Pero no se podía decir que pensara en su amigo todas las noches que yacía despierto en su cama y hacía el amor con Bella en su cabeza. Su conciencia lo abrumaba. Sabía que no debía ir. No quería ir. Pero se lo debía a Mike, aunque éste no lo supiera, por todos los pensamientos licenciosos que había tenido sobre Bella. Por todas las veces y todas las maneras en las que la había poseído en su mente.
Los remordimientos tienen efectos muy raros sobre la gente, llevan a hacer cosas que no harían de otro modo.
-De acuerdo, iré. Pero tendré que reunirme contigo allí- y Mike se dejó caer en su silla con un alivio evidente.
-A las nueve en su casa. ¿Recuerdas dónde está?
Edward los había dejado allí en una ocasión.
-Sí -se echó la bolsa al hombro y se volvió a la puerta.
-Edward...
Éste miró a Mike.
-Eres un buen amigo.
Sí. Era un buen amigo que estaba obsesiva, compulsivamente, enamorado de la mujer de su mejor amigo.
Capítulo 3
Bella miró el reloj de la cómoda. Faltaban quince minutos para que llegaran Mike y Edward. Dejó caer la falda en el suelo del armario y sacó un pantalón corto con gesto de desafío. Había llegado a casa con tiempo de sobra para ducharse y depilarse las piernas y ahora debatía consigo misma sobre lo que se iba a poner. Como si importara algo.
Su prometido y el mejor amigo de éste, un hombre al que no le gustaba nada, iban a ir a cenar comida tailandesa a su casa. Después de un año viviendo allí, una de las cosas que todavía le encantaban de Nueva York, era la variedad de comida fabulosa que había por todas partes.
Miró la ropa del armario. No iba a salir y no tenía que impresionar a nadie. Eligió una camiseta desgastada, pero no tardó en descartarla. No, a Mike le gustaba vestirse aunque no fueran a salir. Y la educación sureña de ella le impedía recibir a alguien en casa vestida con eso.
Se rió de sí misma. Y no, tampoco podía vestir de blanco antes de Semana Santa ni después del Día del Trabajo. Aunque ahora viviera en el Upper West Side de Manhattan, seguía siendo Bella Swan de Savannah, Georgia. Era curioso que hubiera tenido que ir a Nueva York para descubrir quién era. Sonrió. A su madre seguramente la sorprendería saber que la rebelde de los Swan respetaba así las normas del blanco.
Optó por un top de espalda desnuda y atado al cuello. Informal pero sexy. Y lo más importante... fresco, algo a tener en cuenta con el calor que hacía fuera. Terminó de vestirse y cerró la puerta del armario con la ropa descartada tirada en el suelo. Se recogió el pelo en alto y lo sujetó con un pasador gigante. A pesar del aire acondicionado, el calor parecía colarse en la casa.
Se puso perfume detrás de las orejas y, en un impulso, también entre los pechos. Si no le gustaba a Edward, al menos quería que le gustara su olor.
Acompañó a voz en grito una canción de Roberta Flack que sonaba en la radio y tiró del pantalón corto hacia abajo. Esa mañana no había salido a correr y lo notaba en el modo en que le apretaban los pantalones. Algunas mujeres se veían bendecidas con cuerpos esbeltos y delgados que parecían de sílfide, pero ella no pertenecía a ese grupo. Había aprendido hacía tiempo que comer la mitad de lo que había en su plato y hacer ejercicio todos los días era el único modo de conservarse. Las mujeres bajitas y con curvas podían caer fácilmente en la gordura.
Cometió el error de mirarse el trasero en el espejo mientras cantaba. ¡Agh! Mike tenía razón. La última vez que se habían acostado le había dicho que su trasero se había hecho más grande. No era lo que ella quería oír, pero suponía que la verdad a veces podía doler.
Había pensado seriamente en hacerse una liposucción en el trasero, ¿pero y si esas células de grasa se trasladaban a sus muslos o a otros destinos igualmente odiosos? No se atrevía a correr ese riesgo.
Un aullido en la otra habitación apartó su atención de su trasero. Fue a la cocina y sirvió comida de gato en el bol vacío situado al lado del frigorífico.
-Ajá. Estás engordando tanto como yo -se echó a reír y levantó un momento a Peaches en el aire-. Pero te comprendo. Yo también tengo hambre.
