-No quiero que te sientas incómodo -ella apartó la vista-.Y no sé cómo decir esto.
El corazón de él, que apenas acababa de recuperarse de su encuentro sexual, volvió a latir con fuerza.
-Pues dilo.
-Oh... esto es muy difícil.
Edward apenas podía respirar. ¿Habría descubierto al hacer el amor que sentía algo profundo por él?
-¿Qué, amor? -los apelativos cariñosos nunca habían formado parte de su vocabulario.
No se los habían dicho de niño y no los había cultivado de adulto, pero aquél le salió solo.
-Estoy sudorosa y pegajosa y tengo miedo de oler mal. Necesito una ducha.
Claro. Edward se rió de sí mismo y de lo desviado de sus cálculos. Sabía que no era el ser más adorable del planeta. Ni siquiera lo habían querido sus élla no era la declaración de amor que se había atrevido a esperar por un instante, pero ella tenía razón. Los dos estaban pegajosos de sudor y, aunque él podía ser muy tonto, no lo era tanto como para desaprovechar una oportunidad así.
-¿Quieres que te frote la espalda?
CAPÍTULO 11
-Entra, el agua está muy buena -dijo Bella. Se echó hacia atrás y apoyó la espalda en la porcelana.
-Dame un segundo -él salió hacia el baño.
Puede que estuvieran allí por la fuerza de las circunstancias, pero era muy romántico, con las velas bañando la estancia en una luz suave. Ella había colocado velas pequeñas redondas en platillos en el suelo alrededor de la bañera. No había nada como ser imaginativos.
La luz de las velas producía una atmósfera de ensueño; pero era algo más que eso. La noche entera resultaba surrealista. Edward estaba a punto de meterse en una bañera con ella después de haber hecho el amor de un modo fantástico, tierno y explosivo a la vez. Ella había descubierto que, detrás de su reserva, era considerado, y eso le gustaba.
Edward volvió con la cámara colgada al cuello e hizo una foto.
Bella se echó a reír.
-¿Me has hecho una foto mirándote desde la bañera?
-Sí.Y es muy sexy.
Conversar con un hombre desnudo tenía algo interesante y era que, cuando te decía que te encontraba sexy, bueno, podías tener una prueba visual que reforzaba su afirmación. Edward no mentía... parecía que la encontraba muy sexy
-No estoy totalmente desnuda en la foto, ¿verdad?
Él sonrió.
-No. Desde este ángulo y con el agua a este nivel, no se pueden ver los detalles... lo cual es una pena, pues tú tienes detalles muy buenos.
-Cuidado, amiguito. Vas a hacer que me lo crea.
-¿Qué crees que ocurrirá cuando me meta en la bañera contigo? -preguntó él.
-Ni idea -susurró ella-. Pero como sigas hablando en vez de entrar, se calentará el agua antes de que llegues.
Edward se echó a reír.
-Vas a perder la posibilidad de refrescarte -le advirtió ella.
-Me gusta el calor -declaró él.
-Pues se calienta por momentos. ¿Por qué no vienes y descubres lo caliente que está? - ella se sentó en la bañera y se abrazó las rodillas-. No olvides que has prometido frotarme la espalda.
-Y pienso cumplir esa promesa, pero dentro de un momento. Este ángulo es maravilloso. No te muevas. Precioso. Oh, eso es genial -dijo él, que hacía una foto tras otra.
-Seguro que eso se lo dices a todas -se burló ella.
-Se lo digo a todas.
Bella sintió un vuelco en el estómago. Aquello no era lo que quería oír. Él la miró y le sonrió. Parecía joven y despreocupado, dos palabras que ella nunca había asociado con Edward. El corazón le brincó en el pecho.
-Pero después no me meto en la bañera con ellas -dijo.
-Seguro que no es por falta de oportunidades -comentó ella.
-Gracias... creo -él casi parecía avergonzado-. He tenido algunas invitaciones.
