Los personajes de CCS son propiedad intelectual del grupo Clamp. La historia si me pertenece.


"Oscuras tentaciones, Divinas relaciones"

Capítulo 8: Bajo las mismas condiciones, se mi novia.


Eriol se incorporó después de ajustar la correa de sus zapatos, quejándose por la actividad que estaba a punto de realizar. Cualquiera que lo mirase en semejante situación a esas horas de la noche, mínimo pensarían que estaba loco. Alzó la vista para observar los enormes reflectores que iluminaban la cancha, la única ventaja de hacer ejercicio a esas horas, era que ninguno de sus compañeros lo vería hacer el ridículo.

Syaoran amarró una cuerda alrededor de la cintura de Hiraguizawa, y el otro extremo a la suya, de esa forma se aseguraría de que el holgazán de su compañero realizara el tiempo de ejercicio estipulado.

—Si te detienes un par de segundos, ten por seguro que te arrastraré por todo el campo —advirtió el ambarino comenzando a trotar.

Eriol resopló guardando sus gafas en el bolsillo de su sudadera.

—¿Dónde está Kerberos? —protestó desperdiciando el poco oxigeno que contenían sus pulmones—. Se supone que él tiene que bajar esa barriga de pelota de beisbol que ha desarrollado, pero al paso que va, terminará convirtiéndose en una de fútbol.

Syaoran sonrió marcando el tiempo de la primera vuelta en su cronómetro.

—Sakura —murmuró—, al principio se quejaba del sobrepeso de Kerberos. Luego se desvió de su plan de una dieta balanceada, y el plan fracaso por completo cuando el animal fingió lastimarse una pata debido al ejercicio con su rueda.

—Ah, entiendo —jadeó Eriol contando la segunda vuelta—. Ella se sintió culpable y lo compensó con comida.

—Así es —repuso Syaoran—. Pero su inasistencia al entrenamiento no es lo que me preocupa. A la hora de la cena, se comunicó conmigo para informar que Sakura se encontraba indispuesta, dice que sólo refiló su depósito de comida y se tumbó a quejarse sobre la cama.

—No te preocupes —Eriol se adelantó para trotar a su lado, sonriendo cálidamente—. Deben ser problemas menstruales.

—Para ti, todo el tiempo son problemas menstruales. Sakura no es la histeria de Daidoji, quien sí saca a relucir sus cambios hormonales —Eriol frunció el ceño y Syaoran se encogió de hombros—. Es la verdad, además Sakura ha perdido peso en estas semanas, se queda dormida en clases o durante el almuerzo, y ayer casi se desmaya en clase de gimnasia.

—Sueño, mareos, desmayos… —susurró Eriol con la mirada fija en sus tenis blancos—. Oye, Syaoran. ¿No habrás metido la pata con Sakurita, verdad?

Syaoran chasqueó la lengua marcando su quinta vuelta.

—No seas imbécil. Sabes que no puedo tocarla, por más que quiera.

Inconscientemente, aumentó la velocidad de su trote. Su vida era similar a la actividad que realizaba, por más que corriera, por más que se esforzara, siempre llegaría al mismo punto, siempre estaría encerrado en el mismo espacio habiendo tantos caminos por recorrer.

Él nunca había renegado de su existencia hasta el día en que conoció a Sakura. Encontrarla fue una bendición para una parte de su corazón, mientras que para la otra fue una desgracia completa. Estar con ella, era como vivir y morir al mismo tiempo. Vivía con sus sonrisas, con sus abrazos y con los pocos besos inocentes que habían intercambiado; moría cada vez que se separaba de ella, por las noches cuando ansiaba tanto saltar de su ventana e irse a meter en la cama de ella, pero el golpe más duro era verla o imaginarla en brazos de otro…

—Ya —gimoteó Hiraguizawa apartando el sudor de su frente—, hemos dado las diez vueltas.

—Dos más —agregó Syaoran un poco abstraído.

Eriol se sentía desfallecer a la doceava vuelta, en cuanto Syaoran frenó su trote, cayó derrotado sobre la grama. Una risita delicada, pero burlona le incitó levantar la vista. Tragó en seco al borde de una posible hemorragia nasal.

Syaoran alzó las cejas, mirando con recelo a la intrusa.

