El siguiente fic es una adaptación del libro de Jan Hudson incluyendo unos cuantos retoques mios, con los personajes de la genial Naoko Takeuchi, Nada me pertenece los uso como medio de entretenimiento sin fines de lucro.

Capítulo Nº 2: Cásese con mi Nieto!

Logro escuchar que los hombres hablaban, pero no pudo distinguir palabra, de pronto escucho unos pasos y pronto Seiya se encontraba frente a ella, si que era un adonis aquel tipo.

-¿Qué le parece si comemos? – le pregunto mientras se dirigía a la cocina y comenzaba a traer los utencillos, Serena se puso de pie para ayudarlo, pero este la detuvo – Faltaba más, permítame que le sirva, será un honor ser su anfitrión- le dijo mientras le guiñaba un ojo.

Serena completamente avergonzada se quedo en silencio intentando que el calor que empezaba a recorrer su cuerpo comenzara a disiparse.

Unas repentinas gotas de sudor le brotaron por encima del labio superior. Serena procuró no pensar en ello y se introdujo en la boca otra cucharada de chile. Al fin y al cabo, estaba comiendo gratis. Teniendo en cuenta que le quedaban menos de veinte dólares en el monedero, no podía permitirse el lujo de ser delicada.

-¿Está demasiado picante para su gusto? —le preguntó Seiya divertido al ver el rostro de ella intentando tragar aquello. Era ponerse en la boca el mismo infierno.

-No, qué va. Está muy bueno -contestó ella, y se bebió de un tirón medio vaso de té helado.

Tras engullir otro par de cucharadas, se le saltaron las lágrimas. Apuró ansiosamente el vaso de té y miró de soslayo a Seiya, quien la contemplaba con el ceño fruncido.

-No hace falta que mienta por educación -dijo él-. Le parece demasiado picante. Lo siento. A mi abuelo le gusta el chile así, y creo que he acabado acostumbrándome. Pero le prepararé otra cosa. ¿Le gustan perritos calientes? Son mi especialidad.

Serena sonrió aliviada. No le apetecía en absoluto acabar el plato de chile, pero seguía teniendo hambre.

-Los perritos calientes me vuelven loca -bromeó.

-¿Lo prefiere con mostaza o con mayonesa?

-Con mostaza, por favor.

-Vuelvo en un momento.

Serena lo observó mientras tomaba un bollo de pan y un tarro de mostaza de una de las repisas. Tardó unos segundos en regresar con un estupendo bocadillo de salchicha acompañado de crujientes patatas.

-Gracias -dijo ella-. Tiene un aspecto magnífico.

-No es una delicia culinaria, pero le servirá para matar el hambre. Alma Jane suele ocuparse de la cocina, pero se ha puesto enferma. Espero que vuelva mañana. Como cocinero dejo mucho que desear. – Alma Jane? Se pregunto Serena, deseando que no fuera su mujer o su novia, no llevaba alianza pero….pero un demonio, concéntrate Serena, Seiya no tiene donde caer muerto, será mejor que deje de fantasear con él. Pensó

-A mí me pasa lo mismo -dijo Serena-. Por lo general, Lita se encarga de hacer la comida en casa.

-¿Quién es Lita? – pregunto curioso mientras comía otra cucharada de chile

-Una de las chicas que comparten casa conmigo en Washington.

-¿Vive usted con otras chicas? -preguntó Seiya mientras le servía más té.

-Así es -entre bocado y bocado, Serena le habló de Mina y Lita

-¿Cuánto tiempo hace que es usted periodista? -inquirió él.

-¿Periodista? No soy periodista. ¿Por qué lo pregunta?

-Dijo que iba a escribir un artículo sobre Darien y sus colegas. Pensé que sería para algún periódico.

-Cielos, no. Es para la revista Esprit.

-¿Colabora con Esprit? Lo más normal sería que alguien con su físico trabajara para una revista como modelo, y no como articulista.

