Pippa Lane

Enfermera en Tenerife (1981)

Título Original: Nurse in Tenerife (1978)

Editorial: Harmex S.A.

Sello / Colección: Julia 7

Género: Contemporáneo

hola chicas aclaro esta historia pertenece a pippa lane yo solo la adapte a los personajes de stephanie meyer (twilight)

Capítulo 15

—¿Por qué estás triste, querida? —preguntó Edward a Bella, en el

coche, cuando se dirigían a la clínica.

—Oh, no sé… supongo que es uno de esos días en que se siente uno

deprimido, sin que haya razón —respondió Bella, con aparente ligereza.

—No tienes razón, efectivamente —dijo Edward, tratando de animarla—. Jacob pronto no estará aquí para molestarte. Tu mejor amiga, Alice, se encuentra en la isla, contigo; Sue se recupera rápidamente y tu Jasper llegará dentro de unas horas.

Los labios de Bella se apretaron. ¡Su Jasper! ¿O de Alice? ¿Y cómo se sentía exactamente? Estaba atontada, tal vez preocupada.

Por fortuna para ella, fue un día de mucha actividad en la clínica y cuando terminó su turno, se sentía cansada. Edward tuvo que quedarse a hacer una operación, así que Bella aceptó el ofrecimiento del dermatólogo de la clínica de llevarla a "Los Arcos".

Cruzó el sendero que conducía a la entrada y, estaba a punto de gritar a Sue, cuando recordó que se había ido a jugar al bridge con sus amigas. Cuando entró, la casa estaba vacía con excepción de Carmen, que estaba limpiando los muebles de la sala.

Bella salió de nuevo y caminó hacia un lado de la casa. Agraves de un espacio libre que dejaban dos cipreses, Bella dirigió la mirada hacia el mar. Era extraño. Este se estrellaba con fuerza contra las piedras. Nunca lo había visto tan turbulento.

—¡Señorita! —oyó la voz de Carmen y la doncella llegó corriendo hasta donde ella estaba—. La andaba buscando —dijo en español—. Venga pronto. La niña Emmy está en peligro.

Bella siguió a Carmen, que gesticulaba y repetía el mensaje, como si temiera no ser comprendida. Señaló hacia el teléfono. Alguien había llamado, sin duda.

—¡Chiripa! —exclamó en cierto momento y se lanzó a una agitada

explicación en español que Bella no comprendió.

¿Había tenido Emmy un accidente en su poni llamado Chiripa? ¿La habían llevado al hospital? Bella hizo las preguntas en su titubeante español.

Carmen sacudió la cabeza de un lado a otro. Entonces tomó un papel y un lápiz y dibujó una especie de mapa, que indicaba un camino que descendía hacia una playa.

—¡Playa Teide! —insistió.

Bella conocía el lugar. La playa era llamada así porque, durante la gran erupción volcánica, que había tenido lugar muchos años antes, la lava del Teide descendió ardiente hacia ese lugar, haciendo un camino que llegaba hasta el mar. La playa estaba llena de rocas y peñascos; la arena era ceniza volcánica que se adhería al cuerpo pero fácilmente se desprendía. Se llegaba a aquel lugar por un agradable camino que cruzaba los bosques y había una vieja casita de pescadores, donde se guardaban artículos para pesca.

—¡Sí, comprendo! —dijo Bella rápidamente.

Salió corriendo de la casa y sacó el auto de Sue de la cochera cubierta de enredaderas. Tal vez Emmy se había caído del poni y estaba lastimada.

Quizá iba acompañada de alguna amiguita y ésta había llamado por

teléfono para avisar lo sucedido.

Bella condujo el coche por caminos que normalmente sólo transitaban jeeps y tractores, levantando nubes de polvo volcánico.

Pronto, no pudo avanzar más. Grandes barreras se interponían en su camino. Estacionó el auto a un lado de éste y empezó a descender por una angosta vereda. Corrió hasta llegar a la playa.

—Emmy! ¿Dónde estás, Emmy?

Gritó con fuerza pero su voz era ahogada por el rumor del mar. Con desesperación miró a su alrededor.

Entonces vio una palabra torpemente escrita en la arena. SOCORRO y junto a ella había una flecha que apuntaba a lo largo de la playa.

—Emmy! ¡Aquí voy!

