Capítulo 16: Coincidencias.

"El deber es lo que esperamos que hagan los demás, no lo que hacemos nosotros mismos".
Oscar Wilde

Ya no recordaba cómo se llamaba, en algún lugar de la memoria yacía enterrado el verdadero nombre que le habían dado al nacer y le habían retirado en cuanto fue seleccionado. Le habían enviado al monasterio en las montañas altas y durante años había sido entrenado en artes ninja, se había convertido en el mejor del grupo actual de elegidos, siendo nombrado Sombra, el único nombre que tenía significado entre los miembros del clan. Su preparación incluyó también el conocimiento de los 5 artefactos antiguos, motivo de su razón de ser y nunca, hasta ese día en que no consiguió el amuleto, había cuestionado la parte del juramento que incluía el sacrificio de sus propios compañeros, porque hasta entonces sólo había sido un concepto teórico.

En cuanto sus espías de la corte le informaron de las intenciones de la princesa, había enviado varios equipos de aseguramiento a las rutas de tránsito hacia Konoha que él considerara más probables. No existía una ruta pre-establecida o al menos no consiguieron averiguarla; los guardianes, coincidencia burlesca con el nombre que recibía su propio clan, eran shinobi altamente entrenados, que mantenían el secreto de sus misiones y no se engañaba, también eran capaces de ofrecer una dura batalla.

No obstante, deshacerse de ellos había sido pan comido para el equipo de aseguramiento. El problema empezó cuando él, como cabecilla del clan, tenía que tomar en custodia el Amuleto del Rayo y deshacerse de la princesa. Había llegado al extremo de utilizar un jutsu prohibido que sabía que afectaría también a sus camaradas. Les ocasionó un gran dolor y muchos de ellos cayeron en la batalla, incapaces de reaccionar a tiempo, había sobrevalorado a sus compañeros e infravalorado al enemigo. No era algo de lo que estuviese orgulloso.

¿Quién habría podido predecir que la cobardía de la princesa le llevara a entregar el amuleto a un completo extraño?, ¿o que entre el grupo de rescate habría un usuario del rayo? Y no sólo eso, uno con la habilidad para neutralizar una técnica desconocida para el mundo ninja actual. ¿Era un suceso fortuito, una coincidencia también?, ¿qué tanto sabía Konoha del amuleto? Había escuchado las órdenes ladradas por ese joven de cabello plateado, pero sus compañeros le habían desobedecido y lo habían protegido con su vida, sin importarles la cantidad de daño que recibían, aunque bien era cierto que ese mismo joven, al neutralizar el jutsu, había recibido voluntariamente el mayor daño.

No se engañaba, si era necesario que él, la Sombra, fuera sacrificado, el grupo lo haría sin pensarlo dos veces.

Hubo un instante en que sus miradas se cruzaron, un ojo que parecía un sangriento remolino enloquecido por el viento se fijó en él antes de cerrarse, dejándolo congelado en su lugar hasta que su segundo le inyectó chakra. Entonces se dio cuenta que esa persona, ignorando el dolor y la pérdida de sangre que estaba sufriendo, le había envuelto en un genjutsu. Ese escaso lapso, junto con el tiempo de recuperación de sus compañeros fue suficiente para que tomaran ventaja y escaparan.

Ordenó que los persiguieran, a él y a los tres que lo acompañaban, estaba seguro que el joven moriría y ellos podrían aprovechar ese momento de desmoralización para exterminarlos y tomar el amuleto. Pero no fue así. La extraña empalizada que brotó de la tierra les dejó en desventaja. Ordenó el regreso, había perdido 2/3 partes del grupo y los restantes, aunque malheridos aún querían seguir la persecución. "Él morirá, nadie sobrevive al impacto directo amplificado de las mil agujas" declaró tratando de darle sentido a tanta pérdida, "el amuleto podremos recuperarlo después".

Estaba seguro de que no sobreviviría.

Hasta que reportaron verlo circulando por las calles de Konoha en compañía de ese calamitoso ninja-arqueólogo. Entonces creció su curiosidad por el extraño joven. ¿Qué le había permitido vivir?

Un par de días después del desastre había aparecido uno de sus compañeros.

