hola chicas aclaro esta historia pertenece a pippa lane yo solo la adapte a los personajes de stephanie meyer (twilight)
Capítulo 2
Bella se sintió feliz, cuando el avión se lanzó a través del cielo, hacia el Atlántico. El rugido del mismo parecía decir: "Jasper es mi amor, Jasper es mi amor…"
Habían pasado casi cuatro horas, cuando la aeromoza anunció que el avión aterrizaría en el aeropuerto de Tenerife en veinte minutos más.
Poco después se encendió el aviso que ordenaba a los pasajeros
colocarse los cinturones de seguridad. Unos minutos más tarde, el avión perdió altura, hasta tocar la pista y deslizarse después hasta donde los autobuses recogían a los pasajeros, para conducirlos a las salas donde les sería entregado su equipaje.
Bella miró a su alrededor. Tenía la esperanza de ver a su madrastra entre la gente reunida en el lugar, aunque sabía que, con su estado de salud, era posible que no hubiera podido hacer el viaje hasta el aeropuerto.
En ese momento la parlanchina inglesa que había estado sentada junto a Bella durante el vuelo, y que manejaba una agencia periodística en la isla, tocó el brazo de la joven, llena de excitación.
—¡Cielos! Mire ese hombre guapísimo. El de hombros anchos y
arrogante inclinación de cabeza. Se le conoce como el "señor Tenerife", el hombre más rico de la isla, salvaje y apasionado. Sí y tan chauvinista como todos los españoles. Sin embargo, no ha mirado a ninguna otra mujer desde que su esposa murió trágicamente. Así que, recuerde mis palabras, queridita, va a dar que hablar a la gente, cualquier día de éstos. Los ojos de
la mujer se agrandaron.
—¡Tal vez ahora mismo! Fíjese en él. Por la forma ansiosa en que
recorre todos los rostros… ¡debe estar esperando a una mujer! Esto sí que podría ponerse interesante… Lástima que debo tomar ese avión para las Palmas. Pero volveré en un par de días… Aquí está mi tarjeta. Avíseme por teléfono si lo ve con alguna despampanante belleza…
Mientras la mujer corría hacia el avión que la llevaría a las Palmas, Bella miró al hombre.
"Conozco este tipo de hombre" murmuró Bella para sí, "¡y pensar que existe también entre los españoles! Lo detesto sólo de verlo". Hizo un esfuerzo por borrarlo de su mente, mientras subía al autobús que la llevaría a la sala de espera. "Espero no encontrármelo nunca… ¡señor Tenerife, bah! Compadezco a la mujer a la que está esperando".
Se sintió extrañamente irritada cuando el autobús se detuvo en el edificio de la terminal y vio que él seguía esperando. Sus ojos penetrantes examinaban los rostros de los pasajeros; su físico, poco común, lo hacía sobresalir entre los demás, al igual que la agresividad que había en su postura.
Obligó a sus ojos a retirarse de él. Que el Cielo protegiera a la pobre muchacha que se enamorara de él. Tal vez no lo volvería a ver, por pequeña que fuera la isla. Y si así sucediera, su pulso se aceleró de indignación, ella se sentía inmune a la atracción masculina, ahora que había dado su corazón a Jasper.
A pesar de sí misma, miró de nuevo al "señor Tenerife", y en ese
momento sus miradas se cruzaron y el hombre avanzó hacia ella.
—¡Señorita Bella Swan! —su voz era profunda y vibrante—. Si no
hubiera sido por la neblina, la habría visto antes. Desde luego, la reconozco perfectamente, aunque es todavía más… —pareció buscar las palabras adecuadas— dulce, fresca y encantadora que en fotografía.
—¡Mi fotografía! —exclamó ella, asombrada y a la defensiva.
—Sí, la que su madrastra tiene siempre con ella —sus ojos
interrogantes recorrieron su rostro y después, pareció suspirar antes de obligarse a sonreír e inclinarse para levantar una mano de ella y llevársela a los labios—. ¡Perdóneme! Soy el doctor Edward Cullen, neurocirujano, colega y amigo de Sue. Ella me envió a recogerla.
—¡El doctor Cullen! —repitió confundida—. Pero… ¡una periodista me dijo que era conocido como el "señor Tenerife".
