Disclaimer: Este fic participa en el reto "Solsticio de invierno" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.

Género: Romance/Drama.

Personajes: OC/Rose Weasley (No es de pareja, aclaro).

Rating: "T".

Palabras: 2000 exactas.

Advertencia: Ligero Femmeslash, más bien en referencia de sentimiento, y nada más.

El silencio se apoderó de la sala tras la salida de Rose Weasley por la puerta, en la que se encontraba colocada una guirnalda de un color verde más suave de lo que solía ser. A Rose le encantaban los colores suaves. Los fuertes le llegaban a desagradar, quizás porque lo relacionaba con lo que era la maldad, y los claros con la bondad. Era una tontería en su opinión, pero no se lo decía.

Siendo una cría, siempre había sido una muchacha…no muy agradable. No porque ella se considerase así, sino más bien por el hecho de su comportamiento. Y quizás porque no debería haber sido así con toda la gente que la apreciaba. Con toda aquella que la quería de alguna manera u otra. Con ella.

Los recuerdos volvían a almacenarse en su mente como otros días, pero las navidades eran horribles. Esa era la palabra adecuada. Horribles. Detestaba toda aquella época porque era la favorita de ella. Y la suya en su tiempo también lo fue por la misma razón. Por ella.

Recordaba como en esos años de juventud, se acomodaba entre los cojines del sofá a la vez que escuchaba a su hermano quejarse por la tardanza de su madre en servir la mesa. Y no podía evitar reír por ello.

Anastasia había vivido una vida digna. No le había faltado nada de nada. Si bien sus padres eran demasiado efusivos en esas fiestas, se equilibraba con el egoísmo de ella y la falta de interés por parte de Jacob, el que consideraba esos días como uno más. Al fin y al cabo, esas distinciones las hacía la humanidad, no el concepto en sí del mundo.

Ella siempre recordaba a ese chico con ese carácter. Y si eran parecidos los dos, se llevaban fatal. Quizás como todos los hermanos. Y es que, aunque ella podía ser considerada mujer de moralidad dudable, de él no hacía falta dudar. La frialdad con la que llegaba a tratar a las personas era desconcertante e hiriente. E incluso conseguía llegar a enfadar a su madre, que bendita era con esa santa paciencia de la que Dios le había dotado.

Jacob era contrario físicamente. Su ojos, tan oscuros como el carbón, cuando se posaban en ella lo único que conseguían era provocar un desagrado en su persona. Debía admitirlo. Ese hermano suyo era un gilipollas, y por esa razón evitaba ya celebrar las fiestas con él. Siempre le mandaba una carta a su madre para felicitarla por las fiestas y unos regalos a sus padres por ello. Después de todo, eran su familia, y les quería. Eran lo único que en sí le quedaba en esa vida que presentía como oscura y sin alegría alguna.

Había asumido desde ese fatídico día que nada volvería a ser como antes. ¿Cómo sentirte cuando ves a alguien a quien quieres, mejor dicho, que amas, cayendo desde una distancia considerable? Y con la seguridad de que había sido por culpa suya.

No había sido ella quien había provocado la caída. No directamente, por supuesto, pero se consideraba culpable de ello. Su mejor amiga había muerto de esa manera tras esa discusión que siempre se repetía en su memoria, a cada instante, a cada segundo de su existencia. Esa pregunta que hizo que se estremeciese. Esa mirada de dolor que causó en ella una preocupación que pasó con esas palabras de alivio, indicando que después todo se calmaría.

Lo peor es que eso no se podía calmar. Sus labios se tornearon en una especie de mueca de ironía. ¡Había sido tan estúpida! Se quedó pensativa, posando sus manos sobre sus muslos, quizás rememorando una de esas fechas de navidad.

-¡Detente!

Pero no pudo hacerlo. Seguía corriendo por las calles de una pequeña ciudad al norte de España, más en concreto, de oeste de esta. La humedad se cernía sobre las dos jóvenes que se deslizaban con rapidez por las aceras, mojadas por las inminentes lluvias que parecían no abandonar la zona. La risa resonaba por todo el lugar, llamando así la atención de numerosas personas que se giraban, buscando una explicación ante ese escándalo que se estaba formando alrededor de ellos.

