Capítulo 10

Ahora que Sue había decidido que la operación era necesaria y

quirúrgicamente posible, la incertidumbre que la abrumó por tanto tiempo llegaba a su fin.

Mediante los exámenes que se le hicieron en el hospital de Barcelona, Edward ahora sí sabía dónde tenía que operar.

Hasta allí todo iba bien, pensó Sue, contemplando los pétalos de

las flores de hibisco que Bella había enviado por avión. Su experiencia en el quirófano, donde había ayudado en tantas operaciones en el cerebro, así como las explicaciones de Edward y de los radiólogos, le confirmaron que sólo cuando aquél hubiera sido abierto y se hubiese hecho una biopsia, podrían estar seguros de que el tumor era benigno.

Sin embargo, analizando fríamente su historia clínica, se llegaba a la conclusión de que había grandes posibilidades de que su condición fuera perfectamente curable.

No más dolores de cabeza, se dijo mientras tomaba papel y pluma para escribirle una nota de agradecimiento a Bella. No más desmayos. No seguiré siendo una carga para los demás. Tal vez podamos hacer lo que Edward y yo planeábamos… convertir "Los Arcos" en un maravilloso centro de salud… cuando me recupere. Significará que Bella no tendrá que quedarse por un año o más para cuidarme. Entonces no estará tanto tiempo lejos de Jasper. Ahora que él ha vuelto… debe sentirse perdida sin él. Los enamorados no deben estar separados. Ya me imagino cómo será la vida de él en ese hospital. Es un interno apuesto… estará rodeado de enfermeras listas para conquistarlo… y podría caer en la tentación… Oh, me sentiría terriblemente mal si Bella realmente lo amara, y lo perdiera por mi culpa.

Antes de terminar la carta de agradecimiento, se maquilló y peinó y se puso un collar de perlas, para estar presentable cuando llegara el abogado español que debía visitarla en diez minutos. Estaba haciendo un testamento. En éste especificaría la donación de todas sus pertenencias a Bella.

Cuando se marchó el abogado, recibió visita del anestesista, que le dio instrucciones sobre los ejercicios respiratorios que debía practicar como parte de la preparación anterior a la operación.

Después, recibió una llamada de Tenerife. Era de Edward. Le explicó que Bella continuaba paseando con Emmy por los alrededores, ya que la niña estaba de vacaciones. Y seguía ayudando en la clínica.

—Oh, por cierto, Sue —añadió—, tu operación será la primera del

próximo miércoles.

Cuando terminó la conversación con Edward y colgó el auricular,

Sue absorbió el aroma de las flores y pensó: Miércoles, llega pronto, por favor.

Bella admitió que extrañaba a Jasper.

Cuando se encontraba con personas que habían asistido a la fiesta en "Los Arcos" le preguntaban:

—¿Por qué sola? ¿En dónde está Jasper?

Se sentía casi asustada, porque Edward había sido muy firme en su negativa a dejarla volver a la casita, hasta que Sue se hubiera recuperado lo suficiente para reunirse con ella. Seguía en "Los Arcos", con Emmy como compañera, en el dormitorio contiguo. En una ocasión había ido en avión con Edward, para ver a su madrastra. Sus preocupaciones se redujeron al ver los informes de los médicos y lo contenta que parecía estar. Edward tenía razón. Había muchas esperanzas de que todo resultara bien.

Esta noche, después de la cena, Edward no había ido al estudio para escribir sus apuntes médicos. Una vez que Emmy se fue a la cama, los llevó con él a la sala. ¿Por qué hacía eso? se preguntó Bella. ¿Tenía otra vez malas intenciones?

Ella empezó a escribir cartas. Debía una carta a Alice. Pero ahora se había vuelto una preocupación, en lugar de un placer, escribirle a su antigua compañera de cuarto. Bella sabía que Alice se esforzaba por contarle cosas intrascendentes, para disimular el hecho de que ella, también, estaba enamorada. ¿Enamorada del amor… o de Jasper?

El tiempo lo dirá, se dijo. "Cuánta razón tiene Alice. Una de nosotras probablemente resultará lastimada… y el pobre Jasper debe considerarse culpable, porque se siente atraído por las dos."

Cuando terminó su carta para Alice, oyó que Edward retiraba su silla.

—Así que ya terminaste tu tarea —comentó él—. Yo también. Por lo

menos, no voy a hacer más de esto por ahora.

Bella sonrió y caminó hacia donde se guardaba el ajedrez.