El sonido del telefonillo resonó en todo el apartamento y a Bella se le aceleró el corazón. Edward y Mike. La idea de encontrarse frente a frente con el primero la había atormentado toda la tarde. No lo había visto desde que él empezara a invadir sus sueños de un modo satisfactorio pero inquietante.
Tragó saliva y bajó la radio de camino a la puerta. Se asomó por la mirilla y el corazón le dio un vuelco al ver la cara de Edward.
Etta James cantaba con voz ronca en la radio sobre el amor que llegaba por fin a matar su soledad, cosa que no hizo nada por apagar el nerviosismo de Bella.
Se riñó a sí misma. Que hiciera el amor con Edward en sueños no implicaba, ni mucho menos, que él fuera su gran amor.
Enderezó los hombros, sonrió y abrió la puerta.
-Hola, Edward.
-Hola, Bella.
-¿Dónde está Mike? -preguntó ella.
-Tenía una sesión y hemos acordado que nos veríamos aquí -explicó él, sin el menor asomo de sonrisa en la profundidad de sus ojos oscuros.
Bella se hizo a un lado.
-Entra.
Su pelo oscuro, no muy corto y peinado hacia atrás, daba un aire delgado y ascético a su rostro. Bella sintió su calor corporal cuando entró en la estancia con la bolsa de la cámara al hombro. Aquello era mucho peor de lo que había anticipado, mucho más potente que ningún sueño. Su aroma sutil y limpio la envolvía. En sus sueños, el aroma de él no la excitaba tanto como en ese momento. Contuvo el aliento y buscó un tono de voz ligero.
-¿Qué tal la sesión de fotos?
-Bien. Ha sido rápida. Ya he fotografiado a Chloe más veces -dijo él.
El nombre evocaba la imagen de una modelo alta, delgada y hermosa. Bella la odió en el acto sin sentir ningún remordimiento. Era el precio que tenían que pagar las mujeres hermosas que no poseían un trasero del tamaño de un principado.
Unas semanas atrás, después de formalizar el compromiso, Edward había fotografiado a Bella a petición de Mike. Éste entendía de arte, pero no era artista. Edward, en cambio, era un genio con la cámara. Ella no era modelo profesional y Edward había necesitado un día entero de trabajo con ella, pero sus fotos habían sido fantásticas. Se había visto a sí misma de un modo distinto. Había visto fuerza, pero también una vulnerabilidad sensual.
Edward se había mostrado paciente y casi encantador, como si cuando se ponía detrás de la cámara se olvidara de sí mismo, o quizá entonces era cuando era él mismo.
Durante la sesión, Bella había llegado a creer que al fin se lo había ganado. Había sido un día Mágico. Pero después de eso, él se había retraído más que nunca con ella. Por suerte, sus caminos no habían vuelto a cruzarse.
Excepto de noche. En la cama. En sus sueños. La noche siguiente a la sesión de fotos, ella había tenido su primer sueño erótico con él. Y desde entonces se habían repetido todas las noches. Y ahora el objeto de su lujuria estaba en su casa, después de haber pasado el día fotografiando a una modelo escuálida. Bella reprimió un comentario mordiente.
-Todavía no te he dicho que las fotos que me hiciste son magníficas. Eres un genio - Bella cerró la puerta.
-Tú eres muy fotogénica, tienes una sonrisa fabulosa y una estructura ósea fantástica -repuso él.
-Gracias -comentó ella-. Deja ahí el equipo -señaló un punto entre la puerta y el aparador antiguo-. ¿Quieres beber algo mientras esperamos a Mike? ¿Vino tinto?
Edward dejó su cámara y el equipo con mucho cuidado en el suelo y la miró por encima del hombro.
-Estupendo.
Bella pensó que tenía que dejar de admirar el modo en que la camiseta de él le ceñía los hombros y el modo en que los vaqueros le apretaban el trasero.
Él se incorporó y la miró con aire interrogante.
-¿Necesitas ayuda?
La joven carraspeó.
-No. Ya voy -señaló el sofá con un movimiento de muñeca-. Ponte cómodo, enseguida vuelvo.
Salió de la estancia rezando en silencio para que Mike llegara pronto. Aquellos sueños empezaban a alterarla mucho.
