Aún no me puedo creer: a)Lo que finalmente he tardado tanto en escribir esta historia; b) Que por fin la haya terminado; c) Y que la última parte la haya escrito de carrerilla.

A veces me sorprendo hasta de mí misma, je.

En fin, dicho lo cual... mil perdones por el retraso, espero que os guste... Y gracias mil por los comentarios, como siempre!

Lessa

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Ay, Dios, qué ha hecho, qué demonios ha hecho...

Tiene que arreglar ésto, tiene que arreglarlo, porque Jess le ha besado, le ha besado, le ha besado, y tiene que arreglar ésto, tiene que...

Tengo que conseguir que vuelva a besarme. Tiene que volver a besarme así, oh, por favor, una vez más, sólo una vez más... Por favor...

De acuerdo, punto por punto: Primero, disculparse todas las veces que sea necesario. Después,

(besarla)

insistir en hablarlo, porque tienen que hablarlo, maldita sea, tienen que hablarlo si quiere que

(ella lo bese)

todo se solucione. Eso es: no flaquear, y hablar, hablar y hablar con Jess. Aunque le cueste un mundo, tiene que hablar con Jess.

...

Tan solo espera no morir en el intento.

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Lo mata.

En serio que lo mata.

¡La ha tirado al suelo! ¡La ha tirado! ¡Como si no fuera más que un saco de patatas lleno de moho, un chicle usado, un mosquito ya saciado y aún así incordiando!

Si en ocasiones anteriores Jessica Day ha creído sentirse enfadada con Nick, era mentira: Ahora sí que está enfadada. Y ultrajada. Y enfadada.

Y un poquito excitada aún, pero eso no tiene porqué pensarlo siquiera.

Aunque quizás parte de la intensidad de su enfado tenga algo que ver con el hecho de sentirse total y absolutamente avergonzada por lo que ha estado a punto a pasar instantes antes de que sonara su móvil en su cuarto (Cielos, ¡lo que ha estado a punto de pasar!)... Móvil que, como si se tratara de un vecino pesado que necesitara azúcar de extrema necesidad, sigue y sigue sonando cruelmente.

Dado que teme que, si le dirige la palabra, sólo salga veneno de sus labios, Jess toma la firme resolución de marchar a paso acelerado al cuarto, dispuesta a coger el puñetero teléfono y olvidarse de la existencia de ese... ese... esa cosa que vive en su mismo apartamento y que la ha lanzado sin miramientos contra las baldosas.

Pero claro, no cuenta con que el susodicho ser innombrable le sigue a su cuarto, insistiéndole una y otra vez que lo siente, que le diga algo, que tienen que hablar, que...

Como toda respuesta, Jess le cierra la puerta de su dormitorio en las narices, y descuelga el teléfono.

- Sí.

- Ey, ¿qué...-la voz de Cece, inicialmente alegre, parece apenas apagarse unas décimas cuando pregunta-. ¿Estás bien? ¿Y ese tono?

- Jess, déjame entrar. En serio, lo lamento, yo...

- No pasa nada, Cece-le chirrían los dientes, no puede evitarlo-. ¿Qué tal todo?

- Jess, de verdad, no creo que sea buena idea...-la voz de Nick (ya está, ya lo ha nombrado en su cabeza) sigue y sigue a través de la puerta, y por fin ella estalla en un chillido:

- ¡Estoy hablando! ¡Déjame en paz!

- Vale, Jess, ahora sí que sí: ¿qué está pasando?- Cece comienza a sonar incluso... asustada.

- No, ni hablar, Jess-y dicho lo cual, Miller hace la segunda cosa peor que podía haber hecho (después del tirarla contra el suelo): abre la puerta y entra en el dormitorio.

En el dormitorio de Jess.

Su dormitorio. SU TERRITORIO.

Y no contento con semejante agravio, Nick Miller aprieta los labios con fuerza, y anuncia:

- Dile a quien sea que le llamas luego. Tenemos que hablar.

Hablar. Hablar de lo suecedido.

Hablar con Nick.

Nick quiere hablar. Justo ahora.

Por unos instantes, a Jess se le olvida incluso el respirar, en medio de un nudo fatídico que amenaza con explosionar en todo su cuerpo:

- .de. .

- No, no voy a irme, Jess-y él se cruza de brazos, más desafiante de lo que ha estado nunca con ella.

¿Por qué tendrá que encontrar esa seguridad en sí mismo en un momento como aquél?

- Ehm... Jess, si quieres te llamo luego-susurra Cece en su oído.

- Ah, no, ¡ni hablar! Estoy hablando contigo, y contigo hablaré, Cece.

- La puedes llamar luego -puede ver cómo él toma aire, intentando mantener un aire tranquilo... que la saca aún más de quicio (si cabe)-, ella no tiene porqué escucharn...

Una bombilla mental se ilumina en los pensamientos iracundos de la mujer. Sí, eso es: Perfecto.

- Espera, ¿sabes qué?-con el impulso impreso en medio de su cabreo, Jess pulsa el altavoz de su móvil-. ¡Es una idea estupenda! ¡Que Cece escuche que me has tirado contra el suelo justo cuando ha llamado!

- ¿Qué Nick ha hecho qué?-la voz atónita de su mejor amiga flota en medio de los dos, y él arruga la nariz, con una mueca que proclama a los cuatro vientos lo que piensa de que Jess haya metido a Cece en el tema.

- Jess, lo siento, ¿de acuerdo? Me asusté con el ruido del teléfono, y...

- ¿Que te asustaste? ¿Que te asustaste?-está elevando demasiado la voz, se da cuenta cuando Miller finalmente revienta, y comienza a chillar a su vez:

- ¡Sí, maldita sea, me asusté! ¿Qué pasa, es que tú nunca te asustas, o qué? ¿Tengo que recordarte nuestra primera noche solos? "Oh, Nick"-aflauta la voz-"hay algo en mi armario, Nick, haz algo, Nick".

La furia reburbujea dentro de ella, retroalimentando su enfado una y otra vez, una y otra vez...:

- ¡Eso era distinto!

- ¡Bien! Pues entonces explícame por qué diantre te me subiste antes encima! Porque si...

- ¿Que te qué, Jess?-pero da igual la interrupción de Cece, dado que ninguno de los dos mira siquiera al teléfono, de tan enfrascados que están el uno contra la otra:

- ... si quizás no hubieras estado sobre mí, no te habría tirado al suelo ante la llamada, ¿lo has pensado?

- Ah, claro, así que, en función de mi posición frente a tí, ¿hay posibilidades de que me empujes o no?

- ¡No me cambies de tema, Jessica! ¿Por qué te me subiste encima?