Por supuesto. Era demasiado guapo y sensual para que no fuera así. El calor en su interior se hizo más intenso. Él sí quería meterse en la bañera con ella y no con Chloe o con las otras mujeres exquisitas y delgadas a las que fotografiaba. Quedaba el tema de la mujer de sus sueños; claro, pero Bella no quería pensar en eso porque en aquel momento estaba con ella y estaba desnudo.
-Deja la cámara.
Él la miró divertido.
-¿Crees que soy una marioneta a la que puedes controlar? ¿Siempre eres tan mandona?
Lo era y lo sabía.
-Sólo cuando deseo mucho algo.
Edward sonrió con picardía.
-¿Y yo soy algo?
-Algo muy interesante -replicó ella.
Él dejó la cámara al lado de la pared y se acercó a la bañ que había dejado la cámara parecía más consciente de su desnudez y a ella la conmovió que, a pesar de su arrogancia, no caminara como si su pene y él fueran un regalo de Dios a las mujeres.
Había tenido muchos sueños calientes con él, así que no la había sorprendido que el sexo fuera tan bueno, pero no había contado con que le gustara él tanto.Y le gustaba. Era tierno, divertido, sexy y... Se metió en la bañera con ella y Bella dejó de pensar.
Edward se sentó y estiró las piernas a ambos lados de ella; la colocó en la «V» de su cuerpo como si hubiera sido diseñada sólo para él. La espalda de Bella se apoyaba en su vientre y su pecho y su cabeza descansaba entre el hombro y el cuello de él.
A pesar de las bromas de antes, él parecía contento de disfrutar del momento. Bella cerró los ojos y se dejó llevar por sus sensaciones. El corazón de él latía contra su espalda y sus brazos eran fuertes y tiernos. Olía a sexo, a sudor y a su aroma particular.
La luz de las velas bailaba en las paredes y el techo. Vivía uno de esos momentos perfectos y románticos de los que hablan las películas y las novelas románticas. Suspiró, contenta de estar allí en ese momento.
-¿Cómoda? -preguntó él.
-Mucho. Eres una buena almohada de baño.
-Me alegro. Ahora he pasado de marioneta a almohada.
Bella sonrió y le besó un brazo.
-Pero eres una almohada de baño muy sexy -sus sueños nunca habían sido tan maravillosos. Ella apreciaba el buen sexo tanto como cualquiera, pero también había algo bueno en aquella comodidad.
Él le besó el pelo y Bella habría podido jurar que todos sus huesos se habían vuelto de mantequilla. Se derritió contra él.
-Hay un sitio cerca de la granja de mi abuelo donde solía ir con mi primo Reg -dijo él-. En mitad del bosque hay un estanque con una cascada pequeña. El estanque es lo bastante superficial como para que el sol caliente el agua. Puedes tumbarte a tomar el sol en una piedra llana. El agua, está clara y el aire es dulce. Cuando éramos pequeños, pensábamos que allí vivían las hadas.
Pintaba una imagen tan clara que a ella le parecía ver el sitio. También veía a un Edward niño buscando hadas. La embargó un calor que no tenía nada que ver con el deseo físico. Por lo que le había contado Mike, sabía que Edward era muy retraído. Quizá fuera la locura de la noche o lo extraño de las circunstancias, pero estaba segura de que era la primera vez que contaba aquello. Y la idea de un niño romántico que creía en las hadas no la sorprendía tanto como la hubiera sorprendido en otro tiempo. Era un hombre complejo, complicado. Antes había querido acostarse con él, pero ahora quería saber más cosas de él.
-Suena muy bonito.
-Lo es. Te gustaría.
-Seguro que sí. ¿Vas a Inglaterra a menudo?
-Antes iba todos los veranos, ahora voy un par de veces al año. Mis abuelos paternos murieron hace varios años, pero mis abuelos maternos viven todavía en Devon. Son increíbles. Tienen ochenta y cinco años y todavía cultivan una granja pequeña.