-Le agradezco el cumplido. Sí, en alguna ocasión he trabajado de modelo -esbozó una candorosa sonrisa-. Pero no soy colaboradora fija de la revista. El artículo es un trabajo de encargo.

Seiya señaló el plato de chile a medio comer, y dijo:

-¿Le importa?

-En absoluto –respondió Serena. Aquel hombre debía de tener el aparato digestivo revestido de plomo. Era increíble que pudiera deglutir un segundo plato de aquel comistrajo tan fuerte.

-Me encanta el chile -comentó él-. ¿Y por qué ya no trabaja como modelo?

Serena titubeó un instante antes de responder.

-Ya soy demasiado mayor.

-Bobadas. Es usted preciosa y está en lo mejor de la vida.

-Ya casi tengo treinta años.

Él soltó una carcajada y dijo: -Una niñita.

-Tal vez a usted se lo parezca, pero las modelos son cada vez más jóvenes. Además... ya me había hartado de vivir en Nueva York.

-Ahora la comprendo. Las tasas de violencia se han disparado en esa ciudad. Aquí, en cambio, el episodio criminal más reciente se produjo cuando Malachite se emborrachó

y... ¿Serena?

Ella dio un respingo.

-¿Sí?

-De pronto, se ha puesto muy nerviosa. ¿He dicho algo malo?

-No, en absoluto -mintió Serena, procurando mostrarse educada-. ¿Qué me contaba de

Malca?

-De MAlachite. Se emborrachó y robó una de las cabras de Henry McKenzie.

-¿Para qué?

-Para hacer una barbacoa. Pero, al día siguiente, la madre de Malachite encontró a la cabra atada en su jardín. Se estaba comiendo las margaritas, así que la buena mujer avisó al sheriff. Henry recuperó la cabra, pero Malachite tuvo que pasar tres días entre rejas.

-¿Por qué? Después de todo, Henry recobró el animal. Me sorprende que pusiera una denuncia.

-No fue Henry, sino la madre de Malachite. El sheriff está casado con su prima, y la señora Irwin estaba muy orgullosa de sus margaritas.

Serena se echó a reír. Pero se interrumpió de pronto, sobresaltada, al oírse un tiro en la planta de arriba.

-Otra vez el abuelo -dijo Seiya con resignación-. Ochenta y cuatro años y todavía tiene ganas de dar guerra. Enseguida vuelvo. Mientras, busque algún postre que le apetezca.

Serena así lo hizo. Estaba echando una ojeada al surtido de dulces y chocolatinas, cuando un coche se detuvo delante de la tienda. Al cabo de unos instantes entró una pareja mayor vestida con llamativos chandals. Él lucía una calva incipiente y llevaba la chaqueta del chándal muy ceñida sobre la redonda barriga. Ella, por su parte, era delgada como un espárrago. Tenía el pelo teñido de negro y los dedos abarrotados de anillos de diamantes.

-Mira, Edgard. ¿No te parece un sitio encantador? -luego, dirigiéndose a Serena, explicó- Nos dirigimos hacia la costa. Y me alegra haber escogido este camino. Las vistas son realmente bonitas. En fin, queríamos comprar algo para picar durante el viaje y... ¡Edgard! Mira. Son tallas indias. ¡A tamaño real! ¿No crees que quedarían perfectas colocadas junto a la piscina de casa? Y fíjate en el precio. Si es una ganga.

-Mmm -murmuró Edgard, sin retirar la vista de las chocolatinas que estaba inspeccionando.

Serena esbozó una radiante sonrisa y dijo:

-Sí, son unas tallas magníficas. El escultor tiene un enorme talento. ¿Ha visto los animales que hay afuera? Las águilas son fantásticas. Y también tenemos un oso al que deberían echar una ojeada. Lo llamamos Vince. Si tienen la bondad de acompañarme, se lo enseñaré con mucho gusto.