- ¿Esperas que ignore que podía haberme roto algo para explicarte qué narices hacía encima tuya...

- ...Besándome?-termina él insultante. Y, al momento, ambos pueden oír desde el teléfono un atónito:

- ¿Quée?

- Oh, claro, así que ahora vamos a hablar del puñetero beso delante de Cece, ¿no? -alza los brazos, como clamando a los dioses- Claro, claro. ¿Y por qué no hablamos entonces de todas estas noches que has estado viniendo a dormir a mi cama, eh? ¿Eh?- Jess se cruza de brazos (con el teléfono incómodamente colocado bajo su axila), desafiante.

El grito de Cece suena definitivamente más pronunciado, y traspasa ampliamente el dichoso jersey rosa:

- ¿Qué ha estado quéeeeeee?

- ¡Eso no cuenta ahora! ¿Por qué siempre tienes que dirigir las conversaciones a donde tú quieres?

- ¿Y por qué las tienes que dirigir tú? Si crees que voy a dejar que me pongas como una loca acosadora por el hecho de que...

- ¿Habéis estado acostándoos juntos?-y, hastiados por la tercera voz en discordia del cuarto que únicamente parece repetir lo evidente, ambos se giran finalmente al teléfono que Jess sostiene como si le fuera la vida en ello, y chillan al unísono:

- ¡Hacía frío!

- Y además, ¡ella me dejó ir a su cama!-Nick mira a la mano de su compañera de piso, como si con ello pudiera alcanzar a ver a Cece... y disculparse por su acción temeraria mencionada.

- ¡Te dejé sólo la segunda noche, porque tú me dejaste dormir en tu cama la primera!

- ¿Qué?-la voz de Cece comienza a sonar total y absolutamente perdida. Casi desamparada.

- Si hubieras llamado al dichoso servicio técnico...-intenta defenderse Jess.

- ¿Y por qué no llamaste tú? Si tantas ganas tenías de dormir sola, tan solo tendrías que...

- ¿Qué estás insinuando? ¿Que yo quería que durmieras conmigo?

- Hombre, después del beso que me has dado... ¿Y lo de las manos qué? ¡Querías que te metiera las manos bajo la falda!

- Virgen Santa, creo que me voy a desmayar-el murmullo de Cece es ahora apenas audible.

- No es... no es...-Jess trastabilla, empieza a perder estrepitosamente el control de la conversación... hasta que cae en la cuenta- ¿Y qué me dices de lo de acariciarme por las mañanas? ¡No soy la única que hace cosas raras de los dos!

- Acari... ¿qué?-el asombro de él es evidente, y ella se lleva la mano libre a su propia cara, tocándola en una burda y evidente demostración.

- ¿Vas a negar que cuando te vas a levantar no me acaricias así? ¿Eh, eh, eh?-se siente infantilmente victoriosa ante la mueca sorprendida de su compañero... y repentinamente enrojecida.

- Si estabas despierta, ¿por qué no me dijiste que parara?

- ¡Porque no quería incomodarte!

- ¡Pues ahora mismo lo estás haciendo!

- ¡BASTAAAAAAAAAAA!

El aullido que suena del móvil casi hace retumbar las paredes, consiguiendo finalmente que se haga el silencio en el cuarto.

- Por todos los Santos, ¿queréis hacer el favor de parar y escucharos? ¿Os estáis oyendo? En serio, ¿OS ESTÁIS OYENDO?- la última pregunta casi suena igual de fuerte, de alucinada.

- Eso no es... -Jess titubea unos segundos, pero su amiga no la deja terminar:

- Nos largamos unos días y... Dios, estáis peleándoos por ver quién de los dos ha tenido detalles con el otro más... más... oh, menos mal que solo os he oído yo, porque vamos... ¿Queréis terminar con toda esta tensión de una vez?

- ¿Tensión? No hay ninguna tens...

- Muy bien, los puntos sobre las íes: Nick, deja de comportarte como un crío y dile lo que sientes; y Jess, o empiezas a asumir que tienes sen...-y la voz de Cece desaparece repentinamente, ante el más que acelerado gesto de Jess por quitar el modo altavoz del auricular.

Ante ello, Nick se molesta. No hay que ser adivino como para no darse cuenta:

- Eh, ¿qué dice? ¿Qué ha dicho? ¡Ponla en alto, éso no val...

Pero el sonido de su propio móvil en su cuarto lo acalla de pronto, y, dando tumbos furiosamente, sale de la habitación berreando algo sobre que no piensa dar por terminada esa conversación, y bla,bla,bla...

Sólo cuando lo oye contestar a su teléfono con un "mamá, no es buen momento ahora...", Jessica desconecta por completo de él, y se centra en lo que Cece continúa diciendo, esta vez a su oído:

- ...Y sí, Schmidt y Winston me matarían si se enteraran de que pienso así, pero, Jess, en serio, vuestra situación empieza a ser insostenible, ¿no te das cuenta?

- Eso no es ciert...

- Es cierto, y lo sabes. Lo que no termino de entender es porqué diantre te empeñas en negar lo evidente: sientes algo por Nick. Que me aspen si entiendo el porqué, pero es verdad. Y él siente algo por tí. Tenéis que hablarlo, y esta vez sin gritos... ¡y sin nadie más al otro lado del teléfono!

Cece sigue y sigue hablando, hasta que, finalmente, Jess consigue colgarla. La ha escuchado, sí. Pero, siendo sincera, lo que su amiga le ha dado por sentado a ella le suena más a película de fantasía: ¿enamorada de Nick? Por favor... Si por ella fuera, lo mandaría lejos, a un par de galaxias de la suya... y no lo echaría de menos en absoluto. ¡Habrase visto! A partir de ahora, y como buena amiga que es, Jess se promete a sí misma racionalizar las películas románticas que ve con Cece: definitivamente la están haciendo ver corazoncitos por todas partes.

De todos modos, hace rato que no oye a Nick hablar al otro lado de la puerta; y dado que Cece tenía razón en una única cosa de toda la conversación telefónica surrealista que han tenido (aquello de que tienen que dejar claro de una vez por todas la situación entre los dos), Jess se encamina resuelta al cuarto de su compañero de piso.

No se da cuenta de la repentina atmósfera tensa de la habitación de él, y entra sin llamar:

- Oye, Nick, creo que tenemos que hab...

Y es entonces cuando su arrojo cae en picado contra las baldosas: Nick está sentado en una esquina de la cama, los pies apoyados en el suelo, teléfono móvil agarrado en la mano... Y mirada perdida.

