Aqui estamos de nuevo! Deciros esta vez que, si todo sale según lo planeado, la próxima será la última parte de esta historia... Que espero que os haya gustado leer al menos la décima parte de lo que me ha gustado a mí escribirla, ya con eso sería feliz, je.

Cualquier duda, sugerencia, o metedura de pata que haya podido cometer (fijo que hay alguna), no dudéis en decírmelo.

Y como siempre, gracias mil por los comentarios!

Lessa

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Jess despierta sintiendo frío.

Sí, definitivamente comienza a hacer frío estos días. Esta noche que entra seguro que será cuanto menos heladora.

Y está pensando en estupideces mientras únicamente mira el hueco vacío donde, horas antes, se encontraba él.

Nick. Porque ha dormido con Nick. En su cama.

Antes de que pueda detenerse a sí misma, su mano se posa en las sábanas revueltas a su lado, y resbala por el colchón, que ha perdido el calor corporal que seguro antes tenía.

Para. Para ahora mismo. Pareces una loca acosadora.

Cuando por fin consigue controlar sus dedos, suelta un suspiro que suena insultantemente satisfecho.

Cielos, ha dormido de escándalo. Incluso juraría haber tenido un sueño donde alguien (¿Nick? No, imposible) le ha acariciado la cara con una ternura llena también de un extraño erotismo... Oh, sí, ha dormido muy bien.

Pero realmente bien. De hecho, hacía tantos días que estaba durmiendo tan mal, que las horas que ha pasado en esa cama han sido increíblemente reparadoras: Se siente fuerte, sana, llena de vida.

Por unos segundos, se encuentra preguntándose a sí misma cómo habrá dormido él, y qué cara habrá puesto cuando haya despertado y la haya visto totalmente sopa a su lado.

Bah, siendo Nick, fijo que se ha aterrado, y ha salido del lecho haciendo el idiota (¿quizás el moonwalking?). Seguro que sí.

Con auténtica desidia, se levanta y marcha a su cuarto para ducharse... y encontrándose en el camino una nota pegada a su puerta cerrada:

"Jess, he mirado a conciencia el armario, y puedo prometerte que no hay nada dentro que se salga de lo normal. Quédate tranquila. Nick.

PD: ¿En serio tienes guardado un disfraz de enfermera sexy? ¿Por qué nunca te lo has puesto?"

Una suave sonrisa le cubre el rostro. Estúpido Miller. Estúpida forma de demostrarle que, efectivamente, ha mirado su armario con ese comentario del disfraz... Como si la mujer pudiera en algún momento no creer sus palabras. Y estúpida ella, que en cuanto lee la nota, siente desvanecerse el miedo irracional que la atenazó la noche anterior.

¿Cómo es posible que confíe tanto en tí, pedazo de idiota?

Bueno, mejor no pensarlo mucho.

Y, silbando de puro contento, Jessica Day abre la puerta de su cuarto y comienza con ese simple gesto un nuevo día.

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Las horas se van sucediendo con rapidez, y esa tarde-noche, cuando un Nick aterido de frío vuelve al apartamento, se encuentra con que una nota le espera en la puerta de su cuarto:

"Nick, me he ido a dar una vuelta con Sadie. Teníamos que comprar un par de cosas. Casi seguro que me quedo después en su casa a cenar, se ha puesto pesada de tanto insistir.

No pienso ponerme semejante disfraz nunca más, con una sola vez bastó.

Gracias, como siempre. Jess."

Miller sonríe ante las últimas dos frases, y, frotándose las manos para entrar inútilmente en calor, se pregunta porqué diantre hará tanto frío en el apartamento.

No es hasta que coloca la mano en el radiador, cuando comprende que parece no funcionar en condiciones.

Genial. Tendrá que ponerse a mirar dónde puede estar el fallo, y arreglarlo en condiciones, porque se niega en redondo a llamar al casero (cielos, ya han tenido bastante últimamente con él), y mucho menos a pagar a alguien para que se lo arregle. Él, Nick Miller, el hombre manitas del piso, lo hará sin que les cueste un duro... ni la dignidad, ya puestos.

Pero malo será que hasta mañana no aguante, ¿no? Bah, cuando se meta en cama entra en calor seguro. Un par de mantitas, y fijo que duerme increíblemente bien.

Aunque esta noche no esté ella durmiendo conmigo.

La frase le pilla desprevenido, y, molesto consigo mismo por habérsele ocurrido, menea la cabeza con fastidio, para poco después tirar a la cocina a prepararse algo rápido a cenar. Está cansado, y quiere ante todo quitarse el dichoso frío de encima...

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Al llegar al piso tras la cena en casa de Sadie y su mujer, Jess se encuentra con el apartamento a oscuras... y terriblemente frío. Caray, casi podrían sacar la comida del congelador y dejarla fuera, seguro que todo se mantendría más fresco así. Ha ido a quitarse el abrigo, pero que le aspen si desabrocha un solo botón del mismo hasta no llegar al cuarto y poner el calefactor.

Los radiadores que toca parecen no funcionar, y Jess bufa de puro tedio. En buen momento han decidido estropearse: los del telediario han afirmado que esa semana iban a estar inmersos en una ola de frío. Ahora seguro que Nick querrá arreglarlo (con lo cual es casi seguro que se cargará algo más en la instalación, y el chiste les acabará saliendo más caro de lo que les habría salido de haber llamado en primer lugar); y, evidentemente, ni hablar de llamar al casero: ese hombre es demasiado... raro.