-¿Estáis muy unidos? -ella sólo había conocido a sus abuelos paternos, que eran todavía más conservadores y estirados que su padre.
-Todo lo unidos que se puede estar con un océano por medio. De niño pasé veranos increíbles allí.
-¿Vas con tus padres? -preguntó ella.
-No.
Ella sintió que su cuerpo se tensaba y sus brazos aumentaban un poco la presión. Aunque no conocía a sus padres, ya le caían mal. Por lo poco que él le había contado, tenía una imagen de dos personas egoístas y pagadas de sí mismas que no tenían tiempo para su hijo. Ella era la oveja negra de su familia, pero al menos sabía que la querían, aunque no siempre aprobaran lo que hacía.
-No te imagino en una granja -comentó.
-Pues debes saber que soy un experto en recoger huevos y ordeñar vacas.
-No te creo. Eso me gustaría verlo. ¿Tenías novia allí?
-No.
-¿Qué les pasa a las chicas de Inglaterra? No puedo creer que no tuvieras novia.
-Devon no es una ciudad como Nueva York o Londres.
-¿Me estás diciendo que no había chicas en el campo? ¿Nunca conquistaste a ninguna con tu maravillosa técnica de recoger huevos?
Edward soltó una risita, pero sonó forzada.
-Había una... su padre era el vicario -dijo.
-¡Qué británico! La hija del vicario. ¿Y cómo se llamaba?
-Jillian Carruthers.
-¿Y qué fue de Jillian? ¿La sigues viendo cuando vas a Inglaterra?
-La veo en casi todos los viajes, sí.
-¡Oh! -de pronto Bella ya no encontró tan divertida la conversación. De hecho, sentía casi náuseas.
-Se casó con mi primo Reg. Esperan mellizos para el otoño.
-¡Oh!
Seguramente no había sido agradable que la chica que le interesaba se casara con su primo. ¿Era Jillian su mujer inalcanzable? Pero Edward había dicho que la suya no estaba casada.
-¿Te resulta incómodo verlos? -preguntó.
-Para nada. Ya hace mucho tiempo de todo eso.
Bella le acarició el brazo con el pulgar y sintió el juego del músculo bajo la piel.
-¿Le dijiste alguna vez lo que sentías?
-Pues sí. Pero antes de que terminara el verano, ella había decidido ya que no era su hombre-. Entonces empezó a salir con Reg y ahí acabó todo.
Hum. Allí había más de lo que él decía. Hablaba con tono ligero, pero Bella sentía la tensión de su cuerpo.
-¿Te partió el corazón?
-Sólo una temporada. Ellos hacen buena pareja. Por algo salieron las cosas así. La vida a veces es sabia.
Bella no quería que él se retrajera debido al recuerdo de un amor perdido.
-Pues yo me alegro de que salieran así o ahora no estaría aquí contigo. Jillian no sabe lo que se pierde -se movió y apretó las nalgas contra él para recordarle dónde estaba y con quién-. Creo que eres muy divertido.
-¿De verdad? -él la besó en el cuello y se rió al ver que ella se estremecía.
-Sí -repuso la joven -los dientes de él rozaban su hombro y un escalofrío recorrió su cuerpo-.Y a mí personalmente me gusta mucho ese tipo de diversión.
-La diversión sólo acaba de empezar. Te debo un lavado de espalda -la soltó y ella le pasó el jabón-. Échate hacia delante.
Bella apoyó los brazos en las rodillas y la cabeza en ellos. Él le pasó los dedos enjabonados por los hombros y bajó por la columna antes de frotarle la espalda en círculos pequeños. Ella se sentía tan a gusto que tenía ganas de ronronear.
-¡Ahhh! Tú sí que sabes lavar espaldas.
