El siguiente fic es una adaptación del libro de Jan Hudson incluyendo unos cuantos retoques mios, con los personajes de la genial Naoko Takeuch, Nada me pertenece los uso como medio de entretenimiento sin fines de lucro.


Capítulo N 7 Los candidatos

Al principio, Serena creyó que era Darien Chiba quien le había hablado, pero al mirarlo se dio cuenta de que aquél era un hombre más joven. Era alto, con el cabello de un castaño a oscuro pero no del negro que Darien llevaba y los ojos celestes al igual que Darien, pero tenía unos rasgos faciales más suaves y un marcado hoyuelo en la barbilla. También iba vestido con pantalones vaqueros y botas, pero llevaba una camiseta de rugby en lugar de camisa.

-Oh, hola -lo saludó Serena-. Me ha sobresaltado. No creía que hubiera nadie por aquí.

-Acabo de dejar el equipaje en aquella cabaña de allí. Espero que seamos vecinos.

-¿Vecinos?

-¿Se aloja usted en alguna de las cabañas?

-No –respondió Serena-. Tengo una habitación en el edificio principal.

-¡Vaya por Dios! Esperaba poder pedirle prestada un poco de azúcar o alguna otra cosa esta noche -le dirigió una sonrisa arrebatadora-. Soy Richard Chiba. ¿Quiere un caramelo? -añadió al tiempo que le acercaba una pequeña bolsa amarilla.

-Me llamo Serena Tsukino. Gracias, me encantan los caramelos -tomó uno de la bolsa y se lo metió en la boca-. Mmmm, absolutamente delicioso.

Richard volvió a ofrecerle la bolsa.

-Los mejores caramelos del mundo, ¿no le parece?

-Los más deliciosos que he probado, sí. Pero no me atrevo a tomar otro. Si empiezo, acabaré con la bolsa entera.

Richard se echó a reír.

-Me cae usted muy bien, Serena Tsukino. Debe de ser la escritora, si no me equivoco.

-No, no se equivoca. Y usted debe de ser hermano menor de Darien Chiba.

-Me temo que sí. Voy al club a almorzar. ¿Me acompaña? -al ver que ella dudaba, cerró la bolsa de caramelos y se la entregó-. Considérelo una especie de soborno -bromeó.

-Por favor, no puedo aceptarlos.

-Tengo muchos más en la cabaña -su sonrisa de niño inocente resultaba encantadora-. Y, por si eso fuera poco, la fábrica es propiedad mía.

-¿Posee usted una fábrica de caramelos?

-Sí, señorita -le ofreció el brazo y ella lo tomó pensárselo dos veces.

Mientras caminaban, Serena descubrió que Richard, quien había comenzado su andadura profesional como abogado, tenía acciones en varias fábricas de madera y en Crow Airlines, una compañía aérea con base en Dallas.

-¿No ha viajado nunca en alguno de nuestros aviones?

-Creo que no.

-Si hubiera volado con nosotros lo recordaría. Nuestros pilotos van vestidos con téjanos y sombreros de cowboy, y los azafatos llevan pantalones vaqueros con peto. Nos hemos labrado una gran reputación. Y nunca hemos sufrido ningún accidente.

-¿Nunca? -preguntó Serena mientras subían por la escalera principal del club.

-Nunca. Que nuestros aviones sean baratos no significa que sean inseguros. Contamos con el mejor personal y la mejor tecnología del mercado.

-Está usted orgulloso de su empresa, ¿verdad?

-Sí, señorita. Muy orgulloso -le abrió la puerta para que pasara.

En el interior del vestíbulo había dos hombres. Uno era alto y delgado. El otro era ligeramente más bajo.

-Hay que ver lo bien que se te da encontrar mujeres guapas, Richard-comentó el bajo.

Richard hizo una mueca burlona.

-Unos tenemos suerte en la vida, Malachite, y otros deben conformarse con soñar. Serena, te presento a Malachite Dudley y a Netflite Willis. Serena va a escribir un artículo sobre nosotros para... ¿Cómo se llamaba la revista, Serena?

