El siguiente fic es una adaptación del libro de Jan Hudson incluyendo unos cuantos retoques mios, con los personajes de la genial Naoko Takeuch, Nada me pertenece los uso como medio de entretenimiento sin fines de lucro.

Capítulo Nº 4 Solo un beso

El alboroto comenzó cuando apenas había amanecido. En el exterior se oyó el sonido ensordecedor de una bocina, y algo chocó con la pared de la cabaña con tanta fuerza que los cuadros estuvieron a punto de desprenderse de su sitio.

-Pero, ¿qué demonios...? -Serena se incorporó rápidamente en la cama. Entre las brumas del sueño oyó de nuevo la bocina, así como fuertes voces.

Retiró las mantas y se acercó a la ventana para echar un vistazo. Parecía como si se hubiera producido una invasión de gitanos mientras ella dormía. Por todas partes había tenderetes cubiertos con toldos. Debía de haber unos treinta o cuarenta camiones y coches diseminados por los terrenos colindantes con el almacén. Sus propietarios estaban descargando todo tipo de géneros, desde verduras a piezas de mobiliario.

Un remolque de madera que llevaba pintados anuncios de algodón dulce y palomitas de maíz se hallaba pegado a la cabaña. Al lado, un hombre gritaba y hacía señales con la mano en un intento de orientar al conductor.

El camión que tiraba del remolque avanzó un poco, pero no tardó en retroceder y darse de nuevo contra la pared.

Serena salió tan rápidamente como pudo.

-¿Pero qué hacen? -gritó-. ¿Quieren echar la cabaña abajo?

El hombre dejó de hacer señales y la miró boquiabierto. Al cabo de unos instantes, se quitó el sombrero y agachó la mirada.

-Le pido perdón, señorita. Jason tiene problemas.

-¿Problemas? ¿A qué se refiere? —No es capaz de aparcar el remolque donde Dios manda.

La portezuela del camión se abrió y por ella salió un chico pelirrojo que no tendría más de trece o catorce años.

-No soy capaz, papá.

-Tendrás que hacerlo. Tu madre no ha venido.

-Pero, papá...

-Cierra el pico y vuelve a subirte en el camión antes de que te dé una paliza.

-¡De eso ni hablar! -exclamó Serena furiosa al tiempo que caminaba hacia el vehículo con paso decidido-. ¿Dónde quieren aparcar este trasto?

Una vez que el hombre le hubo indicado el lugar exacto, Serena le dijo al chico:

Sube, Jason. Yo te ayudaré.

Y Jason, con los ojos como platos, así lo hizo. Ella ocupó el asiento del acompañante y lo orientó pacientemente hasta que el remolque quedó bien aparcado. Una ancha sonrisa de satisfacción afloró al rostro del muchacho.

Al bajarse del camión, Serena vio que todos habían interrumpido su trabajo para observar la escena. Sólo entonces se dio cuenta de que iba descalza y vestida únicamente con un camisón de satén. Un camisón muy corto.

Pero no se acharó ni por un instante. Al fin y al cabo, como modelo estaba acostumbrada a posar bastante ligerita de ropa. Con la cabeza bien alta, entró en la cabaña y cerró dando un portazo.

Consultó el reloj y soltó un gruñido. ¿Cómo podía haber gente que se levantara a esas horas tan intempestivas? Lo único que le apetecía era meterse de nuevo en la cama, pero pensó que ya no podría conciliar el sueño, así que optó por darse una ducha. Había dormido poquísimo. A pesar de que la cama era sumamente confortable, se había pasado casi toda la noche dando vueltas sin pegar ojo.

Y la causa de su desvelo era Seiya Kou. Serena apenas podía creer que aquel hombre le hubiera llegado tan adentro. Si el anciano Artemis no hubiera disparado su pistola en aquel momento preciso, Seiya y ella se habrían fundido en un beso apasionado... y sólo

Dios sabía cómo hubieran terminado.

Seiya le resultaba muy atractivo, por mucho que se repitiera a sí misma una y otra vez que no era el partido que andaba buscando. Si tuviera alternativa, abandonaría aquel lugar para alejarse de la tentación.

Porque Seiya era la tentación personificada. No obstante, dada su escasez de dinero, Serena no tenía más remedio que quedarse.