Sombra –la voz le había sacado de sus pensamientos.
Creí que no aparecerías después de tu vergonzosa huída.
¿Tú también lo viste, no? Al ojo rojo.

Se quedó en silencio, sabía a quién se refería.

Entonces sabrás que no tenía posibilidad frente a él. Ninguno la tenemos, tal vez ni siquiera tú.

Volvió el rostro hacia el muchacho. El poder y la autoridad de la Sombra nunca antes habían sido puestas en duda.

Esas palabras son tu sentencia de muerte, insolente.
No si cambio mi vida por información.

Le miró con severidad, tenía agallas para presentarse a su ejecución. Desenvainó la katana y se paró frente a él, si la información valía la pena, entonces le perdonaría, en caso contrario le decapitaría ahí mismo. El muchacho miró nervioso el filo de la katana y tragó saliva. Sombra movió la cabeza, asintiendo, dando el permiso necesario para que hablara.

Él perdonó mi vida –afirmó, irritándolo– pudo haberme asesinado como lo hizo con Shinru pero no. Pareció enojarse cuando él quiso matarme por querer huir... pasé corriendo a su lado y ni siquiera volvió la vista.

"Eso es peligroso" pensó, sin apartar la mirada del chico, "parece un mensaje de advertencia, dejar un sobreviviente para que distribuya el terror".

¿Esa es toda la información con que valoras tu vida?

El chico movió la cabeza, negando enfático; chasqueó la lengua.

Él estaba envuelto en el halo.
Vivirás –afirmó, envainando la katanasiempre y cuando no vuelvas a repetir lo que me has dicho.

Esa era su respuesta. El halo.

Sus espías, dispersados en todas las tierras ninja le tenían al tanto. Un año y pocos meses atrás le habían informado de un extraño incidente que había implicado un personaje eminentes de la corte de la tierra del Fuego, había terminado con un aparatoso cataclismo causado por el hurto de un "artefacto desconocido". Hinorobu y el joven de cabello plateado habían sido vistos ahí. Un poco más de trabajo de sus espías le habían puesto al tanto de un accidente en Suna cuyos detalles fueron ocultados, pero ese accidente sacó de la circulación a Hinorobu y el joven Hatake Kakashi –ahora conocía su nombre– el mismo involucrado en el incidente anterior, había sido nombrado para protegerlo. ¿Protegerlo de qué? El otro sobreviviente del equipo de aseguramiento había informado de la presencia de Hinorobu, aunque él no lo viera durante la batalla y el reporte que ahora tenía en las manos, fechado una semana atrás, indicaba que se dirigirían ambos a las ruinas del Ópalo a buscar una "extraña reliquia".

Entonces todas las piezas cayeron en su lugar.

La explosión del "artefacto desconocido" había sido muy parecida al efecto del Orbe del Cielo.

La presencia del halo envolviéndolo sólo podía significar que el joven tenía en su posesión o estaba en contacto desde hacía un buen tiempo con el artefacto perdido de Suna, el Cubo de Aryahba. El joven Hatake tenía en su poder el Amuleto del Rayo, los rastros de su influencia eran evidentes no sólo en él, sino en todos ellos. Y no sólo eso, estaban en busca de otro artefacto ya que ahora se encontraban en el sitio donde yacía la el Talismán de la Tierra.

Eso ya no era coincidencia. Tomó sus katanas y salió hacia el cuartel.


El camino de regreso a la zona de excavación le pareció demasiado corto en comparación con la distancia que había recorrido hasta la montaña partida. También tenía que ver con el hecho de que no le agradaba renunciar tan pronto a la paz y tranquilidad que había dejado atrás. Dirigió una nostálgica mirada hacia la cima antes de entrar al complejo. Tomó los túneles corriendo, percibiendo con el rabillo del ojo las expresiones estupefactas de los trabajadores. No le daba la gana avanzar a paso normal, le resultaba cansado.

Shiki le había dicho que Torhuno les había dado el día libre cuando él salía hacia la escalada. "El hombre se apiadó de nuestros esqueletos" había murmurado entre sueños. Así que no le sorprendió encontrar vacía la recámara y a Shiki con la nariz metida en un pesado volumen. Caminó en línea recta hacia el cuarto de aseo.