—Así es… —su risa, muy masculina, parecía llena de desprecio—. ¡Esos vulgares sobrenombres que los reporteros le ponen a la gente! Pero, Bella… —en forma deliberada enfatizó su nombre y empezó a tutearla— no debes dar oído a esas tonterías. Ahora, ¿qué chisme te contó esa reportera acerca de mí?
Ella se negó a someterse al dominio de aquel hombre.
—No le estaba escuchando, en realidad —se apresuró a cambiar el
tema—. ¿Cómo está mi madrastra?
—Hoy, mucho mejor. Pronto lo verás tú misma —la tomó del brazo para guiarla al interior del edificio; entonces se detuvo para mirar a su alrededor y exclamó con voz suave—. ¡Emmy! Ven a conocer a esta señorita inglesa… es una enfermera que viene desde la Gran Bretaña.
Bella vio a una niña como de nueve años, que estaba en los
ventanales, viendo cómo aterrizaba otro avión. Venciendo en forma casi inmediata una momentánea timidez, se acercó a su padre. Una expresión traviesa, llena de felicidad, en sus ojos claros, notó Bella.
—Buenos días señora —dijo en español y con una encantadora
naturalidad extendió su mano hacia Bella—. ¿Cómo está?
El doctor Cullen procedió a hacer las presentaciones en ingles.
—Esta es Emmy. Un nombre inglés, como puedes ver. Su madre era
inglesa… de Devon —su voz tomó un tono diferente, como si por el
momento no le preocupara mucho disimular su pena—. Emmy es bilingüe. Habla siempre en inglés con tu madrastra.
—También mi papá —intervino la niña y con una espontánea sonrisa
dirigida a Bella, añadió—: ¡y así hablaré también con usted, señorita Swan! A menos que quiera practicar su español.
—Tal vez lo haga posteriormente, Emmy. Sólo sé unas cuantas palabras, que logré aprender del libro de frases.
Para entonces empezaba a llegar el equipaje del avión. El doctor
Cullen se apresuró a retirar las maletas de Bella, que ésta le indico.
—¡Jacob! Ven aquí, por favor.
—Sí, sí, señor.
Un joven de estatura casi gigantesca, de unos veinte años de edad, con uniforme de chofer color azul claro, avanzó hacia ellos. Su cabello era ondulado y bastante claro. Tenía la piel blanca, lo que demostraba que era probablemente originario de las Islas Canarias. Este se quitó la gorra e hizo una pequeña reverencia a Bella.
El doctor Cullen le dijo algo rápidamente en español. Entonces Jacob, llevando las cuatro maletas se colocó atrás de ellos y los siguió mientras avanzaban a través de la neblina hacia un lujoso coche color marrón.
Mientras el joven colocaba las maletas en la cajuela, el doctor Cullen ayudó a Bella a subir al asiento posterior del auto, en tanto Emmy se instalaba en la ventanilla opuesta, junto a su padre, que había quedado entre las dos.
—El aeropuerto está en una parte elevada de la isla, pero un día se construirá uno al nivel del mar y entonces los turistas aterrizarán sin el inconveniente de la neblina —explicó el doctor Cullen—. Allá abajo, el sol
debe estar brillando intensamente. Parece increíble, pero en quince minutos
lo vas a ver con tus propios ojos.
Estaba cayendo una leve llovizna y los neumáticos rechinaban en el camino que cruzaba a través de unos platanares. Pasaron después por un pueblo lleno de pequeñas tiendas y casitas, hasta descender, finalmente, por un camino de curvas violentas y empinadas. Por fin, en forma repentina se encontraron bañados por la luz del sol. Se veían numerosos plantíos,
algunos al aire libre y otros bajo los cristales de los invernaderos.
Jacob iba guiando ahora por un camino pegado a un barranco y desde allí, Bella pudo ver la autopista por la cual avanzaban los coches, a gran
velocidad, del puerto hacia la población turística.
Observó también el mar, donde innumerables barcos de pesca y
turismo se deslizaban con perezosa lentitud.
