Edward permaneció tumbado escuchando los ruidos apagados de una ciudad que no dormía nunca, ni siquiera en un apagón, y la cadencia suave de la respiración de ella. Le apartó el pelo de la cara, contento de tocarla mientras todavía podía, poco dispuesto a desperdiciar durmiendo el poco tiempo que pasaría a su lado. Ella emitió un ruidito de satisfacción.

-¿Edward?

-¿Hum?

-Me alegro de que haya ocurrido esta noche.

-Yo también -repuso él.

A pesar del calor sofocante, ella se acercó más a él y.. qué diablos, los dos estaban sudorosos y pegajosos, así que la estrechó contra sí. El muslo de ella se deslizó entre los de él y apoyó el brazo en el pecho masculino. Le dio un beso en el pecho y él se sintió enseguida más enamorado aún de ella.

CAPÍTULO 12

-¡No! ¡Vuelve!

Edward se incorporó de golpe, desorientado por la cama extraña, las velas y una mujer que gritaba. . Su cama. El apagón.

-¿Qué pasa? -se puso en pie y agarró a Bella, que temblaba como una hoja.

-Peaches -ella tragó aire con fuerza y señaló la ventana-. Ha salido al alféizar -se aferró a él-. No tiene uñas en las patas de delante. ¿Y si resbala?

Ella quería a aquel gato. Edward no vaciló, no pensó, se asomó a la ventana.

-¿Lo ves? -preguntó ella.

Peaches parecía haberse dado cuenta del error cometido y estaba inmóvil en el saliente, un par de metros más allá.

Bella bajó la voz.

-Ven, precioso. Ven aquí. Tengo algo para ti -le temblaba la voz.

Peaches aulló con histeria felina, pero no se movió. Genial. Si la gente del siguiente apartamento abría la ventana, el gato seguramente se asustaría y caería a la calle.

Bella volvió a aferrarse a su brazo y Edward intentó calmarla.

-Tranquilízate.

-Voy a salir a por él -dijo ella.

-De eso nada.

-No puedo dejarlo ahí.

-Iré yo.

-No. No puedo dejar que hagas eso. Y además, a ti no te conoce.

Edward no pensaba permitirle que saliera a aquel alféizar mojado. Bajó la vista... había siete pisos hasta el suelo y no, no le permitiría salir de ningún modo.

-Los animales asustados responden mejor a los extraños en una situación de peligro. Lo vi en un documental -mintió para mantenerla alejada del saliente. La apartó de la ventana-. Espera aquí y yo te lo pasaré.

No le dio ocasión de discutir. Subió a la ventana y salió al alféizar. Era mucho más estrecho de lo que parecía desde dentro.

Se agarró al marco de la ventana con la mano izquierda y se puso en pie despacio, luchando por mantener el equilibrio. Apoyó la mano derecha en la pared de ladrillo y deseó que el saliente estuviera hecho del mismo material y no de mármol mojado y resbaladizo. Abrazó el edificio.

Cometió el error de mirar abajo y el vértigo se apoderó de él. La cabeza le dio ó los dientes y recuperó el equilibrio. No le gustaban nada las alturas.

-Edward, vuelve aquí -la cabeza de Bella asomó por la ventana, cerca de sus rodillas.

-Volveré cuando tenga al gato -mantuvo los ojos fijos en el edificio y en Peaches.

-¿Y cómo lo vas a hacer?

Ella había elegido un mal momento para iniciar una conversación.

-No lo sé. Lo estoy pensando.

-¿Y no crees que deberías haberlo pensado antes de salir ahí?

Él avanzó hacia Peaches, y la toalla, cuyo nudo se había aflojado al subir a la ventana, resbaló un poco por sus caderas. Genial. Sólo llevaba una toalla y se estaba cayendo. Moviéndose muy despacio y con mucho cuidado, se la quitó y se la echó al hombro. Mejor enseñar el trasero a siete pisos de altura que tropezar con la toalla.

¡Maldición! Ni siquiera iba a morir con dignidad. Con honor, tal vez, pero con dignidad no.

Pero él podía hacer aquello. La clave para no morir estaba en moverse despacio. 0 al menos eso esperaba.