-Esprit —les estrechó la mano a los dos hombres. Netflite , que era bastante callado y tímido, se dedicaba al negocio de la tierra y el ganado. Malachite, por su parte, poseía varios concesionarios de automóviles. -Si alguna vez necesita un Cadillac nuevo, preciosa, yo soy su hombre.

-No te entusiasmes, muchachote -dijo Richard-, o Siozite te cortará las orejas en menos que canta un gallo -Malachite se limitó a reír mientras Richard le explicaba a Serena que siozite era su novia formal desde hacía ocho años-. La chica dice que el único motivo por el que Malachite no quiere casarse es porque tendría que dejar el club.

Durante el almuerzo, Serena conoció a varios millonarios más: llamados Alan,

Andrew, Aaron, Diamante, Haruka y Nicolas. Aquello era el paraíso para cualquier mujer que se hubiera propuesto cazar a un hombre rico.

Algunos, naturalmente, le resultaron más interesantes que otros. Serena no dejó de tomar notas y apuntes sobre todos y cada uno de ellos.

-Falta uno de nuestros miembros -le explicó Richard-. Mi primo Yaten se dedica a la cría de ganado y al cultivo de viñedos en Río Grande. Por desgracia, no ha podido venir.

Pero, en su lugar, hemos convencido a...

-¡Maldita sea, Richard! –exclamó Darien al tiempo que dirigía a su hermano una mirada de reproche.

-¿He dicho algo malo? —preguntó Richard extrañado.

-Estás acaparando todo el rato la atención de esta bella señorita. ¿Por qué no buscas a

Malachite? Creo que quiere organizar una partida de poker.- Darien tomó a Serena del brazo y le dirigió una sonrisa kilométrica-. Acompáñeme. Me gustaría enseñarle la piscina y los establos. ¿Monta usted a caballo?

Serena debió haber mentido. Debió haberle dicho a Darien que no entendía para nada de caballos. Pero cometió el error de decirle que había cabalgado alguna que otra vez y que estaba ansiosa por aprender a montar con una silla de las que se utilizaban en el Oeste.

Así pues, Darien había pasado horas tratando de enseñarle. Montar a caballo era un martirio.

Serena acabó con la cara interna de los muslos irritada y con el trasero hecho polvo.

Mientras se dirigían de vuelta hacia el club, tuvo que apretar los dientes para no gritar y hacer ímprobos esfuerzos para no perder la sonrisa.

-¿Seguro que se encuentra usted bien? -le preguntó Darien.

-Sí, perfectamente.

-En ese caso, ¿que le parece si nos tomamos una copa en el bar?

-Tal vez más tarde -se apresuró a responder Serena. Lo único que le apetecía era tomar un baño de agua caliente. Caminó muy erguida hacia el ascensor, temerosa de que las piernas le fallaran en cualquier momento. Una vez dentro, pulsó el botón de la tercera planta, cerró los ojos y trató de resistir con entereza las punzadas que le transmitían sus terminaciones nerviosas.

-Vaya, qué casualidad encontrarte aquí -dijo una voz masculina.

Serena abrió rápidamente los ojos.

-¡Seiya!

-El mismo que viste y calza -respondió él con una mueca burlona.

-¿Qué estás haciendo aquí?

-Estoy subiendo en el ascensor contigo.

-Eso ya lo veo. Me refería a qué haces en el Nido de Crow.

-Me han invitado.

-¿Que te han invitado? ¿Quién?

La puerta del ascensor se abrió antes de que Seiya respondiera.

-Darien Chiba. Somos viejos conocidos. Nos criamos juntos, prácticamente.

-Pero sólo han venido los miembros del club de jóvenes millonarios.

Seiya la invitó con un gesto a que saliera primero.

-Lo sé. Resulta que uno de los miembros no ha podido venir y necesitan a alguien que lo sustituya en el torneo de golf. Darien sabe que soy muy buen jugador, así que decidió invitarme en el último minuto. Además, pensé que quizá necesitarías mi ayuda.