—¿Se te perdió algo, Daidoji? —preguntó desatando la cuerda de su cintura.

Tomoyo le devolvió una mirada socarrona, cruzándose de brazos.

—No, simplemente es divertido ver como paseas a tu mascota —respondió refiriéndose a Eriol, quien seguía atado a la cuerda.

Syaoran pensó en algunas frases hirientes para la estúpida que había ofendido a su compañero, sin embargo no tuvo la necesidad de utilizarlas, ya que Eriol se giró rápidamente quedando de espaldas sobre la grama.

—¿Sabes, Daidoji? —musitó acomodándose las gafas—. Es divertido verte las bragas.

Tomoyo soltó una maldición apretando las rodillas y cubriéndose con la escasa tela de su minifalda.

Syaoran rió, tendiéndole una mano a Eriol para que se levantara del piso.

—Eres un idiota —gritó avergonzada la amatista.

—Gracias —respondió con cortesía Hiraguizawa—. Me da gusto que ambos disfrutáramos del espectáculo de esta noche —acercándose a ella, le susurró al oído—: aunque creo que el amarillo no es tu color.

Tomoyo apretó los puños, sonrojándose hasta las orejas. Por el momento, dejaría las cosas tal y como estaban, ya vería el idiota ese durante el campamento. Les dio la espalda a los jóvenes, y como digna líder de las Heart Jewelry, se marchó con la frente en alto.

Syaoran rodeó los hombros de Eriol con el brazo y lo condujo hasta su habitación. Atónito por su minuto de valentía, el oji-azul se dejó arrastrar por su compañero. Ni en sus sueños más sucios había imaginado las bragas de Tomoyo, ahora no podía cerrar los ojos sin evitar rememorar esa imagen.

*.*.*

Sakura tanteó sobre su mesita de noche dejando caer su frasco de medicinas. Incorporándose con dificultad, gimió al notar que el frasco estaba vacío. Se encogió sobre la cama, esbozando una mueca de desagrado ante el sabor metálico de su boca. Aquella no había sido una buena semana, las pastillas ya no tenían ningún efecto sobre sus síntomas, que al parecer estaban regresando con más fuerza que antes.

Con los ojos nublados por las lágrimas y el sudor que corría por su frente, miró la puerta con la esperanza de que Kaho se apresurara con su nuevo tratamiento. Hace unos minutos creyó que moriría en el baño, durante su último atracón. Ahora tendría que decirle a Kaho, que comenzaba a vomitar sangre, de nuevo. Apretó las rodillas contra su pecho, asustada. Seguramente esto último, le garantizaría un pase de lujo al hospital, quizás debería escribir una carta de despedida para sus amigos y marcharse a morir de una vez por todas lejos de ellos.

Había sido tan estúpida cuando le comentó a Kaho que quería luchar por su vida porque lo único que deseaba en ese momento era dejar de sufrir, y si morir era la solución lo aceptaría resignada.

—De todos modos, siempre he sido una cobarde —se lamentó entre sollozos.

Kero la observaba desde la jaula con una semilla de girasol entre sus manos. No entendía por qué nadie auxiliaba a la pequeña Sakura cuando era tan evidente su sufrimiento. Pensó en comunicarse con Syaoran para informarle la gravedad del asunto, pero su amo no sería de utilidad en esa situación porque no podía realizar hechizos curativos, no le quedaba más opción que esperar a que Sakura se quedara dormida o en última instancia, a que se desmayara del dolor para ayudarla.

Dejó caer la semilla que sostenía y abrió la puerta de su jaula, adoptando su forma de muñeco. Como solía decir Syaoran: "a la mierda", no soportaría un minuto más escuchándola llorar y quejarse de esa manera.

—Otra vez —gimió la esmeralda—, otra vez haz regresado a ayudarme.

Kero frunció ceño, rodeando la desmejorada figura de la castaña. ¿Otra vez? Pero si era la primera vez que él se presentaba de esa forma ante ella. Además, era imposible que ella pudiese verlo a menos que él así lo deseara, y ese definitivamente no era el caso. Levitó frente a su rostro, moviendo los brazos y haciendo algunas muecas con la cara, sin embargo los ojos de Sakura continuaban fijos en la puerta.

