hola chicas aclaro esta historia pertenece a pippa lane yo solo la adapte a los personajes de stephanie meyer (twilight)
Capítulo 14
Era la última de las operaciones de esa mañana. Bella terminaría su turno en diez minutos, lo mismo Edward y era posible que pudiera irse con él a "Los Arcos".
Así que, un poco más tarde, se encontraba junto a él en su coche lujoso y la sorprendió que en lugar de tomar el camino hacia "Los Arcos", dio vuelta hacia un puente que cruzaba un barranco y se detuvo en el Jardín Botánico.
—Siempre vengo aquí y me siento bajo las Jacarandas, cuando creo
estar desconcertado. Así que tenme paciencia unos minutos, Bella.
—Le esperaré todo lo que sea necesario —dijo ella, sorprendida.
Se quedó sentada en el auto; pero él abrió la portezuela y le indicó que quería que lo siguiera.
Caminaron en silencio por los senderos olorosos a resina, más allá de los eucaliptos, de los laureles y los pinos. El jardín estaba lleno de pájaros.
—¡Crecen tan grandes como árboles! —exclamó, señalando arbustos
como los laureles, hibiscos y adelfas; y posteriormente, le mostró los enormes y variados frutos del lugar, que colgaban en medio del verdor del follaje.
—Ahora sabes por qué llamamos a éstas las "Islas Afortunadas" —le dijo Edward—, y por qué vengo aquí cuando me siento confundido —hizo una pausa—. Tú no podrás aconsejarme, querida —dijo él—, pero no sé realmente qué hacer. Quizás si me dejas hablar sobre mis problemas, mi cerebro se aclarará y sabré qué decidir —la condujo hacia una banca.
Bella se puso en tensión. El peligro emocional parecía flotar en el aire fresco. El Teide se elevaba desnudo contra el cielo color azul dominando la isla y los pensamientos de la joven.
—Creo que tal vez —logró decir por fin—, debía usted discutir sus problemas con, Tanya, no conmigo.
—Quizá lo haría, si ella hubiera sido enfermera y estuviera entrenada para comprender lo complejo de la conducta humana —Edward suspiró—. De cualquier modo, esto te afecta —se acercó un poco más a ella y le tomó la mano entre las suyas—. Tanto tú como yo en nuestro trabajo, tenemos que ver siempre más allá.
Se detuvo y, como si fuera la cosa más natural del mundo, levantó la mano de ella, con la palma hacia arriba y la besó ligeramente, cerrándole después los dedos, como si quisiera aprisionar aquel beso gentil. ¡Ahora, la tierna trampa! pensó ella, poniéndose repentinamente en guardia. ¿Este era el nuevo Edward? ¿O simplemente estaba jugando con ella? Podía odiarlo de nuevo por eso. ¿O era "odiar" una palabra demasiado fuerte"?
Sin embargo, de una cosa estaba segura: podía despreciarlo con
perfecta justificación, por haberle tomado en secreto esas fotografías.
Bella se alejó un poco de él y, para su desilusión, él no hizo intento alguno de acercarse de nuevo.
—Alice me abrió los ojos —dijo él de pronto, con voz aguda.
—¡Alice! —repitió ella, volviéndose hacia él con sorpresa.
—Sí, ayer la llevé en mi auto hasta el hotel donde trabaja.
—No me dijo nada —murmuró Bella, desconcertada.
—No, porque le dije que iba a hablar contigo, querida.
—¿De qué?
—De Jacob, principalmente —Edward suspiró.
—¡Oh, él!
—Sí. Es satisfactorio el hecho de que no hayas caído bajo su hechizo.
—Nunca podría interesarme un tipo como él. Es tan inmaduro como
grande.
—Otras mujeres no piensan así. Y entre más buena es una mujer, más probable resulta que él la fascine. Yo sabía que iba a tratar de conquistar a Alice, como trató de hacerlo contigo. Así que yo, también, le advertí a ella del peligro y sólo espero que me haya tomado en serio.
—¡Así que lo sabe usted! —exclamó Bella y lo miró de frente—.
Entonces, por Dios Santo, ¿por qué no hace algo con él? Es su empleado. Seguramente tiene algún tipo de control sobre él.
—Pensé que lo tenía, pero no lo puedo vigilar veinticuatro horas al día.