Siguió la flecha hasta que la detuvo una barrera de peñascos. Más allá de éstos se encontraba la casita de pescadores donde se guardaban las redes. Tras aquélla, se levantaba un alto acantilado. Emmy, tal vez con algún miembro roto, probablemente había logrado arrastrarse hasta la protección de la casita.

Titubeando sólo por un momento, Bella se metió en el mar. Esperó

que el oleaje retrocediera, para darle la vuelta, corriendo, a los peñascos, en dirección de la casita.

—Emmy! —exclamó—. No te preocupes… ya llegué.

Corrió y dio vuelta al picaporte de la puerta. Esta se abrió.

—¿En dónde estás, Emmy?

Miró a su alrededor, en la penumbra del interior. Entonces oyó que la puerta se cerraba tras ella. Dio la vuelta y vio el contorno de un hombre gigantesco, que corría cerrojos y daba vuelta a la llave.

Se movió para quedar frente a ella. Un grito ahogado se escapó de los labios de Bella cuando lo reconoció.

—¡Jacob! Déjeme salir inmediatamente. ¿Qué significa esto? ¿Dónde está Emmy?

Vaciló un momento y entonces el hombre bajó los ojos, como si de

pronto se sintiera un poco asustado ante la enormidad de lo que había hecho.

—Emmy debe estar tranquila en la casa, tomando el té —dijo con voz muy lenta—. La niña no ha estado, ni está en peligro.

—¡Gracias al cielo por eso! —Bella logró recobrar el aliento y sus ojos miraron con desprecio a Jacob—. No le tengo miedo, ¿sabe?

—No hay necesidad de que me lo tenga —la mirada de Jacob era

extrañamente inocente—. No haría ningún daño a Emmy, ni a usted, señorita — su tono era casi de disculpa—. Ese no es mi modo.

—No, pero se valió de un engaño para hacerme venir aquí.

Probablemente le dijo a alguien que Emmy se había caído de su poni y que llamaran a mi casa.

—Sí. Tuve que hacerlo. No pude encontrar ninguna otra forma.

—Pero, ¿por qué?

—Tenía que hablar con usted. Mañana van a mandarme al continente, donde tendré que trabajar en los viñedos, lejos del puerto y de las turistas.

—Es su propia culpa —los ojos de Bella lo miraron con severidad—. No ha querido portarse correctamente. Se le hicieron muchas advertencias. Ahora, basta de tanta tontería. Quiero volver a la casa, con Sue. Abra esa puerta, por favor.

—Todavía no.

—En este mismo instante, si me hace el favor —insistió Bella, y

caminó con decisión hacia la puerta. Se hizo a un lado y aunque ella quitó todos los cerrojos, aquélla siguió cerrada.

—La llave, por favor —exigió y extendió la mano derecha.

Él dio un paso hacia ella y la tomó con fuerza de las muñecas. Bella trató de zafarse.

—¡Suélteme! ¡No se atreva a ponerme una mano encima!

Le dio una patada en una pierna y logró zafarse.

—Lo siento —dijo él—. No quería asustarla. No es lo que había

planeado.

—¿Qué esperaba? —replicó ella—. ¿Qué aceptaría esto como si fuera un picnic y me pondría a conversar amigablemente con usted?

Para asombro suyo, Jacob asintió con la cabeza.

—Traté de arreglar las cosas de modo que no te asustaras, querida — contestó, tuteándola repentinamente—. ¡Te quiero muchísimo!

—¡Me quiere mucho! —repitió ella, en tono de profundo desprecio—. ¡Tonterías! Mire, Jacob, empiezo a cansarme de toda esta absurda

situación.

—Tienes que escucharme —la interrumpió—. Cuando un hombre ama a

una mujer tanto como yo a ti, no quiere lastimarla. Desea protegerla, hacer que las cosas sean maravillosas para ella. Y eso es lo que quiero para ti. Sí, un picnic y una conversación. Es gracioso que lo hayas dicho.

Sacó una caja de fósforos, encendió uno y lo arrojó hacia la chimenea.

La madera empezó a arder inmediatamente y las llamas iluminaron la habitación. En una mesa rústica se veían dos frascos termos y una cesta de comida. Había dos sillas frente al fuego.

Tomó una escoba que se encontraba en un rincón y empezó a barrer; —¡Mira! Estaba arreglando esto, para que estuviera limpio cuando

llegaras.

—¡Un nido de amor! —exclamó ella incrédula—. ¡Grandísimo tonto!