-Tu espalda tiene líneas muy hermosas -él le tocó el costado-. Esta curva está llena de gracia.
-Gracias. Pero no se te ocurra parar para ir a por la cámara.
-No pienso ir a ninguna parte.
Le lavó con gentileza los costados, rozando los pechos con las yemas de los dedos antes de llegar a las axilas. A Bella no le habían acariciado nunca las axilas y no sabía que podía ser bueno.
Levantó la cabeza y los brazos. Edward bajó sus manos por éstos y ella se apoyó de nuevo en él.
Él pasó los brazos debajo de sus axilas y le lavó el cuello por delante y la curva de los pechos, debajo de ellos pero sin llegar a tocarlos. Al fin los tomó en sus brazos y ella apoyó la cabeza en su hombro.
-Sí.
-¿Esto era lo que querías? -el aliento de él le rozaba el cuello-. ¿Era esto lo que esperabas? -Sí.
-Yo también -susurró él. Sus dedos encontraron uno de los pezones y ella sintió un calor líquido entre las piernas. A juzgar por el modo en que resucitaba su pene contra la espalda de ella, a él le gustaba tanto acariciar sus pechos como a Bella que se los acariciara.
Él hizo un cuenco con las manos y le echó agua por delante para enjuagar el jabón.
-Ahora la espalda.
La joven se inclinó hacia delante y él se la aclaró.Volvió a colocarla contra su pecho.
-¿Te sientes mejor? -recorrió la oreja de ella con la lengua.
-Mucho mejor.
-Creo que puedes sentirte mejor todavía - susurró él.
La besó en el cuello y ella cerró los ojos. Le gustaba que le besaran el cuello, le producía un cosquilleo que le bajaba hasta los dedos de los pies.
-No sé... ya me siento... muy bien.
-Veremos.
Edward le pasó las mano por el montículo redondo del vientre y ella intentó meterlo para hacerlo más plano.
-Relájate -le pidió é formas de mujer y eso es bueno. Hay que tener curvas en los sitios apropiados.
Parecía leer sin problemas el lenguaje corporal de ella. Pasó los dedos por los muslos femeninos.
-Abre las piernas -dijo con voz espesa.
Ella obedeció. Edward deslizó una mano entre sus muslos y separó sus labios con los pulgares.
-Me encanta tu estilo de depilarte -musitó.
La primera vez Bella había tenido que tomarse dos margaritas para hacer acopio de valor y pedirle a otra mujer que le hiciera la cera allí. Le había dolido mucho, pero una vez que había probado a estar sin pelos, ya no pudo volver atrás.
Separó más las piernas.
-A mí también. Así te siento mejor.
Y lo sentía... todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo se concentraban entre sus piernas. Él la acarició con un dedo hasta que encontró el clítoris y lo rozó. Ella soltó un gemido y se apretó contra su mano.
-Tranquila, relájate. No tan deprisa. Cálmate y disfrútalo. Saboréalo. ¿Te ha gustado eso?
-Sí.
-¿Y esto? -deslizó un dedo en su interior y ella se esforzó para no arquearse contra él, pero apretó los músculos en torno a él.
-Sí.
-Estás mucho más caliente que el agua. Es como hundir los dedos en miel caliente.
Su voz, baja y sensual, sus palabras, sus caricias, la sensación de su cuerpo detrás de ella, la sensación de su aliento en la piel cuando hablaba, el roce débil de su vello en la espalda, el agua fresca que le lamía la piel caliente... todo se centraba en ella, pasaba por ella.
Él le acariciaba el clítoris con el pulgar y le introducía a veces un dedo y a veces dos. Con la otra mano le acariciaba el pecho derecho y jugaba con el pulgar.
Bella se agarró a los lados de la bañera y abrió más las piernas. No podría soportar aquello mucho más, pero tampoco quería que cesara.
-Más rápido. Sí... sí... así... oh... -levantó las caderas para introducir más los dedos de él en su interior y frotó el clítoris contra la presión del pulgar de él.