—Puede despedirlo e inclusive hacer que se vaya de la isla. ¿O no?
—Eso es, precisamente, lo que hice hace un año.
—¿De veras? —exclamó Bella, complacida de que Edward hubiera dado un paso positivo—. ¿Qué sucedió?
—Una turista inglesa muy joven… trató de suicidarse cuando él no se presentó a una cita, en el último día de su estancia aquí.
—No sabía eso.
—No, Sue no te lo dijo. Queríamos darle otra oportunidad a Jacob. Pensamos, en verdad, que habría aprendido la lección. Fui bastante drástico con él. Lo mandé a un viñedo que tengo en el continente y el capataz de allí es un hombre estricto. Le di instrucciones de que debía hacer trabajar a Jacob del amanecer al anochecer.
—¿Y qué sucedió?
—La madre de Jacob enfermó de depresión. Siempre ha pensado que
es maravilloso, en todo sentido. Eso no sería problema, si las mujeres lo dejaran en paz y él a ellas. Pero sucumben irremediablemente ante sus encantos. Te juro que no hay una sola inmune a él.
—¡Yo lo soy! —exclamó Bella con pasión—. Si él y yo fuéramos la
última pareja que quedara en la tierra, me subiría a un cocotero, para tirarle cocos a la cabeza.
—¡Bien por ti!
La tensión se rompió, porque ambos se echaron a reír y, en un gesto impulsivo, Edward puso su mano sobre la de ella. Nuevamente fue el más ligero de los contactos, pero Bella sintió cierta emoción. Asustada de sus propios sentimientos, de nuevo trató de retirar la mano. ¿Había notado él el efecto que estaba provocando en ella? Entonces, decidió relajarse y sonreír.
Él dio algunas palmaditas en la mano de Bella.
—Eso era lo que yo esperaba, que despreciaras a un nombre como
Jacob. Bien ése es el problema. ¿Qué hacemos ahora? ¿Enviarlo de nuevo al viñedo?
—Definitivamente —el tono de Bella era firme—. Es la única forma, aunque eso no lo curará. Es el tipo de hombre que tratará de ser el Donjuán de la isla sin importar la edad que llegue a tener.
—Me temo que tienes razón.
—Así —añadió Bella—, dará a varias personas la oportunidad de
resolver su propio destino, sin ser abrumadas por este moderno
"Superhombre".
—Sí, y si su madre se vuelve a deprimir, la enviaremos a vivir con él al viñedo —Edward se puso de pie y extendió sus manos en un gesto gentil, para ayudarla a levantarse—. ¿Ya ves, Bella? Mi problema está resuelto. Tú y las Jacarandas han roto el hechizo. Esta noche vamos a hacer una fiesta en "Los Arcos", asistirán los correos, tu amiga Alice, algunos huéspedes de los hoteles, particularmente enfermeras de vacaciones, tú y tu madrastra.
—Muy buena idea… pero espere un momento —dijo Bella—. Todavía
estoy un poco desconcertada. Con frecuencia me he preguntado por qué se preocupa tanto por Jacob. Podía haberlo despedido desde hace mucho tiempo.
Edward la miró sin decir nada, como si estuviera tratando de decidirse sobre algo.
—Te voy a confiar un secreto —habló por fin—. Jacob es familiar mío.
—¿Son parientes? —los ojos de Bella se agrandaron por la sorpresa.
—Sí, él es hijo ilegítimo de mi hermano, que murió hace cuatro años, por eso me hice responsable de Jacob. Una tarea difícil. ¿Sabes? Ha estado presentando el síndrome de vida y amor de los Cullen, que heredó genéticamente.
—¿Qué es?
—¡No te lo puedo explicar! Tal vez he dicho demasiado.
—Puedo adivinar la mayor parte de él —murmuró Bella—. El síndrome de los Cullen. Nunca aceptar un "no" de una mujer… hay que perseguir, capturar y vencer.
Él se echó a reír con visible deleite.
—Podrías decir que ése es el modo español, supongo. Oh, no, mi
querida enfermera, no debes pensar que los Cullen somos únicos en ese sentido.
—Apenas hace unas semanas —le dijo ella con franqueza—, usted me
perseguía. Ahora, su conducta es perfecta. ¿Por qué el cambio?