Pero no sabía si tenía muchas probabilidades de agarrar al gato. La maldita bestia lo había mordido antes, cuando había intentado acariciarlo. Edward hizo lo único que podía hacer... siguió avanzando hacia el gato y le habló en voz baja.

-Bien, amigo. Agárrate con fuerza. ¿Ves?, ahí está el truco. Puede que tú tengas siete vidas, pero yo sólo tengo una...

-¿Qué? -preguntó Bella.

Él volvió la cabeza en su dirección con cuidado.

-Hablo con el gato. Danos un minuto, ¿vale? Y te agradeceríamos mucho que no hicieras ruido ni movimientos repentinos.

Miró de nuevo a Peaches y siguió hablando.

-Con franqueza, creo que soy muy joven para morir, pero aunque no lo sea, no quiero morir estrellándome desnudo contra el suelo. Y quién sabe, puede que tú ya hayas agotado tus siete vidas.

El gato lanzó otro aullido estremecedor. Un murmullo de brisa enfrió el sudor que caía entre los hombros de Edward.

-Escúchame bien. Yo te sujeto, volvemos a entrar ahí y juro que la convenzo para que te ponga otro nombre. Si yo me llamara Peaches, también estaría aquí fuera. Pero por mi honor que te cambiaremos el nombre en cuanto volvamos ahí dentro.

Peaches aplastó las orejas. Aquello no era buena señal.

Edward ya casi estaba allí... sólo unos centímetros más...

-Voy a pasar por encima de ti para ir al otro lado.

Respiró hondo. Levantó el pie derecho y lo pasó por encima del gato, con lo que Peaches quedó entre sus dos piernas y él podía agarrarse al marco de la ventana del vecino de Bella.

Bajó la vista hacia el gato. Éste lo miraba a él. 0 más concretamente, una parte de él. Peaches contemplaba su pene colgante con un brillo malicioso en los ojos, como si acabara de descubrir un juguete.

-¡Ni se te ocurra! -Edward cubrió su pene con una mano protectora.

Una mujer mayor apareció de pronto en la ventana.

-¡Pervertido! -gritó.

Se apartó y bajó la persiana.

Edward, sobresaltado, clavó los dedos en el marco.

Tranquilo. Tranquilo.

Recuperó el equilibrio y pasó el pie izquierdo por encima del gato. ¡Bien! Apartó la mano del pene. Ahora ya sólo faltaba la parte más terrorífica.

-Te voy a envolver en esta toalla, pero necesito que te quedes muy quieto o perderé el equilibrio y nos caeremos los dos.

Pasó la toalla de su hombro a sus manos.

-Tranquilo. Recuerda que vas a tener un nuevo nombre. Uno interesante, un nombre de macho, uno que vaya con tu imagen -mientras hablaba se agachó y envolvió al gato en la toalla con cuidado-. No pierdas la calma. Sólo falta un minuto para que estemos a salvo.

Sorprendentemente, Peaches no ofreció resistencia y no se movió cuando él se lo colocó bajo el brazo, como si fuera un balón de fútbol americano. Edward no supo cuánto tardó... a él le parecieron horas... pero siguió hablando de vuelta hacia la ventana de Bella y al fin le pasó el gato y la joven lo apretó contra sí. Edward usó la mano libre para agarrarse al borde de la ventana abierta.

-¿Necesitas ayuda para entrar? -preguntó ella.

-Sólo déjame espacio -pasó los pies primero.

Cuando al fin pisó suelo firme le empezaron a temblar las rodillas. Nunca le había parecido tan maravilloso estar encerrado entre cuatro paredes. Se volvió y cerró la ventana de golpe. Antes de volver a abrirla, se asarían como cerdos en el infierno.

Peaches, perdida ya la paciencia, se soltó de los brazos de Bella y salió corriendo de la habitación.

Bella se volvió hacia él con ojos llameantes. -Eso ha sido lo más estúpido e idiota que he visto en mi vida -gritó.

-¿Eh? ¿Pero qué dices? ¿Por qué no me das las gracias?

-¿Las gracias? ¿Las gracias? -la voz de ella subía de tono a cada palabra-. ¿Tengo que darte las gracias cuando podías haber muerto ahí fuera, idiota? -se acercó y le golpeó el pecho con las manos-. Podías haberte caído. ¡He pasado tanto miedo! Y estabas desnudo. Y podías haber muerto.

