-Y ya que hablamos de Mike, quiero que sepas que no tengo intención de contarle lo que ha pasado esta noche.

Aquello borró la sonrisa de su cara.

-¿Porque te avergüenzas?

-No -lo miró como si estuviera loco-. Porque es tu amigo y no quiero interponerme entre vosotros. Pero, sobre todo, porque no quiero que pienses que me he acostado contigo para vengarme de él. Me he acostado contigo porque me volvías loca en mis sueños y cuando te tuve aquí... fue aún peor.

-¿Peor?

-Tú ya me entiendes. El sonido de tu voz, el contacto de tus manos en mis hombros, tu olor...

Bella lo excitaba sin ni siquiera tocarlo. Y sólo había una respuesta lógica para eso.

Edward la hizo retroceder hasta la encimera y la besó.

CAPÍTULO 13

Bella pasó las manos por el pecho sudoroso de Edward. La reconciliación había subido su temperatura, pero la cocina era como un horno.

Recordó algo que había leído una vez en una revista. Parecía el momento perfecto para probarlo.

-¿Quieres un polo? Si la electricidad tarda mucho en venir, se van a derretir de todos modos. Por lo menos estará frío.

Él se movió un poco, de modo que ella ya no estaba atrapada entre la encimera y el cuerpo duro de él.

-Sí. Hace años que no tomo un polo.

-Yo los compro cuando hace este calor. Son dulces y tienen menos calorías que los helados -abrió el congelador-. Estupendo. Siguen congelados. ¿Cereza, fresa o uva?

-Definitivamente, cereza.

Bella le pasó uno.

-También es mi favorito.

Desenvolvió el suyo y lo lamió despacio, primero por un lado y después por el otro.

-Hum.

Miró a Edward, se metió el polo en la boca y chupó con fuerza. Lanzó un gemido.

Edward la miraba apretando el suyo en la mano.

-No sé si puedo verte comer un polo sin tener un infarto -se apoyó en la encimera como si tampoco supiera si podían sostenerlo las piernas.

Bella sonrió y mordisqueó la punta. Le encantaba ver cuánto lo excitaba. Se bajó el top y liberó sus pechos.

-¿Qué te parece esto?

Pasó el polo por los pezones.

-¡Vaya! Esto te enfría con rapidez.

Edward hizo un ruidito con la garganta.

-Bella...

Definitivamente, había un bulto en la bragueta de su pantalón.

-¿Quieres que nos llevemos esto al dormitorio? Me parece que estaremos más cómodos allí -y no tenía intención de hacer el amor delante de su gato. Tomó un tazón.

-Vamos -él le tomó la mano y casi la arrastró por el pasillo hasta el dormitorio.

-Humm. Me gustan los hombres entusiastas.

-Tu polo y tú habéis suscitado mi entusiasmo -repuso él.

Ella levantó del suelo la toalla con la que había salido él a por el gato, la extendió en la cama y se sentó en el borde.

Edward intentó abrazarla, pero ella se escabulló.

-Una cosa es el entusiasmo y otra la impaciencia. Todavía no es hora. Acabamos de empezar a disfrutar del polo.

Volvió a pasarlo por los pezones y después por el vientre y por la parte de arriba de los muslos.

-Bella, por favor.

Se sentía una mujer perversa.. .Y le gustaba.

-Puedo decirte dónde necesito enfriarme un poco.

Se tumbó de espaldas, apoyada en un codo. Colocó un pie sobre la cama y se abrió, con lo que Edward pudo ver claramente lo húmeda que estaba ya.

-Bella... -gimió.

El beso del hielo en la parte interior del muslo le provocó una sensación intensa. Acercó despacio el polo a los labios.

Se sentía perversa y muy excitada. Introdujo un poco el polo y lo movió.

-¡Oh!

Estaba duro y helado y ella estaba caliente. Edward se quitó los pantalones sin dejar de mirarla. Ella introducía y sacaba la punta del polo y se lamía los labios.

Edward se acercó al borde de la cama.

-Chupa el mío.

Bella estaba tan cerca del orgasmo que podría haber explotado cuando oyó el tono erótico de él. Edward le rozó los labios con su polo y se lo introdujo en la boca.

Bella no se había sentido nunca tan excitada como en ese momento. Estaba caliente por dentro, el polo se derretía en ella en un tiempo récord, deliciosamente frío contra su calor.Y la expresión de Edward...

Lamió el polo de él arriba y abajo.