—Dijiste una vez algo sobre las dos caras del amor, Bella. Y así es. Te desconcerté, cuando fui tan egoísta en el Teide aquella noche quería "tomar". Después me pareció que era ya mi turno de dar.
—¿Y Kismet? —preguntó ella—. ¿Ha cambiado de opinión al respecto, también?
—No del todo… —iba a decir algo más, pero el reloj de una torre
cercana empezó a marcar la hora con las campanadas, y él empezó a caminar—. Pregúntamelo otra vez, dentro de algunas semanas.
—Sí, doctor Cullen —dijo Bella, caminando a su lado—, y hay algo
más que quisiera preguntarle. ¿Usted me tomó unas fotografías en bikini, con teleobjetivo, o fue Jacob?
—Así que Jacob volvió a tomar prestado mi equipo fotográfico, ¿eh? — Edward pareció enfadado—. No es la primera vez que lo hace —se detuvo un momento y la miró con fijeza—. Pero pensaste que había sido yo… ¡cuánto debes haberme despreciado!
Ella también se había detenido. Tiró levemente de la manga de él.
Cuando Edward se volvió hacia ella, Bella arrojó los brazos en torno a él en un gesto impulsivo, y tocó sus labios con los de ella.
—¡Así! —exclamó Bella—. Eso debe demostrarle que confío otra vez
en usted.
—¡Los riesgos que corres! —exclamó Edward con los ojos radiantes.
Él hizo un movimiento para detenerla, pero Bella lo eludió, corriendo hacia un arbusto, y de allí se lanzó a toda prisa hacia el estacionamiento de los coches.
Cuando él llegó, con una expresión burlona en los ojos, Bella estaba ya sentada y con el cinturón de seguridad abrochado. Edward se sentó ante el volante, y puso en marcha el auto.
—Dígame, doctor —Bella usó una voz casual—, ¿no consideró la
posibilidad de que Tanya lo aconsejara, respecto a Jacob?
—No habría sido justo —dijo y añadió—: ella ya ha tenido suficientes problemas propios.
Él no comentó más, pero Bella comprendió que había dicho suficiente.
¿Sabía, entonces, de lo desventurado que había sido el matrimonio de Tanya?
—Necesito la ayuda de todos —dijo Edward, cuando la dejó frente a la casita—. Hay que preparar todo para la fiesta. Desde luego, contaremos con la servidumbre. De pronto, me siento en la cumbre del mundo. Vamos a divertirnos muchísimo.
Bella asintió con la cabeza. Su paso era ligero y había una canción en sus labios, que reflejaba la que había también en su corazón, cuando subió corriendo la escalera de la casita. Encontró a Sue en la cocina.
—Te ves muy feliz —dijo Sue, con una sonrisa cariñosa—. Tenerife te sienta muy bien, me parece.
—Y la gente que vive aquí —añadió Bella, abrazando a su madrastra —. ¡Oh, Sue querida, es maravilloso tenerte otra vez sana! ¿No es todo perfecto?
—¿Qué? ¿Con tu chico tan distante? —bromeó Sue—. Y hoy no
hubo carta de él.
—Oh, espero que recibiré una mañana.
El entusiasmo de Bella pareció disminuir. Empezó el golpeteo de la lluvia y el ruido de los rayos.
Espero que el tiempo no arruine la fiesta que Edward ha preparado para esta noche. Inexplicablemente, la joven se estremeció.
Una suave brisa había llegado con el cambio de la marea y al atardecer la luna se hizo visible y pareció alejar la neblina. Dejó de llover, pero la lluvia había dado un nuevo verdor al follaje.
Los coches y minibuses llenaron el patio del frente y los invitados subieron encantados por las amplias escalinatas de la casa. Bella, Sue, Tanya y Emmy actuaban como anfitrionas para dar la bienvenida a los invitados. En el interior, los sirvientes ayudaban a atender a la gente. Más tarde un grupo de bailarines de flamenco que estaba actuando en un hotel del puerto llenaría el aire con el sonido de las castañuelas y el taconeo.
Cuando la fiesta estaba más animada, Carmen, la doncella que se
había quedado en la casita de Sue, llegó corriendo al salón de baile y tocó el hombro de Bella, que bailaba en ese momento con un joven arquitecto de York.