Se puso a toda prisa unos pantalones vaqueros y un jersey. Después de maquillarse mínimamente, se fue a desayunar.

Si el exterior parecía un hormiguero, el interior del almacén era un auténtico caos. Las dos mesas disponibles estaban abarrotadas de clientes que tomaban café y engullían pasteles y donuts. Seiya se hallaba muy atareado detrás del mostrador.

-Creo que te irá bien un poco de ayuda -le dijo Serena con una calida sonrisa en su rostro.

-Y tanto. Olvidé que hoy era el tercer sábado del mes. El día en que se pone el mercadillo, precisamente. Viene gente de toda la zona a vender, comprar y cambiar mercancías. – le dijo en un tono suplicante a la rubia, y quedo embobado al ver su rostro tan reluciente, acaso seria así todas las mañanas, se pregunto para si mismo, deseando poder verla despertar entre sus brazos.

-¿Qué hago? – pregunto la rubia sacándolo de sus sueños.

-Ayúdame con la cafetera. ¡Ah! También hay que trocear una docena de pollos para el menú del almuerzo.

-¿Una docena?

-Como mínimo. Tenían que habérnoslos servidos cortados, pero han llegado enteros.

Alma Jane me prometió que vendría para freírlos, pero antes habrá que trocearlos.

Sinceramente, creo que no he diseccionado un solo bicho de esos en mi vida.

-Haz el café. Yo me pondré a cortar el pollo.

-¿Sabrás hacerlo? Creía que eras un desastre como cocinera. – le dijo entre risas recordando que su amiga Lita era la experta.

-No tengo ni idea de cocinar, pero mi padre era carnicero. Solía ayudarle en la tienda por las tardes, al salir del colegio -agarró un delantal blanco y se lo puso con ademanes decididos-. Sólo se necesita un cuchillo afilado y un estómago fuerte. ¿Dónde tienes los cuchillos? – Seiya le indico y ella comenzó con su labor.

Mientras hacía el café y atendía a los clientes, Seiya estuvo observando a Serena, que manejaba el cuchillo como una verdadera profesional.

-Me asombra la velocidad con que lo haces -le dijo.

-Sí, a mí también. Llevaba años sin practicar. Supongo que esto es como montar en bicicleta. Nunca se olvida -echó el último trozo de pollo en una de las bandejas y se volvió para mirar a Seiya- ¡Tachaaan! ¡Terminado!- dijo orgullosamente viendo el trabajo que había realizado

-Estoy impresionado -dijo él entre risas-. Cielo, después de haberte visto manejar ese cuchillo, no me gustaría nada cruzarme contigo en un callejón oscuro.

La sonrisa de Serena se desvaneció. De repente, se puso muy pálida. Miró el cuchillo que aún tenía en la mano como si se tratara de una serpiente de cascabel. Luego lo soltó como si quemara y salió rápidamente por la puerta.

Seiya no tenía idea de qué había pasado, pero dejó lo que estaba haciendo y corrió tras ella. La encontró sentada en el porche. Respiraba honda y entrecortadamente, como si quisiera contener el llanto.

-¿Qué te ocurre, Serena?

Ella meneó la cabeza, evitando mirarlo a la cara.

-Dame un minuto -fue todo lo que dijo.

-¿Te encuentras mal?

-No, no es nada. Sólo quiero estar sola un momento.

-No pienso dejarte sola en ese estado.

-Por favor. ¡Vete, maldita sea! – le dijo con la voz entre cortada.

Comprendiendo que su presencia no hacía sino agitarla aún más, Seiya consideró oportuno marcharse. Pero el comportamiento de Serena lo llenó de inquietud. Tal vez se le había revuelto el estómago mientras troceaba los pollos. No debió dejarla.

¡Maldición! Se sentía como un auténtico estúpido.

Pero no tuvo tiempo que perder en preocupaciones cuando regresó al almacén. Había unos cuantos clientes esperando que les diera la cuenta.

Mientras les cobraba, Alma Jane apareció con una enorme bandeja de ensalada.

-Buenos días -dijo asintiendo levemente con la cabeza.

-Buenos días, Alma Jane. Jamás me había alegrado tanto de ver a alguien. Te agradezco mucho que hayas venido a trabajar hoy.

Ella volvió a hacer un gesto de asentimiento y preguntó:

-¿Está troceado el pollo?