-Eso es, amor mío. Eres muy hermosa. Quiero que tengas un orgasmo. Eso es... -la voz de Edward la llevó al clímax. Bella volvió la cabeza y le mordió en el hombro al tiempo que gemía de placer.
Se dejó caer contra él porque no parecía tener ni un solo hueso en todo el cuerpo. Se sentía tan informe y fluida como el agua que la rodeaba.
Edward le dio un beso en el pelo y apretó más los brazos en torno a ella.
-¡Oh, Bella!
-Hum -murmuró ella.
Frotó la mejilla en su brazo, la única respuesta de la que se sentía capaz en ese momento. Poco a poco se fue recuperando y empezó a ser consciente del pene erecto de él, de los músculos rígidos de su vientre y su pecho, de la tensión que ocupaba sus brazos.
Se echó hacia delante y se volvió a mirarlo de rodillas. En el rostro de él resultaba palpable el deseo, que brillaba en sus ojos. La joven buscó el jabón con una sonrisa.
-Te toca a ti.
.
.
.
-No puedo levantarlo -dijo Bella con frustración-. ¿Quieres probar tú?
-Sí. Probaré -Edward tiró con todas sus fuerzas del cierre de la ventana-. Estos edificios viejos se han pintado tantas veces que en ocasiones se han cerrado las ventanas con la pintura -sintió que empezaba a ceder-. Creo que ya sube.
La ventana se abrió unos centímetros y Edward tiró de ella el resto del camino.
-¡Mi héroe! -exclamó ella con una sonrisa. Y en sus ojos brillaba algo que calentó el corazón de él.
Era terrible. Se sentía treinta centímetros más alto sólo porque había conseguido abrir una ventana.
-No es un viento ártico, pero hace más fresco así -la lluvia había aliviado un tanto el calor intenso. Abajo subía vapor desde el pavimento.
-En casa cuando llueve también hay vapor, pero en Nueva York nunca huele a fresco como en Savannah después de la lluvia -comentó ella con un tono de ó la colcha y la sábana de arriba y se sentó contra los cojines que adornaban el cabecero-. Por lo menos las sábanas están frescas.
Era evidente que no tenía intención de ir a sentarse en la sala. Y a Edward le parecía bien. Se tumbó a lo largo del extremo inferior de la cama con una toalla alrededor de las caderas. Ella se había puesto unas bragas negras y un top negro también.
-¿Echas de menos Savannah? -preguntó él.
-Algunas cosas. Como el olor después de una lluvia de verano. El sonido de un coche de caballos en los adoquines. El musgo en los troncos de árboles tan viejos y tan grandes que hacen de toldos en las calles. ¿Has ido alguna vez?
-No, no he viajado mucho fuera de Nueva York e Inglaterra.
Ella le acarició la pantorrilla con el pie. A Edward le gustaba el modo que tenía de tocarlo, como si lo necesitara y estuviera en su derecho.
-El ritmo lento puede volverte loco, pero la ciudad te encantaría.
Edward imaginó a ambos disfrutando de un paseo en carruaje por calles adoquinadas y debajo de robles cubiertos de musgo.
-Es evidente que te gusta. ¿Por qué te marchaste?
-Me gusta, pero tenía que irme. -¿Tenías o querías?
-Tenía. Necesitaba salir de mi zona de confort, conocer lugares nuevos y cosas nuevas, descubrirme a mí misma.
-¿Y te has descubierto? -preguntó él con curiosidad.
-Creía que sí, pero esta noche me ha creo que al fin he descubierto que es un proceso que no se acaba. Cada día trae algo nuevo y diferente, algunos días más que otros... como hoy. Pero sé de cierto que no soy la misma persona que era cuando me marché y eso es bueno.
¿Qué sentía de los cambios de ese día? Después del chasco con Mike, ¿querría volver a su casa? Edward tenía que preguntarlo.
