Prompt: Vacaciones.
Autor: Hessefan.
Género: Bl.
Clasificación: M.
Extensión: 10.180 palabras [Dividido en dos]
Resumen: Él los había metido en ese brete, creyendo que se trataba de algún Amanto causando problemas; nadie le había hablado de cuerpos devorados vivos y esas cosas acojonantes. ¿Shinpachi estaba asustado? Si era así ¿de qué, o de quién? ¿De Pie Grande o de Gintoki Sakata? No podían considerarlas unas vacaciones, estaban allí por un trabajo peligroso.
Notas: llamar a alguien "Señor fulano-san" es una redundancia que da calambre, dado que de por sí el "san" significaría "señor" (o vendría a simbolizar lo mismo). Sin embargo los chicos lo emplean para mostrar un desmedido respeto. Algo así como "Mi Señor fulano-señor" XD Aclarado esta intrascendencia, pueden empezar a leer.
PARTE A.
El sentido de la vista era burlado en campo abierto, no había más puntos de referencia que la misma nieve cubriéndolo todo de manera uniforme, y los arboles, puestos como al azar en medio del camino, no servían tampoco para orientarse. Solo les quedaba confiar en las estructuras fabricadas por la mano del hombre: un puente, el camino del que se habían desviado y el cartel. La naturaleza sabía ser muy traicionera.
Habían decidido caminar en línea recta hasta donde estaba el letrero que a la lejanía lucía diminuto. No querían distanciarse demasiado del pasaje artificial, para no correr el riesgo de acabar extraviados en la montaña. Ya habían pasado por esa experiencia en el invierno pasado y preferían no repetirla.
—Gin-chan, tengo mucha hambre…
—Yo también, tonta, pero hay que aguantar hasta que lleguemos.
—Aunque desayunamos bien, a mí también me está entrando hambre —dijo Shinpachi en un murmullo.
—Bueno, si tienen hambre, yo hice unos bocadillos antes de salir de casa —Otae abrió el bolso, pero no alcanzó siquiera a mostrar su arte culinario que los demás la frenaron.
—¡Y-Yo puedo esperar, hermana!
—Creo que no tengo tanta hambre, depende —Kagura estudió el contenido de la caja metiéndose el dedo enguantado dentro de la nariz.
—Prefiero morir de inanición a comer algo que tú-
—¡Entonces muere! —exclamó, estampándole en la cara la caja de obento.
Mientras Gin se contorsionaba en el suelo con violentas arcadas, Kagura y Shinpachi alcanzaron la cima de esa loma para llegar hasta el bendito cartel. Juraban que de lejos parecía estar más cerca.
—¿Qué dice, Shinpachi? —preguntó Gin, arrastrándose tras él—Estoy ciego —se frotó los ojos, en un intento fútil por suprimir los horribles efectos secundarios de la comida de Otae.
—No veo nada sin los anteojos… —se quejó, ajustándoselos y cayendo en el detalle—¡Uh! Los tengo puestos.
—Idiota —Kagura lo miró entre ojos.
—"Aguas termales Mizukai a cuatro kilómetros" —leyó, ignorando el insulto de su amiga—, no estamos tan lejos.
—Bien, pero todo lo que veo es nieve, Shin-chan —se preocupó Otae—. Si hubiéramos pagado la diferencia, el bus nos hubiera dejado en la puerta, pero claro —reflexionó cerrando los ojos y alzando las cejas—, el tacaño de tu jefe apenas tiene para pagar la clase turista.
A su lado Kagura adoptó la misma pose que la jefa y asintió, conforme con lo que decía.
—¡Nadie te pidió que vinieras, por empezar! —despotricó Gin en la cara de ella, mientras los otros dos se alejaban con paso tranquilo hasta lo que parecía ser una pequeña cabaña—¡Este es un viaje por trabajo y con Shinpachi me arreglaba solo, tú no tienes nada que ver con la Yorozuya!
Otae aprovechó la distancia que habían tomado los otros dos para aferrar a Gintoki de la chamarra y levantarlo en el aire.
—Escúchame bien, infeliz… —el aura que la rodeaba era una asesina—, ni pienses en tomarte esto como unas vacaciones o una pequeña luna de miel, ¿me oíste?
