OMFG! ME TARDÉ LO SÉ PERO VALE LA PENA, NI YO SÉ CÓMO EL CEREBRO ME DIO PARA ESTO ;3 GENIESSEN!
Los Wild Geeze se esforzaban por disparar en la oscuridad de la noche, los objetivos estaban más lejos de la distancia promedio.
- No es justo, nosotros no somos fenómenos como usted, señorita Seras – dijo uno de los restantes de Wild Geeze mientras le guiñaba un ojo.
Seras rió y tomó el rifle, disparó y destrozo la cabeza de cartón de un soldado nazi.
-Lo ven, no es tan difícil – dijo mientras le devolvía el rifle a uno de los mercenarios. Divisó a Hans recargado en un árbol y éste le llamó para que se acercara, a trote fue directo a él y se adentraron en el bosque.
Al llegar a un espacio entre los árboles Hans se detuvo.
-¿Qué ocu…
En un segundo estaba contra un árbol de frente a la corteza.
El cuerpo de Hans se soldó con el de ella, recorrió su cintura bajando y rozó los pliegues de la Draculina por encima de su ropa interior. Seras gimió.
-Te deseo… - dijo el hombre lobo a su oreja.
El Capitán arrancó la ropa interior de Seras y la penetró. Seras clavó las uñas en la corteza del árbol. Hans Embistió lento pero fuerte, cada contacto sentía a la Draculina apretarse contra él. La chica recargó su cabeza en el hombro de Hans, el lobo embistió justo en el centro de placer de la Draculina haciéndola gemir más fuerte, la embistió tres veces más en ese punto y sostuvo el peso de ella mientras se desvanecía por el orgasmo, la Draculina tironeó el cabello de Hans haciéndolo gruñir de excitación, embistió dos veces más, Seras desgarró un pedazo de corteza con los dientes y había dejado profundos surcos donde había arañado la madera.
-Te siento tan grande – dijo Seras gimiendo.
Embistió una vez más y se corrió. Se dejó caer en el suelo y Seras lo besó apasionadamente. Exploró la anatomía del Capitán con la lengua mientras el solo gruñía y suspiraba, cerró los ojos un momento y entonces sintió a la Draculina lamer toda la extensión de su miembro mientras mordía ligeramente la punta. Hans jadeo violentamente y la atrajo hacia él. La besó y rodó para quedar encima de ella, colocó la pierna de la Draculina en su hombro y se deslizó dentro. Así la podía degustar más profundamente, memorizándola.
Con la mano recorrió todo el cuerpo de la chica, pero ella atrapó su brazo, tomó uno de sus dedos y lo introdujo en su boca para deslizarlo fuera rozándolo con sus dientes. Esto encendió más al hombre lobo, aulló y con un gruñido la embistió con fuerza sobrehumana. Los dos gimieron al unísono, volvió a embestirla, una y otra vez. Las uñas de Seras rasgaron su espalda hasta sangrarlo, pero esto solo lo excitaba más, los dos estaban al borde pero nadie quería ceder. Hans pasó su mano por la espalda de ella obligándola a soldarse con el cuerpo del lobo, el Capitán se deleitó con el roce de los pezones de la Draculina. El capitán tomó entre sus dientes el labio inferior de Seras y mordió ligeramente, Seras mordió el ancho hombro de Hans y en unos segundos más los dos se corrían al mismo tiempo. Los dos observaron la gran luna llena.
Una colosal explosión y severos disparos resonaron donde estaba el campo de entrenamiento, Seras percibió el humor de su maestro, estaba en medio de una batalla.
Corrió lo más rápido que sus músculos lo permitían, su maestro estaba de espaldas y un láser apuntaba su espalda, escuchó el gran disparo producido por un cañón a unos metros al lado de ella, la enorme y brillante bala se dirigía directo al corazón de su creador.
