esta historia pertenece a pippa lane y los personajes son de stephanie meyer yo solo juego con ellos
Capítulo 3
Jasper tuvo la sensación de que despertaba de un profundo sueño. Sus ojos estaban cerrados todavía cuando el murmullo de voces se intensificó.
Se dio cuenta de que una mano sostenía la suya. Entonces la voz de una mujer pareció hablarle con suavidad, pero de muy lejos.
—¡Doctor Withlock! —la voz no era ya más que un susurro—. Ya estás a salvo. No hay de qué preocuparse. ¿Me entiendes, Jasper? No hay huesos rotos… sólo una leve conmoción cerebral.
—¿En dónde… estoy? —sus palabras eran titubeantes, aunque su voz
sonaba firme—. ¿Quién es usted?
—La Enfermera de Primera, Alice Brandon —al hablar, la muchacha le oprimió la mano en forma tranquilizadora—. Estás en el Hospital General de Midthorpe. Tuviste un accidente. El coche está en condiciones de repararse y la compañía aseguradora pagará.
—Así que… no tengo nada de qué preocuparme, ¿verdad?
—Nada. Ahora, quédate quieto. Trata de descansar. Tal vez tenga que dejarte por un momento, mientras envio a la enfermera encargada de este pabellón, que has recuperado el conocimiento.
—¿Qué estaba haciendo? ¿Adónde iba? ¿Quién iba conmigo?
Sintió que la mano gentil oprimía con suavidad la suya.
—¡Preguntas, preguntas! Ya habrá tiempo para eso, después.
Alice iba a alejarse, cuando sintió que los dedos de él se cerraban en torno a su muñeca, para detenerla. Él abrió los ojos, desconcertado. Aunque había olvidado completamente los sucesos de ese día, podía recordar… una sensación de felicidad, que algo maravilloso había sucedido en su vida, a pesar del accidente. ¿Qué era? Un golpe de suerte, tal vez. Ah, sí, recordó el premio de su bono: veinticinco libras. Pero eso no era suficiente para hacerlo sentir, a pesar de un ligero dolor de cabeza, como si fuera dueño del mundo.
Como en apariencia las cosas que había olvidado eran, a juzgar por la euforia de sus emociones, muy felices, ¿para qué presionar a su memoria?
Tal vez todo lo recordaría muy pronto. Y si no era así, no faltaría quién le dijera lo que había sucedido.
Abrió los ojos y vio al pie de la cama, a la Enfermera de Primera, Alice Brandon, en el momento en que desprendía la tarjeta con su historia clínica y escribía algo en ella.
—Amnesia retrógrada —murmuró él—. No dejes de anotar la hora en
que recobre el conocimiento… ah, Alice, y será mejor que me tomes el pulso y lo anotes. Ya sabes qué exigente es la enfermera que tiene a su cargo este pabellón. No permite que se le vaya a uno un solo detalle.
—¡Vaya! Ya te estás sintiendo mejor —sonrió ella y volvió a su lado—. Antes que me dé cuenta, me estarás pidiendo una cita.
Jasper no contestó. Había caído en un sueño tranquilo, mientras una sonrisa curvaba sus labios con suavidad.
Algunas veces, Tenerife amanecía con un cielo despejado y brillante.
En esos días, el sol era fuerte y hacía calor. Tal como se lo había advertido Sue a Bella, las noches eran límpidas, llenas de estrellas. Al amanecer de cierto día, el sol había brillado con intensidad durante una hora, pero después el pico del "Teide" se había cubierto de neblina, la cual descendía hasta extenderse por encima de la propiedad del doctor Cullen y cubrir sus
prados y arbustos. Esto hizo estremecer a Bella y su madrastra, que estaban sentadas en el patio, contándose las cosas sucedidas durante los cuatro años en que habían estado separadas.
La joven trataba de hacer comprender a Sue la nueva felicidad
que había descubierto, precisamente el día que saliera de Inglaterra para reunirse con ella en Tenerife.
—Sé lo que dirías si conocieras a Jasper… que es demasiado guapo — dijo Bella. Seguía a Sue que había entrado a su casa a buscar un saco —. Pero después descubrirías en él, un sentido de dedicación que te haría comprender su verdadero valor.
—No lo dudo, Bella. Pero aun a ese tipo de hombres, no se les debe dejar solos por mucho tiempo.
—Me asustas, cuando dices eso.
—No quise hacerlo —Sue buscó los ojos de su hijastra y retuvo su
mirada con firmeza—. Tu felicidad significa más que cualquiera otra cosa en el mundo para mí —una leve preocupación ensombreció sus facciones—. Y una advertencia: tanto Edward como Jacob se sienten atraídos por ti.