—Venga pronto, señorita —le dijo la doncella en español, con voz
urgente. Bella la siguió hasta una oficina situada al final de un corredor, señaló hacia el teléfono. Bella levantó el auricular y dijo:
—¡Hola! Diga…
—¡Hola, Bella! Soy yo, Jasper.
—¡Vaya, las sorpresas no se acaban nunca! —exclamó ella—. ¿En
dónde estás? ¿En el aeropuerto?
—Todavía no. Te hablo desde Midthorpe. Tengo la oportunidad de
tomar otras dos semanas de descanso. Mañana en la noche volaré hacia Tenerife. No se molesten en recogerme, tomaré un taxi. ¿Me entiendes?
—Sí, Jasper. Encantada de verte otra vez.
—Y escúchame, Bella. Necesito explicarte muchas cosas…
—¡No me digas que has recobrado la memoria! —exclamó ella.
—No, no hay posibilidad. Lo que estoy tratando de decir es que sería mejor si no le dijeras a…
De pronto se escuchó un ruido en el aparato y se cortó la
comunicación.
Tal vez, lo que Jasper quería agregar no tenía importancia. Aunque, pensándolo bien, decidió Bella, él parecía un poco tenso. Quizá se debiera a la emoción de volver a Tenerife.
Trató de dominar una sensación de angustia que había empezado a
surgir en ella. ¿Eran sus sentimientos hacia Jasper tan profundos como había imaginado alguna vez? ¿Deseaba que se repitieran todas sus escenas románticas! con él? Ella pensó que no; algo más había sucedido desde que él regresó al Midthorpe: la sensación de confianza que le inspiraba Edward aumentó en forma considerable.
Se preguntó si los sentimientos de Jasper no habrían cambiado
también.; ¿Era eso lo que quería decirle? ¿Prefería explicárselo en persona, que decírselo en una carta?
No sé la verdad… ni acerca de mí misma, ni de él… hasta que Jasper llegue, decidió, así que debo tratar de tranquilizarme y no pensar más en esto. ¡Tratar…! Es más fácil hacerlo que decirlo. Mejor voy a mantenerme ocupada. Ahora bien, tendré que preparar una cama en el dormitorio extra que tenemos, debo prepararle el desayuno la primera mañana que pasará aquí. Entonces podrá darme sus noticias, cara a cara. A menos, desde luego, que trate de hablarme otra vez por teléfono.
Esperó junto al teléfono, en caso de que volviera a tratar de ponerse en contacto con ella. Probablemente, después de todo, no lo intentaría ya. Le había dado la parte esencial del mensaje: iba a llegar a Tenerife.
La alegre música que llegaba desde el salón la atrajo de nuevo hacia la fiesta. Edward estaba bailando con Sue, así que se acercó a ellos y les dio la noticia de que Jasper llegaría la noche siguiente. Después fue a decírselo a Emmy. La niña se mostró feliz ante la perspectiva de volver a ver al tío Jasper.
—Parece que hubieras tenido noticias interesantes, querida —le dijo Tanya, cuando se encontró con ella.
—Sí, acabo de enterarme que Jasper llegará mañana en avión. ¿En
dónde está Alice? Debo decírselo.
—Se le rompió la tira de uno de sus zapatos —explicó Tanya—, así que fue al guardarropa, a tratar de arreglarlo.
Bella se dispuso a buscar a su vieja, amiga. Estaba ansiosa de contarle lo que había sucedido.
De pronto, disminuyó la música del salón de baile, hasta que calló totalmente. Era probable que fueran a anunciar algún número especial.
Con claridad oyó que Alice decía desde una habitación que tenía la puerta entreabierta:
—¡Otra vez!
Bella llamó a la joven, pero su voz fue ahogada por el sonido de las guitarras flamencas y las castañuelas. No se detuvo, sino que abrió la puerta. Era la habitación donde se guardaban las sillas de montar. En el fondo de ella, Alice se encontraba en los brazos de un hombre, que la estaba besando y, en una voz ronca y extraña le suplicaba:
—Otra vez, por favor. ¡Otra vez, Jacob!
Bella retrocedió, pero no pudo evitar que Alice la viera. Esta lanzó un grito ahogado y sus ojos se agrandaron, en una expresión que era mezcla de sorpresa y de vergüenza. Para entonces, Bella confundida, había vuelto a toda prisa al salón de baile.
