PARTE B.
A medida que sus pies se internaban más y más en la espesura de la nieve y de la noche, Gin se arrepentía de su decisión. Miró a Shinpachi, buscando ver en su rostro una expresión amena que esfumara esa intranquilidad en él.
No dejó de decirse durante un buen trecho del camino que no debió haberlo llevado consigo, pero conociéndolo sabía que de todos modos Shinpachi no aceptaría que fuera solo a realizar esa locura. Insistiría y encontraría la forma de colarse con él. Si Kagura no lo había hecho, había sido porque entendía la responsabilidad que recaía en ella de cuidar a la gente que allí vivía; sin embargo no dudaba de que a ella también hubiera querido ir con él.
Ambos siempre se preguntaban lo mismo: ¿por qué Gin siempre tenía que librar las batallas más duras solo? Ellos también querían acompañarlo y ser su sostén.
Caminaron tratando de evitar internarse en el bosque, sin embargo el mismo sendero los iba llevando poco a poco, hasta terminar bordeando los árboles. Era como si el mismo bosque estuviera embrujado y tratara de engullirlos.
No tuvieron más opciones que caminar por un sendero cerrado y repleto de vegetación. Cada ruido, propio de los animales nocturnos, les erizaba los pelos de la nuca. Con ahínco pensaba que daba más terror enfrentarse a un enemigo invisible, que enfrentar a un enemigo descomunal y fuerte.
El sonido de la hierba siendo pisada los llevó a pegarse uno con el otro, se fundieron en un abrazo que los hundió en la ignominia; estaban actuando como dos cobardes, luego de salir de la posada con la frente en alto como el soldado que va a la guerra a morir con vanidad.
Algo se arrastraba por el suelo, pero la luz de la luna era débil y no lograba filtrarse del todo por entre las copas de los árboles; estas se mecían al compás del viento, mientras la nieve caía, cubriendo de un blanco brillante aquellas partes que la vegetación más alta no protegía.
Algo se arrastraba por el suelo, sin embargo ellos no podían verlo. Shinpachi apenas sintió un jalón en el tobillo izquierdo antes de vaticinar una catástrofe.
—¡Gin-san! —Al gritar, se dio cuenta de que no habían abierto la boca desde que dejaron atrás el hospedaje. Trató de tranquilizarse, diciéndose que seguramente su pie se había enredado con alguna rama, no obstante el tirón fue tan fuerte que acabó por tumbarlo al suelo.
—¡Shinpachi! —Gin sacó el bo y corrió hacia él tratando de alcanzarlo, sin embargo algo jalaba con fuerza del chico, tragándolo hacia al corazón del bosque.
Al correr unas ramas ante Gintoki apareció una figura monstruosa; la boca bien abierta, por donde cabía un pequeño cervatillo, mostraba una hilera de dientes irregulares y filosos. Hedía, despedía un olor nauseabundo a carne putrefacta y babeaba un líquido oscuro que comenzaba manchar las prendas del chico que intentaba devorar.
Gin se obligó a reaccionar antes de que fuera demasiado tarde, no era la primera vez que se enfrentaba a algo similar, pero por algún extraño motivo, quizás porque era de noche, porque estaban en el bosque, porque no sabía todavía qué demonios era esa cosa, no fue como cortar al pulpo Pece de ese príncipe idiota. Sí, podía ser una mascota digna de Hata, ¡pero por Kami, que acojonaba!
Cortó las enredaderas que se habían apoderado de Shinpachi. Los gritos del chico parecieron suficientes para despertar al bosque. Los animales empezaron a correr y a gemir, pero algo los estaba devorando en la oscuridad.
Gin se acercó a Shinpachi para asegurarse que estaba bien, más allá de aterrado y casi en shock. Miró hacia los costados con desesperación, sabía que el peligro no había terminado. Dicho y hecho, fue su turno de ser apresado por unas garras invisibles. Le habían enredado el cuerpo y lo arrastraba, el joven vio como el samurái al que admiraba, era "devorado" por la tenebrosidad del bosque.