Parece haber algo de luz bajo la puerta de su compañero de cuarto, debe estar leyendo... O "trabajando" en su novela.

Y no, no se ha agachado hasta tocar el suelo para asegurarse de que Nick estuviera en casa. Tan solo ha flexionado ligeramente las rodillas, ha inclinado la espalda, ha ladeado la cabeza, y ha colocado su oreja izquierda a unos centímetros de las baldosas; nada más.

Hace demasiado frío hasta para detenerse a pensar en el motivo que le ha llevado a hacer ese gesto, y el haberse escudado a sí misma por no reconocer que ha hecho ese gesto; de modo que entra corriendo en su cuarto, saca el calefactor del armario, lo enchufa, y...

Y el mundo, aunque le siga pareciendo un asco, comienza a volver a ser cálido. Se desembaraza del abrigo, coge el pijama y se cambia, para salir después, en una carrera, hacia el baño. Allí (y en tiempo récord) se lava los dientes, se ducha y vuelve a la habitación, aunque antes...

Nick debe seguir leyendo. O eso, o se ha quedado dormido con la luz encendida, algo muy normal en él.

Aggg, deja de hacer eso, ¡el suelo está helado!

Es al cerrar la puerta tras de sí y coger el despertador de su mesita de noche (sigue teniendo atrasadas varias redacciones, y empieza a ser un tanto penoso el inventarse excusas-que encima le salen horribles- cuando sus alumnos le preguntan por las notas de sus trabajos), cuando recuerda que no le funciona desde hace un par de días, por haberse agotado las pilas.

Y claro, se le ha olvidado comprar nuevas. Tras haber pasado toooodo el día en un centro comercial.

Está a punto de empezar a darse golpes a sí misma por su ineptitud, cuando recuerda que Nick siempre guarda en su cuarto un par de paquetes de pilas nuevas. Y dado que estaba hasta hace dos segundos con la luz encendida...

Un extraño nudo se le agolpa en el pecho cuando sale de su habitación y se encamina a la puerta de él. Traga saliva incómoda consigo misma por revivir su despertar en la cama de su compañero, y, antes de que recuerde la advertencia de Miller de llamar a la puerta antes de entrar, se ve abriendo y soltando un:

- Eh, Nick, las pilas del despertador se me han muerto, me dejas pi...

Un seguro monstruoso (y un tanto bajito) ser sobre el colchón y escondido bajo toneladas de mantas, jerseys y pantalones parece moverse, y Jess pega un grito del susto, que no consigue detener hasta que una mano de sobra conocida asoma por entre el bloque gigantesco y tartamudea:

- Soy... soy... yo, Jess, ¡Tran...tranquila!

- ¿Pero qué haces ahí metido?

- Frí...friii...frio.

- Sí, me he dado cuenta de que los radiadores del piso no van, pero no pensé que... ¿Cómo estás puesto, sentado en la cama? ¿Puedes dormir así?

Nick no responde, oculto aún bajo la tonelada de ropa, y Jessica comprende la respuesta.

La verdad es que no puede cuanto menos compadecerse de él. Menos mal que ella tiene en su cuarto un fantástico calefactor, y...

Y es entonces cuando un repentino calorcillo inunda su cuerpo entero, y parece aposentarse incómodamente entre sus piernas, al darse cuenta de la única solución viable. La única manera de que ambos puedan dormir en condiciones esa noche.

Oh, Dios. Esto no puede ser bueno. No, ni hablar. No vas a decir nada.

¡Pero no puede dejarlo así! ¿Qué clase de compañera de apartamento, qué clase de amiga sería si no lo hiciera? Encima, para mayor inri, Nick había cuidado de ella la noche anterior... Le debe el gesto, ¿no?

Jess cierra los ojos dos segundos, para después abrirlos, y, con una fingida determinación que no siente ni remotamente, se acerca al montículo humano que resulta ser su compañero. Comienza al momento a quitar ropa de encima, y Nick empieza a mascullar, enfadado.

- Deja de quejarte y sal de ahí, ¿quieres?

- ¡Hace frío!

- ¡Ya sé que hace frío! Y por eso te vienes conmigo.

- ¿Qu...qué?

- Que te vienes conmigo, Nick. Tengo calefactor, en mi cuarto se está caliente. ¿O piensas de verdad pasarte toda la noche hecho un ovillo y tiritando?

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No lo ha hecho.

...

Que no, que no lo ha hecho.

...

Jess no acaba de ofrecerle dormir en su cama.

No, para nada.

No lo ha hecho, el frío le está jugando una mala pasada, es evidente. Seguro que sus neuronas están empezando a sufrir los efectos de una congelación extrema, y dentro de nada pretenderá estar viendo elefantes rosas, y...

Bueno, elefantes rosas no cree, ésos son los que se ven cuando uno se emborracha muchísimo, ¿no? Aunque en su caso, él sólo ha llegado a ver muchos colorines, y gestos afectuosos donde realmente había enfado, pero lo que se dice elefantes rosas...

- ¿Vas a moverte, o voy a tener que sacarte por los pelos? Aunque, la verdad, no sé aún donde está exactamente tu cabeza, sigo sin poder verte...

- ¿Lo dices en serio?-balbucea... y juraría que se le ha metido un calcetín en la boca, la nota pastosa.

- Totalmente. No sé cómo has conseguido esconderte tan bien, porque no se ve nad... Ah, vale, ¿esto es tu mano?