Así que Alice no hizo caso a sus advertencias. ¿No se daba cuenta del juego absurdo, y tal vez peligroso, que estaba siguiendo al alentar a Jacob?
¿Qué había sucedido? Bella se sentó en un pequeño balcón, mientras trataba, de ordenar sus pensamientos.
"Otra vez, Jacob… otra vez!" Las palabras de Alice se repetían como un eco en su cerebro. Oh, Jacob era un demonio, muy hábil para jugar con las emociones femeninas. ¿Qué estaría sintiendo Alice en esos momentos?
Si esperaba ahí, tal vez Alice la buscaría. Debía sentirse llena de culpa, deseosa de dar explicaciones.
Mientras tanto, las bailarinas de flamenco, habían hecho su
interpretación. El público les hizo repetir un número dos veces, pero ahora, su actuación había terminado. Y aún no había señales de Alice.
Entonces escuchó la voz de un hombre cerca de ella.
—¡Así que aquí es donde estás! Te andaba buscando.
Sonrió al escuchar la voz de Edward y se dejó conducir por él hacia el bar, donde tomaron una bebida refrescante. La orquesta volvió a tocar música para bailar. Un foxtrot, después un vals y más tarde un tango. Edward bailó las tres piezas con ella.
—Tus ojos miran a un lado y otro, querida mía —dijo él de pronto—. ¿A quién buscas?
—A Alice. Hace más de una hora que no la veo.
—No te preocupes. Una enfermera sabe cuidarse sola, si encuentra
algún admirador problemático. Debe estar mostrando a algunos de los turistas los jardines. Tranquilízate, queridita. Mis manos han sentido lo tensa que estás, ¿por qué?
—Quería dar a Alice la noticia de que Jasper llega mañana en la
noche.
—Por cierto, es una pena que se haya perdido esta fiesta —Edward la condujo a un sofá, porque la música había terminado—. Tendré que organizar otra. Entonces, Jasper y tú podrían pedir sus piezas favoritas, bailar al compás de ellas y revivir su amor. Yo me concretaré a envidiar su juventud y felicidad.
Bella lo miró con ojos interrogadores. Había algo más que una
insinuación de tristeza en su voz. Entonces cristalizó un pensamiento que había estado en el fondo de su mente: si no hubiera sido por Jasper, ¿se habría enamorado de Edward? De pronto sintió que el corazón le latía apresuradamente. ¿Y cuál habría sido la reacción de ella? Sabía que esa misma noche, Edward podía pedirle que bailara más piezas con él, tal vez sugeriría que pasearan por los jardines bañados por la luna. Ella presentía que, de encontrarse a solas con él, tal vez no podría controlar el torbellino de sus emociones. No más, de lo que Alice había podido hacerlo cuando Jacob la acarició. ¿Era esto lo que Tenerife y el encanto de los españoles hacia a las mujeres?
Como si quisiera hacer un último esfuerzo para aferrarse a una ilusión de amor que había pasado ya, trató de convencerse de que era a Jasper a quien amaba y que todavía odiaba a Edward. Si podía evitar la peligrosa luz de la luna y la música que removía sus emociones, entonces, tal vez, lograría sobrevivir esa noche sin sucumbir ante Edward. Debía huir de la tentación.
—Voy a buscar a Alice —le dijo a Edward, apresuradamente—, y
después me iré a acostar a la casa. Tengo un día muy pesado mañana, con la llegada de Jasper y el trabajo en la clínica. Sue se ha marchado ya, creo que me reuniré con ella.
—Quédate un poco más conmigo —el tono de Edward era suplicante—.
Bailemos otra vez, o caminemos por el jardín…
—Buenas noches, Edward —su voz era decidida, pero estaba llena de tensión—. Gracias por una fiesta encantadora.
Para no poder escucharlo si la llamaba, corrió hacia una puerta lateral, cruzó un patio y después un huerto de naranjas y limones. Por último caminó por un prado bordeado de cipreses bañados por la luz de la luna.
Había decidido que Alice, con seguridad, debía haberse ido ya. Si Sue no se había dormido, llamaría al hotel para verificar que había llegado bien.
Alice podría dormir mejor si Bella la tranquilizaba asegurándole que no se le iba a hacer a un lado a causa de lo sucedido.
