El siguiente fic es una adaptación del libro de Jan Hudson incluyendo unos cuantos retoques mios, con los personajes de la genial Naoko Takeuch, Nada me pertenece los uso como medio de entretenimiento sin fines de lucro.
Capítulo Nº 3 Confesión
Serena no podía parar de reír de la broma del anciano.
-No me tiente. Su nieto es un hombre muy guapo. ¿Tantas ganas tiene de deshacerse de él? – le dijo divertida mientras secaba las lagrimas causada por la risa.
-Quiero tener bisnietos antes de irme al otro barrio. Ninguno de mis nietos se ha casado todavía. Y eso no me parece muy normal. Por cierto, Seiya me ha dicho que usted va a leer para mí.
-Si está de acuerdo...
-Pues claro que estoy de acuerdo. Que sea viejo no significa que no disfrute con la compañía de una mujer joven y hermosa.
-¿Qué le apetece que lea?
Artemis le pasó el libro que tenía al lado, en la cama.
-Me gustaría oír el resto. Estaba a punto de acabarlo cuando se me cansó la vista.
Necesito unas gafas nuevas, pero me he roto la cadera y, de momento, no podré ir al oculista. Seiya me ha dicho que me llevará dentro de un par de semanas.
Serena echó un vistazo a la voluminosa novela.
-Vaya, es lo último de John Grisham. ¿Le gusta como escritor?
-Cuando estoy de humor para leer ese tipo de literatura, sí. Mis nietos saben que soy aficionado a la lectura, así que me regalan libros siempre que pueden. La página por la que me quedé está señalada. – explicaba el anciano mientras se acomodaba en su cama.
Serena abrió el libro y se puso a leer los últimos capítulos.
Mientras Serena le leía al anciano, Seiya permaneció en la puerta escuchando su preciosa voz. John Grisham jamás le había parecido tan excitante. Ni tan sexy.
No prestó atención a las palabras ni al argumento, sino al tono de la rubia, que inundó sus sentidos como si de miel tibia se tratara. Cuando llegaba a algún fragmento de diálogo, la muchacha cambiaba la modulación de la voz para adaptarse al personaje de turno. A continuación volvía a retomar el ritmo lento y cadencioso de la narración.
Transcurridos unos minutos, Serena hizo una pausa y dijo:
-Fin.
Artemis soltó una risotada de satisfacción.
-¡Un millón de dólares! -exclamó-. No, mejor que sean dos.
Ella se echó a reír y Seiya entró apresuradamente en la habitación, temeroso de que su abuelo extendiera un cheque sin pensárselo dos veces. Artemis era extremadamente generoso con la gente que le caía bien.
-Veo que se han hecho buenos amigos -dijo.
-Ya lo creo -repuso Artemis-. Esta mujer es una artista. Ni la mejor actriz de Nueva York le hubiera dado tanta vida a la novela.
-Sí, he estado escuchando -dijo Seiya-. Tienes mucho talento. ¿No te has planteado nunca dedicarte a la interpretación?
-Al principio, sí -contestó Serena-. Hice dos cursos de arte dramático. Pero al dejar la universidad me volqué por completo en la carrera de modelo.
-¿Eres modelo? -preguntó Artemis-. Seiya me había dicho que te dedicabas a escribir.
-Sí. Hace tiempo que dejé la pasarela.
-¿Y salías en las revistas, igual que Cindy Crawford y esa tal Claudia como se llame?
-Naturalmente, aunque jamás llegué tan alto. ¿Cómo es que conoce a Cindy y a Claudia?
El anciano pestañeó y dijo:
-Ya te he dicho que me gusta mucho leer. De vez en cuando ojeo alguna que otra revista en la que aparecen chicas guapas. ¿Sabes? Ahora que caigo, creo que he visto fotografías tuyas en alguna parte.
-De eso hará un par de años. ¿Le apetece leer otra novela?
-Ahora mismo, no. Creo que dormiré la siesta. O a lo mejor veo el programa de cotilleos que dan por televisión. Mientras, Seiya y tú pueden conocerse mejor. Ya sabes a qué me refiero -añadió al tiempo que dirigía a Serena una elocuente mirada.