—¡Así que lo has notado!
—Hubiera necesitado ser ciega para no verlo. Además, conozco a los españoles demasiado bien. Piensan que son educados y galantes con una recién llegada, cuando empiezan a asediarla con sus miradas e insinuaciones de que están locos por ella. Mi marido era así. Cuando me casé con él, me sentí abrumada, al principio. Entonces aprendí a responder a su fuego español y fui más feliz de lo que pensé. Me realicé como mujer.
—¡Qué suerte la tuya! —Bella reaccionó con aparente frivolidad,
porque se sentía ligeramente turbada con las francas revelaciones de su madrastra—. Jasper puede parecer un simple niño comparado con Edward, pero es con quien me gustaría casarme y formar una familia. Es el tipo de hombre al que puedo manejar. ¡Nada de batalla de sexos para mí, no, gracias!
—Así había una muchacha liberada de veintidós años —murmuró Sue,
en tono de broma afectuosa—. Te deseo la mejor de las suertes.
Prefiero siempre un inglés —dijo Bella en una voz llena de firmeza—. Y entre más pronto Edward se dé cuenta de ello, mejor…
—Ssh, querida —la advertencia de Sue llegó tarde. Edward se
encontraba de pie en el umbral, con un ramo de flores en cada mano.
—Quien escucha lo que no debe, nunca oye hablar bien de sí mismo — dijo con voz muy suave—. Ah, pero mis flores son señal de paz —entregó un ramo a Sue—, violetas para ti… y… —su voz y sus ojos parecieron acariciar a la joven— rosas color escarlata para ti, Bella —entonces su tono se hizo repentinamente duro y pareció estar dándole una orden—. No tires mis flores sobre la mesa de ese modo. Haz lo que Sue con sus violetas. Acércalas
a tu rostro, aspira su fragancia…
Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, Bella lo obedeció.
Se odió a sí misma y a él también, por ese gesto de sumisión. El aroma de las rosas la hizo sentir sofocada. Estoy pensando en Jasper y en las flores que él me envió, se dijo a sí misma, en silencio. Amo a Jasper. ¡Y odio a Edward!
Una semana más tarde, Bella se encontraba sentada en un pequeño
auto.
Voy a practicar un poco más, pensó, y encendió el motor. Creo que estoy progresando. Se está volviendo como un segundo instinto en mí, manejar por el lado derecho del camino.
Había aprendido a conducir en Inglaterra y antes de volar a Tenerife solicitó una licencia internacional.
Durante su primera práctica, dos días antes, Jacob, en presencia de Sue, le enseñó cómo era el cambio de velocidades de un coche
extranjero.
Ahora, hizo retroceder el auto con confianza, para sacarlo del garaje y desde el camino que había frente a la casa le gritó a Sue que estaba lista.
La Clínica de San Telmo se había convertido en la mitad de la vida de su madrastra, según pudo darse cuenta Bella. La joven siguió su ejemplo y logró prestar ayuda al equipo médico que trabajaba en el lugar.
Una de las especialidades de la clínica, era la unidad en donde los niños prematuros recibían cuidados intensivos. Allí precisamente estaban trabajando Sue y Bella juntas.
No recibió respuesta a su llamado. Bella se acercó a la terraza y miró a través de la ventana de la sala. Sue estaba sentada en una silla, con los codos en la mesa y la cabeza entre las manos. Parecía estar atontada, más que triste, y trató de sonreír a su hijastra, que había entrado rápidamente.
—¡Sue! ¿Estás bien? ¿Qué te paso?
Después de esa primera sonrisa, Sue no se movió. No dio indicación alguna de haber oído a la joven. Unos quince segundos después, sacudió la cabeza y, con un gesto de cansancio, se puso de pie.
—¡Vaya! Ya pasó. Desaparece si me quedo sentada muy quieta —
explicó—. Ahora, no te preocupes por mí, nena. Tal vez es sólo una neurosis, como nuestro distinguido psiquiatra me está diciendo siempre.
—Pero, ¿estás segura de que te sientes bien como para ir hoy? —
preguntó Bella con gentileza.
—¡Por supuesto que lo estoy! —el viejo espíritu combativo pareció apoderarse nuevamente de su madrastra—. Ahora, fíjate en mí. Verás que me veo mucho mejor en cuanto empiezo a hacer cosas en la clínica. No perdamos más tiempo. ¡Vámonos ya!
En realidad, para alivio de Bella, Sue parecía haber vuelto a ser la enfermera activa de siempre, mientras inspeccionaba la unidad donde se encontraban tres bebés prematuros.