Corrió para tratar de socorrerlo, sabiendo que si esas enredaderas tenían la fuerza suficiente para neutralizar a un oso, la suya sería inútil. Haría lo que pudiera para salvar a Gin-san, aunque no tuviera la fuerza, encontraría la manera o moriría intentándolo. De golpe, todo movimiento cesó; el agarre aflojó y ante ellos se materializó una pesadilla peor que la vivida.
Unos ojos rojos, demoniacos, los contemplaban en un claro. Los cuernos sobresalían por encima de la cabeza y los dientes rechinaron, mientras la boca mostraba una macabra sonrisa. Era un sujeto, parado en sus dos piernas, con figura humana. El grito de los hombres fue a coro.
—¡Pie Grande!
—¿Sakata-san? —el sujeto se acercó a los samurái que, echados en el suelo, ya se habían encomendado a Dios pidiendo una muerte misericordiosa e indolora.
—¡Aléjate! ¡No soy comestible! —gritó Gin, aferrando a Shinpachi contra su pecho para sacarlo del camino de la bestia, mientras trataba de arrastrarse hacia atrás para tomar su bo y pelear.
Un momento, ¿Pie Grande lo había llamado por su nombre?
—Sakata-san, soy yo… su vecino.
—¿H-Hedoro-san? —Shinpachi pestañeó, de golpe no supo si prefería estar ante Pie Grande o ante el vecino de Gin-san.
—Qué alegría, esta vez llegué a tiempo —murmuró con alivio acercándose más a ellos, pero los chicos no dejaban de tratar de alejarse de él—. Es peligroso estar en este bosque de noche. Ellas son de hábitos nocturnos —dio la vuelta, mirando por el rabillo de su ojo diabólico—, síganme… si no quieren morir esta noche.
—¡S-Sí, Señor Hedoro-san! —dijeron los dos al unísono poniéndose de pie, más aterrados que al principio.
No lo dijeron, pero era evidente que les convenía seguir al Amanto si no querían morir. En manos de esas criaturas o de Hedoro mismo, en tal caso sentían que el destino sería el mismo.
—La cabaña en la que estoy pasando la temporada de invierno no está lejos de aquí…
—Ah, q-qué alegría —rió Gin, con nerviosismo.
En el camino, Hedoro trató de ponerlos al tanto. No se atrevieron a preguntarle de buenas a primeras qué había ido a hacer allí en el bosque, pues temía encontrarse con alguna horrible realidad, algo como que él era quien se había estado alimentando de los niños y animales desaparecidos hasta la fecha.
Sentados en la reconfortante cabaña de Hedoro, con sendas tazas de chocolate en la mano, supieron que el Amanto solo estaba allí recolectando semillas.
—Me enteré que alguien tenía semillas de esta planta…
—¿Dice que… estas plantas son las que han estado aterrorizando a la gente?
—Mires como lo mires, Shinpachi —le dijo su jefe, susurrándole en el oído para que solo lo escuchara él—, es evidente que es Hedoro quien ha estado aterrorizando a la gente.
El Amanto estalló en escalofriantes carcajadas.
—La gente me teme y cree que soy Pie Grande —estaba acostumbrado al rechazo, por eso le agradaba su vecino, él lo aceptaba como era y lo trataba con amabilidad—. Lo cierto es que llegué para recolectar semillas de esta planta. ¿Sabe, Sakata-san? Son plantas que provienen de otro planeta, así que es claro que alguien debió plantarlas.
—Y son carnívoras.
—Efectivamente —le respondió al chico de anteojos—, se alimentan de animales pequeños, una vez que lo hacen se desintegran, se convierten en abono, para poder dar vida a otra planta… lo lamento mucho —se mostró afligido, pero de una manera que les inspiró terror—, creo que algunos humanos también fueron víctimas. Niños —especificó.
—¿Y tú vienes a buscar estas plantas? —Gin no daba crédito a lo que oía—¡Te digo, Shinpachi, quiere conquistar el mundo con estas criaturas!