- Digo lo de ir... a tu cuarto- con auténtica inseguridad (y una tiritera aún mayor) asoma la cabeza por entre la tonelada de ropa que había conseguido acumular (había terminado incluso asomando a los armarios de Winston y Schmidt para coger más y más ropa), y la mira.

Por favor, por favor, por favor, di que sí y que no lo he soñado, dí que sí, Jess...

- Claro-supone que se le ha debido notar el deje histérico, porque ella sonríe suavemente, y le aparta con delicadeza de la ropa-. Ayer por mí, hoy por tí, ¿no?

- Claro-repite él, sintiéndose el ser más idiota (y repetitivo) del mundo.

- Eso sí: ¿me dejas antes de irnos un par de pilas?

- Las agoté el lunes, para el despertador de Winston-se levanta anquilosado de la cama, y sintiendo cómo el aire parece empeñado en cortarle la piel de puro frío.

- ¿Qué pasa, a todos se nos tienen que acabar a la vez las pilas o qué?-resopla ella-. Vale, tráete entonces el tuyo. Lo compartiremos. ¿Quién se levanta antes?

Y así, uno con un pijama de rayas azules, y la otra con uno de lunares, marchan al cuarto de la segunda. Discutiendo sobre quién se levanta a qué hora, y cuándo poner el despertador.

Nada más abrir la puerta, una agradable oleada de calor les da la mejor bienvenida posible... y de pura satisfacción, Nick cierra los ojos y suelta un suspiro que hace que a Jess, tras él, se le escape una media sonrisa; sonrisa que, evidentemente, no ve.

- Deberías comprarte un calefactor-ella cierra la puerta a su espalda, y Nick bufa con fastidio y sin girarse a ella:

- No, la calefacción centralizada debería funcionar.

- Sobre eso...

- No te preocupes: mañana lo arreglo, no hay problema-y, mirando la cama, una repentina bola que antes no existía parece empeñada en atrofiarle la garganta, por lo que traga saliva repetidamente.

- Ya, claro... -algo en el tono de Jess parece demostrar poco convencimiento, ni idea porqué-. Mañana miramos el tema. ¿Has puesto el despertador?

Dioses Cristo, van a compartir reloj y todo.

Porque va a dormir de verdad en la cama de Jess.

Con Jess.

...

Está demasiado nervioso, le sudan las manos mientras trastea con el despertador.

Y no entiende por qué.

Pero lo peor de todo, lo definitivamente peor de todas las cosas es que Jess no parece tan alterada como lo está él. Quiere decir, parece un tanto acelerada, claro, pero no cree que la mujer que se ha puesto a su lado y mira también la cama sienta esa pelota de puro nerviosismo hacerse más y más grande por momentos en su garganta.

Cielo Santo, va a morirse allí mismo, lo presiente.

Y Jess tan tranquila. Fijo que ni siquiera se acuerda de...

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Cómo se despidió de él con un simple "buenas noches, Nick", rozándole el estómago. Cómo él le respondió con otro "buenas noches". Lo usual.

Hasta que él la agarró de pronto del brazo, la atrajo a su cuerpo... Y la lógica, lo rutinario, lo usual desapareció del mapa de sus recuerdos al sentir de pronto la boca de él sobre la suya. Pero aquello no era un beso normal, no cuando sus cuerpos se habían casi fusionado, no cuando la respiración había dejado de ser un imperativo biológico. No cuando había tanta ansia, tanta, por devorarla viva sólo con sus labios. Y todo había sucedido así, sin más: comenzando de pronto, sintiendo todo un mundo de sensaciones al instante.

Sí, aquél no había sido un beso cualquiera: eso, y eso fue lo único que ella pudo pensar, antes de perder del todo el raciocinio y subir los brazos por los hombros del hombre, ansiando más... y dejarle, permitirle no sólo besarla, sino también absorberla. Impregnarla de su esencia.

De él.

Y ni siquiera en ese segundo en el que había subido los brazos se había imaginado que podría sentir lo que sintió. Porque justo después de su gesto, él había deslizado sus manos por su nuca, detrás del pelo, para después bajar a su cintura. Y apretando. Suave, sí, pero apretando. Mientras extendía su calor corporal hacia ella, mientras transmitía un ansia animal que había amenazado con quemarla. Después, la había soltado una centésima de segundo, lo justo para coger aire, ladear ella el rostro y seguir quemándose sin remisión al fundirse de nuevo en sus labios.

En aquellos instantes, Jess se había sentido tan intensamente viva, tan increíblemente excitada, que no había podido evitar bajar los brazos y aferrarse a él aún más, intentando pegarse al firme cuerpo con el que ya estaba unida. Sintiendo al instante la respuesta fisiológica del hombre en su entrepierna, humedeciéndose todo su ser ante ello. Perdiendo la cordura por completo.

Oh, sí, definitivamente fue un beso de película.

Y entonces él se había detenido para, seguidamente, besarla dos veces más. Y, a pesar de que estos dos últimos no habían tenido la pasión del anterior, algo se había desgarrado dentro de ella. Porque eran tiernos, eran suaves, le habían transmitido demasiados sentimientos en su mero gesto. Sólo cuando él había terminado, se había acordado de que tenía los ojos cerrados... Y los había abierto. Mirándole. Sí, mirando a...

...

Al mismo hombre que ahora tiene en su cuarto, frente a su cama y a su lado. Soltando el despertador en la mesita de noche más cercana a él... Y refregándose después las manos en los pantalones del pijama, como si quisiera desprenderse de una invisible pringue del aparato en las huellas dactilares de sus dedos.

Nick Miller.