—¡¿De qué hablas?! ¡Suéltame, mujer gorila! —era impresionante la fuerza que tenía, pataleaba en el aire en vano.
—¡Tú y yo sabemos muy bien de lo que hablo! —Lo soltó, haciendo que cayera como una bolsa con cebollas sobre la nieve—Sueñas si crees que podrás aprovecharte de él. No mientras yo esté aquí.
Sin decir más, porque sentía que había dejado ese punto muy en claro, siguió a los jóvenes con el fin de averiguar en la cabaña hacia donde debían caminar para llegar a las fuentes termales. Gintoki tosió y trató de recuperarse, estaba acojonado, porque Otae lucía más psicópata que de costumbre, parecía una asesina serial y él una pobre víctima.
Shiroyasha puede temerle a fantasmas, a dentistas, a arañas y, recién descubría, a Tae Shimura, ¡y se rehusaba a temerle a esa mujer por muy bien adiestrada que la tuvieran los gorilas de montaña! Desde ya que si estaba allí era por trabajo, ¡ninguna luna de miel o sandeces similares! Vale, que lo pensó, no lo iba a negar, pero tampoco lo iba a confesar en voz alta y así adelantar su muerte.
La cabaña en cuestión tenía las ventanas tapiadas, no parecía haber signos de vida alguna. Golpearon la puerta, tocaron la campana, batieron palmas, hasta que al fin alguien asomó por una de las aberturas.
—¡¿Qué quieren?!
Gintoki alzó una ceja, en ese pueblo no eran muy dados a recibir a los visitantes con formas cálidas, linda manera de promover el turismo en esa zona.
—Disculpe, necesitamos saber cómo llegar a las aguas termales Mizukai…
El ruido de la puerta siendo destraba los llevó a dar un paso al frente, pero esta no se abrió; el anciano apenas se asomó, con los ojos rojos bien abiertos, parecía un viejito demente y asustado.
—¿Son de la Yorozuya, cierto?
—S-Sí —en ese punto eran ellos los que empezaban a temerle al anciano—¿Somos famosos o… algo así? —rió Gin, tratando de lucir casual.
—Pues, solo a ustedes se les ocurriría venir dada la situación —asintió—, son conocidos como "los idiotas que vienen a cazar al Pie Grande"
—Oh, qué bonito gesto de parte de la gente del lugar llamar así a quienes vienen a darles una mano —terció Shinpachi con desagrado.
—Es que… —continuó el viejo, en un murmullo—, han habido muchas víctimas… es —negó con la cabeza, aterrado—horrible, yo lo vi con mis propios ojos… ¡horrible! La carne en la nieve, el olor de…
—¡Ya, hombre! —gritó Gin, entre asqueado e impresionado, ¿se habían metido en la cueva del lobo?— ¿Dónde queda el condenado lugar?
—Nunca mejor dicho "condenado" —opinó el anciano—. Suban esa pendiente, verán carteles de "peligro, no pasar", sigan por ahí —al ver la cara de desconfianza de los tres, agregó—, esos carteles están por el Pie Grande. Ahí fue donde más cadáveres se encontraron, por eso… Pero si siguen por el sendero de piedra darán con el Mizukai.
—Gracias, señor —Otae le regaló una reverencia, pero el anciano ni siquiera respondió. Cerró con brusquedad la puerta, como si temiera que con el frío también se colase el monstruo que los tenía tan aterrorizados a todos.
Gin tomó aire y dio la vuelta, cuando se topó con la expresión de los otros tres levantó las manos clamando por piedad. Ya, él los había metido en ese brete creyendo que lo del Pie Grande era algún Amanto causando problemas; nadie le había hablado de cuerpos devorados vivos y esas cosas acojonantes.
—Después de lo de Oiwa no me dirán que están asustados —Trató de alentarlos con una sonrisa.
Entre los tres empezaron a pegarle, por idiota. Hasta que se cansaron y, dejándolo desangrándose en la nieve, subieron la cuesta para ir hacia la zona que en teoría estaba prohibido pasar por ser considerada el hábitat del Pie Grande o lo que fuera que se estuviera alimentando de los aldeanos.