—Claro, imagine Sakata-san —argumentó a su favor—, estas plantas son muy peligrosas para la vida en este planeta, no son de aquí. Las semillas se pueden exportar para que sean plantadas en su planeta natal, donde paradójicamente están en peligro de extinción —se mostraba muy apenado por el revés.
—Entonces… —concluyó Shinpachi—no está tratando de erradicarlas.
—Oh, no —se negó de manera rotunda—, después de todo es una vida, ¿cierto? —Reflexionó—En su naturaleza se alimentan de carne, como lo hacemos nosotros. Como lo hacen ustedes. Como lo hago yo…
Lo último les hizo fruncir la frente y bien fuerte ciertas partes de su anatomía. Se habían encogido en el sitio, preguntándose si acaso Hedoro se alimentaría de ellos esa noche.
—Aunque soy vegetariano —aclaró con una sonrisa macabra—. No es su culpa ser lo que son —continuó el Amanto—, estuve internado aquí, buscando la forma de extraerlas de la tierra sin lastimarlas. Descubrí que en su seno está la semilla, una vez que la quitas, la planta se desintegra, pero sigue viva en la semilla. Es decir, que puede ser trasplantada —se puso de pie y les enseñó lo que sería la mentada semilla, de forma ovalada no era más grande que una pelota de tenis—. Es por eso que no puedo irme de aquí hasta no haber quitado todas las semillas.
—Lo entendemos —terció Shinpachi, el ligero temblequeo de su voz delataba sus nervios.
—Sin embargo…
—¿Sin embargo? —alentó Gintoki, notando que tenía la mano entrelazada con la de Shinpachi y que ambas sudaban copiosamente.
—Es como un yuyo —suspiró—, no dejan de crecer y de crecer. Es algo de nunca acabar, y ya casi no quedan animales en el bosque. Por suerte no pueden arrastrarse a grandes distancias, aunque sus extremidades, las ramas que ustedes vieron —especificó—, son sensores que les sirven para atrapar a sus presas desde lejos. Son muy peligrosas.
—¡Tú eres peligroso! —murmuró Gin.
—¿Decía, Sakata-san?
—¡Qué entiendo lo peligroso que es!
—Estuve estudiando en mis libros —señaló una pila acumulada en un costado del cuarto—, y se llaman Molbol, se reproducen a través de su reina. Son como las abejas —detalló—, de una nacen miles. Debo encontrar a la reina en el seno del bosque para que deje de reproducirse. De esa manera lograré terminar este trabajo y podré volver tranquilo, sabiendo que no habrán más víctimas inocentes.
Cuando Hedoro se puso de pie, ambos no pudieron evitar soltar un chillido poco masculino. El Amanto caminó hasta ellos envuelto en la penumbra del cuarto, su rostro grotesco era iluminado con debilidad por una lámpara a querosene. Miró por la ventana, soltando un suspiro lánguido.
—La tormenta ha empeorado —fijó la vista en ellos, penetrándolos con sus ojos rojos—, será mejor que pasen la noche aquí. Es peligroso que salgan ahora.
—¡S-Sí! ¡Se lo agradecemos! —dijo Shinpachi mientras su jefe trataba de sonreírle al Amanto en señal de agradecimiento.
—Les prepararé un cuarto, espero que no les moleste tener que compartir la cama, no hay suficientes mantas y no querrán morir congelados.
—¡No, no queremos morir, señor Hedoro-san! —Gin se puso de pie, arrastrando consigo a Shinpachi. Siguieron al Amanto a una distancia prudencial, les dejó todo para que se hicieran la cama, una al estilo occidental, y se fue, cerrando la puerta y deseándoles las buenas noches.
Ni siquiera a solas pudieron sentirse aliviados. Permanecieron en el lugar, abrazados uno al otro, hasta que se aseguraron de que el Amanto estaba lejos de la puerta. Podían oír las pisadas alejándose y la madera rechinar a cada paso; luego, la única luz que se colaba por debajo de la puerta, se esfumó.
—¡Ayúdame a correr este mueble, Shinpachi!
