- ¡Hey, usted! – lo señaló Kanon. - ¡¿Qué quiere en nuestra casa?! ¡Conteste! – los Caballeros de Athena se acercaron al hombre. Después de analizarlo, se miraron sorprendidos sin creer lo que sus ojos veían.
- ¡No puede ser! – Aldebarán alzó la voz. – Él… él… él…
- ¡Hermano! ¡¿Qué has hecho?!
- ¡Mataste a Santa Claus! – exclamaron Shion y Mu a la vez.
- ¡¿Qué?! – Saga miró, sorprendido al hombre postrado en el suelo con su traje rojo y su hermosa barba blanca como la nieve.
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- Muy bien, muy bien… - Shion intentó tranquilizarlos. – Que no cunda el pánico…
- ¡¿Cómo que no cunda el pánico?! – gritó Aldebarán, horrorizado. - ¡Saga acaba de matar a un hombre… de nuevo!
- ¡No a cualquier hombre! – se oyó a Mu. - ¡Mató a Santa Claus! – vio cómo Saga se acercaba con cuidado al cuerpo que yacía tirado en el suelo, sin dar señales de vida. Se arrodilló y le tomó el pulso.
– Mmmmm.
- ¡¿Qué?! – hablaron todos. - ¿Aún vive? – Saga los miró, seriamente y negó con la cabeza.
- No.
- ¡¿Está muerto?!
- No.
- ¡¿Entonces?!
- No sé tomar el pulso…
- Tal vez si mataste a Santa… - titubeó Mu.
- ¡Tonterías! ¿Cómo va a ser Santa? Está bien que tenga el traje rojo y todo pero eso prueba que es sólo un imitador que quería robar mi casa… - interrumpió el gemelo.
- ¡Sí es Santa! – exclamó Kiki. Kanon se agachó para estar a su altura y lo tomó por el hombro.
- Mira, pequeño… - le sonrió con aire paternal. – Sé que eres un niño y que crees en todo pero eso no significa que ese hombre sea Santa… - observó el cuerpo del hombre a lo lejos. - Aunque debo admitir que es un excelente disfraz…
- ¡Le digo que sí es! – volvió a gritar el lemuriano. - ¡Mire, lo dice en su identificación! – les mostró la tarjeta.
- ¡Kiki! – exclamó Shion. – ¡¿De dónde sacaste eso?!
- De su cartera, maestro.
- ¡Ósea que lo tocaste! ¡¿Qué te he dicho de agarrar cadáveres?! ¡Ahora vete a lavar las manos, cochinote! – Kiki bajó la mirada pero siguió tratando de convencer a los caballeros.
- ¡Pero Shion…! – el Patriarca le arrebató la tarjeta, molesto para comenzar a examinarla, cuidadosamente.
- Mmmmm… es la tarjeta de identificación falsa más real que mis hermosos ojos hayan visto…
- ¡Porque es real! – se oyó una voz.
- ¿Tú también, Aldebarán? – preguntó Saga, irritado.
- No me miren a mi… fue el reno el que habló… - el toro se cruzó de brazos. Todos se le quedaron viendo sin entender.
- ¡¿De qué demonios estás hablando?! – Kanon frunció el ceño. - ¿Cuántas te tomaste?
- Una botella completa, pero eso no afecta mi juicio… yo sé muy bien lo que escuché.
- El grandote tiene razón… - se volvió a oír la voz.
- ¿Quién dijo eso? – inquirió Mu.
- ¡Yo! – los santos miraron con curiosidad al techo de donde provenía aquella voz y se asombraron al ver a un reno, bajando del templo con gracia como si volara para después pararse frente a ellos.
- Creo que la botella ya me hizo efecto… - rió Aldebarán.
- ¡¿Qué es esa cosa?! – preguntó el gemelo mayor, señalando al animal con desagrado. - ¿Es un venado?
- Saga… ¡¿Qué no te enseñé nada?! – Shion negó con la cabeza. - ¡Es obvio que esa bestia es un antílope que se escapó del zoológico!
- ¡No, señor Shion! ¡Es Rodolfo el reno, amo y señor del vuelo aéreo! – gritó IKiki con alegría.
- Kiki, los mayores están hablando… - lo reprendió el ariano.
- Tengan cuidado, puede tener rabia… - Mu cargó a Kiki y se alejó, sigilosamente.
- ¡Deja la rabia, esa cosa habló! – interrumpió Kanon.
- ¡Estupideces! – gruñó Saga. - ¡Estoy seguro de que unos briagos asaltaron el zoológico y quieren esconderse en mi templo! ¡Los renos y Santa Claus son puros cuentos!
- Me veo obligado a corregir su ignorancia, señor de extraña cabellera azulada… los renos y Santa Claus son reales… y no soy ningún antílope, soy un reno y efectivamente, me llamo Rodolfo. – se presentó el animal.
- ¡Mira, adefesio de nariz roja! – Saga se acercó, amenazante al reno. - ¡Tú no me…! Ahh, espera un momento… - sonrió. – Muy divertido, Aioros… tu plan para hacerme creer en la navidad, muy gracioso pero este robot te quedó horrible. No estoy para tus jueguitos… - lo tomó de las astas. – Estoy seguro de que este animal mecánico fue obra de Camus… casi les quedó perfecto… - en ese momento Saga comenzó a tirar con fuerza, tratando de quitárselos.
- ¡Ahhhh! – se lamentó Rodolfo. - ¡¿Pero qué demonios hace?!
- ¡Ya salgan de dónde quiera que estén! – gritó el gemelo. - ¡Aioros! ¿O tal vez Shura? – los demás santos observaban, horrorizados la escena del pobre reno siendo casi mutilado por el gemelo.
- ¡¿Qué no te has dado cuenta de que no es un robot, idiota?! – Kanon lo alejó del pobre animal. – A ver, Rodolfo, explícanos qué hacen aquí…
- ¡Kanon, tú no puedes creer en todo lo que dice! – Saga se cruzó de brazos. - ¡Si ese es Rodolfo, significa que aquel gordo en mi casa es Santa Claus!
- Sé que suena extraño pero, ¿cómo explicas que hable y que vuele?
- ¡No hay que ser muy inteligente para darse cuenta de que vuela gracias a un arnés o una grúa que seguramente está siendo controlada por Aioria!