—¡Me rehúso a ser el almuerzo de Pie Grande, Gin-chan! —Se lamentó Kagura, sin dejar de caminar más adelante para seguirle el paso a su amiga—. ¡No sin antes haber conocido el amor!
—Habrase visto, ¿qué clase de jefe es que no les importa exponerlos a esta clase de peligros?
—¡Despreciable! —volvió a quejarse la chica, de acuerdo con las palabras de la jefa.
—¡Ey, cuando llamé por teléfono nadie me habló de víctimas o cadáveres! —intentó defenderse otra vez, pero sentía que el argumento era el mismo de siempre.
—Chicas, será mejor que caminemos los cuatro juntos, digo… por las dudas —propuso Shinpachi.
La mañana se había ido con esa pequeña excursión y aunque faltaba para la noche, no podían evitar sentirse inquietos con la idea de seguir deambulando por allí, una vez que llegara. El sonido del viento atravesando las copas de los árboles, el de las respiraciones de cada uno y el de las pisadas, era suficiente para mantenerlos alertas y conscientes de la situación. Cualquier ruido era amplificado por el eco: el de una rama quebrándose en la copa de un árbol por el peso de la nieve o el leve roce de la ropa al caminar, algo tan trivial como eso era motivo suficiente para sobresaltarse.
Al fin lograron dar con la bendita -o maldita, tomando en cuenta las circunstancias- fuentes termales. Para esas alturas del día, Kagura había considerado con seriedad comer lo que la jefa había cocinado, o bien matar a alguno de sus compañeros para alimentarse de su carne, en tal caso siempre se le podía echar la culpa a Pie Grande. Comenzaba a ver las ventajas de estar allí.
El lugar no era para nada ostentoso, pero por tratarse de una zona poco atractiva para los turistas, suponían que estaba bien. El dueño, un hombre de mediana edad, los atendió con agobio, pidiendo disculpas por la desconfianza.
—De verdad, no había preparado ninguna habitación porque no pensé que fueran a venir.
—Mientras pague… —Gin alzó los hombros.
—Claro, como ve este es un lugar muy humilde. Si la gente deja de venir por miedo, no nos queda nada —las arrugas de su cara lo avejentaban aun más—. Estamos considerando con mi familia mudarnos, pero… nuestros ancestros vivieron aquí y… nos gusta. No quisiéramos tener que irnos.
Una señora regordeta con el pelo rubio recogido apareció, les dedicó una angustiosa sonrisa y les avisó que enseguida les prepararía dos cuartos para que pudieran descansar. El hombre mandó a su hija a que fuera a preparar el almuerzo, mientras Kagura estaba contorsionándose en el suelo de dolor luego de haber acabado con la ración de comida que había preparado Otae.
—¡Resiste, Kagura-chan! —le rogó Shinpachi, al borde de las lágrimas—¡Hermana, rápido, el antídoto!
—¿Qué antídoto? Shin-chan —murmuró afligida—, ¿estás insinuando que mi comida-?
—¡Te dije que no lo hicieras, idiota! —reprochó Gin, tomando el menudo y flácido cuerpo de la niña entre los brazos—¡¿Qué le diré a tu padre?!
—Dile que… fui feliz, Gin-chan —sonrió—… fui feliz a tu lado.
—¡Llamen a una ambulancia! ¡No, mejor a un monje, es demasiado tarde! —reflexionó el jefe—¡A un exorcista; podremos salvarla, estamos a tiempo!
—¿Señor, señor? —lo llamó el dueño, poco conmovido por la escena dramática que se estaba desarrollando en la sala de su hotel—Si quiere recostarla en una cama, una de las habitaciones ya está lista.
Como era lógico solo prepararon dos; era fácil llegar a la conclusión de que los hombres dormirían por un lado y las mujeres por el otro, sin embargo Otae se encargó de dejarle bien en claro a Gintoki, con tan solo una mirada letal, que estaría muy atenta. Que no se atreviera a faltarle el respeto, ¡al menos no con ella en la habitación de al lado! Porque así como los escuchaba haciendo "cosas raras", Pie Grande sería Heidi al lado suyo.