-Parece que tienes calor -dijo-. Yo sé cómo refrescarte. Con algo frío en la superficie y caliente por dentro.

Edward no esperó una segunda invitación. Se puso un preservativo y la penetró.

-¡Oh! -exclamó Bella. Nunca había sentido nada tan placentero como el tacto del pene de Edward contra la piel fría. Calor y frío. Dureza y suavidad.

Era tan agradable que sabía que no podría durar mucho.

.

Edward se despertó con un sobresalto. Tardó un momento en darse cuenta de que sonaba su móvil, que estaba en sus pantalones en algún lugar del suelo oscuro. Saltó de la cama y los buscó a tientas.

Cuando consiguió encontrarlos, había dejado de sonar. Miró su reloj. ¿Quién podía llamar a esa hora de la madrugada?

Bella se incorporó sobre un codo.

-¿Quién llama?

-Voy a verlo -marcó el buzón de voz.

-Edward, soy tu padre. Llámame cuando oigas esto. Espera, no puedes llamarme aquí -colgó.

-Mi padre -dijo Edward a Bella, que estaba ya bien despierta-. Primero me pide que lo llame y después dice que no puedo llamarlo. Pero voy a probar de todos modos.

Se sentía aprensivo. Sus padres no lo llamaban nunca. Aquello no podía ser nada bueno.

Antes de que tuviera tiempo de hacer la llamada, sonó de nuevo su móvil.

-¿Papá?

-Edward, gracias a Dios que contestas. Estoy en el hospital City North. Creemos que tu madre ha tenido un infarto.

Las palabras de su padre fueron como un puñetazo en el estómago. Edward se sentó en la cama.

-¿Dónde está ahora?

-Aquí, en el hospital.

-No, quiero decir si está en la UCI.

-No. Le están haciendo un electro en Urgencias. Necesita que vengas -hubo una pausa-. Yo necesito que vengas.

Edward no vaciló. Para bien o para mal, eran sus padres.

-Voy para allá. Puede que tarde, pero voy para allá. Llevo el móvil encima. Llámame si cambia algo.

Colgó el teléfono y notó con sorpresa que le temblaban las manos.

-¿Qué pasa?

-Mi madre ha tenido un infarto -decir aquello en voz alta le hizo sentir náuseas.

-¡Oh, Edward! -Bella lo abrazó por detrás-. ¿En qué hospital?

-El City North.

Ella lo soltó y salió de la cama. Abrió un cajón de la cómoda y se puso un pantalón corto de correr. Edward se puso los vaqueros y la camiseta. Ella se puso un sujetador deportivo.

-¿Qué haces? -preguntó él.

-¿A ti qué te parece? Me visto. El City North está al noroeste de aquí. No tengo coche y no sé si podremos encontrar un taxi a estas horas, pero podemos ir corriendo -miró las botas Doc Marten de él-. Si crees que puedes correr con eso. Mis deportivas no te valen.

-¿Podemos?

Bella se recogió el pelo en una coleta y lo miró por el espejo de la cómoda.

-Voy contigo.

-No es necesario.

-Sí lo es.

-¿Y si no quiero que vengas?

-¿Me estás diciendo que no me quieres allí?

El problema era que lo asustaba hasta qué punto la quería allí. Lo asustaba lo fácil que era querer apoyarse en ella cuando había vivido tanto tiempo solo. ¿Y qué importaba que él la quisiera allí o no? Conocía a Bella y sabía que iría de todos modos.

-¡Qué diablos! Vente si quieres.

-Muy amable -ella lo besó en la mejilla-. Pero te perdono. Sé que estás preocupado por tu madre.

Se puso unas deportivas y se ató los cordones con rapidez.

Lo miró.

-¿Estás listo?

-Sí. ¿Seguro que sabes adónde vamos?

-Seguro. Tengo un gran sentido de la orientación.

-Me alegro. Yo no tengo ninguno.

Edward encendió una vela pequeña y apagó el candelabro de tres brazos. Bella apagó las velas que había dejado encendidas en la sala. Su apartamento parecía un horno. Todavía no habían empezado a correr y a Edward le corría ya el sudor por la piel.

Bella se reunió con él en la puerta. Se colocó una riñonera.

-Apaga esa vela y déjala aquí. Nos hará perder mucho tiempo en la escalera.

Edward la tomó de la mano y le dio un beso en la boca. Ella tenía pánico a la oscuridad, pero no quería retrasarlo en el viaje hasta su madre.