Con apenas tiempo se colocó entre la bala y Alucard. El dolor que produjo aquella bala fue peor incluso del que recibió cuando era humana, la bala había impactado en el centro de su tórax, escupió sangre, demasiada. Cayó de rodillas intentando calmar el dolor que consumía su fuerza, su cuerpo no había sanado, aquella bala le quemaba la carne, justo como las bayonetas del padre Anderson. Era una bala bendita, pero no una cualquiera, tenía algo más, miró la dirección de donde había venido el disparo y vio el rostro deformado y cubierto de vendas que había visto hacía un mes. Perdió la conciencia cayendo en el suave pasto.
Alucard miró a Seras caer, podía oler muerte, la levantó y divisó al hombre lobo del otro lado del campo batallando con varios soldados, pero no eran soldados nazis, eran soldados del vaticano.
Caminó hacia él con la Draculina en sus brazos, manchando de sangre su traje. Su sombrero cayó con el viento. Hans percibió el olor a sangre y volteó después de patear a otro hombre. Alucard se limitó a entregársela.
-Llévala a su ataúd, avisa a Integra, yo me encargaré de esto – dijo mientras abría paso para el hombre lobo, el cual desapareció después de saltar y correr hasta llegar a la mansión.
Alucard sacó la enorme pistola oscura como la noche misma, caminó a pesar de recibir cientos de impactos de bala, dispararon un lanzamisiles que le dio directo en el cuerpo.
Los soldados se quedaron estupefactos al ver solo las piernas de Alucard ahí todavía de pie mientras las sombras los reconstruían una vez más. Pero esta vez el vampiro no sonreía sarcásticamente, en su cara no se denotaba ningún sentimiento, solo en sus ojos carmesí podías ver el fuego de su rabia.
Disparó a los soldados los cuales caían muertos sin alguna extremidad, las balas eran tan potentes que perforaban tres cuerpos. La sangre salpicó la cara del vampiro pero no se detuvo, cuando acabaron sus balas se movió rápido como un látigo y sólo con sus manos destrozó los cuerpos de los soldados, partes irreconocibles de los cuerpos volaban por los aires mientras el vampiro disfrutaba de la masacre, tomó a uno de los soldados por la cara y la apretó hasta destrozar el cráneo, arrancó los dos brazos de otro y los clavó en el estómago de una mujer. Los hombres empezaron a gimotear de miedo y retrocedieron. Alucard tomó un rifle que estaba tirado en el suelo y lo utilizó para perforar y levantar a un soldado, la sangre de éste le caía por la cara mientras gritaba.
Una bala le perforó un hombro y lo traspasó. La carne le quemó ahí en la herida y volteó la cara, la mujer deformada del vaticano traía un cañón un poco más pequeño que el colosal Harkonenn de su sirviente.
La mujer estaba cargando otra bala, Alucard tomó otro rifle y lo arrojó como una lanza hacia la mujer, pero lo esquivó con una velocidad sobrenatural. Alucard sonrió.
Se acercó a ella caminando lentamente, saboreando el aire cargado de sangre y muerte. El olor a batalla, el olor a guerra.
-Esta noche caerás, monstruo – dijo la mujer masticando las palabras.
Alucard sonrió aún más mientras levantaba las manos. Inhaló el aire una vez más.
Recibió una segunda bala que le dejó sin el costado izquierdo del cuerpo. La bala bendita no era ordinaria pero no pensó en que más tendría, se dirigió hacia la mujer que había dejado fuera de combate a su Draculina.
La mujer tiró el cañón a un lado y sacó dos cuchillas de plata. Con un fluido movimiento cortó un brazo del vampiro y cortó su cuello.
El gorgoteo de sangre era incesable y desagradable, Alucard echó la cabeza hacia atrás y la sangre salió a presión manchando la cara de Heinkel, cayó de espaldas llenando el pasto de su sangre, pero su sonrisa llena de sarcasmo estaba presente ahora.
-¿Crees que puedes matarme? ¿En verdad te crees capaz? – dijo Alucard sonriendo aún más.