- ¡¿Y cómo explicas el que hable?! – Kanon entrecerró los ojos, esperando la respuesta de su hermano. Sin embargo, Saga no pudo contestar porque Rodolfo se lo impidió.
- ¡Ya les dije! – gritó el reno.
- ¡Explícate, animal! – intervino Shion.
- Sé que esto no se ve todos los días… comprendo que sea difícil de digerir… pero si sueltan a mis compañeros podremos explicarles mejor…
- ¿Tus compañeros? – habló Aldebarán. - ¿Hay más de ustedes?
- ¡Obvio, son ocho más! – exclamó Mu. Se sonrojó al ver que todos lo miraban, sorprendidos. – Bueno… eso me contaba Shion…
- ¡Ay, obedezcamos al reno! – carraspeó el Patriarca. - ¡Diles a tus amigos que bajen! – Rodolfo asintió y encendió su nariz roja. En menos de un minuto, los ocho renos faltantes descendieron del techo, arrastrando consigo un gran trineo rojo con bellos acabados dorados y un gran costal verde con cajas detrás. Saga se quedó con la boca abierta sin creer lo que veía.
- No puede ser… - dijo Aldebarán sin parpadear. – Es el trineo de Santa Claus… ¡Es mucho mejor de lo que me imaginaba! – exclamó, acariciando la madera, maravillado. – Molduras a mano… detalles en oro…
Kanon se acercó a los renos que se movían, inquietos.
- ¡Ah, qué lindos animales! ¡Tan sumisos! – le acarició la oreja a uno de ellos pero éste se quitó, rápidamente.
- ¡Oye, marica, te estás propasando conmigo! ¡No me manosees! – gruñó el animal. El gemelo retrocedió sin creerlo.
- ¡Qué rayos, este también habla! – sonrió, nervioso el griego menor.
- ¡Todos hablamos, imbécil! – contestó otro reno en la parte de atrás. - ¡Somos renos mágicos!
- ¡Cometa! – lo regañó Rodolfo.
- ¡Esos renos son algo groseros! – se quejó Mu, tapándole los oídos a Kiki. - ¡Se supone que deben ser amables y tiernos! ¿Qué pasa si un niño inocente los escucha?
- ¡Al diablo los niños! ¡Nosotros somos animales de carga! Es Santa el que se encarga de los mocosos… - comentó otro reno.
- Antes que nada… – habló Saga con enojo. - ¡Moderen su vocabulario! ¡Se arrepentirán si siguen con ese lenguaje tan vulgar frente al pequeño Kiki!
- Está bien… - Rodolfo tranquilizó a sus amigos. – Primero suéltalos, esas correas son muy molestas. – fingió tristeza.
- Bueno… los liberaré… - se acercó a los animales y con cuidado desató las correas que los ataban al trineo. – Pero tienen que prometerme que me contarán todo lo que… - Saga no pudo terminar porque todos los renos salieron disparados hacia el cielo con rapidez.
- ¡Nos vemos, zopenco! – gritó Rodolfo desde los aires.
- ¡No puedo creer que ese estúpido haya caído! – se carcajeó Cometa. - ¡Vámonos antes de que el gordo se despierte!
- ¡Deberíamos agradecerle a nuestro salvador! – habló el reno Cupido.
- ¡Naah, que se joda! – rió el reno Bromista. - ¡Él se metió en esto!
- ¡No, esperen! – Saga corrió tras ellos al igual que el resto de los santos. Intentaron alcanzarlos pero fue en vano, los renos ya se habían perdido de vista. - ¡Maldita sea! – pateó una piedra y se jaló los cabellos con frustración.
- ¡Oigan, parece que el gordo se está despertando! – se escuchó a Kanon que yacía al lado de Santa Claus. - ¡Tienes suerte, hermanito, no lo mataste!
- No puedo creerlo… - Saga suspiró, resignado y se acercó a donde se encontraba su gemelo. - ¿Está vivo? ¿Señor? – Shion, Mu, Aldebarán y Kiki se aproximaron y rodearon al hombre que empezaba a abrir los ojos con pesadez.
- ¡Gracias al cielo! – gritó Shion. - ¡Uno menos a tu lista de muerte, Saga! – los caballeros callaron al oír los quejidos del señor.
- ¿En dónde estoy? – preguntó, sobándose la cabeza. - ¿Q-qué pasó?
- Verá, lo que sucede es que mi hermano le aventó un zapato en la cabeza… - explicó Kanon. – Usted rodó por el techó y se estampó en el suelo, ha estado inconsciente por varios minutos.
- ¡Señor, quiero decirle que es un honor tenerlo aquí en el Santuario! – Aldebarán lo ayudó a ponerse de pie.
- ¡Quítame las manos de encima! – gruñó Santa. - ¡Maldito engendro gigante!
- Tranquilícese, Santa… - Kanon intentó calmarlo.
- ¡Aléjate de mí, bastardo! ¡Nadie te quiere en el santuario! ¡¿Qué carajos te hace pensar que yo sí?! – todos observaron, sorprendidos al viejillo insultar sin parar. - ¡Y tú, Saga…! – señaló al gemelo. - ¡Ya sabía que no creías en mí, pero hacer un complot con ellos para matarme…! ¡Qué bajo has caído! ¡Me largo, me largo! ¡Soy demasiado viejo y rico para esto!
- Pero Santa… - murmuró Saga.
- ¡Ah, ahora sí soy Santa! – se cruzó de brazos, indignado. - ¡Soy una buena persona pero ustedes sacan lo peor de mi! – dijo, acomodándose el cinturón. - ¡¿En dónde carajos está mi trineo?! ¡Rodolfo! ¡Maldito reno inútil! ¡Baja de una buena vez con toda la plebe! ¡Nos vamos, ahora! ¡Si no bajan en menos de un segundo, los voy a azotar a todos! ¡Ya estoy viejo para tanta estupidez! – se tronó los dedos y esperó con impaciencia.
- Santa… - volvió a hablar Saga.
- ¡Señor Nicholas Nóvikov Kuznetsova para ti, estúpido haragán! – se cruzó de brazos. - ¡¿En dónde están mis renos?! ¡¿Qué hicieron con ellos?!
- Digamos que escaparon… - titubeó Saga.
- ¡¿Escapar?! ¡Eso es imposible, yo personalmente hice las correas! ¡¿Quién fue el idiota que los liberó?! ¡Fuiste tú, Saga!