¡Dios! Estaba casi histérica por él. Edward le sujetó las muñecas e intentó no hacerle daño.

-Calla, calla, no pasa nada, yo estoy bien. Y tú estás bien. Los dos estamos bien.

Bella apoyó la cabeza en su pecho y él le pasó la mano por el pelo. Ella le echó los brazos al cuello y lo estrechó con fuerza.

-No vuelvas a hacer una cosa así. Nunca en mi vida había pasado tanto miedo. Si llegas a caerte...

Lo besó en la boca con una pasión hija del miedo y la furia. Apretó la boca contra la suya y liberó en él la adrenalina provocada por la aventura. Edward le devolvió el beso como si quisiera devorarla.

Era cierto. Podía haber muerto allí fuera. Pero no había muerto y estaba en sus brazos. Y parecía que a ella le importaba muchísimo que se hubiera jugado la vida.

Se tambalearon abrazados hasta la cama, cada uno de ellos empeñado en comerse vivo al otro. Cayeron sobre el colchón y esa vez fue Edward el que sacó el preservativo del cajón con mano temblorosa. Antes la había deseado, soñado con ella, le había hecho el amor, pero nunca había conocido nada así, una necesidad tan abrumadora de enterrarse en ella para celebrar haber vuelto con vida del saliente... para reclamar su premio.

Mientras se ponía el preservativo, ella se desnudó y se tumbó de espaldas con las piernas separadas y el sexo brillante... preparada.

-No. Date la vuelta. Ponte de rodillas.

Ella cerró las piernas pero siguió tumbada de espaldas.

-Primero apaga todas las velas -dijo.

Desde luego, no era la mujer más lógica que había conocido.

-Pero la oscuridad te da miedo.

-Me da más miedo lo grande que es mi trasero.Y estamos perdiendo el tiempo -tendió la mano y le acarició el pene.

Edward se apartó y se dejó caer de rodillas al lado de la cama. Ella lo miró con recelo y no poca frustración.

-Estoy aquí para arrodillarme ante el altar de tu magnífico trasero. ¿Por qué crees que he salido ahí fuera? ¿Por el gato o para poder ver después tus ojos verdes? No, amor mío. He salido ahí fuera por esto -le acarició una nalga y clavó los dientes en ella. Tawn y parecía no saber si echarse a reír o pegarle, pero por suerte, todavía brillaba el deseo en sus ojos.

-Ya te lo dije antes -siguió él-. Esto -acarició la curva de las nalgas- puede hacer que los hombres caigan de rodillas. Yo estoy de rodillas y me gustaría verte a ti de rodillas y con tanta luz como sea posible para ver esta obra de arte en acción.

No pensaba ceder en ese punto. No sólo era verdad lo que decía, que quería verla retorcerse y moverse mientras le hacía el amor desde atrás, sino que tambiénn quería que superara aquel complejo ridículo y comprendiera que su trasero era motivo de celebración, no algo que había que esconder en la oscuridad.

Mordisqueó el trasero en cuestión y, convencido de que la acción valía más que las palabras, se dedicó a demostrarle cuánto apreciaba sus atributos. Se tomó tiempo besando... lamiendo... succionando aquel terreno dulce. Y ella lo recompensó con gemidos de apreciación y retorciéndose contra su boca.

Ardía de deseo por ella, estaba enganchado con su trasero y el aroma de su excitación resultaba enloquecedor, con su humedad deslizándose entre los labios de ella. Probó el sabor de su néctar con la lengua.

-Edward...

Miró el rostro sonrojado de ella desde su posición entre sus muslos.

-¿De verdad me vas a negar algo que me haría tan feliz?

La joven, jadeante, se dio la vuelta con tal rapidez que lo tomó por sorpresa. Cuando se levantó, ella estaba ya de rodillas, con las piernas separadas y las nalgas en el aire. Su sexo brillante resultaba una invitación.

-Me vas a volver loca. Hazlo como quieras, pero hazlo de una vez -ella lo miró por encima del hombro y se dio una palmada en la nalga-. Si esto es lo que quieres, monta de una vez, vaquero.