En esta parte de la isla las casitas tenían techos planos, sobre los que sus habitantes ponían a secar la ropa. A lo largo del camino se veía gente de aspecto feliz, en su mayor parte vestida de oscuro para protegerse del calor; las mujeres con grandes sombreros de paja sostenidos con una
pañoleta y los hombres con sombreros negros, de ala ancha.
—Aquí abajo no ha llovido en las últimas seis semanas… y eso es
perjudicial para la cosecha de patatas —explicó el médico, mientras los neumáticos del coche levantaban pequeñas nubes de polvo.
El doctor Cullen subió el cristal que los separaba de la parte delantera del auto, para que el chofer no los escuchara.
—Jacob es un buen conductor, a pesar de ser un joven tan testarudo. Casi siempre prefiero conducir y lo habría hecho en esta ocasión, pero quería tener la oportunidad de ir explicándote el camino; además, así lo tengo ocupado a él y evito que haga diabluras.
—¡Diabluras! —exclamó Emmy, con los ojos agrandados por la curiosidad —. ¿Qué clase de diabluras?
—Nada que te incumba, mi amor —contestó su padre y volvió de nuevo su atención a Bella—. Será necesario que te explique eso después, más ampliamente, o quizá tu madrastra lo haga. Es esencial que una mujer comprenda perfectamente al señorito Jacob.
Bella iba a aprovechar aquella oportunidad para preguntar por la salud de su madrastra y sus condiciones generales, cuando el doctor bajó nuevamente el cristal y habló a Jacob en rápido español. El joven asintió con la cabeza e hizo girar el coche, para conducirlo a través de una avenida de hibiscos, hasta detenerse frente a unas rejas de hierro forjado, bastante
altas.
Cuando el auto quedó como a dos metros de ellas, Jacob hizo
funcionar un mecanismo electrónico, por medio del cual éstas se abrieron hacia adentro. Bella se recargó contra el asiento, disfrutando de la belleza del lugar.
Aquel era, sin duda alguna, un sitio de exhibición pública, con un enorme jardín y una mansión de impresionantes proporciones, al cual el doctor Cullen parecía tener acceso en forma especial. El sendero por el que avanzaban era larguísimo y lleno de curvas, cada una de las cuales iba revelando nuevos y encantadores rincones.
—No es verdad lo que dijo una vez un cínico —comentó el doctor
Cullen, bajando el cristal de la ventanilla para dejar entrar el aire cargado con el aroma de las flores—. Que en las Islas Canarias los pájaros no cantan y las flores no tienen perfume… eso no es cierto, al menos en los jardines de "Los Arcos".
—Es maravilloso… un verdadero oasis —comentó Bella y añadió en
forma impulsiva—: gracias por mostrarme este lugar. Le da a uno una primera impresión de Tenerife, magnífica.
—No es un lugar típico de la isla, me temo —murmuró él—. Pero aquí, detrás de estos altos muros, hay algo único: un bendito silencio.
—¿Este lugar es sólo de exhibición, o vive alguien en él? —lo miró Bella.
—Vivimos papá y yo —intervino Emmy.
—Y tu madrastra —agregó el doctor Cullen. Entonces, mientras su
mano tocaba el brazo de Bella en un gesto casi posesivo, añadió—: Y ahora, tú, por supuesto.
—¿Yo? —Bella se irguió, sorprendida.
—Sí, tú… quiero decir, que puedes hacer uso de "Los Arcos", en
general. ¿No te explicó nada tu madrastra en sus cartas? Vive en una casita independiente, en el lado sur de éste. Se la vendí, porque era necesario que ella tuviera una propiedad cuyo valor se mantuviera al paso de la inflación.
Otra mano fresca y pequeña tocó la de Bella. Era la de Emmy.
—Me alegro de que hayas venido —expresó la niña y añadió—: no eres de esas enfermeras regañonas. Me gustas.
—Y tú a mí, Emmy.
—Vamos a ser muy buenas amigas —la niña se volvió a mirarla—.
Jugarás conmigo. Vamos a cabalgar juntas en los ponis.
—Y Jacob te enseñará a conducir un coche, al estilo español, dentro de la propiedad —intervino el doctor Cullen—. Así podrás sacar el auto de tu madrastra con confianza.