- B-bueno, yooo… - se rascó la nuca a modo nervioso. – Sus renos dijeron que…
- ¡No me digas! – rió con sarcasmo. - ¡Te dijeron que los maltrato!
- ¿Es verdad?
- ¡Pues claro que sí! ¡Son unos sangrones, sólo los azoto una vez al año! ¡Los 364 días restantes son una bola de perezosos! ¡Yo me parto el lomo haciendo los juguetes junto con mis duendes y ahora me salen con que los maltrato! ¡Si no quieren hacer nada que se vayan a Greenpeace!
- ¡Pero Santa! ¿Por qué es tan grosero? – preguntó Kiki, inocentemente.
- ¿Qué es eso? ¿Eso es un niño? – señaló Santa, sorprendido.
- ¡Oigameeee! – Shion se subió las mangas, listo para defender al pequeño. - ¡Ese es mi niño y no dejaré que le hable así! – antes de que el Patriarca le saltara encima…
- ¡Santo dios, es un niño! – Santa exclamó, temeroso. - ¡Un niño, un niño, un niñoooooo! – comenzó a buscar en las bolsitas de su pantalón. - ¿Dónde está? ¿Dónde está? – los caballeros observaban al hombre, curiosos. - ¡Aquí estás! Ven, niñito, en lo que Santa se saca su palito….
- ¡Óyeme, maldito pervertido! – gritó el siempre tranquilo Mu. - ¡kiki, ven aquí! – el pequeño lemuriano lo ignoró por completo y caminó en dirección a Santa.
- ¡Pero quiero ver su palito, maestro Mu!
- ¡Por todos los dioses! – Shion respiró, agitado.
- ¡Desgraciado, te hubiera matado cuando tuve la oportunidad! – habló Saga, furioso.
- ¡Kiki, no te le acerques! – exigió Kanon. Justo en ese momento, Santa sacó de sus bolsillos una varita plateada con una lucecita azul que parpadeaba en el centro.
- ¿Qué es eso? – preguntó Aldebarán.
- Es mi varita del olvido, ignorantes. ¿Qué pensaban? – frunció el ceño.
- ¡¿Qué le vas a hacer a mi niño?! – cuestionó Shion.
- ¿Qué te dice el nombre de varita del OLVIDO? ¡Lo voy a hacer olvidar, estúpido! ¡No me puedo dar el lujo de que los niños dejen de creer en mí y piensen que soy un patán! ¡Lo soy pero ellos no tienen por qué saberlo! – colocó la varita frente los ojos del pequeño. - ¡Sólo seré buena onda con ustedes por el niño así que no se confíen! ¡Me cayeron del nabo! – sin pensarlo dos veces, el hombre apretó el botón y una lucecita iluminó la cara de Kiki. El niño se frotó los ojos con suavidad.
- ¿Qué pasó? – preguntó Kiki, inocente. - ¿Santa, eres tú?
- ¡Ho-Ho-Ho-Ho! – sonrió con alegría. - ¡Así es, dulce angelito de la creación! – los dorados parpadearon sin creerlo al ver la nueva actitud de Santa. – Soy yo, Santa Claus, Papá Noel, San Nicolás…
- ¿Pero qué haces aquí? ¡Aún no es navidad!
- Quise hacerle una visita a mis caballeros consentidos… ¡Ho-Ho-Ho-Ho! Decidí que era tiempo de venir a ver a mi amigo Saga porque al parecer ya no cree en mi… y eso pone muy triste a Santa… - se secó una lagrimita que escapaba de su ojo. Todos voltearon a ver al heleno mayor.
- ¡Pero señor Saga! – Kiki lo miró con sus ojitos grandotes y suplicantes. – Usted si cree en Santa Claus, ¿verdad? – kanon empujó a su hermano para que se acercara y aclarara las cosas con el pequeño.
- Claro que creo, Kiki… - sonrió con alegría fingida. – Pero Santa ya se tiene que ir…
- ¡Ho-Ho-Ho-Ho! – rió, sarcásticamente mientras tenía a Kiki en el regazo. - ¡Ay, Saga, no puedo irme! ¡Olvidas que un idio… tontillo dejó escapar a mis renos!
- Pero… - el gemelo entrecerró los ojos. – No puedes quedarte aquí…
- ¿Quién lo dice? Pero bueno, no quiero que este anciano les cause problemas… cof cof cof… - tosió, exageradamente. De un momento a otro se agarró el pecho y comenzó a respirar con dificultad. - ¡Dios! ¡Ayúdenme, ayúdenme! – Kiki saltó de las piernas del hombre y lo miró, preocupado.
- ¡Ya deje de estar actuando! – gruñó Kanon.
- ¡No es actuación! – se apretó más el pecho. – Es… es… ¡Infartooooo! – Santa cayó al suelo, inconsciente.
- Ojalá esta vez sí se haya muerto… - susurró Saga sin intenciones de ayudarlo.
- ¡Santo dios, ayúdenlo! ¡Hay que hacer algo! – gritó Mu, mientras Shion cargaba a Kiki y lo alejaba del lugar.
- ¡Iré por ayuda! – exclamó Aldebarán, subiendo la colina.
- Le hubiéramos pedido un taxi… - Kanon se rascó la cabeza.
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Saga y los demás se encargaron de llevar a Santa al interior del templo. Con sumo cuidado lo colocaron en un sofá de la sala, pusieron un par de almohadas detrás de su cabeza y angustiados comenzaron a gritarse entre ellos.
- Muy bien, ahí está… - sonrió Shion. - ¡¿Y ahora qué demonios hacemos?! ¡El hombre se está muriendo! – comenzó a dar vueltas alrededor de la sala, desesperado.
- ¡Llamemos al 911! – gritó Kanon, tomando el teléfono y marcando los botones, torpemente. - ¡Siempre lo hacen en las películas!
- ¡Eso no aplica aquí, idiota! – Saga le arrebató el aparato y lo aventó a lo lejos. - ¡Necesitamos a alguien experto en infartos! ¡¿En dónde diablos está Dohko?!
- ¡Debe estar en Libra! – contestó Mu, abrazando a Kiki.
Mientras tanto Aldebarán pasaba por todos los templos, gritando como loco, llamando la atención de los dueños de cada recinto. Tanto así que en pocos minutos, el toro subió y encendió el reloj de fuego del Santuario, provocando que todos los santos salieran de sus respectivos templos en pijama, alarmados. Aldebarán corrió a toda velocidad hasta Cáncer en donde ya se encontraban todos amontonados.