Edward subió a la cama detrás de ella y deslizó un dedo entre las nalgas.

-Me he acercado al templo de lo divino. ¿Puedo entrar?

-¡Maldita sea, Edward! No está bien que me hagas reír cuando me has puesto tan caliente.

Él deslizó su pene cubierto por el preservativo a lo largo del canal de ella y lo frotó contra su clítoris.

-Quiero ofrecerte un sacrificio.

Bella se echó hacia atrás y terminó de introducirlo en su interior.

-¡Sí! -gritó-. Ya estoy contenta. ¿Tú estás contento?

Ella estaba caliente y estrecha y él comenzó a moverse.

-No, estoy pletórico -contestó.

-¿Quieres que haga qué? De eso nada. No pienso hacerlo -Bella se colocó de espaldas y resopló con fuerza. Ella se sentía satisfecha después de un revolcón fabuloso y él tenía que estropearlo todo.

Edward saltó de la cama y se dirigió hacia la puerta.

-¿Adónde vas? -preguntó ella.

-A por la cámara.

-¿Necesitas la cámara para hablar de esto?

-No, la necesito para captar el aspecto que tienes ahora. Recuerda que tengo que captar a la auténtica Bella.

Volvió poco después con la cámara colgada. Ella le lanzó una mirada altiva y giró la cabeza.

enfadada.

Ella giró la cabeza.

-No estoy enfadada.

-¿No? ¿Y tú cómo lo llamarías?

-Ofendida. No tenías derecho a prometerle a mi gato que le cambiaría el nombre. Me encanta el que tiene. Si tú quieres bautizar a un animal, cómprate uno.

Le importaba un bledo si sonaba grosera. Toda su vida le habían dicho lo que tenía que hacer, cuándo y cómo tenía que hacerlo. Al fin vivía sola y no estaba dispuesta a que nadie, por mucho placer que le diera en la cama, le cambiara el nombre a su gato. Peaches era suyo y Edward podía irse al diablo.

-Estaba desesperado. No se me ha ocurrido otra cosa.Y le he dado mi palabra.

-Pues deberías haberme consultado antes.

-¿Qué? ¿Querías que iniciara negociaciones contigo desde el alféizar de la ventana, donde por cierto estaba desnudo?

-No hay ninguna necesidad de ser sarcásticos.

-No hay ninguna necesidad de ser irracionales, Bella.

Dejaría pasar aquel comentario porque la otra opción era matarlo. ¡Y pensar que había empezado a gustarle mucho! ¡Agh! La ponía furiosa.

-¿Te he pedido yo que salieras? No. De hecho, te he pedido que no lo hicieras.

-¿De verdad pensabas que te iba a dejar salir a ti?

Bella no podía recordar haber estado nunca tan furiosa.

-¡Vaya, salió el macho! ¿Crees que eres más valiente que yo sólo por ser hombre?

-¿Valiente? -él echó atrás la cabeza y soltó una carcajada, pero no parecía muy divertido-. El valor no ha tenido nada que ver con eso. Tenía tanto miedo que no podía ver con claridad.

-¿Y la irracional soy yo? ¡Ja! Si tanto miedo tenías, ¿por qué no me has dejado salir a mí?

-Porque no podía... me parecía que era lo que tenía que hacer.

Salió del dormitorio. Típico de un hombre largarse en mitad de una conversación que no iba como él quería.

Bella se puso las bragas y el top y salió tras él.

-Me convence tu explicación -dijo con ironía-. Me convence mucho.

-¿No puedes dejar el tema? -Simón se sentó en el sofá.

-No, no puedo. ¿Qué quieres que haga si me gusta tener algo de lógica en mi vida?

-¿Lógica? Tú no eres precisamente la mujer más lógica que he conocido.

-Eso tiene gracia, viniendo de un hombre que sale desnudo al saliente de un séptimo piso y le promete a mi gato cambiarle el nombre sin mi permiso porque le parece que es lo que tiene que hacer.

-¿Quieres lógica? A ver qué te parece esto. He salido ahí porque, si no lo hacía yo, lo harías tú y yo no podría soportar que te ocurriera algo -Edward cerró la boca con fuerza, como si hubiera dicho ya demasiado. Y, bueno, la verdad era que había dicho mucho.