¿Cómo era posible que ambos hombres fueran el mismo?

¿Y por qué tenía que recordar aquella noche otra vez? ¿Por qué no podía dejarla ir, ni siquiera después de tanto tiempo?

Pero, sobretodo... ¿por qué sentía que toda su firmeza se evaporaba, dejando a una especie de quinceañera ante su primera vez?

Nick tose a su lado, instándola a centrar su mirada en él.

- Bueno... ¿nos acostamos ya?-pregunta. Y, ante lo que presiente que son sus ojos como platos por la sorpresa, él parece recular-. Quiero decir, tumbarnos. O sea, acostarnos sin más. Vaya, sólo para dormir, claro...

Está nervioso, definitivamente. Y con ese conocimiento, un cierto poso de seguridad (que teme podría salir volando de un momento a otro) se instala de nuevo en ella, haciéndola dirigirse al otro extremo de la cama... Lo más lejos posible de él. De la situación.

- Nick, somos adultos -le cuesta convencerse de ello, pero suena bien al decirlo en voz alta-. Así que vamos a dormir de una vez, mañana quiero levantarme temprano- de pronto cae en la cuenta, y titubea, con lo que el efecto relajado parece tambalearse-. Espera, eh... ¿Qué lado prefieres? Porque si prefieres éste-señala el suyo, el derecho- puedes quedártelo, por supuesto...

- Izquierdo.

- En serio, que no me importaría, de hecho casi me vendría bien, no suelo utilizar ese lado del colchón, y si hay algo que el de la tienda de colchones no paraba de decir cuando lo compré (ya sabes que el anterior del piso nunca me gustó), es que el colchón debe rotarse, y...

- Izquierdo.

- ... Y se me olvida, Nick, reconozco que se me olvida hacerlo (girar el colchón, quiero decir), porque claro...

- Izquierdo.

- ¿Ehn?-le molesta reconocerlo, pero le da la ligera impresión de haberse quedado atascada en un extraño bucle... y no ha oído nada de lo que ha dicho.

- Me gusta el lado izquierdo-murmura él.

- Ah. Perfecto. Pues entonces, buenas noches-y dicho lo cual, se mete a prisa y corriendo bajo las sábanas, dándole la espalda-. Apaga la luz cuando te acuestes, ¿vale?

Por unos instantes se hace un silencio denso y tirante. O eso cree sentir ella, hasta que oye un dócil "buenas noches, Jess"... y la luz desaparece, dando paso a una oscuridad que rumia unos suaves movimientos a su espalda. Un cuerpo introduciéndose en su cama, en su colchón.

A escasa distancia suya.

Maldita sea. Si no me hubieras besado no estaría así de histérica. Maldito seas, Nick Miller.

Puede escucharle respirar a su lado, puede sentir el calor corporal que poco a poco parece inundar el lecho... y puede aspirar su olor, ese olor corporal que le hace desear hundir la cabeza en el colchón y no respirar ninguna otra cosa.

Maldita sea, definitivamente le gusta el olor corporal de Nick Miller.

¡Y encima me estás haciendo parecer una enferma mental!

Poco a poco, y ante la inamovilidad de él, nota cómo su cuerpo comienza a relajarse... hasta que oye de nuevo el susurro del hombre:

- Jess...

- ¿Sí?

Y casi puede oírle tragar saliva, tomar aire y soltar de sopetón un suave:

- Gracias.

Ha debido de costarle decir eso, lo sabe. Nick Miller no se suele entretener mucho en demostrar sentimientos. Y con esa única palabra, con ese gesto, comprende que, efectivamente, el hombre que está de lado hacia ella se siente tan agradecido que no puede siquiera camuflarlo como le gustaría.

¿Y a él le ha tenido miedo? ¿En serio?

La ternura la embarga antes de poder detenerla, y Jess se muerde el labio con fuerza, girándose poco después de lado hacia él y flexionando las piernas, en su postura preferida para dormir.

- De nada-le responde en el mismo tono. Se imagina más que ve una tibia sonrisa en el rostro de él. Y así, uno frente a la otra y a escasa distancia, van permitiendo juntos que el sueño se introduzca en sus mentes y termine por dejarlos en una deliciosa inconsciencia compartida.

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Algo sucede tras esa noche.

Algo extraño.

Algo de lo que Nick no se da cuenta hasta la cuarta noche (contando la de la película de miedo) en la que están solos en el apartamento.

Y es que, al día siguiente de su segunda convivencia en un dormitorio, él se pone a intentar arreglar el sistema de calefacción... Y no solo no lo consigue, sino que, misteriosamente, dos radiadores comienzan a hacer un ruido infernal, y un tercero empieza a soltar agua. Ante ello, Jess parece ponerse firme, y le sugiere (vale, le ordena, pero tampoco es que haya que reconocerlo todo en esta vida...) a que llamen como mínimo a un servicio técnico. Y él se compromete a ello, claro que sí, pero lo hará en el trabajo, porque tiene que irse o llegará tarde.

Pero claro, esa misma tarde el bar parece más abarrotado de lo normal, y a Nick se le va un poco la cabeza. Bueno, al principio se acuerda, claro, pero hay demasiados servicios técnicos posibles, demasiados, y tiene que estudiar el tema, y luego un cliente le pide un café, y que si tiene tostadas, no, espera, que si quiere mejor un donut, que si otro quiere una cerveza sin alcohol, ¿puede ponerle cacahuetes?, ¿sólo alcohol?, ¿cómo que no tienen cañas de chocolate?,...