Entre los dos movieron un armario hasta colocarlo frente a la puerta. Ninguno de los dos quería ser asesinado por el Amanto en mitad de la noche. Luego de esa pequeña faena, pudieron respirar con alivio. Se sentaron en la cama, relajando el cuerpo.
Gin se quitó un poco de ropa para acomodarse bajo las mantas, Shinpachi en cambio permaneció unos segundos en el mismo lugar, hasta que el otro lo llamó.
—¿No vas a acostarte? Sé que la situación no se presta, pero debemos descansar… —silenció, llegando a una errada conclusión—Ey… ¿te pone incómodo compartir la cama conmigo? No voy a dormir en el suelo si es lo que esperas. Hace frío.
—Nada de eso, tarado —se arrastró para llegar hasta la punta de la cama y acomodarse junto a Gin—; no es la primera vez que algo así me pasa, pero… creí que moriría, Gin-san, vi mi vida pasar ante mis ojos.
Gintoki sonrió. Sí, la verdad es que habían pasado por un momento horrible. No es que no hubieran tenido momentos así en el pasado, pero la experiencia no quitaba que de todos modos, en el umbral de la muerte, la situación les hiciera replantearse desde la razón de su existencia, hasta lo más intrascendente, como lo que les hubiera gustado comer antes de morir.
—¿Ves? Es peligroso estar cerca de mí.
Shinpachi chistó, sabía que en el fondo no lo decía enserio, solo le gustaba hacerse el dramático de vez en cuando.
—Si no hubieras estado ahí, esa planta me hubiera devorado. Como en tantas otras ocasiones. Así que no te hagas…
—¿Qué no me haga qué…? —Pasó un brazo por debajo del cuerpo del chico para atraerlo más a él y abrazarlo.
—Gin-san…
—Ahora todo es distinto —murmuró en sus labios—, últimamente, cada día que pasa, es más difícil. Tú… —lo besó, apenas un roce de labios—Kagura… me lo hacen más difícil.
—¿Qué tiene que ver Kagura con-? —no pudo terminar la frase porque Gintoki no había tenido mejor idea que aprovechar esa abertura para meterle la lengua dentro de la boca.
—Mucho —respondió, estrechándolo más para demostrarle que ni un Amanto con sed de sangre, que ni una planta carnívora, ni Pie Grande era capaz de apagar ese fuego—, porque cada día que pasa, hay más cosas que quiero proteger y más grande es la ambición.
Shinpachi frunció el ceño, no estaba con la mente despejada para interpretar a Gin-san, así que se dejó llevar, tratando de no pensar en nada que no fuera en el cuerpo desnudo de quien era su frustrado intento de jefe.
—Gin-san…
—¿Qué?
Shinpachi lo miró, la luz de la lámpara en el cuarto seguía prendida otorgando una claridad difusa. Negó con la cabeza, sonriendo y hundiendo el rostro en pecho del hombre. No quería arruinar ese momento preguntando idioteces u obviedades; si iba a pasar algo, pasaría, porque ambos así lo querrían.
A decir verdad desde hacía más de un mes que esperaba un momento como ese, y aunque habían estado a solas en varias oportunidades desde ese primero de enero, Gintoki nunca se había mostrado tan afectuoso como hasta entonces. Siempre llegaba hasta un punto y frenaba, buscando algún pretexto vano para tranquilizar las hormonas y no arremeter contra el joven.
Ahora era Shinpachi quien no sabía ni quería controlarse. Todo ese tiempo se había preguntado si acaso, Gin-san, se había arrepentido. Si todo lo ocurrido había sido producto del alcohol y de la fecha tan particular, una época que siempre obliga a las personas a hacer esos horribles balances, a replantearse la vida, las oportunidades perdidas, las metas no cumplidas.
Algo de eso hubo, aunque Gintoki jamás se lo admitiera para no herirlo, sin embargo nada de eso importaba ya en ese momento. Ni Shinpachi se lo preguntó, ni Gin tampoco lo precisó, no obstante quedó claro que algo trascendental iba a ocurrir cuando el hombre tomó distancia para hurgar en la pequeña mochila que cargaba y sacar un pequeño pote de lo que parecía ser gel íntimo, sabor frutilla.