-Eres una mujer increíble. La conservaremos en el primer tramo de escaleras para que podamos contar cuántas hay de un rellano a otro. Si luego se apaga, podemos contar en la oscuridad.

-Buena idea -salieron al pasillo y ella cerró la puerta tras ellos-. La escalera está por aquí.

Agarró la mano libre de él y lo condujo por el pasillo oscuro. Edward abrió la puerta pesada que daba a las escaleras. Una vez allí, apretó la mano de Bella con más fuerza.

-¿Preparada? -preguntó.

-Vamos allá.

Edward contó en voz alta las escaleras hasta el primer rellano. Sólo faltaban seis pisos más. La vela había temblado varias veces en los últimos escalones y eso que no iban deprisa. A ese paso tardarían siglos en llegar abajo.

Bella lo detuvo en el rellano del sexto piso.

-Apágala, Edward.

-¿Estás segura?

Ella respiró hondo.

-¿Me darás la mano?

-Prometo que no te soltaré pase lo que pase.

-Entonces vamos -ella se volvió y sopló la vela, con lo que quedaron sumidos en la oscuridad.

Al principio avanzaron con cautela y después acabaron formando un ritmo. Edward contaba en voz alta y apretaba la mano de Bella. Pronto llegarían al primer piso. No habían tardado mucho, pero seguro que a Bella le había parecido una eternidad, a juzgar por el sudor que cubría su mano.

Una ola de calor los golpeó al salir del edificio. De los tejados y las escaleras de incendios llegaban algunas voces y una mujer reía calle abajo. En la distancia sonó un claxon. La atmósfera festiva anterior había desaparecido del todo.

-Es como un cuento de hadas donde hubieran echado un conjuro, ¿verdad? -preguntó ella.

Edward estaba de acuerdo. La ciudad que nunca dormía estaba sumida ahora en una duermevela intranquila.

-Es como el gigante dormido, ¿verdad?

-Exacto. Oye, sé que estás ansioso por llegar, pero no olvides que hay diez kilómetros y tenemos que controlar el paso. Creo que se pondrá bien, Edward. Ya está en el hospital y en buenas manos.

-Tú muestra el camino y yo te sigo.

Bella echó a correr en dirección este a través de la oscuridad, hacia Nueva Jersey, y Edward la siguió. Al doblar una esquina, ella giró al norte. Edward procuraba adaptarse a su paso y corrieron juntos un rato en silencio. Sólo pasaron a unos cuantos coches y algún peatón que otro.

Necesitaba aquella carrera para calmarse. No estaba muy unido a sus padres, pero no quería que le ocurriera nada a su madre. Intentó poner voz a lo que sentía porque sabía que Bella lo entendería.

-No debería tener tanto resentimiento, Bella, pero no puedo evitarlo. Siempre han sido un grupo de dos, conmigo mirando desde fuera. Ellos se tenían el uno al otro y yo tenía mi resentimiento. Fue mi compañero durante la infancia y la adolescencia. Son muchos años y ahora me cuesta abandonarlo. Pero lo más extraño es que la quiero mucho y... -se interrumpió, pues estaba al borde de las lágrimas.

-Claro que la quieres, es tu madre. Y puedes tener mucho resentimiento, pero no implica que no los quieras. La vida es así. Nuestros padres nos fastidiaron a nosotros y nosotros lo haremos con nuestros hijos. Es la ley de la naturaleza. Pero eso no significa que no te quieran y no significa que tú no los quieras.

Sus palabras calmaban el alma perturbada de él y el calor opresivo de la noche absorbía el golpeteo rítmico de sus pasos. Edward ignoraba la mordedura de una ampolla en el talón izquierdo. Las Doc Marten no eran el zapato ideal para correr. Era increíble cómo hablar con ella hacía que se sintiera mejor.

-¿Cómo llegaste a ser tan lista? -preguntó.

Ella no tuvo tiempo de responder. Los alumbró un foco y una voz gritó:

-¡Alto! ¡Policía!

Bella tropezó y Edward la sujetó por el brazo. Se pararon y se quedaron esperando en la acera.

Cegados por la luz, oyeron cerrarse la puerta de un coche y unos pasos que se acercaban.

-¿A qué viene tanta prisa? ¿No es raro ir corriendo vestido de negro en mitad de una noche así? ¿Huyen de algo o alguien en particular?

Edward no necesitaba en ese momento un policía arrogante. ¿Aquel hombre no tenía nada mejor que hacer?

