Aquí la actualización, disfruten.
El sacerdote alto estaba hablando con Anthony en su oficina. Un chico entró corriendo.
–Señor Anthony, me informan que Alucard se aproxima.
El alto corrió hacia afuera sin darle tiempo a ninguno de los dos presentes de decir algo.
Llegó a la habitación de la Draculina. La encadenó con los grilletes de luz mientras ella gemía de dolor. Él se quitó los guantes blancos y se abrió con un diente el pulgar, entonces la sangre emanó y la manipuló de una manera extraña, como si fuera una serpiente la sangre comenzó a pintar una cruz en toda la pared de la habitación, entonces cargó a Seras y la hizo flotar, en un arrebato de desesperación ella luchó pero su cuerpo no respondía a ella sino al hombre. El cuerpo de la Draculina adoptó la forma de la cruz, y justo cómo la crucifixión tres estacas se clavaron en su cuerpo, dos en sus muñecas y una uniendo sus pies. Ella gritó mientras su carne ardía en rojo vivo.
El hombre estaba sudando y su cabello se pegaba a la frente pegajosa. Alterado y respirando agitado. Con las dos manos atravesó el cuerpo de la chica, pero no a un nivel físico, sino aferrándose a la mismísima esencia de la chica. El cuerpo de la vampira se arqueó ante la intrusión de su alma condenada a las sombras. El hombre jaló con fuerza, tratando de arrancar la oscuridad del alma de la chica. Los jadeos pesados del sacerdote se perdían en los gritos de dolor de la chica. Con las dos manos hizo una abertura con un esfuerzo enorme, más allá del cuerpo, se hizo una rajada en donde el núcleo de energía de la chica se alcanzaba a ver. Entonces tres esferas salieron de su cuerpo, una era totalmente negra, otra era roja intenso y la otra era blanca. La blanca era la inocencia pura de la Draculina, que nunca había sido contaminada por la oscuridad. El Sacerdote se impresionó de la voluntad de ella. El Sacerdote puso las manos a escasos centímetros de las dos esferas negra y roja y comenzó un largo y exhaustivo murmullo. Las esferas comenzaron a girar, tan pequeñas como una canica. A medida que giraban las piernas del padre comenzaron a temblar. En sus manos estaba recibiendo la maldad de aquellas esferas, que mientras giraban la oscuridad se iba desprendiendo de ellas poco a poco, dejando ver algunas partes brillantes y blancas. Puras.
El ruido de la planta de arriba le erizó el vello, Alucard estaba cerca. Sólo faltaba un poco más…
El estruendo de la protección rota de la puerta detrás de él lo sacó de concentración.
– ¡Nooooooo! – gritó el sacerdote mientras veía las esferas volverse oscura y roja de nuevo y regresar al núcleo de la chica. Cuando la abertura se selló ella colgó sin conocimiento de las estacas, dislocándole las muñecas.
Alucard miró a la Draculina. Agarró al padre de las solapas.
– ¿¡Qué le has hecho a mi Draculina?
El hombre del Vaticano sabía que iba a morir, sonrió con sorna y dejó de temblar, miró al vampiro, el saco de su traje estaba hecho jirones de tela, tenía una herida en la cara que no había terminado de sanar y su camisa goteaba de sangre de las mangas.
Lo azotó al suelo rompiéndole la espina. Golpeó su cara y ésta estallo por el impacto, el suelo se llenó de sangre carmesí.
Las estacas se desintegraron y Alucard atrapó a Seras, la miró y lo embargó una tristeza inmensa.
–Maldición… ¿Qué te han hecho?
– ¡Atrápenlos! ¡Qué no escapen! – Todos se detuvieron en la entrada al ver cómo las sombras engullían al cuerpo alto de Alucard y al de la Draculina. Miles de murciélagos volaron chillando, ensordeciendo a los hombres. Al recuperarse del estruendo Alucard y Seras habían desaparecido.
Alucard apareció en el despacho de Integra con Seras en brazos. La acostó sobre el escritorio de roble.
