hola chicas aclaro esta historia pertenece a pippa lane yo solo la adapte a los personajes de stephanie meyer (twilight)
Capítulo 5
—Bien, bien, bien…
El doctor Edward Cullen expresaba de ese modo su satisfacción al
concluir la operación que acababa de realizar en un joven inglés, durante más de dos horas.
—Sobrevivirá y volverá a ser dueño de todas sus facultades —dijo, primero en español y después en inglés, para que Bella lo comprendiera, mientras ella enjugaba el sudor que cubría la frente del cirujano.
El inglés, que se encontraba disfrutando de sus vacaciones, se había estrellado en una motocicleta. No llevaba puesto el casco, así que recibió serias lesiones en la cabeza. Cuando recuperó el conocimiento, se sintió asombrado de verse rodeado de enfermeras españolas que no lo comprendían, así que tanto el doctor Cullen como Bella procuraron estar a su lado para atenderlo y hablar con él. Pareció menos preocupado cuando, durante el proceso de preparación, le aseguraron que la joven estaría en el quirófano durante su operación y cuidaría de él posteriormente.
Mientras el paciente era trasladado a la sala de recuperación, el doctor Cullen, con cortesía española, dio las gracias a sus ayudantes. Finalmente, le agradeció a Bella, en inglés.
Aunque estaba cansado, disfrutaba de la emoción que le producía una intervención quirúrgica compleja, realizada con éxito. A pesar de tener la boca cubierta, sus labios sonreían a Bella, aunque ésta no podía verlo. A la joven le parecía que, en los últimos días, los ojos de Edward tenían la expresión desconcertada y dolida de un hombre que hubiera sufrido una
gran pérdida. Después de todo, apenas hacía un año que su esposa Lili había muerto en ese terrible accidente. En aquel momento, él había jurado que ninguna otra mujer sustituiría a su esposa. Entonces, había visto la fotografía de Bella…
Desde luego, no existía semejanza física entre Lili y la joven enfermera que había llegado de Inglaterra. Sin embargo, algo en Bella lo hacía pensar en su difunta esposa, con nostalgia.
Durante la operación, había acertado a mirar a Bella en el momento en que le enjugaba el sudor de la frente. Aunque tenía el rostro cubierto y sólo se le veían los ojos pudo resolver el misterio: éstos eran como los de Lili, no de color Chocolate sino con una mirada llena de compasión.
El hombre que se casara con ella sería muy afortunado, pensó Edward.
Y, por primera vez, especuló sobre cómo sería su vida si se volviera a casar… con una muchacha como Bella.
Apenas un momento antes se había dado cuenta de que había la
posibilidad de que se enamorara de manera profunda de esa joven
enfermera, a la que llevaba muchos años de diferencia… que era factible que quisiera casarse con ella y hacer a un lado a todas las demás mujeres.
Si Bella llegaba a casarse con otro hombre, su dolor de perderla sería tan grande, si no mayor, como el que le causara la muerte de su esposa.
Cuadró los hombros. A pesar de la forma directa en que la había
abordado al principio, ahora estaba decidido a demostrar verdadera consideración por los sentimientos y necesidades, todavía no del todo formadas, de esta muchacha gentil y cariñosa. Le haría la corte en forma muy tierna, con la lentitud de un inglés de sangre helada. Entonces, con él tiempo, tal vez, lograría que se enamorara de él, en lugar de hacerlo de ese
joven interno que había dejado en Inglaterra. ¿Qué le podía ofrecer él? Nada más que las escenas de amor interrumpidas que correspondían a la esposa de un doctor con poco dinero y mucho trabajo; un matrimonio nada romántico. Bella merecía mejor suerte que ésa.
Estos pensamientos cruzaron rápidamente su cerebro mientras
examinaba el estado del paciente, en la sala de recuperación. Entonces se volvió con tranquilidad hacia Bella.