—Al nacer, estos pequeñitos no están lo bastante desarrollados, como para llevar una vida separada —dijo Sue.
—Y por eso es que suelen necesitar vigilancia especializada —añadió Bella—. ¿Sabes? Nunca había trabajado en una unidad de prematuros, pero recuerdo una de las clases de Sir Bertram sobre ellos.
Siguieron avanzando por el pabellón y ayudaron a un joven doctor a tomar una muestra de sangre de uno de aquellos pequeñitos.
—Algunos bebés prematuros son propensos a bajos niveles de azúcar en la sangre —explicó Sue—. Así que los examinamos con regularidad, para darles el tratamiento adecuado en cuanto lo necesitan.
Cuando salieron de ese pabellón, fueron a ayudar en la sección
prenatal, donde mujeres en todas las etapas del embarazo estaban siendo examinadas y aconsejadas.
—En un hospital de tamaño moderado como éste, es imposible para las enfermeras que no son de tiempo completo, especializarse —dijo Sue, mientras cruzaban un largo corredor en dirección a otra ala—. Tiene uno que resignarse a trabajar dondequiera que el hospital lo necesite.
Pasaron frente a una puerta con un letrero luminoso, en letras rojas, éste decía: "Sala de Operaciones", en español, inglés y alemán.
—Desde luego, esto es lo que más lamento de mi enfermedad… que no puedo ser enfermera en el quirófano. Supongo que los cirujanos temen que me desmaye en un momento crucial de una operación.
Sue habló entonces con tranquila decisión.
—Recuerda bien mis palabras, querida. Un día de éstos, mis
molestias… desaparecerán. Entonces volveré al quirófano. Esa es mi vida, ¿comprendes? El pensamiento y la esperanza de volver a trabajar ahí me tienen de pie.
—Eres maravillosa, mamá —dijo Bella—, con los ojos brillantes de
orgullo por la mujer que estaba a su lado—. ¡Maravillosa!
—Esta es la tercera ocasión en tu vida que me dices "mamá" —
comentó Sue y abrazó a su hijastra—. Como ves, llevo muy bien la
cuenta.
En ese momento una de las estudiantes de enfermería se acercó a
ellas con un mensaje que Sue encontró un poco difícil de comprender, porque la chica se lo dijo en un español con el fuerte acento de las Canarias.
Por fin, Sue asintió, diciendo que había comprendido.
—Dos enfermeras tienen que salir en una ambulancia para ir a traer a un enfermo del corazón —explicó—. Así que nos necesitan como sustitutos de ellas en Emergencias.
El doctor que tenía a su cargo el Pabellón de Emergencias era un joven rubio, de unos treinta años, nacido en las Islas Canarias y que hablaba un poco de inglés. El paciente a quien estaba atendiendo era un hombre de unos cincuenta años. Tenía una espesa cabellera de color negro y ojos profundos, que parecían penetrar en los de uno, pensó Bella, como si trataran de adivinar los más recónditos pensamientos.
En el momento siguiente comprendió la razón de esto, cuando Sue
lo presentó como el doctor Sidney Goodwin, psiquiatra de la clínica. Cruzó cojeando el consultorio, apoyado en un cepillo de limpieza, haciendo las veces de muleta.
—Estos son los riesgos que corre un psiquiatra —dijo—. Aun mientras estoy trabajando en mi jardín, mi mente está ocupada con mis pacientes. Entonces, clavo ferozmente la horqueta y… ¡ay de mí!… en lugar de hacerlo en el suelo lo hago en mi zapato de lona y, a través de él, en mi pie.
Bajo la supervisión del doctor, Bella y su madrastra limpiaron y
cubrieron la herida.
Mientras tanto, el psiquiatra continuó tratando de convencer a Sue de que se sometiera a un prolongado tratamiento de psicoanálisis con él. Se volvió suplicante hacia Bella.
—No le costaría un céntimo. Le daría el tratamiento gratis, por el gran cariño que le tengo a su madrastra.
—Oh, por Dios Santo, Sidney —protestó Sue—, no insistas en eso.
Seguramente sé mejor que nadie si necesito psicoanálisis, o psicoterapia, o sólo que me dejen en paz.
El médico sacudió la cabeza de un lado a otro, muy serio.
—Si sólo me dejaras ayudarte.
—Tienes unos ojos tan penetrantes —comentó Sue riendo—, que
de someterme a ti, sería a través de la hipnosis.
—¿Qué caso tendría? Podría hipnotizarte y hacer que desaparecieran tus dolores de cabeza por medio de influencia hipnótica…
—¡Bueno, ahí tienes! ¡Haz eso, Svengali!