-Sí, ahí mismo lo tienes.

Alma Jane se puso unos guantes de goma y a continuación inspeccionó los trozos de carne.

-Caramba, buen trabajo.

-No tienes que felicitarme a mí, sino a Serena

-¿Quién es Serena?

-Mírala, ahí llega -respondió Seiya mirando hacia la puerta. El rostro del pelinegro se ilumino completamente, sus ojos destellaban y Alma Jane no era ciega a esa mirada.

-Es muy guapa.

-Sí que lo es -respondió él con una amplia sonrisa de satisfacción. Serena aún parecía un poco decaída, pero hizo un esfuerzo por poner buena cara al saludar a Alma Jane-.

¿Estás bien? -le preguntó Seiya en voz baja.

-Sí -su escueta respuesta dejaba entrever claramente que no deseaba hablar de lo ocurrido-. ¿Ha desayunado ya Artemis?

Seiya se dio una palmada en la frente.

-Dios mío, estaba tan ocupado que me olvidé por completo del abuelo. Espero que no haya intentado bajarse de la cama. Se supone que debe utilizar el andador únicamente para ir al baño.

-Le llevaré café y, de paso, veré qué tal está.

Serena tomó un par de tazas y se fue escaleras arriba.

Seiya la siguió con la mirada, visiblemente preocupado.

-Seiya Kou, deja de suspirar por esa mujer y ponte a trabajar enseguida -le dijo Alma Jane.

Seiya se rió y le dio un beso en la mejilla.

-Vamos, Alma Jane, sabes perfectamente que tú eres la única que me hace suspirar.

-Déjate de tonterías, diablillo zalamero. No conseguirás embaucarme con palabritas dulces. Termina de envolver esas patatas con papel de aluminio y mételas en el horno.

-A sus órdenes, señorita.

Serena preparó huevos revueltos y tostadas y se sentó a desayunar con Artemis.

-Parece que esta mañana hay bastante público -comentó el anciano al tiempo que untaba de mermelada una rebanada de pan.

-Sí, bastante -contestó Serena - Alma Jane está friendo pollo y Seiya se ocupa de la caja registradora -tomó un último bocado de huevos revueltos, ahora que conocía quien era Alma Jane se contraba mas tranquila, pero eso a ella no debía importarle-. Creo que debería bajar a echarles una mano. ¿O quiere que le lea un rato?

-No, vuelve al almacén. Ya te avisaré si necesito algo -con una mueca burlona, dio unas palmaditas casi afectuosas a la pistola que descansaba en la mesita de noche.

-¿No sería mejor que usara una campanilla?

-En absoluto. No se oiría lo suficiente. Además, Seiya suele utilizar la sierra mecánica a menudo, y ese trasto arma mucho ruido.

-Comprendo. Le traeré un poco de pollo para el almuerzo.

Serena volvió al almacén y se puso a trabajar. Sólo se tomó un respiro para llevarle a Artemis el almuerzo prometido. Cuando la tienda empezó a vaciarse de público, a última hora de la tarde, Seiya y ella se hallaban absolutamente agotados.

Seiya sirvió un par de vasos de té helado y la invitó a que se sentara con él en una de las mesas.

-Vamos a descansar un rato -dijo-. Creo que he aborrecido el pollo frito y los bocadillos de mortadela -se sentó y colocó los pies encima de una silla vacía.

Serena tomó un largo trago de té y suspiró aliviada.

-Lo mismo digo. Esto ha sido peor que la inauguración de las rebajas en el departamento de cosméticos.

-¿El departamento de cosméticos?

-Sí, trabajo vendiendo cosméticos especiales en unos grandes almacenes de Washington.

-¿Especiales en qué sentido?

-Se trata, sobre todo, de maquillaje utilizado para disimular cicatrices y marcas. Yo lo uso habitualmente, ¿ves? -volvió ligeramente la cabeza para mostrarle de cerca la mejilla izquierda.

-¿Tienes alguna marca?

-Cicatrices. Me las hicieron con un cuchillo. En realidad, me quedan pocas. El cirujano plástico que me operó era excelente.

Seiya permaneció en silencio unos instantes.

-Debes de haberlo pasado muy mal. ¿Quieres hablar de ello?

Serena respiró hondo.

-Ahora no. Mira, entra un cliente. No te levantes. Yo lo atenderé.