Cuando Seiya bajó, después de haberse ocupado de su abuelo, encontró a Serena en la puerta, despidiendo con la mano a un coche que se alejaba.

-Siento haber tardado tanto. Mi abuelo necesitaba su medicina. ¿Quién va en ese coche?

-Corrie y Edgard.

-¿Qué querían? ¿Preguntar por dónde se va a Dallas?

-No, entraron para comprar algo de comida. Les he vendido una caja de botellas de refrescos, dos paquetes de chocolatinas, tres bolsas de cacahuetes, un par de brazos de gitano, dos indios de madera y un águila. Ah, y también a Vince. Han pagado con cheques de viaje y les he dado el cambio con dinero de la caja registradora. Espero que no te importe.

-¿Importarme? Has vendido más en veinte minutos que yo en una semana. ¿Así que se han llevado a Vince?

-Sí.

-Pero si le falta una oreja.

-Eso lo dota de mayor atractivo. Es una talla muy original.

Seiya soltó una risita y meneó la cabeza.

-Espero que, al menos, les hayas hecho un descuento.

-En absoluto. No sabía exactamente cuánto valía el oso, pues no tenía puesto el precio, pero les cobré por él quinientos dólares más de la cantidad que marcaban las etiquetas de los indios.

-¿Estás bromeando?

-No, hablo muy en serio. Pero no tienes por qué preocuparte. Pueden permitírselo.

Además, Corrie está entusiasmada con su piscina nueva y, sinceramente, creo que las tallas serán un adorno perfecto para su jardín. Así tendrán una excusa para dar una fiesta cuando vuelvan de viaje. Esas figuras de madera constituyen un espléndido tema de conversación. Les expliqué cómo habían sido talladas.- Seiya tuvo que esforzarse para no prorrumpir en carcajadas.

-¿Seguro que sabes cómo han sido talladas? -preguntó.

Serena hizo un gesto con la mano para restar importancia al detalle.

-Las has tallado con una sierra mecánica. Les enseñé el taller donde trabajas e improvisé como buenamente pude. Ya te he dicho que Corrie estaba entusiasmada.

-¿Y Edgard?

-Edgard no habló mucho, pero pareció fascinado con la cascabel que hay en el terrario.

Incluso quiso comprarla, pero imaginé que la serpiente no estaba a la venta. De todos modos, tampoco hubiera sabido qué cantidad cobrarle por ella.

Seiya se echó a reír.

-Me alegro de que no hayas vendido a Sam. A mi abuelo le hubiera dado un ataque. Es una de las piezas fundamentales de su pequeño museo.

Serena se estremeció ligeramente.

-Y a mí me alegra no haber tenido que sacar a ese bicho del terrario. Por cierto, aún no he tomado el postre. ¿Quieres compartir conmigo un paquete de chocolatinas?

-Claro, será un placer -Seiya se sentía cada vez más cautivado por Serena. No sólo era una mujer bellísima, sino que además resultaba un verdadero placer estar a su lado. Su talante divertido, franco y sencillo era la antítesis de la personalidad afectada que solían tener las mujeres de Hollywood-. Mientras tú buscas las chocolatinas, yo me ocuparé de hacer el café. ¿Cómo te gusta?

-Solo, por favor.

Al cabo de pocos minutos, los dos se hallaban sentados a la mesa delante de sendas tazas de café.

-Es instantáneo -puntualizó Seiya-. Espero que no te importe.

-Me parece perfecto. Además lo hiciste espumante, tal como me gusta. – Le regalo una sonrisa y Seiya creyó tocar el cielo.

Comieron las chocolatinas en silencio. Cuando hubo engullido el último bocado, Serena se chupó los dedos y exhaló un suspiro de satisfacción.

-Me encantan las golosinas. Sobre todo el chocolate. Aunque si me dieras una rica jugosa y dulce fresa bañada en chocolate…mmmm…. – se imaginaba ya comiéndosela - Tuve que privarme de los dulces durante años. No me extraña que haya engordado unos cuantos kilos desde que me fui de Nueva York.

