crujidos. Metió la mano rápidamente, escarbando el hueco, sintiendo sólo el vacío. Decidió que lo que fuera debía estar en el interior del bloque que tenía bajo el brazo, si no era así… mala suerte.

No tenía más tiempo. Tras dedicar una mirada desolada a los documentos más arruinados que restaban en las estanterías, empacó la baldosa en un pergamino, envió chakra a sus pies y corrió como alma que lleva el diablo. Era en esas ocasiones cuando envidiaba a Tenzô y su capacidad de apuntalar cualquier cosa, también envidiaba el sentido de orientación de la población en general, Kami había olvidado integrarlo a su persona. La ventaja, pensó con cinismo, es que ahí solo había una ruta posible: hacia arriba.

Alcanzó la salida sin mirar atrás. El día comenzaba a asomar en el horizonte sin que él notara el paso de tiempo, sin embargo Gaara permanecía de pie en el mismo lugar donde lo dejara, enmarcado por el resplandor plateado de la luna llena, inmutable, carente de miedo. Sin pensarlo corrió hacia él y lo levantó por la cintura, continuando la loca carrera hacia el extremo del claro que había abierto el chico y trepó, echando rápidos vistazos que le indicaran cuando la arena dejara de hundirse para poder detenerse.

Casi por quedarse sin aliento vio que por fin había alcanzado la zona rocosa, terreno duro, pensó. Depositó a Gaara en el suelo y lo palmeó, sacudiéndole el polvo.

–¿Estás bien? –le preguntó, los grandes ojos lo miraban con expresión de espanto, una que nunca le había visto.
–Shiki-san…
–Vamos, no estés asustado, ya se detuvo –dijo, echando un rápido vistazo a la zona hundida.
–Shiki-san…
–¿Estás herido?, por Kami, si algo te pasó dudo que me permitan vivir –miró confundido la ropa del niño, amplias manchas de sangre cubrían sus ropajes, ¿cómo podía haberse lastimado?
–¿Qué hiciste Gaara? –el grito provenía de un alto shinobi, cuyo rostro estaba cubierto a medias por un shemagh.
–No hizo nada –protestó Shiki, mirando desconcertado hacia el hombre. Entonces perdió la conciencia.
–Aún vive. Lo transportaré al hospital. Gaara, regresa a la torre –ordenó, levantando en brazos el cuerpo de Shiki.


Glosario:

Gurrumino: Shiki utiliza esta palabra en su acepción de "chiquillo" aunque tiene muchas otras.


N.A. Este capítulo está dedicado a Andy-sensei, gran amigo, arqueólogo y maestro de Iaido, (alguien que me dice cuando mi imaginación rebasa los límites de la credibilidad en cuanto a armas se refiere y me da mis zapes cuando uso mal una palabra en japonés). Cuando escribía "Persiguiendo un sueño" le consulté sobre la actitud de Shiki respecto al artefacto que utilizó en el final de la historia, su respuesta fue lo que me inspiró a escribir este fic ya que no podía desarrollarla dentro de la trama. Parte de la personalidad de Shiki, sus habilidades con el manejo de la katana y su pasión por la arqueología están basadas en la personalidad de él.

Koishiteru Andy-sensei. Arigato.