- ¡¿Aldebarán, qué está pasando?! – dijo Aioria con su pijama del Rey León. - ¡¿Por qué encendiste el reloj de fuego?!
- ¡¿Es otra Guerra Santa acaso?! ¡Más te vale que sí porque son las cuatro de la madrugada y me molesta tanta gente afuera de mi casa! – escupió Ángelo, quitándose su cubre ojos para dormir.
- ¡Chicos, tienen que escucharme! – interrumpió el brasileño.
- ¡Pues apúrate! – gritó Olle, cubriéndose con un reboso y temblando de frío. - ¡Tengo que ir a mis clases de Pilates a las seis y necesito descansar!
- ¡Si me dejaran hablar! – gruñó Aldebarán.
- ¡Tengo tanto frío, más vale que sea importante! ¡Camus, préstame tu suéter! – Milo se abrazaba a sí mismo pues sólo llevaba un par de bóxers puestos.
- Está bien… sólo a ti se te ocurre venir así… - se quejó Camus, dándole el suéter.
– Alégrate de que me haya puesto algo, normalmente yo duermo desnudo… - se colocó la prenda con una sonrisa, picarona.
- Eso es algo que no necesitábamos saber… - el español rodó los ojos.
- ¡Ya cállense y dejen hablar a Alde! – intervino Aioros. – Debe haber ocurrido algo de gran trascendencia para que nuestro querido toro haya encendido el fuego. – todos los Caballeros Dorados observaron a Aldebarán, esperando su respuesta.
- Verán… lo que pasa es que… - habló, atropelladamente. – Kanon, Shion, Mu, el pequeño Kiki y yo nos dirigíamos a nuestros templos y cuando pasamos Géminis, ya saben, porque tenemos que atravesar por el tercer templo para llegar a nuestras casas… el punto es que cuando llegamos nos encontramos a Saga actuando como un maniaco con un zapato en la mano, todo pasó tan rápido y cuando nos dimos cuenta… Santa cayó del techo, muerto, bueno, eso creíamos nosotros pero entonces apareció Rodolfo, el maestro del vuelo aéreo, al principio yo creí que el alcohol ya me había hecho efecto pero de repente, salieron otros ocho renos del cielo, jalando un trineo con perfectos acabados de madera, entonces los animales esos nos empezaron a hablar pero primero nos pidieron que los liberáramos, Saga lo hizo y entonces los renos escaparon y después Santa despertó y era muy grosero con nosotros y luego le quiso enseñar un palo a Kiki y cuando nos dimos cuenta ya le estaba dando un infarto y ahora está en el templo de Saga, casi moribundo y necesitamos de su ayuda porque al parecer, arruinamos la navidad… - terminó sin aliento. Los Santos lo miraron, fijamente hasta que Shaka habló.
- ¿Qué? – parpadeó el hindú, confundido. – Es una historia muy linda e imaginativa, Aldebarán. – le tocó el hombro. – Estoy seguro de que nos la podías contar en la mañana. No era necesario despertarnos y encender el fuego del reloj para llamar nuestra atención. – Aldebarán negó con la cabeza.
- ¡¿Para eso despertaste a mi Hyoga?! – se quejó Camus. - ¡Mi querido niño necesita dormir sus ocho horas! ¿Ves, Hyoga? Las drogas destruyen… - tomó a su alumno por el hombro.
- Sí, maestro… - sonrió el rubio, frotándose sus ojos y luchando contra el sueño.
- ¿Y en qué acaba la historia? – preguntó Ángelo. - ¿Mínimo matan a Santa? – Aioria y Milo se carcajearon.
- ¡No, no, no! ¡Esto no es una historia, les juro que es verdad!
- Ay, Alde, siempre nos han gustado tus historias navideñas… - sonrió Shura, cruzándose de brazos. – Casi tan buenas como las mías… sé que siempre has intentado inculcarnos el espíritu navideño pero tanto así como para andar jugando con los sentimientos de estos niños… - señaló a Shun y Seiya que lo miraban con ilusión. – E inventar que Santa Claus está en el templo de Géminis… - negó con la cabeza. – Tal vez para el año próximo, mi buen toro… ahora si me disculpan, me voy a dormir…
- Pero, pero, pero… ¡Necesito a Dohko! – exigió Aldebarán. - ¡Necesito la adrenalina de Dohko!
- ¿Ves, Hyoga? Ahora resulta que también te inyectas, Aldebarán… - Camus entrecerró los ojos. – Qué barbaridad, les prohíbo la entrada a Tauro, niños. – dijo, refiriéndose a los de Bronce. – Pero sobre todo a ti, Hyoga… ¡Y a ti también, Milo!
- Por favor, hablen quedito… - susurró Shiryu.
- ¡¿POR QUÉ?! – gritó Ángelo a todo pulmón.
- Mi maestro Dohko tiene la mala costumbre de quedarse dormido de pie… a veces se le olvida y piensa que sigue siendo un viejito… - todos miraron a Dohko que a pasar de permanecer en pie, tenía los ojos cerrados y apoyaba su cabeza en el hombro de su alumno y roncaba, plácidamente. - Trataré de despertarlo… - comenzó a moverlo, suavemente. – Maestro, despierte… Aldebarán lo necesita…
- ¡¿No me digas que tú también le crees?! – gruñó Aioria. Shiryu siguió moviendo al chino que se negaba a despertar. Dohko comenzó a murmurar cosas.
- Vamos, nena, súbete a mi moto y te doy un aventón… - susurró el Santo de Libra, sonriendo. – Dime, ¿Has besado a un hombre sin amígdalas?
- Este hombre tiene sueños muy específicos… - comentó Olle. – Y cuando digo específicos, me refiero a que eso de que es tímido es puro cuento.
- Quién hubiera dicho que el Antiguo Maestro fuera todo un coqueto en sueños. – rió Milo.
- Pero si casi se muere desangrado cuando está frente a una chica… - Ikki se rascó la cabeza.
- Deberíamos volver a nuestros templos… muero de sueño. – Aioros soltó un largo bostezo y estiró sus brazos.
- Apoyo a Aioros… - bostezó Shura.
- ¡Les juro que lo que digo es cierto! – vociferó Aldebarán. - ¡Vengan a Géminis y lo verán! ¡Anden, no perderán nada!