Almorzaron y se dispusieron a acomodarse dentro de las pequeñas habitaciones antes de salir a buscar información sobre el mentado monstruo. Dormir una siesta, luego de haber pasado toda la mañana caminando, sin descontar el mal sueño a la noche por el viaje en clase turista, parecía ser lo más idóneo.
—Bien, ¿qué lado quieres? —preguntó Gin dándole a elegir, lo notaba absorto, demasiado serio para lo que ya de por sí era.
—Este está bien —era el que más cerca estaba de la puerta, en caso de necesitar salir corriendo.
—Genial, si Pie Grande entra por esa puerta a comernos, serás el primero.
—¡Te cambio!
Gintoki rió, negando con la cabeza. Extendió el tatami sin dejar de espirar de reojo el extraño comportamiento de Shinpachi, lucía preocupado. ¿Estaba asustado? Si era así ¿de qué, o de quién? ¿De Pie Grande o de Gintoki Sakata?
—¿No vas a dormir un rato? Nos espera un día largo, será mejor descansar para estar atentos por la noche.
—¿Vamos a dormir?
Gintoki encontró la pregunta algo extraña, arqueó las cejas y se echó boca arriba.
—¿Quieres hablar? —Shinpachi negó con la cabeza y después de acomodar unas pocas cosas que quitó de la mochila se quedó sentado, encogido de piernas en la mitad de su tatami—. Ey, ¿pasa algo?
El chico no respondió enseguida, parecía estar buscando en su cabeza las palabras idóneas, pero por más que intentaba hallarlas, solo se encontraba con una sopa de palabras.
—Gin-san —murmuró, juntando coraje para seguir hablando—¿te atraigo?
—¿Eh? —se incorporó con tanta celeridad que se mareó. Si Shinpachi estaba actuando raro, en ese momento no supo qué mote ponerle.
—Que si te gusto —intentó mirarlo, pero apenas lo hizo por sobre su hombro para seguir mirando al frente.
—¿A qué viene esa pregunta? —la risilla se le escapó, sin pretender ofenderlo.
—Porque… ya ha pasado un mes y —carraspeó, no era fácil hablar de ello—, no me has puesto un solo dedo encima, pensé que… no sé, que como íbamos a estar solos, que te ibas a aprovechar.
—Pues no —se sentó, cruzándose de brazos—, pese al mal concepto que tengan de mí, no soy esa clase de persona.
—¿Entonces? No entiendo nada, Gin-san —ahora sí, giró para mirarlo y encararlo de frente—, ¿no te gusto? ¿Es eso? Sé sincero… no me voy a ofender.
Mintió, porque a decir verdad le dolería saber que Gin había hecho todas esas maravillas por culpa o gracias al alcohol; lo cierto es que había aceptado acompañar a Gin a realizar ese trabajo, sabiendo el peligro que corría compartiendo un cuarto a solas con él, significaba mucho para Shinpachi.
No era muy difícil de ver, por más que fuera un joven adolescente, por más que no tuviera experiencias de ese tipo, no era idiota. Tenía muy en claro que Gintoki era un hombre, con sus experiencias en el tema; no iría a jugar al novio, a sostener una relación de manitas sudadas y sonrojos, besos indirectos y cursilerías.
Shinpachi había aceptado ir teniendo muy presente que Gintoki Sakata se lo follaría hasta hacerlo sangrar. Así de burdo como sonaba en su cabeza, porque así sería… ¿verdad? Después de todo se trataba de Shiroyasha.
—La verdad, Patsuan —se desordenó con una mano los de por sí desordenados bucles—, me sorprende —dijo, cuando pudo reaccionar.