¿Había salido porque estaba preocupado por ella? La embargó un calor que no tenía nada que ver con el sexo y sí mucho con la emoción. No había sido para hacerse el macho y el valiente, lo había hecho por ella.

-¡Oh! -musitó.

-Así que siento que te hayas enfadado, pero le he prometido otro nombre.

Edward no era un maníaco del control que intentaba dirigir sus asuntos. Y Bella se sentía culpable.

-Creo que mi reacción ha sido un poco exagerada.

-Creo que sí. ¿A ti te gustaría ser un gato malo y llamarte Peaches? -él se estremeció visiblemente.

-Está bien. Vamos a ver qué se te ocurre a ti. ¿Qué propones?

-Es tu gato.

-Según una cultura antigua, después de salvarle la vida, ahora te pertenece a ti.

A él parecía horrorizarlo la idea.

-Pero yo no lo quiero.

-No te lo voy a dar; es sólo en un sentido doy la tarea de ponerle nombre.

-Pero no la quiero.

-Pues lo siento. Tú le has prometido un nombre nuevo, así que dale uno.

-¡Pero yo no sé poner nombre a animales!

Bella puso los ojos en blanco. Aquel hombre era sexy, ilógico y exasperante.

-¿Cómo que no sabes ponerles nombre? Hazlo y en paz. ¿Nunca has tenido un animal?

-No.

Tenía que estar bromeando.

-¿Ni gatos ni perros ni un hámster?

-No.

-¿Ni una rana?

-No. A mis padres no les gustaban los animales.

Bella apretó los dientes. ¿Qué clase de personas eran capaces de descuidar a su hijo y encima le negaban un animal? A pesar de lo estirados que eran sus padres, en su casa había habido un perro, un hámster y varios peces de colores a lo largo de los años. Hasta una rana habría sido mejor que nada.

-No me gustan nada tus padres -declaró. Estaba deseando decirles lo que pensaba.

Edward pareció sobresaltarse, como si lo sorprendiera que le disgustaran sus padres por su causa. De pronto sonrió.

-No te preocupes -dijo-. Tú tampoco les encantarías a ellos. Eres demasiado... suelta para su gusto.

-¿Suelta? Eso me gusta -y ella no quería caer bien a personas así-. Pero no te vas a librar de bautizar al gato. 0 le cambias el nombre o se queda con Peaches y no cumples tu promesa.

-Eres una mujer muy dura -protestó él-. Brutus.

-No. No puedo vivir con un gato llamado Brutus. Prueba otra vez.

-Magnus.

Bella hizo una mueca.

-Olvídalo. He tenido una idea genial. Le pondré yo el nombre.

-Me parece bien. ¿Cómo se va a llamar?

-Edward. Le pondré tu nombre.

Y sorprendentemente, él no pareció molesto ni enfadado, sino más bien complacido de que le pusieran su nombre a un gato.

-Parece contento con su nuevo nombre. ¿Tú qué piensas? -preguntó Bella.

Edward el gato estaba sentado encima del frigorífico con los ojos cerrados y sin hacerles ningún caso. Edward el hombre pensaba que estaba loca y que resultaba adorable.

-Está loco de alegría.

Bella se echó a reír y él hizo mentalmente una foto. Quería recordar siempre aquel momento. Estaban metidos en una conversación absurda en una cocina que era un horno sin electricidad, y no recordaba haber sido nunca tan feliz.

Ella se puso de puntillas y lo besó en los labios.

-Aunque no te guste admitirlo, eres un hombre muy agradable.

Su ternura lo sorprendió.

-¿No me has llamado idiota hace poco?

-No son mutuamente exclusivos. Se puede ser las dos cosas.

Lo miraba de un modo que hacía que a él se le acelerara el corazón. Pero ella se equivocaba. El noventa y nueve por ciento del tiempo era idiota y ella estaba despechada por lo de Mike y le adjudicaba cualidades que no tenía.

-Tendrás que hablar con Mike -dijo.

-No, no tengo que hacerlo. Pero supongo que lo haré.