Entonces ella no podía verlo, sólo reconoció su presencia.

—Kira —murmuró extendiendo sus brazos—, por favor.

El guardián de Syaoran reposó con desconfianza sobre su pecho, después de ayudarle tendría que presentarse ante ella, y exigirle una explicación. Rodeó con su aura el cuerpo de la castaña, soltando una exclamación sorprendido. El cuerpo de Sakura no se repondría con un hechizo básico de curación, ella requería energía pura.

Asustado por la cantidad de energía que absorbería de su cuerpo, intentó retirarse pero una segunda capa de energía se lo impidió. No podía escapar del regazo de castaña, el color de su aura era azul, y a juzgar por el violáceo velo que envolvía el cuerpo de ambos, dedujo que la segunda aura era de color rojo. Chilló encima del empapado camisón de Sakura, al momento en que la energía comenzó a salir de su cuerpo, luchó para incorporase un poco y admirar el flujo de energía que lo unía al cuerpo de la esmeralda.

—Sakura —advirtió preocupado Kerberos—. Es suficiente —Ella ya no estaba drenando su energía, sino la de Syaoran.

—"Si continuamos de esta forma, esta mocosa nos matará" —pensó Kero—. "Y si Syaoran no se hubiese colocado la Jikaido de conexión, ya habría terminado conmigo".

El guardián cerró los ojos, lamentándose porque para romper la cápsula de energía en la que se encontraba atrapado, tendría que sobrecargarla hasta hacerla explotar, y todo eso repercutiría en el cuerpo de su dueño.

Con esfuerzos, logró dividir el flujo de energía, una parte continuaba nutriendo el cuerpo de Sakura; la otra, se estaba dispersando en la atmósfera. Kero se recostó de nuevo sobre el pecho de la castaña, al borde del llanto. Su pequeño cuerpo no era apto para canalizar esa cantidad de energía. Las entradas y salidas de luz, eran similares al penetrar de mil agujas en su espalda, por idiota había comprometido la estabilidad propia y la de su dueño. Casi pierde el sentido cuando dejó de recibir energía de Syaoran; sin embargo, no podía dejar su estrategia a medias.

—Siento habernos metido en este problema, amo —murmuró expandiendo al máximo las ultimas reservas de energía que le quedaban. Las partículas de luz chocaban violentamente contra el aura violácea que los cubría. El guardián cerró los ojos rogando para que aquello fuese suficiente. De lo contrario, tendría que sacrificar su cuerpo para liberarlos, y lo haría con tal que Syaoran estuviese bien.

Sakura abrió los ojos a consecuencia de la elevada temperatura de su cuerpo, cubriéndoselos rápidamente con un brazo por el cegador caleidoscopio de colores que la rodeaba. Gimió arqueando su espalda e instintivamente se cubrió el rostro con las manos, al escuchar el estruendoso e hiriente sonido del cristal al romperse. Se sentó jadeando sobre la cama, la piel de su cuerpo ardía como los mil infiernos. Se sorprendió al ponerse de pie, ya que sus piernas la sostenían con una firmeza increíble.

Bajó el rostro y se cubrió la boca con una mano, el piso de su habitación se había convertido en una nube violácea. ¿Estaría muerta? Porque ni el más loco de sus sueños se hubo sentido tan revitalizada. Caminó con tiento a través de la extraña neblina morada y su corazón dio un vuelco al encontrar a Kaho en el umbral de su recamara.

—¿Lo ves, Kaho? —preguntó examinando los rincones—. ¿Sientes esa calidez en el ambiente?

La mujer se acercó a Sakura, colocando una mano en su frente.

—Yo no veo nada, querida —mintió—. Posiblemente sean alucinaciones provocadas por la fiebre.

—P-pero, yo lo veo —insistió Sakura señalando el piso—. Míralo, es como una nube morada decorada con diamantina.

Kaho encaminó a Sakura a la puerta del baño.

—No hay nada ahí, Sakura —repitió—. Comienza a llenar la bañera con agua fría, estaré contigo en unos minutos.

Mizuki empujó a la chica adentro del cuarto de baño y cerró la puerta tras ella. Regresó al lugar de los hechos y sonriendo levantó a Kerberos, quien yacía desfallecido al lado del armario.