—¿Qué es lo que te sorprende? No soy tonto —dijo, para reforzar lo que él mismo se había mentalizado, para erigir esa coraza alrededor de sí mismo que le daba una quimérica protección, para lograr la valentía necesaria y así enfrentar esa situación—Si no te gusto, lo entiendo. Si hiciste todas esas cosas porque estabas necesitado y te has arrepentido, está bien… yo también soy hombre y sé lo que es estar así… —continuó con firmeza—, pero me tienes a la espera de algo que nunca llega —lo miró, sonriéndole con lástima, pero lástima hacia sí mismo—, es horrible, Gin-san. No sé qué piensas al respecto, qué es lo que quieres, ni sé qué…
—No quiero lastimarte, es eso —alzó los hombros, silenciándolo. No quería seguir escuchándole hablar de esa manera, no le gustaba que tuviera esa visión—. Tengo miedo de… —era difícil confesarlo— de hacerte algo de lo que después me arrepienta, ¿entiendes?
—No.
El mayor suspiró, acomodándose mejor en el tatami para hablar de la situación, había llegado el tan temido y aletargado momento.
—No quiero arrepentirme, Patsuan —no sabía si hacía bien en ser tan sincero con el chico, pero se lo debía. Al menos eso le debía—. Todo esto empezó casi por azar y la verdad es que… no sé qué quiero, ni qué espero —lo miró en la penumbra, Shinpachi lucía tan triste que tenía ganas de abrazarlo y consolarlo, pese a comprender que ese estado era su entera responsabilidad—, solo sé que no quiero hacer nada que sea irreparable. Por eso… —expiró el aire, de manera exagerada—, mierda que estás cosas son difíciles —gruñó, insatisfecho consigo mismo—. No es que no quiera follarte, ¿vale? Es solo que tengo miedo de que después no sepa cómo seguir, tú ya lo sabes… soy un jodido desastre y… —ahora estaba envalentonado y nada parecía ser capaz de frenar su perorata—si fueras una mujer cualquiera, sería más fácil, pero eres Shinpachi. Ese es mi problema, que eres Shinpachi.
—Entonces…
—Me prometí a mí mismo que no iba a tocarte hasta que tú no estuvieras de acuerdo —asintió—, eso no quiere decir que no me muera de ganas.
Estuvo conteniéndose todo ese tiempo, esperando a que fuera Shinpachi quien lo propusiera, incluso sabiendo que eso podía tomarle una década. No le importaba, quería ir a su ritmo, eso le daría un poco de tiempo para pensar bien en lo que hacía con el niño.
No quería hacerle creer en algo que no existía, no hasta estar seguro de lo que él pretendía de todo eso. Si solo se tratara de sexo, genial… su vida sería mucho más sencilla.
—Qué idiota —Shinpachi negó con la cabeza, perdiendo la mirada.
—¿Lo dices por mí?
—No, por mí —rió apenas—… pensé que ibas a aprovechar cada oportunidad, pero en tu casa tuvimos muchas oportunidades y jamás pasamos de… —le daba un poco de corte decir en voz alta lo que hacían—ya sabes… esas asquerosidades que me haces hacer de vez en cuando.
—Tú… —fue cayendo poco a poco en la cuenta—¿viniste pensando que yo…? —arqueó las cejas, la sonrisa en sus labios fue algo bribona—O sea, analicemos esto —propuso, cual científico—, tú creías que yo iba a aprovecharme de ti y aun así aceptaste —al ver que el chico asentía no pudo ocultar su regocijo—, eso quiere decir que Patsuan… ¿quiere?
El chico alzó los hombros en un gesto algo infantil, se rascó el cuello, nervioso, y luego carraspeó. No había contestado con palabras, pero por su postura era claro que estaba dispuesto. ¿Cómo no estarlo? Era un joven sano de dieciséis años, con la libido despierta por culpa del degenerado que estaba sentado a su lado y que no había mostrado reparos en enseñarle y experimentar con él el sexo sodomita. Excusa de nenja y wakashu mediante, que no se la creía nadie, dicho sea de paso.
—P-Pero… Gin-san —Trató de frenarlo cuando el otro se le fue al humo. Intentó hablar, pero su jefe había colado las manos por entre las prendas y trataba de morderle la boca—, déjame hablar.
Un grito femenino atravesó el campo abierto alertándolos. Se pusieron de pie de un salto y salieron al pasillo, donde Kagura -media dormida- y Otae, trataban de entender qué había sido eso.
—¡¿Ustedes están bien?! —preguntó Gin, relajado al ver que el grito no era de ninguna de ellas dos. Era lógico, pues aquel alarido había sonado como si viniera de lejos, traído por el viento.