Al final acaba regresando al piso sin haber hecho ninguna llamada, y el cuarto de Jess está a toda pastilla con el calefactor. Y cuando ella suspira ante sus involuntarias (y repetitivas) miradas al mismo (Cielos, alguien debería montarle una estatua en alguna plaza, qué maravilla de aparato térmico), Nick comprende que aquella va a ser otra noche compartida bajo las sábanas.

Más aún cuando ambos se dan cuenta de que a Jess también se le ha olvidado comprarse pilas para su propio despertador, y es turno de Nick de mirarla con gesto de "lo que hay que hacer por la humanidad".

Lo gracioso es que esa noche, al acostarse en la cama de ella, no solo no está tan nervioso como la vez anterior, sino que incluso se termina viéndose hablarle sobre dos clientes pintorescos que ha tenido en el bar esa misma tarde. Y ella parece bastante a gusto, considerando las circunstancias. En un par de ocasiones incluso se ríe. En pijama, de lado y frente a él, con una mano entre su mejilla y la almohada, y la otra delante de su rostro.

Sin darse apenas cuenta, Nick atesora esas dos instantes en un rincón de su mente, en el rincón que le guarda a su compañera de cuarto, y del que nunca ha querido analizar sus dimensiones. Sí, guarda esos dos momentos... y las dos suaves caricias al rostro de ella al despertar. Porque, tras haberlo hecho en la primera noche juntos, despierta cada mañana queriendo, necesitando rozar con las yemas de los dedos el suave y pálido cutis de Jess mientras ésta duerme. No se detiene a pensar en el porqué de ese gesto tan extraño: tan solo lo hace, imprimiéndose con ello de unas nuevas ganas de levantarse y afrontar el día que tiene por delante.

Pero a lo que íbamos: Nick no se da cuenta de nada, de absolutamente nada... hasta la cuarta noche. Cuando ambos se olvidan de que, eh, tenían que avisar al servicio técnico, y están viendo juntos la televisión en el salón... Hasta que, en un momento dado, Jess bosteza ostensiblemente abriendo los brazos, se levanta del sofá, coge el calefactor que habían puesto en el cuarto (ahora agradablemente calentito por él), y, seguro que sin darse cuenta del calado real de sus palabras, le suelta un:

- No tardes en venir a la cama, Nick, que mañana me levanto pronto para salir con mis amigas, y sabes que odio que me enciendas la luz al acostarte.

- Claro, voy en seguida, no te preocupes-le responde él, tan tranquilo.

Y dicho lo cual ella se marcha... haciendo que él se detenga repentinamente en lo dicho por ambos, y provocando que se quede frente a una pantalla del televisor a la que bien podría de pronto salirle patas y echar a correr, que él ni se daría cuenta.

Sí, algo en ese diálogo suena demasiado raro. No por nada, sino por lo... ¿rutinario? ¿agradable? que resulta ser...

Un atemorizante pensamiento como respuesta a su inquietud intenta salir a la superficie, pero Nick lo deshecha precipitadamente. Ah, no, ni hablar a considerar nada. Es mejor mantenerse en la ignorancia. Dicho lo cual, se encoge de hombros (quizás con demasiada fuerza, casi como queriendo convencerse a sí mismo de lo irrelevante de todo eso), apaga la televisión, y marcha a la cama de Jess, a volver a verla replegar su pequeño cuerpecillo frente a él, y observar disimuladamente como la mujer frente a él va cayendo poco a poco en un tranquilo sueño. Con él a su lado.

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Lo que Nick no sabe, es que también Jess se queda instantáneamente paralizada al cerrar la puerta de su cuarto, tras decir lo que instantes antes dice. No se ha dado cuenta de lo comentado hasta que no ha entrado en su cuarto y ha visto la cama, perfectamente hecha y a la espera de ser ocupada... por los dos. Y se asusta, se asusta sobremanera por lo que les está sucediendo a ambos: empieza a ser algo normal el dormir juntos.

Acostarse cada noche con Nick a su izquierda ya no sólo le resulta agradable; también espera a que suceda.

Y más aún si él, al despertar cada mañana, le acaricia la cara como ha estado haciendo.

Porque, desde la segunda noche que llevan pasando juntos, Jess ha estado despierta siempre que él la ha acariciado.

A decir verdad, esa segunda noche estaba despierta de casualidad: se había ido despejando de su agradable sueño para encontrarse casi enterrada en Nick. Y aunque al principio de su sopor había sonreído tontamente ante el hecho de encontrarse con su cara casi pegada al pecho de él, y con el brazo derecho de Nick sobre sus hombros (casi como si, en medio de su sueño, él hubiera querido pegarla más y más a su cuerpo), instantes después había abierto los ojos como platos de la sorpresa, y había comenzado a separarse de él.

Pero claro, por muy despacio que fuera para no despertarlo, es realmente complicado despegarse cuando tus piernas están casi liadas con las de la otra persona, amén de ese brazo (un brazo cálido, suave, que parecía decir "esta chica es mía, y sólo mía", Cielos, qué brazo tiene Nick, ¿cómo es que nunca antes se había fijado?,...) que la rodeaba... sin provocar algún cambio en él.

Y, efectivamente, Nick comenzó a removerse en sueños, con lo que Jess, total y absolutamente aterrada ante la posibilidad de que pudiera despertar y verla a ella más que despierta (y mirándolo. Aunque, bueno, el cuarto estaba a oscuras, pero no lo suficiente como para distinguir su figura) había cerrado los ojos con fuerza, esperando que él siguiera durmiendo.