—¿Ajedrez? —se volvió después hacia el equipo de sonido ¿O música?

—Ninguna de las dos cosas esta noche.

Edward caminó hacia la ventana y abrió las cortinas.

La luna llena iluminaba la punta cubierta de nieve, del Teide.

—Es un paisaje que no debe dejarse de admirar. Ahora las condiciones son perfectas para acompañarte a que lo hagas a la luz de la luna. ¿Vienes?

—No, muchas gracias.

La voz de Bella sonaba forzada. Había varias cosas que deseaba

aclarar y se sentía frustrada de no poder decirle en esos momentos todos los resentimientos que tenía contra él. Pero eso tendría que esperar hasta después de la operación de Sue.

—¿Así que piensas que no vendrás conmigo? —repitió él, después de un prolongado silencio—. Creo que sí lo harás.

—No, bajo ninguna circunstancia —se enfrentó a su mirada con aire de reto—. Lo digo en serio.

—Tú… vas… a venir —Edward espació las palabras con una expresión

dominante que tuvo el efecto de enfurecerla más—. Es tu deber hacerlo.

—¿Mi deber? ¿Para fomentar su…?

Edward subió la voz para ahogar las protestas indignadas de ella.

—En un parador cercano al Teide está hospedada una paciente mía,

inglesa. Se ha recuperado en una forma maravillosa de la operación que le practiqué hace tres meses. Sin embargo, hay cierto grado de anormalidad mental como efecto secundario de aquélla.

Caminó hacia un archivador y extrajo un expediente.

—Aquí tienes su historia clínica. ¡Mira! No estoy tratando de engañarte, para llevarte a algún solitario nido de amor. ¿Por qué iba a hacerlo? No, mi querida Bella, esta es una cuestión de deber profesional.

—Usted no me lo explicó al principio —protestó ella en forma razonable —. Oh, no va a volver a engañarme, doctor Cullen.

Él pretendió aparentar que no había escuchado sus protestas. Estaba leyendo la historia clínica de la paciente, con visible concentración. Le pasó las notas a Bella y ella empezó a leerlas detenidamente.

Mientras tanto, Edward continuaba hablando:

—La naturaleza un poco sospechosa de la paciente se convirtió en

franca paranoia. Su tendencia a la coquetería en ninfomanía… así que, literalmente, ningún hombre está seguro con ella a solas, sobre todo un doctor, que en cualquier caso suele ser considerado como un sustituto de padre, hermano, amante e hijo…

—¿Y quiere que vaya como su guardaespaldas, doctor Cullen?

—Sí, será necesario que vayas conmigo como enfermera vigilante. De otra manera, una mujer despechada podría hacer acusaciones peligrosas en contra mía. Te pondrás tu uniforme y te llamaré Enfermera Swan. Te pido que no nos dejes solos ni un momento.

—Comprendo —Bella devolvió al doctor el expediente—. Me cambiaré

inmediatamente, doctor Cullen.

Seleccionó el más almidonado de sus delantales y la más rígida de sus cofias. Se quitó los anillos y se recogió el cabello; después se quitó todo rastro de maquillaje. No iba a permitir que la paciente pensara que era simplemente una enfermera bonita a la que no había que tomar en cuenta.

—¡Espléndido! —exclamó Edward echándose a reír, cuando dio una

vuelta en torno a ella para revisar el resultado—. Por fortuna eres lo bastante inteligente para comprender la situación. ¡Casi me das miedo!

Ojalá así fuera, se dijo ella. Pero se sentía tranquila, sentada junto a él, mientras el doctor conducía por el sinuoso camino montañoso.

La paciente, una mujer de edad madura, ocupaba una suite adjunta al parador y no hizo esfuerzo alguno para ocultar que resentía la presencia de Bella. Sin embargo, entre los dos pudieron tranquilizarla y alentarla a que continuara practicando su terapia ocupacional: el bordado.

Después de que el doctor le hizo varias pruebas, la visita terminó.

—¡Fue muy sencillo! —exclamó el doctor Cullen cuando salieron—.

¡No hubo problemas! Gracias, enfermera Swan.

—Me alegra haber servido de algo, señor —contestó ella, aliviada, al ver que él parecía resignado; al menos por el momento, a mantener su relación a nivel doctor-enfermera.

—Antes que volvamos a casa, te mostraré algo realmente maravilloso.

Bella protestó, pero él no le hizo caso y llevó el coche hasta un mirador, desde el cual la joven pudo ver las otras Islas Canarias.

