Sé que me tardé mucho en actualizar. Pero no sabía muy bien cómo continuar. Parece que con ésto la historia tendrá mejor desarrollo. Geniessen!
Seras caminó entre los árboles. Tenía un pequeño libro en las manos, no sabía por qué había escogido uno tan corto, su aguda mente le permitiría leer una enciclopedia en algunos minutos. Trepó un árbol con apenas esfuerzo y se dispuso a leer el libro lo más lento posible, dejando que su viva imaginación recreara cada ínfimo detalle de la redacción, logrando que el mundo que veía se disolviera en un paisaje surrealista, tan vívido que casi podía tocarlo.
Las imágenes se volvieron más oscuras y lúgubres. Seras arrugó el entrecejo, reconoció la presencia de su maestro, pero no estaba presente. En cambio, se metió a la historia que Seras estaba desarrollando en su mente.
Observó como si fuese una imagen real cómo el viejo vampiro se materializaba en medio de la imagen, con el aspecto del viejo Vlad, con una barba delineando su mandíbula y el cabello un poco más rizado, con un aspecto un poco menos sobrenatural. Vestía una camisa blanca con las mangas amplias y un pantalón negro. Su aspecto le recordó a las películas que hablaban de siglos atrás.
— ¿Maestro?
—Hola, Seras Victoria.
— ¿Qué hace aquí maestro?
—Simplemente estoy divagando por tu mente Draculina.
La chica se sintió un poco cohibida por la interrupción, pero él era su maestro, y debía hacer lo que fuera por complacerlo.
—Hace un momento estabas leyendo, ¿Por qué no somos nosotros los protagonistas? Te apuesto a que pasaríamos un buen rato.
—Yo…
Vlad el Empalador sonrió.
Las imágenes y sonidos se distorsionaron, reanudando la historia que Seras estaba leyendo, sólo que ésta vez realmente ella y Alucard eran los protagonistas. La Draculina se movía por voluntad de la historia, viéndolo todo desde la perspectiva del personaje femenino.
Su cuerpo caminó y realizó acciones justo como el libro dictaba, pero su mente trabajaba a toda máquina, sabía que dentro de pocas líneas ella se encontraría con Alucard después de salir a escondidas de su casa, para ver al "amor de su vida" y unos instantes después, sellarían su amor con un beso apasionado.
La Draculina sonrió con amargura, Alucard sabía eso.
Ella observó los sucesos desarrollarse y sin más que hacer, decidió dejar que la historia transcurriera como debía ser.
Su corazón quieto y helado comenzó a latir, causando una impresión demasiado fuerte en la Draculina, ella estaba muerta. Pero su personaje era una humana sana y totalmente viva. Quiso llorar, escuchó a su cálido corazón bombear vida a su ahora cálido cuerpo. Observó la silueta de Vlad esperarla con una sonrisa ligera y con los brazos abiertos, con la misma vestimenta con la que lo había visto hacía unos minutos. Su corazón bombeó sangre más rápido, su estómago sintió cosquillas y sintió el rubor cubrir sus mejillas. Se sintió totalmente humana.
Alucard la recibió con los brazos y justo como en la historia, ella enterró su rostro en el fuerte pecho del vampiro. Se mantuvieron abrazados y Alucard acarició el rubio cabello de la Draculina.
Seras pudo sentir su pulso golpearle las orejas, su corazón impactando en su pecho tratando de abrirse paso al exterior, sus manos heladas y su estómago contraído por la emoción.
Sintió las cálidas manos de Alucard rozarle las mejillas, entonces una le tomó el mentón y le levantó el rostro. Seras se encontró con unos orbes carmesí, brillando con una intensidad abrumadora y hermosa.
Los azules ojos de Seras se fijaron en los finos labios del Empalador, un impulso desconocido le hizo acercarse a él. Quedaron separados a apenas a unos milímetros de distancia, Seras pudo oler la esencia dulce de Vlad, pudo sentir su aliento rozarle el rostro. Un segundo antes de cubrir la pequeñísima distancia que los separaba las imágenes se volvieron negras y Alucard desapareció de la vista de Seras.
La Draculina abrió los ojos exaltada, se desconcertó por ver sólo las hojas de los árboles y no a los labios de Alucard.
Se frotó la cara con ambas manos, sintió su fría piel. En un arrebato cerró los ojos, esperando escuchar el sonido latiente de su corazón, pero sólo había silencio.
Se recargó en el tronco del árbol. Esa había sido una jugada sucia.
—Dos pueden jugar a lo mismo — dijo sin temor.