-¿No tiene nada...?

Bella le dio un pisotón en el pie y lo interrumpió.

-Buenos días, agente -dijo con su acento meloso del al hospital City North. La madre de Edward ha tenido un infarto. Yo no tengo coche y no hay taxis, así que vamos corriendo -Bella sonrió al policía, que seguía siendo una silueta sin rostro fuera del círculo de luz-. Sé que parece raro, pero Edward no tenía ropa de correr en mi apartamento y por eso corre vestido de negro.

-¿De dónde es usted?

¡Maldición! Hacía un calor espantoso, era una hora horrible, estaban en mitad de un apagón y aquel poli se ponía a ligar con ella.

-De Savannah.

-Ah, un melocotón de Georgia.

Bella se echó a reír.

-Y usted parece un chico malo de Nueva York.

-Nacido y criado aquí. Eh, ¿qué les parece si los llevo al hospital?

Antes ella había acusado a Edward de ser muy macho y él no lo había sido nunca. Pero ahora sentía un impulso irreprimible de decirle a aquel poli que se metiera su coche...

-Estaría muy bien. Nos gustaría llegar al hospital lo antes posible, ¿verdad, Edward? -ella volvió a darle un pisotón.

-Ah, sí. Cuanto antes mejor.

Bella bajó de la acera y tiró de Edward hacia el coche. El policía les abrió la puerta trasera. Bella le sonrió.

-Es usted muy amable.

Subió al asiento de atrás con los pantalones cortos abrazando cada curva de su hermoso trasero. Y sí, el imbécil de la placa también se dio cuenta. Edward subió detrás de ella. Unos barrotes de acero los separaban de la parte delantera. Era la primera vez que estaba en un coche patrulla. Sonó la radio y el policía dijo su posición y adónde se dirigía.

Bella apretaba la mano de Edward mientras conversaba con Dan Berthold, el policía-chófer. Con las calles desiertas, al agente Berthold no parecía importarle violar la ley que supuestamente tenía que defender y pocos minutos después paraban en el hospital, que destacaba como un rayo de luz en la oscuridad circundante.

-¿Le importa dejarnos en Urgencias? -preguntó Bella.

-Claro que no -Berthold rodeó el edificio hasta la puerta de Urgencias, paró el coche y saltó al suelo para abrir la puerta de atrás.

A Edward no le pasó desapercibido el modo en que miraba las piernas de Bella cuando ella salía. Reprimió el impulso de darle un puñetazo. Atacar a un policía que lo había llevado con su madre no parecía buena idea, aunque se lo mereciera por mirar a Bella así.

La joven le estrechó la mano.

-Muchas gracias por todo.

-Ha sido un placer -Berthold miró a Edward-. Espero que se ponga bien, amigo.

Le tendió la mano y Edward se la estrechó.A lo mejor aquel hombre no era tan malo después de todo. Habían llegado mucho antes que corriendo.

-Gracias por traernos.

-De nada.

Berthold lanzó una última mirada de apreciación al trasero de Bella y subió al coche.

-Le gustas.

Bella puso los ojos en blanco.

-Nos ha traído al menos un cuarto de hora antes que si hubiéramos venido corriendo - miró las . Cuando entremos no te preocupes por mí.Te esperaré en el vestíbulo.

Edward se detuvo antes de empujar la puerta.

-No. Quiero que vengas conmigo.

-No me importa esperar en el vestíbulo. No quiero entrometerme.

Él le acarició la barbilla con el dorso de la mano porque necesitaba tocarla.

-Me gustaría mucho que vinieras conmigo.

-Entonces iré -ella le tomó la a buscar a tu madre.

Entraron en el caos brillante de Urgencias y la bendición del aire acondicionado. Edward miró a su alrededor, sin saber adónde tenía que ir. Bella tiró de él.

-¿Cómo se llama tu madre?

-Esmerald Platt. No tomó el apellido de mi padre al casarse.

Bella se acercó al mostrador y minutos después sabía ya dónde estaba su madre. Le puso una mano en el brazo.

-Ve tú delante. Tengo que lavarme la cara.

-Esperaré -ahora que estaba allí, no quería seguir por miedo a lo que podía encontrarse.

-No. Vete. Necesitas unos minutos a solas con ellos. Yo iré en diez minutos -lo besó en la mejilla y lo empujó en dirección a los prometo subir enseguida -le tocó el , Edward. Ella te espera.


Y Listo :) Que tengan un buen viernes :*