—¡Gin-san, ¿adónde vas?! —Shinpachi trató de seguirlo.
—¡Quédate con ellas y hagan el trabajo que yo no hice: busquen más información! —propuso, echando a correr—¡Yo iré a ver!
Para él no se trataba de ningún monstruo legendario, con seguridad -ponía las manos en el fuego por ello- era algún Amanto causando problemas; a veces se colaban aliens o animales exóticos en las naves que causaban serios inconvenientes.
Su instinto lo llevó a correr por la nieve empuñando el bo, atento a cualquier ente que surgiese de entre las ramas dispuesto a comerlo. Se dio cuenta de que corría sin ton ni son, no podía dejarse guiar solo por una corazonada. El grito podía provenir de cualquier parte y la tormenta había empeorado. Miró hacia atrás, para asegurarse de que la cabaña seguía siendo visible.
Olfateó el ambiente, reconociendo el característico aroma de la carne recién desgarrada. La sangre era fresca y el cadáver, si es que ya lo era, no debía estar muy lejos. Corrió unas ramas de lugar, dejándose guiar por el aroma, hasta que vio una masa uniforme. No le costó reconocer que era un cuerpo destrozado. La cabeza de un cervatillo pendía apenas de unos colgajos que lo mantenían unido al torso. Las patas habían sido masticadas, de una manera que le hizo pensar que ese Pie Grande o lo que fuera, tenía una boca tan ancha como para devorar entero a ese animal.
El asco lo invadió. Había estado en el campo de batallas, rodeado de cadáveres, de compañeros con heridas abiertas, despidiendo ese mismo aroma a muerte y desesperación. No tenía miedo, pero sí recelo. No le gustaba evocar esos recuerdos.
Algo se acercaba, como un animal corriendo a toda prisa dispuesto a envestirlo. Aferró más el arma de madera, apretando los dientes. Cuando creyó que el enfrentamiento era inminente, una figura de cabello rubio se abalanzó sobre él, llorando y gimiendo.
—¡Tranquila! —Intentó asistirla, no le costó reconocerla como la hija del dueño de la posada, era jovencita, quizás más que Kagura. Era apenas una niña y estaba aterrada—¡Tranquilízate, estás bien, estás a salvo! —buscó consolarla, sin tener la certeza de fuera cierto lo que le decía—. Ven, volvamos.
La ayudó a caminar porque las piernas no le respondían y no sabía hacer otra cosa más que temblar y balbucear. Lloró y gimió de horror durante todo el camino. Gintoki no dejaba de preguntarse qué era lo que sus ojos de niña habían presenciado para estar en tal estado de shock.
Al llegar su madre la recibió, tan alterada como ella la abrazó, la retó por haberse ido en semejante situación y, en un acceso de contradicción, le llenó la cara de besos, aliviada de verla con vida, para después cachetearla por desobedecer.
Gin parecía ser invisible para las dos mujeres, miró hacia atrás como si esperase ver en la inmensidad de la nada alguna figura que explicase lo que estaba ocurriendo allí. Volvió a mirar la chica, quien lo observaba con los ojos llenos de espanto.
—Dime lo que viste.
—E-Era horrible —gimoteó ella, aferrándose más a su madre—, era un demonio. ¡Pelo, tenía mucho pelo en los pies y… una boca horrible! —tragó saliva—sus ojos eran… como el infierno y… había sangre y carne a sus pies.
—¿Tenía figura humana? —La chica asintió, hundiendo la cara en el pecho de la mujer— ¿Qué hacías tú allí?
Ella pareció sorprendida con esa pregunta, no respondió y en cambio se lo quedó mirando como si de repente él fuera el monstruo que los acechaba, lo que le dio a pensar a Gin.
—Responde, hija… ¿qué hacías sola en la montaña?
—Fui a… comprobar que el Pie Grande no existía.
—Ah… Hime-chan —murmuró la madre, afligida—, entiéndala —le pidió al muchacho—, no quiere alejarse de este lugar, tiene a todos sus amigos aquí, y ya no sabe qué hacer para evitarlo.