No, no perdida: Total y absolutamente... fría, muerta. No consigue ver ni una suela mueca, ni un solo gesto, alguna luz en sus ojos. Nada.

Nick Miller está mirando la pared de su habitación como si su espíritu se hubiese largado a tomar viento fresco, y hubiese dejado en su lugar una carcasa de impávida indiferencia. Como si nada le afectase, como si cualquier estimulante, por muy ridículo que pudiera ser, fuese imposible de descifrar por su cuerpo.

En apenas una centésima de segundo, las entrañas se le agarrotan, y Jessica Day se aterra por verlo así.

- ¿Nick?-susurra. Quiere acercarse a él, pegarle, gritarle, abrazarle, lo que sea que le devuelva a la vida. A la vida que a ella la saca de quicio, sí, pero que no deja de ser la vida cálida de su amigo- ¿Estás bien? ¿Qué pasa?

Por unos instantes, parece que él intenta enfocar, en un vano ademán de querer salir a la superficie desde las profundidades desde donde parece encontrarse... pero el intento sucumbe en la única frase que sus labios anuncian; una frase fría, fría, espantosamente fría:

- Mi padre ha muerto, Jess.

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Varias horas más tarde, esa misma noche y en una habitación desconocida a muchos kilómetros de su apartamento, Jessica Day no consigue dormir.

A su lado, en la cama que tiene a su izquierda, Cece duerme con una respiración pesada, tranquila, típica de su amiga desde que la conoce: han dormido juntas muchas veces, así que Jess sabe por experiencia que, en esos instantes, bien podría caer una bomba a su lado, que la modelo no despertaría.

Y la verdad, ante la cadena de alocados acontecimientos que se han sucedido desde que Nick le dijera aquellas cinco palabras ("mi padre ha muerto, Jess"), es incomprensible que ella misma no consiga caer en un coma profundo: desde la asimilación de la noticia, la reserva de vuelos, la llamada a Winston y Schmidt, el prepararle la maleta a un catatónico Miller (quien, ante la propuesta de Jess de que se preparase algo de equipaje, se le había quedando mirando como si le hubiera hablado en chino), preparar la suya propia, marchar al aeropuerto, esperar una hora allí, coger el avión, conducir hasta la casa de la familia de Nick, bregar con la madre del mismo,... Todo, todo ha sido tan de locos, que Jessica se pregunta si aquello no habrá sido una pesadilla de la que despertará de un momento a otro.

Pero lo peor de todo es que, si para ella ha sido una auténtica locura, no quiere ni pensar lo que habrá sido para él. No consigue quitarse de la cabeza todas las escasas palabras que han intercambiado desde que se pusieron en movimiento hacia la casa de su madre en Chicago... y las miradas. Esas miradas perdidas, las miradas que mostraban cómo su amigo estaba en un lugar distinto al que se encontraba ella.

El único atisbo de algo parecido a sentimiento había sucedido cuando, tras organizar Jess los vuelos y preparar las maletas, ambos habían salido al pasillo... y Nick había visto el equipaje de ella:

- ¿Vienes conmigo?-le había preguntado con voz pastosa.

No había sido hasta ese mismo instante cuando Jessica se había dado cuenta de que, en medio de su toma de control de la situación, ni tan siquiera se había planteado la opción de no acompañarle. O de que él no quisiera que la acompañara.

De modo que, un tanto titubeante, la había respondido con un:

- Si tú no quieres, me quedo. No pasa nada.

Nick se había quedando mirando fijamente las dos pequeñas maletas (la de él y la de ella), colocadas una junta a la otra... para, acto seguido, coger ambas con las dos manos, y preguntar con ese mismo tono tan vacío si podía conducir ella.

Cece suelta en medio de su sueño un suspiro profundo, y Jess se ve volviendo al presente con otro similar. Está tan cansada que no puede dormir. Y, sinceramente, la casa de la familia Miller tampoco es precisamente un remanso de quietud y silencio: desde la habitación que comparte con su amiga (la de invitados) puede oír los ronquidos del hermano y el primo de Nick (juntos en la habitación del primero), y las vueltas que da Winston en la cama vieja de matrimonio que le ha tocado compartir con Schmidt.

Ante ese último apunte, no puede evitar sonreír lánguidamente: a la señora Miller le ha parecido más "normal" colocar a dos hombres hechos y derechos en una misma cama, y dejar a Cece y ella misma en un cuarto con dos individuales. Todas las rarezas que va viendo en esa familia le suenan total y absolutamente "muy Nick". Y, a pesar de que la mujer no parece tenerla precisamente mucha estima por ello (sin comprender en absoluto el porqué), Jess se lo agradece en silencio: compartir cama con Cece es una de las cosas que más aborrece en su vida: la modelo siempre la acaba dejando sin mantas.

Cece. Si tiene que agradecer a alguien el conseguir movilizar a Schmidt y Winston, es a ella. Porque, ante la llamada de Jess para darles la noticia, ambos habían reaccionado realmente mal: Winston había entrado en un bucle continuo de lágrimas y pesar totalmente incapacitantes, y Schmidt había recrudecido histéricamente (como forma de reaccionar al dolor por la pérdida) su habitual obsesión con la limpieza y el orden: se había puesto a intentar organizar todo el chalet en el que se encontraban, y había intentado "asegurarse telefónicamente de que dejaran Nick y ella el apartamento en condiciones para que cuando volvieran todos siguiera permaneciendo de pie". Sólo gracias a Cece habían conseguido meterse en otro avión, y aparecer varias horas más tarde en la casa Miller.

Unas suaves pisadas interrumpen sus pensamientos, y la joven escucha cómo la puerta de su habitación compartida se va abriendo con lentitud, por lo que, antes de poder detenerse a pensarlo, murmura:

- Schmidt, como hayas vuelto para intentar dormir con Cece, o, peor aún, para intentar organizar mi equipaje, te juro que...

- ¿Jess?- y la vocecilla con que es dicho su nombre hace que se siente sobre su cama con la rapidez de un resorte:

- ¿Nick? ¿Estás bien?-justo cuando se oye preguntarle eso, siente deseos de darse de bofetadas (¡por supuesto que no está bien, idiota!).

La figura de su amigo va adquiriendo forma en medio de la semioscuridad reinante, mientras él parece tomar aire y confesar, con la voz más baja si cabe, tres palabras que rompen aún más el corazón de ella:

- No puedo dormir.

Sin detenerse siquiera a meditarlo, Jess se levanta de la cama, se pone las zapatillas y sale a hurtadillas del dormitorio, cogiendo de la mano a Miller, cerrando la puerta tras ellos, y llevándolo a la habitación de él.