-¿Tu ayuda?

-Exacto. Ya que estás tan decidida a cazar a un marido rico, yo podría asesorarte. ¿Por qué cojeas, Bombon? ¿Te has caído o algo? Esas botas de tacón alto son muy bonitas, pero no sirven para caminar por estos terrenos.

Serena apretó los dientes mientras introducía la llave en la cerradura.

-No, no me he caído. He estado montando a caballo y tengo el cuerpo un poco dolorido. Me recuperaré en cuanto me meta en la bañera y me tome unos tres dedos de ginebra. Ah, por cierto, no necesito ningún asesor, gracias.

-Parece que te irían de perlas los servicios de un masajista.

-Sí, de perlas -admitió Serena con una mueca-. ¿Hay alguno en el club?

-Lo consultaré. Toma un baño mientras tanto.

-Eres un cielo, Seiya. Gracias.

-No las merece. Al fin y al cabo, ¿para qué están los amigos?

Serena notaba cada vez más dolor en los muslos y las nalgas. Con cuidado, se despojó de la chaqueta y se dirigió hacia el cuarto de baño casi rengueando. Tras abrir del todo el grifo de la bañera, se sentó para quitarse las botas e instantáneamente chilló de dolor.

Tendría que probar otra táctica.

Seiya llamó a la puerta en ese preciso momento.

-¿Te encuentras bien, Bombon?

-No.

-¿Puedo ayudarte en algo?

Sintió el impulso de decirle que se largara y la dejara en paz. Así, al menos, salvaría su orgullo. Pero lo cierto era que necesitaba su ayuda desesperadamente. No podía meterse en la bañera con los pantalones vaqueros y las botas. Y era incapaz de quitárselos sola.

-¿Bombón?

-¿Qué? -preguntó ella con tono cortante.

-¿Necesitas ayuda?

-No me llames «bombón». Y sí, necesito ayuda.

-¿Puedo entrar? -preguntó Seiya después de una larga pausa.

Serena dejó escapar un suspiro de resignación.

-Qué remedio. Adelante, pasa -cuando Seiya abrió la puerta, ella lo miró con ojos feroces y le dijo-: No te atrevas a reírte.

-No me estoy riendo. ¿Qué es lo que te ocurre?

-Las cuatro horas que he pasado encima de ese maldito caballo han sido una auténtica tortura.

-¡Cuatro horas! ¿Y era la primera vez que montabas?

Serena negó con la cabeza.

-Aunque debo confesar que no soy ninguna experta.

-¿Y a qué estúpido se le ha ocurrido llevar a una novata a cabalgar durante cuatro horas seguidas?

-A Darien. Pero no ha sido culpa suya. Le dije que los caballos se me daban bastante bien. Aunque seguramente sospechó que había exagerado un poco cuando me caí la segunda vez.

-¿La segunda vez?

-Sí. La primera vez sentí mucha vergüenza, pero Darien comentó que era algo que podía ocurrirle a cualquiera. El caballo metió la pezuña en un agujero y tropezó. No sé a qué se debió la segunda caída, pero Darien dijo que sería mejor que lo dejáramos por hoy. Me sentí muy aliviada. No me explico cómo la gente disfruta cabalgando en esas bestias.

Seiya maldijo en voz baja y cerró el grifo de la bañera.

-¿Qué puedo hacer por ti?

-No soy capaz de quitarme las botas. Por favor, no te rías.

-No me reiría de ti por nada del mundo -se arrodilló delante de ella y le quitó las botas con sumo cuidado.

-Ah, qué alivio -dijo la rubia.

-¿Podrás arreglártelas sola con los pantalones?

-Creo que sí.

-Veámoslo.

Serena, que estaba acostumbrada a vestirse y desvestirse delante de los demás debido a su trabajo, se volvió tímida de repente.

-Vuélvete.

Seiya puso los ojos en blanco, pero obedeció.