—Vamos a divertirnos mucho, como antes que muriera mamá —dijo la
niña. Después su voz se escuchó un poco triste—. Papá y yo la echamos mucho de menos. Era un poco mayor que tú y tal vez un poco más bonita.
—Esta es la casa de tu madrastra —dijo el doctor Cullen en esos
momentos.
—¡Es hermosa! Ahora comprendo por qué Sue no volvió nunca a
Inglaterra —comentó Bella. De inmediato la invadió una gran alegría porque acababa de ver a su madrastra, sentada en la entrada. Esta se puso de pie con una sonrisa de bienvenida y Bella notó con alivio, que su enfermedad no parecía haber cambiado su apariencia, estaba igual a la última vez que la vio, cuatro años antes, cuando había ido a visitarla en Midthorpe. El cabello castaño se veía salpicado de gris y poseía todavía la
esbelta figura de una mujer de veinte años, aunque ya había cumplido cincuenta y cinco.
Los abrazos y besos que distribuyó, incluyeron al doctor Cullen y a su hija, al igual que a Bella y parecía que todos estaban hablando al mismo tiempo, cuando el doctor dijo, dirigiéndose a Bella:
—Te dejaremos sola con tu madrastra. Tendrán muchas cosas qué
decirse.
Se volvió hacia el chofer, que estaba sacando las maletas de Bella en esos momentos y le habló en español. Sin duda alguna le estaba ordenando que las pusiera en la habitación para huéspedes.
—Me encanta tenerte aquí, queridita —expresó Sue, con esa voz
llena de cordialidad qué Bella recordaba—. Me alegro que hayas llegado de día, para ver este precioso lugar que tiene Edward.
—Fue una fantástica sorpresa, Sue. Nunca me imaginé que
vivieras en un paraíso así —Bella la abrazó de nuevo.
—Nunca te lo dije en mis cartas. Quería que terminaras tu carrera antes de venir aquí, a probar la dolce vita.
Encendió una luz suave. Había oscurecido afuera, en forma repentina.
No parecía haber crepúsculo. Sue indicó, con un gesto, un arco que conducía a una escalera.
—Duermo en la parte de abajo de la casa —continuó Sue—. Arriba
tienes tu propia salita, dormitorio, etc. Por cierto, querida, hay otra sorpresa esperándote en el tocador.
—¿De veras?
—Sí, te llegaron Unas flores hace apenas media hora. A tu galán debe haberle costado una fortuna. Nunca me habías dicho que había un joven rico rondándote. ¿Quién es y qué es Jasper?
—No es rico. En realidad, está luchando por salir adelante, como la mayor parte de los internos jóvenes en el Hospital General de Midthorpe…
Bella no terminó la frase, porque mentalmente se dijo: "¡Y lo amo!"
Pero el brillo repentino en sus ojos y la alegre premura con la que se lanzó escalera arriba para ver el mensaje que Jasper le había enviado, reflejaron sus sentimientos ante su madrastra.
Se vio obligada a detenerse en el descanso. Jacob había colocado las maletas en el dormitorio y su juvenil figura masculina bloqueaba la entrada. Bella tuvo que rozarlo al entrar en la habitación y se preguntó, con cierto toque de irritación, si eso era lo que él pretendía. Jacob se quedó en la puerta. La observaba mientras ella leía el mensaje telegrafiado que venía
entre las flores del arreglo.
—Bienvenida a Tenerife —le dijo en un inglés casi perfecto—. Creo que lo pasará maravillosamente aquí.
Bella giró para verlo. No esperaba que hablara inglés en aquella
forma.
—Gracias —contestó—. ¿Ha vivido en la isla toda su vida?
—Oh, sí.
—Usted es originario de las Canarias, no es inglés, ¿verdad?
—Sí, soy de las Canarias. Mi abuelo, el padre de mi madre, nació en Lanzarote; pero allí llueve sólo dos o tres veces al año y tienen que plantar las vides en hoyos profundos, para que reciban el rocío. Así que es una existencia difícil. Llegó en barco a esta isla, donde el agua fluye de la nieve del "Teide", y hay mucho qué comer. Mi padre murió joven y ahora quedamos sólo mi mamá y yo.