Debe estar completamente loco. ¿Pensaba que podría conquistarme con todo esto, o que iba a lograr que me sintiera menos enfadada con usted? Se está buscando problemas muy serios, Jacob. El doctor Cullen se va a poner furioso con usted por esto.

—Tal vez no —respondió Jacob con una sonrisa tranquila. Se dejó caer en una de las sillas y extendió las piernas hacia el fuego—. Tuvo una larga conversación conmigo. Dijo que me iba a mandar otra vez a los viñedos. Y que la única esperanza de que yo sentara cabeza sería que me casara. Así que, Bella… ¡te quiero! Y voy a casarme contigo…

—¡Muchas gracias! —había más que una insinuación de sarcasmo en el tono de su voz—. Casarme con usted… eso sería lo último que quisiera Edward que yo hiciera. Además, tengo mi novio… Jasper.

—Jasper ya no es tu novio —dijo Jacob—. Alice me lo contó todo. Ella está enamorada de él. Y Jasper ahora la ama.

—Tenemos que esperar para ver eso —tras la seriedad del tono de

Bella había cierto toque de humillación. A estas horas, Jasper venía acercándose a Tenerife. ¿A quién venía a buscar…. a ella o a Alice?

—Si me casara contigo, queridita, sería un buen marido, realmente. Siempre te amaría. Todo mi amor sería tan sólo para ti… y tengo mucho.

—¡Nada más que del tipo equivocado! —replicó Bella.

—El doctor Cullen nos daría una casita —continuó Jacob,

ansiosamente—. Seríamos tan felices, tú y yo, Bella… eres la única mujer que no me ha amado. Y yo te enseñaría a hacerlo, te lo prometo.

Se levantó de la silla y avanzó lentamente hacia ella.

—¡Te lo demostraré! No te asustaré. Sólo te besaré queridita. Al

principio te opondrás… después suspirarás. Y después dirás: ¡Otra vez, Jacob, otra vez!

—¡Ni en un millón de años, tonto!

Lo golpeó en el pechó con los puños, cuando sus brazos se cerraron en torno a ella. Entonces la oprimió con tanta fuerza que Bella no pudo moverse.

—Te prometo una cosa, Bella —dijo Jacob, oprimiéndola tanto que

casi no la dejaba respirar—. Si te beso cien veces, no querrás que me detenga nunca.

El disgusto de Bella se mezcló ahora con el temor. Aquél era un

hombre muy fuerte. Se dejaba arrastrar por la emoción. Aunque aseguraba que no quería hacerle daño, sólo protegerla, ¿no podría perder el control, frustrado por la falta de respuesta de ella?

Volvió la cabeza resuelta, pero él empezó a besarla. Bella se sentía enfurecida ante su propia impotencia.

¿Y si no podía librarse realmente de él? Ese pensamiento la llenó de angustia. No podía resistirse por la fuerza física, así que tendría que usar la estrategia.

—¡Oh, Jacob! —se decidió a decir—. ¡Eres un hombre maravilloso!

De pronto, vio su oportunidad. Cuando los labios de él volvieron a acercarse, ella desvió el rostro a un lado y le hundió los dientes en el lóbulo de la oreja.

Jacob lanzó una exclamación de dolor y la soltó. Ella retrocedió hacia la pared. ¿La iría a golpear? Levantó la mano derecha, efectivamente, pero después la dejó caer a un lado. Bella se arregló el uniforme y levantó la cofia de enfermera que había caído al suelo.

—¡Vaya! —exclamó ella, mientras él trataba de contener la sangre que le escurría de la oreja—. ¿Le convence eso de que no tiene la menor probabilidad de éxito conmigo?

—Sí… sí… sí. Usted no me ha tratado bien. Le digo que la quiero, pero me acusa con Edward y él nos manda a mi mamá y a mí al continente, como exiliados.

—No tengo la culpa de eso —protestó ella.

—Todo lo que quería era conquistar su amor —dijo en tono suave—. Fui un tonto. Está bien. Jacob se da por vencido —dio vuelta a la llave que había sacado del bolsillo—. La llevaré de regreso a su casa.

Abrió la puerta. Bella se lanzó adelante de él, cuando vio que Jacob titubeaba. La marea había subido un poco. Por donde ella había podido pasar alrededor de los peñascos, con el agua a la rodilla, para llegar a la casita, había ahora un mar espumoso y rugiente. Se detuvo, se dio la vuelta y miró el acantilado, desnudo e imponente. Estaban atrapados.