-Pues los disimulas muy bien. Yo te veo bastante delgada.

-Gracias -contestó ella con una sonrisa-. ¿Te apetece otra chocolatina?

-Si insistes...

Sin pérdida de tiempo, Serena sacó otro par de chocolatinas del paquete. Le dio una a

Seiya y devoró la otra en un santiamén. Después de chuparse los dedos nuevamente, alzó la taza y tomó un sorbo de café. De pronto, frunció el ceño y miró a Seiya con aire pensativo.

-¿Algún problema? -preguntó él.

-Pues sí. No puedo volver a Washington hasta que haya entrevistado a Darien Chiba. Si regresa el lunes, tendré que pasar aquí el fin de semana. Y no tengo ningún sitio donde quedarme. Tenía planeado hospedarme en el Nido de Crow, pero... -arrugó aún más la frente-. ¿Esos tipis de ahí fuera son, eh, habitables?

Seiya dejó escapar una risita sofocada.

-Creo que estarías más cómoda en algún hotel de Jacksonville o de Tyler.

-Me temo que no puedo permitírmelo -con los ojos apesadumbrados, Serena pasó la punta de la lengua por el borde de la taza. Seiya se sentía incapaz de dejar de mirarla y, mientras la observaba, casi hipnotizado, su imaginación se disparó-. Verás, tengo..., eh, poco dinero. Esperaba que esos tipis fueran baratos.

-¿Los tipis? ¿Baratos? Claro, son baratísimos -Seiya estuvo a punto de levantarse y brincar de alegría. No deseaba en absoluto que Serena se marchara-. Es más, la comisión que te corresponde por la venta que has hecho a Corrie y Edgard cubrirá el precio del alojamiento y la comida.

-¿La comisión? -preguntó ella con los ojos muy abiertos.

-Claro. Y si, además, necesitas algo de dinero... Bueno, me hará falta alguien que me ayude hasta que Alma Jane vuelva.

-¿Cuál será mi trabajo?

-Te ocuparás de la tienda mientras yo trabajo con la sierra. O, mejor todavía, ¿qué te parece leerle a un viejo con malas pulgas? A Artemis le encanta leer, pero la vista se le cansa enseguida. No puedo pagarte mucho, pero...

-Acepto. Pero sólo hasta que Darien regrese.

-De acuerdo. Trato hecho -Seiya no pudo disimular la amplia sonrisa que le cruzó el rostro. Se preguntó si podría convencer a Darien para que se quedara en Dallas unos cuantos días más.

-Estupendo -repuso Serena con evidente alivio-. Si tienes la amabilidad de darme la llave, me instalaré sin pérdida de tiempo.

Serena aparcó el Mercedes frente a la entrada del tipi número dos y descargó el equipaje.

Tras abrir la puerta, echó un cauto vistazo al interior.

El conjunto resultaba bastante rústico. El mobiliario estaba hecho de troncos y sobre la cama se extendía una desteñida manta india. La cómoda tenía aspecto de haber conocido su época de mayor esplendor durante la II Guerra Mundial. En un rincón había una mecedora de madera tapizada en piel de vaca y las paredes estaban adornadas con dos óleos enmarcados en tosca madera. Uno mostraba a un jefe indio, y el otro un caballo moteado en un fondo desértico de tonos rojizos.

«Hogar, dulce hogar», pensó Serena al tiempo que exhalaba un suspiro e introducía el equipaje en la cabaña.

Revisó la cama y las cerraduras.

Las sábanas estaban un poco rígidas, pero olían a limpio. Le sorprendió comprobar que el colchón era muy liso y confortable. Los accesorios del cuarto de baño eran viejos, pero estaban inmaculados. Y, lo más importante de todo, la cabaña tenía cerraduras fuertes y seguras.