Pareció sincera, tratarse de una simple travesura infantil, un arranque peligroso de fatua valentía. Ahora sabía que no era broma, que el Pie Grande existía, o algo que era en verdad lo que causaba aquellas muertes.
—¿Yorozuya-san? —preguntó la señora al ver que les daba la espalda para irse.
Recién en ese momento Gintoki guardó el bo, demostrándose a sí mismo lo tenso que la situación le ponía. Volvía a decirse que no por miedo, sino por desconocimiento. No saber ante qué o quién se enfrentaba podía ser muy peligroso. No hay nada peor en un campo de batallas que no conocer al enemigo.
—Entren y no salgan de la posada —indicó con calma—; tienen a una yato con ustedes, a un chico que es un excelente samurái y a una mujer que fue criada por gorilas. Quédense cerca de ellos y estarán bien —se alejó por el camino artificial—. Volveré en unas horas.
Cuando la mujer entró de vuelta a la cabaña en compañía de su hija, les avisó a los demás que Gintoki se había marchado al pueblo, quizás para buscar más información. Shinpachi estaba inquieto, pronto se haría de noche y aunque no dudaba de la fortaleza de Gin, no podía evitar preocuparse por él.
—¿Cuántas víctimas hubo hasta el momento? —preguntó, ya sentados en la sala, con un té frente a él y galletas.
—Pues… —fue el hombre quien decidió contestar, la madre estaba muy ocupada tratando de asistir a su hija—, hasta ahora siempre hay al menos una víctima todos los días.
—¿Humanos?
—¡Oh, no!… que yo sepa. Bueno —terció con desagrado—, han desaparecido niños. Se han encontrado trozos de sus ropas desgarradas y cubiertas de sangre, pero ningún rastro de sus cuerpos.
—Santo cielo —Otae se llevó una mano a la boca, asqueada.
—Y los cadáveres que han encontrado, han sido todos de animales entonces.
—Ajá —asintió, notando que el chico parecía discurrir sobre algo consigo mismo, no tardó demasiado en seguir con aquel interrogatorio.
—¿Podría hacerme una lista de los animales?
—Pues, sí —alzó los hombros, no le encontraba sentido a esa petición—, si eso sirve de algo.
—Por favor —asintió.
En pocos minutos, Shinpachi había creado unas pequeñas estadísticas sobre los hábitos alimenticios del monstruo en cuestión. Los cadáveres que hallaban eran todos de cervatillos o animales más grandes, como osos. Al ahondar en detalles más escabrosos, a tal punto que Kagura lo llamó necrofílico, llegó a la conclusión de que cuanto más grande era el animal, más difícil le resultaba a Pie Grande digerirlo.
Por eso hallaban cadáveres de ciertos animales más enteros y reconocibles que los de otros. Habían desaparecido también todos los perros que andaban sueltos por la zona, sin contar que casi no había gatos.
Podía tratarse de algo que se alimentaba de un solo bocado, pero que no debía tener una boca lo suficientemente grande para ser capaz de devorar algo del tamaño de un oso. Partiendo desde los cervatillos, por supuesto.
No se los había comido, porque no los había podido digerir y por eso habían hallado los cadáveres. Ciertamente, pensó Shinpachi, sus conclusiones eran terroríficas además de repugnantes, pero se enfrentaban ante algo que era grande o de un tamaño considerable, pero ¿cómo no habían podido verlo desde que llegaron? Aparte, ¿se trataba de uno solo? ¿Por qué debían dar por hecho que se enfrentaban a un solo Pie Grande y no a una familia completa, mamá, papá y Piecito Grande?
A esa reflexión había llegado en silencio, mientras veía la tarde morir.
—Gin-san, ¿dónde estás?
Como si su murmullo hubiera sido oído por él, Gintoki se acercaba por el camino con un par de paquetes bajo el brazo. El muy bastardo se había ido a gastar el poco dinero que tenían mientras ellos estaban en una situación espantosa, con el corazón en la boca.
—¡¿Me compraste sukonbu, Gin-chan?! —preguntó Kagura con emoción, atajando al vuelo el pequeño paquete que su jefe le arrojó a la distancia.