-Tienes que cerrar ese punto o tendrás que buscarlo más tarde para quitarte una adicción al Prozac -comentó él.

-Me conoces muy bien -ella le tiró un paño de cocina a la cabeza.

Él lo atrapó con la mano.

-Parece que lo has asimilado bien.

-No soy propensa a la histeria.

Edward enarcó las cejas, recordando la escena que había hecho ella cuando él había vuelto a la habitación. Había estado al borde de la histeria. Por é ía le costaba creerlo.

-Bueno -rectificó ella-. Si creo que alguien que me importa puede morir, eso es distinto, pero en líneas generales no soy propensa a la histeria -lo miró de arriba abajo y detuvo los ojos en la parte delantera de su pantalón-. Y tú me has ayudado a superar mi dolor por el rechazo.

-Me alegro de haber servido de algo.

-Puede que no me creas en absoluto, pero casi me siento aliviada. No de que Mike sea gay y me haya engañado, eso me cuesta aceptarlo. Pero creo que los dos sabíamos que algo no funcionaba. Y cuando empecé a soñar contigo... bueno, eso hace que pienses que no estás preparada para meterte en el matrimonio.

A Edward lo sorprendía todavía haber sido el objeto de sus fantasías.

-Los sueños no son un buen indicador -musitó-. ¿Habrías anulado el compromiso si Mike no se hubiera acostado con otra persona?

Bella pensó un momento la pregunta.

-No lo sé. Espero que no. No lo odio, pero no me gusta su infidelidad ni que te haya encargado contármelo a ti.

-¿Todavía lo quieres? Es evidente que lo has querido.

-No estoy segura -ella se tocó el punto del dedo donde había estado su anillo de compromiso-. Lo quería. Y supongo que, cuando se me pase el enfado, lo querré todavía -él sintió un nudo en el estómago-. Pero no como debería quererlo para casarme con él. Nos divertimos juntos, pero entre nosotros no hay pasión auténtica.

Lo miró a los ojos.

-No hay intensidad. ¿Me comprendes? Edward apartó la vista. La comprendía muy bien.

-Mike y yo no tenemos eso.

Cierto que era una mujer adulta y podía tomar sus propias decisiones. Pero en algún punto había estado lo bastante segura para querer casarse con Mike. Él sabía de primera mano que podía ser ilógica y emocional y no quería que tomara una decisión de la que luego se arrepintiera.

-La pasión no dura. Se quema y evoluciona a otra cosa -dijo, haciendo de abogado del diablo.

-No soy ninguna ingenua. No creo que la gente siga teniendo eso después de veinte años. 0 quién sabe. A lo mejor sí. Pero sí sé que debes tenerlo al principio. El amor no puede ser algo completamente cómodo, como unas pantuflas viejas. Tiene que ser como unos zapatos de tacón de aguja, sexy, excitante y que valga la pena la incomodidad. Y si eso es lo que ha encontrado Mike, mejor para él.

Se encogió de hombros y sonrió.

-Eso es original -comentó él-. Nunca había oído comparar el amor con zapatos.

-Yo no sabía que sentía así hasta que... bueno, hasta que empezaron los sueños. Y ahora que Mike me ha obligado a reconsiderarlo todo... No sé lo que pensarás tú, pero yo creo que el sexo entre nosotros ha sido increíble.

Edward tendría que haber sido tonto o haber estado muerto para no haber sentido orgullo. Sonrió.

-Lo ha sido, ¿verdad?

-Y ya que hablamos de Mike, quiero que sepas que no tengo intención de contarle lo que ha pasado esta noche.

Aquello borró la sonrisa de su cara.

-¿Porque te avergüenzas?

-No -lo miró como si estuviera loco-. Porque es tu amigo y no quiero interponerme entre vosotros. Pero, sobre todo, porque no quiero que pienses que me he acostado contigo para vengarme de él. Me he acostado contigo porque me volvías loca en mis sueños y cuando te tuve aquí... fue aún peor.

-¿Peor?

-Tú ya me entiendes. El sonido de tu voz, el contacto de tus manos en mis hombros, tu olor...

Bella lo excitaba sin ni siquiera tocarlo. Y sólo había una respuesta lógica para eso.

Edward la hizo retroceder hasta la encimera y la besó.