Al llegar allí, lo suelta, enciende la luz de la mesita de noche que tiene su amigo en su cuarto, y cierra la puerta, dejándolos a los dos en una habitación llena de pósters de cantantes anticuados y con cierto aire de macarras. Después, se sienta en una esquina de la cama, mirando detenidamente las cuatro paredes.

Distingue entre estanterías polvorientas varios libros de la época universitaria de su amigo, un ordenador de mesa con altavoces que parece no haberse encendido en décadas colocado sobre una mesa de estudio con varias muescas, fotos de muy diversa índole enmarcadas en cuadros oscuros... Todo en esa habitación le hace preguntarse por la infancia de él, por cómo sería vivir en una casa de locos, donde el más "normal" fuera alguien como Nick.

- Me gusta tu habitación-se oye decir a sí misma.

- Está tal y como la dejé, hace unos años- Nick se sienta a su lado y deja vagar también sus ojos por los trastos que tiene.

- Pues me gusta-repite. Su mirada se detiene unos momentos sobre una foto en particular, en la que sale una versión bastante más joven de su amigo con un enorme pescado entre las manos, exhibiendo una sonrisa que la hace sonreír a su vez. La foto la hace levantarse, acercarse a la misma y cogerla para verla más de cerca-. ¿Tú pescabas?

- Hace mucho tiempo. Iba siempre con mi padre, cuando aparecía tras una larga ausencia haciendo "sus asuntos"-Nick hace un gesto con los dedos para remarcar el sarcasmo en su tono-. Por aquel entonces no sabía exactamente a qué se dedicaba; tan solo esperaba a que volviera de donde fuera que estuviese, para que me llevara a pescar. La foto la hizo mi madre, mientras mi padre me decía cómo tenía que coger el pez.

Jess asiente y coloca la foto en su sitio, mientras oye a sus espaldas cómo él añade:

- Después, cuando descubrí cómo se ganaba la vida, me negué a seguir yendo con él. Le dije que no estaba de acuerdo con eso, y que no quería ir a pescar con alguien con tan poca moralidad. O algo así, no recuerdo las palabras con exactitud. Pero... reconozco que dejé esa foto ahí puesta. Supongo que en cierto modo, esperaba que algún día cambiara, que regresara de alguno de sus viajes y me soltara algo en plan: "Nick, tenías razón. He encontrado un trabajo honrado de verdad, a partir de ahora se acabaron los fraudes. Y ahora, larguémonos a pescar tú y yo, para celebrarlo".

La voz de su amigo se va apagando, mientras los ojos de ella se enrojecen de la pena. Desde que se enteró de la noticia, Jess no ha visto a Nick llorar ni una sola lágrima. Ni siquiera al llegar juntos a la casa de él y ser abrazado por su llorosa madre y hermano. No, Nick Miller no ha llorado nada; ha perdido su pose catatónica anterior y tomado las riendas de la situación (ante la atónita sorpresa de Jess), ocupándose de absolutamente todo: de apaciguar a su madre, de organizar el funeral del día siguiente, de impedir que su hermano y su primo acabaran a golpes entre sí (por lo visto, parecen tener una cierta tendencia a pegarse a la mínima provocación de cualquiera de los dos), de hacer llamadas, realizar compras,... De todo.

Pero no ha llorado. Y Jess teme que no lo hará... hasta que, en ese instante, le oye murmurar:

- Y ya nunca vendrá, ¿verdad, Jess? Ya nunca me llevará a pescar.

Jessica se gira hacia él, encontrándoselo mirando al suelo, con un gesto perdido que la hace pensar en un niño. Y quiere mentirle, decirle lo que sea que le anime, lo que sea. Pero, mordiéndose el labio, le responde:

- No, Nick.

Y por fin, tras horas y horas en continuo movimiento, la mujer ve cómo el rostro de él se comprime, se achica, cómo sus ojos parecen convertirse en dos tenues rendijas mientras, con una voz rota, Nick comprende finalmente la verdad:

- Ha muerto. Mi padre ha muerto.

Las lágrimas que tanto había ansiado ver ella en él (como único modo de poder asumir los hechos, y poder levantarse tras ellos) comienzan a aflorar, mientras los hombros se le hunden en pequeños espasmos de pena desbordada. Al instante, Jess se acerca a él en la cama, se abraza a su cuerpo, y, sentada en el colchón, acaricia con ternura el pelo de su amigo. Su pijama se empapa de las lágrimas de Nick, pero no se da cuenta de ello: tan solo quiere acariciarlo, sentirlo cerca, hacerle ver que está ahí, a su lado. Y cuando él susurra sobre su pecho un lastimero "me ha dejado solo", Jessica Day siente una furia como no ha sentido jamás ninguna otra.

- No digas eso, ¿me oyes?- le coge el rostro y lo coloca a su mismo nivel, a escasa distancia de su nariz-. No estás solo, ni lo estarás nunca: tienes a Schmidt, a Winston, y a mí. Me tienes a mí, Nick-con suavidad, desliza sus labios sobre los de él, y deposita un beso cargado de ternura-. No pienso irme de tu lado nunca, ¿me estás escuchando?

Nick asiente torpemente, y de nuevo Jess le besa con rapidez, para después tumbarse en la cama, y obligarlo a él a hacer lo mismo a su lado, fuertemente abrazados. Sin dejar de mesar el cabello de su compañero de piso, Jess le susurra:

- Y ahora descansa, mañana tenemos mucho día por delante.

- ¿Vas a irte a tu cuarto?-susurra él, en medio del llanto que comienza a serenarse bajo sus dedos.

Estoy loca por Nick Miller.

Es en ese preciso instante, en ese preciso lugar y en esa precisa posición, cuando la frase se incrusta a fondo en el cerebro de ella. Una frase que la hace detener su caricia una centésima de segundo, que la hace abrir atónitos los ojos contra la cabellera de él, y que la deja momentáneamente sin respiración.

Cielo Santo.

Cece tenía razón. Tenía razón.

Tragando saliva con fuerza, y con la cabeza a punto de estallarle por los pensamientos alocados que la reconcomen, se obliga a responderle con la mayor ternura de la que se ve capaz:

- No pienso moverme de aquí. Duerme, Nick.

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Una semana después, la situación en el piso se normaliza.

...

O más o menos.

Es decir, no se normaliza para nada, porque Jess se siente el ser más desgraciado del mundo.