—¿Averiguaste algo? —Shinpachi se incorporó del sillón para seguirlo por detrás hasta el cuarto que compartían.
—Sí, que es de hábitos nocturnos. Así que esta noche saldremos de caza, Patsuan —le palmeó la espalda para darle ánimos y se echó a descansar sobre el tatami.
—¡¿Q-Qué?!
—Lo que dije —reiteró con desánimo, metiéndose un dedo dentro de la nariz mientras hurgaba entre los paquetes para dar con los dulces—. Los cadáveres son hallados durante las primeras horas de la mañana, eso quiere decir que come durante la noche.
—¿Tú quieres salir en la tormenta de nieve durante la noche para ir detrás de algo que no sabemos qué es? ¡¿Estás loco o te volviste estúpido de golpe?! —se sentó en el suelo tratando de hallar su centro. A veces le costaba entender cómo funcionaba la cabeza de Gin.
—Mira, si te soy sincero —habló, con la boca llena de gominas—, creo que estamos acojonados por nada.
—¡¿Por nada, Gin-san?!
—¿Ey, cuántos animales salvajes se alimentan de otros animales salvajes? —preguntó con presunción.
—¿Y la descripción de este…?
—Eso es lo que más me llama la atención; incluso me mostraron un dibujo del monstruo en cuestión, es por eso que esta noche quiero ir a visitar la casa de Pie Grande.
—¿La casa de…? —vio que Gin asentía—Eso quiere decir que la gente sabe dónde está…
—Tienen miedo, pero lo han visto merodear y algunos aseguran que vive en una cabaña no muy lejos de aquí.
—Bien —asintió con seguridad. Si iba a hacer esa locura en compañía de Gin-san, no tendría miedo—. Esta noche iremos, pero preferiría dejar a Kagura con mi hermana y la familia de la posada.
—¡¿Estás idiota o qué?! ¡Sin Kagura no voy solo ni al baño! —refunfuñó como un niño pequeño, demostrando que pese a su coraje en realidad estaba aterrado con la idea de ir a hacerle una visita al monstruo, como si se trataran de meros vecinos pidiendo un poco de azúcar en la madrugada.
—Se queda —fue tajante—, si el monstruo se aparece aquí, mi hermana sola no podrá.
—¡Pero necesitamos de un monstruo para contrarrestar otro monstruo!
—Se queda con ellos —reiteró con firmeza y desafiante.
—¿Quién nombró jefe al ñoño? —Le hundió la nariz con un dedo—Yo soy el que da órdenes.
—Entonces vete con ella y yo me quedo.
—No, no, no —terció estirándose para tomarlo de la muñeca y evitar que se marchara, lo había pensado mejor—, no quiero arriesgarla tanto en una situación como esta; tú eres muy listo y sabes interpretar mis movimientos.
Como todo samurái digno de llamarse como tal; habían librado tantas luchas codo a codo que no necesitaban de palabras para entenderse. Con Kagura todo era destrucción y muerte. Necesitaba de Shinpachi para tener otro tipo de fortaleza que no tenía con Kagura, con ella buscaba el tipo de fortaleza: "tumbaré un ejército a pura fuerza bruta".
Era un tema delicado y no quería terminar corriendo por el bosque, sin ton ni son, con un Pie Grande acechándolos y con Kagura inconsciente en sus brazos por haberse comido un hongo envenenado.
—Estoy de acuerdo —aceptó Shinpachi con una sonrisa orgullosa.
Les comunicaron a los demás su decisión y llenaron sus estómagos de comida, en palabras de Kagura, la última cena que tendrían antes de convertirse en la de Pie Grande. Sí, Kagura sabía reconfortarlos y llenarlos de valor. Les dio el más sentido pésame en la puerta y con un par de linternas y un bolso pequeño a cuestas, emprendieron la caminata hacia lo que sería la morada de Pie Grande… o lo que fuera.
Me pregunto si hay alguien del otro lado XD
Estaba releyendo este capi para subirlo y las luces de mi casa empezaron a prenderse y apagarse, me cagué en las patas ¡jajaja! Debe ser cosa de la electricidad, espero...