—Voy a llevarte a todas ellas un día —le dijo él—. Gran Canaria, La Gomera, La Palma, El Hierro, Fuerteventura y a Lanzarote, la isla de la luna.

Subiremos a la Montaña de Fuego a lomo de camello. Hay tantas cosas que podría compartir contigo. Pero tal vez debemos esperar a que Sue se recupere, para que pueda venir con nosotros. También Emmy.

Ahora se estaba mostrando considerado, decidió Bella. Aunque tenía su capa de enfermera puesta, no pudo evitar estremecerse con el frío.

—Podemos volver al auto —sugirió él—. Poner la calefacción, escuchar la radio, o ir al hotel a tomar chocolate caliente.

O tal vez debiéramos volver a "Los Arcos", pensó ella, muy consciente de la cercanía de él, del silencio del lugar y de la romántica luz de la luna.

Eso sería menos peligroso.

—El hotel —dijo ella, en un acceso de audacia—. Después volveremos a casa —se obligó a pensar en Jasper y en lo que debía estar haciendo en ese

momento—. Escribo a Jasper sobre todo lo que hago…

—Entonces, debemos ser muy circunspectos —respondió él y su voz se hizo un poco ronca—. Tal vez no debí traerte hasta aquí, después de todo.

Pero, en verdad, sólo he sabido de otras tres ocasiones, en los últimos diez años, en que las condiciones eran tan buenas, como para ver todo con claridad.

Bajo sus pies había trozos de lava endurecida, al pisarlas Bella sintió que se resbalaba. Edward la ayudó en el momento en que estaba cayendo, para evitar que rodara al suelo. Ella levantó, la mirada con gratitud y a Edward se le escapó un suspiro, al sentirla tan cerca, y comprendió que, una vez más, no tenía control sobre sus emociones.

—Que el cielo me ayude, Bella —dijo con voz profunda—, porque yo

no puedo ayudarme a mí mismo.

Aún antes que sus labios tocaran los de ella, Bella estaba luchando feroz mente para escapar de él.

—Si no te hubieras tropezado…—le advirtió con aire dominante,

aprisionándola en sus brazos—. ¡Habría sucedido de todas maneras! Eres la mujer más deseable del mundo.

—Basta —trató, en vano, de empujarlo—. No debe decir tales cosas.

Vine con usted como enfermera. Y, sin embargo, de nuevo se está

aprovechando de mí.

—Sí, y esta vez el momento es correcto… también el lugar. Bella, mi pequeña tontuela, ¿por qué tienes que luchar contra el destino?

Colocó su boca sobre la de ella, para acallar sus protestas y momentos después, mientras Bella trataba de recuperar el aliento, él la levantó en sus brazos y la colocó sobre el asiento trasero del coche. Se colocó junto a ella y oprimió un botón, de manera que el respaldo del asiento se inclinó, convirtiéndose aquél en algo similar a un ancho sofá.

Edward le quitó su gorra de enfermera y la arrojó por la ventanilla.

—Usted debe… estar loco —se las ingenió Bella para murmurar, a

pesar de que casi no podía respirar—. Esto es… contra mi voluntad. Puede perder su permiso para ejercer por esto… o ir a la cárcel.

—¡Oh, mi querida y lógica Bella! —Edward parecía haber perdido el juicio y el control sobre sí mismo. Sus besos se hicieron más apasionados. A ella le pareció que empezaba a responder.

Lentamente, la lógica se alejó de la mente de Bella; se olvidó de sus protestas y, a pesar de sí misma empezó a compartir las caricias.

Sintió que él la oprimía con mayor fuerza. Pareció estremecerse y de pronto para su sorpresa y desilusión, los labios de él sobre los suyos, suavizaron su presión.

—Descansa, queridita mía —murmuró él, con una voz extrañamente

soñadora.

A pesar de su inexperiencia, un profundo instinto le reveló a Bella que ésta sería su única oportunidad de resistirse ante la entrega final. Se odiaba al darse cuenta de que una verdad latente era ya innegable: experimentaba más deseos por un hombre al que odiaba, el doctor Edward Cullen, que por Jasper, a quien amaba.

Y eso era culpa de Edward, sabía cómo despertar peligrosas emociones aún en una joven casta como ella.

Con una arrogante sonrisa curvando sus labios, parecía ahora confiado en que no le costaría trabajo lograr su sumisión en el siguiente intento.