—Ya veo. Pero debe haber viajado… tal vez fue con el doctor Cullen a Inglaterra y aprendió el idioma.
—No. He salido de aquí sólo una vez. Fui a la España continental. No me gustó. Esperó que no vuelvan a mandarme.
—Usted habla bien el inglés… ¿en dónde lo aprendió?
De pronto la sorprendió, diciéndole:
—Creo que usted es una jovencita muy cordial.
¡Así que por eso se había quedado! Sólo porque le hizo unas cuantas preguntas, ¿pensaba que lo estaba alentando?
—Pero estoy muy ocupada ahora —dijo Bella, con frialdad.
—Entonces en alguna otra ocasión, hablaremos. Podemos hacerlo en
inglés. Al doctor Cullen le dará gusto que yo practique.
—Estaré muy ocupada en la clínica y cuidando a mi madrastra.
—Las damas inglesas son muy amables con Jacob. Hablan mucho con
él —replicó, pasándose una mano por el cabello.
—Me alegro de eso —Bella procuró que su tono fuera cortante—.
Ahora, si me permite…
—Jacob puede ser bondadoso, también. Muchas de las damas inglesas se sienten solas. Piensan que Jacob es romántico —continuó echándose a reír.
—Yo no, Jacob —dijo Bella en voz firme y natural.
Le dio un ligero empujón para poder salir de la habitación y ni siquiera volvió la mirada para ver su reacción. Él la observaba con ojos suplicantes, con una expresión entre desconcertada y ofendida.
¡Aja! Una sonrisa curvó sus labios gruesos. La joven inglesa estaba jugando con él. Ya había sucedido una vez. En aquella ocasión, la dama en cuestión le regaló un reloj de pulsera, antes de volver a Inglaterra y le juró que volvería a pasar sus vacaciones con él, al año siguiente.
Se echó a reír interiormente, mientras bajaba corriendo la escalera y salía en dirección del coche, donde el doctor Cullen y Emmy continuaban esperando.
Aunque Bella tenía muy poco de haber llegado a Tenerife,
aparentemente Jacob no era el único español que la encontraba deseable.
Bajo las luces de los candelabros que decoraban el largo comedor de "Los Arcos", esa noche, mientras discretos sirvientes los atendían, Bella percibió nuevamente, con creciente inquietud, la forma penetrante en que la observaba el doctor Cullen.
Se estremeció en cierto momento, al recordar la forma casi
rudimentaria en que la había abordado Jacob, el chofer. ¿Tenían en ese caso algo en común amo y sirviente? Cuando se retiraron a un salón a tomar el café, sintió que el corazón le daba un vuelco, cuando Edward colocó su silla tan cerca de la de ella, que sus rodillas se rozaron.
Fue una sensación muy similar al alivio, lo que Bella sintió cuando Sue le pasó un periódico inglés y Edward preparó el tablero de ajedrez.
—¡Este es el mejor momento del día para mí! —exclamó Sue, con
ojos muy alegres—. Edward es un magnífico contrincante. Te enseñaré a jugar en cuanto pueda, Bella. Entonces, tal vez tú también puedas retarlo.
—No podemos jugar si las piezas no están completas. Aquí falta una pieza. ¡No, no se molesten en buscarla! Que lo hagan los criados después — Edward se levantó exasperado y dijo por encima de su hombro—: traeré otro juego de ajedrez de la biblioteca.
La puerta acababa de cerrarse tras él, cuando Sue señaló una
reina de marfil, casi invisible en la alfombra blanca.
—¡Ahí está la pieza que faltaba! Sé buena, querida, y ve a decirle que hemos encontrado la reina y no necesitamos otro juego.
La puerta de la biblioteca estaba entreabierta. Edward se hallaba de pie junto a un escritorio estilo Luis XV, frente a un espejo de marco dorado.
Gracias a su imagen reflejada en éste, Bella lo vio abrir un cajón. Sobre el escritorio se encontraba ya un juego de ajedrez. Él sacó una fotografía, y mientras ella lo observaba, la miró con visible intensidad, oprimiéndola contra sus labios.