Observó la Luna llena aparecer, iluminando todo con un destello plateado y blanco. Levantó una mano y miró el blanco tono de su piel. Por un momento olvidó qué hacía en las copas de los árboles.
—El hombre lobo… — dijo en un susurro.
Saltó y aterrizó con la gracia de un felino. Se alisó el vestido del uniforme y comenzó a caminar.
Se tomó su tiempo en llegar al río, ubicado a unos kilómetros de la Mansión. Cuando la Luna estaba ya más imponente en el oscuro cielo llegó al pequeño espacio abierto en el bosque.
El correr del agua fue un sonido reconfortante para la Draculina. Aspiró el aire y el olor a tierra húmeda y césped cubierto de rocío inundó sus pulmones.
Un olor extraño llegó a su nariz y por mero instinto arrugó la nariz, siseó y tomó una postura amenazadora, sus colmillos totalmente desplegados y sus sentidos a flor de piel.
Miró la silueta de dos metros y algo llegar al espacio abierto. El hombre lobo iba sin playera, con su pantalón Nazi y sus botas, justo como Integra lo había descrito.
Sutilmente evaluó al hombre lobo, con un rostro un poco afilado, una nariz perfecta y recta, finas cejas y unos ojos de color hielo, de un color tan atractivo que resultaban casi hipnotizantes.
— ¿Para qué me llamaste? — preguntó en tono neutro la Draculina.
Él se acercó unos metros a la Draculina. Ella sintió su piel erizarse. Él se cruzó de brazos al detenerse.
— ¿Y bien? — preguntó desafiante.
El hombre lobo la miró intensamente.
—Hmmm, había olvidado que no sabes hablar.
Ambos se taladraron con la mirada.
Seras observó al hombre lobo dar una exhalación resignada y agacharse, comenzó a desacordonar sus botas, se las quitó y las dejó a un lado, todo con movimientos fluidos, a Seras se le hizo extraña esa gracia con la que se movía a pesar de su tamaño.
— ¡Wow! — exclamó la Draculina al ver al hombre lobo desabrochar su pantalón. Se volteó inmediatamente.
Hans sonrió apenas visiblemente.
Seras se sintió idiota, ¿Por qué no simplemente salía corriendo de ahí? "La curiosidad mató al gato" pensó con ironía.
Sus sentidos se dispararon totalmente y sin importarle volteó sólo para encontrarse con una masa gigante de pelo gris. Sus colmillos volvieron a desplegarse totalmente.
— ¡Qué estás haciendo!
El enorme lobo la miró con unos ojos del color de la sangre. Brillantes y vivos. La enorme cabeza del animal le hizo un ademán, invitándola a subir a su lomo.
—Ni hablar — dijo ella sin abandonar su postura defensiva —. Fue un error haber venido aquí.
Se dio la vuelta, sus sentidos estaban agudos como lanzas, reaccionando ante una presencia más poderosa de lo que ella estimaba. Ignorando su sentido de vulnerabilidad comenzó a caminar.
En menos de lo que ella pudo reaccionar al notar el cambio en el aire, Hans atrapó las muñecas de la vampiresa y le dio la vuelta en un grácil movimiento. La tomó por los hombros y la obligó a verlo.
Seras mostró los filosos colmillos en señal de advertencia. Él se acercó, empujando el límite de su paciencia al borde. Por un momento ella pensó que la besaría, y le arrancaría los labios de una mordida.
En vez de eso el lobo se acercó a su oreja y susurró:
—Aún no me has olvidado.
Él la dejó ir y se dio la vuelta.
Entonces Seras fue consciente de que el hombre lobo estaba totalmente desnudo. Sintió un pequeño temblor en la espina.
— ¿Qué demonios? — se dijo a sí misma.
Regresó a trote vampírico a la Mansión.
Antes de llegar darse cuenta, había atravesado los muros y llegado a su habitación. Iba sumida en sus pensamientos.
Una mano le cubrió la boca y otra le torció el brazo detrás de la espalda, haciendo que quedara totalmente vulnerable. Intentó gritar pero la mano ejercía una presión suficiente para ahogar sus gritos.
—Es hora, mi Draculina.
En un abrir y cerrar de ojos aparecieron en la oscura habitación subterránea del viejo vampiro.
Alucard dejó ir a la chica, ella volteó un poco molesta por la interrupción violenta. Lo miró con el ceño ligeramente fruncido
— ¿Y bien? — preguntó ella.