Había una luz encendida sobre la puerta del frente de la casita. Bella entró calladamente. Se detuvo junto a la puerta de Sue, que estaba entreabierta. Podía oír la respiración regular de su madrastra. Cruzó el vestíbulo y subió a su propia habitación. Tenía todavía puesta la mano en el picaporte de la puerta, cuando iba a cerrarla después de haber entrado, en el momento en que escuchó un sollozo femenino. Su mano temblaba al deslizarse por la pared, para encender la luz.
Al hacerlo, Bella vio a Alice en el sofá-cama, con las sábanas hasta la barbilla, su ropa sobre una silla, junto a la cama, y la sandalia con la tira rota, en el suelo.
—Jacob no me arregló el zapato, a final de cuentas —dijo a modo de explicación. Entonces empezó a sollozar de nuevo.
—No llores, Alice —Bella se sentó a su lado y rodeó con los brazos a su amiga, para consolarla—. Me alegra mucho que hayas venido aquí.
Alice se sentó, con las lágrimas corriendo todavía por sus mejillas.
—No quise volver al hotel. Jacob podía aparecerse ahí… Es
incorregible.
—Me imagino —Bella acarició el cabello de Alice—. Debían
encerrarlo.
—Sí —Alice levantó los ojos hacia ella—. Debo haberle parecido tan fácil de conquistar. Traté de olvidar tu advertencia. Pensé que podía cuidarme sola. Supongo que en realidad quería coquetear, que Jacob me diera un par de besos… todo era parte de la diversión de vacaciones. Además, me sentía tan desventurada, que quería lanzarme a un nuevo romance, para poder olvidar…
—¿Olvidar qué? —preguntó Bella gentilmente.
—Olvidar lo sucedido en Midthorpe…
—Así que eso es… —Bella asintió con la cabeza. Las cosas empezaban a aclararse—. Tuviste un romance desdichado y huiste hacia acá, tratando de olvidar lo sucedido. ¿Alguien a quien conozco? Con razón estabas tan tensa y nerviosa cuando llegaste.
Alice asintió varias veces. Sus ojos habían perdido esa expresión enigmática al decir:
—Lo hice por ti… el huir de Midthorpe, quiero decir. También fue por ti que traté de iniciar un romance casual con Jacob, para no ceder a la tentación de volver a Midthorpe y reanudar todo eso otra vez. Escúchame, Bella, tengo que contártelo todo ahora.
—Creo que lo he adivinado —dijo Bella con suavidad—. El hombre de quién estás enamorada es Jasper.
—¡Sí, sí! Siento un gran alivio ahora que lo sabes. Oh, Bella, me odio por esto. Traté de no amarlo. Y él de no enamorarse de mí. No hubiera sucedido si tú no te hubieras venido… si hubieran estado juntos, viéndose todos los días. ¡Lo siento tanto! No quería robártelo. Y no voy a hacerlo. Por eso me vine aquí, a Tenerife, para huir de él. Oh, no lo culpes, Bella. Él se odia, también. Y… y nada malo ha pasado entre nosotros… sólo nos hemos besado.
Bella hubiera querido alejarse de Alice, o mejor, sacudirla. Pero se sintió atontada por la impresión y a ésta siguió una extraña sensación de alivio. ¿No era todo aquello lógico e inevitable? Un día lluvioso, Jasper se había enamorado de ella en forma repentina, cuando se dirigían al aeropuerto. De la misma manera, un hombre voluble como lo era Jasper tenía que olvidarse de ella, que estaba distante, para enamorarse de su mejor amiga, atractiva, y que se hallaba a su alcance.
De pronto, una gran calma se apoderó de ella. Tomó en sus brazos a Alice, para consolarla.
—No debes culparte de lo sucedido —le dijo con tranquilidad—. Todo va a aclararse, ya verás. Ha sido un ligero golpe para mí, pero creo que lo estaba esperando.
—¡Pero amas todavía a Jasper! —insistió Alice—. Tiene que ser. No pretendas que no es así. Vaya… ustedes están hechos el uno para el otro.
—¿Lo estamos? —preguntó Bella.
—Oh, sí, deben estarlo. Si no hubiera sido por mí, él te habría enviado un anillo de compromiso hace tiempo. Te hubieras casado aquí en la isla, con la pequeña Emmy como damita de honor… y yo te lo he arruinado todo.