Nick no ha vuelto a asomar por su habitación por las noches. Desde que los cuatro llegaron de Chicago, cada uno ha dormido en su cuarto sin mayores incidencias (bueno, ignorando el enfado de Schmidt ante el hecho de tener la calefacción estropeada y no haber hecho nada para solucionarlo... y por algo relacionado sobre la lavadora y cierta ropa ahora rosada de Nick que Jess no se para a considerar). Los cuatro vuelven a su vida, a sus trabajos, y a sus cosas. Incluso Miller parece ir recuperando su antiguo yo con una cierta rapidez, habida cuenta del funeral, de su elegía enmudecida (ante la cual, Jess se vio acercándose a él y agarrándole con suavidad su mano) y de su despedida de la familia.

Sí: Nick ha vuelto a la normalidad, a aquella normalidad que tenían antes de que se quedaran solos los dos. Como si no hubiera pasado nada, como si todo aquello hubiera sido un sueño ya transitado, algo bonito para recordar, pero que no reflejara el presente en absoluto.

El problema es que, para Jess, nada ha vuelto a ser normal. Porque ahora no consigue que sus ojos se despeguen de su compañero cuando piensa que no la mira; porque cuando el otro día lo pilló saliendo de la ducha con una toalla en la cintura como única vestimenta (algo que antes solía ser habitual, sin mayores contratiempos), tuvo auténticos deseos de arrancarle la prenda a mordiscos y no despegarse de su cuerpo; y porque cuando lo encontró peleándose con un bote que ella no había podido abrir previamente, quiso abrazarlo y besarlo sin parar.

¿Y lo peor de todo? Lo peor de todo es que no logra dormir nada bien desde que está sola en su cama. Maldita sea, echa de menos esa extraña sensación que la embargaba con su compañero de apartamento: el sentirse protectora y protegida. Como si, estando los dos juntos en un mismo colchón, todo girara alrededor de ellos, y el mundo desapareciera detrás de las sábanas.

Nunca han tenido sexo, y aún así se ha sentido esas noches infinitamente más satisfecha que en muchas otras sesiones maratonianas con sus ex novios.

Nick es un desastre, se intenta recordar siempre. Nick no sabe decidir, no sabe hablar de sus sentimientos, destroza todo lo que toca, siempre está ahí cuando lo necesita, besa como si le fuera la vida en ello, sus manos son increíblemente suaves, ...

Aggg, ¿qué voy a hacer?

Esa misma noche, una semana después, Jess se encuentra en pijama y enterrada en el sofá, entre Winston y Nick, y con un Schmidt intentando elegir un canal de la televisión con algo mínimamente decente para todos.

- No hay nada potable, Schmidt-bufa hastiado Winston-. Déjalo en cualquier canal, qué más da.

- Ésto es un porquería-le responde el mencionado, mando en mano y pulsando compulsivamente botones-. ¿Cómo es posible que no haya ni una mísera película decente?

- Bueno, están echando Ghost-Jess se encoge de hombros, dándose al momento cuenta de que roza el cuerpo de Nick... y alejándose al instante de él.

Desde hacía muchos, muchos días, no estaba tan cerca suya... Y la sensación es mareante.

Al menos tienen un cojín entre los dos, se consuela ella. Un cojín que le sirve para camuflar su mano izquierda, porque en el piso aún hace algo de fresco... y para controlarla frente al estómago de su compañero de apartamento, tan cercano a sus dedos que provocan cuando lo recuerda un agarrotamiento de los mismos.

Maldito seas, Nick. Mira lo que me has hecho.

- Ah, no, ni hablar, Jess-Schmidt se pone serio, y con la vista aún pegada al televisor cambiante, suelta-. Ya tuvimos que tragarnos la reposición quincuagesimotercera de Dirty Dancing el otro día.

- Oh, vamos, Schmidt. Reconoce que te gustó la película-salta de pronto Nick-. ¡Si te ví con los ojos rojos de emoción en el final!

- ¡No es cierto! ¡Tenía un principio de conjuntivitis, nada más!-el gritito del moreno, a pesar de lo que está viviendo esos días, la hace esbozar una media sonrisa tierna hacia su compañero.

- Mira, sea como sea, Jess tiene razón: lo más aceptable de la programación de hoy es Ghost-le rebate Miller, con una sonrisa que hace que ella instantáneamente se vea sonriendo a su vez.

Schmidt está a punto de quejarse, cuando su rostro se ilumina de pronto:

- ¡Ya está! ¡Salgamos a dar una vuelta!

- Yo ya tengo el pijama puesto-Jess remolonea en el sofá perezosamente, y el moreno la mira con un ligero hastío.

- Vale, va. Pues no vengas. ¿Qué me decís vosotros?

- Por mí vale -Winston se encoge de hombros- Daisy está trabajando, y la verdad es que tengo ganas de salir un rato.

- ¡Perfecto! ¿Nick? Venga, colega, necesitas despejarte un poco. ¡Salgamos los tres tíos!

Casi sin darse cuenta, Jess contiene la respiración: si el aludido respondiera positivamente, estaría negando la posibilidad de querer estar con ella; y si respondiera negativamente a Schmidt... bueno, se quedarían los dos solos desde lo de Chicago, y... quién sabe... Quizás podría preguntarle...

- Vale, sin problemas- y con esas tres palabras, Nick hunde a Jess y sus esperanzas-. Voy a ponerme la camisa amarilla de flores, y...

- Ah, no, ni hablar- Scmidt se gira a su amigo, de pronto muy sombrío-. Te he dicho ya que no pienso salir contigo si te pones ese espanto, Nick.

- Pues hoy me apetece ponérmela, Schmidt-se queja él-. Me apetece mucho.

- Pues como te la pongas, olvídate de que salga yo.

- Pues como no me dejes ponérmela, no salgo.

- ¡Pues no salgas!- Schmidt se pone de pie en el sofá, totalmente hastiado... y provocando la misma reacción en su amigo:

- ¡Pues no salgo!

- ¡Vámonos de aqui, Winston!-el moreno se va muy rígido a su cuarto, y Winston frunce el ceño, con la imagen de haberse perdido la respuesta a la pregunta más secreta de todos los tiempos por muy poco... Para después soltar un:

- Bah, qué narices. Tú te lo pierdes, Nick.

- Pues yo me lo pierdo- y Nick se cruza de brazos.

Y, en total silencio, Jess se siente por completo perdida. ¿Qué acaba de pasar exactamente?

Dos minutos más tarde, Schmidt sale de su cuarto con un evidente tufillo a colonia cara de hombre, y, seguido de un apaciguado (y aún sorprendido) Winston, salen del apartamento...

Dejándolos solos a los dos.

En un repentio y tenso silencio.

Jess comienza a sentirse como si estuviera ahogándose en una piscina hecha con alocados pensamientos, por lo que, para desembarazarse de esa sensación, suelta lo primero que se le viene a la cabeza... y con la vista prendida en el televisor aún encendido:

- ¿Camisa amarilla de flores?