El vampiro se limitó a quitarse las gafas, Seras observó su mirada. Pronto sintió un nudo en el estómago y un presentimiento muy malo se le clavó en la espina.
— ¿Maestro? — preguntó con un tono nervioso.
Los ojos de Alucard reflejaban mera insanidad, deseo puro ardiendo vivo. Seras nunca había visto esa clase de mirada. Una mirada de locura y contención, como si estuviese esperando.
Seras se acercó a él y le tocó el hombro. Ese fue su último error.
La mano de Alucard tomó la suya con demasiada fuerza, haciéndola soltar un quejido. Intentó retirar la mano pero el viejo vampiro no la dejó alejarse.
El cuarto se volvió aún más oscuro, y los ojos carmesí refulgieron en la oscuridad. Una sonrisa siniestra apareció en labios del vampiro.
Seras intentó quitarse con más energía, consiguiendo nada.
—Es hora de que haga lo que debo Draculina, quieras o no. Eres mía, y en éste momento te reclamaré, hasta que me harte.
Seras tragó saliva y se quedó paralizada, sin saber qué esperar de él.
Las oscuras manos hechas de sombras emanaron de la espalda de Alucard, tomándola de las muñecas y levantándola, quedando suspendida.
Alucard se deleitó con el terror grabado en los azules orbes.
—Corromperé tu inocencia, Seras Victoria, una y otra vez.
Las mismas manos la dejaron caer al suelo y le tomaron los brazos, no dejándola levantarse. Seras sintió ganas de vomitar. Se removió y dio patadas, intentando liberarse.
Otro par de manos tomaron las solapas de su vestido amarillo, reventando los botones uno a uno.
— ¡Maestro! ¡No! ¡Por favor! ¡Se lo suplico! — lágrimas de sangre emanaron de los ojos de la chica.
La sonrisa de Alucard aumentó de tamaño. Estaba impaciente por corromper tanto la mente como el cuerpo de su sirva, era lo justo. Para él, ella se merecía eso por no entregarse a él primero, sería su manera de compensarlo por hacerlo esperar tanto. Estaba ansioso.
Un par más de manos le desgarraron las mallas, inmediatamente Seras cerró las piernas, pero las mismas manos de sombras le tomaron los tobillos. Ella forcejeó pero la fuerza de Alucard era demasiada.
Alucard observó el sumiso y vulnerable cuerpo de la chica, totalmente desnuda frente a él, suplicándole que se detuviera. Se relamió los labios con anticipación.
Seras sintió manos por todo su cuerpo, tocándola sin pudor ni restricción. El miedo la estaba comiendo viva, y la humillación comenzó a taladrarle el alma. Lloró con fuerza mientras las manos ensuciaban cualquier rastro de inocencia en ella.
Alucard observó el llanto de la Draculina, su erección era tan insoportable…
Seras sintió cómo un par de dedos se deslizaron dentro de ella, su cuerpo se tensó ante la irrupción de su sexo. Se removió con más fuerza. Una mano le cubrió la boca.
Las manos bombearon frenéticamente, y su cuerpo reaccionó al estímulo. Alucard observó cómo la espalda de la Draculina se comenzaba a arquear, sabía que su cuerpo iba cediendo a pesar de su resistencia. Sintió sus colmillos desplegados, preparados y anticipando el momento.
Las manos de sombras le dieron la vuelta al cuerpo femenino, obligándola a quedar en sus rodillas, una de las manos la tomó de la nuca y le pegó la mejilla al suelo, dejándola totalmente expuesta a Vlad el Empalador.
Seras intentó proferir un grito, pero la mano simplemente no la dejó, sollozó con fuerza. Sus muñecas estaban sujetas a su espalda, como si tuviese esposas. Ella escuchó la risa siniestra de su maestro.
Sintió las manos sólidas de su maestro tomarle los glúteos, por el cambio en el aire supo que se había acuclillado detrás de ella. Intentó voltear a mirarlo pero la mano la retuvo ahí.
Alucard sacó la filosa y lengua y saboreó la anticipación de su discípula. Ella siempre sabía excepcional. Sabía a virgen, aunque no se lo explicaba. Introdujo la lengua en ella y sintió los músculos de ella tensarse, se removió en su lugar pero las manos de sombrar la tenían bien sujeta.
Seras no supo si retorcerse en placer o suplicar que se detuviera. Estaba aterrorizada, no sabía qué esperar de su maestro. No sabía qué era esto, o a qué se debía. Pero deseó desaparecer para evitar el sufrimiento. Cerró los ojos con el ceño fruncido.