- ¿Podemos ir, maestro? – Hyoga miró a Camus con ilusión. - ¿Se imagina que en verdad sea Santa? – el galo frunció el ceño ante la petición de su alumno.
- Está bien, Hyoga… - suspiró, resignado. – Pero no quiero que te decepciones si todo esto es una mentira… ya sabes lo que opino de la existencia de ese tal Santa…
- ¡Vamos todos! ¡Como dijo el señor Aldebarán, no perderemos nada! – aplaudió Pegaso, acompañado de Shun.
- No puedo creerlo… - Shura se talló el puente de la nariz. - ¿Ustedes también? – miró a Ángelo y a Olle.
- Me gustaría ver el cadáver de ese… - el italiano se rascó la barbilla, divertido. – Sé que no es Santa pero aún así, un cadáver es un cadáver…
- Qué desagradable… - se quejó Afrodita, tapándose con su reboso. – Pero bueno, no pierdo nada.
- ¡Vamos, Shaka, acompáñanos! ¡Verás que todo esto es verdad! – el toro jaló al hindú y este ni pudo hacer otra cosa más que dejarse arrastrar. Toda la peregrinación de caballeros bajó al tercer templo, sin imaginar lo que iban a encontrar. Al llegar a su destino, escucharon la voz de Saga. Los santos apresuraron el paso y siguieron la voz.
- Uno, dos, tres…
Al abrir la puerta, encontraron al gemelo mayor sobre un hombre vestido de Santa Claus, presionando con las manos entrelazadas sobre su tórax.
- ¿Pero qué carajos…? – Ángelo se adentró a la habitación. - ¿Saga, qué rayos haces?
- No tengo tiempo de explicarte… ¡se me muere! – los Dorados y los Bronceados se acercaron, temerosos a la extraña escena. - ¡Vamos, maldita sea, revive! – siguió presionando. - ¡¿Qué hago?! ¡Se me muere!
- Hay que rezar por el alma del buen hombre… - Shaka sacó su rosario de cuentas y se colocó en posición de loto con los ojos cerrados. - ¡Ohm!
- ¡A ver, idiotas! – Olle se asomó, haciéndose paso entre la multitud, cuando por fin se acercó, empujó a Saga y se trepó sobre el hombre. - ¡No por nada tomé un curso intensivo de reanimación cardiopulmunar! – presionó el pecho del hombre. - ¡Despierta, hombre! ¡Dije que despiertes! – lo cacheteó con fuerza varias veces.
- ¡¿Qué demonios haces?! – Kanon lo detuvo, sosteniendo su mano. - ¡En ese caso, yo también quiero! – sin más, el gemelo empujó a Olle y se trepó sobre Santa para darle una buena zarandeada.
- ¡¿Están locos?! ¡Quiero salvarlo, no terminarlo de matar! – gruñó Saga.
- Pero tú dijiste que lo querías muerto… - contestó el Ex Caballero de Poseidón.
- ¡Era sólo una expresión, idiota!
- A ver, a ver… - interrumpió el arquero. - ¿Quién es ese hombre?
- ¡Es Santa, Aldebarán decía la verdad! – exclamaron Shun y Seiya al unísono. - ¡Sálvenlo, sálvenlo, sin él no habrá navidad!
- ¿Santa? – titubeó Aioros. - ¡Haberlo dicho antes! – se subió las mangas de la pijama y tomó a su hermano del brazo. - ¡Aioria, sostén estas paletas!
- ¡Aioros! – Camus abrió los ojos, sorprendido. – ¡Pero qué ingenioso eres! ¡Es simplemente brillante utilizar a tu hermano como un desfribilador! – aplaudió, emocionado.
- Sí, claro, un desfribi… eso… - sonrió el arquero. – Con que así se llama… - murmuró.
- ¡Menos charla y más acción! – interrumpió Shion. - ¡Revivan al señor Nicholas Nóvikov Kuznetsova!
- ¡Despejen! – gritó Aioria, asistido por su hermano. En ese instante, de sus manos salió una pequeña descarga eléctrica que terminó por despertar a Santa. - ¡Listo! ¡Qué buen trabajo, asistente Aioros! – se secó el sudor de la frente y sonrió, satisfecho. - ¡Lo he revivido, gracias, gracias! – Santa abrió los ojos.
- ¿Está bien, don Nicholas Nóvikov Kuznetsova? – preguntó Kanon.
- ¿Ahora qué me pasó? ¡¿Qué me hicieron, brutos?!
- ¿Santa? – Aioros entrecerró los ojos. - ¿En verdad eres tú? – lo miró, esperanzado. Los Santos de Athena restantes se acercaron muertos de curiosidad.
- Saga, necesito una explicación… - habló Shaka, poniéndose de pie y abriendo sus enormes ojos. - ¿Cómo que ese es Santa? ¡Santa no existe!
- ¡Lo sé, lo sé! – contestó Saga. – Yo también pensaba lo mismo, pero al parecer es real… - se encogió de hombros.
- Entonces… ese gordo sí es Santa… - Ángelo se tronó los dedos. – Y es real…
- Su falta de fe me es molesta… - respondió Santa. - ¡Por eso nunca les traje regalos! ¡Por supuesto que yo soy Santa Claus!
- ¡SANTAAAAA! – exclamaron Shun, Seiya, Hyoga y Shiryu, corriendo hacia el susodicho para abrazarlo. Todos miraron asombrados, al hombre de roja vestimenta.
- ¡No puede ser! – Shura se tapó la boca. – Este hombre es real… - parpadeó varias veces.
- ¡Señor Santa, es un honor conocerlo! – comentó el Cisne. - ¡Y no se preocupe, no le guardo rencor por no haberme llevado regalos a Siberia!
- ¡Eso es porque aquel hombre de doble ceja, me esperaba despierto cada navidad, frente a la chimenea con una escopeta! – los santos voltearon a ver a Camus que se ponía rojo de vergüenza.
- ¿Camus? – todos observaron al francés.
- ¿Qué? Pensaba que era un pedófilo… tenía que hacer algo… - se excusó, indignado. – Sólo lo hacía por tu bien, Hyoga…
- ¿Ya se siente mejor? – preguntó Mu, aún cargando a Kiki.
- ¡Oh, sí! No te preocupes, es sólo mi infarto número 35 del mes… - sonrió el anciano, sobándose la barbilla.
- ¿35? – inquirió Saga.