Integra la miró, su cuerpo estaba más delgado y las ojeras en sus ojos eran tan moradas que parecían moretones, los labios estaban pálidos.
– ¿Qué le han hecho? – apenas en un susurro.
–Le han tratado de quitar su estado vampírico, no sé cuánto daño le habrán hecho.
– ¿Dónde está William y Avery? Te siguieron el rastro en un jet.
– Se han quedado allá matando todo ser vivo que quedara. La llevaré a mi ataúd.
Alucard la volvió a cargar.
– Avísame en cuánto tengas el reporte Alucard, quiero saber qué le han hecho… pobre.
Alucard atravesó la pared y se tumbó en el ataúd con Seras encima de su cuerpo.
Acarició el rubio cabello. Él se abrió la muñeca y dejó caer la sangre en los pálidos labios de la rubia.
No dio ningún signo de vida, Alucard entrecerró los ojos y recargó la cabeza en el ataúd. Sin darse cuenta cayó en la inconsciencia.
Schrödinger habló con él en sus sueños.
–Sé lo que le han hecho vampiro, no te gustará nada.
– ¿Entonces? ¿Qué le han hecho?
–Parece que le han devuelto su humanidad, al menos en lo que a su alma concierne. Y le han borrado gran parte de la memoria, se podría considerar un efecto secundario del exorcismo. A ti te recordará porque eres su creador. En tanto a todo lo demás, no estoy seguro.
– ¿Cómo sabes todo eso?
La ligera voz de Schrödinger rió.
–Fácil. Nosotros hicimos ese experimento, se lo robaron, no sé dónde lo han conseguido. Así que, ella será la chica que conociste en aquella aldea, inocente e incapaz de matar algo. Aún así con un coraje y valor dignos de tu confianza. Considéralo como un nuevo comienzo. Tendrá que aprender con tu ayuda de nuevo todo lo que le has enseñado.
–Hmmm
El movimiento lo despertó, el cuerpo encima del suyo se removió y alzó la cabeza. Los ojos azules se encontraron con los ojos carmín.
–Seras Victoria…
– ¿Maestro? – sus ojos se abrieron más mientras reconocía la presencia de su maestro, un brillo de vida apareció en ellos.
–Hola chica policía
Los labios de Seras se sellaron con los de Alucard, éste se quedó congelado ante la reacción de la chica. El beso era desesperado.
–Oh maestro, ellos… esos hombres eran demasiado fuertes, no sé qué han hecho conmigo. Pero ahora estoy a salvo contigo. Sólo recuerdo la noche en que me convirtió, y luego…
Seras se recargó en el pecho de Alucard, aferrándose a su saco pretendiendo no dejarlo ir, no alejarse de la seguridad de sus brazos.
–Seras, necesito hablar contigo sobre algunas cosas. Esa noche en la que te convertí es muy distante ahora. Tú ya eres una Draculina, ya has bebido sangre humana por tu cuenta, y de un humano, no de una bolsa. Mi ama Integra es tú ama también, has pasado ya por muchas cosas, y eres inmune a la luz, has estado a punto de morir… Son demasiadas cosas Seras Victoria – Tal vez el empezar de nuevo era muy literal…
–Tenemos que reportarnos con Integra, nos espera.
El ataúd se abrió, Seras exhaló y Alucard se crispó, el aliento de la chica era caliente, no al grado del calor de la respiración humana, pero no era frío como el de un muerto, también notó que su cuerpo desprendía un olor más vivo y su piel tenía un poco más de color. Sus ojos eran aún más brillantes y vivos, aquél aire inocente estaba más presente.
– ¿Maestro? – Seras agitó una mano frente a la cara de Alucard.
–Sí, vamos chica policía.
Caminaron a través de los pasillos de la mansión Hellsing. Seras miraba todo muy atenta, aquello le resultaba tan familiar…
Un haz de luz se hizo presente a través de una ventana al moverse una nube y Seras siseó al tiempo que volvía a la oscuridad, guiada por el instinto de supervivencia. Alucard sabía que ahora que había bebido su sangre, la sangre más poderosa de todas, ella había adquirido inmunidad a la luz, entre otros detalles.