La joven sintió surgir en su pecho una ola de compasión. Sin querer, había presenciado algo muy privado y personal para el apuesto viudo. Su anfitrión, sin duda alguna, estaba acariciando la fotografía de su esposa muerta. En ese momento lo perdonó por la forma sensual en que la había estado mirando durante la cena. Esto era un extraño mecanismo de defensa para reducir su soledad y su pena.
En silencio, se dio la vuelta para alejarse de aquel lugar.
—¡Espera!
La voz de Edward era una orden, no una solicitud. Ella se volvió y se dio cuenta de que él la estaba mirando. Había un brillo pasional en sus ojos, y ninguna señal de dolor. Sus labios gruesos se curvaban en una sonrisa dominante.
—Lo siento —murmuró con timidez—. No intentaba ser inoportuna.
—Me alegro de que hayas venido —se colocó junto a ella y le pareció más alto que nunca—. Más vale que sepas la verdad ahora y no después. ¡Entra! Tu madrastra no pensará nada si nos entretenemos unos minutos.
—Desde luego, doctor Cullen —dijo Bella y cerró con firmeza la
puerta tras ella. Se volvió a mirarlo—. ¿Quiere usted hablar de su difunta esposa? Se llamaba Lili, ¿no…? Lo escucharé, con gusto. Ayuda un poco el compartir una pérdida.
—Creo que no has comprendido. Esa parte ha pasado ya y el dolor
quedó atrás. Una nueva vida empezó para mí hace más de cuatro meses. Será mejor que sepas la verdad desde el principio.
—¿La verdad? —Bella trató de alentarlo con su pregunta, al ver que titubeaba.
El doctor dio un paso adelante, hacia donde ella se encontraba.
—Sí, Bella. Quizá fue providencial que la reina del ajedrez se
extraviara y que hayas sorprendido mi secreto. ¿Sabes? No soy un hombre solitario, ni el tipo que contempla y besa una fotografía, hundido en la agonía de la frustración. ¡Mira! —a sus ojos había vuelto el brillo casi sensual del triunfo masculino—. ¿De quién es la fotografía que ves aquí?
El rostro que le sonreía a Bella desde el marco metálico dorado, era el de ella. Se trataba de un retrato que Sue le había pedido unos cuatro meses antes.
—Yo… yo no entiendo.
—¿De verdad, no comprendes? —preguntó él y Bella pensó que había
un cierto tono burlón en su voz—. La verdad es tan simple… Y ahora conoces al objeto de mis anhelos secretos… tú, mi inglesita Bella. ¿Escandalizada? —él esperó su reacción de desconcierto—. ¿Por qué ibas a estarlo? No robé la fotografía. La pedí prestada mientras tu madrastra se encontraba en el hospital, haciéndose unos exámenes. La hice copiar. El
original se encuentra junto a la cama de ella.
—Es que todo esto es… tan increíble… —logró decir ella.
—¿Lo es? ¡Qué ingenua e inocente eres, querida mía! Eso me complace —se acercó todavía más a ella y bajó el retrato—. Fui yo quien sugirió a Sue que vinieras a Tenerife, para cuidarla a ella y darme consuelo.
—Ya veo —contestó Bella, tratando de mantener firme su voz—. Me
siento muy halagada de que la fotografía de una desconocida… yo… le haya ayudado, por medio de una ilusión imaginaria, a establecer un puente entre el dolor y la vida real.
—¡Nada de ilusión imaginaria! —una risa llena de confianza vibró en los labios del hombre—. Es una cosa real. ¿Y por qué iba a ocultarla? Eres todavía más linda que en la fotografía, querida, y no hay ningún novio que hayas mencionado nunca en tus cartas a Sue —extendió los brazos hacia ella—. ¡Oh, Bella, dame una oportunidad! Me salvaste la vida… evitaste que me volviera loco.
La voz de ella adquirió un tono impersonal, exageradamente formal.
—Me satisface que mi fotografía haya resultado terapéutica para usted, doctor Cullen.
—Y tu presencia aún más —había tal desesperación en su voz que casi la asustó—. Déjame despertar a la bella durmiente. Significa tan poco para ti salvar a un hombre, dándole una cosa tan pequeña como es un beso breve…
—No sabe usted lo que está diciendo. Tal vez el vino de la cena…
—Tomé sólo un vaso. Oh, querida, no te muevas… simplemente cierra los ojos.