Solo que no lo hizo: Miller despertó. Bostezó, estiró los brazos hacia el techo, se giró a Jess... Y el gesto que hizo justo después y en total silencio hacia ella la desarmó por completo: deslizó las yemas de sus dedos, apenas un tibio roce, sobre su cara. Empezando por la sien (le apartó con infinita suavidad el pelo que ella se había empeñado en ponerse encima para evitar que pudiera darse cuenta de su rostro despierto), y moviéndose después hasta su barbilla, donde finalmente la había soltado.

Fue en ese instante cuando Jess se dio cuenta de que, el sueño que creía haber tenido la noche anterior acerca de que él la acariciaba, no había sido un sueño como tal: había sido real.

Nick Miller la acariciaba con infinita ternura todas las mañanas al despertar.

Nick Miller.

Esa simple frase se le atascaba en su cerebro, tan solo de pensar que era cierta.

Cuando horas después se lo había encontrado tirado en el suelo y mirando con ojo crítico un radiador, había estado a punto de enfrentarlo para preguntarle por ese gesto. Pero él la había mirado de refilón (parecía realmente concentrado en su quehacer), y le había soltado un pasota "qué hay" tan típico, tan normal... Que no se había visto con fuerzas de sacar un tema que seguro que, como mínimo, les resultaría a ambos demasiado incómodo.

Conclusión: Jessica Day no había dicho una sola palabra. Y a la noche siguiente, cuando él volvió a repetir el gesto, ella ya lo esperaba... y con ganas, lo cual era aún peor.

Pero el caso es que sí, Jess también se ha dado cuenta de la familiaridad con la que ambos tratan el hecho de dormir juntos. Como si llevaran toda la vida haciéndolo.

...

Espera: Dormir juntos. Se refiere con ese "haciéndolo" a dormir juntos. Sólo a dormir.

Cielo Santo, ¿qué narices les está pasando?

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Tras esa cuarta noche durmiendo juntos (y recibiendo Jess su sesión de "acariciamiento misterioso y sexy" en su mejilla), llega el mediodía. Un mediodía en el que ella llega al piso bufando, visiblemente enfadada. Tan enfadada que, observándola de refilón en el sofá del salón, Nick se encuentra repentinamente rememorando sus últimas conversaciones, no vaya a ser que hubiera dicho algo, o...

- ¿Te lo puedes creer?-casi grita ella, poniéndolo en tensión al instante.

- No. Si no me dices el qué...

- ¡Que no improviso! ¡Yo! ¡Ja!- la mujer suelta el abrigo en un extremo del sofá (él lleva un buen ratillo con el calefactor en el salón, así que se está realmente a gusto alli), y se sienta a su lado. De brazos cruzados. Con brusquedad.

- ... ¿Cómo?- tartamudea.

- Según Sadie, no sé improvisar. ¡Si soy doña improvisaciones!

- Ehm... ¿y cómo habéis terminado hablando de...

- Porque le dije que tenía que improvisar algo con mis estudiantes, que últimamente los notaba aburridos, y... ¿sabes qué hizo, Nick?-le mira, evidentemente a la espera de sentirse apoyada... ante lo que él teme pone el gesto de "no sé si quiero saberlo", y ella continúa- ¡Soltó una risita! ¡Una risita tonta! "Oh, Jess, entonces me temo que vas a tener un pequeño problema"-coloca la voz grave, como si quisiera imitar el tono de voz de su amiga... Quien, que Nick recuerde, tiene la voz más aguda que la de Jess.

- Sí, bueno...

- ¡Y entonces se puso a decirme, toda sonrisas, que soy predecible! ¡Yo! ¡Predecible!

- Sí, bueno...-repite él, aún sin saber qué decir. Y Jess ladea la cabeza, observándole con detenimiento.

Esperando la sentencia definitiva por su parte. El mostrarse, cual amigo, igual de indignado que ella ante lo que la mujer considera un evidente ataque a su integridad, y...

...

¿Qué es mejor en esos casos? ¿Mentir (y que luego le pueda pillar), o decir la verdad de la forma más suave posible?

...

Oh, diantre, ¿por qué no puede estar Cece allí, y no él? ¡Pero si él ni siquiera sabe mentir!

- Bueno... tampoco es tan malo ser un tanto predecible, ¿no?-intenta...

Para darse cuenta, instantáneamente, de que ha elegido, de las dos, la opción equivocada: el rostro de Jess parece volverse lívido, estrecha los ojos y le hace desear hundir la cabeza en el sofá, cual avestruz pillada en falta.

Pero... ¿qué narices? ¡Él es un hombre! ¿Desde cuándo tiene que sentirse amenazado por alguien como Jess, eh? ¿Eh?

Ug, el cuello de ella parece estar hinchándose, le puede ver las venitas, ¿es normal eso?

- Jess, no hace falta que te pongas así. En serio, ¡no es tan malo! Mírame a mí, por ejemplo: yo también suelo ser bastante predecible. Hombre-razona, pensativo-, no tanto como tú, pero...

- ¿Qué no tanto como yo? -y ahí está: la explosión definitiva de ella. Señoras y señores, Nick Miller es idiota, es oficial-. ¿Qué significa eso, que eres don imprevisible, o qué?

- ¿Ya no te acuerdas de Angy, o qué? ¿Recuerdas toooda la de cosas que hice improvisando?

- ¡Porque estabas colado por Angy!