–Mira Seras – Alucard caminó y dejó que la luz lo bañara, detestaba la luz, por eso no la procuraba, pero ahora ya no lo destruía.
Seras caminó indecisa hasta su maestro. Aún en la sombra. Alucard extendió una mano. Ella metió la mano en la luz con cautela, esperando a que la carne se quemara en un parpadeo, pero eso nunca pasó, poco a poco dejó que su cuerpo pasara a la luz, su maestro tiró de su muñeca suavemente y su cuerpo entero se bañó de la luz.
Sonrió mientras veía las pequeñas partículas de polvo viajar, se sintió ligera.
–Andando chica policía.
Llegaron al despacho de Integra, Alucard tocó dos veces la pesada puerta.
–Adelante.
Entraron a la gran habitación, dónde el olor a tabaco era penetrante. Seras sintió la fría mirada de aquella mujer, bajó la mirada. De alguna manera le tenía un respeto profundo acorazado de temor. Entonces recordó las palabras de Alucard.
–Mi ama Integra es tú ama también
–Seras. Siéntate por favor.
–Adelante chica policía – le susurró Alucard.
Se adelantó algunos pasos, miró a las dos figuras paradas a los lados de la mujer. Un joven alto y delgado, con aire indiferente y cabello rubio oscuro, ojos de color verde. Tenía unas fundas en sus muslos que sostenían unas dagas pequeñas y relucientes. El otro hombre sin embargo le causó que se le erizara la piel, todos sus sentidos decían que huyera o que lo matara, se crispó mirando aquellos ojos azul hielo. Intensos aún en la sombra que proyectaba la gorra verde que llevaba.
Sin dejar de mirar al alto hombre vestido de nazi tomó asiento.
–Bien Seras, dime, ¿Qué recuerdas? ¿Recuerdas la Organización? ¿Recuerdas tu transformación? Necesito que me digas.
Seras inhaló profundamente el aire, arrugó la nariz por el olor a tabaco.
Justo antes de comenzar la puerta se abrió. Todos miraron a la mujer con cabello negro y grisáceo. Ésta les dedicó una sonrisa arrepentida a todos y se disculpó. Seras notó los caninos, listos para romper huesos.
– Avery… puede que sea paciente pero no todos los días tengo buen humor, procura no hacer eso – Integra la miró fijamente.
– Muy bien Integra.
– Como decías Seras…
– Recuerdo la noche en dónde yo fui a patrullar aquella aldea pequeña, la manera en que mataron a mis amigos, el aliento que me faltaba al correr. Cuando mi maestro me salvó… también recuerdo a Walter, por cierto ¿Dónde está?
– Concéntrate Seras, las preguntas al final
– Recuerdo el Harkonnen y al padre Alexander Anderson. El Vaticano nos daba muchos problemas, mi ataúd y jamás he bebido sangre.
Alucard contuvo la risa, William miró atento a Integra, quién tenía el ceño fruncido, el Hauptstürmfuhrer se mantuvo inmutable.
– ¿Eso es todo Seras?
– Sí… lo siento.
Integra la miró sin discreción, entonces miró a Alucard apostado detrás de Seras, con sus manos en el respaldo de la silla, con una actitud posesiva.
– Alucard, métete en su cabeza, busca cualquier recuerdo. Veremos si eso le ayuda.
Seras se removió incómoda en su asiento, pero sentía un profundo afecto hacia su maestro, incluso más del que recordaba, un lazo aún más sólido e indestructible, inseparables…
Alucard se colocó frente a Seras y se acuclilló, dejando que sus ojos color sangre penetraran en los de ella, azul intenso.
Al sentir a Alucard dentro de su mente se relajó y respiró profundamente. Sintió que Alucard tocaba su mente una y otra vez, buscando algo que era difícil de encontrar.
El vampiro no logró ver nada, era como si hubieran sacado los recuerdos de su cabeza, así como así.
– No lo sé mi ama, esto es… extraño.