—Tal vez me hiciste un favor.
—Oh, no trates de disculparme —Alice levantó sus ojos llorosos—.
¿Cómo podrás perdonarme? Yo no podré hacerlo nunca.
—Pero, nena, seguramente la pregunta crucial es: ¿qué piensa Jasper de todo esto? —a Bella la asombraba lo tranquila y racional que se sentía
—. ¿Está enamorado de ti, o de mí? ¿O de ambas? ¿O no puede decidirse?
—Te ama, Bella. Definitivamente.
—¿Estás segura?
—Oh, sí. Decidí que, a final de cuentas, tenía que estarlo. Le hice notar todas tus virtudes y encantos. Quería arreglar bien las cosas. Le dejé una nota, diciéndole que no quería volver a verlo.
—¿Y entonces huiste hacia acá?
—Sí, no tenía otro lugar adonde ir. Supongo que quería disculparme contigo, hacer algo por reparar el daño. No quiero perder tu cariño ni tu respeto. Y quería que me perdonaras. Pensé que había logrado olvidar a Jasper.
—¿Y Jacob?
—Es gracioso. Cedí a los requiebros de Jacob, en parte, por ti. Pensé que otro hombre podría hacerme olvidar a Jasper. Pero no fue así, por supuesto.
—Ya veo.
Bella se levantó del sofá y caminó hacia la ventana.
La vida de la isla seguía adelante. Pero Bella pensó que la suya, como ella la había planeado, había llegado definitivamente a su fin.
Se volvió con lentitud, para mirar llena de compasión a la desventurada muchacha que se encontraba en el sofá.
—Estás enamorada de Jasper, ¿verdad?
Alice asintió con la cabeza, incapaz de decir nada.
—Siempre lo estarás —Bella puso una mano en el hombro de su amiga
—. Ahora supongo que todo queda en manos de Jasper. No he tenido la oportunidad de decírtelo, pero llegará mañana, en la tarde o en la noche.
Me llamó por teléfono cuando la fiesta estaba en su apogeo —entonces recordó—. Me dijo que tenía algo que decirme, pero se cortó la comunicación.
Alice se estremeció de visible temor, ante la noticia. Entonces dijo, en un tono que no podía disimular el estado de terrible tensión en que se encontraba:
—Seguramente viene con un anillo de compromiso para ti, Bella.
Bajó a toda prisa del sofá-cama y empezó a vestirse.
—O tal vez venga a llevarte de regreso a Inglaterra con él, Alice — dijo Bella con suavidad.
—¡Ya lo sé! Pero no se lo voy a permitir —Alice empezó a ponerse las medias—. No voy a volver a sucumbir de nuevo ante él y encontrar con que te lo estoy robando en tus propios ojos, por decirlo así. Y me odiaré yo misma, mientras viva, por hacer esto… que tal vez no sea capaz de evitar, si me encuentro con él.
—¿Me quieres decir adonde se supone que vas? —preguntó Bella,
poniéndose de pie frente a su amiga, con las manos en las caderas.
—Voy a regresar a mi hotel y antes que Jasper llegue, me iré a otra parte, conseguiré otro empleo.
—Jasper te seguiría…
—No sabrá mi dirección —Alice se estaba colocando el vestido—. No me acercaré a Midthorpe, hasta que tú y Jasper estén bien casados.
—Ya veo.
Bella se propuso pensar con claridad. Tenía que encontrar el modo de convencer a Alice de que no actuara en esa forma impulsiva. Por fin murmuró con suavidad:
—Nunca te perdonaría, si trataras de huir nuevamente. Si Jasper puede enfrentarse a nosotras dos, tú también y debes hacerlo. Esto tiene que ser resuelto por nosotros tres juntos… en una forma tranquila y civilizada. No lo vamos a llevar a cabo si te dejas arrastrar por tus emociones.
Alice dejó de abotonarse el vestido.
Bella abrió un cajón de su tocador y le pasó un camisón de nylon.
—Ponte esto y vuelve a la cama. No te vas a ninguna parte. Vamos, date prisa —hizo que su voz sonara enérgica, casi aguda. Alice empezó a desvestirse otra vez—. Las luces se apagan en diez minutos.
besos y gracias por leer lorena :)