- ¿Y? ¡Ese no es el punto!- no recuerda en qué momento exacto ha empezado a gritar al compás de los propios gritos de Jess, pero ahí están: frente a frente, enfadados el uno con la otra, y viceversa.

- ¿Y cuál es el punto, míster aventura?

- ¡El maldito punto es que no sabes hacer nada nuevo sin planteártelo antes mil veces!

- ¡No es cierto!

- ¡Claro que es cierto!

- ¡No lo es, y voy a demostrártelo!-y dicho lo cual, ella coge el calefactor, lo desenchufa y sale como alma que lleva el diablo a su cuarto... para detenerse unos instantes antes de salir definitivamente del salón, aun chillando-. ¡Y que sepas que me llevo el calefactor porque aquí ya no hacía frío, no porque seas insufrible!

- ¡Ya lo sabía!-le responde él, en el mismo volumen-. ¡Y yo no soy precisamente el insufrible de los d...!

La puerta se cierra a las espaldas de la mujer, y Nick se queda un instante parado, con la mirada perdida al frente, y preguntándose cómo es que han acabado exactamente como han acabado.

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Cuando veinte minutos más tarde Jess sale de su cuarto, el retintín con el que clama su nombre le hace fruncir el ceño.

- Niiiiiiiickkkkkkkk...

- En mi cuarto. Pasa-le responde. Acaba de meterse allí, a la espera de que no hiciera tanto frío como la última vez que había estado... y, por ahora, parece que está aguantando el tipo allí, tirado sobre la cama, y con el portátil sobre sus muslos. En un par de horas será francamente inaguantable, pero aún puede soportar el fresco.

Su puerta comienza a abrirse, y, con la mirada pegada a la pantalla del ordenador, Nick tiene una inspiración que le hace soltar:

- A menos que vengas disfrazada de algo extraño, y con ganas de canturrearme algo inventado por tí, como manera de demostrarme que sabes "improvisar". Si es así, no pases.

Se hace un silencio repentino, que proclama a gritos una cierta culpabilidad... por lo que, sabiéndose de algún modo victorioso, Nick Miller alza por fin la vista.

Y se encuentra, frente a él, a una Jess estrambóticamente disfrazada, que lo mira con la boca abierta.

- ¿Cómo... cómo...- su cara de atónita sorpresa es impagable, y no puede evitar esbozar una media sonrisa.

- Te conozco, Jessica- se detiene en la figura de ella, y ladea la cabeza, intentando comprender-¿De qué se supone que vas?

- Pero... pero...

- Porque puedo ver que ése es el disfraz de la enfermera sexy, pero no entiendo el significado del jersey y pantalones puestos debajo, y las zapatillas de Minnie...

- No son pantalones, son leotardos-musita ella.

- ¿Y las zapatillas?

- ¡Hace frío!-parece con esas dos palabras salir de su aturdimiento, porque se cruza de brazos sobre el escote del disfraz que sería infinitamente más "entretenido" si no tuviera justo debajo un enorme jersey rosa chicle.

- Así que eres... ¿una enfermera sexy en invierno?-aventura él.

- ¡Exacto!

- ¿Y la capa? ¿Qué significa?

- ¡No es una capa, es un delantal de cocina!- Jess se ofende visiblemente, y Nick menea la cabeza, sin entender nada.

- ¿Las enfermeras sexys de invierno tienen que llevar un delantal en la espalda?

- ¡Te he dicho que hace frío, y... y bueno, este disfraz tiene una abertura grande en la espalda, y... -parece darse cuenta de lo raro que suenan sus palabras, porque recula con un- oh, que te den, Miller!

Y él lo intenta detener, de verdad que lo intenta, pero es prácticamente imposible: un hilillo de autosuficiencia amenaza con salir a la superficie,... y que termina haciéndole decir:

- ¿Y bien? ¿Ya estás más tranquila? No es malo ser un tanto predecible en esta vida, Jess.

- Puedo improvisar-murmura ella, con la vista al suelo.

- ¿Cuánto tiempo llevas pensando qué hacer para demostrarme que estaba equivocado?

- ...

- Jess, en serio, no pasa nada porque te cueste hacer algo de pronto, sin pensar.

- ¡Puedo hacerlo!-parece coger algo de fuerza de nuevo, porque frunce los labios con determinación, haciéndolo soltar el portátil al otro extremo de la cama, y cruzándose él de brazos:

- No, no puedes.

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Maldito sea.

Maldito sea Nick Miller, y su conocimiento sobre ella.

Y maldita sea su tonito de "soy más maduro que tú, y te estoy enseñando una lección en la vida que nunca olvidarás, y que deberías haber aprendido hace años, pero, eh, para qué están los amigos sino es para recochinearse de tu ignorancia".

Jess lo odia.

Odia ese tono, odia esa mirada, odia esa barbita de dos días que tiene (seguro que ante la posibilidad de verse congelado frente al espejo) y que ella no consigue dejar de mirar desde que entró en el apartamento. Incluso en medio de su furia supina, la dichosa barbita entorpece sus pensamientos con una celeridad pasmosa.

Pero el caso es que, en instantes como éstos, odia a Nick. En serio. Lo odia. Allí semirecostado en la esquina más pegada a la puerta de la cama, con la espalda apoyada en almohadones y las piernas sobre el colchón. Como si fuera el rey del universo.

¿Quién se ha creído que es? Míster rompecosas, el señor indeciso, el hombre pesimista por excelencia. El tío al que le queda realmente bien una estúpida barba de dos días, y...