-¿Crees que volverás ahora, después de lo que ha pasado con Mike?
Bella negó con la cabeza y lo miró con curiosidad.
-En el futuro cercano, no. Me gusta Savannah y siempre será mi hogar. Me gusta ir de visita, pero Nueva York me ha robado también el corazón. ¿Y tú? ¿Alguna vez has querido vivir en otra parte?
Era fácil hablar con Bella y la oscuridad también ayudaba. Edward se descubría contándole cosas que no había contado nunca.
-De niño, cuando pasaba los veranos en Devon, quería quedarme allí para siempre. Cuando me hice mayor, me di cuenta de que lo que me atraía eran mis abuelos y no el lugar en sí mismo. Cuando me fui de casa y empecé a vivir solo, empecé a apreciar NuevaYork.
-Mis padres tampoco son muy cariñosos - comentó ella.
Apenas se tocaban, pero Edward se sentía más cerca de ella de lo que se había sentido nunca de nadie, Mike incluido.
-Pero tú eres cariñosa y extrovertida -comentó-. ¿Cómo lo conseguiste?
-Soy una anomalía -rió ella.
-Yo también he sido siempre el que no encajaba -musitó él. Lo había sentido así muchas veces y resultaba liberador poder decirlo.
-¿Cómo son? -preguntó ella.
-¿Mis padres? -Bella asintió-. Inteligentes, interesantes, muy cultos. Muy buenos invitados para un cóctel y muy malos padres.
-¿No tienes hermanos?
-No, soy solo -y lo había sido en todos los aspectos. No habían formado una familia. Su vida había sido muy solitaria hasta que conoció a Mike y se hicieron amigos-. ¿Cómo era tener hermanas?
Bella era una narradora innata. A él le gustaba el ritmo y la cadencia de su voz. Su voz sonaba relajante incluso cuando le contaba sus escapadas de la infancia.
-Puede que seas la más joven, pero veo que siempre eras la instigadora -comentó él.
-Ya te lo he dicho... soy la que no encaja - bostezó ella.
-Pareces cansada.
-Lo estoy. ¿Qué hora es?
Edward miró su reloj luminoso.
-Casi las doce.
-Es temprano, pero creo que estoy agotada emocionalmente y tanta diversión...
-Duérmete.
-Buena idea.
Habían hecho el amor dos veces, pero aun así, había una intimidad especial en el hecho de compartir la cama con alguien, de bajar la guardia hasta el punto de dormirte...
-¿Prefieres que me vaya al sofá? -preguntó Edward.
-No, quédate conmigo -contestó ella-. Aquí hace más fresco..
-Bien -Edward le pasó un dedo por la línea de la nariz y le dio un beso de buenas noches en la frente-. Duérmete. Yo estaré aquí.
Ella sonrió.
-Procura dormir también -dijo.
-Lo haré.
Edward permaneció tumbado escuchando los ruidos apagados de una ciudad que no dormía nunca, ni siquiera en un apagón, y la cadencia suave de la respiración de ella. Le apartó el pelo de la cara, contento de tocarla mientras todavía podía, poco dispuesto a desperdiciar durmiendo el poco tiempo que pasaría a su lado. Ella emitió un ruidito de satisfacción.
-¿Edward?
-¿Hum?
-Me alegro de que haya ocurrido esta noche.
-Yo también -repuso él.
A pesar del calor sofocante, ella se acercó más a él y.. qué diablos, los dos estaban sudorosos y pegajosos, así que la estrechó contra sí. El muslo de ella se deslizó entre los de él y apoyó el brazo en el pecho masculino. Le dio un beso en el pecho y él se sintió enseguida más enamorado aún de ella.
Bueno pequeñas, disculpa enorme he tenido grandes y pequeños contratiempos :) grax por los R de todito 3 espero les guste el capítulo.
AraXO