Alucard sacó la lengua y se relamió los labios. Los dedos nuevamente se introdujeron en ella y continuaron bombeando y pellizcando el pequeño y rosa botón.
Alucard se movió hacia la cabeza de Seras. Le levantó el rostro y la miró intensamente, observó los senderos de sangre en su rostro por las lágrimas. Alucard se bajó el cierre y dejó salir su miembro.
Seras tragó saliva, pudo leer en los ojos de Alucard sus intenciones.
Alucard apretó la mandíbula de Seras, obligándola a recibirlo. Sintió un estremecimiento retumbar en su cuerpo de la sensación tan abrumadora. Comenzó a embestir, tomando el rubio cabello entre sus manos, imponiendo, dominando.
Seras se sintió humillada, tan humillada que deseo no ser vampira para poder suicidarse. No entendía cómo su propio maestro le estaba haciendo eso. Sintió arcadas por la irrupción en su boca.
Las rodillas de la chica comenzaron a temblar a medida de las manos la tocaban por doquier. Ella se obligó a sí misma a no correrse, pero agotaba sus fuerzas al reprimir esos instintos tan bajos. Detesto su cuerpo, detesto la manera en la que reaccionaba, detesto todo.
Alucard notó la resistencia que estaba imponiendo la Draculina contra sí misma. Sonrió ampliamente. Se sintió cerca y la hizo succionar más rápido.
Seras intentó quitarse, no quería que él se corriera en su boca. Intentó mover las manos pero las sombras la tenían fuertemente atada. Cerró los ojos con fuerza mientras nuevas lágrimas rojas descendían por sus mejillas.
Alucard gruñó y embistió contra la garganta de su sierva, descargándolo todo. Escuchó el ahogado y ronco sonido de disgusto proveniente de la chica policía.
Salió de su boca y ella tosió inmediatamente, pequeñas gotas de la esencia del vampiro cayeron al suelo.
Alucard se agachó a la oreja de Seras y susurró:
—No podrás luchar contra tu cuerpo tanto tiempo. Sólo lograrás agotarte.
Seras abrió los ojos, azules y las pupilas dilatadas por la adrenalina. Frunció ligeramente el ceño y miró con desprecio a Alucard. Se prometió a sí misma jamás llamarlo maestro de nuevo.
—Aún no he terminado Seras.
Dicho esto se dirigió de nuevo al sexo de la Draculina. Los dedos de sombras salieron de ella y sintió alivio de no luchar contra el éxtasis.
Alucard con el pulgar trazó círculos en el clítoris de la chica, primero suave, después fuerte. La respuesta de la chica fue inmediata: un gemido ahogado y un par de ojos abiertos por la sorpresa y el placer.
Alucard continuó manipulando a su discípula, bombeando de nuevo dentro de ella. Seras arqueó la espalda, odiando su maldito cuerpo híper-sensible. Frunció el ceño con fuerza y apretó los dientes, los tendones de las manos totalmente marcados, invisibles por los guantes. Sintió una ira inmensa apoderarse de ella, quemando la humillación, quemando la tristeza, la decepción, quemándolo todo.
Sus azules orbes se convirtieron en refulgentes rubíes, con un brillo sobrenatural. El brazo izquierdo deformándose y adquiriendo puntiagudas y cambiantes siluetas.
Alucard notó la fuerza de la chica aumentar y aumentar. Se divirtió enormemente. Recuperó su dureza de pensar qué intentaría hacerle.
Con un tirón, Seras destrozó las manos hechas de sombras y volteó con una posición de defensa antinatural, todos sus músculos en tensión, listos para saltar. Los tendones listos para evocar la fuerza. Los dientes desplegados para desgarrar. Las manos para arrancar.
Alucard observó a Seras, desnuda y amenazante. Le sonrió con sorna y enarcó las cejas, provocándola.
Sin dudar, se abalanzó sobre él en un milisegundo. Las sombras lucharon contra sombras. Impactos y mordidas resonaron en la oscura habitación, provocando ecos ocasionales. Sangre comenzó a dispersarse por la habitación.
Seras arrancó un gran pedazo de carne del hombro del vampiro. Le fracturó el brazo derecho de un golpe y el fémur izquierdo de una patada. Le golpeó el tórax hasta destrozarle las costillas. Le mordió demasiadas veces, sin beber de la sangre del vampiro. Estaba disgustada, iracunda. Sintió un enorme desprecio por ese vampiro.
Alucard sintió las emociones fluir de ella, y comenzó a enojarse. ¿Desprecio?