Esta vez fue ella quien tomó la decisión.

—Nos vamos a tener que comer su picnic, después de todo, Jacob —

dijo, tratando de reír—. Tendremos que esperar a que baje la marea.

La enorme mano de él oprimió el picaporte con fuerza, mientras

sostenía la puerta abierta, para que ella entrara de nuevo.

—Nunca había visto el mar tan adentro… —dijo Jacob—. Tuvimos una

tormenta como ésta hace treinta años. Mi madre me lo ha contado varias veces. La casita estaba más cerca del mar, en aquel entonces. Las piedras que fueron arrojadas contra ella la destruyeron. Los tres pescadores que se habían refugiado aquí, se ahogaron. La nueva casita, o sea ésta, fue construida más adentro. Pero aún así, no es un lugar seguro. El mar y las piedras empezarán a golpearla, cuando la marea haya subido.

Bella miró hacia el acantilado.

—No esperará que yo suba por ahí…

—No, por supuesto que no —se estaba abotonando la chaqueta—.

Usted quédese aquí, mientras yo lo hago. Conseguiré ayuda para rescatarla. Entonces podrá subir el acantilado fácilmente, sin peligro.

—¿Antes que la marea arrastre la casita? —preguntó Bella, con temor, apenas contenido.

—Sí. Hay tiempo, si me voy ya —Jacob seguía de pie con una mano en la puerta—. Quédese aquí hasta que la rescatemos, Bella. No trate de subir por él acantilado una vez que me haya ido. Prométamelo.

Ella titubeó. ¿Cuáles eran sus sentimientos ahora? ¿No quería quedarse sola en aquel lugar? Qué extraño. Era la primera vez que Jacob había hecho el papel de héroe.

—Lo prometo —dijo. Entonces, al ver que la oreja le continuaba

sangrando, añadió—: aquí está la llave del coche de Sue. Está al terminar el camino que cruza el bosque. Buena suerte, Jacob.

El joven se lanzó hacia la tormenta, cerrando la puerta tras él. Bella se dijo que debía esperar pacientemente. Se sirvió una taza de chocolate caliente y comió dos emparedados. Arrojó más leña al fuego y encendió el radio. Entonces escuchó un breve boletín de noticias, en inglés, de Gran Canaria.

Consultó su reloj. Jacob tenía quince minutos de haberse ido.

Probablemente ya había terminado de subir el acantilado y debía caminar ahora hacia el auto. Salió a mirar hacia el mar. El oleaje estaba arrojando piedras a sólo un metro de la casita. Entró y cerró la puerta con firmeza. Empezó a caminar de un lado a otro, inquieta, invadida por el presentimiento de que le había sucedido algún accidente a Jacob y que no iban a salir las cosas como él había planeado.

¡Estoy imaginando cosas! se dijo. Tengo que controlarme. O si no

Edward, o la gente que llegue a rescatarme, me va a encontrar histérica.

Demasiado pronto dejó de filtrarse la luz por las ventanas y el fuego moribundo que ardía en la chimenea empezó a arrojar sombras caprichosas y extrañas sobre las paredes burdas. Bella no se atrevió a abrir la puerta, de nuevo, porque el mar y las piedras empezaban a golpear la casita. El agua penetraba bajo la puerta.

De repente, una enorme ola se estrelló contra la construcción y a Bella le pareció que ésta había sido sacudida por el impacto. Empezó a contar cada ola que se estrellaba contra la casa. ¿Sería cierto que la séptima era siempre la más grande? Pero fue la sexta ola la que arrojó una piedra sobre el techo. La siguiente probablemente haría un agujero. Miró su reloj. Jacob tenía hora y media de haberse ido. ¿Qué estaría sucediendo?

Arrastró la mesa hacia un extremo de la habitación. Si el lugar

empezaba a inundarse, se subiría en ella. Un momento después contuvo el aliento. ¿Era su imaginación o había escuchado voces masculinas por encima del estruendo del oleaje y del golpeteo de las piedras? Se quedó escuchando. Sí. Oyó a Jacob, hablando español. Después otras voces: las de Jasper y Edward. Por último, otra voz.

Los hombres penetraron casi violentamente en la casita. Después de esperar un momento a que el mar se retirara, Edward y Jasper, la llevaron corriendo, tratando de evitar las piedras que eran lanzadas por el mar con violencia, hasta el pie del acantilado, que se veía más impresionante que nunca a la luz de la luna. Varias cuerdas colgaban de él. Aseguraron a Bella de la cintura, con dos de ellas, y ordenaron a los hombres que habían permanecido arriba, que halaran.