—Ya lo tenías pensado, ¿cierto? —Shinpachi lo miró entre ojos—Pervertido. En esta situación… —¿Acaso pensaba hacérselo en la nieve, mientras Pie Grande les masticaba la cabeza?
Riendo como el perro Patán, Gin no le respondió, al menos no con palabras, y en cambio le quitó los lentes y empezó a desnudarlo, dejando el pequeño frasco a un costado sobre el colchón. A medida que iba descubriendo la piel del chico, podía notar cómo se estremecía, erizándose al más leve estímulo, fuera con la yema de los dedos, con los labios, la respiración o con la lengua.
Trató de ir suave, antes de que esa alimaña dormida en él despertara del todo asustándolo. Le encantaba verlo desde ese lugar: Shinpachi estaba a su merced, desnudo y con las piernas abiertas, atento a cada toque.
El pene, en un principio flácido, iba endureciéndose ante la ávida mirada del mayor, produciendo su propia excitación. Una fuerza arrolladora amenazó con arruinar clima tan especial, pero Gintoki supo controlarla a tiempo.
Se contentó con tomar entre los dedos la erección de Shinpachi y darle un placer que conocía, que ya le había dado con anterioridad sin haber ido más lejos.
Esa noche no sería igual.
Se quitó la ropa, desviando por ese breve instante que le tomó hacerlo, la atención del cuerpo del chico, hasta que volvió a ocupar el lugar entre las piernas de este. El roce directo de la piel, tan solo eso, les hizo gemir. Era claro que para ninguno de los dos serían suficientes las caricias de siempre, caricias que a veces eran manotazos y apretones violentos.
—No me dejes marcas, Gin-san, por favor —rogó, empeorando la situación.
Gintoki gruñó, sin poder controlar la fuerza de sus manos, apretó hasta dejarlo marcado, mordiéndole el cuello y la clavícula, llegando a los pectorales. Shinpachi no tenía fuerza de voluntad para reprochárselo o siquiera apartarlo. Se quedó jadeando en el sitio, afiebrado.
Había dejado de temblar, tal vez buscando relajarse para permitirle a Gin tomar más confianza, una necesaria para comenzar con la parte más difícil, pero a la vez más exquisita, de toda esa labor.
Como una forma de indicarle que estaba listo y que ya no aguantaba más tanta espera, estiró una mano y acarició el pene endurecido del mayor.
Gintoki lo miró a los ojos y le sonrió, contento de ver como el chico, pese a su timidez, daba ese gran paso tomando la iniciativa. Lo besó en los labios antes de empezar a acariciarlo de la misma manera en la que lo hacía con él. Sin embargo sus manos no se concentraron solo en el falo erecto, bajaron hasta las redondeces que, siendo coronadas por una mata de vello, se habían endurecido. No frenó, hasta que sus dedos dieron con esa zona inexplorada. Estaban secos, por eso antes de entrar debía humedecerlos.
Buscó el pote de gel y untó dos dedos ante la mirada extraña que le dedicaba Shinpachi. Le sonrió, tratando de demostrarle a Gin-san que estaba bien, sin embargo su rostro no tardó en contorsionarse en una mueca de malestar cuando un dedo intentó violentar el orificio cerrado.
Con besos, caricias y sin palabras, fue abriendo con lentitud hasta dilatar lo suficiente. Dos dedos parecían ser suficientes, debían serlo porque Gin sentía que ya no podría aguantar mucho más.
Se relamió internamente antes de quitarle la mano a Shinpachi para que dejara de masturbarlo, o todo acabaría ahí. Se acomodó mejor, buscando que la punta quedara atrapada en ese calor acogedor que le regalaban las nalgas de Shinpachi.
Supo que debía relajarse si quería darle placer a Gin-san, y ciertamente, después de ese primero de enero, quería dárselo. Sentía que estaba en deuda con él, por enseñarle ese mundo extraordinario repleto de sensaciones excitantes, lo tabú de encontrar placer en la mano, la boca y el cuerpo de alguien como Gintoki. Así que respiró hondo cuando Gin tomó una de sus piernas para acomodarla sobre el hombro.