—¡Hombre vanidoso, chauvinista, dominante! —exclamó ella con

indignación, ahogando con sus palabras las que él le estaba diciendo con suavidad en español—. Le enseñaré a no probar conmigo sus técnicas de Donjuán.

Las intimidades que le estaba diciendo en español, murieron en sus labios ante el estallido de furia de ella; sus ojos se agrandaron, al ver que Bella se incorporaba hasta quedar sentada. Al mismo tiempo, él oprimió, sin darse cuenta, el botón que hizo que el respaldo del asiento se levantara en forma violenta y los arrojara hacia adelante.

Edward empezó a maldecir en español y en la confusión que siguió a aquello, Bella salió del coche. Con el delantal medio roto y el cabello alborotado, echó a correr hacia el hotel.

Había avanzado sólo unos cuantos metros antes que él le diera alcance y la tomara del brazo.

—¿Adónde diablos supones que vas?

—Yo… no sé… —trató de alejarse de él, tartamudeando—. Creo que…

obtendré ayuda de alguien… en el hotel. Les pediré que me lleven…

—¿Adónde?

—A "Los Arcos", o a la casita de Sue. Sí, me quedaré allí. No

volveré a quedarme bajo su techo, nunca más, doctor Cullen —liberó su brazo de un tirón—. Ahora, déjeme ir.

Él la soltó.

—¡Hablas en serio! —lanzó un reniego en español—. Pequeña tonta…

Pero, vamos, tienes demasiado sentido común para ir a ese hotel y hacer una escena… Soy un cirujano respetado; la gente tiene que confiar en mí. Necesitan pensar que soy un hombre intachable. ¿Comprendes?

—Entonces, debía usted actuar como tal —se dio la vuelta y empezó a caminar de regreso al auto—. Muy bien. No le causaré problemas. Viviré en la casita de Sue. Puede llevarme ahora hacia allá. Seguiré ayudando en la clínica. Y mientras tanto, doctor Cullen, tendrá que hacer un esfuerzo por olvidarse de mí, de una vez por todas.

—Eres maravillosa —comentó él con calma—. Tu enfado te hace más

atractiva todavía.

—¡Vaya! —exclamó ella—. Parece que mi furia no es capaz de alterarlo. Muy bien… ya que es usted tan ecuánime, no necesito estar preocupándome por no herir sus sentimientos.

—¿Por qué habías de hacerlo? —estaba sonriendo en una forma

implacable—. Dime todo lo que quieras… no te contengas. De otra manera, vas a sufrir de úlcera.

—Muy bien —Bella se enfrentó a él, con los labios temblándole—. Creo que usted es despreciable, desde que fue a espiarnos a Jasper y a mí en el jardín y después cerró con llave la puerta de nuestros dormitorios.

—Un día me lo vas a agradecer —su tono era muy serio ahora—. Te

salvé, probablemente, de cometer el error más grande de tu vida: arrojarte a los brazos de un muchacho carente de madurez que coquetea a espaldas tuyas.

—Pues él vale por diez como usted —le dijo Bella, llena de desprecio —. Pero, volvamos a usted y a sus insoportables actitudes. No tenía derecho a mandar hacer una copia de ese retrato mío, sin mi autorización, para regocijarse con él.

—No… —protestó él— para admirarte, para encontrar consuelo,

mientras la mujer perfecta… tú… llegaba a mi lado.

—¡Vaya atrevimiento! —interrumpió ella—. Después, el hecho de

tomarme esas fotos sin que yo me diera cuenta… eso fue horrible… una acción indigna de un hombre famoso. Y tiene el cinismo de acusar a Jasper de falta de madurez. Fotografías secretas… ¡qué asco!

—Oye, espera… —intervino Edward con voz aguda—. Creo que estás

dejando volar tu imaginación.

—Nada de eso.

Iba a seguir diciéndole algunas verdades más, cuando un grupo de

gente salió del hotel. Comprendió que estaban lo bastante cerca para escucharlos, así que se dio la vuelta y caminó hacia el coche.

Esperó, llena de dignidad y de decisión, a estar fuera del alcance de oídos indiscretos para establecer sus condiciones.

—Por el bien de Sue, mantendremos las apariencias, usted y yo, doctor Cullen —su voz se hizo muy severa—. Mientras tanto, estaré contando los días hasta que usted encuentre alguna otra mujer que aprecie sus atenciones. Entonces, tal vez, podrá cortarme definitivamente de su vida.

—Kismet tiene otros planes, queridita. ¡Ya verás!

besos y gracias por leer lorena :)