Serena se desabrochó la cremallera de los pantalones y comenzó a bajárselos cuando, de golpe, sintió una punzada de dolor. Al oírla quejarse, Seiya maldijo de nuevo y se volvió para echarle una mano.

-¡Seiya!

-Déjate de pudores. Si no hacemos algo, y pronto, mañana por la mañana no podrás levantarte de la cama. Hazte la idea de que soy médico.

Serena no tenía más remedio que seguir el consejo. Dejó que le quitara los pantalones y, sin decir una sola palabra, se colocó una toalla alrededor de la cintura para que Seiya pudiera despojarla también de las medias.

-Gracias -dijo lacónicamente-. Lo demás podré hacerlo yo.

-¿Estás segura?

-Absolutamente. Gracias.

-¿Podrás meterte en la bañera sin ayuda?

-Sí, me las arreglaré -esperaba que Seiya se marchase, pero no lo hizo. En vez de irse, comenzó a rebuscar por el armario del cuarto de baño-. ¿Qué buscas?

-Sales, pero parece que no hay. Seguro que Darien tendrá algún frasco en su suite. Iré a preguntarle.

-Ni se te ocurra decirle para qué las quieres, Seiya Kou. Pensará que soy una tonta.

Seiya le dio un beso en la nariz.

-Tranquila, Bombon. Mantendré la boca bien cerrada.

-¡Deja de decirme «bombon»! Sólo somos amigos, no lo olvides.

-Como usted diga, señorita -tuvo la audacia de dedicarle una sonrisita cínica. Serena esperó a que se marchara para acabar de desvestirse y meterse en la bañera. Entre lamentos y quejidos consiguió sumergirse en el agua caliente. Se reclinó y saboreó la maravillosa sensación que experimentaron sus miembros doloridos.

-Ahhhhhh.

-¿Te sientes mejor? -dijo una voz al cabo de varios minutos, sacándola repentinamente de su agradable estupor.

Serena dio un respingo y se cubrió el pecho con los brazos.

-¡Seiya! ¿Qué demonios haces aquí?

-Traigo las sales. Son muy buenas para reducir la inflamación. Ah, y no he dicho ni una sola palabra sobre ti.

-Gracias. Y ahora, ¿tienes la bondad de marcharte? Quiero disfrutar del baño a solas.

-Enseguida. Pero antes pondré las sales en el agua. Como ya te he dicho, imagínate que soy tu médico.

Pero eso no resultaba tan fácil. Seiya llevaba una camisa azul celeste que resaltaba el color de sus preciosos ojos, unos pantalones vaqueros que acentuaban su virilidad, y exhibía una sonrisa sesgada tremendamente sexy.

-Me... me resulta difícil -confesó ella.

-Pues en ese caso -dijo él pestañeando-, piensa que soy un buen amigo. Porque somos amigos, ¿no?

-Sí.

-Vamos allá -Seiya abrió el frasco de sales y las vertió en el agua. De pronto, llamaron a la puerta-. Tranquila, yo iré a ver quién es.

-Pero, Seiya, no deben encontrarte aquí...

-No te preocupes. Será el botones, que trae las bebidas.

-¿Qué bebidas? -preguntó Serena. Pero él ya había salido del cuarto de baño.

Al cabo de un par de minutos regresó con una bandeja.

-¿No dijiste que te iría bien un trago de ginebra?

-Sí, ya lo creo.

Seiya llenó dos copas y las colocó en el borde de la bañera.

-Bébetela mientras yo lo preparo todo para el masaje.

Serena tomó un sorbo. La ginebra estaba helada, fuerte, perfecta.

-Ah, qué maravilla. ¿Así que has podido localizar a un masajista?

-Todo está solucionado, Bomb..., Serena. Relájate y déjalo en mis manos.

Serena se puso una toalla alrededor del talle y asomó la cabeza por la puerta del cuarto de baño. Seiya estaba sentado en una mecedora, leyendo una revista. Pero en la habitación no había nadie más.

-¿Estás lista para el masaje? -preguntó él al tiempo que dejaba a un lado la revista y se ponía en pie.