-Será mejor que se quite esa idea de la cabeza -respondió ella entre risas.
Minutos más tarde, mientras bajaban las escaleras, Seiya preguntó:
-¿Qué es lo que trama ahora mi abuelo? No te habrá hecho alguna proposición indecente, ¿verdad?
-No. Sólo estábamos bromeando. Me ofreció un millón de dólares a cambio de que me casara contigo.
-¡Dios mío!
-Tranquilo. No me lo he tomado en serio. Imagino que con lo que cobra de pensión no podría cumplir su promesa. Aunque si fuera rico tal vez me hubiera planteado detenidamente aceptar la oferta.
Seiya casi dio un traspié.
-¿En serio?
Serena sonrió.
-Seguro que no soy la primera mujer que te dice que eres un hombre muy atractivo. Con dos millones de dólares resultarías casi irresistible.
Él titubeó nuevamente.
-¿El dinero te interesa mucho?
-Bueno, el verde es mi color favorito. Como ya te he dicho, eres un hombre atractivo en muchos aspectos, pero estás a salvo de mí. No quisiera ofenderte, pero tengo planeado casarme con un millonario.
Seiya notó que en su cabeza se disparaban toda clase de alarmas.
-¿Hablas en serio?
-Totalmente.
-¿Y qué me dices del amor?
-No me conformo con cualquier hombre adinerado, desde luego. Pretendo encontrar a alguien de quien me pueda enamorar. Dormir a pierna suelta, sin preocupaciones, genera un afecto considerable en el seno de la pareja.
Hablaba con un tono desenfadado y provocativo, pero Seiya creyó percibir en su voz una preocupación subyacente que guiaba su actitud. ¿Estaría relacionado con las cicatrices que tenía en un lado de la cara? Se trataba de unas marcas leves, casi imperceptibles. Sólo un profesional que tuviera ocasión de observarlas de cerca, como él, podría detectarlas debajo del esmerado maquillaje.
Sintió el impulso de preguntarle al respecto, pero en aquel momento no sería oportuno.
Así pues, soltó una risita tímida y dijo:
-Brindo por eso. ¿Te importa quedarte al cuidado del almacén un rato? Tengo que consultar algunas cosas con mi abuelo.
-Claro, no hay problema.
Seiya se volvió y subió rápidamente las escaleras.
-¿Qué haces aquí? -le preguntó Artemis cuando lo vio entrar en la habitación-. ¿Por qué no estás cortejando a Serena? Esa chica me gusta, hijo. Me gusta muchísimo. Sería una esposa perfecta para ti. Juntos tendrían unos hijos preciosos. Ademas es muy dulce e inteligente – añadió el anciano
-¿No crees que estás precipitando las cosas?
-En absoluto. Supe que tu abuela era mi media naranja en cuanto le puse la vista encima.
-Pero yo no soy como tú -respondió Seiya-. Necesito algo más de tiempo. Además, hay un problema.
-¿Un problema?
Seiya se sentó junto a la cama y exhaló un profundo suspiro.
-Parece ser que Serena desea casarse con un hombre millonario.
Artemis prorrumpió en carcajadas.
-No veo dónde está la pega. Aparte de los diez que te di, ¿cuántos millones tenías en la cuenta la última vez que consultaste el saldo?
-Ésa no es la cuestión. Verás, me interesa mucho Serena, pero no deseo casarme con una mujer que me valore sólo por mi dinero.
Artemis hizo un ademán negativo con la cabeza.
-Te comprendo. ¿Así que piensas mentirle?
-No. Es decir, sí -Seiya se quitó el sombrero y se pasó los dedos por el cabello- Diablos, no sé qué hacer. Pero no quiero enamorarme de una cazadotes. Por ahora, prefiero que no se entere de que tengo dinero, o de que soy...
-De que eres cirujano plástico.
-Exacto. Tampoco debe saber que Darien es nieto tuyo y primo mío.
-¿Y eso por qué?
Seiya hizo una mueca burlona.
-Intentaré arreglármelas para que Darien y su grupo se queden en Dallas un par de días más. Quiero ver si puedo ganarme el afecto de Serena antes de que esos ricachones vuelvan y la tienten con su dinero.
