Capítulo 1 : Bienvenida a Dallas

- Déjame decirte que creo que te has vuelto completamente loca – intentaba por todos los medios su amiga Lita de que recapacitara y no hiciera aquella locura.

-Serena, Lita tiene razón, eres una mujer hermosa, conocerás a alguien de cual te enamores, cualquier hombre estaría encantado de estar a tu lado. –secundo Mina

-Es que no entienenden, justamente es eso, me canse de cualquier hombre, quiero poder despertarme por la mañana y no preocuparme por nada que no sea que conjunto estrenare en vez de estar pensando como haré para comer hoy.- termino de poner las maletas en el taxi y cerro de golpe el baúl, el chofer la miro en forma de regaño. – Saben perfectamente cual era mi plan para mi vida…. Me lo han arrebatado todo, y quiero todo lo que he perdido.

-El dinero no te devolverá ….. – Mina quedo en silencio con la mirada reprobatoria que le dirigió su amiga – Hay dios estas completamente loca ¿lo sabias?. – le dijo mientras la estrechaba en un abrazo.

-Mantennos al tanto – le indico Lita.

-Por supuesto, la próxima vez que las llames es para que se midan los vestidos de damas de honor – la rubia subió sonriente al taxi y encamino su viaje.

Cuando Serena Tsukino vio que la verja estaba cerrada con una cadena y un candado, su ánimo se hundió igual que los tacones de sus botas nuevas en la tierra blanda. «Debes cruzar la verja y avanzar un kilómetro, más o menos», le había explicado la secretaria de Rei Chiba. Pero, ¿cómo diablos iba a cruzar una verja cerrada con candado?

Completamente abatida, Serena volvió al Mercedes que había alquilado dos horas antes en el aeropuerto de Dallas. Las cosas no estaban saliendo como ella había planeado. Se había gastado el dinero que le quedaba en ropa provocativa y, para pagar el billete de avión y el alquiler del coche, no había tenido más remedio que pedirle un préstamo a un amigo. La comida y el alojamiento en el Nido de Crow, que así se llamaba la finca donde Darien Chiba solía retirarse a jugar al golf, le serían amablemente ofrecidos por el hermano de Rei.

O eso había asegurado la secretaria.

El estómago empezó a gruñirle. Ya era la hora del almuerzo. ¿Se habría desviado del camino correcto?

No tenía más remedio que volver sobre sus pasos y buscar un teléfono. Murmurando entre dientes y maniobrando con esfuerzo, enfiló por el angosto sendero en dirección a la carretera principal. No había ni una sola casa a la vista. El paisaje aparecía dominado por amplias zonas boscosas y campos de hierba moteados de enormes máquinas que parecían saltamontes gigantes.

Al llegar al cruce de la carretera, Serena se adentró en los aparcamientos de un pintoresco edificio de madera. Sobre la puerta principal había un rótulo que decía: «Factoría y Museo Indio». A la izquierda del edificio se veían cuatro tipis indios hechos de estuco o cemento y pintados de colores chillones. Arrugando la nariz, Serena se bajo del Mercedes y entró en la factoría.

En el interior no se veía ni un alma, excepción hecha de cuatro figuras de madera tocadas con sombreros emplumados.

-¿Hola? ¿Hay alguien? -llamó.

Sólo le respondió la voz del silencio.

Tras adentrarse unos cuantos pasos en el oscuro local, distinguió una serie de estanterías repletas de artículos y un largo mostrador de madera. En uno de los extremos había dos mesas, con sus correspondientes sillas, situadas cerca de una estufa de butano. El espacio restante estaba ocupado por artículos de toda clase, desde sillas de montar a pintorescos souvenirs, pasando por cestas llenas de patatas frescas.

-¿Hay alguien? —repitió.

Durante unos segundos reinó un silencio sepulcral, roto únicamente por una especie de extraño repiqueteo similar a un sonido lejano de castañuelas.

Un poco asustada, Serena salió de la factoría y cerró la puerta con sumo cuidado.

Permaneció un rato en el porche, preguntándose qué debía hacer a continuación. De repente, le llamó la atención un ruido agudo. Parecía el rugido de una motocicleta y procedía de una cabaña de madera situada a unos cuantos metros de la factoría.

