-Edward, ¿harías algo por mí?

-Depende de lo que sea.

-Estoy dispuesta a pagarte.

Él sonrió con picardía.

-Ahora ya tienes toda mi atención.

Su tono perezoso y sensual hizo que la invadiera el deseo de nuevo. Tener su atención no estaba mal, pero ella deseaba algo más.

-¿Quieres fotografiarme mientras esperamos que vuelva la luz? Esta vez no para Mike sino para mí.

Capítulo 8

-Yo no me alquilo -dijo él.

Acceder a fotografiarla sería una mezcla de locura y desesperación.

-¡Oh! -la decepción de ella no era fingida.

¿A quién pretendía engañar? Lo menos que podía hacer era ser realista consigo mismo. Fotografiarla sería una dulce tortura. Hacerle el amor con la cámara era un pobre sustituto a tocarla y acariciarla, pero más seguro. Y además, él era incapaz de negarle nada.

-Pero tiene que ser gratis -dijo.

Bella negó con la cabeza y se apartó unos mechones de pelo de la cara.

-No. Insisto en pagar.

-Créeme. Lo hago por egoísmo. Si no es gratis, es menos probable que llores delante de la cámara. Te protegerás más.

-Yo sólo lloro cuando estoy furiosa, así que, si no me enfureces, no tienes nada que temer -sonrió ella-. Empiezo a pensar que no eres nada egoísta, pero que es la imagen que te gusta dar -entrecerró los ojos-. Si no quieres dinero, haremos un intercambio. Te planearé una fiesta a cambio.

-De acuerdo -él sólo tenía un amigo, Mike. Y en ese momento no sentía ningún deseo de darle una fiesta.

-0 puedo preparar algo más íntimo para tu dama y para ti, si es que te decides a cortejarla -dijo ella, como si le leyera el pensamiento.

-Tú ya te ofreciste a ayudarme con mi triste vida amorosa, ¿no?

-Puedo preparar algo muy bonito y muy romántico. Deberías hablar con ella. Tienes mucho que ofrecer a una mujer.

-Ya he dicho que te fotografiaré, no necesitas recurrir a las mentiras -dijo Edward. Se echó a reír para ocultar su sonrojo.

Bella sonrió y le lanzó un cojín, que rebotó en el pecho de él.

-Creo que tú también necesitas una pequeña dosis de vedad. Quienquiera que sea esa mujer, tendría mucha suerte de tenerte. Creo que detrás de esa altivez se esconde un tipo muy agradable. Eres listo, a veces muy divertido, tienes talento, eres sexy y yo te doy una puntuación muy alta en el apartado de los besos.

Edward no sabía qué decir.

-Está bien.

-Por lo menos piénsalo -insistió ella-. Decide qué clase de velada te gustaría tener con tu verdadero amor. Seguro que ella aceptará si se lo pides. Y del resto me ocupo yo.

Edward apartó la vista.

-Te prometo pensarlo -dijo.

-Avísame cuando lo sepas.

-Bien -él se levantó del sofá y se acercó a la bolsa con su equipo, que había dejado al lado de la puerta-. Ahora que hemos llegado a un acuerdo, ¿cuál es tu habitación favorita? ¿El lugar predilecto de tu casa? ¿Dónde pasas más tiempo?

Ella vaciló.

-Mi lugar predilecto es el sofá.

Edward no la creía. Ella había tenido que pensarlo demasiado para resultar creíble.

Miró la estancia iluminada por velas. Ella estaba sentada encima de las rodillas y lo observaba con los brazos en el respaldo del sofá.

-Vamos, Bella. ¿Qué ha sido de eso de la sinceridad en la oscuridad? ¿Cuál es el lugar que más te gusta de tu apartamento?

Ella levantó la barbilla un poco.

-La bañera. Es de esas viejas de patas con garras. Ideal para baños de burbujas.

Edward tenía ya la foto en la cabeza. Ella, con el pelo recogido encima de la cabeza, el vapor subiendo a su alrededor, la piel brillante. Tragó saliva.

-¿Y tu segundo lugar favorito? -preguntó con voz ronca.

-El dormitorio -la cama resultaba sólo un poco más segura que el dormitorio, pero al menos la desnudez no se daba por supuesta-.Y la habitación que menos me gusta es la cocina. No me gusta cocinar y ni la cocina ni esta habitación tienen ventanas. Son claustrofóbicas.

-Pues te fotografiaremos en el dormitorio -él intentaba hablar con tono profesional. Ella había encontrado la solución perfecta a su problema. Al fotografiarla se convertía en el profesional que hacía un trabajo y dejaba de ser el hombre loco por ella.

-Quiero cambiarme de ropa. Tengo calor y estoy sudorosa.

-Muy bien. No tengas prisa. Yo prepararé el equipo.