- ¿Qué esperabas después de trabajar 400 años? – entrecerró los ojos. – Todo por servir se acaba, Saga.
- ¡No puedo creer que Santa esté aquí con nosotros! – habló Shun con alegría extrema.
- Y yo no puedo creer la cantidad de no creyentes que se encuentran en esta habitación. – dijo, acomodándose en el sofá. - Por ejemplo este chico, que si mi memoria no me falla, se llama Shura… - el español ladeó el rostro, evitando su mirada. - ¡Oh, tú eras un niño taaaaan bueno, querido peninsular! ¿Por qué dejaste de creer en mí, eh? ¿No te gustó la espada de madera que te di?
- No. – contestó.
- ¡Pues te jodes porque la economía en aquellos tiempos estaba bárbara! – volteó a ver a Ángelo. - ¿Y tú, mi psicópata favorito? – el italiano apretó los puños. – Sin rencores, ¿verdad?
- ¡¿Sin rencores?! ¡Todo este tiempo me has dejado carbón!
- ¡Y agradece que te dejo algo! – gruñó. - ¡Aún no se me olvidan las veces que pusiste veneno en mis galletas!
- ¡No era veneno, bueno tal vez la primera vez sí era veneno para ratas pero ya después usé puro paralizador! ¡Lo juro! – el italiano se jaló los cabellos.
- ¡¿Para qué carajos lo querías paralizar?! – soltó Milo.
- Yo, yo… - Ángelo bajó la mirada, sonrojado y jugó, nerviosamente con sus manos. – Yo sólo quería tenerlo para mí en la mañana y jugar con él… - todos sonrieron con ternura y soltaron un suspiro. Máscara se puso más rojo al sentir las miradas de todos sobre él. - ¡Pero eso fue hace veinte años, ahora lo único que quiero es matarte, infeliz! – se acercó, amenazadoramente al hombre.
- Siempre fuiste un buen niño… - titubeó Santa. – No le harías daño a este pobre anciano que te regaló aquel violín de cristal… que yo sé que aún tocas en las noches… - el italiano paró su andar, amenazó con golpearle con su puño pero al último instante se arrepintió y salió de la habitación a regañadientes.
- Maldito gordo, hijo de su put… sólo por hoy te la voy a pasar… - se oyó al crustáceo murmurar hacia la salida.
- Bueno, Don Santa… - intervino Dohko. - ¿No debería de irse ya? ¡Repartir regalos por todo el mundo debe de ser una tarea herculiana para un solo hombre! – Santa comenzó a reírse a todo pulmón.
- En vez de reírse tanto debería ponerse a adelgazar… - comentó Olle.
- ¡Me encantaría irme de aquí, en serio! Pero creo que esa caída me afectó la columna y no puedo moverme… ¡Oh, dios mío, cómo me duele! ¿Qué pasará con la navidad? – exageró.
- ¡Saga, arruinaste la navidad, ya estarás contento! – Milo lo señaló, acusadoramente con su dedo índice.
- ¿Qué? ¡¿Yo?! ¡Fue culpa de él! ¡¿Qué tenía que hacer él arriba de mi techo?! – trató de defenderse el gemelo.
- ¿Ya se durmió el pequeño Kiki? – preguntó, temeroso Santa.
- Duerme como un ángel… - susurraron Mu y Shion, maravillados con el niño.
- Pff… qué bueno… - tomó aire con una sonrisa paternal. Aquel gesto desapareció cuando sus ojos se posaron en el mayor de los gemelos. - ¡Yo sólo me trepé a ese méndigo techo porque… porque…! – se rascó la barbilla. - ¡Porque se me hinchó la reverenda gana, soy Santa Claus!
- ¡Es mi casa y si yo no quiero que te trepes en mi templo no lo haces! – gruñó Saga, furioso.
- ¡Mira, animal, las leyes de propiedad privada no aplican conmigo en estas fechas! ¡Yo puedo estacionar mis renos en donde yo quiera! ¡Joder!
- ¡Pero Santa! – Shun se tapó la boca.
- ¡Otro que se sorprende! ¡La juventud de ahora usa peores palabras! ¡Tu hermano habla peor! – Ikki se señaló a sí mismo, visiblemente ofendido. - ¡Sí, tú, no te hagas, te he escuchado con tu lenguaje floreado!
- ¡Como sea, ya lárgate de mi templo! ¡Tienes regalos que entregar! – Saga le tronó los dedos. - ¡Y no te quiero volver a ver, por mi sigue sin existir! – le dio la espalda y se cruzó de brazos.
- ¡¿Ah, qué creíste?! Le arrojo un zapato a Santa, lo medio mato, lo corro del templo, arruino la navidad y me voy impune… ¡Ah, no, mi rey! ¡Conmigo no juegas! Estoy lastimado, no tengo renos y este año desperté sin muchas ganas de andar repartiendo regalos…
- Ese no es mi problema… - se defendió el griego.
- Lo fue desde que me arrojaste el zapato… firmaste tu sentencia de ser Santa por una navidad… ese es el contrato… arrojarle un zapato a Santa te convierte en uno por default.
- ¡Genial! – rió Milo. - ¡Esto es tan emocionante!
- ¡Ah, no, no, yo no seré Santa Claus! ¡Ni lo pienses, anciano!
- ¡Claro que no, serás Saga Claus! – el viejillo guiñó el ojo. - ¡Y no podrás evitarlo! ¿O prefieres ver mañana millones de caras tristes de niños decepcionados porque Santa no llegó a sus casas?
- No es mi problema…
- ¿De verdad? ¿Ni aunque entre esas caras esté el pequeño Kiki? – todos se taparon la boca. La cosa más triste de este mundo era ver al lindo Kiki llorar. O eso era al menos para los caballeros, les rompía el corazón ver al pequeño lemuriano deprimido.
- ¿Kiki? – titubeó Saga.
- ¡Por todos los dioses, acéptalo! – lloró Shion.
- ¡No puedes hacerle eso al pobre Kiki, es inhumano! – apoyó Shura.
- Está bien, sólo por Kiki… - Saga suspiró, resignado.
- Bien… en ese caso… - Santa sacó una bolsita roja de terciopelo que colgaba de su cinturón. – Aquí tengo lo que te ayudará en esa misión… - le arrojó la bolsita y Saga la atrapó con facilidad.
- ¿Qué es eso? – preguntó Kanon, viendo sobre el hombro de su hermano.