Se dirigió hacia allí, caminando casi de puntillas sobre la tierra blanda para evitar que las botas se le estropearan todavía más. Cuando se acercó y se asomó interior de la cabaña, el corazón casi se le salió del pecho. Dentro había un hombre. Pero no se trataba de un hombre cualquiera. Sólo llevaba puestos unos téjanos, botas y un sombrero. Era altísimo, y los músculos de sus brazos y sus hombros se flexionaban y se contraían mientras manipulaba una pequeña sierra mecánica.

Serena jamás se había sentido tan afectada por la imagen de un hombre. Exhalaba masculinidad por cada poro de su piel y parecía rodeado de un aura tan potente y deslumbrante como la proyectada por un cartel de neón. La rubia no pudo sino mirarlo, boquiabierta. Tenía el torso salpicado de motas de aserrín, y unas relucientes gotas de sudor le perlaban el musculoso abdomen. Increíblemente atractivo, poseía una mandíbula bien perfilada y una nariz perfecta, llevaba el pelo largo atado con una coleta, varios mechones caían sobre su rostro, parecía un modelo salido de catálogo. De repente, la miró, y el sorprendente azul zafiro de sus ojos dejó a Serena sin respiración.

-¡Maldita sea! -exclamó al cortar una de las orejas del enorme oso de madera que estaba tallando. Apagó la sierra mecánica y la dejó a un lado.

-Oh, Dios mío, lo siento mucho -se apresuró a decir Serena, apenada por lo que acababa de ocurrir-. Por culpa mía ha estropeado su... escultura.

-¿Mi «escultura»? -repitió él con una voz sexy y profunda. Ella notó que las mejillas le ardían.

-Me refiero al oso -dijo señalando con mano casi temblorosa la figura de madera.

Él esbozó una deslumbrante sonrisa. Luego se colocó bien el sombrero y dio unas palmaditas en la cabeza del oso.

-Tranquila, no se preocupe -contestó-. Le pondremos de nombre Vince.

-¿Vince? -repitió Serena casi hipnotizada por esa sensual voz.

Sí, Vince —dijo él, mirándola fijamente-. De Vincent. Vincent Van Gogh.

-¿Van Gogh? -preguntó la rubia totalmente desconcertada. Su cerebro no atinaba a ubicar el dato.

Ya sabe, el pintor que se cortó la oreja.

-Ah, claro —dijo ella sintiéndose como una perfecta estúpida-. Se refería al pintor - volvió a mirarle el pecho. Notó que, de golpe, los pezones se le endurecían.

Tras quitarse los guantes, él agarró una toalla que había colgada en la pared y comenzó a secarse la piel sudorosa.

-¿Qué puedo hacer por usted? —preguntó mientras se limpiaba el aserrín del pecho y limpiaba un hilillo de sudor que le descendía hacia el ombligo.

-¿Por mí? -mientras observaba sus dedos, largos y fuertes, a Serena se le pasaron por la cabeza miles de cosas que le encantaría que aquel hombre le hiciera.

-¿Puedo ayudarla en algo? -repuso él con una risita sofocada.

-¿Ayudarme? Eh... pues sí. ¿Es usted el dueño de la factoría?

-No. El dueño es Artemis, mi abuelo. Yo me llamo Seiya -soltó la toalla y se puso una camisa con ademanes apresurados—. Seiya Kou.

-Yo soy Serena. Serena Tsukino.

Él estuvo a punto de decir «lo sé», pero logró reprimirse. Serena había posado como modelo para algunas revistas y Seiya recordaba que, durante su período de prácticas en

California, muchas mujeres le habían llevado una fotografía de Serena Tsukino para que las dotara de su nariz o de sus pómulos perfectos.

-Encantado de conocerla, señorita Tsukino -dijo tocándose el sombrero en señal de cortesía-. ¿En qué puedo ayudarle?

-¿Sería tan amable de decirme si ése es el camino que lleva al Nido de Crow? - preguntó ella señalando hacia la carretera.

-Pues sí, señorita. Ése es.

-Vaya. Temía que me dijera eso. Verá, estoy citada con el señor Darien Chiba, pero he encontrado la verja cerrada.

«¡Maldición!», exclamó Seiya para sus adentros. Tenía delante a una de las mujeres más atractivas del mundo, y su primo ya se le había adelantado. Como de costumbre, Darien era un bastardo con suerte.

-Darien ha salido.

-¿Que ha salido? -dijo Serena con tono alarmado. Sus enormes ojos celestes se abrieron de par en par.

