CAPÍTULO 18
-¡Un momento! -gritó Edward.
¿Es que no podía tener ni un momento de paz en su apartamento? Primero lo había llamado su padre al móvil después de dejarlo en su casa, después había llamado Mike para contarle tonterías y preguntarle si estaba en su casa y ahora había alguien en la puerta.
Bajó las escaleras de su loft. Por lo menos había vuelto la electricidad y no tenía que preocuparse por lo que le ocurriría a Bella en la oscuridad.
A pesar del regreso del aire acondicionado, seguía haciendo mucho calor. Se había duchado sin afeitarse y se había puesto zapatos de correr y una camiseta. Estaba limpio, pero la barba le daba aspecto descuidado, lo cual encajaba mejor con su humor.
Abrió la puerta, y se arrepintió enseguida. Era Bella. La miró. Llevaba un vestido de verano que realzaba sus curvas y el pelo recogido encima de la cabeza. Unas gafas de sol ocultaban sus ojos. En la espalda llevaba una mochila negra pequeña.
-¿Qué haces aquí? -preguntó él con brusquedad.
-Puede que no hayas tenido buenos padres, pero seguro que te educaron mejor que eso. ¿No vas a invitarme a entrar?
-Entra -él se pasó las manos por el pelo, pero se hizo a un lado. No tenía un buen día y no se sentía especialmente bien educado-. ¿Qué haces aquí? -repitió.
Dejó la puerta entornada a modo de indirecta.
Bella cerró la puerta y se subió las gafas de sol a la cabeza. Le brillaban los ojos. Estaba radiante.
-Vengo a cobrarme una promesa.
Se acercó más, y el olor combinado de su perfume y de su cuerpo hizo que a él le resultara muy difícil pensar.
-Yo no te prometí nada.
-No fue una promesa exactamente, sino más bien una intención -ella se quitó la mochila y la sujetó con una mano. Lo miró de arriba abajo con malicia.
Edward no sabía qué pensar. Esa mañana la había dejado y ahora ella lo miraba como si fuera un polo en un día de calor. Y él sabía muy bien lo que hacía ella con los polos.
-¿Has bebido? -preguntó.
La sonrisa de ella le subió la temperatura del cuerpo.
-Sólo café.
-¿Y cuál es esa intención?
-Tú dijiste que, si conseguías a tu amor, sabrías qué hacer con ella -se acercó un paso más a él-. Pues bien, estoy aquí y espero que me poseas como un loco durante una semana.
Aquello lo excitó en el acto. Edward sabía que tenía que sacarla de allí enseguida. Cuando se ponía a hablar así...
Tenía que mantener la cabeza fría.
-¿Y por qué crees que tú eres ella? -era imposible que lo supiera; él no se lo había dicho a nadie.
-Dime que no lo soy -ella sacó una foto de su mochila y se la pasó. Era una foto de él, sorprendido en un momento de debilidad... mirándola.
-Convénceme de que esto es mentira -insistió ella.
Edward sabía bien el poder de una fotografía. ¡Qué ironía! Tantos años escondiéndose detrás de una cámara para que ahora lo desnudara una foto.
No podría convencerla de que no la quería. Pero sabía que ella no lo amaba de verdad. No era posible. Le puso las manos en los hombros y lo apartó de ella- Bella, tú estás despechada. Es demasiado pronto. No me conoces bien.
-Está bien, creo que ya has sacado todos tus argumentos. Pues ahora me toca hablar a mí. En primer lugar, Mike me hirió en mi orgullo -le dio con el dedo en el pecho-, tú me has partido el corazón. En segundo lugar, ¿para qué es pronto? El amor no tiene tiempo. Y tercero, no me digas que no te conozco.
Le tomó la mano y se la llevó a los labios.
-Te conocí cuando saliste al alféizar a por mi gato. Te conocí cuando me dabas la mano en la oscuridad y cuando cubrías a Mike. Te conocí cuando fuiste corriendo a ver a tus padres porque te necesitaban, cuando me secaste y me llevaste a la cama en brazos porque estaba muy cansada para moverme. Seguro que hay muchas facetas de ti que todavía no he visto, pero no me digas que no te conozco.
Edward quería creerla, pero sabía cosas que ella desconocía. Sabía que, cuando ella lo conociera, conociera el núcleo vacío dentro de él, no podría quererlo.
Apartó la mano y se alejó unos pasos.
-¿No lo comprendes? -tenía que hacérselo entender. Yo soy Hades, señor de la oscuridad. Tú eres Perséfone, luz y belleza. No debes estar conmigo.
Bella abrió mucho la boca unos segundos.
-Por favor, dime que no crees esas bobadas que acaban de salir de tu boca. ¿Por qué diablos iba a querer yo ser una blanda como Perséfone? Si te gustan las analogías mitológicas, por lo menos compárame a Atenea o Artemisa, no a una inútil a la que tuvo que salvar su madre -lanzó la mochila sobre el sofá-. Pensaba llamar a un psicólogo el lunes para mí, pero creo que eres tú el que debe pedir cita.
-Yo no necesito un psicólogo -repuso él-. Y si tan maravilloso soy, ¿por qué intentas cambiarme?
-Yo no intento cambiarte -ella levantó las manos en el aire-. Sólo intento que comprendas un par de cosas. Y si no dejas de decir locuras, sí necesitas un psicólogo.
-¿Y crees que puedes anularlas sólo con decir que son locuras?