– Hmmm, bueno, supongo que tendremos que explicarle lo que esté a nuestro alcance.
Así, pasaron las siguientes horas, mientras se alternaban en contarle algunas partes, a veces Alucard pedía hablar con ella en privado, a veces Integra pedía que se retiraran, William complementó algunas partes, entonces llegó el turno de Hans.
Seras escuchó atónita mientras Hans con seriedad en la voz y sin hablar demasiado dejó atisbos de lo que había pasado.
El mero hecho de verlo le causaba una inquietud extraña, él era un hombre lobo, ella una vampira, le causó gracia que él dijera tales cosas, era imposible.
Seras sonrió intentando imaginarse la situación, se puso de pie y con el cuerpo perfilado dijo:
–Lo siento – acto seguido salió de la habitación.
Seras se encontró con el alto cuerpo de William, y éste le hizo una seña para que se acercara. Caminaron hasta los coloridos y perfumados jardines de la Mansión y le invitó a sentarse. Seras no supo que pensar sobre eso pero se sentó de todos modos.
– Señorita Seras, sé que se preguntará porque la he llamado. Bien, quisiera darle algunos detalles sobre los recuerdos que la rehúyen.
– Hmmm, ¿Qué… tipo de detalles?
– Detalles que podrían serle de ayuda. No llevo mucho tiempo con ustedes, así que lo que diré no será mucho.
Seras hizo un ademán de que continuara. Miró a William, tenía ojos de color verde vivo, pero con un asomo de indiferencia. Tenía cabello rubio oscuro peinado de una forma descuidada, de hecho parecía que no se peinaba, pero su cabello tenía ese orden que no parecía al azar. Peinado-despeinado pensó Seras. Llevaba una camisa blanca impecable y tenía un chaleco negro como la noche, cuyos botones estaban remachados en oro, pero el chaleco estaba desabotonado y las mangas de la camisa estaban arremangadas antes del codo. Su pantalón color negro perfectamente planchado, sin ninguna mancha. Se veía muy juvenil para ser un mayordomo. Se preguntó que sería tan especial en él que Integra se hubiera molestado en contratarle.
– Muy bien, sé que no debería entrometerme, siquiera decirle esto, y sé que está muy unida al vampiro Alucard, pero él… está un poco fuera de serie.
– ¿Fuera de serie?
– Antes del incidente, usted actuaba de una manera bastante extraña. Entonces observé las cosas con menos… indiferencia – William miró hacia el vacío y Seras se preguntó por qué le decía eso.
– ¿Entonces?
– Su maestro es demasiado posesivo con usted señorita Seras, es posesivo a tal grado que logró que usted odiara a Hans Günsche.
Seras frunció el ceño, se suponía que ella lo odiaba de cualquier manera… ¿no? Maldijo hacia sus adentros.
– Sé que le es demasiado difícil asimilar el hecho de que usted y Hans estaban juntos, dado por sus naturalezas. Pero, ni siquiera sé cómo explicarlo. Se miraban de una manera… y eso causó la rabia de Alucard, no sé.
Ella le dio vueltas por un rato a eso, no recordaba absolutamente nada de lo que decían, y sinceramente se le hacía demasiado difícil creerlo.
– ¿Por qué me dices esto William?
William sonrió y se vio encantador con las pequeñas arrugas que se formaban en sus ojos al hacerlo. A ella le dieron ganas de sonreír también y no pudo evitar que sus labios se tensaran en una pequeña sonrisa.
– No lo sé… tengo éste presentimiento… éste pensamiento de que la conozco, y que no sólo la conozco, si no que es importante – Miró al vacío de nuevo y sacudió la cabeza muy sutilmente –. No me haga caso, debo estar perdiendo la cabeza.
Sonrió de nuevo y Seras lo miró con ternura. Ella sentía algo parecido a él, sabía que lo había visto en algún otro lugar, una especie de Déjà vu.
– Eso era todo lo que quería decirle. Con permiso – hizo una reverencia tan grácil y elegante que ella se sintió como la realeza. Se rió con ese pensamiento.