—Trabajas bien en el quirófano. Me da mucho gusto.
—Gracias, doctor Cullen.
—Así que… ojalá me dejaras demostrarte mi gratitud. Me sentiría muy feliz de hacerlo —su tono era de sinceridad—. Siento mucho haberme mostrado tan… difícil. Pero ahora, por favor, me gustaría reparar mis errores.
—No hay ninguna necesidad de ello, señor —contestó con decisión.
—Sí la hay. De otra manera, sentiré siempre que me detestas por mi… mi mala conducta, por la cual te pido disculpas.
—Las disculpas son aceptadas. Y ahora podemos olvidarnos de lo
sucedió, ¿verdad? —Bella parpadeó con incredulidad.
—Y empezar de nuevo —dijo Edward, con una ansiedad que la puso
inmediatamente alerta.
—No hay necesidad de empezar "nada" —respondió, volviendo la
cabeza para eludir la mirada casi hipnotizadora del doctor.
—Es que… podemos ser buenos amigos —insistió él.
—¡Oh, sí!
—Y para probarlo, déjame mostrarte algunas de las maravillas de esta isla paradisiaca. Esa será tu forma de demostrarme que me has perdonado.
—Muy bien —se sintió halagada y conmovida—. Iré con usted. Y
gracias por la invitación, doctor Cullen.
Así que más tarde, ese mismo día, con Bella sentada junto a él, el doctor Cullen se lanzó por los sinuosos caminos de la isla.
Llegaron a las Cañadas, a una parte agreste, con el Teide elevándose a más de cuatro mil metros de altura. Ahí, por encima de ellos, estaba el escenario de una de las erupciones volcánicas más fuertes de todos los tiempos.
La vista era impresionante, con enormes y agudas rocas salpicando las llanuras, y cúmulos de material volcánico que se erguían contra el fondo del cielo despejado.
—Mira —dijo el doctor—, es una suerte que podamos ver esto sin
nubes, neblina, ni lluvia.
—Es una experiencia que no puede uno perderse —exclamó Bella—.
Ojalá haga un día así cuando le muestre este lugar a Jasper.
—Sí, eso espero, también —contestó Edward, después de un momento
de pausa—. Todos debemos procurar que tu amigo la pase muy bien aquí y que vuelva con recuerdos felices de Tenerife. Desde luego, tú y él pueden usar "Los Arcos" como si fueran suyos…
—No creo haber conocido nunca a un hombre tan generoso como usted —dijo Bella, satisfecha de poder pensar bien de Edward, después de todo—. Ha sido maravilloso con Sue.
—Ah, la quiero como si fuera mi propia madre… pero me temo que
hablo demasiado. Ahora, debes disfrutar de este recorrido…
Detuvo el coche en medio de un remolino de polvo volcánico y tomó el brazo de ella para conducirla, casi corriendo, hacia la estación del funicular.
Uno de los carros estaba a punto de salir y saltaron a su interior. Subieron hasta la punta del volcán, donde pudieron ver hacia el interior del cráter, que ardía suavemente.
Posteriormente, no lejos de la estación del funicular, se detuvieron en un parador y disfrutaron de una comida sencilla. Edward, que se sentía feliz de ver que ella disfrutaba del paseo, reía y conversaba con un buen humor poco acostumbrado en él.
Todavía quedaba una hora de luz, así que la llevó por la carretera panorámica paralela a la costa norte y desde allí contemplaron la antigua capital de Garachico, con el mar teñido de escarlata, por el crepúsculo.
Después él le señaló las vides sembradas en forma escalonada, sobre las terrazas naturales de la ladera y que eran regadas por canales subterráneos formados por la nieve derretida del Teide.
Ya de noche, el doctor la llevó a la parte sur de la isla, para que conociera el pequeño pueblo de pescadores, Alcalá.