-¿No crees que sospechará cuando vea los pozos petrolíferos que hay repartidos por la propiedad?
-Si menciona el tema, le diré que pertenecen a Darien o a algún otro magnate. No sabrá en ningún momento que estos terrenos son tuyos. ¿Me harás el favor de guardar el secreto?
-Mantendré la boca bien cerrada -Artemis hizo un guiño a su nieto y añadió-: Me da la sensación de que Serena te ha llegado muy adentro.
-Reconozco que me resulta fascinante como mujer.
El anciano dejó escapar una sonora carcajada.
-«Fascinante», claro. ¡Buena forma de decir que te pone a cien! Soy viejo, pero todavía recuerdo lo que es eso. En fin, échale una ojeada al asado que has metido en el horno y baja de una vez a cortejarla.
Seiya decidió seguir el consejo de su abuelo.
Pasó con Serena el resto de la tarde en el almacén. Mientras esperaban a que entrasen los clientes, charlaron de todos los temas habidos y por haber, desde la política a cuál era el color preferido de cada uno. A pesar de las diferencias que existían entre ellos, y de que Seiya prefiriese el rojo y no el rosa, como Serena, descubrieron que tenían mucho en común. De hecho, al contemplar los bellos ojos celestes de Serena, Seiya empezó a cambiar de opinión sobre su gusto en materia de colores. El celeste comenzó a resultarle fascinante.
Cuando llegó la hora de la cena, subieron a la planta superior y Seiya echó un vistazo al asado que había preparado unas horas antes bajo la atenta supervisión de su abuelo.
Troceó la carne con un tenedor y luego hizo lo mismo con las zanahorias, las patatas y las cebollas.
-A mí me parece que ya está bastante hecho. ¿Tú qué crees?
-No soy ninguna experta, pero yo diría que sí.
-Muy bien. ¿Te apetece una ensalada?
-Claro. Te ayudaré a prepararla.
Después de trocear la verdura, Serena preparó una bandeja con la cena de Artemio y fue a llevársela al anciano. Seiya, por su parte, preparó la mesa de la cocina. Pensó en colocar una vela en el centro, pero enseguida desechó la idea. No deseaba precipitar los acontecimientos. Después de rebuscar concienzudamente por la cocina, encontró una botella de vino barato y otra de chardonnay. Metió la segunda en el refrigerador.
Serena regresó justo cuando estaba sacando las copas del armario. Seiya le dirigió una sonrisa y se sirvió un poco de vino para probarlo.
-Teniendo en cuenta el precio, no está mal -dijo-. ¿Crees que irá bien con la comida?
-Por supuesto. Si he de ser sincera, los vinos caros me saben a medicina.
Acabada la cena, recogieron juntos la cocina y luego dejaron a Artemis bien acomodado, viendo una película de John Wayne.
-Creo que va siendo hora de que me retire a la cabaña -dijo Serena con una sonrisa-.
Gracias por la cena.
-Ha sido un placer. ¿Te apetece dar un paseo antes de irte a dormir?
-Sí, me encantaría.
A pesar de que ya había llegado Octubre, la noche aún era cálida y agradable. El aire les hacía llegar el fuerte aroma de los pinos y la suave fragancia de la hierba recién cortada. En medio de la creciente oscuridad empezaron a oírse los cantos de los grillos y las ranas. Serena se había fijado en el exuberante verdor de la vegetación. Ni siquiera los árboles de hoja caduca que se mezclaban con los pinos mostraban indicios de la llegada del otoño.
-¿Cuándo llega aquí el frío? —preguntó asombrada-. ¿Y cuándo pierden los árboles las hojas?
-Bueno, hasta noviembre no caen heladas. Aquí el invierno no es igual que en Nueva Inglaterra. La mayoría de los árboles no pierden la hoja hasta entrado diciembre.
No se alejaron mucho del almacén, pues la oscuridad que reinaba más allá de las luces de propano era absoluta. Mientras paseaban, Serena comentó:
-Veo que has empezado a tallar otro oso -se adentró en la zona del taller, donde el olor a aserrín y a madera impregnaba el aire. Pasó los pulgares por las toscas orejas de un oso de madera tan alto como ella-. Me sentí tan mal cuando por mi culpa estropeaste el otro, que fue un verdadero alivio que Corrie lo comprara.