- Es una bolsa de polvos mágicos… toma un poco y póntelo encima… - indicó Papa Noel. Saga dudó por un segundo pero lo hizo. Esparció el polvo dorado sobre su cabeza y por arte de magia un nuevo traje de Santa Claus a su medida lo arropó.
- ¡Vaya, ese traje está algo ajustado! – se burló Olle.
- Sí, algo… - dijo, colocándose el gorro sin muchas ganas. - ¿Cómo me veo, aparte de ridículo?
- Horrible… - sonrió Kanon.
- ¿Cómo voy a hacer todo esto solo? – inquirió, molesto. – No hay renos… ni esos pequeños ayudantes que se ven en las películas…
- Duendes, Saga, son duendes… - Santa rodó los ojos. – No te quejes, para eso están los polvos mágicos… tú sólo piensa en lo que necesites y dispara…
- Suena sencillo… - Saga metió la mano en la bolsita y sacó más polvo dorado. Cerró los ojos y sonrió. – Quiero un duende… con trajecito y todo… - señaló hacia la puerta justo cuando Ángelo la abría.
- ¡Oigan, idiotas, yo ya me voy…! – no pudo terminar pues el polvo lo rodeó por completo. Todos los caballeros se tuvieron que cubrir los ojos debido al brillante resplandor. Cuando los abrieron vieron la pijama del italiano regada en el piso, cubriendo un bultito.
- ¡Santo dios, maté a Ángelo! – exclamó Saga. - ¡¿Por qué siempre termino matando a alguien?! – corrió hacia el bultito junto con los demás. - ¡¿Qué hago?! – se preguntó, nervioso, sin atreverse a tocar la ropa.
- ¡Mataste a Ángelo! – Shura tomó una prenda y la abrazó. – Pobre de mí amigo…
- ¡Ay, mi cabeza! – se escuchó una vocecita.
- ¡La ropa habla! – señaló Milo.
- ¡¿Cuál ropa, idiota?! – el bulto de ropa se empezó a mover y cuando retiraron todas las prendas descubrieron a un muy muy pequeño Ángelo. - ¡¿Qué me hiciste, estúpido?! ¡Se hicieron grandes… sin mí! – gritó con una vocecita.
- No… tú te hiciste muy pequeño… - habló Camus.
- ¡Y muy lindoooooo! – Olle lo tomó de la parte trasera del suetercito y lo levantó del suelo. - ¡Hooolaaa! ¡Miren, chicos, qué bonito está! – todos se acercaron y comenzaron a picotear al italiano que empezó a patalear como loco.
- ¡Nunca creí decirlo, Ángelo, pero de duende eres tan tierno! – se burló Kanon. - ¡Mira esos ojotes!
- ¡Dejen de tocarme, estúpidos! ¡Y bájenme de una vez! – se lamentó el pequeño. Olle obedeció y lo soltó. Los Santos sonrieron al ver cómo el duende Ángelo corría hacia Santa y trataba de trepar por sus piernas sin éxito y es que el italiano a duras penas llegaba por debajo de las rodillas de una persona con estatura promedio.
- ¿Pensaste en un enano o en un duende, Saga? – preguntó Aioros, rascándose la barbilla.
- La verdad no lo sé… pero es muy lindo, ¿no? – Ángelo por fin se pudo trepar y tomó a Santa por la barba.
- ¡Escúchame, gordo inmundo, regrésame a mi tamaño! – lo amenazó. - ¡Ya!
- Yo no puedo… recuerda que tu amigo Saga ahora es Santa…
- P-pero, pero… - titubeó el duende.
- ¡No más charla, en el continente americano ya es de noche y Saga debe entregar los regalos! Si yo fuera tú, me apresuraría…
- ¡Pero no tengo renos ni nada! – se quejó el gemelo.
- ¡Usa el polvo, idiota!
- ¡Está bien, está bien! – Saga habló, nervioso. - ¡Yo quiero un reno! – tomó el polvo dorado y lo lanzó hacia enfrente. Todos se cubrieron los ojos, nuevamente y al abrirlos esperaron a que la nube se disipara. - Mmmm… creo que ya no sirven mis polvos… - comenzó a sacudir la bolsita.
- ¿En dónde está Camus? – preguntó Milo, incorporándose pues se había tirado al suelo. - ¡Camus, Camus, Camus! ¡Dios mío, volviste invisible a mi mejor amigo!
- ¡No, no, no! – Saga lo miró, nervioso. - ¡Yo quería un reno, te lo juro!
- Pues no hay rastros de Camus… - Dohko se rascó la barbilla. – Pero sí este imponente y hermoso reno de extraña cabellera azulada y singulares cejas, sin mencionar su aura congelante, pero, ¿en dónde estará Camus? – todos miraron al hermoso reno. Milo se acercó con cautela.
- ¡Santos hielos eternos, este es Camus! – dijo el escorpión, acariciando maravillado al animal. - ¿Cómo me veré yo de reno?
- ¿Quieres ver? – rió Saga al momento en que lanzaba más polvo dorado. Al instante apareció otro reno con el mismo color de cabello de Milo y sus característicos ojos turquesas. Milo el reno comenzó a saltar en dos patas mientras Camus reno lo pateaba con frustración.
- ¿Pero por qué no hablan? – preguntó Kanon.
- ¡Oh, cierto! – sonrió Saga. - ¡Hablen ya!
- ¡Soy un reno, soy un reno, soy un reno! – cantó Milo.
- ¡Maldita sea, Saga, conviérteme en humano de nuevo o haré un buen uso de estas astas, enterrándotelas en el pecho! – amenazó Camus.
- ¡Pero necesito renos! – se quejó Saga.
- ¡Me importa un carajo! ¡Míranos! ¡Somos mutantes! ¡No resistiremos estar así! – voltearon a ver a Milo, este muy contento dejaba que el pequeño Kiki, ya despierto se montara en él.
- ¡Pero maestro Camus, se ve tan bonito de reno! – se acercó el ruso.
- ¿De veras lo crees? – preguntó, ilusionado.
- ¡Claro que sí!
- Está bien, Camus, te convertiré de nuevo en humano…
- No, no, no… déjalo así, hay que salvar la navidad…. – contestó, dejando que Hyoga le acariciara la cabeza.
- Bien… necesito siete renos más y otros duendes… - Saga se tronó los dedos y miró a sus compañeros, maliciosamente.