–Le tendiste una trampa –afirmó.
–Que lo digas así me hace sentir gusano –respondió Shiki, dejando de lado el tomo y persiguiéndolo. Se sentó en la taza del baño mientras Kakashi corría la cortina de la ducha y arrojaba la ropa deportiva al suelo, le escuchó abrir la llave de la regadera.
–Voy a tomar un baño, apesto a humo, ¿te importaría esperar afuera?
–Prefiero quedarme, si no te importa.
–¿Importa que me importe?
–¿Wha? Mira… noté que ella estaba tratando de sacar los documentos de los contenedores… supongo que quería ayudar, así que me distraje… el cansancio…
–Tch.
–Está bien, necesitaba un pretexto ¿contento? Quería llegar a tiempo para 'salvarla' y así hacer que necesitara mis enseñanzas.
–¿Eres idiota?, realmente necesita que la enseñes. Y no llegaste a tiempo. ¡Ni siquiera llegaste!
–Me quedé dormido. Resultó que sí estaba cansado –se excusó Shiki, alzando los hombros.
–¿Por qué quieres que necesite tus enseñanzas? –respondió, exasperado.
–El equilibrio de poder en este tipo de operación civil-ninja es delicado, Kakashi. Torhuno accedió a que Mayumi formara parte de su equipo sólo porque es una kunoichi de Tsuchi y porque sabe que me incomoda su presencia.
–Si te incomoda ¿por qué la aceptaste como estudiante?
Como estudiante. No como… pretendiente o lo que sea que se esté imaginando.
–Sería una ventaja estratégica para Torhuno contar con un arqueólogo ninja.
–Sólo quiere manipularla para que extraiga la información y se la entregue –afirmó Shiki, despectivo.
–¿Para así recibir el crédito? No creí que te interesaran los lauros.
–No me interesan. Hago el trabajo por el que me pagan y hago exactamente lo que me gusta hacer.

En efecto, pensó Kakashi, Shiki era uno de los pocos afortunados que trabajaban haciendo lo que le gustaba y además le pagaban por ello. Él nunca se había detenido a pensar qué era lo que le gustaba. Simplemente era un soldado, había nacido militar y así moriría, vivía al borde de la muerte el 90% de su tiempo y para él era algo normal, no lo consideraba importante. Su mundo consistía en la aceptación de la vida que le había tocado vivir, la excelencia en lo que hacía le había llevado a ser considerado como uno de los mejores élite que había producido el mundo ninja a pesar de su juventud y también eso carecía de importancia. Él sólo era lo que era. Solía sentirse estable, hasta que llegó Shiki con su condenado cubo a alterarle el ritmo.

–Es un alivio que estuvieras ahí –la voz de Shiki lo sacó de los pensamientos. Se dio cuenta que el agua comenzaba a enfriarse.
–Coincidencia –respondió, enjabonándose a toda prisa.

"No existen las coincidencias, todo es como debe de ser".

–No necesitas recordármelo.
–¿El qué?
–No hablaba contigo.
–¿Eh? Oye… las alucinaciones auditivas son síntoma de esquizofrenia…
–Si enterraras ese… artefacto estoy seguro que dejaría de tenerlas –tronó Kakashi, sacando la mano para tantear en busca de la toalla.
–Ya, ten, supongo que el Sharingan no sirve para ubicar toallas –dijo Shiki, incorporándose para acercársela.
–No sirve para muchas cosas –refunfuñó Kakashi, saliendo de la ducha– entonces, básicamente, quieres enseñarla para que extraiga los documentos y se los de a Torhuno.
–Ajá, pero primero tenía que demostrarle que no sabía.
–Eres muy retorcido –suspiró Kakashi.
–¿Sabes lo difícil que es hacerle entender a una sopa de hormonas que su juventud no es suficiente para hacer algo? ¿Qué la supremacía adolescente es tan sólo una ilusión?... una cosa es querer y la otra es poder…
–Tendrás contento a Torhuno.
–Y distraído. Se verá obligado a acceder a que los asuntos ninja se traten entre ninja.
–Lo que permitirá que te entierres en busca de dulces –dijo, saliendo del cuarto de aseo, seguido por Shiki.
–Ya tenemos la diana en nuestras espaldas, hay que darle oportunidad al tirador.
–Espero que hayas avanzado en tu investigación del cubo –dijo Kakashi, sentándose en la cama.