Hundiendo la cara en el pecho del chico para atrapar entre los labios una de las tetillas, empujó un poco. Shinpachi ahogó el quejido y Gin se lo reprochó con suavidad.
—No te contengas…
Sin embargo Shinpachi no quería acabar gritando en la cabaña con Hedoro en ella. Aunque las habitaciones estaban lejos, debían admitir que ni el lugar ni la situación se prestaban, ¡pero joder! Gin estaba entrando sin pausa y sin clemencia dentro de él, el grito estaba en su garganta. Era una mezcla de dolor con placer, esa magnánima sensación lo invadía al saber que era su propio cuerpo el que le estaba haciendo gemir a quien se mecía sobre él, con esa expresión de gloria en la cara.
Era una seriedad que solía verle a Gin-san cuando entablaba fieras batallas y la mera comparación acabó por perturbarlo. Le alteraba la idea de que desde ese momento ya no pudiera verlo pelear sin sentir como el pene le crecía en los pantalones.
—Gin-san…
—¿Te duele mucho? —frunció el ceño, le dolía incluso a él—Ya casi está toda adentro.
Asintió, antes de intentar responder.
—No pares…
Eso fue lo que necesitó para dar rienda sueltas a ese demonio interno. Tomó ambos tobillos de Shinpachi y buscando una posición más cómoda, empezó a arremeter una y otra vez. Era un delicioso suplicio para el chico sentir como ese pene abandona su cuerpo, para después violentarlo de nuevo.
Los gemidos y los quejidos se fundieron en uno, mientras Gin trataba de alcanzar esa cima, sin despegar la vista de la imagen de Shinpachi. No podía creer que ese chico que al principio juzgaba de insulso pudiera darle tanto gozo.
El orgasmo fue devastador, lo vació y lo sació por completo. Se dejó caer, pesado, sobre el cuerpo de Shinpachi, satisfecho y feliz de estar así con él: Oyendo su entrecortada respiración y el latido acelerado de su corazón.
No era momento para descansar. Salió del interior de Shinpachi arrancándole un quejido de dolor, se escabulló hacia abajo y, apenas sus labios tocaron el glande, Shinpachi se descargó por completo. A comparación de las veces anteriores, Gin no salió del lugar hasta no haber tragado hasta la última gota.
Se sentía en deuda con Shinpachi, se sentía agradecido por darle algo más que sexo; por darle un afecto que no se merecía. Podía ver cariño en esos ojos que lo contemplaban entre asombrado y agradecido.
No hubo palabras acarameladas, ni frases hechas. No hacía falta decir nada. Ni siquiera se dieron las buenas noches; apenas atinaron a abrazarse y besar la parte más cercana que tenían del otro, Gin la frente transpirada de Shinpachi, y este, la barbilla del mayor. Desnudos, sucios y entrelazados, se quedaron dormidos. El cansancio los había hecho sucumbir, demasiadas emociones en tan corto lapso.
Sintieron que fue un abrir y cerrar de ojos, porque no pasó mucho hasta que la luz del sol les dio en la cara, junto al golpe en la puerta.
—Sakata-san, Shimura-san —murmuraron del otro lado, atemorizándolos cuando cayeron en la cuenta de dónde estaban y a merced de quién—. Pronto estará el desayuno.
—¡Nosotros seremos el desayuno! —murmuraron los dos.
Se miraron más despabilados y tomaron distancia en silencio para vestirse. Una vez listos se presentaron en la sala, donde el Amanto bebía de un café con leche.
Estaban tan asustados que no pudieron tragar bocado, sin embargo ambos estaban de acuerdo en acompañar a Hedoro en busca de la reina, sentían que no podrían irse en paz sin asegurarse de que el peligro había sido erradicado.
—Hay una niña que viene cada tanto por aquí —murmuró Hedoro, una vez afuera y caminando por la nieve, un poco más adelante que los otros dos—, gracias a ella supe donde está la reina. La seguí…
—¿Una niña rubia? —preguntó Shinpachi.