Se puso en pie como accionada por un resorte y se dirigió hacia la caja registradora.

Resultaba curioso. Justo cuando pensaba que había superado aquel horrible episodio de su vida, descubría que, en realidad, el trauma seguía muy arraigado en su mente. Al menos ya no sufría pesadillas. Los dos años de terapia habían solventado ese problema.

Poco antes de que anocheciera, cuando los vendedores y comerciantes habían rebajado ya los precios de las mercancías sobrantes, Serena se tomó un descanso y dio un paseo por entre las hileras de puestos y tenderetes. Hizo una señal con la mano a Jason, quien se hallaba atareado con la máquina del algodón dulce, y el muchacho le correspondió con un tímido gesto de saludo.

En el mercadillo se ofertaba toda clase de géneros, desde mermelada y postres caseros a antigüedades. Teniendo en cuenta el poco dinero de que disponía, Serena debía contentarse con mirar y poco más. No obstante, dado que en la cabaña no había televisión, decidió comprar tres novelillas de segunda mano por el módico precio de veinticinco centavos.

Cuando acabó de hacer la compra, vio que Jason estaba parado detrás de ella con un cucurucho de algodón dulce en la mano.

Se lo ofreció y dijo:

-Tenga, señorita. Es para usted.

Serena esbozó una sonrisa radiante.

-Gracias, eres un cielo. Me encanta el algodón dulce.

El muchacho se puso colorado como un tomate. Sin pronunciar palabra, se dio la vuelta y se alejó a todo correr.

Serena oyó que alguien se reía y volvió la cabeza. Seiya estaba a su lado.

-Creo que tienes otro admirador -dijo.

-¿Otro?

-Aparte de mí y de todos los chicos adolescentes que hay por estos contornos.

Un niño pequeño se acercó a ellos dando traspiés y se abrazó a la pierna de Serena. Ella le pasó a Seiya el algodón dulce y tomó en brazos al pequeñín.

-Hola, precioso. Eres una monada, ¿lo sabías?

El niño se llevó un dedo a la boca y sonrió, mostrando sus dientecillos de bebé.

-Parece ser que no sólo les robas el corazón a los adolescentes -bromeó Seiya.

-¿Dónde está tu mamá, tesoro? -preguntó Serena al niño.

-Mamá -respondió el crío, rodeándole fuertemente el cuello con sus bracitos.

Serena estuvo a punto de derretirse como la mantequilla. Nunca había reparado en lo adorables que podían llegar a ser los niños. Le dio unas palmaditas en la espalda mientras el crío se aferraba a ella como si fuera un mono pequeñito.

-¿Crees que se habrá perdido?

-Seguro que la madre andará cerca -respondió Seiya-. Busquémosla. Permíteme, deja que lo lleve yo.

Pero al pequeño no pareció gustarle la idea. Se agarró al cuello de Serena como si su vida dependiera de ello.

-Mamá, mamá -chilló cuando Seiya intentó tomarlo en brazos.

-Ya, tesoro, ya -lo tranquilizó Serena dándole unas palmaditas suaves en la espalda-.

Será mejor que me lo dejes a mí. Total, pesa muy poquito. ¿Quién está al cuidado de la tienda?

-Jenny, una vecina que vive al otro lado de la carretera. Suele ayudarme de vez en cuando. Esta mañana le fue imposible porque tuvo que ir a Tyler. Por lo visto, un conocido de su parroquia está en el hospital.

Los comerciantes ya estaban empezando a empaquetar sus mercancías mientras Serena y Seiya recorrían el mercadillo preguntando a todo el mundo. A nadie se le había perdido un niño.

Finalmente, regresaron al almacén. Seiya relevó a Jenny y cerró la caja. A la luz mortecina del crepúsculo vieron, desde el porche, cómo los camiones y las caravanas se iban marchando poco a poco. Los últimos en marcharse fueron Jason y su padre. Serena los despidió con la mano.

-Adiós -dijo el niño en sus brazos, imitando la señal de despedida.

-Creo que tenemos un problema -dijo Serena

-Lo sé. Habrá que avisar al sheriff.

-Buena idea. Pero, antes, ¿hay pañales en la tienda?

-Me parece que sí. De los desechables.