– Por cierto William, algún día tendremos oportunidad de conocernos mejor, ¿Te gustaría?
– Por supuesto señorita Seras – Le dedicó una sonrisa y se marchó.
Seras se encaminó a su habitación confundida.
La cabeza de Seras era un remolino, todas las cosas que le habían contado eran difíciles de creer, ¿En verdad había muerto? ¿Quién era Pip? Recordó las palabras del Hombre Lobo y se rascó la sien. Esas palabras eran las que menos creía, y sabía que no creería por más grosero que se viera.
– Ven Seras Victoria, necesito hablar contigo.
Seras apuró su paso, su sonrisa apareció al escuchar a su maestro llamarla por su nombre.
Como de costumbre Seras sintió un escalofrío al pararse frente a la pesada puerta que daba paso a la habitación subterránea. Justo antes de que sus nudillos dieran el primer golpe la puerta se abrió, lo que le causó un susto fue que no había nadie detrás de la puerta. Seras entró a la oscuridad y la puerta se cerró a su paso.
Al bajar las escaleras Seras vio la silueta roja sentada en el gran trono. Con la mesita al lado, una copa boca abajo y la otra con un poco de vino.
Alucard tenía la pierna cruzada y tenía sus gafas pero su sombrero no, lo cual le dio una visión extraña.
– ¿Me quería ver maestro?
– Te he llamado porque tengo algunas cosas que decirte.
– Muy bien, entonces no perdamos tiempo.
Alucard se puso de pie y abrió un portal en la puerta, desapareció por éste. Seras lo esperó paciente.
Alucard regresó con una de las pesadas sillas del comedor principal. La puso frente a su trono e invitó a Seras a sentarse.
Alucard miró escrutadoramente a la chica, pensando en qué decirle y qué no.
Así comenzó su relato detallado desde la noche en Cheddar, la noche del ataque de Millenium, cómo había masacrado a Zorin Blitz y bebido la sangre de Pip. Cuando Walter murió. Todo, con lujo de detalles innecesarios pero que daban al relato un rico matiz de realidad. Pasaron 3 horas de palabras y preguntas, respuestas y exclamaciones, reacciones y suspiros.
Seras se quedó sentada en la silla recargada con sus codos sobre las rodillas.
–Eso es… bastante.
–Bueno Seras Victoria, no pasó poco tiempo, es lo que más que podemos hacer, no sé cómo lograron eliminar tus recuerdos, esa habilidad sólo la posee un vampiro.
Durante el relato Seras había imaginado cómo se verían esas escenas. No se pudo ver a sí misma desgarrando un cuello, mucho menos beber sangre, el matar a una persona… tragó saliva.
Seras dio un suspiro profundo y se recargó en el respaldo de la silla.
Alucard se levantó abruptamente y derramó el vino en el suelo. Abrió un portal por la pared y salió.
– Sigue recordando Seras, yo regresaré en un momento
La Draculina dejó con pesadumbre que los recuerdos siguieran invadiendo su mente.
Era como si una guillotina gigante se dejara caer cada vez que trataba de evocar alguno de esos pensamientos de los que habló su maestro.
La presencia detrás la sacó de sus cavilaciones y soltó un puñetazo de instinto, su mano impactó algo duro y frío, entonces vio la sonriente cara de su maestro, un hilo de sangre resbaló por su labio abierto.
–… Maestro – La Draculina se perdió en ese hilo carmesí, despertando su anhelo por la sangre. Inmediatamente lo pensó se controlo, el mero hecho de beber sangre le causó náuseas, justo como recordaba había sido siempre. Un nudo en su estómago se formó al recordar que Alucard le había dicho cómo había desgarrado la garganta del fallecido Pip y bebido profusamente su sangre, librándose de ser una débil vampira aprendiz, convirtiéndose en una verdadera Reina de la Noche.
– ¿Por qué te reprimes tanto Seras? Sé lo que deseas… dime – Alucard acercó sus labios a escasos centímetros de los de ella –. ¿No lo quieres? ¿Por qué no pasas esa filosa lengua tuya por mis labios?