Serena salió y paseó la vista por el cuarto.

-¿Dónde está el masajista?

-Lo tienes delante. Ya está todo preparado -Seiya se acercó a la cama, cuyas colchas había retirado previamente. Encima de la mesita de noche había un montón de toallas y botes de aceites y lociones corporales.

-Ah, no. Ni hablar-dijo ella retirándose cuando vio que Seiya se acercaba.

-Pero, Bombon, se me dan estupendamente los masajes. De veras.

Serena notó que la boca se le secaba al pensar en la posibilidad de que Seiya le diera un masaje. El corazón empezó a latirle con fuerza.

-No... no creo que... estuviera bien -dijo titubeando.

-¿Por qué no? Si somos amigos.

-Sí, amigos. Pero un masaje es algo muy íntimo. Ya te he dicho que mi intención es casarme con un millonario, y...

-No comprendo dónde está el problema.

-Si no lo comprendes es que eres idiota. Ya sabes cómo nos...

-¿Cómo nos atraemos? -preguntó Seiya. Una de las comisuras de la boca se le curvó ligeramente hacia arriba.

Serena se ciñó aún más la toalla.

-¡No me refiero a eso! Te he dicho miles de veces que sólo podemos ser amigos. Tienes que metértelo en la cabeza.

-No hace falta que grites, Bombon. Capto perfectamente el mensaje. Para ti no seré nunca más que un amigo porque no tengo dinero. Y temes que te dé un masaje porque podrías excitarte y eso complicaría las cosas. ¿Estoy o no estoy en lo cierto?

-¡Sí! ¡No! Eso es lo que a ti te gustaría, amigo. Dame de una vez ese maldito masaje -fue hacia la cama con paso decidido y se tumbó boca abajo-. Imaginaré que eres mi médico de cabecera. Y no vuelvas a llamarme «Bombon».

-Como quieras, caramelito.

Seiya le retiró la toalla de la espalda y ella soltó un quejido. Antes de que Serena pudiera protestar, le colocó una toallita caliente en las nalgas.

-Empezaré por los pies —dijo al tiempo que le levantaba una pierna y le aplicaba un poco de loción.

No pasaba nada porque le masajeara los pies. Podría soportarlo.

Pero Serena tardó muy poco en cambiar de opinión. Jamás había pensado que los pies fueran una zona tan erógena.

Cuando Seiya ascendió y comenzó a masajearle las pantorrillas, ella tuvo que apretar los dientes para no exhalar un gemido de placer. Con cada movimiento de aquellas manos mágicas y maravillosas, un sinfín de imágenes acudían a su mente. Imágenes desenfrenadas y eróticas. Seiya fue subiendo cada vez más. Le extendió un poco de loción por la parte superior de la pierna y Serena estuvo a punto de caerse de la cama.

Dios bendito, ¿cuánto tiempo podría seguir soportando aquello?

Cuando comenzó a acariciarle la cara interior de los muslos, ella se echó a temblar.

Notó que el sexo se le humedecía.

-Relájate -dijo Seiya

-¡Ya estoy relajada!

Él soltó una risita ronca.

Maldita fuera aquella sonrisa. Y malditos aquellos dedos. Finalmente, Serena empezó a sentirse relajada. La tensión pareció esfumarse de sus miembros entumecidos.

Pero, de repente, Seiya se subió a la cama y se colocó de rodillas encima de ella.

-¿Pero qué demonios haces?

-Chist. Así me será más fácil.

Sí, claro. Más fácil. Serena se dijo que tendría que echarlo a patadas del cuarto. Pero la loción y el contacto suave de sus dedos en la espalda le producían un placer demasiado grande.

A medida que los músculos se iban relajando, Seiya empezó a disminuir la intensidad del masaje, acariciándole la piel con movimientos lentos y sensuales. Ella se sintió como si flotara en un inmenso mar de esponjas.

Finalmente, cuando le quitó la toalla de las nalgas y comenzó a tocarle zonas más íntimas, Serena se hallaba demasiado extasiada como para protestar.