-¿Sabes cambiar pañales? -preguntó Serena

-Es pan comido – replico Seiya

Cinco minutos después, el crío se hallaba tumbado encima de una de las mesas. Seiya había reunido una caja de pañales, polvos de talco y toallitas desechables. Tardó escasos minutos en quitarle al niño las gasas empapadas, limpiarlo y colocarle los pañales nuevos.

-Estoy impresionada –confesó Serena mientras veía como se desenvolvía Seiya con el niño, por un momento lo vio como un padre, y la idea le gusto.

-Bueno, suelo cuidar de mi sobrino algunas veces. Sólo tiene unos pocos meses, pero el principio es el mismo. Terminado, tigre -dijo al tiempo que volvía a ponerle los pantalones al niño, que enseguida alargó los brazos hacia Serena.

Ella lo tomó en brazos y le dijo con voz suave:

-No soy tu mamá, cariño. Pero la encontraremos pronto, no te preocupes.

El crío empezó a darle palmadas en las mejillas con sus manitas regordetas.

-¡Bom-bo! -balbuceó ansiosamente-. ¡Bom-bo!

-¿Qué querrá decir? -preguntó Serena a Seiya-. ¿Tienes alguna idea?

-A lo mejor tiene hambre.

-¡Claro! «Bom-bo» suena mas a «bombón» que a biberón que es lo que deberíamos darle jajaajaj – ella comenzó a reír y el por un momento visualizo aquella imagen como suya, con Serena sosteniendo a un hijo de ellos, que hermosa seria como madre.-¿Quieres tomar tu biberón, tesoro?

El crió empezó a saltar como loco.

-¡Bi-Bi! ¡Bi-bi!

Serena miro a Seiya de Reojo

-Espero que también tengas biberones y leche.

-Leche sí, desde luego. Pero biberones... No estoy seguro. Aunque me parece recordar que teníamos una caja de potitos por ahí. Y una sillita alta. Le daré una vuelta a Artemis y luego la buscaré. – dijo dirigiéndose escaleras arriba.

Al cabo de unos minutos, el niño estaba cómodamente sentado en la sillita alta, con una servilleta colocada en el cuello a modo de babero. Bebió un poco de leche y el resto lo derramó en el suelo. Se rió y dio fuertes palmaditas en la bandeja de la silla cuando Serena intentó darle comida hecha a base de pollo, guisantes y zanahorias.

-Creo que no le gustan demasiado los guisantes -comentó Seiya cuando el niño espurreó la tercera cucharada de comida.

-No, pero le encantan las zanahorias.- El niño engulló con ansia una cucharada de puré de zanahoria y abrió la boca pidiendo más.

-Vaya, tiene buen apetito -dijo Seiya al tiempo que le limpiaba las comisuras de la boca con una servilleta de papel-. Será mejor que llame ya al sheriff.

El pequeño alargó los bracitos hacia Serena con la intención de que lo tomara en brazos.

-¿Cómo han podido dejarte abandonado, tesorito mío? -tomó al pequeño y lo apretó contra su pecho mientras Seiya llamaba por teléfono-. ¿Cuándo vendrá? -le preguntó cuando hubo terminado de hacer la llamada.

-No lo sé. Por lo visto, ha surgido una emergencia y todo el personal de comisaría estará ocupado en las próximas horas.

De pronto, llamaron a la puerta. Al abrir, Seiya se encontró con una mujer rubia y bajita que lo miró con ojos frenéticos.

-Mi hijito -dijo la mujer entre sollozos-. Se me ha perdido mi hiji... ¡Joey! -gritó al ver al pequeñín, y se dirigió rápidamente hacia donde estaban Serena y el crío.

-¡Mamá! -chilló Joey al tiempo que alzaba sus bracitos.

La mujer lo tomó en brazos y le posó una docena de besos en la carita.

-¡Gracias, Dios mío, gracias! -exclamó-. He estado a punto de volverme loca. Lo dejé durmiendo en el asiento trasero de la furgoneta. Les dije a sus hermanos que cuidaran de él, pero se distrajeron jugando. Sólo me ausenté unos minutos para ir a comprar verduras. Al regresar, creí que seguiría dormido, así que conduje de vuelta a Wills Point, sin darme cuenta de que se había salido de la furgoneta. Joey, cielito mío –le cubrió las mejillas regordetas de más besos.