Juraría que Nick sonríe con suavidad, aunque no está del todo segura por no atreverse a mirarlo:

- Ajá. Aunque, entre tú y yo, hace tiempo que la tiré.

- ¿Entonces?

- Suelo usarla cuando no tengo ganas de salir, y no quiero decepcionar a Schimdt.

No quería salir desde un principio.

Quería quedarse aquí. Conmigo.

Un repentino e incómodo calorcillo comienza a inundar sus extremidades inferiores, y Jess se muerde el labio casi sin darse cuenta.

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Jess se muerde el labio sin dejar de mirar la pantalla, y Nick se siente desfallecer.

Ha debido captar el mensaje oculto, ¿verdad? Aquello de que quería quedarse desde un primer momento con ella. ¿Lo habrá hecho?

...

Sí, claro que lo ha hecho, se responde a sí mismo: Es Jess, y Jess capta esas cosas.

Ojalá pudiera también captar el resto. Ojalá no tuviera que doblegarse a la conversación, ojalá ella pudiera saber de pronto y en silencio todo lo que él quiere que sepa.

Porque sí, quiere que sepa muchas cosas: que lleva una maldita semana asimilando demasiadas cosas nuevas en su vida (la desaparición de su padre, la nueva situación en la que él es ahora el cabeza de una familia descabezada,...), sin dejar en ningún momento de pensar en ella.

Quiere que comprenda que está durmiendo de pena; que lo ha intentado, sí, ha intentado no molestarla yendo a su habitación... pero no deja de soñar con tener el pequeño cuerpecito de su compañera de apartamento frente a sí, durmiendo con una confianza absoluta hacia él y una mano debajo de la almohada. De una almohada compartida.

Quiere que sepa que no ha dejado de rememorar antiguas conversaciones, diálogos entre los dos, miradas que pudieran darle una pista sobre lo que realmente siente Jessica Day por alguien tan insignificante como él.

"¿Quieres saber por qué estaré bien?"

"¿Por qué?"

"Porque te encontré a tí"

Momentos ya sucedidos, momentos que hacen que, ahora en el presente, se le seque la boca mientras su cerebro le presiona con muchas preguntas que comienzan con un simple "porqué".

"Porque cuando quieres a alguien, es simple"

Mentira, Jess del pasado. Quererte no es simple en absoluto. No si no sé qué sientes tú por mí. No si, cuando te diga algo al respecto, vas a aterrarte y desaparecer de mi vida.

Pero, si no le dice nada... Si no le dice nada, pasará el tiempo, llegarán nuevos novios (no, no, no, por favor...), se sucederán los años, les saldrán arrugas a ambos, les llegará la muerte a alguno antes que al otro... ¿y de qué habrá servido no confesarle la verdad?

Hasta que no se vio en Chicago, frente a varias personas vestidas de negro escuchándole hablar de su padre, Nick no lo había comprendido. Porque fue justo en ese instante, cuando Jess le agarró allí mismo de la mano, dándole su apoyo... Cuando comprendió que no podía seguir negándose lo evidente: estaba loco por ella. Desde mucho, mucho tiempo atrás. Antes incluso de llegar a planteárselo siquiera, ya estaba loco por sus huesos... Y ni él mismo se daba cuenta.

"Me gustas mucho, Jess. Me alegro que estés aqui"

Zoquete. Pedazo de zoquete retrasado.

Lleva toda la semana buscando el momento perfecto para los dos. El instante en el que estuvieran a solas, el instante en el que consiguiera de una dichosa vez abrirse a ella (aceptando lo que viniera después por parte de su compañera de apartamento), y entender qué pasa por la cabeza de la mujer que tiene ahora mismo sentada a su derecha. Pero claro, no contaba con Winston y con Schmidt, y no contaba con que, tras la muerte de su padre, sus amigos serían eso precisamente (amigos) y no se plantearían siquiera un segundo dejarlo a solas con sus pensamientos... O a solas con Jess.

Tiene mucho, mucho que contarle... Pero, sobretodo, mucho que preguntarle. Y la inmensa mayoría de sus preguntas empiezan por un fatídico "porqué".

Bien, Nicholas. Demuestra tus agallas de una vez. Has superado la muerte de tu padre, has tenido que hacerte cargo de la situación en casa... Cielos, incluso has tenido que ocuparte de tu madre, de tu hermano y tu puñetero primo. Así que... ¡échale huevos, maldita sea!

Y justo cuando se decide a hablar, sucede lo esperable: que ella también parece pensar lo mismo:

- Jess...

- Nick...

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Tierra, trágame.

Llevan un rato como dos idiotas en silencio, y cuando ella se conmina a sí misma a hablar... el idiota que está a su lado también parece hacerlo.

Del corte, Jess se queda callada de golpe, y Nick también; lo cual da aún más imagen de estupidez compartida... y vale, un tanto tierna, todo hay que decirlo.

Vale, o alguien rompe esto, o nos quedaremos estancados de por vida en este mutismo vergonzante, le susurra una vocecilla en su cabeza. Así que la mujer toma aire, y suelta:

- Empieza tú.

- No, yo... Empieza tú si quieres, no hace falt...

- Nick...-no puede evitarlo, pero el tono cuasi amenazante con que bufa su nombre silencia de inmediato al hombre unos instantes... para hacerlo soltar de golpe cuatro palabras atropelladas que ella no espera:

- ¿Por qué lo hiciste?

- ¿Por qué hice el qué?

- Antes de que me llamara mi madre a mí, y antes de que te llamara Cece a tí. ¿Por qué... -Nick baja unas octavas la voz- ... por qué me besaste?

De la impresión, Jessica siente la garganta repentinamente seca, y reprime las ganas de ponerse a carraspear compulsivamente. Y está a punto de decirle que no era su intención, que sólo quería tirarle de la barba, que la había cabreado ese día, que no entiende porqué lo hizo...

Mentira. .ra.

La mujer cierra unas décimas de segundo los ojos, y antes de poder echarse atrás, se oye responderle:

- Porque quise hacerlo.

Tiene miedo de mirarlo, no quiere hacerlo. No quiere ver el gesto de "oh, vaya. A ver ahora qué le digo a ésta para no herirla" que seguro tiene Nick...

- Ah.

Y él responde sólo esa palabra, con una vocecita que casi parece... parece... ¿alucinada? ¿Es eso algo bueno, o malo?

A la mierda con todo, Jess. Ya que tú te has lanzado, que lo haga él también... para bien o para mal.

- ¿Y por qué lo hiciste tú?