El cabello oscuro de una de ellas se removía en contra del viento, posándose de vez en cuando en la espalda de la chica, que era la que reía nerviosa. Era seguida por su compañera, cuyo cabello, más corto y perfilado apenas se movía ante esa carrera que se demostraba entre las dos. Marta quería detener a Anastasia, pero la chica quería seguir y seguir. Quería volar, olvidar, sentir demasiadas cosas que parecían ser sin sentido alguno.

¿Alguna vez el amor había sido tan egoísta? ¿Alguna vez aquello era denominado amor? Esa tarde habían quedado con otras dos amigas suyas, pero contra todo pronóstico, cuando Anastasia fue a recoger a Marta, salió corriendo en dirección contraria al lugar al que se dirigían, y su amiga no dudó en seguirla tras una breve duda de lo que era correcto y lo que estaba bien.

Anastasia tenía dos cosas claras por aquella época, donde sus catorce años eran algo realmente incontrolables. La primera: Detestaba a sus mejores amigas. La segunda: Quería que Marta las detestase también. Eran ellas dos solamente, y así debía de ser durante mucho tiempo.

Llegaron al acantilado más cercano a sus hogares, e igualmente se encontraban a una gran distancia. Se dejaron caer sobre la yerba, que se encontraba igual de húmeda que el resto de la ciudad. Pero no le importaba. No si así podía relajarse y encontrarse con esos ojos azules claros. Marta se dejó caer también y sonrió.

¿Alguna vez había presenciado una sonrisa tan preciosa como aquella? Por supuesto que no. Eran sus labios torneados ligeramente en una especie de sonrisa, quizás coqueta, quizás sincera. Demasiados adjetivos podía catalogar Anastasia a esa sonrisa que se apoderaba de la joven de cabello ligeramente más claro, de mirada más limpia, de piel algo más oscura.

Si Anastasia se hubiese girado en ese mismo instante para volver a observar el rostro de su amiga, se hubiese percatado de que ella también la observaba. En silencio, sospesando quizás todas esas sensaciones que se acomodaban en su interior. Le gustaba mirar la nariz repleta de pecas de la morena, y esos ojos azules que le llegaban a conquistar. No es que la quisiese ni nada por el estilo, o al menos eso consideraba ella en ese instante. Pero le encantaba poder mirarla detenidamente con el mismo interés que la miraba Anastasia.

El amor es demasiado intenso, demasiado desconcertante y un pelín jodido. Eso pensaba la muchacha cuando volvió a clavar su mirada en el firmamento, cubierto de estrellas que brillaban a lo lejos.

-Qué hermoso es el cielo al anochecer-Dejó escapar la morena, sonsacando una sonrisa de su amiga.

-¿Te has parado alguna vez a pensar cuántas estrellas deben de haber?

-No, pero tienen que ser muchas…-Se quedó pensativa-¿Sabes? Me encanta poder ver las estrellas contigo. Me relaja.

Una sonrisa se amoldó en Marta, que se sonrojó ligeramente por las palabras de su compañera. Carraspeó un poco, buscando con su mano el poder rozar la de Anastasia con suavidad. Fue ese simple contacto de sus dedos lo que causó un estremecimiento en el cuerpo de la Slytherin, que decidió apartarse y girar su rostro con el fin de que la otra no se percatase de lo sucedido. Dejó escapar el aire, con su corazón sobrecogido, para al final volver a mirarla.

Sin embargo, cuando lo hizo, el rostro de Marta se veía compungido y, tras unos breves segundos, se levantó de la húmeda yerba, causando una especie de conmoción en su amiga. El silencio reinó entonces entre las dos, que se sumergían en distintos pensamientos. Marta ocultó sus manos en los bolsillos de su comando, a la vez que Anastasia se levantaba.

-¿Estás bien?-La castaña se sobresaltó, asintiendo.

-Solamente tengo frío-Su voz sonó tan distante que causó algo de desconcierto en la morena.

-¿Estás segura?

-Segura.

Se dirigió por la pequeña colina que se formaba en frente de ellas, intentando evitar acabar llorando. Detestaba sentirse como se sentía. Lo detestaba todo. Odiaba sentir todo aquello que se acumulaba en su interior. Se acomodó mejor la bufanda colocada alrededor de su cuello. Quería que Anastasia no se acercase a ver lo que le sucedía, pero eso era un imposible. Siempre lo hacía. Cuando la veía decaída, allí estaba ella, quizás con un carácter un tanto difícil de tratar, pero con un sentimiento honesto de preocupación.