—Se ha hecho mucho y el progreso es notorio en esta isla afortunada —le explicó a Bella—. Sin embargo, todavía el ochenta por ciento de su territorio es virgen. Aquí los nativos siembran plátanos, patatas, tabaco, caña de azúcar y frutas tropicales.
—Todo es como imaginé que sería —murmuró ella—. Me alegra mucho
haber venido.
—Y también se alegrará tu amigo, el doctor Jasper —dijo Edward con un suspiro de leve tristeza. Ahora, tú puedes ser su guía y utilizar este coche.
Jacob puede traerlos, para que tú y tu prometido disfruten del paisaje.
—No es mi prometido, como ya expliqué a Sue —protestó Bella,
con cierto remordimiento, porque durante una hora había prestado toda su atención a Edward y a esta isla paradisiaca, sin haber pensado, en Jasper.
Entonces, al notar que el doctor volvía la cabeza para mirarla, añadió—: desde luego, es posible que nos comprometamos cuando…
—¿Cuando qué? —preguntó él con una ansiedad que la sorprendió.
—Cuando nos conozcamos mejor —respondió ella con suavidad.
—Así que no tienes mucho tiempo de conocerlo… —esta vez no desvió la mirada del camino—. Entonces, ¿es un amigo reciente?
—Oh, he visto bastante a Jasper en el hospital, desde que entró a trabajar allí, hace aproximadamente dos meses. Pero me llevó en su auto al aeropuerto y almorzamos juntos. Me envió flores y Sue se dio cuenta de que estaba yo encariñada con él y lo extrañaba. Por eso lo invitó a Tenerife, a pasar con nosotras sus vacaciones anuales. No me puedo quitar de la cabeza la idea de que no habría tenido ese accidente si no me hubiera ido a dejar al aeropuerto, así que me siento en deuda con él —entonces
añadió para que no lo interpretara mal—: estoy muy encariñada con él…
—Pero, no hay compromiso todavía, ¿verdad?
—No, aún no.
Edward pareció acomodarse en el asiento de conductor, muy tranquilo y empezó a tararear una canción española.
Entonces, al ver los millares de luces del puerto que se extendían bajo ellos, le habló un poco más de Tenerife:
—Hay la romántica leyenda de que las Islas Canarias son las puntas de lo que fuera la Atlántida. Cuando, los españoles descubrieron estas islas, estaban habitadas por los guanches, un pueblo de gente alta y rubia… —su voz se hizo un poco triste—. Lili, mi esposa, descendía de esa raza por el lado de su madre. Por eso es que sus ojos eran claros y con una expresión parecida a la de los tuyos. Me di cuenta de ello hoy en el quirófano.
No dijo más durante casi dos kilómetros. Entonces, como si hubiera decidido alejar la tristeza, empezó a cantar una melodía alegre. Poco después se encontraban ante la entrada de "Los Arcos".
Cuando había avanzado por el sendero de la mansión movió un botón del coche e inundó el jardín de luces de colores.
—Sue verá las luces y sabrá que te traje a casa sana y salva, mi
querida Bella.
Bajo las luces artificiales, la profusión de flores y capullos parecía todavía más llena de colorido.
Edward pasó frente a la gran casa de balcones de hierro forjado y fue más allá de los patios, e hizo sonar el claxon al acercarse a la casita de Sue.
Emmy atravesó corriendo el patio y, para sorpresa de Bella, le echó los brazos al cuello a ella, antes de abrazar a su papá.
—¡Oh, papá, pensé que tú y la señorita Swan no iban a llegar nunca! —exclamó la niña, llena de excitación—. Tía Sue me ha estado ayudando a hacer un vestido para esa muñeca grande que me trajiste de Las Palmas.
—Tenemos que ver eso —comentó Bella, colocando una mano sobre el
delgado hombro de la niña.
—¡Sí… sí! —Emmy levantó los ojos alegres hacia Bella y ésta se preguntó si los suyos se verían así cuando se sentía feliz.
