El siguiente fic es una adaptación del libro de Jan Hudson incluyendo unos cuantos retoques mios, con los personajes de la genial Naoko Takeuch, Nada me pertenece los uso como medio de entretenimiento sin fines de lucro.
Capítulo Nº 6 Nido de Crow
En esta ocasión la verja estaba abierta. Serena enfiló el angosto camino que conducía al
Nido de Crow.
El edificio principal tenía varias plantas y estaba construido de piedra, madera y cristal.
Era enorme, pues se extendía por el contorno de la colina y llegaba a adentrarse en el bosque, donde se mezclaba, en perfecta armonía, con el conjunto de pinos y demás árboles de hoja caduca.
Mientras detenía el coche enfrente del club, Serena vio otras casas más pequeñas diseminadas entre los árboles y conectadas entre sí por sinuosos senderos de piedra.
Frente al edificio principal se hallaban los inmaculados campos verdes de un circuito de golf, y a la izquierda había una pista de helicópteros.
Según le había contado Mina, el club también tenía pistas de tenis, piscina y establos.
Aquello sí que era vida.
Vestida con su traje nuevo y sus botas de tacón alto, Serena se apeó del Mercedes y traspasó con paso decidido la enorme puerta principal. La estancia de dos plantas tenía un estilo rústico y suntuoso al mismo tiempo. Una barra americana ocupaba buena parte de uno de los lados, y en el extremo opuesto había una especie de restaurante.
Ambos estaban decorados con una gran variedad de plantas y esculturas, entre las que se incluían, según observó Serena, varios animales de madera similares a los que había en el almacén de Artemis.
Serena se dirigió hacia el mostrador situado al fondo.
Una muchacha con un hermoso cabello negro y corto hasta los hombros, que no contaría más de dieciocho años, le dirigió una radiante sonrisa al verla llegar.
-Buenos días. ¿En qué puedo servirle? -una placa dorada colocada sobre su generoso pecho indicaba que se llamaba Hotaru.
-Soy Serena Tsukino. Estaba citada con Darien Chiba el viernes pasado, pero llegué tarde y no conseguí verlo. ¿Está en el club?
-Sí, naturalmente que sí. Usted debe de ser la periodista de Esprit, ¿verdad? Me encanta la revista. No suelo perderme ni un solo número -miró a Serena con ojos entornados-. Su cara me suena. Seguro que he visto alguna fotografía suya en la revista. Darien lamentó mucho no haberla recibido el viernes, pero los muchachos estaban ansiosos por irse a Dallas y no tuvo más remedio que marcharse. En estos momentos está hablando por teléfono con su primo, pero le diré que ha llegado usted. Siéntese, por favor. ¿Le apetece una taza de café?
-No, gracias.
Serena se sentía demasiado nerviosa como para sentarse. Se apoyó en el respaldo de una silla y respiró hondo varias veces, intentando relajarse. El momento había llegado.
Quería causarle buena impresión a Darien Chiba, pues de ello dependía su futuro.
Oyó una risita femenina detrás de ella, y luego el susurro de una voz masculina. Se volvió rápidamente y vio a un hombre alto, con el pelo negro, que le tenía a Hotaru el brazo echado alrededor del cuello. Le susurró algo al oído, y la chica volvió a soltar una risita tonta.
Cuando el hombre vio a Serena, esbozó una ancha sonrisa y le murmuro algo a Hotaru, quien volvió presurosa al mostrador. Él, un auténtico cachas vestido con pantalones vaqueros y botas negras, se acercó a Serena, sonriendo y calibrándola con la mirada como si fuera una yegua ofrecida en una subasta. Tenía puesta una camisa almidonada a rayas rosas y blancas, con las mangas subidas y el cuello abierto. El tono pastel de su ropa no hacía sino potenciar su masculinidad. En la muñeca llevaba una esclava de oro que debía de pesar medio kilo, por lo menos. «Cielos, qué pedazo de hombre», se dijo Serena.
-Ah, señorita Tsukino. Merecería que me cortara usted la... cabeza por haberle ocasionado tantas molestias -mirándola directamente a los ojos, le tomó la mano y se la besó- Soy Darien Chiba, el desalmado que la dejó plantada el viernes. Podría ofrecerle cientos de excusas, pero ninguna de ellas justificaría mi lamentable comportamiento. No obstante, le pido perdón y le aseguro que procuraré compensarla en la medida de mis posibilidades. Le doy permiso para que me azote con un látigo de nueve colas. Si no lo hace usted, probablemente lo hará mi hermana.-Serena se echó a reír.
-No creo que sea necesario azotarle en público, señor Chiba. Al fin y al cabo, la culpa fue mía. Llegué tarde y usted tenía invitados a los que atender. Por lo que a mí respecta, el asunto no ha tenido la mayor importancia.
-Te ruego que nos tuteemos, Serena -dijo Darien tomándola cortésmente del brazo-.
Bienvenida al Nido de Crow. Te he reservado la mejor suite del club. Espero que le des el visto bueno. Hotaru, cielo, avisa a Jimmy y dile que lleve el equipaje de la señorita Tsukino a la 300.