- ¡Ah no, a mi no me metas en tus locuras! – Shura comenzó a correr a la salida, tomó al duende Ángelo con la intención de huir pero no escapó de la inmensa nube de polvo dorado que Saga esparció en la habitación. Al disiparse la nube, el gemelo vio con orgullo su obra: Aioria, Aioros, Shura, Kanon, Shaka, Olle y Shion estaban convertidos en hermosos renos mientras que Mu, Aldebarán y Dohko eran lindos duendes.
- ¡Vaya, si supiste organizarte! – habló Santa. - ¡Recuerdo la primera vez que convertí en renos a mis amigos! ¡Qué tiempos aquellos!
- ¿Por qué a nosotros no nos toman en cuenta? – se quejó Seiya. - ¡Yo quería ser un reno!
- Ustedes cuidarán a Santa hasta que regresemos… - contestó el gemelo.
- Está bien, señor Saga… - respondió Shiryu, cargando al pequeño Dohko, ahora duende.
- ¡Esto es indignante! – lloró Shaka, un hermoso reno de pelaje dorado que se acercó a Saga. - ¡Esto es por no preguntarme! – lo comenzó a golpear con sus astas.
- ¡Auch, auch! ¡Quieto, Shaka!
- ¡Saga, Saga, Saga! – el griego volteó.
- ¿Kanon?
- ¡Tengo la nariz roja! ¿Me voy a morir? – preguntó el reno de hermoso pelaje azul.
- ¡No, hermanito, tú serás el líder de toda esta locura! – le acarició detrás de la oreja.
- Prefería morir… pero no te detengas, sigue ahí, ahí… justo ahí, detrás de la oreja, bien… Oh, sí, sí…
- ¡Bien, ahora afuera todos, los amarraré al trineo! – aplaudió Saga, divertido al ver a todos sus amigos convertidos en renos y duendes.
- Me alegra que estés disfrutando esta situación, no creyente… - habló un reno de pelaje oscuro.
- ¿Aioros? ¡Vaya, te reconocí por tu bandana roja! – rió el gemelo.
- Ja, ja, ja – soltó con sarcasmo. – Muy gracioso… cuando deje de ser un reno, ya verás… - alzó el cuello con dignidad y caminó hacia los demás para tomar posición. – Aioria, vamos a formarnos…
- ¡Ya voy, hermano! – el reno Aioria comenzó a saltar al lado del ex arquero. – Creo que tengo pulgas, Aioros… - susurró, moviendo su colita y tratando de rascarse con una pata. Saga rio, bajito y comenzó a sujetar a los renos por parejas.
- ¡Ay, con cuidado que no tratas con bestias! – se quejó un reno.
- Lo lamento… ¿Y tú eres?
- ¡Soy Afrodita, idiota! ¡El reno más hermoso de todos, estúpido! ¡Shura, no te comas mi rosa! – lloró el reno celeste al ver cómo su pareja devoraba la flor de su cabeza y la masticaba sin ganas. En el lomo de Shura estaba Ángelo, sentado.
- ¡Shura, te ves muy bien de reno! – se burló el gemelo.
- Cállate, infeliz… - el español siguió masticando su flor.
- ¡Tú, pequeño duende hermoso, vienes conmigo! – Saga cargó a Ángelo como si fuera un bebé y lo subió al trineo. También ayudó a Aldebarán. – ¡Ay, Ángelo, se te movió tu sombrerito! ¡Déjame acomodarlo!
- ¡Aléjate de mí, bastardo! – le dio un manotazo con su manita. - ¡Yo puedo solo! – dijo, acomodándose su sombrero.
- ¡Señor Saga, aquí está mi maestro Mu y el señor Dohko! – soltó Kiki, cargando a los pequeños duendes.
- ¡Oh, gracias, Kiki! – tomó a los duendes y los colocó junto a Ángelo y Aldebarán. Los Caballeros de Bronce salieron a despedirse también. Saga tomó posición en el trineo y sujetó las cuerdas. - ¡Muy bien, Rodolfo, Relámpago, Trueno, Bromista, Alegre, Cupido, Acróbata, Cometa y Bailarín, a volar! - sacudió las cuerdas.
- ¡¿No nos podrías llamar por nuestros nombres, estúpido?! – gruñó Shion. - ¡¿Y cómo te sabes todos los nombres de los renos?!
- ¡A volar, dije! ¡Kanon, muévete! ¡Tú los vas a guiar!
- ¿Y qué hago? – titubeó su hermano.
- ¡Sólo vuela, reno inmundo, VUELAAAA! – se quejó el reno Camus en la parte de atrás.
- ¡Ay, qué carácter! ¡Ahí voy! – Kanon comenzó a patalear y a flotar, emocionado seguido por los demás. - ¿Han visto cómo su dinero vuela? ¡Pues Caperucita y la abuela pero a que nunca han visto… un reno vuela! – todos los renos empezaron a volar completamente disparejos mientras Saga trataba de controlarlos, sin éxito.
- ¡Ha-Ha-Ha! – rió Saga.
- Es HO-HO-HO, idiota. – lo corrigió Ángelo duende, sujetándose de su pierna.
- ¡Buena suerte a todos! – se despidieron Seiya y Shun con la mano.
- ¡No se preocupen, nosotros nos encargaremos de Santa! – continuó Shiryu.
- ¡Adiós, maestro Camus! ¡Buena suerte!
- ¡Yo no pienso cuidar a ese gordo! – gruñó Ikki.
Dentro del templo…
- ¡Ho-Ho-Ho! – Santa estiró sus brazos y los colocó detrás de su nunca. - ¡Cuando se den cuenta de que no hay regalos! – comenzó a carcajearse. - ¡A mi esposa le encantarán las visitas!
Continuará…
¡Hola!
El capi final lo subiremos después de navidad ^^ Verán, teníamos planeado que fueran sólo dos capis pero pfff nada sale como queremos ¬¬
Lamentamos no haberlo subido antes pero lo que pasa es que… hahahaha de hecho fue muy gracioso, es que a Francis se le enterró un clavo en el pie hahaha en serio… no sabemos qué tiene que ver eso pero es una buena excusa para no escribir en toda una semana xD
Le deseamos una muy feliz navidad y diviértanse mucho mucho :D
¡Los queremos!
¡No se olviden de sus reviews!
Helena y Francis (Y)