Después de colgar la ropa y deshacer el resto del equipaje, Serena se quitó el traje y se puso unos pantalones vaqueros, una camiseta blanca y una chaqueta de batista. Sus pies doloridos agradecieron el cambio de las botas de tacón alto por un par de cómodas zapatillas de deporte. Tras arreglarse rápidamente el cabello y retocarse el maquillaje, se sintió preparada para conocer al anciano Artemis.

En el taller se oyó el zumbido de una sierra, y Serena imaginó que Seiya se habría puesto a trabajar de nuevo en una de sus tallas. Entró en la tienda y, antes de subir las escaleras, dudó unos instantes. Tal vez el anciano se hallara durmiendo, en cuyo caso no deseaba molestarlo.

Oyó el sonido de un televisor encendido, procedente de una habitación situada frente al rellano de la escalera. La puerta estaba abierta, de modo que Serena decidió echar un vistazo. Mientras cruzaba el pasillo, se fijó en el enorme cuadro que decoraba la pared.

Era una copia excelente de un Remington.

Mucho más agradable, desde luego, que el indio y el pony moteado que adornaban su cabaña. Se asomó a la habitación y vio que se trataba de una espaciosa biblioteca. Al frente había una enorme chimenea de piedra flanqueada por dos sillones con tapicería de cuero. El conjunto se completaba con una mesita de café y varias butacas de orejas. Varias estanterías atestadas de libros ocupaban, casi en su totalidad, el espacio disponible de las paredes. Serena paseó la vista por los voluminosos estantes hasta que, de repente, vio una cama situada en el extremo más alejado de la habitación, junto a una ventana. Un par de ojos negros la observaban con suma atención.

-Hola -dijo ella con una sonrisa—. Soy Serena Tsukino ¿Puedo pasar?

-De todos modos, ya ha entrado. Acérquese para que la vea bien. Estos viejos ojos ya no son lo que eran. ¿Ha dicho que se llama Serena? Un nombre muy de la realeza

-Mi madre era aficionada a la mitología y me puso Serena por Selene, la diosa de la luna -contestó la rubia mientras cruzaba la estancia.

El anciano lucía una larga melena gris. Tenía la piel de los pómulos muy arrugada, pero sus ojos aún conservaban el brillo de la vitalidad. Apretó un botón del mando a distancia que tenía en la mano y el televisor se quedó sin sonido.

-Soy Artemis Kou pero todos me llaman Cherokee Arty. Soy medio cherokee por parte de mi madre. Y mi esposa era irlandesa. Tenía el cabello del color de la miel y los ojos azules. Sí, era una mujer muy bella, igual que usted. En noviembre hará cuarenta y tres años que falleció. Era maestra. De hecho, ella me enseñó a leer. Empezamos a coleccionar todos estos libros hace casi cincuenta años. Venga y siéntese -señaló una silla que había al lado de la cama-. Dígame, ¿qué hace una chica guapa como usted por estos andurriales?

-No quiero interrumpirle... -Serena miró hacia el lugar donde estaba la televisión y se quedó estupefacta. En lugar de un televisor, había seis pantallas alineadas en la pared.

Dos estaban apagadas, pero las demás mostraban el interior de la tienda y los terrenos circundantes-. Pero si son...

-Monitores de vigilancia, sí. A estos viejos ojos se les escapan pocas cosas. ¿Le gusta mi nieto?

Serena se aclaró la garganta e intentó no titubear.

-Bueno, es... es muy atractivo. Pero no estoy interesada.

Artemis soltó una risita ronca.

-Pues a mí me ha parecido lo contrario. Me gusta usted, Serena Tsukino. Le haré una proposición. Cásese con mi nieto, y le daré un millón de dólares.

Serena lo miro estupefacta, aquel viejito podía ser muy simpático, ella estallo en risa mirándolo.


Y les gusta? A mi me fascino y a medida que abanzaba al leerlo obviamente pensaba mas y mas en nuestra adorada pareja!, bueno nos leemos mañana en el proximo cap!