Seras estaba sumamente furiosa, pero eso no le impidió a su instinto decirle que algo demasiado fuerte emergía desde el fondo de Alucard.
La imponente figura se puso de pie, regenerándose rápidamente. Su sangre regresando a él como serpientes hambrientas. Las sombras adquirieron un contorno rojizo, sanguinario.
En un parpadeo, Alucard derribó a Seras y quedó encima de ella. Las manos de sombras le sujetaron las manos por encima de la cabeza. Ella forcejeó y las manos aplicaron demasiada presión, dislocándole una muñeca. Ella gimió de dolor e intentó morder el cuello del vampiro, que se quitó con un movimiento. Más manos emergieron de la espalda de él, manteniéndola con la espalda pegada al suelo.
Le separó las piernas y se colocó entre ellas. Seras se removió, intentando evitar lo que estaba a punto de pasar. Preferiría arder en el sol, que la torturaran de nuevo, preferiría mil veces eso antes de que Alucard abusara de ella.
— ¿Crees que puedes sentir desprecio por mí? ¡Yo te hice lo que eres!
Entró en ella de un solo movimiento, observó su expresión, ella cerró los ojos con fuerza y el aliento se le cortó a media exhalación. Se mordió el labio y frunció el ceño.
—No puedes vencerme Seras Victoria
Embistió de nuevo, con más fuerza. Gruñendo y estrujando los senos de la chica con demasiada rudeza.
Ella sintió la entrepierna punzarle, sus senos siendo aplastados por esas manos. Le dolió el cuerpo y el alma.
Alucard embistió como un animal, con fuerza y rapidez, buscando su propio placer a cuestas de ella. Gruñó y le mordió el cuello, bebió de la sangre mientras su abdomen impulsaba a sus caderas. Salía casi completamente para introducirse con fuerza de nuevo.
Seras intentó moverse lo suficiente para morderlo, pero no pudo alcanzarlo. Sintió las punzadas dolorosas con cada embestida. La irrupción tan agresiva, su cuerpo en tensión le hacía pasar un martirio. Los filosos colmillos desgarrando su carne, las manos estrujando su cuerpo con fuerza, su vitalidad salir del cuerpo.
Continuó luchando contra aquél monstruo.
Alucard separó los colmillos y lamió la herida, horrendos surcos productos de la mordida adornaban el cuello de Seras. La mordió de nuevo en el pecho.
Seras gritó al sentir los dientes entrar en su carne. Sollozó con fuerza, cada pequeño movimiento que hacía él le causaba dolor, cada intento de ella por escapar fue inútil. Deseó estar en el Infierno.
Alucard aumentó de ritmo, sobrenatural e imparable.
— ¡Deténgase! — gritó Seras al sentir un agudo dolor en la espalda baja.
Un crujido llenó los oídos del vampiro y las piernas de la chica quedaron inertes. Observó su rostro en shock y embistió más fuerte.
Sus músculos se tensaron totalmente y descargó de nuevo dentro de la chica. Que parecía estar en coma. Alucard gruño mientras cada embestida lo vaciaba.
Salió de ella y observó la piel, cubierta por surcos de sangre, el cuerpo inerte. Los colmillos desplegados, los orbes de color sangre, ausentes. Las marcas de sus mordidas. El cabello totalmente despeinado.
Alucard la levantó con apenas esfuerzo y la dejó en su ataúd. Lo cerró y sin mirar atrás salió de la habitación.
Seras abrió los ojos, su vista estaba totalmente nublada. Sintió un horrible dolor en la espalda. Se intentó incorporar pero no tuvo la voluntad suficiente. Se sentía totalmente sucia. La sangre seca manchaba su blanca piel, las cicatrices y moretones estaban por todo su cuerpo. Una aguda sensación de incomodidad le punzaba en su sexo.
Cayó en cuenta que estaba en el ataúd de Alucard. Frunció el ceño y se preguntó por qué le había hecho eso. Simplemente no lo entendía. Pero sintió asco por él. Sintió enojo, sintió humillación. Desprecio.
De una arremetida, destrozó la oscura tapa del ataúd y corrió a toda la velocidad que sus piernas pudieron evocar, se transportó con un portal y corrió por el patio de la Mansión antes de adentrarse en los bosques. Jamás regresaría a aquél Infierno.
Los azules orbes siguieron todo el movimiento desde el techo de la Mansión. Olfateó el aire; miedo, aborrecimiento, venganza.
Se dejó caer del techo y siguió la desnuda silueta de su antigua amante.
Crudo, sí. Espero sus comentarios.