Y, justo en ese instante, Jess tiene una inspiración, que la hace esbozar una repentina sonrisa con tintes malévolos. Lo cual hace que la pose de Nick se afloje un poco, y comience a rotar a una de sospecha. De sospecha...con un poco de miedo.

- ¿Jess?-pregunta. Mientras la idea se forma aún con mayor nitidez en la mente de ella, volviendo su sonrisa más abierta aún.

Va a arrancarle a pellizcos un par de pelos de su barba.

Es perfecto: es algo no previsto en absoluto, algo que nunca ha hecho (y que, por tanto, Nick no puede adivinar)... y es algo que fijo que a él le quita las ganas de volver a ponerse engreído con ella.

... Vale, y una pequeña parte de ella, una parte casi escondida, lo hace por intentar quitarse de la mente esa extraña obsesión que la persigue desde que lo ha visto en ese día.

Así que, ni corta ni perezosa, se acerca a la cama con audacia, ignorando el "¿qué estás hacien..." de su compañero de piso. Y dado que quiere coger fuerza en el gesto, se sube a la cama, apoyando las rodillas en el lecho y con una pierna a cada lado de las dos de Nick.

Después, en medio del evidente sobresalto del hombre, lleva sus manos a la cara de Miller...

Y es entonces cuando el mundo se vuelve loco, porque detrás de sus manos va también su cara, y de pronto tiene sus labios sobre los de él. Y los frunce sobre la boca de su compañero de apartamento casi con resolución, casi con...

Deseo.

Nick sabe a fresa. A algún caramelo dulce. A suave misterio, a ternura acuciante y dolorosamente viva.

Una voz en el interior de Jess comienza a gritarle que qué está haciendo, que se detenga, que éso no es lo que quería hacer. Pero la cara con esa barbita le quema los dedos, y el cuerpo de Nick, firmemente enganchado bajo el suyo, es cálido, es firme. Y el asunto empeora ostensiblemente cuando los labios de él, que han permanecido evidentemente paralizados por la sorpresa, comienzan a moverse al compás de los suyos. Con pequeños besitos que se van alargando progresivamente. Derritiéndola.

Oh, sí, Nick Miller sabe besar.

Porque es suave, y muestra algo de indecisión, un gesto tan típico, tan Nick que la hace estremecerse antes de que pueda detenerse. Y él lo nota, claro que sí, ya que sus labios parecen cobrar seguridad y la instan a abrir más la boca, rozando su lengua, y...

Cielos. Sabe besar condenadamente bien.

La suavidad inicial empieza a convertirse peligrosamente en desenfreno ante el contacto de sus lenguas, y sólo cuando él la suelta unos instantes para tomar aire, Jess comprende que necesita respirar... y que necesita salir de allí.

Cuanto antes.

¡Ya, Jess!

Aunque su cuerpo no parece pertenecerle aún, consigue bajar la cabeza hacia sus propias piernas, evitando así el siguiente beso...y la mirada que pueda tener Miller. Y su mirada se detiene entonces en las manos de él, que, en algún momento perdido, se han apoyado cerca de sus caderas. Como si quisiera con ese gesto agarrarla a ella, agarrarse él... O agarrarlos a los dos y no despegar sus cuerpos, perfectamente unidos, y...

Oh, mierda. Está sentada sobre Nick... y no se había dado cuenta antes.

Y él tiene sus manos bajo su falda, en el límite que separa al amigo que sin querer pudiera rozarla, y el tío que definitivamente no quisiera ser su amigo. Puede verlas, grandes, cálidas, quietas sobre sus pantis. Como si fueran dos enormes leones, pillados justo a punto de lanzarse sobre su presa...

Yo soy la presa.

El conocimiento de ese hecho hace que cierta parte que no quiere pensar de su cuerpo se reblandezca, a pesar de lo cual lleva sus propias manos a las de él para quitárselas de encima...

Cielos, las manos de Nick son definitivamente monumentales, sus propias palmas casi parecen reducirse sobre las de él.

Si acaricia tan bien como besa...

Casi sin darse cuenta, y en contra de sus pensamientos (que cada vez son menos y menos coherentes), empuja con una extrema lentitud las manos de él hacia arriba, haciéndolas desaparecer bajo su falda.

Sólo un poco, en serio. Le dejará subir solo un poco, y después se las quitará. De verdad. Lo hará.

Pero necesita sentirlo más... más cerca. Necesita notar los dedos de él sobre su piel, tiene que dejar que introduzca su mano bajo los leotardos, tiene que acercar esas yemas a su entrepierna, sólo un poco, de veras, sólo un poquitín de nada, y...

Está viviendo la escena más erótica de toda su vida, y no puede ni siquiera mirar a la cara de quien se está dejando hacer en total y absoluto silencio. Sus ojos sólo están centrados en esas manos, en esas manos que siguen subiendo por iniciativa suya propia, Cielos Santo, siguen subiendo, y de un momento a otro llegarán a...

Y entonces la realidad se impone con un repentino telefonazo proveniente del móvil de Jess, que hace que Nick, con un gritito un tanto agudo, suelte un absurdo e incomprensible:

- ¡Yo no fuí!

Y con la mala fortuna de lanzar a la vez a Jess a su izquierda... izquierda en la que no hay colchón, sino suelo.

El grito de ella al darse de bruces contra las baldosas suena más fuerte del daño que realmente se ha hecho (no hay demasiada altura entre la cama y el suelo), pero provoca en él un estridente:

- Oh, Jess, ¡lo siento! Yo... ¿Estás bien?

(Continuará)