- ¿Porqué hice el qué?- repite él, tontamente.

- Poco antes de dejarlo con Sam. Horas después del juego. La primera vez que... Nos besamos. Que tú me besaste. Nunca me llegaste a decir porqué lo hiciste.

Nick asiente con la cabeza (como si algo en todo aquello tuviera una cierta lógica), puede notar su cuerpo moverse suavemente en el sofá. Y, con las entrañas agarrotadas, Jess espera a que el hombre ponga en claro lo que quiere decir... Hasta que lo escucha corear exactamente sus mismas palabras:

- Porque quise hacerlo-podría decir que siente mariposas en el pecho, pero mentiría: lo más parecido a lo que siente corretear por su cuerpo son auténticos cóndor. Halcones. Trolebuses. Vale: no tiene del todo claro qué es lo que se mueve alocadamente debajo de su piel, pero teme acabar aplastada por su intensidad. Y aún empeora más cuando le oye añadir muy, muy por lo bajini-. Desde hacía tiempo.

- Desde hacía tiempo-se ve repitiendo... con un tono que juraría que no es el suyo: no lo recordaba tan agudo-. ¿Cuánto?

- Bastante.

- Ah.

La conversación empieza a ser lo más surrealista que ha visto en su vida... y también lo más difícil por lo que ha tenido que pasar nunca. Pero, antes de que aquel momento de sinceridad termine abruptamente, Jess se ve avanzando un poco más en medio de aquel terreno resbaladizo y desconocido para ambos:

- Ya no vienes a... a dormir conmigo.

- Lo sé.

- ¿Por qué?

- Porque quise intentarlo-el tono angustiado de Nick asemeja tener una pelota de tenis obstaculizando su garganta, y Jess comprende que, salga lo que salga de este diálogo, será algo cien por cien sincero por parte de él... Por parte de ambos.

- ¿Intentar qué?

- Intentar est... dormir sin tí. Quise intentarlo.

El monstruo que amenaza con derribarla del infarto no impide que Jess comprenda que, en ese caso, el verbo "dormir" no es el que tiene Nick en la cabeza.

Ha intentado estar sin mí. Ay, Cielos. Ay, Cielos. Ay, Cielos...

- ¿Y lo conseguiste?-su voz se agudiza aún más si cabe.

Por favor, dí que no, por favor...

Se hace otro silencio, para ser roto después por un:

- No he podido dormir bien.

- Yo tampoco.

Cuando la mano temblorosa de él roza de pronto sus dedos camuflados bajo el cojín, Jess está a punto de pegar un grito de sobresalto... que se deshace tan pronto aparece ante la ternura titubeante con que siente la mano suave del hombre cubrir la suya, dibujar círculos en su palma, deslizarse entre cada dedo como si de cinco tesoros juntos se trataran. Jess cierra los ojos antes de darse cuenta de ello, y se entrega en total silencio a esa caricia que, frente a su gesto, parece cobrar algo de resolución: la mano del hombre comienza a palpar con más fuerza su mano, se escurre a su muñeca, cosquillea su brazo.

- Nick...-musita, la voz finalmente rota por algo que presiente que es deseo. Quiere decirle muchas cosas, pero sobretodo quiere que no se detenga, que siga ascendiendo... Y no sabe cómo hacerlo.

- Sí: desde hace bastante tiempo-y Nick dice esas palabras, como si estuviera respondiéndose a sí mismo en una conversación a la que Jess no tiene acceso del todo-. Desde antes incluso de entenderlo, quería hacerlo.

- ¿Hacer qué?-se siente fragmentada, su cuerpo arde en mil pedazos mientras la mano del hombre asciende ya visible a su hombro... Mano que no puede evitar mirar con la cabeza ladeada, fascinada de pronto por tenerla tan cerca suya, tan cerca de sus labios.

¿Quedaría muy extraño si la besara?

- Besarte. Quería besarte desde antes de entender que quería besarte, Jess. Y ahora...-Nick coge aire, puede notar como el pecho de él se infla de oxígeno-... ahora me gustaría...

- Dilo -una furia que, lo sabe, nace de la desesperación, la agarrota-. Maldita sea, Miller, dilo o te juro que...

- ... Ahora me gustaría también besarte. Ahora mismo.

Y con esas dos frases, el mundo de Jessica Day parece expandirse, multiplicarse, llenarse de colores.

- Y a mí me gustaría que me besaras. Ahora mismo-repite, la voz en un puño, el ansia pugnando contra la sensatez.

Cuando la mano libre de Nick roza su rostro, Jess está a punto de ronronear. Y cuando los dedos le piden con suavidad que se gire hacia él, teme desplomarse contra el sofá, de tan blando que siente su cuerpo. Pero obedece, enfrentándose por fin a su compañero de apartamento, que en esos instantes la contempla...

Total y absolutamente alucinado.

Y algo más. Algo más que incendia aún más si cabe su piel: con deseo.

Oh, voy a morirme aquí mismo.

Los dos se miran durante unos segundos, intentando entrar en los ojos del otro, comprender cómo es posible que esté sucediendo lo que parece estar sucediendo en ese preciso instante.

Lentamente, y sin dejar de mirarla, Nick acerca su rostro al de ella... y cuando sus labios finalmente se juntan, Jess puede notar como si hubiese habido una explosión entre ambos, porque la boca de él es dulce, es tan dulce que duele, y tiene, necesita, explorarla con rapidez, con toda la intensidad de la que es capaz.. Sin contar que algo similar parece estar sucediéndole a él.

Y justo en el momento en el que sus lenguas entran en contacto, Jessica Day pierde por completo el escaso control que llevaba agarrando, y comienza a acariciar todo lo que encuentra a su paso del cuerpo del hombre. Y él empieza a hacer igual. Y se vuelven locos, locos por el deseo.

No es hasta que la mujer se ve con los botones del pijama abiertos, cuando se obliga a separar sus labios de su compañero de apartamento:

- Nick... Nick...-ronronea, mientras los labios del aludido atacan ferozmente su cuello-...Nick, espera...

- ¿Mmmm?

- Aquí no, Nick... espera...-le coge la mano, y pesadamente se levanta del sofá, arrastrando casi al instante al hombre. Quiere explicarle que, en su primera vez juntos (porque sabe que, hoy sí, van a terminar por fin lo que han empezado) necesita que sea en una cama, en su cama. Pero se encuentra tan inflamada por el deseo, que sólo atina a conducirlo a su habitación, para, justo al llegar, notar cómo él se separa de pronto de ella, y le susurra al oído un "espera".

Después, desaparece de su campo de visión, metiéndose en su dormitorio.