Darien siguió dedicándole palabras amables mientras tomaban el ascensor para subir a la tercera planta. Era un hombre afable, ingenioso e increíblemente guapo. Casi tan guapo como Seiya, pero en otro estilo.
Y, lo más importante, estaba podrido de dinero. Tenía millones de dólares para dar y regalar.
Alto, moreno, guapo y rico. ¿Qué más podía pedir una mujer?
Quizá bebiera más de la cuenta, como le había dicho Seiya, pero en aquel momento parecía hallarse totalmente sobrio. A Serena le preocupaba más el comportamiento de
Darien con Hotaru. Se había mostrado muy cariñoso con la despampanante joven. Si le gustaban las mujeres jóvenes y nubiles, Serena lo tendría bastante difícil. Era unos nueveo diez años mayor que Hotaru. Y estaba bastante peor dotada en lo que a pecho se refería.
Cuando Darien abrió la puerta de la suite 300, Serena contuvo el aliento al ver el interior.
La habitación, que disponía de una chimenea de piedra y cuadros de exquisita factura, era al mismo tiempo rústica y opulenta. Y la vista que se divisaba desde las enormes ventanas era impresionante. El campo de golf se extendía por las verdes colinas, flanqueado de árboles y dos pequeños lagos.
Diseminados en medio del paisaje boscoso había pequeños claros en los que una especie de máquinas parecidas a saltamontes gigantes trabajaban sin descanso.
-¿Qué son esas máquinas? —preguntó Serena señalando la más cercana al campo de golf.
-Son unidades de extracción de petróleo. -Ella se quedó boquiabierta.
-¿Tuyas?
Darien se encogió de hombros.
-De la familia. Ah, Jimmy, deja el equipaje de la señorita en el dormitorio.
Un joven alto y delgado, de la edad aproximada de Hotaru, asintió obedientemente con la cabeza, y llevó las maletas a la habitación contigua.
-¿Te parece bien la suite? –preguntó Darien.
-Me encanta. Es perfecta.
-Estupendo. Bueno, te dejo para que te instales a gusto. Si necesitas algo, no tienes más que avisarme. El almuerzo se servirá dentro de una hora. Cuando bajes te presentaré a los demás miembros del club. Seguro que estarás deseando ponerte manos a la obra.
-¿Manos a la obra?
-Quiero decir que querrás reunir información para el artículo lo antes posible.
-Ah, el artículo. Sí, por supuesto.
-¿Quieres fijar una hora precisa para hacer las entrevistas, o prefieres seguir un procedimiento más informal?
-Prefiero lo, eh, segundo.
Darien sonrió.
-Muy bien. Te veré abajo dentro de una hora.
En cuanto Darien se hubo marchado, Serena comprobó las cerraduras. Se sintió aliviada al ver que, además de la cerradura normal, la puerta contaba con una formidable cadena de seguridad y un sólido cerrojo. A continuación echó un vistazo a las ventanas. Sabía que era una estupidez, dado que la suite estaba en la tercera planta, pero no se sintió satisfecha hasta que se cercioró de que las ventanas estaban bien cerradas.
Las puertas del balcón planteaban más dificultades, pero Serena resolvió el problema colocando delante de ellas un sofá.
Tal vez se estuviera comportando de forma paranoica, pero su psicóloga le había, asegurado que su obsesión era perfectamente normal dadas las circunstancias, y que iríadisminuyendo conforme pasara el tiempo.
Seiya tomó el auricular en el mismo momento en que el teléfono empezó a sonar.
-Parece que estabas sentado al lado del teléfono, primo -dijo Darien al otro lado de la línea-. Impaciente, ¿eh?
-Déjate de tonterías, Darien. ¿Y Serena?
-Ya está cómodamente instalada en su suite. Es una mujer bellísima. No me importaría nada tener una aventura con ella.
-Ni la toques, amigo, o no vivirás para contarlo.
Darien soltó una risotada.
-Es la primera vez que te veo tan colado por una mujer. Apenas puedo creerlo.
-Pues créelo. Serena es muy especial para mí. No le habrás dicho que somos primos ni que Artemis es tu abuelo, ¿verdad?
-No, no hemos hablado de eso. ¿Quieres decirme a qué viene tanto secreto? Debo de haberme perdido algo. De pronto, no quieres que se sepa que somos parientes. Y eso que últimamente no he hecho nada que manche el nombre de la familia.
-No que yo sepa. Al menos, durante el último par de horas.
Seiya dejó escapar una risita sardónica y luego le contó a Darien todo lo concerniente a
Serena.
-¿Me ayudarás a llevar a cabo mi plan?
-Si quieres... Pero a mí todo este lío me parece absurdo. Podrías ahorrarte un montón de molestias diciéndole la verdad directamente. Los dos serín felices y comerían perdices.
-Esto es muy importante para mí, Darien. ¿Me ayudarás o no?
-Ya te he dicho que sí. Daré órdenes al personal para que mantengan la boca cerrada.
Richard está en camino. Piensa pasarse a visitar al abuelo antes de venir. Podrás ponerlo al corriente de todo cuando llegue.