-Escucha, amigo. Tú fuiste el que me dijo que, si iba a dejar que la opinión de mis padres dirigiera mi vida, hiciera las maletas y volviera a casa. Sigue tu propio consejo y no dejes que tus padres arruinen tu capacidad para tener una relación.
Edward suspiró.
-¿Por qué necesitas tú un psicólogo?
-Porque me estás volviendo loca.
Él se cruzó de brazos.
-¿Cómo te vuelvo loca?
-Bueno, tú personalmente no, pero sí esos sueños. No entendía cómo podía querer a Mike y ,soñar contigo todas las noches. Pero ahora ya no necesito un psicólogo para eso. No quiero a Mike, bueno, sí lo quiero, pero como a un cruce entre hermano y amigo, no como te quiero a ti.
Edward tenía que reconocer que ella hablaba con lógica.
-¡Oh!
-¿Eso es todo? ¿No vas a decir nada más?
-¿Qué quieres que diga?
Bella cerró los ojos, como si estuviera perdiendo la paciencia.
-Edward, creo que tenemos un futuro largo y feliz por delante. Sé que me quieres, pero me gustaría oírlo sin tener que sacártelo con sacacorchos -se acercó y le puso una mano en la te quiero. ¿Tan difícil es decir eso?
La foto ya lo decía a gritos, pero Edward optó por decirlo también con los labios.
-Te quiero.
-Gracias -ella parecía tan feliz que a él casi se le partió el corazón.
-¿Y si no cumplía con sus expectativas? ¿Y si no era el hombre que ella creía?
-Pero eso no cambia nada.
-Y un cuerno. No te vas a librar de mí porque te quiero y sé que me quieres. Adelante, retírate detrás de ese muro que te has construido, pero te juro que lo hundiré aunque tenga que hacerlo ladrillo a ladrillo. Te aseguro que estoy entrenada para luchar por lo que quiero y que esto es la guerra.
-Te cansarás. Antes o después descubrirás que no soy esa versión romántica que te has forjado en tu mente.
-Te equivocas. Y por favor, no me digas que soy irracional. No me hago ilusiones. Eres arrogante, testarudo, sarcástico y mandón.
-¿Tú me has llamado mandón?
-Por eso hacemos tan buena pareja. No me asustas porque yo soy igual -se sentó en el sofá y tiró de él hasta sentar a Edward al lado-. Tú me dijiste que habías pasado miedo en alféizar de la ventana. Tener miedo está bien. Para eso está el valor. Para afrontar lo que no te da miedo no se necesita valor. Tener miedo está bien, pero huir de él no.
-Tú sólo tienes miedo a la oscuridad –dijo él.
-Eso no es verdad. Me asusta muchísimo no ser capaz de convencerte. Tengo tanto miedo de perderte que estoy temblando por dentro.
-¿Y crees que eso sería tan malo?
-Mucho peor que estar sola en la oscuridad. ¿Dónde voy a encontrar a otro hombre que adore este trasero? -sonrió, pero enseguida se puso estoy desnudando mi alma, Edward. Sal al alféizar conmigo.
Poco a poco lo convencía, lo hacía creer. Había algo de mágico en ella porque Edward empezaba a pensar que quizá podía amarlo después de todo. Ella se había aventurado en la oscuridad con él y sólo le había pedido que le apretara la mano. Y ahora le pedía lo mismo. Edward sintió que el vacío oscuro que siempre llevaba dentro empezaba a cerrarse.
Tomó la mano de ella y se la llevó a los labios.
-Me quieres de verdad, ¿no? -preguntó, maravillado.
Bella le sonrió como si acabara de darle la luna.
-Ya te lo he dicho.
Edward la sentó en su regazo y ella se abrazó a su cuello.
-Te quiero -dijo él-. La besó con ternura-. Te amo -reiteró.
Le sentaba bien decirlo y sonaba tan terrorífico como había pensado. La besó de nuevo, esa vez con pasión.
Cuando se apartaron para respirar, él frotó su erección en el delicioso trasero de ella. Sólo un beso y ya estaba excitado. Y antes de entregarse al placer, quería saber una respuesta.
-Tengo una pregunta -dijo-. ¿De dónde has sacado esa foto?
-Me la ha dado Mike -ella le mordisqueó el cuello-. Deberías mirar mi ropa interior, creo que te gustará.
Edward deslizó una mano debajo de su vestido.
-¿Mike hizo esa foto? -esperaba encontrarse un tanga o encaje, pero sus dedos tocaron piel caliente y húmeda rodeada de encaje-. ¡Oh, qué interesante! -recorrió con un dedo los labios húmedos de ella, que el encaje dejaba al descubierto.
-Con agujero. He venido armada para la batalla -sonrió ella. Le lamió el labio inferior con la punta de la lengua-. La foto es de Richard.
Edward le subió el vestido y descubrió unas bragas negras con un agujero en el centro.
-0 sea que Mike se ha chivado.
Bella se echó a reír y separó las piernas.
-Sí. Ha sido él.
Edward deslizó un dedo en su canal sedoso y ella lanzó un gemido que lo excitó todavía más.
-Me encanta que hagas esos ruidos. Me pones el pene muy duro.
-Y a mí me encanta que hables así y me toques así. Haces que me moje. Pero eso ya lo sabes.
Sí. Eso lo sabía.
-Recuérdame que le dé las gracias a Mike más tarde. Mucho más tarde. La semana que viene, por ejemplo. En este momento tengo que cumplir una promesa.
Y bien... ya casi ya casi :D Gracias por seguir la historia ;)