—Pero los síntomas aparecerían en otra parte…
—¿Y qué tal si éstos desaparecen completamente? —murmuró
Sue.
—Entonces, Dios te ayude. Serían sustituidos por una depresión tan gigantesca, que quedarías prácticamente inválida.
—¿Está hablando en serio? —preguntó Bella al psiquiatra.
—Es un síndrome comprobado, un patrón de conducta.
El psiquiatra unió las puntas de sus dedos con precisión compulsiva, antes de continuar, dirigiéndose a Bella:
—Por favor, haga todo lo posible por convencer a su madrastra. Ahora se dará cuenta de los prejuicios a los que tenemos que enfrentarnos los psiquiatras…
—No creo que en mi caso sea un prejuicio —protestó Sue—. Si
pensara que mi… mi indisposición se debe a un problema nervioso, me pondría en las manos de un hombre como tú, Sidney.
—Pero, a pesar de los resultados negativos de las pruebas que te han hecho, insistes en que tus síntomas son causados por una enfermedad orgánica —continuó el psiquiatra.
—Así es —replicó Sue y sus labios se apretaron por un momento
—. Estoy convencida de ello. Nunca he podido aceptar la explicación de que se trata de una neurosis.
El doctor Goodwin extendió las manos en un gesto de desaliento.
—Esta es, con frecuencia, la idea fija en un paciente que sufre un mal psicosomático.
Se puso una zapatilla, sin punta, en el pie vendado y se apoyó en una muleta de metal ligero que un ordenanza del hospital había traído.
Entonces el doctor Goodwin besó galantemente la mano de Sue.
—Apiádate de un hombre solitario, cuando mi esposa se vaya a visitar a sus parientes en Inglaterra —le dijo—, y permíteme que te invite a cenar, junto con tu encantadora hijastra, al mejor hotel de Tenerife, el San Felipe.
Después podemos ir a bailar a El Galeón.
—Él sólo pensar en todo eso —respondió Sue—, me hace sentir
mejor. Lo haremos que cumpla esa promesa, ¿verdad, Bella?
Después del psiquiatra, se presentaron algunos otros pacientes.
Cuando llegaron las enfermeras del siguiente turno, Sue parecía muy cansada y el doctor del pabellón las acompañó hasta el coche, como si se sintiera un poco preocupado por el aspecto de ella.
—Sidney Goodwin —murmuró Sue—. Sí, Bella. Recuerdo cuando
llegó a la isla —sus ojos miraron el camino con nostalgia, mientras la joven conducía el auto de regreso a "Los Arcos"—. Él y mi marido solían escalar el "Teide", cuando Sidney mejoraba de su bronquitis. Es severo conmigo porque es un viejo amigo de la casa. ¡Psicoanálisis! Sé que sus intenciones son buenas, pero no me convence. Sin embargo, es extraño. En forma repentina, me siento mejor. Me pregunto por cuánto tiempo…
Cuando se dirigía a comprar crema para la piel, después del fin de semana, Bella tomó el camino de la transitada Playa Calvo, para dirigirse a Puerto de la Cruz. Aquél se estrechaba en la parte más bajá, porque los gruesos troncos obstruían el paso; además, las aceras eran angostas, de modo que algunos peatones debían bajarse a la vía.
De pronto, a pesar del ruido de los coches, y del mar al estrellarse contra las rocas, escuchó un grito de advertencia:
—¡Bella! ¡Por Dios, cuidado!
Antes que pudiera darse la vuelta, escuchó que alguien corría y tuvo tiempo de mirar por un instante a Edward, que se encontraba a su lado.
—¿Qué pasa?
No tuvo tiempo siquiera de completar la pregunta. Estaba siendo
levantada en vilo por el cirujano español. ¿Estaba loco? Este pensamiento cruzó con rapidez por su desconcertada mente. Y para mayor furia de Bella, él la arrojó hacia el umbral de una puerta. La joven se tambaleó, cayó y quedó en cuclillas, maltratada y sin aliento.
—¿Cómo se atreve? —exclamó en una mezcla de furia y sorpresa—.
¿Qué se supone que está haciendo?
—¡Salvándote la vida!
—¿De qué? —preguntó con escepticismo.
—De ese coche negro que nos acaba de pasar.
—¡Tonterías! ¡Ni siquiera lo vi!
Antes que acabara de hablar, oyó un poco más abajo de la polvosa
calle, el sonido de un fuerte impacto. Se volvió a mirar y vio el auto incrustado en una palmera.