Cuando estuvieron todos arriba, la mimaron por turnos Jasper y

Edward… Por fin fue instalada en el coche lujoso, rodeada de toallas y frazadas. Edward no se detuvo donde Sue, sino que la llevó directamente hasta la casa grande de "Los Arcos", donde Alice, Tanya y Emmy la estaban esperando. Poco después se daba un baño caliente y le había sido preparada una cama en el mejor dormitorio para huéspedes. Pero como estaba muy emocionada por sentirse a salvo y todos sus amigos estaban abajo, Bella se negó a acostarse. En cambio, se cepilló el cabello, se maquilló, se puso una bata sobre el camisón y bajó por la amplia escalera. A la mitad de ésta, vio que se abría una de las puertas de los salones de recepción y escuchó voces inquietas que hablaban en español. ¿Pasaba algo?

—¿Qué sucede? —corrió hacia Edward.

—Jacob —dijo Edward—. No es nada de cuidado, no te preocupes. Van a sacarle apenas las radiografías. Sospecho que tiene fracturado el fémur.

—¿Qué fue lo que pasó?

Jasper terminó la explicación:

—Insistió en ser el último en subir el acantilado, pero una de las cuerdas se había desgastado por la fricción de las piedras. No soportó el enorme peso de Jacob y se reventó.

—¡Oh, no! ¡Pobre! —exclamó Bella.

—Golpeó contra una saliente —añadió Edward—. Así fue como se

lastimó realmente. Ya se encuentra rumbo a la clínica.

—Lo van a enyesar y a tener inmóvil —comentó Bella—. ¡Cómo va a

detestar eso! Pero lo mimarán mucho, sin duda. Y no tendrá que irse a esos viñedos donde no hay mujeres.

—Todavía no, por lo menos —dijo Edward. Entonces la miró con

compasión—. Me alegra que no sientas ningún rencor contra de él.

En seguida, se reunieron con Jasper junto al fuego, en uno de los salones de recepción más pequeños.

—Voy a llamar por teléfono a la clínica para dar instrucciones acerca de Jacob —dijo, mirando de Bella a Jasper y caminó hacia la puerta.

Ella se sintió casi desamparada cuando la puerta se cerró suavemente tras Edward. Pensó que la estaba dejando sola en la habitación con Jasper, en forma deliberada. De pronto, sus miradas se encontraron y Bella murmuró:

—Edward no parece comprender la verdad —se sentía perdida.

—Creo que sí la comprende —respondió Jasper—. Estoy seguro de ello.

—Pero, ¿cuál es la verdad? —preguntó Bella, volviendo la mirada

hacia las llamas que danzaban en la chimenea.

Él se dejó caer en una silla.

—La verdad, Bella, es que tú y yo hemos dejado de amarnos.

—Sí, Jasper. Yo no me atrevía a admitirlo.

—Y ambos nos enamoramos de otra persona —añadió él.

—Tú de Alice —Bella asintió con la cabeza y entonces sus ojos

parecieron bailar de pronto—, ¡y yo de Edward!

—Sí, y sólo tienes que decirle eso, para convertirlo en el hombre más feliz de Tenerife —Jasper caminó hacia la puerta y gritó—: ¡Edward!

Cuando éste entró, Jasper se digirió a otra habitación y Edward, con los ojos iluminados por la felicidad, cerró con cuidado la puerta tras él.

Se quedó de pie muy cerca de ella.

—Ahora Jasper está en el salón azul, con Alice —dijo Edward con una nota de triunfo en la voz—, y yo estoy aquí, en el salón dorado, contigo. Doble felicidad, ¿no te parece? Las cosas han salido como yo quería, por fin.

—Y como yo también quería —murmuró—. Era lo que había

determinado Kismet, ¿no? —el corazón de Bella palpitaba con fuerza.

—Te quiero, mi amor —la abrazó acercándola a su pecho.

Esta vez ella se sintió feliz de escuchar aquellas palabras. Los brazos de Edward se cerraron en torno suyo, en actitud todavía más posesiva. Una ola de emoción la invadió al decir:

—¡Y yo te amo también, mi vida!