Shiki le miró con seriedad. Kakashi no le había presionado al respecto, pero la orden de Sarutobi seguía prevaleciendo "primero resuelve lo del cubo", había dicho. Y Kakashi sólo había permanecido a la espera de que solucionara las cosas, tenía que asumir que Sarutobi no le había dado órdenes que limitaran el tiempo de permanencia en Tsuchi. El viejo zorro pensaba primero en la seguridad de Konoha; mientras ellos estuvieran lejos, había cero posibilidades de que la aldea fuera atacada por una manada de fanáticos en busca de artefactos prohibidos.

–Seis caras –dijo Shiki, mirando al vacío– siete sellos.
–Lo que nos deja como al principio –suspiró Kakashi.
–No del todo. Cada una de ellas representa una emoción, pero si giras los lados… ¡No te preocupes! estoy haciéndolo en la copia –se interrumpió al notar la mirada enojada de Kakashi– se combina otra serie de expresiones, es… prácticamente inacabable. No son arquetipos Kakashi, son representaciones en relieve de lo que un rostro humano puede expresar.
–¿Crees que hay una combinación determinada de esos gestos?
–Sí. Una con un sentido global.
–Entonces encuentra las básicas –afirmó Kakashi, recordando la escalada matinal.
–¿Cómo dijiste?
–El conjunto de expresiones básicas, has una lista –dijo Kakashi, tomando su Icha-Icha, el verdadero, y estirándose en la cama.


Tenzô se entretenía en atrapar un pez dorado con una red de papel y Gai se desvivía dándole consejos estratégicos para acorralar al pobre animal. Genma por su parte, prefería admirar a las féminas locales mientras compraba artículos de higiene personal en la farmacia de la aldea. Un vistoso cartel en el cristal de la librería de la acera de enfrente le llamó la atención. Era un anuncio de la llegada de una nueva remesa de los libros de Jiraiya. El sanin se veía radiante en la fotografía y Genma sonrió al ver el grupo de personas acumularse ante el escaparate.

Gai estaba preocupado por Tenzô; el desgaste de chakra siempre le profundizaba las ojeras acentuando la palidez de su rostro y Gai entraba en modo protector. Él no usaba chakra si podía evitarlo, así que le costaba trabajo entender que alguien se medio dejara la vida usando ninjutsu. Al final había insistido tanto en que Tenzô necesitaba aire fresco, que Genma decidió acompañarlos a la aldea y se había alegrado de la decisión, le había servido para despejarse del encierro, Shiki tenía razón: era difícil conservar la cordura estando enterrados tanto tiempo. Movió la cabeza, a esas alturas su compañero ya habría acatarrado al pobre muchacho. Se dirigió hacia el par y jaló a Gai del cuello de la sudadera.

–Deja que lo intente solo Gai. Esto no es una competición.
–Oh, pero debería de serlo, recuerdo haberle ganado a Kakashi en atrapar pececitos –respondió enfático.

Genma lo miró con incredulidad. Aunque era posible, ya que Kakashi aceptaba los retos más absurdos con tal de satisfacer la necesidad que tenía Gai de superarlo en algo. Tenzô, por su parte parecía haber sido dotado por Kami con paciencia infinita.

–A un lado de la librería, a las 3 –dijo Gai, gesticulando exagerado para fingir que discutían.
–Los he visto. Esos dos nos han estado siguiendo desde que salimos de la excavación. Estaban entre los de la galería.
–Los novatos han hecho un buen trabajo manteniéndolos alejados. Deben haber perdido la entereza –dijo Gai, pretendiendo enojo.
–O no saben quién trae los artefactos –comentó Tenzô, sin levantar la vista del pequeño estanque.
–¿Bailamos?
–No creo que sea buena idea, Gen –respondió Tenzô, aparentemente concentrado en cazar al escurridizo pez– senpai no los ha tocado, es seguro que está esperando algo.
–Tch. Le quitas la diversión. ¿Ensarto uno para ti? –señaló los peces con el senbon.
–No te atrevas –protestó Tenzô, mirando a Genma con los ojos muy abiertos.
–Creí que estabas pescando la cena.
–¡No te burles de él! –exclamó Gai, empujándolo del pecho, haciéndolo retroceder con la inercia.