Serena y Seiya salieron al porche a despedir a la mujer y al crío. Mientras los veían marcharse, él le rodeó la cintura con el brazo y ella le apoyó la cabeza en el hombro.

-Resulta increíble lo rápidamente que se le puede tomar cariño a un crío -comentó Seiya.

Serena asintió con la cabeza.

-Es un niñito adorable.

-¿Te has planteado alguna vez tener hijos? -preguntó Seiya al tiempo que le deslizaba la mano por la espalda con suavidad.

Aquella caricia hizo que Serena se estremeciera. No obstante, trató a toda costa de mantener la calma.

-A veces. Pero lo cierto es que tampoco sé mucho de niños.

-Serías una madre estupenda -respondió Seiya, y a continuación le dio un beso en la frente.

Serena sonrió y lo miró a los ojos.

-Primero tengo que encontrar un marido adecuado.

Él se apoyó en la barandilla del porche y atrajo a Serena hacia sí.

-¿Y lo estás buscando?

Los ojos de Seiya brillaban como dos llamas azuladas a la luz difusa del anochecer.

Hipnotizada por su mirada, Serena alzó el rostro para recibir el contacto de sus labios.

-Sí.

La besó tímidamente. Serena se dio cuenta de que Seiya le estaba brindando la oportunidad de dar marcha atrás si así lo deseaba. Pero sus miembros parecían haber perdido la capacidad de moverse. El aroma masculino que desprendía Seiya, el aura viril que lo rodeaba... nublaba sus sentidos y empañaban su razón.

Tenía unos labios muy suaves. Cálidos. Maravillosos.

Y muy sexys.

--susurró de nuevo. Lo rodeó con los brazos y separó ansiosamente los labios.

Cuando la boca de Seiya se apoderó de la suya, la tierra pareció temblar bajo sus pies.

En cada célula de su cuerpo estalló una salva de fuegos artificiales. La piel pareció chisporrotearle, como si recibiera una descarga eléctrica.

Súbitamente aterrada por aquella reacción tan intensa, Serena intentó retirarse, pero las rodillas le temblaron. Recostó la cabeza sobre el pecho de él e intentó recobrar el aliento.

-Dios mío -exclamó, aspirando entrecortadamente una bocanada de aire. No debía permitir que aquello siguiera adelante. Seiya no era la clase de hombre que ella buscaba.

-¿Qué clase de hombre buscas? -preguntó él como si le hubiera leído el pensamiento. Le recorrió la espalda con la yema de los dedos hasta acariciarle tiernamente los glúteos.

-Ya te lo he dicho. Quiero casarme con un hombre rico. Y no me gustaría liarme con alguien como tú. Perdona que sea así de directa. No es mi intención ofenderte.

-Comprendo.

Le alzó la barbilla con el objeto de besarla de nuevo.

Aquel segundo beso la inundó de un placer casi explosivo. ¡No podía permitir que aquello continuara! Le pararía los pies. Pero, antes, disfrutaría unos segundos.

Sólo unos segundos.

Cuando, finalmente, Seiya retiró los labios de los suyos, Serena exhaló un gemido.

-Dios mío -musitó él casi sin aliento.

Ella también respiraba como si acabara de sufrir un ataque de asma.

-No eres mi tipo, Seiya -dijo con firmeza.

-Lo sé Bombón-respondió él. Y volvió a besarla.

Cuando aquel hermoso, apasionado, increíblemente sensual beso termino Serena se aparto un poco de él -¿Bombón? – rió mientras le preguntaba.

-Nuestro pequeño Joey te ha bautizado así – sonrió mientras tocaba su delicada nariz y colocaba un beso en la comisura de los labios – eres dulce, tentadora y totalmente irresistible como el mas rico de los bombones…solo que eres mi bombón – ella vio la pasión que aquellos zafiros desbordaba, y en aquel momento se dio cuenta que estaban yendo demasiado lejos, se aparto de manera cortes, le regalo una sonrisa y se despidió de él. Maldita seas Serena, no es momento para fijarte en el mantén tus hormonas controladas. Se reprendió mientras se dirigía hacia su cabaña.


HAY QUE DULCES SE IMAGINAN A LOS DOS CON UN HIJITO? YO SIIII JAJAJAJAJAJAJAJ ESPERO QUE LO ESTEN DISFRUTANDO BESOSSSSS