-Me temo que sí.

-Pero... pero estábamos citados. Venía a pasar unos días en su finca para escribir un artículo sobre el estilo de vida de los millonarios jóvenes.

-¿No conoce a Darien?

Serena negó con la cabeza. -No, nunca nos hemos visto.

Seiya pareció relajarse. La sonrisa volvió a aflorar a su rostro. -Decidió irse a Dallas con sus amigotes para ver el partido que disputan los Cowboys el domingo. Creo que estarán de vuelta el lunes.

-Pero si hoy es viernes.

-Sí, han empezado la juerga con cierta antelación.

-Debería haberme reunido con él hace un par de horas. Pero mi avión salió con retraso, y luego tuve problemas con la agencia que me ha alquilado el coche.

Al ver lo decepcionada que parecía Serena, Seiya sintió unas ganas tremendas de salir en busca de su primo con un hacha en la mano. Como podía solo pensar de dejar plantada aquella diosa.

-Yo no me preocuparía demasiado -comentó al fin-. Darien estará de vuelta el lunes. Si se encuentra lo bastante sobrio como para viajar, naturalmente.

-¿Si se encuentra sobrio? ¿Es que bebe mucho?

Seiya tuvo que morderse el labio inferior para no reírse. Su primo tenía todas las mujeres que deseaba. Pero a ésta la había visto él antes.

-Sí, una barbaridad. Ese hombre es un auténtico borrachín. «Espero que me perdones, primo», pensó.

De pronto se oyó el sonido atronador de un disparo y Seiya se estremeció, temiendo por un momento que el cielo quisiera castigarlo por haber mentido con semejante desfachatez.

Serena también dio un salto.

-¿Qué ha sido eso? —preguntó asustada.

-Nada, mi abuelo. Está en cama con la cadera rota, y cada vez que necesita algo dispara con su pistola por la ventana.

-¿No sería mejor que tocara una campanilla?

Seiya sonrió.

-Usted no conoce a mi abuelo. Acompáñeme a la tienda. Veremos qué quiere. Luego nos ocuparemos de su problema. Ya casi es hora de almorzar. ¿Tiene hambre?

-Estoy famélica.

-¿Le gusta el chile?

-¿Con judías?

-No diga disparates, señorita. Estamos en Texas. Sólo a un yanqui se le ocurriría estropear un plato de chile añadiéndole judías. ¿Es usted del norte?

Serena se echó a reír, y el sonido sensual de su risa hizo que Seiya concibiera pensamientos lascivos.

-Vivo en Washington -respondió ella-, aunque nací en Ohio. También pasé varios años en Nueva York.

-¿En Nueva York? -preguntó Seiya con una mueca exagerada de disgusto—. ¿Y le gustaba vivir allí?

Serena se encogió de hombros.

-Durante un tiempo, sí. Pero al final acabé cansándome.

-Eso mismo me pasó a mí en California. Con el tiempo, descubrí que Texas es el único sitio donde me siento verdaderamente a gusto.

Una vez que hubieron entrado en el almacén, Seiya invitó a Serena a que se sentara en una de las mesas.

-Le echaré un vistazo a mi abuelo. En unos minutos estaré de vuelta con el chile.

Mientras Seiya se alejaba y subía las escaleras que conducían a la planta de arriba,

Serena se fijó en sus largas piernas. Cielos, qué hombre. Jamás había conocido a nadie con tanto atractivo sexual. Y, como había podido comprobar por lo poco que habían hablado, resultaba un verdadero placer estar a su lado.

Dejó escapar un suspiro. Seiya poseía todo aquello que cualquier mujer podía desear.

Todo... salvo dinero.

«Si es más fácil enamorarse de un rico, mamá, ¿por qué siempre me siento atraída por hombres que no tienen donde caerse muertos?»

Era una lástima que Seiya Kou le gustara tanto. Sobre todo en aquellas circunstancias precisas.

Serena volvió a suspirar. No podía permitirse el lujo de perder la cabeza por aquel hombre. Tenía planes que llevar a cabo. Se había propuesto cazar a un millonario.

Y si Darien Chiba adolecía de ciertos defectos..., en fin, una mujer no podía tenerlo todo en la vida. Serena se sentó donde Seiya le había indicado, intentado borrar de su mente la visión que había tenido de aquel joven.