¡Reviews reviews! w

Stragela: ¡Siento que tarden tanto en salir los capis!

DarkLady-Iria: ¡Gracias por la beer y el pastel! Intentaré que le llegue a Pru-pru sin que se entere el ruso ;D No recuerdo como encontré lo del pollo, pero me quedé MUY traumada ;_; Fue en plan "Nat, que mujer más cruel eres, que le haces al pobre pollo, que no tiene la culpa" X_D

Jackce: D:! No quería traumarte T^T Espero que aún así sigas leyendo, ¡que ya falta poco para acabar!

Ann Aseera: ¡Claro que sí! Pru-pru es fuerte, y awesome, ¡puede superarlo! Realmente me encanta juntar a Bielo con los dos germanos, creo que hace muy buena pareja con ambos.

¡Y os dejo con el penúltimo capítulo! Sí, señores, el próximo será el último. Aunque me da penita, todo llega a su fin :/


Capítulo cuatro: La decisiva y última semana

En la capital alemana, reinaba el caos. Los nazis estaban perdiendo la guerra. El jefe loco se había suicidado junto con su recién esposa, encerrados en el bunker. La Unión Soviética había llegado hasta el corazón de Alemania.

Ludwig, quien había priorizado la seguridad de los demás por encima de la de sí mismo, estaba frenético. Temía por sus vecinos Roderich, Elizabeta y Feliks, entre otros más, y sobre todo por su hermano Gilbert. Los soldados nazis se negaban a prestarle su ayuda, y no tenía manera de saber si estaban bien, o si habían sido capturados, o algo peor. De repente recordó que tenía un teléfono privado con el que se comunicaba con sus compatriotas, en el despacho de su casa.

Se dirigió hacia allí lo más rápido que pudo. Dejando la puerta abierta de par en par, subiendo de dos en dos los escalones de la escalera hacia el piso superior, con pulso firme descolgó el auricular y marcó el número de la casa de Austria.

No oyó como la puerta de la entrada principal se cerró, ni cómo unos pasos se dirigían hacia él.

Casi suspiró de alivio cuando escuchó que el austríaco descolgaba el auricular…

… Cuando un repentino golpe en la cabeza le hizo caer hacia delante, golpeándose el pecho contra el escritorio, seguido de una brusca caída hacia un lado.

Ludwig era fuerte y resistente, y aunque se sentía un poco mareado, el golpe no le hizo grandes daños. Aturdido, intentó incorporarse y localizar a su agresor, pero éste le empujó y le hizo caer otra vez.

Alzó la mirada, un poco borrosa, pero podía distinguir una enorme figura con una bufanda roja.

- Ivan… - reconoció al instante.

- Privet, Ludwig – saludó el ruso, antes de alzar la tubería ensangrentada por encima de su cabeza y dejarla caer con todo su peso sobre el alemán.

Pero el alemán se había entrenado para el combate, y rodó hacia un lado y esquivó el ataque, aprovechó para dar una patada baja en los tobillos del ruso, quien se desequilibró un poco, aún así éste lanzó un golpe con la tubería en horizontal, que el alemán esta vez no pudo evitar.

Alemania se llevó la mano al hombro. Tenía sangre, pero no era suya, provenía del arma. Con la visión un poco recuperada, el ruso era aún más tétrico de lo habitual. Toda su indumentaria estaba sucia, de barro, ceniza, pólvora y sangre. Incluso la bufanda, originalmente blanca, parecía tintada de rojo. De la tubería caían gotas carmín, y sobre todo, lo más macabro, su sonrisa, la amplia sonrisa bajo la gran nariz.

Ludwig sabía que no podía ganar. A pesar de todos los duros entrenamientos que había superado, su destreza no podía compararse con la brutal fuerza rusa.

- ¿¡Qué es lo que quieres!? – intentó defenderse -. ¡Hitler está muerto! ¡Los nazis se dispersan! ¡Ya habéis ganado esta maldita guerra!

El ruso permanecía impasible. En el exterior, se oían disparos, bombardeos, gritos en alemán, en ruso, avisando de la aproximación de refuerzos aliados. Como no obtuvo respuesta, el alemán continuó hablando.

- Has apresado a mi bruder. Has invadido mi capital. Si lo que esperas es que me rinda, lo haré – se puso de rodillas con las manos en alto, mirando al suelo -. ¡Me rindo, verdamnt!

Para sorpresa para el alemán, Rusia empezó a reír a carcajada limpia. Alzó la vista hacia él, perplejo.

- Que qué quiero, dices – dijo el ruso, divertido, arrodillándose para quedar a la altura de Lud -. Ya tengo lo que quiero – le sonrió tétricamente -. Ya lo conseguí hace cuatro semanas.

Un escalofrío seguido de una intensa mezcla entre rabia, odio y angustia recorrió el cuerpo de Alemania.

- Gilbert…

- Oh, no sabes cuánto te echa de menos – continuó el ruso, perversamente -. Veo que piensa en ti cada vez que le toco, kolkolkol~

- ¡Serás…! – Ludwig se puso en pie y se abalanzó sobre el ruso. La ira que se apoderó de él parecía hacerle más fuerte, y levantó un puño dispuesto a destrozar esa sonrisa que le ponía la piel de gallina.

Pero de repente las ventanas del despacho se rompieron en mil añicos cuando un cuerpo atado a una cuerda se lanzó hacia ellas, y seguidamente hacia Ludwig, que volvió a quedar tendido en el suelo, con el cañón de una pistola entre ceja y ceja.

- Stop right now, you nasty damned German! – le espetó el joven rubio de gafas.

Justo en el momento menos oportuno, hacía su aparición el "héroe" americano. Alemania no tuvo más remedio que poner los brazos en alto y aceptar su ya aceptada rendición, no sin mirar de reojo por última vez al ruso, quien parecía la mar de alegre.

… Y los días pasaron. La guerra acabó. Los nazis que quedaban, huyeron o fueron ejecutados o encarcelados. Pasaron meses y Prusia no regresó a casa. Alemania no volvió a ver a Rusia, Polonia no recibió más cartas, y Austria tampoco ponía de su parte para encontrar al germano.

Así que una noche, después de darle de comer a Gilbird, Ludwig se plantó en su aún destrozado despacho, sacó una pluma y papel de un cajón y comenzó a escribir.


Es corto, pero lo he escrito de un tirón ò.O *huye para seguir escribiendo el último capítulo antes de que la inspiración se vaya*

Como siempre, ¡todo review se agradece! ^^