Genma contestó con un puñetazo que Gai esquivó. En un momento estuvieron liados en una pelea que atrajo a los transeúntes que comenzaron a formar un accidentado corrillo. Genma era muy bueno en taijutsu, aunque Gai lo superaba con mucho, pero su jaleo era al mejor estilo libre callejero. Tenzô respiró hondo, quizá cuando él tuviera veintitantos se comportaría como ellos, por el momento dejó a un lado la redecilla y se cruzó de brazos. El dueño del estanquillo se paró a su lado, curioso de cómo se desarrollaba la riña.

–Creí que eran amigos.
–Lo somos, pero a veces esos dos no pueden evitar liarse a golpes –contestó Tenzô.

El hombre rió, los ninja tenían una concepción extraña de la amistad, pensó. Parecían haberse cansado ya que ambos estaban aplicándose llaves y contra-llaves de lucha. Tenzô arqueó una ceja, mirando de reojo a los espías, ambos parecían estar convencidos de la escena que sus compañeros estaban montando, cuchicheaban entre ellos sin desviar la vista de los dos contendientes.

–¡Si sigues sobreprotegiéndolo nunca va a madurar! –gritó Genma, agarrando a Gai del cuello.
–¿Y tus malditas bromas sí le ayudan? –contestó Gai, girando hasta deshacerse del agarre, lo derribó, invirtiendo las posiciones.
–Oi… no me metan en esto –se acercó a ambos. Genma le guiñó un ojo.
–Te estoy defendiendo –protestó Gai, volviendo la vista hacia él.
–¿Ves? ¡A eso me refiero! –contestó Genma, giró el cuerpo haciendo que Gai perdiera el equilibrio.

Genma aprovechó la inercia de Gai para barrerle una patada que lo hizo trastabillar, empujando a Tenzô contra ambos hombres. Uno de ellos reaccionó extendiendo ambos brazos para detener su caída, mientras Gai volvía a la carga. Tenzô volvió la cabeza con cara compungida hacia su involuntario salvador.

–Y dicen que me están protegiendo –suspiró–. Gracias, me habría salido caro este escaparate –dijo, sonriéndole. El hombre asintió y lo soltó, retrocediendo un par de pasos. Tenzô se sacudió la ropa con ambas manos y se encaminó nuevamente hacia sus compañeros con pasos firmes – ¡Ya basta! –tronó.

Ambos se detuvieron en seco. Un instante después estaban ambos sobre él dándole coscorrones y agarrándolo a cosquillas ante la risa de la gente.

–Los ninja están locos –comentaban.

Al final los tres se quedaron quietos, sentados en el suelo, agotados por la pelotera, empolvados y rasguñados. Genma reía como maniaco y Gai lo miraba aún enojado, olvidando por completo que todo había sido una farsa. Tenzô se puso de pie, tendiéndole una mano a cada uno y manteniéndolos separados. Se retiraron cojeando del lugar, dirigiéndose a un bar cercano. Entraron.

–¿Lo conseguiste? –preguntó Genma.
–Rastreadores colocados –asintió Tenzô–. Lo último fue innecesario Gen –gruñó, todavía amoscado del tratamiento.
–Credibilidad, Tenzô-kun –dijo Gai con una gran sonrisa.
–Sólo queda esperar que hagan el siguiente movimiento –dijo Genma, haciendo una seña a la mesera para que les acercara la carta de bebidas.


A sus 58 años, Torhuno Mikaido había alcanzado los honores más altos otorgados a un civil en el mundo ninja. Se sentía orgulloso de ello ya que le había costado años de duro esfuerzo lograr una posición ante los ojos del daimyō. Los shinobi eran la fuente principal de ingresos de cualquiera de las naciones ninja, una buena parte de las ganancias pasaban directo de las arcas militares al tesoro nacional. Pero los civiles contribuían al funcionamiento de esa fuerza proveyendo cultivos, telas, minería y un largo etcétera que los shinobi parecían no apreciar.