La mujer del vaticano clavó la cuchilla en la frente del Empalador y este murió a la vista. Heinkel se dio la vuelta para recoger una escopeta de uno de sus compañeros ahora muertos. La escopeta fue arrebatada de sus manos y se clavo en la palma de su mano sellándola con el árbol detrás, su propia cuchilla se clavó en la otra mano quedando suspendida, sus pies también fueron clavados juntos con la cuchilla restante, asemejando la crucifixión.
-Deberías sentirte orgullosa de morir como tu mundano dios – dijo el vampiro mientras fruncía el ceño. Todo rastro de humor borrado de su cara.
-Ahora te toca perra, siente el dolor, siente la muerte sin morir, solo cuando creas que estas muerta vivirás
Alucard disparó debajo de la mandíbula de Heinkel mientras volaban fragmentos de huesos y músculos. Impulsó su mano en función de cuchillo y atravesó su estómago. Separó la mano y vio como el tejido se regeneraba tal como el padre Anderson.
Fuego comenzó a arder dentro del vampiro, él era el único que podía ser llamado inmortal, invencible.
-¡Creíste que después de dañar a mi Draculina saldrías impune?
Con los dientes desgarró la carne del abdomen de la mujer y con un impulso salvaje introdujo las manos en la herida mientras estrujaba los órganos de Heinkel. Uno por uno los desgarró y los tiro por partes. El cuerpo de la mujer comenzó a convulsionar pero el vampiro sabía que se regeneraría de aquél daño que ningún cirujano podía curar.
-Muere, una y otra vez, ¡MUERE! – dijo Alucard mientras arrancaba el cuerpo del árbol y comenzaba a desmembrarlo con las manos, los huesos del hombro de la mujer del vaticano crujieron y después se separaron dejándola sin un brazo.
Era el infierno mismo, podía sentirlo todo sin poder entrar en estado de shock, cada pulso de dolor lo sentía cada vez más amplificado, sentía que la cabeza le iba a estallar, le pulsaba la cien y estaba tan adolorida que estaba aturdida. Era como morir ahogado, conciente de todo el tiempo que pasa, cada segundo era una hora entera.
El vampiro arrancó una pierna.
-Alucard, ¡detente! – gritó su ama.
Pero ni siquiera la firmeza de la voz de Integra lo paró. Tomó la cabeza de Heinkel entre sus manos llenas de sangre, clavó los dedos en éste y separó el cráneo en dos partes, tomó el cerebro en una mano y lo estrujó hasta que se escurrió entre sus dedos.
Se puso de pie y miró el cadáver totalmente vacío por dentro, un brazo y una pierna separadas del cuerpo, órganos tirados en el pasto y la mujer había sangrado por lo menos 4 litros de sangre.
-Haz pagado tu penitencia, el infierno te aguarda todavía – dijo Alucard caminando hacía su ama.
Integra estaba estupefacta, las ganas de vomitar fueron casi incontrolables. Se frotó la cara y simplemente sintió desfallecerse. Alucard la detuvo antes de impactar en el suelo.
Cuando fue consciente de nuevo se encontraba en su despacho sentada en la enorme silla.
-Perdón por interrumpirla ama, pero necesito que venga – la voz barítono de Alucard tenía un matiz de preocupación y esto llamó la atención de Integra.
Se paró con pesadumbre y siguió a su siervo hasta los niveles subterráneos. Llegaron a la habitación de Seras, la cual yacía en su ataúd aún con el hueco en el estómago.
-¡Por qué no han sacado la maldita bala? – dijo Integra con frustración.
-Mi ama, esta no es una bala normal, esta bendita y es más poderosa que las jamás creadas, además esta hecha de plata y el perro no puede tocarla sin que se le caiga la mano – dijo aún con el Capitán a un lado inmutable.
Integra se quitó el saco y subió las mangas de su camisa. Tomó unas pinzas y un bisturí y comenzó a explorar los daños en el cuerpo de su sirvienta. Tuvo que cortar algunos tejidos pero tenía que trabajar rápido.
Miró una de las esquirlas de la bala y se quedó sorprendida, las esquirlas tenían pequeños ganchos que se clavaban a la carne, impidiendo quitarlas sin dolor.