Edward entró en la casa y observó con atención a Sue, que estaba
poniendo los toques finales al vestido de la muñeca.
—Así que éste es uno de tus días buenos —dijo con suavidad y ella asintió con la cabeza—. Puesto que ésta es la última noche antes que lleguen tus invitados, ¿por qué no vienen a pasar el resto de la velada conmigo, para oír música? La casa grande resulta muy solitaria cuando estamos Emmy y yo solos, con los criados.
La niña ya estaba somnolienta cuando atravesaron el gran vestíbulo; sin embargo, insistía en quedarse con los mayores. Hasta que, por fin, se dejó conducir por una vieja sirvienta con la promesa de que Bella, también, subiría con ella y se sentaría en su cama mientras Edward le cantaba una canción de cuna española, como era su costumbre.
—Por favor, cántame una canción de cuna en inglés, papá —suplicó
ella—, para que la señorita Swan entienda la letra.
Él accedió gustoso. La letra decía cosas como: ¿Quieres la luna para jugar con ella? ¿O quieres escapar con las estrellas?
Las largas pestañas de Emmy velaron sus ojos y una sonrisa suavizó la línea de sus labios, cuando Edward se inclinó, lleno de ternura, a besar su frente.
—¡Ahora, la señorita Swan! —exigió Emmy, nuevamente despierta. Y
cuando Bella le besó la frente, la niña rodeó su cuello con sus bracitos y la soltó hasta que le devolvió el beso.
—Esta noche voy a tener lindos sueños —dijo Emmy, acurrucándose en las almohadas—. Y mañana montaremos los ponis. Vendrá a cabalgar conmigo temprano, antes del desayuno, ¿verdad, señorita Swan? Le mostraré un nuevo camino a través del bosque de los alerces —y añadió con candor infantil—: me alegra que mi papá la quiera, porque yo también la quiero mucho.
Al día siguiente, Edward tuvo que volar hacia Barcelona, donde debía realizar varias operaciones y dar conferencias.
¡Tenerife sin Edward!
Era un alivio para Bella, el no tener un hombre dinámico abrumándola con sus atenciones cada vez que se quedaban solos. Sentía que su impecable conducta del día anterior era sólo una tregua temporal. No tardaría en abrumarla de nuevo, estaba segura.
Entonces sus pensamientos, sin que ella tuviera aparente influencia en ello, volvieron por su propia voluntad hacia Edward.
Extrañamente, cuando percibió el aroma de los franchipanieros a
través de la ventana abierta, Bella no pudo menos que recordar el inquietante impacto emocional que le producían sus besos feroces. Y recordó también el cambio tan sorprendente que había tenido su conducta desde su pequeño diálogo en la sala de recuperación.
"Pero sigo odiando a Edward" se dijo con desesperación.
Antes que la tensión se hubiera reflejado en su rostro, oyó la vocecita de Emmy.
Se asomó por la ventana. La niña estaba junto a la entrada de la casa, montada en su poni.
—Voy a llevar a "Chiripa" a dar algunos saltos. ¿No vienes a verme?
—Esta mañana no, querida. Tengo servicio matutino en la clínica.
—Te veo en la tarde, entonces. Tal vez podamos nadar —dijo la niña, por encima de su hombro, mientras se alejaba.
Cuando conducía el pequeño coche de su madrastra, a través de "Los Arcos", recordó el cabello color miel de la niña, que flotaba al aire al despedirse de ella.
¡Qué tonta he sido! pensó. Debí haberme dado cuenta inmediatamente que Emmy no llevaba su casco protector. Se le olvidó… tal vez porque no estaba en el guardarropa. Recuerdo haberlo visto en una mesa en la biblioteca, cuando sorprendí a Edward besando mi fotografía.
Frenó el auto y entró corriendo en el gran vestíbulo. Llamó a un
sirviente, pero no obtuvo respuesta. Abrió varias puertas y por fin encontró la biblioteca. Ahí estaba el casco de Emmy.