Él iba a cambiar todo eso. Al menos era lo que solía pensar hasta que llegó el insolente mocoso de Konoha, ninja de nacimiento, adicto a la adrenalina y con una cadena de éxitos impresionante. El daimyō había insistido en que el mocoso se encargara de la parte crucial de la excavación a pesar de sus protestas, a pesar de que le había asegurado que él y su equipo podrían con el trabajo. Se alegró de que le enviaran a un segundón que obviamente no tenía la misma capacidad que Hinorobu y después se había visto obligado a admitir que había cometido un error y que la extracción se había visto comprometida.

Jamás en su vida se había sentido tan avergonzado.

Lo que no conseguía entender era por qué enviaron al incordio con una escolta. Había rumores, se decía que había rescatado todos los documentos de la biblioteca de Thopar, pero que casi había muerto al derrumbarse. También su paga fue exorbitante. No lo entendía, ¿las escoltas eran para alejar la mala suerte que parecía perseguirlo? Porque no cabía duda, Hinorobu parecía vivir hostigado por el infortunio. Sacudió la cabeza, quizá estar rodeado de tanto adolescente le estaba confundiendo el cerebro. Su esperanza era la joven kunoichi que el Tsuchikage le había obligado a aceptar en su equipo. ¿Acaso no les bastaba dominar buena parte del mundo?, ¿también tenían que meterse en un terreno que pertenecía por tradición a la gente normal?

Respiró profundo, regresando a la tarea original con que había iniciado el día: el cálculo del número de documentos contenidos en la biblioteca.

–Estás envejeciendo, Mikaido –murmuró. Muy a su pesar, admiraba el trabajo de Shiki, el muchacho traía en la sangre la curiosidad por el pasado, algo muy raro de encontrar en la juventud actual. Sentía un oscuro orgullo de casta.
–Torhuno-sama.
–Izuru-kun. ¿Hay algún problema?, ¿enemigos en los alrededores?
–Mi hermana quiere hablar con usted.
–Mayumi-chan –le sonrió, la joven parecía atribulada.
–Torhuno-sama… la misión que me encomendó… fallé. Perdí el contenido completo de un pergamino contenedor.

Torhuno le miró con seriedad. Izuru estaba azorado, era evidente que Mayumi no le había puesto al tanto de su asignación, aunque la disciplina prevaleció sobre sus sentimientos. Le miró envararse y apretar la mandíbula, manteniendo la mirada fija al frente. La joven inclinó la cabeza, ruborizada y Torhuno advirtió que echaba ojeadas avergonzadas a su hermano.

–¿Cómo… fue?
–Tenía un sello de autodestrucción, se activó al contacto con mi chakra, es como una marca genética –explicó al ver la confusión en el rostro del hombre.
–Sólo Hinorobu-san puede abrirlos –afirmó Torhuno sin convencimiento, los usos ninja se le escapaban.– ¿Lo saben los de Konoha? –preguntó, tratando de mantener su propia compostura. Su carrera y no sólo eso, su vida corría peligro. Observó que Mayumi consultó a su hermano con la vista.
–No –contestó ella, sin levantar la cabeza.
–Tanto tú como yo estaríamos condenados, lo entiendes ¿verdad?
–Sí, Torhuno-sama.
–Pero es posible que eche de menos el contenedor.
–Yo… lo sustituí con otro, conseguiré que me enseñe el proceso antes de que lo descubra.

Torhuno asintió. Podía confiar en la palabra de un shinobi y en la lealtad de los militares de su propio país. Siempre había pérdidas, se dijo, tratando de acallar su conciencia, la arqueología era una ciencia de riesgo, cuando se manipulaban cosas del pasado podía haber accidentes, la fragilidad causada por los años transcurridos y otras muchas cosas. Suspiró, había sido mala idea.


N.A. En serio que no he olvidado continuar el fic, es sólo que el tiempo se me ha acortado… total, vale decir ¿me perdí en el camino del internet? ;) Gracias por leer.