-Alucard, Capitán, por favor sostengan a Seras.
Los dos hombres se colocaron a los lados del ataúd, listos para cualquier movimiento.
Integra empuñó el bisturí y comenzó a cortar lo menos y más rápido que pudo, la reacción de la Draculina fue inmediata, un gruñido grave sonó en su garganta y se tensaba tratando de mantenerse en su lugar. Integra sacó la primera esquirla y la colocó en un recipiente de metal. Vio otras dos esquirlas y rápido y hábilmente comenzó a destrabarlas y sacarlas, las más difíciles eran las que se encontraban en los órganos vitales de la policía. Integra sabía que era necesario sacarlos así que se concentró y al hacer pequeños cortes la sangre emanaba a grandes cantidades mientras Seras se intentaba quitar pero los sirvientes de Integra la sostenían.
Al sacar la última esquirla las contó, eran unas 30. La Draculina estaba ni despierta ni dormida, se notaba el alivio en su cara pero las heridas sanaban muy lentamente. Alucard la tomó en brazos como a una esposa y caminó hacia la pared. La caliente mano del Capitán detuvo su hombro. Lo miró con esos ojos de hielo.
-Tranquilízate animal, solo la sanare con mi sangre – dicho esto atravesó la pared y se encaminó a su dormitorio, el salón enterrado más profundo de toda la mansión.
Se sentó en el enorme trono y después coloco a Seras en su regazo y dejó que se recargara en su hombro. Alucard desgarró su muñeca con sus colmillos y la colocó frente a la boca de la chica policía.
-Bebe
-Pero maestro...
-Bebe – sentenció.
La Draculina lamió tímidamente la muñeca del vampiro ancestral, pasó su lengua varias veces y no pudo contenerse al sabor de la sangre de su maestro, sabía a ira, sabía a deseo, sabía a todos los años de soledad de su maestro pesados como piedras en la espalda.
Alucard sintió los filosos colmillos clavarse en su carne, simplemente dejo que la Draculina se dejara llevar, el fuego en su interior era alimentado por aquella chica policía, haciéndolo desearla más y más, ella era suya, quería corromperla una y otra vez, quería tenerla a su lado siempre. La calidez de ese pensamiento lo inundo, 600 años de no sentir ese calor sordo... ciego. El vampiro apretó la bracera de su trono conteniéndose de no hacer nada imprudente. Aquello lo conmocionó, él nunca se detenía, jamás lo hacía y menos con algo que el anhelaba.
Seras se dedicaba a lamer las heridas de su maestro, sintiéndose fuerte, superior a cualquier otro. El hueco en su estómago había sanado en su totalidad y ahora la piel nívea cubría de nuevo la herida. Bajo ella podía sentir a su maestro tenso, crispado, percibió aquella frustración en él.
-¿Pasa algo maestro? – preguntó recargándose en el hombro del vampiro, aún seguía un poco débil.
El vampiro no respondió, levantó una mano y con uno de sus dedos rozó el cuello de su sirvienta. Alucard disfrutaba el contacto del cuerpo de la chica policía sobre el suyo, estiró el cuello y pasó su nariz desde en inicio de la oreja de la Draculina hasta donde el cuello y el hombro se unían. Seras suspiró ligeramente. El vampiro se debatía entre morderla o dejarla, sabía que si la mordía ella perdería energía, la cual necesitaba en ese momento, pero en vez de morder besó suavemente la piel blanca de la chica policía.
-Maestro... – dijo Seras acariciando cada sílaba.
Alucard se deleitó, tenía a aquella mujer de curvas espectaculares sólo para él, quería destrozar a aquél hombre lobo que hizo lo que él se suponía debía hacer, pero el vampiro se preguntó una cosa sencilla. ¿Por qué nunca se había molestado en hacerlo?
Seras sintió el cambio de humor de su maestro, sabía que estaba frustrado pero no comprendía porqué.