-Ya ha llegado. Le he hablado del tema, pero no me fío mucho de tu hermano. Mantenlo vigilado, ¿quieres?
-Muy bien. ¿Cómo está el abuelo?
-Mucho mejor. Esta tarde a primera hora lo llevaré al ortopedista. Además, he contratado a una enfermera para que lo cuide durante los próximos días. Alma Jane y Jenny se ocuparán de la tienda.
-Perfecto. No olvides que contamos contigo para el torneo de golf que empieza mañana.
-No lo he olvidado. Aunque me temo que, después de haber llevado seis meses sin tocar un palo de golf, no voy a lucirme precisamente.
-A otro perro con ese hueso, primo. No me lo trago. Tú y tu hermano Yaten podrían ganarnos a Richard y a mí con los ojos cerrados.
Seiya recordó todas las ocasiones en que las dos parejas de hermanos se habían enfrentado en competiciones de golf y soltó una risita burlona.
-Es cierto -admitió-. Te veré en el Nido de Crow esta noche.
Después de deshacer el equipaje y contemplar las vistas durante unos minutos, Serena comenzó a intranquilizarse. No estaba allí para admirar el paisaje. Estaba allí para cazar a un millonario. Y para ello tenía que hacer un poco de investigación. Se retocó el maquillaje, agarró un cuadernillo y bajó al vestíbulo para ver si podía sacarle alguna información a Hotaru.
Le resultó más difícil de lo que había esperado en un principio. La joven pelinegra podía parecer una seso de mosquito, pero Serena no tardó en descubrir que tras la fachada frívola y superficial de la muchacha se ocultaba una persona verdaderamente inteligente y decidida a salvaguardar la privacidad de los miembros del club.
Serena sólo pudo averiguar que en aquellos momentos los únicos invitados que se hospedaban en el club eran doce millonarios procedentes de Texas. Todos tenían menos de cuarenta años y estaban solteros. No obstante, según había comentado Hotaru, algunos de ellos estaban comprometidos o tenían novias formales.
-Me temo que es lo único que puedo decirle sobre nuestros invitados -se disculpó Hotaru-. Eso sí, puedo asegurarle que todos son excelentes personas -añadió con una risita-. A veces pueden parecer un poco alocados, pero es comprensible si se tiene en cuenta que vienen aquí a relajarse con los amigos. Si quiere conocer algún dato personal sobre alguno de ellos, tendrá que preguntarle a Darien o al propio interesado, ¿me comprende? -se inclinó hacia adelante y agregó en voz baja-: Sé que es usted de fiar, pero si me voy de la lengua estaré automáticamente de patitas en la calle, por mucho que Darien sea una de las personas más amables que he conocido nunca. Y le aseguro que este trabajo me encanta. Además, Sammy, Paulie y yo necesitamos el dinero.
-¿Sammy y Paulie?
-Mi marido y mi hijo. Le enseñaré una foto de ellos -Hotaru le pasó una instantánea en blanco y negro-. Sammy va a la Universidad y por las tardes trabaja en los establos del club. Mi madre se queda con el pequeño durante el día. Paulie tenía seis meses cuando se tomó esa foto. Ya ha cumplido nueve, y casi ha empezado a andar.
Serena dejó el mostrador sin apenas haber sacado nada en claro acerca del grupo de jóvenes millonarios.
Mientras caminaba, la imagen de Seiya le acudió a la mente. Hizo un esfuerzo por no pensar en él. Debía olvidarse de Seiya y pensar en Darien Chiba.
Darien era endiabladamente guapo.
Y nadaba en la opulencia.
Era, en definitiva, el hombre perfecto. El hombre que ella estaba buscando.
Sólo le encontraba una pega, y tan insignificante que ni siquiera merecía tenerse en cuenta: Darien no había despertado en ella un deseo sexual inmediato. Pero Serena estaba convencida de que, si llegaba a tener una relación con él, ese detalle acabaría corrigiéndose. Al fin y al cabo, Darien era un hombre encantador y viril. Seguro que lograría excitarla con sólo darle un beso.
Y en el caso improbable de que no fuera así..., en fin, había otros muchos millonarios entre los cuales elegir. De hecho, Serena tenía planeado estudiar al grupo con el mayor detenimiento posible. A aquellas alturas, no descartaba ninguna posibilidad.
Fue paseando por un sendero de piedra hasta llegar a un pequeño puente situado sobre un pacífico arroyuelo. Se detuvo y se apoyó en la baranda para contemplar la clara corriente de agua que discurría por el angosto cauce.
Qué tranquilidad se respiraba allí. Serena se sintió segura y a salvo en medio de los altos pinos que susurraban mecidos por el viento. Era como estar en otro mundo.
Cerró los ojos y, escuchando los suaves sonidos que producían los pájaros, aspiró hondo. Al saborear el aroma del bosque pensó que su vida anterior quedaba muy lejos en el tiempo.
-Hola, preciosa -dijo a su espalda una voz masculina-. Llevo toda la vida buscándote.
Serena se dio media vuelta, sobresaltada.