Y ahí, pensó Bella, estaba el escritorio Luis XV, en cuyo cajón superior Edward guardaba su fotografía… la cual aun antes de que la conociera en persona, había despertado la pasión de este hombre extremadamente viril, que vivía en un vacío de frustración emocional desde que muriera su esposa. Pero ella hubiera querido que cualquiera otra mujer, y no ella, fuera
el blanco de sus poderosos deseos.
Sin embargo, ahora que no estaba él en la isla, sentía cierta curiosidad de saber si Edward tenía todavía su fotografía allí. ¿O se la habría llevado a Barcelona?
Cediendo a un repentino impulso, abrió el cajón y sus ojos se
agrandaron de asombro. La fotografía no estaba ahí, pero en su lugar se encontraba un sobre blanco, grande, en el que Edward había escrito con letras grandes y claras: "Para Bella. Por favor, ábrelo y lee".
La respiración de ella se hizo más rápida. La invadió un acceso de irritación. Así que él esperaba que ella cediera a la curiosidad… ¿de ver si él se había llevado su fotografía?
Cerró con fuerza el cajón. No estaba interesada en lo que él podía haber escrito. No le daría la satisfacción de hacerle saber que eso le importaba a ella.
Se dio la vuelta para marcharse. Pero, de algún modo, siguió pensando que podría sacar la carta, leerla y volverla a colocar en el cajón. Él no sabría nunca si la había leído o no.
Regresó al escritorio y sacó la gruesa hoja de papel en la cual decía:
¡Mi dulce, rebelde, feroz Bella… así que ahora ya lo sabes!
El destino decretó que nos conociéramos, que tal vez lucháramos y después nos amáramos… y no hay nada que tú y yo podamos hacer para cambiar lo que el Kismet de los árabes ha planeado para nosotros.
Cuando vi por primera vez tu fotografía, supe que estabas destinada a ser mía, y que algún día nos conoceríamos. Y así fue.
No podemos cambiar el curso de nuestros destinos y con el tiempo, nuestros caminos se juntarán y seguiremos por la senda de la vida tomados de la mano y unidos. Eres tan inocente, querida mía, e inexperta… pero puedo enseñarte el maravilloso juego del amor, paso a paso. Eso es lo que Kismet ha planeado.
Así que no trates de engañar al destino.
Ni tú ni yo podemos hacer eso. Desde el momento mismo en que vi tu fotografía, dejaste de ser dueña de tu destino.
Pronto, muy pronto, Bella querida, volaré de regreso a ti. Y entonces… ningún inglés tendrá la menor oportunidad de apartarte de
Tu Edward.
Llena dé impaciencia, dobló la carta. ¡Qué absurdo! Sólo un hombre con temperamento latino podía haber escrito aquello. Así que Edward, además de ser un hombre apasionado, era también un gran romántico.
De pronto tomó una decisión. ¡Al diablo con Edward!
¿Por qué iba a devolver la carta a su sobre y pretender que nunca la había leído? Tomó una pluma y en aquélla escribió una sola palabra: "¡Tonterías!"
Eso le revelaría a él, sin lugar a dudas, cuál era su opinión. Tomó el casco de Emmy y se dirigió en el coche al claro de un bosquecillo de alerces, donde la niña estaba ensayando los saltos con su poni.
Bella se sintió, de pronto, libre de preocupaciones. Con mucha firmeza se dijo: "Soy la dueña de mi propio destino y ningún hombre me va a convencer de lo contrario. ¿Kismet? ¡Qué ridículo! Está tratando de sugestionarme con estas ideas dramáticas, pero no voy a caer en la trampa.
¡Oh, si sólo Jasper pudiera darle una buena lección!
—¡Emmy! —exclamó al entrar al claro del bosque, ahora a pie—. ¿En dónde estás?
besos y gracias por leer lorena :)