Alucard no era del tipo que se detenía cuando deseaba algo. Se frustró hasta el punto en el que casi mordía a aquella Draculina y la tomaba en ese mismo instante.
-¿Pasa algo, maestro? – preguntó Seras volteando la cara para mirarlo.
El vampiro no respondió, entonces decidió hacer su jugada, sabía que la chica policía iba a salir herida, probablemente lo odiaría por ese momento, quizá por días, quizá por años, pero sabía que le perdonaría porque ella no podía odiarlo, simplemente lo sabía.
-Seras Victoria... – dijo con aquella voz barítono.
La Draculina puso atención, nunca la llamaba por su nombre a menos que fuera importante.
-Contéstame algo Seras, ¿amas a ese hombre lobo? – preguntó diciendo lobo con reproche.
Seras se quedó callada, estaba lista para cualquier cosa... menos esa.
-Yo... yo lo...
-¿Lo amas? ¿O amas el hecho que te salvó la vida? ¿Sientes en verdad afecto por él, o simplemente es tu entretenimiento de medianoche, tu gratitud hacía sus actos? – preguntó Alucard mientras sentía la espalda de Seras ponerse tensa, podía sentir su indecisión, su intento de aplacar la tormenta que ahora era su mente.
Aquella pregunta había entrado en ella como un cuchillo de plata, doloroso y hondo. No sabía que responderle a su amo, pero en la presencia de su maestro no sintió sorna, ni odio ni brusquedad, simplemente notó la curiosidad y aquél atisbo de frustración de su maestro.
-¿Y bien? – preguntó el Empalador.
-Yo... no lo sé maestro... no lo... sé – dijo Seras mientras lágrimas rojas se deslizaban traicioneras y silenciosas. Esa pregunta simplemente le había traído a la realidad de sus actos, recordó momentos que le pudieran dar una respuesta y se estremeció de aquellos placenteros y lujuriosos recuerdos, pero eran solo eso, no sentía aquella calidez, no sentía amor, o lo que ella consideraba aquél sentimiento.
Simplemente quedó totalmente aturdida, pero este estado fue incinerado por un sentimiento agresivo, un sentimiento que borraba su coherencia, un sentimiento que sólo la impulsaba a desatar su furia, un odio ciego creció dentro de ella, dirigido tanto a ella misma cómo al vampiro debajo de su cuerpo. Se paró de un fluido movimiento y encaró a su maestro, tomó su rostro entre las manos y lo miró fijamente, taladrando aquél rojo carmesí. La mirada de aquél no muerto era solitaria y vacía en el fondo, sabía lo que su maestro pasaba, pero no era ni una fracción de lo que en verdad implicaban 600 años de soledad absoluta. No vio rastro en aquella mirada de alguna broma pesada o algún rastro que la dejara saber que sólo la humillaba.
Alucard dejó a la Draculina penetrar hondo en su mente, en sus sentimientos, en su esencia. Se sentía extraño, jamás había permitido a nadie más hacerlo, solo había abierto su corazón a una mujer en su vida humana, simplemente para terminar desgarrado por dentro, viviendo con ese recuerdo durantes muchos años.
La presión en sus mejillas hubiera sido insoportable, incluso podría romperle el cráneo, pero comprendía cada sentimiento por el que cruzaba su Draculina, lo sentía y lo vivía justo como ella.
El vampiro a pesar del dolor, delicadamente limpió una de las mejillas de Seras, ella abrió los ojos un poco y su cara se convirtió en una máscara de soledad, tristeza y dolor. Se tiró en brazos de su maestro y sollozó violentamente, él sabía que todos los recuerdos dolorosos caían sobre ella como una piedra, pero también sabía que se irían lejos junto con esas lágrimas de sangre.
Silenciosamente la cargó en brazos y la dirigió hacia su ataúd, se acostó el primero y después ella enterró su rostro en el hombro del vampiro.
Él se dedicó a esperar.
CÚAL CREEN QUÉ SERÁ LA DECISIÓN DE LA DRACULINA? ESPEREN Y VERÁN... *SONRISA MALICIOSA*