-No tenías por qué sentirte mal. Fue un simple accidente.
-¿Y a esto te dedicabas en California? ¿A tallar osos?
-No. Hacía otra... clase de esculturas.
-¿Cómo? ¿Con arcilla?
Seiya improvisó una respuesta imprecisa, y Serena comprendió que no le agradaba hablar de su estancia en la costa oeste. Lo entendía perfectamente. Ella tampoco se sentía muy cómoda hablando del último par de años que pasó en Nueva York.
Seiya entró en el taller y se colocó a su lado. Trazó con el pulgar una trayectoria ascendente a lo largo de la oreja del oso, a escasos centímetros de la mano de Serena. De repente, el espacio pareció empequeñecerse, menguar. El olor de Seiya se mezcló con el aroma de la madera, y su presencia pareció ocuparlo todo.
Serena retiró la mano e intentó retroceder, pero se topó con el brazo alargado del oso.
Atrapada entre Seiya y las zarpas de madera del animal, alzó la mirada e intentó decir algo ocurrente.
Pero las palabras se le esfumaron de la mente. Seiya titubeó un momento, y luego empezó a bajar la cabeza con lentitud.
-¿Puedo besarte? -preguntó al tiempo que acercaba sus labios a los de ella. Cuando estuvo a un par de centímetros escasos, se detuvo.
Serena notó que el corazón le latía desbocado en el pecho. Sentir el aliento de Seiya sobre su piel hizo que se estremeciera de excitación. Parte de ella quería gritarle que sí con toda el alma. Pero otra parte deseaba darle una bofetada por haberla puesto en aquella situación tan embarazosa.
Sin embargo, permaneció muda. Ni una sola palabra brotó de sus labios.
Siguieron en aquella posición durante lo que pareció un siglo. El aire en torno a ellos estaba cargado de sensualidad.
Serena notó que se le aflojaban las piernas.
Sintió una especie de zumbido en los oídos.
«No lo hagas», susurró una parte racional de su mente.
«Vete al cuerno», le respondió su libido.
Finalmente, ganó el «sí».
Se humedeció los labios con la lengua y se dispuso a recorrer la escasa distancia que la separaba de Seiya, cuando el sonido atronador de un disparo quebró el silencio de la noche.
El pelinegro vocifero unas cuantas palabrotas entre dientes – Lo siento debo ir a verlo - Serena agradecida al anciano apresuro su paso y corrió hacia el tipi donde estaban sus pertenencias, entro rápidamente y hecho llave.
Por su parte Seiya subió de a zancadas las escaleras, cuando llego casi sin aliento junto a la cama de su abuelo este le extendió un vaso.
-Me he quedado sin agua y la jarra a quedado allí – Señalo una encimera, Seiya seguía vociferando palabrotas a lo que el anciano quedo meditando – es que acaso he llegado a interrumpir algo – dijo de forma graciosa, Seiya se voltio con la jarra y en sus ojos ardía la pasión – o dios, ya lo sabia, la estabas besado – festejaba el anciano.
-Gracias a ti no, viejo embustero – le dijo Seiya mientras depositaba en la mesita de noche la jarra, Artemis lo miro desconcertado.
-Bueno pero que haces aquí perdiendo el tiempo - le dijo haciéndole señas con las manos – ve a terminar lo que has empezado – el anciano continuo riendo.
Seiya bajo rápidamente las escaleras, salio del almacén y cuando se dirigía al taller vio encendida la luz del tipi numero dos – Maldición – exclamo en un susurro y se dirigió donde la luz indicaba se encontraba la poseedora de aquellos hermosos celestes, al llegar al lugar iba a llamar a la puerta, pero se detuvo, tendría todo el fin de semana para poder cortejarla, y si ella había huido no quería precipitarse y perder terreno. Mañana podría terminar aquello.
POR FA POR FA DEJEN REVIEW ASI SE LO QUE LES PARECE! AQUELLOS QUE LO HAN DEJADO MIL GRACIAS!