La boca de él descendió sobre la de ella con una intensidad que la hizo comprender que aquél era un hombre que haría demandas que ella estaba ahora ansiosa de satisfacer. Qué gran felicidad le causaba saber que calmaría su soledad y compartiría con él ese fuego intenso de sus deseos. Sintió la tibia presión de su cuerpo contra el de ella, mientras la boca abierta de Edward buscaba la suya.

—Así que eres, en verdad, lo que esperaba que fueras… una mujer

capaz de amar con pasión.

—¿Y Tanya? —murmuró Bella—. ¿Qué papel hará ahora ella en nuestras vidas?

—Puede ser nuestra mejor amiga —contestó Edward sonriendo—. Eso

es, realmente. Ella supo, desde el principio, creo, que yo estaba loco por ti.

Me advirtió que debía conquistarte poco a poco. El matrimonio, por ahora, no entra en los planes de Tanya. Pero algún día, quizá…

Se interrumpió y la miró profundamente a los ojos.

—Te he sido fiel, Bella… desde el momento en que me sonreíste

desde esa fotografía y tus ojos parecieron seguirme. Sin importar en qué lugar de la habitación me encontrara, siempre estabas mirándome. Cuando te la tomaron estabas mirando hacia la lente, probablemente… y tu subconsciente buscaba un hombre como yo.

—Oh, sí, Edward. Estoy segura de que así era —se aferró a él—. Aunque me tomó largo tiempo admitirlo. Y al principio tuve que convencerme de que te odiaba, porque eres dominante.

—La batalla de los sexos.

—Sí, Edward. Eres un hombre al que le gusta mandar…

—Y tú, una jovencita rebelde, de gran carácter.

—Reñimos… —dijo ella, sin aliento.

—Y después nos amamos… así.

La besó con pasión. De pronto, la tomó en sus brazos, la llevó hacia la terraza iluminada por la luz de las estrellas y cruzó con ella el sendero de las magnolias.

Bella temblaba en los brazos de Edward, excitada por el musculoso cuerpo masculino que se movía contra el suyo, mientras caminaba con pasos decididos.

—¿Adónde me llevas, Edward?

Él volvió la cabeza y bajó la mirada para verla.

—Lo verás muy pronto… si no es que no lo has adivinado ya, querida mía.

Ella sacudió la cabeza de un lado a otro, bromeando.

—No lo sé, realmente, Edward.

—Entonces, ten paciencia, amor mío —dijo Edward con voz ronca—. No hagas más preguntas y haz sencillamente lo que yo diga.

La condujo hacia su coche lujoso y la colocó en el asiento para

pasajeros.

Su tono era ahora muy varonil, dominante, casi severo.

—No trates de escapar.

La sorprendía la fuerza bruta natural que había en Edward.

—No me parece que quiera hacerlo…

La emocionó el reto que contenía la voz de él.

—No llegarías muy lejos si lo intentaras.

Había una nota de triunfo en su actitud dominante, una reacción viril hacia la mujer que parecía indefensa, en su poder, pero definitivamente feliz de estarlo. Por su propia voluntad, en ese momento, habría sido su esclava y satisfecho cuantos deseos él pudiera expresar en el juego del amor.

Edward conducía hábilmente el auto por el camino de la montaña, más allá de los platanares y los viñedos. De pronto, se encontraron bajo la luz directa de la luna y en la vasta inmensidad de la cordillera, dominada por la desnudez del pico del Teide. Bella sintió que eran únicos, en este lugar solitario.

Él disminuyó la velocidad. Su apuesto perfil se veía con perfecta claridad a la luz plateada de la luna. Bella notó su grueso y saliente labio inferior, que tenía cierta insinuación de sensualidad. Era en realidad un hombre apuesto, mucho más de lo que podría ser nunca Jasper.

La voz de Edward se hizo profunda y vibrante al decir:

—He revivido cientos de veces todas nuestras escenas juntos, Bella. No ha habido un solo momento desde que llegaste a la isla en que no te haya deseado.

Ella se volvió a mirarlo y sus labios temblaron como reacción de su deseo.

—Te sentías así porque el destino lo había determinado. Tenías razón respecto a Kismet. El destino me trajo de Inglaterra a Tenerife… hasta ti, Edward. Hubo algunos obstáculos que tuvimos que salvar, antes que el camino quedara despejado para nosotros y descubriéramos nuestros

mutuos sentimientos.

Él asintió.