—Lo siento —susurró acariciando con un dedo la cabeza del guardián—, pero si tengo que elegir entre ella y ustedes dos, me quedo con ella —decía declarándose culpable del delito—. Lo haré cuantas veces sea necesario, hasta que ella se vuelva inmune a su energía.

Movió su mano en el aire, y con los residuos de energía sobrantes de la explosión, formó un denso remolino que expulsó por la ventana. Ahora no quedaba evidencia alguna de lo que hizo.

Depositó al guardián de Li en su respectiva jaula y salió de la habitación. Sólo le restaba suplicar a los cielos para que Fujitaka no se enterara de lo ocurrido esa noche.

*.*.*

Syaoran trabajaba en las clases de autoestima que le impartía al oji-azul frente al espejo, mientras Eriol pinchaba con un dedo sus pectorales. El primer paso según Syaoran, era aceptarse a sí mismo. Bueno, él se aceptaba pero no le gustaba estar encerrado en el baño con Syaoran desnudo a su lado.

Hiraguizawa miró su cuerpo flacucho y suspiró.

—Oye, ¿crees que algún día tendré unos músculos igual a los tuyos? —preguntó delineando con los dedos los bíceps del brazo derecho del castaño.

Syaoran apartó el brazo horrorizado, tampoco le gustaba estar encerrado en el baño con Hiraguizawa escudriñando cada parte de su cuerpo. Eriol se cubrió sus partes nobles con las manos cuando sintió la mirada de Syaoran deslizarse por su desnuda anatomía.

—No, creo que no llegaras a tanto —dijo esbozando una mueca socarrona—. He entrenado casi desde que nací para obtener este cuerpo.

Eriol suspiró, buscando la mirada de Syaoran en el espejo.

—Parecemos un par de culeros —musitó—. No entiendo por qué hacemos esto, con o sin ropa me queda claro que tú tienes un físico espectacular.

Syaoran alzó una ceja.

—Creo que pasar tanto tiempo conmigo te está haciendo daño —se mofó cubriéndose la cintura con una toalla—. El señorito acaba de utilizar una palabra coloquial.

—Deja de burlarte —protestó cruzándose de brazos—. He tenido suficiente por esta noche.

Syaoran se encogió de hombros.

—Tienes razón, yo no soy tan sexy como Daidoji —sonrió por el violento sonrojo de su compañero—. La razón por la que hacemos esto, ni yo mismo la sé.

Eriol se golpeó la frente con la pared, quizás Syaoran simplemente quería verlo desnudo para intimidarlo o en el peor de los casos, seducirlo. Desconfiado corrió a ponerse sus pantalones, y regresó al baño.

—Cuando era niño —habló Syaoran recuperando su seriedad—, solía compararme todo el tiempo con papá.

—Querías parecerte a él —afirmó colocando una mano en el hombro de su amigo.

Syaoran resopló.

—En realidad lo hacía porque buscaba una diferencia entre nosotros, en el físico, en el carácter, en lo que fuera; sin embargo —susurró acariciando su reflejo—, no veo ninguna. Todo lo que soy, todo lo ves y conoces, no es Syaoran; Syaoran Li, para mí sólo es un nombre, sólo es el modelo que tiene que dar la cara como primogénito de la familia Li, el que es idéntico a su padre. Detrás de él estoy yo, un joven asustadizo y ridículo que sueña con ser normal porque conoció a una niña a la que adora con toda su alma. El yo que sueña, el yo que ama, el yo llora, se esconde en la sombra de este extraño —confesó cerrando su mano en el espejo.

Eriol se paró atrás de él, colocando ambas manos sobre sus hombros.

—Aún no es tarde para empezar a conocerte, amigo —alentó sonriendo tranquilizadoramente. Kerberos ya le había mencionado la muerte del padre de Syaoran, pero debido a su reciente declaración, comprendía que a Syaoran no le dolía la muerte de ese sujeto sino que sentía un profundo rencor por el hombre—. No es tarde para que realices tus sueños, y aunque tú no quieras reconocerlo, ya amas a alguien. Sé que en algún rincón de tu corazón tienes albergado un noble sentimiento para Sakura, para tu familia, incluso para mí, hay algo en esa piedra carmesí.