Se apoyó en la encimera y respiró hondo varias veces. Sacó una botella de vino del botellero de encima del frigorífico, una botella de cabernet. Peaches, que pasaba la mayor parte de su tiempo encima del frigorífico, le lanzó una mirada atravesada.
Bella descorchó la botella.
-Mira, los gatos normales se acurrucan en la cama o en el sofá o se colocan encima del respaldo de los sillones. ¿Por qué te gusta a ti tanto el frigorífico?
Por supuesto, el gato no se dignó contestar. Bella sacó tres vasos de vino del armario.
-No te molestes por mí me marcho.
Volvió a la sala.
Edward estaba sentado en el sofá color púrpura y miraba a su alrededor. Bella se sintió cohibida al pensar que estaba viendo su espacio personal con ojos de artista. Su gusto era variopinto. Le gustaban las reproducciones artísticas, alguna antigüedad que otra y muebles más cómodos que elegantes.
Dejó el vino y los vasos en el arca de bambú que hacía también las veces de mesita de café. Edward la miró a ella y la habitación pareció desaparecer hasta que sólo quedó la distancia corta que los separaba. Si ése hubiera sido uno de sus sueños, se habría reunido con él en el sofá, donde los dos se habrían desnudado y...
-¿Necesitas ayuda? -preguntó él.
-Gracias, no -repuso ella-. Marchando un vaso de vino.
Consiguió servir los dos vasos. Le tendió uno, procurando no tocarlo.
-¿Hablabas con alguien en la cocina? -preguntó Edward.
Bella se sentó en un sillón enfrente de él.
-Con mi gato.
-¿Y te contesta?
-No. Es el típico macho, oye lo que quiere. Sólo habla si tiene la tripa vacía o quiere el mando de la tele.
-Un gato de mi estilo -sonrió Edward. Levantó su vaso en un brindis silencioso y tomó un sorbo de vino.
Sus dedos, largos y finos, le recordaron a Bella el sueño que tuviera en la siesta.
Tomó un sorbo de vino a su vez.
-Está muy bueno -dijo Edward.
-Gracias -Bella tomó otro sorbo y se atragantó. Tosió. Y volvió a toser. No conseguía respirar bien.
Edward saltó el arcón y le quitó el vaso de vino de la mano. Se arrodilló y, Bella, condicionada sin duda por su sueño, abrió automáticamente las piernas para hacerle un hueco. Él la agarró por los hombros.
-¿Puedes respirar? Di que sí con la cabeza.
La joven asintió. Pero él no apartó las manos de los hombros desnudos. Al fin ella dejó de toser y él seguía arrodillado entre sus muslos, con los dedos en sus hombros.
-Estoy... bien -consiguió decir ella con voz temblorosa por la proximidad de él. La realidad de su contacto era mil veces más potente que un simple sueño. ¿Temblaba la mano de él en su hombro o era un reflejo de su propia reacción?
Edward la soltó y se levantó con brusquedad.
La miró desde arriba, todavía entre sus piernas.
-Deberías beber con más cuidado -dijo.
Bella lo odió en ese momento. ¿Cómo podía mostrarse tan preocupado y considerado un momento y tan desagradable al momento siguiente? Ignoró su comentario y pensó en Mike. Miró su reloj. Eran casi las nueve y cuarto.
-Espero que Mike llegue pronto -dijo-. Estoy muerta de hambre.
Enseguida se arrepintió de sus palabras. Edward acababa de pasar la tarde fotografiando a una modelo escuálida y ella, que tenía un trasero descomunal, sólo podía hablar de comida.
-Bueno, muerta de hambre no, pero sí algo hambrienta -intentó enmendar.
No conseguía decir ni hacer nada bien con él delante.
Y de pronto eso ya no importó, porque ya no estaba delante de Edward, sino rodeada de oscuridad.
-¿Qué narices...? -preguntó él. Bella pensaba lo mismo.
Y bueno volví hoy fue un buen inicio de clases \o/ y tengo que esperar por otra clase así que las premio :D ya saben que no tengo día especifico para actualizar, pero no dejo mas de una semana sin capítulo salvo hubo una excepción con la historia pasada por un problemita familiar , y también saben que cuando veo movimiento de reviews actualizo nn'. Así que comentarios (?)
So! Good Luck
AraXO