Hedoro volteó para mirarlo y asentir. Sin razón aparente, Shinpachi dio un paso atrás, chocando con el pecho macizo de Gin-san.
—Creo que ella plantó esa semilla, quiero decir —explicó— a la reina. Ha venido varias veces, supongo que para ver cómo crecía. La reina es una planta muy bonita, a diferencia de sus "hijas".
—Con razón —chistó Gintoki, ahora entendía mejor las razones que había tenido la niña para estar en el bosque la tarde anterior.
—Ayer casi la devoran viva, llegué justo a tiempo, pero no pude hablar con ella… salió corriendo apenas me vio.
—Me pregunto por qué —terció Gin con ironía.
—No estamos lejos de la cueva —fue lo último que dijo Hedoro antes de sumirse en un silencio a medias. A medias, porque el sonido propio del bosque interrumpía sus pensamientos, poniéndolos a la defensiva.
El Amanto ya les había aconsejado que no bajaran la guardia porque, aunque eran de hábitos nocturnos, también podían atacar de día si se las molestaba; así habían desaparecido muchos niños.
—¿Estás bien, Patsuan?
El aludido lo miró con una expresión extraña en el rostro, mitad de desconcierto, mitad de tedio.
—¿Por qué lo preguntas?
—Caminas raro —no pudo evitar reír por lo bajo, de una manera muy interna—, ¿te duele mucho?
—Claro, degenerado… como pretendes que no me duela si me… —quedó a medio decir y se ajustó los lentes—… pervertido —murmuró con una sonrisa cómplice en los labios que Gin compartió antes de nalguearlo y adelantarse unos pasos.
La cueva no quedaba cerca al final, pero al llegar comprendieron lo que el Amanto les había dicho. La reina era bellísima a diferencia de los monstruos que engendraba. Era similar a una orquídea gigante, del tamaño de la cabaña en la que habían pasado la noche y capaz de engullir un barco, aunque, según les había comentado Hedoro, la reina permanecía en letargo. Ella se alimentaba, por las raíces y la tierra, a través de sus "hijas" con las que estaba conectada. Por eso las plantas parecían desintegrarse después de devorar la carne, pues pasaban a ser parte del estómago de su madre.
El rojo del centro de la flor parecía ser el de la sangre con la que se había alimentado durante todo ese tiempo; la coronaba alrededor un amarillo tan intenso que emulaba al sol y, colgaban de esas flores, unas ramas blancas que lucían muy sedosas. Por último, un violeta que a veces se tornaba rosa, protegía lo que era el tallo verde, tan enorme que parecía tratarse del tronco de algún ombú añejo.
Hedoro les pidió que no lastimaran a las hijas mientras él iba tras la semilla de la reina; entendieron a los pocos minutos el por qué de la recomendación. Esos retoños monstruosos habían despertado de su sueño en pos de salvaguardar a su madre. Sabían que no debían herir a esas plantas si pretendían salir con vida de las garras de Hedoro, así que hicieron lo imposible para no acabar siendo el almuerzo de esas plantas. O de Hedoro.
En segundos, minutos u horas –no sabrían precisarlo- la pesadilla terminó. Hedoro salió de la cueva portando en ambos brazos una semilla de color negra tan grande como un balón de fútbol. Sonreía, de una manera tan tétrica que daban ganas de salir corriendo de allí.
Se despidieron de él, agradeciéndoles la hospitalidad y disculpándose por no quedarse a almorzar y volvieron al hotel. En el camino, pudieron comprobar, no había señal alguna de un peligro latente.
Comprendieron, de esa forma, que Pie Grande no existía, que las pisadas si bien eran reales, le pertenecían a Hedoro. Les costó explicarles a los dueños de la posada y a cada aldeano que ese Amanto que tanto miedo les daba, en realidad había estado todo ese tiempo cuidándolos. Que las pisadas, si bien siempre estaban cerca de dichos cadáveres, eran de Hedoro porque buscaba la manera de evitar más víctimas.