—Ahora puedo bendecir ese momento en que resbalaste, caíste en mis brazos y yo perdí el control. Bueno… ¡casi! Oh, te habrías escandalizado tanto si hubiera hecho en esos momentos lo que deseaba. Besarte, besarte locamente, no detenerme hasta que… —apagó el motor y se volvió hacia ella, con los ojos bailándole intensamente—. En ese instante, quería poseerte, con desesperación. Todavía lo deseo, querida. Así que ahora no me dejaré invadir por el sentimiento de culpabilidad, cuando revivamos ese momento, Bella, ahora mismo… esta vez sin restricciones.

Salieron del coche y se quedaron de pie, a la luz de la luna, con los brazos de él oprimiéndola con fuerza. Edward la miraba, admirando su belleza, y dejando que ella lo hiciera, con los gentiles preliminares de la ternura, antes que estallara el fuego de la pasión y los arrastrara hacia el éxtasis.

Este era el momento que ambos habían anhelado tanto, la mutua

rendición ante la dulzura del amor. Lentamente, porque él estaba ahora prolongando la experiencia en forma deliberada, Edward bajó sus labios muy cerca de los de ella, con infinita gentileza.

—Amor mío, eres la muchacha más adorable del mundo —murmuró y

empezó a besarla.

—¡Te quiero!

Esta vez fue ella quien murmuró, en español, esas maravillosas

palabras. Su amor por Edward era verdadero. Eso que sintió por Jasper fue simple enamoramiento, aunque no lo había comprendido así. Había estado, en realidad, enamorada del amor.

Ahora sabía la verdad. El segundo amor, para ella, era el verdadero y Edward, el hombre para ella. Aunque era una mujer liberada, necesitaba a alguien lo bastante fuerte para dominarla, para insistir en su entrega por la simple fuerza de la masculinidad, que ahora le estaba demostrando en forma tan palpable.

—Ahora, podemos volver ya. ¡No, no camines! —de nuevo el tono de

mando llenó la voz de Edward—. Te llevaré en brazos.

—¡Vas a subir corriendo el Teide conmigo en brazos y me vas a arrojar al fondo del volcán! —Bella se estremeció, fingiendo que lo hacía de miedo.

La oprimió con tanta fuerza que Bella casi perdió la respiración.

—Nos espera un destino hermoso, querida mía, cuando te conviertas en mi esposa. Volaremos a otra isla paradisiaca: Tahití, allí pasaremos nuestra luna de miel.

La llevó en brazos hasta el coche. Este descendió rápidamente por la carretera que bordeaba las montañas, hasta llegar a las puertas de "Los Arcos".

Desde el garaje, Edward llevó a Bella en brazos a través de los prados y arcos cubiertos de enredaderas. Subió con ella la escalinata del frente.

Ella reía, emocionada de que su hombre fuera mucho más fuerte y viril de lo que ella había pensado que era posible. La depositó en un sofá y cayó de rodillas junto a ella, para besar sus manos, su cuello y después reclamar de nuevo el éxtasis de sus labios entreabiertos.

Se casaron dos meses después, en la capilla privada de "Los Arcos". Fue la boda más memorable que recordaba Tenerife.

Esa primera noche en Tahití, Edward parecía un dios cuando se acercó a ella en la playa, al atardecer, mientras el sol intensamente dorado se hundía en las aguas del Pacífico. Había estado nadando y tenía el tronco desnudo, con excepción del lei de cláveles que pendía de su cuello. La tomó de la mano y caminaron por la arena. Él iba descalzo y llevaba puestos sólo unos jeans. Se detuvieron ante el chalet, con techo de bambú, que habían alquilado al hotel de lujo contiguo. Él se quedó de pie, con los brazos cruzados sobre el ancho pecho y las piernas separadas.

Miró a Bella con el anhelo pintado en sus ojos.

—No conocemos a nadie en la isla, querida. Al fin estamos

completamente solos.

La llevó en brazos a través del umbral. La boca de Edward descendió sobre la de ella gentilmente; después lo hizo con una presión que la obligó a abrir los labios. Se estremeció cuando las manos de él empezaron a introducirse en su cabellera. Bella recorrió los hombros masculinos con las puntas de los dedos y después los apoyó en la nuca, para empujar la cabeza de él hacia la suya, con un deseo intenso, que pareció invadirla, en respuesta a la pasión de los besos de él.

—Paraíso, aquí vamos… —murmuró ella—. Juntos, mi amor… ¡juntos!

Fin

besos y gracias por leer lorena :)