Por unos instantes, la cordura comienza a aflorar en la mente de la mujer, y Jess, frotándose un cabello un tanto despeinado ahora por los dedos de Miller, está a punto de preguntarse qué narices están haciendo...

Cuando él vuelve frente a ella, congestionado de puro deseo, con la marca de su excitación asomando por sus pantalones y una mirada alocadamente depredadora... Y de nuevo el intento de lógica se esfuma, dejándolos a los dos solos contemplándose sin pudor alguno.

- ¿Dónde...

- Schmidt y Winston. Por si acaso. Apagué luces y puse la almohada como mi cuerpo-explica Nick, igual de torpe que ella.

- Ah-y puede ver la duda saltar al rostro del hombre, cuando le oye preguntarle:

- Porque... podré quedarme aquí contigo después, ¿no? ¿O prefieres que me vay...

- ¿Nick? ¿Podrías hacerme un favor?

- Claro, Jess, lo que tú quieras, yo...

- Cállate-y le sonríe con ternura.

Y él le sonríe a su vez. Y comienzan de nuevo a besarse, a acariciarse... Pero esta vez despacio, con auténtica devoción, con ganas de saborearse el uno a la otra como no han hecho jamás hasta ese preciso momento.

A Jess le gustaría poder decir, horas más tarde, que su primera vez con Nick fue perfecta, pero... Hay muchos choques de nariz, miradas demasiado alucinadas sobre el cuerpo del otro, manos que no saben cómo acariciar, preguntas acerca de preferencias que suenan absurdas en medio del silencio del apartamento. No, esos primeros minutos no son perfectos... hasta el preciso instante en que Jess siente cómo él penetra en su cuerpo con suavidad. Y antes de que comience a moverse dentro de ella, se escucha murmurar:

- Como vuelvas a dejarme sola en la cama una sola noche más, te mato.

Y Nick sonríe, por fin con total seguridad en sí mismo... Justo antes de asentir y comenzar a balancearse sobre ella, gimiendo con ella, besándola como si le fuera la misma vida. Sintiendo todo lo que siente ella, dejándole ver lo que siente él por ella.

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- Quiero que sepas que no suelo hacer cosas así, Nick.

Minutos después de permanecer en total silencio, abrazados, satisfechos y desnudos sobre la cama, Miller frunce el entrecejo, sorprendido.

- ¿A qué te refieres?

- A ésto-Jess se señala a sí misma, y luego a él-. Antes de tener sexo con alguien, quedo con ese alguien para cenar, comer, merendar... Tanto da. Ya sabes, para conocerlo.

- Jess...-no puede evitar reírse.

- No, Nick, hablo en serio. ¿Cuántas citas hemos tenido tú y yo? Porque, que yo recuerde... ¡ninguna!-hay algo parecido a la ofuscación en la mujer, y él la besa con suavidad antes de responderle:

- Jess, se cómo eres, tranquila. Yo tampoco soy de esas personas. Y, francamente, considerando que somos tú y yo los que estamos ahora mismo aquí...

- Tú y yo-repite ella.

- Ajá.

- Vale. Tú y yo. ¿Y qué somos tú y yo, Nick? ¿En qué nos convierte ésto? ¿Somos novios? ¿Amantes? ¿Amigos con derecho a roce?

- Jess...

- ¿Y qué pasará con Schmidt y Winston cuando se enteren? Dios mío, cuando se enteren...-Jess se tapa los ojos con las manos, y Nick se las aparta con suavidad. Cielos, adora sus ojos, siempre los ha adorado- ¿Se lo decimos? ¿O lo mantenemos en secreto?

- ¿Eso último quiere decir que vamos a repetir más veces?-se siente infantilmente victorioso, lleno de júbilo. Un júbilo que provoca, por fin, que Jess sonría.

- Ya te lo dije: como vuelvas a dejarme sola por las noches, te mato. ¿Qué esperabas?

Nick Miller se echa a reír con fuerza, hasta que las lágrimas asoman de unos ojos radiantes de alegría. Y la estrecha entre sus brazos por enésima vez en toda la noche. Besándola en el cuello.

Ha descubierto que su nuevo mejor lugar en el mundo es el cuello de Jess. Quiere decir, dejando aparte el maravilloso cuerpo de ella, claro... Porque Jess tiene zonas que... Oh, sí, zonas que... Como la que está viendo en esos instantes, la que llama imperiosamente a sus labios...

- Pero éso no quita que... espera, Nick, déjame terminar: éso no quita que no hayamos quedado en alguna cita, y...

- ¿Jess?

- ¿Sí, Nick?

- ¿Quieres salir conmigo? -la boca de él besa con delicadeza el pezón derecho de ella, y puede notar cómo la mujer pega un respingo de placer... justo antes de agarrarle la cara para obligarlo a mirarla-. Mañana mismo te llevo a comer, a cenar, o a merendar... o las tres cosas juntas mejor.

- No tienes tanto dinero.

- No he dicho que te vaya a invitar a todo-Nick achica los ojos, un tanto a la defensiva.

- Y yo tampoco he dicho eso. Sólo he dicho que no tienes tanto dinero-remarca ella con cierto retintín.

- Bueno... -él se encoge de hombros-... ya apañaremos.

- ¿Y qué hacemos con Schmidt y Winston?- los dedos de Jess dibujan líneas invisibles sobre su brazo, y Nick suspira, absolutamente feliz.

- Si tú no quieres que lo digamos, no lo haremos. Pero por mí... por mí lo decimos. No quiero mentirles a ninguno de los dos.

- Vale, pienso igual.

Los dos se sonríen abiertamente, hasta que ella retoma la conversación:

- Aunque todo ésto haya sido... raro. Ya sabes: no hemos seguido la rutina, lo normal, lo que se suele hacer en estos casos: conocer a la persona, pedirle salir, decidir que definitivamente se gustan,... y acostarse. Y no "conocer a la persona, acostarse sin sexo, decidir que se gustan, tener sexo, y empezar a salir".

- Tú y yo no podemos compararnos con esos casos.

- Ya, pero...

- Y, Jess... ¿no se suponía que eras una mujer a la que le iban las improvisaciones? ¿No te gustan acaso los cambios de rutina?- y, sin dejar de sonreír, Nick obliga a Jess a callarse definitivamente con un beso que promete ser el inicio de una buena historia a contar...

FIN

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Y algo así es como me hubiera gustado que se diera esta historia, si. Evidentemente, mil veces mejor contada y tal, pero... Espero que os haya gustado, y, sobretodo, que no os haya parecido muuuuuy larga... Besos, y de nuevo gracias por leer!