El dueño de la posada estaba tan feliz de escuchar una historia convincente y no los disparates que había oído en ese último tiempo que, además de pagarles, les ofreció quedarse una semana allí a vacacionar para disfrutar de los baños termales. Dudaron un poco en invitar a Hedoro, pero sin dudas se merecía el reconocimiento.
Las chicas estaban en eso, preparándose para ir a darse un baño en las aguas termales cuando Kagura decidió que era un momento oportuno para buscar el sukonbu que Gin-chan le había escondido.
De entre las bolsas que Gin había traído del pueblo el día anterior, sacó un objeto que desconoció, aunque se le hacía ligeramente familiar. Así que por desconocerlo se acercó corriendo con él en la mano para preguntarle a la jefa, segura de que ella sabría decirle lo que era o confirmarle sus sospechas.
Cuando Gin llegó al cuarto que compartía con Shinpachi, lo recibieron las patadas de Otae, junto a los gritos desaforados de esta.
—¡Maldito asqueroso, ¿qué te crees?!
—¡Para, mujer! —se arrastró por el suelo, tratando de alejarse de su furia. No lo habían matado las plantas carnívoras, ni Hedoro, pero lo haría esa loca.
—¡Hermana, tranquilízate!
—¡¿Cómo quieres que me tranquilice, Shin-chan, sabiendo que pasas tanto tiempo con este hombre asqueroso?! ¡Es un ser desagradable, sin códigos!
—No seas tan hiriente, hermana —rogó—, Gin-san será un desastre para muchas cosas, pero no es…
Otae blandió el dildo ante los ojos de su hermano, para así poder reforzar sus palabras.
—Este depravado, inmoral, indecente —la lista era larga—, ayer fue al pueblo a hacer las compras. ¡¿Compró comida?! No —canturreó con una risita cínica—¡¿Compró algo de primera necesidad?! No —volvió a decir, para llegar a la bolsa y desparramar todos los adminículos sobre el tatami, mientras Gin se abalanzaba sobre ellos tratando de evitar que al menos Kagura los viera.
—¿Gin-san? —murmuró Shinpachi mirándolo entre ojos—Eres indefendible.
Sobre el tatami había un pack de velas, sogas, una mordaza, pañuelos y, lo más vergonzoso, ese consolador de un tamaño considerable que doblaba lo que Gin tenía entre las piernas.
—¡Es para mí! —intentó defenderse el mayor, guardando todo dentro de la bolsa de nuevo, mientras Otae le hacía sangrar la nariz con una nueva patada—¡Juro que lo compré para mí, mujer!
—¡Más te vale con lo uses solo contigo!
Shinpachi no dejaba de mirarlo entre ojos, negó con la cabeza y suspiró. Mientras su hermana se iba del cuarto rumbo al baño, echa una furia, en compañía de Kagura quien entendía lo que pasaba mejor de lo que uno sospecharía. Para ella no era tan extraño enterarse de las intenciones de Gin-chan para con el cuatro-ojos, si los había visto haciendo indecencias.
—Ni pienses que te dejaré usar eso conmigo —miró el juguete, lo acojonaba más que Pie Grande, que las plantas carnívoras o que Hedoro mismo.
—Me gustan las cosas kinkis, Pachi —murmuró apenado, como si temiera mostrar ese lado turbio de su persona tan pronto en una relación que recién comenzaba.
—Vayamos a los baños —propuso, saturado—. Aprovechemos que somos los únicos inquilinos de momento —al menos hasta que llegara Hedoro. Dio la vuelta con brusquedad al reparar en que el otro estaba preparando un bolso—¡Deja eso ahí, no lo vas a llevar al baño!
—¿Puedo llevar el gel aunque sea? —preguntó como un nene pequeño que pide permiso para llevar la pelota a la playa.
—Bueno, eso sí —accedió suspirando. Si Gin iba a arremeter de nuevo contra su cuerpo, más le valía contar con un poco de gel íntimo para paliar el dolor.
Tener a la hermana guardabosque durmiendo en el cuarto de al lado no les impidió, a ninguno de los dos, disfrutar a pleno de esas cortas vacaciones.