Una mujer vestida de negro, estaba lanzando gritos de indignación contra un hombre gordo que bajó tambaleándose del coche. No tardó en aparecer un policía, que de inmediato se dispuso a interrogar al conductor.
Al darse cuenta de que las manos de Edward seguían apoyadas en los brazos de ella, en un gesto protector, Bella levantó la mirada hacia él.
—Tenía razón, doctor Cullen —le dijo con gratitud—. Pude haber sido atropellada.
Edward asintió con expresión sombría.
—El conductor de ese coche es una amenaza. Es un alcohólico local bien conocido, que llegó a la isla para evadir los impuestos en su nativa Francia. Ahora, irá a una cárcel española —él la miró casi con severidad—. Ya estás a salvo. ¡Cielos! ¿Por qué estás temblando?
Se sintió tentada a contestar: Si sólo me quitara las manos de encima, dejaría de hacerlo. En cambio, se concretó a hacerse a un lado y empezó a caminar otra vez, calle abajo, con él a su lado.
—De cualquier manera, gracias por salvarme la vida. Ahora podré
continuar con mis compras.
—Nada de eso. Las compras pueden esperar. Tomaremos un café con
leche en San Telmo. Quiero hablar contigo.
—¿Para disculparse? —preguntó ella.
—¡Nunca! —se mostraba muy seguro—. Eso sería casi suponer que no
intentaré repetir mi conducta de la semana pasada.
Ella parpadeó. Hizo que su voz sonara muy firme para ocultar la
extraña emoción que la sacudía interiormente.
—No, si yo puedo detenerlo.
En un intento de demostrarle que no la intimidaba su audacia latina, se instaló en un asiento de la esquina, en el café el aire libre, y fijó su mirada, que suponía firme, en él.
—He estado suficiente tiempo en suelo español, para conocer su tipo… el de Jacob… y el de miles de españoles como ustedes.
—Sigue —la alentó Edward—, esto va a resultar fascinante.
—Ustedes los latinos siempre se han sentido en desventaja respecto a nosotros, la gente del norte —le dijo con franqueza—, entonces tratan de compensarse. Tienen que dominar a la mujer, desde el primer momento.
Carecen de ese refinamiento que tiene el inglés.
—Ah, yo me comportaría así, si me dieras la oportunidad. Me dio
mucho gusto que me sorprendieras besando con ilusión tu fotografía. Y ahora voy a sacudir un poco más tu alma nórdica, seguramente —hablaba con lentitud, espaciando cada palabra—. Sigo soñando contigo todos los días. Coloco tu retrato en mi almohada, antes de dormirme, y ni siquiera lo olvido cuando me baño.
—¡Oh, es usted… insoportable! —exclamó ella con voz ahogada. Tomó su bolso de mano—. Si no fuera tan bondadoso con mi madrastra, ni el padre de Emmy, y si hace un momento no me hubiera salvado la vida, yo… no me sentiría con ninguna obligación hacia usted. No estaría preguntándome, y temiendo… si de alguna manera usted o Jacob lograrán maniobrarme en
algún momento, y entonces…
—¡Jacob! —exclamó Edward y frunció el ceño—. Lo voy a mandar al
continente…
—No, no lo haga. No quiero cargar con el destierro de su chofer en mi conciencia. Puedo manejar al señorito Jacob. No es más que un niño grande, a pesar de sus veinte años.
—¿Y yo? Soy un hombre total. ¿Puedes manejarme, también?
—Me atrevo a decir que sí —dijo Bella, encogiéndose de hombros. Se sentía llena de confianza en sí misma y deseosa de penetrar en ese escudo de vanidad que rodeaba al doctor—. Aunque, francamente, no podría importarme menos.
Sintiendo que aquel era un buen momento para poner fin a la
conversación, se levantó y por entre las mesas se dirigió hacia la avenida, antes de volverse a decir:
—Adiós, doctor Cullen.
—¡No por mucho tiempo! Voy a operar esta tarde a un residente
británico. Es indispensable una enfermera de habla inglesa antes y después de la operación. Y te necesitaré en el quirófano, también.
Ella no contestó. Se alejó con la barbilla levantada. Su corazón latía apresuradamente, estaba reaccionando ante la furia que sentía.
Le demostraré lo eficiente que puedo ser como enfermera en un
quirófano, se prometió en silencio. Entonces, tal vez, me tratará con respeto.
Volvió ligeramente la mirada. Edward no la seguía y su desilusión fue enorme. Más tarde, su conciencia la hizo sentirse aliviada. Podía pensar en Jasper, su novio sencillo y británico.
besos y gracias por leer lorena :)