La conciencia y autocontrol de la chica flaquearon ante aquella voz tan deliciosa. Entreabrió los labios, respirando entrecortadamente. Podía sentir la lujuria que embargaba a su maestro, y escalaba en ella como un parásito, metiéndose en sus poros, haciéndola dudar de sí misma sumida en aquellos orbes del color del fuego.
Alucard caminó como un depredador, consiguiendo que Seras retrocediera un paso, dio otro paso y otro y otro hasta que la espalda de Seras encontró la fría pared.
–Vamos Seras, hazlo.
–Yo… – sus respiraciones entrecortadas. Sentía su cuerpo arder en una hoguera de deseo puro.
Alucard puso los brazos a ambos lados de la rubia cabellera, dejándola sin escapatoria posible. Antes de que ella pudiera reaccionar, Alucard estampó sus caderas con las de ella. Soltó un gruñido al sentir el aliento de Seras golpearle la cara. Restregó su erección enjaulada contra el centro de la chica, haciéndola gemir bajo. Le impresionó el autocontrol de la chica, no había movido los brazos, manteniéndolos a sus costados, su respiración era acelerada y tenía los ojos cerrados con fuerza.
En la mente de la chica había una pelea, el deseo arremetía contra un sentimiento de extrañeza, su maestro jamás había mostrado ese interés por ella. Al menos no que ella recordara.
–Maestro… no creo que debamos…
– ¿Por qué piensas eso Draculina? – dijo contra su cuello.
–Porque… hasta donde yo recuerdo… usted no me miraba, ya sabe de "ésta" manera.
El vampiro dio un paso hacia atrás y miró a la rubia, su mirada se clavó en la de ella y ella bajo la mirada avergonzada.
–Muy bien Draculina, te dejaré irte ésta vez, pero ten en cuenta que no siempre tengo el mismo control. Ya tendrás tiempo de acostumbrarte – dicho esto sonrió y quitó las manos que formaban una prisión.
Seras caminó con inseguridad fuera de la oscura habitación.
Miró sus botas café todo el trayecto hasta su habitación y entró sin poner mucha atención, al dar dos pasos su columna tembló y volteó en un siseo, sus colmillos se desplegaron y arremetió con la sombra sentada en la esquina de su habitación. Gruñó contra el intruso y entonces se dio cuenta de que la persona debajo de ella era el Hombre Lobo.
Lo tomó de las solapas y gruñó a lo bajo.
– ¿Qué haces aquí? No puedes entrar a mi habitación así como así.
El Hombre Lobo se limitó a mirarla y asintió en silencio. A ella se le hizo extraño.
– ¿No hablas? Antes lo hiciste…
Él negó con la cabeza. El Hombre Lobo se sintió incómodo, la chica era demasiado inocente para notar que se encontraba a horcajadas sobre él, y él sí tenía recuerdos de ella, apretó los dientes controlándose de no hacer nada imprudente, detestaba que una chica le hiciera perder su disciplina así como si nada.
Ella lo miró directo a los ojos y observó un oscurecimiento que no supo identificar.
–Hummm… tienes el cabello gris – ella se agachó un poco y sin permiso tomó en sus manos la plateada cabellera, era muy suave al contacto.
De lo que ella no se percató tampoco era que su busto quedó a escasos centímetros de la cara del Hombre Lobo. Él sabía que si hacía la cara a un lado su nariz rozaría con ella. Se quedó totalmente quieto y cerró los ojos. Se le hizo ridícula la situación.
–Bien – ella se puso de pie –. ¿Qué es lo que necesitas?
Hans casi suelta un suspiro de alivio, se paró y miró intensamente a la chica.
–Espérame en el río cuando sea Medianoche. Quiero mostrarte algo.
Dicho eso salió por la puerta sin darle tiempo a la Draculina de decir algo.
Ella frunció el ceño con desconcierto, no supo cómo tomar eso. Dio un respiro y un aroma masculino llegó a su nariz, era el olor del Haupsturmführer.
Espero haya sido de su agrado. ¿Algún comentario?