-Me estoy preocupando mucho por ti. Últimamente te noto tan…

Se quedó congelada. ¿Acaso se habría percatado de sus sentimientos? ¿Acaso sería consciente de que se moría por poder tocarla sin el temor de acabar besándola? Tenía que quitarse esa idea de la cabeza.

-Estoy bien. Es solamente que tengo algo de frío. ¿Vamos?-Anastasia asintió-As…

-Dime, Marta-Susurró cariñosamente, apartando un mechón rebelde de su rostro.

-¿Siempre juntas? ¿Pase lo que pase?-Su mirada era tan intensa que se hubiese muerto del placer allí mismo.

Bajo ese día de navidad, en el acantilado de la ciudad, dos jóvenes se observaban con tal intensidad que serían capaces de prender fuego a cualquier cosa, de hacer que la rosa permaneciese bajo la tempestad. Sus alientos intercambiándose. El frío congelándolas. Pero eso no importaba. No importaba mientras solo existiesen ellas dos. Y nadie más.

¿No era eso el amor en navidad? Esas parejas que parecían quererse con locura. Solamente tendrían unos catorce o quince años, pero lo que sentían era amor. Ese que se denomina del bueno. Ese que es verdadero, de personas que se corresponden mutuamente.

-Siempre juntas. Te lo prometo.

Y esa noche, sellaron esa promesa con una sonrisa que quería decirlo todo, y a la vez, nada. ¿Quién les diría todo lo que vivirían después? ¿Quién les contaría que ese amor perduraría por mucho tiempo?

Y como sucedió, esa promesa no se llegó a cumplir"

Rose llegó a casa algo cansada de la cena. Se había despedido de Dan a la entrada de su casa y después se dirigió a su piso. Suspiró, frustrada, al ver todas las cosas tiradas por el suelo. Los platos y los jarrones rotos, al igual que las cortinas, esparcidas por el suelo. Se acercó a la mesita del salón, que le sorprendió que estuviese entera. Allí estaba la misma nota de siempre desde hacía tres años: "Mañana lo reparo todo".

Y sabía que sería así. Al día siguiente se despertaría con todo arreglado, pero eso no le conformaba. No al saber que su mejor amiga se encontraba en ese estado. En ese dolor que parecía ya una enfermedad. Dejó la nota sobre el sofá para acercarse a la habitación de su compañera y, así, presenciar como la joven se encontraba acurrucada en la cama de su cuarto, con una foto en su mano.

Sabía perfectamente quien era la chica que aparecía en la imagen. Con esa sonrisa sencilla y con esa risa que aparecía al moverse. A su lado, se encontraba una Anastasia más joven. Un encuentro fugaz de miradas. La foto que demostraba perfectamente que ese amor existía. Que no era inventado.

Salió entonces de la habitación, dejando la puerta entreabierta, dejando así pasar la luz. Segundos después, se podía presenciar como una sombra se adentraba en el lugar, en silencio, sin ser tan siquiera descubierta.

Anastasia proseguía sumergida en el mundo de los sueños, donde se encontraba de nuevo con ese amor de adolescencia, el que sería su amor eterno. Marta sonrió. A veces le gustaba visitar la Tierra para poder verla a ella. Y para intentar ayudarla a superar ese mal trago. Se encontraba en el marco de la puerta, contemplando esa belleza que tanto le había enamorado.

Y si era cierto que ella misma sufría al no seguir adelante, sabía que no podría hacerlo. Que no podría proseguir sin ella. Y que, cuando llegase el momento, sería ella la que le rodease entre sus brazos, bajo la crónica de un amor doloroso.

Nota de la autora: Al fin está acabado. Los personajes: Dan, Tim, Anastasia y Marta son de mi propiedad.

Como habréis comprobado, el primer capítulo muestra el lado positivo, celebrar las navidades con gente a la que quieres y aprecias. La segunda, en cambio, es el recuerdo de un amor antiguo, y como las navidades no siempre traen momentos de felicidad. Creo que he escogido bien a la hora del relato. A Rose con su chico, feliz, y a una Anastasia sumergida en el dolor. Recuerdo que Dan apareció por primera vez en "Amor se llama el juego" y Marta y Anastasia en la historia "Anastasia".

Espero que os haya gustado. La verdad es que a mí me ha encantado volver a escribir sobre las dos chicas emparejadas y, sobre todo, haber escrito de Dan y Rose, que creo que en la otra historia se quedó algo inconcluso xD En fin, muchas gracias por leer. Un beso y suerte a todos en el reto.