El tono de su voz era casi hipnótico. En aquella habitación suavemente iluminada, con la puerta cerrada a sus espaldas, Bella se sentía aislada del mundo real. Jasper y el hospital de Midthorpe, parecían estar a un millón de kilómetros de distancia. Aún el pensamiento de su madrastra, que se
encontraba más allá del vestíbulo, pareció acallado por la presencia dominante del hombre cuyas fuertes manos estaban ahora sobre sus brazos.
Bella decidió con firmeza no resistirse a él, cuando sintió sus labios apoyados con suavidad sobre los suyos. Era lo menos que podía dar a aquel hombre necesitado de amor y que había sido tan bondadoso con su madrastra. Entonces, demasiado tarde, Bella se dio cuenta del peligro de la situación. Él se acercó más a ella. Estaba hambriento de amor, en una forma incontrolable; era incapaz de detener la corriente de su pasión contenida.
Ella no podía respirar y los labios de Edward empezaron a recorrer su rostro, oídos y cuello.
—Perdóname, Bella —dijo con voz temblorosa—. ¡Te deseo! He
soñado tanto contigo… y eres todavía más maravillosa de lo que imaginé.
—¡Tonterías! —trató de que su voz sonara llena de desprecio—.
Suélteme.
—No puedo, querida. Por favor, comprende…
—No más. ¡Basta!
—Un poco más… sólo un poco más —suplicó él—. Te prometo que no
desearás alejar tu cabeza y tus labios de mí.
—¡Oh, ustedes, los españoles… y su absurda vanidad! —exclamó Bella —. Primero Jacob trata de probar suerte, y ahora usted…
—¿Así que Jacob ha arruinado ya mis oportunidades contigo?
—No sé. No quiero provocar problemas. Por favor, déjeme ir —los ojos de ella brillaron de ira—. Puedo darle una patada en las espinillas.
—¡Trata de hacerlo! —la risa de él era como un reto—. Y te encontrarás sobre mis rodillas y te pegaré como a una muchacha malcriada. —Bella se dio cuenta de que era el hombre más apuesto y dominante que había encontrado en su vida. Se sintió excitada por la masculinidad de él—. ¡Eso! Empiezas a derretirte. Ya veo una cierta mirada soñadora en tus ojos…
—¡Qué vanidoso!
De afuera llegó el graznido de un pavo real. Con una repentina
sensación de alivio, Bella comprendió que el hechizo que aquel hombre empezaba a ejercer en ella se había roto momentáneamente. Debía aprovecharse de ello. Muy pronto, a pesar de ella misma, empezaría a responder a sus caricias.
—¡Se lo advertí! —exclamó y le dio un puntapié en una pierna.
—¡Fierecilla!
Se zafó de sus brazos y salió corriendo de la habitación. Cerró con violencia la puerta antes de que él pudiera detenerla. Con el corazón palpitante, las mejillas encendidas y los labios doloridos, se echó a correr a través del vestíbulo. Se volvió a mirar por encima del hombro. No la seguía.
Se detuvo en la puerta del salón para arreglarse el cabello y alisar los pliegues de su vestido de noche. Se sintió tranquila, porque no tuvo que enfrentarse a la mirada inquisitiva de su madrastra.
Sue dormía tranquilamente, con la cabeza apoyada sobre un cojín de chintz, ajena a todo lo que acababa de suceder.
—¡Ah, allí están!
Al despertar, su mirada se dirigió con expresión cariñosa hacia Bella y Edward; que se veía tranquilo y sereno, aunque su masculinidad seguía sintiéndose en el ambiente.
—¡Ustedes dos son las personas a quienes más quiero! —murmuró Sue —. Y ahora, vamos a jugar ajedrez.
Cuando Edward pasó junto a Bella, ella sintió los dedos posesivos del hombre detenerse un momento en su antebrazo desnudo.
—Jaque al rey! —murmuró él con suavidad—. Tú y yo, queridita, pronto estaremos jugando también. Y recuerda: ¡siempre juego para ganar!
hola chicas aqui estoy de nuevo espero que disfruten de esta historia como yo nos vemos en el proximo cap lore