-No tardaré mucho -ella tomó una vela y vaciló-. ¿Te importa acompañarme al dormitorio hasta que encienda las velas? No me gusta entrar en una habitación oscura.

-Está bien. Yo iré delante para que no tengas que entrar en la habitación oscura.

-Gracias, Edward.

Su voz suave le producía cosquillas en la piel. Era ridículo que lo mirara como si hubiera accedido a matar dragones por ella.

-De nada.

Tomó una vela y echó a andar delante de ella. Por desgracia, conocía el sabor delicioso de su boca y el modo en que sus curvas se apretaban contra el cuerpo de él. Antes de llegar a la habitación, ella le puso una mano en la espalda.

-Espera un momento. Vamos antes al baño.

Necesito lavarme la cara con agua fría. Y seguro que tú también.

Edward necesitaba más una ducha de agua fría, pero no lo dijo.

-De acuerdo.

Cruzó la puerta que tenía a la izquierda y la vela iluminó una habitación rectangular con una ventana alta y pequeña. A un lado había una bañera de garras con una cortina de ducha circular. El espejo encima del lavabo reflejaba la luz de la vela y añadía brillo al baño.

Edward contuvo el aliento cuando la cadera de ella rozó su costado en la estrechez de la estancia.

-Perdona -murmuró ella.

-No importa.

La joven dejó su candelabro en un estante pequeño al lado del lavabo. En un armario abierto había toallas dobladas. Sacó dos toallitas pequeñas y las colocó bajo el grifo de agua fría.

Edward esperaba al lado del lavabo. Ella escurrió el agua de las toallitas y le pasó una.

Él se la pasó por la cara caliente y observó a Bella hacer lo mismo. Ella se pasó la tela por la cara y el cuello. Un suspiro brotó de sus labios.

-¿No es maravilloso? -preguntó en voz baja e íntima.

-Sí -repuso él.

-Trae. Déjame que te la moje otra vez.

Bella le quitó la toallita y la puso debajo del grifo. Se la tendió muy mojada.

Edward dejó la vela en la parte más ancha del lavabo y tomó la tela hacerlo rozó los dedos de ella y aquel contacto breve le provocó una ola de deseo.

-¿Alguna vez habías tenido tanto calor? - preguntó ella-. Si empiezo a arder, échame agua fría para apagar las llamas.

Edward no sabía qué le producía aquel impulso, pero se dejó llevar por él.

-¿Así? -preguntó. Se acercó, estrujó la toallita y dejó caer el agua sobre los hombros de ella.

La joven dio un respingo y a continuación se echó a reír.

-Eres malo...

-¿0 así? -él le lanzó otra lluvia de gotas por la espalda.

-No, mucho mejor así -ella estrujó su toalla en la base del cuello de él y le lanzó un chorro de agua fría por la parte delantera de la camiseta.

Edward se echó a reír y repitió el gesto de ella. Bella lanzó un grito y no se molestó y pasó directamente a lanzarle agua del grifo con las manos. Poco después estaban los dos empapados. Uno de ellos había apagado una de las velas y ya sólo quedaba la pequeña de Bella.

-Ha sido divertido -declaró ella.

Tenía el pelo mojado y el agua le caía por la piel. El agua fría había endurecido sus pezones, que destacaban bien contra el top mojado. Edward tragó saliva y la miró a los ojos para no mirar más abajo.

-Sí, ha sido divertido -corroboró.

No sabía que podía ser tan juguetón. En su casa no había habido nunca peleas de agua. En su casa había habido pocas cosas divertidas. Sus padres se tomaban la vida y sus trabajos muy en serio.

Bella sacó una toalla del armario y empezó a secarle el pelo.

-Puedo hacerlo yo -dijo él.

-Ya lo sé -ella le pasó la toalla por la barbilla con gentileza y le secó la garganta-. Pero ya lo he hecho yo.

Retrocedió y se secó la cara con la misma toalla. Edward tendió una mano y para que ella le pasara la toalla.

-Puedo hacerlo yo -dijo.

-Ya lo sé -repuso él.

Le pasó la toalla por el cuello y por el valle entre los pechos. Procuró que la prenda de algodón fuera lo único que tocara su piel. Se situó detrás de ella y le secó con cuidado los hombros y la piel de la espalda. Se apoyó en una rodilla y bajó la toalla por sus muslos, la parte de atrás de las rodillas y las pantorrillas.

-Date la vuelta.

Bella obedeció y él subió la toalla por sus piernas, con la tela susurrando contra su piel.

Se puso en pie y le devolvió la toalla en silencio.

-Gracias -dijo ella.

-De nada.

Tenía que salir pronto de aquella habitación estrecha donde ella olía tan bien. Tomó la vela que estaba en el estante. Cuanto antes llegaran a su habitación y pudiera esconderse detrás de la cámara, mejor para los dos.