Syaoran bajó el rostro presionando con todas sus fuerzas el lavabo, odiaba tanto sus momentos de debilidad, y las palabras del idiota de Eriol eran tan alentadoras que le provocaron un desgarrador nudo en la garganta.

—Tampoco es tarde para llorar —agregó Eriol dulcificando su expresión, ante los inaudibles sollozos del castaño—. Cuando murió tu hermana, ¿no lloraste?

—No —respondió con un hilo de voz.

—Hazlo, Syaoran. Permite que el verdadero Syaoran Li, comience a vivir de verdad.

—Con un demonio, cállate —ordenó rompiendo en llanto el castaño—. Hubiese preferido mil veces quedarme escondido tras que el cabrón que era hace algunas semanas. ¿Crees que para mí fue fácil abrir los ojos y darme cuenta que hay personas que realmente me aprecian? ¿Crees que es fácil amar a alguien hasta con la última célula de tu cuerpo y saber que nunca será tuya, que ni siquiera puedes tocarla? ¡Duele, idiota! Duele mucho… —gimió apartando unas lágrimas de su rostro.

Eriol soltó una risita.

—Eso es vivir, Syaoran.

—Te odio, maldito imbécil —repetía sin dejar de llorar—. Si le dices a alguien que me viste llorando, juro que te mato.

Eriol rodó los ojos, ¿ese era el Syaoran sensible? —"Vaya sujeto" —pensó divertido.

Syaoran empezó a sentir cierto malestar y se preguntó si se debía a su terapia del llanto con Hiraguizawa. Se apoyó en el lavabo descartando esa posibilidad, el ardor palpitante en sus venas le indicó que se debía a una fuga masiva de energía.

Eriol se apresuró a sostener a Syaoran para que no cayera de golpe al piso, estaba a punto de reprenderlo por jugar de esa manera con sus nervios, no obstante sus acciones se redirigieron a auxiliarlo al notar la palidez de su rostro y la sudoración fría que envolvía su cuerpo.

—¿Qué te sucede? —preguntó espantado Eriol. Syaoran prácticamente se convulsionaba en sus brazos.

El castaño tomó una bocanada de aire.

—Kerberos —jadeó aferrándose con fuerza a los hombros de su compañero—, algo le sucede a él.

Eriol incapaz de decir palabra, observaba como Syaoran derramaba lágrimas silenciosas con cada segundo que transcurría. El castaño gruñó ahogando un grito de dolor, se sentía morir junto con las células de su cuerpo que se estaban destruyendo debido a la perdida de energía.

Eriol recostó a Syaoran en piso, cuando sus temblores aminoraron. Se pasó una mano por el cabello, desesperado. Detestaba sentirse impotente en las situaciones sobrenaturales como esa. Se arrodilló junto al cuerpo de su amigo y lo sacudió sutilmente para saber si continuaba con vida.

Syaoran entreabrió los ojos.

—Pínchame el dedo —pidió en un susurro.

Eriol sin pensarlo buscó un alfiler o un instrumento similar en el cajón del baño. Suspiró victorioso al encontrar un ganchito de ropa. Con temor, pinchó el pulgar del ambarino.

—Tu sangre es roja.

Syaoran se arrodilló apoyándose en el lavabo, respirando con dificultad. Tenía verificar el estado de su guardián, Kerberos no sería capaz de drenar completamente su energía por más glotón que fuese.

—¿Qué rayos tiene en la espalda? —gritó Eriol con el rostro desencajado.

Syaoran exhaló sorprendido.

—Son mis Jikaidos… ¿Puedes verlas?

—Si —contestó ayudándole a ponerse en pie.

—Entonces, estoy más grave de lo que pensaba —indicó antes de desvanecerse.

Eriol cayó al suelo junto con Syaoran, el tipo pesaba demasiado como para cargarlo hasta su habitación, no le quedó otra opción más que arrastrarlo fuera del baño.

Dio algunas vueltas en la recamara, a lo mejor sería conveniente salir a buscar a Kerberos por su cuenta, pero si el guardián se encontraba en las mismas condiciones que su dueño no sería de mucha utilidad. Una iluminación divina le hizo recordar a Evangeline, corrió por su teléfono móvil e impaciente esperó su respuesta.

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Evangeline se sostenía con manos y rodillas en el piso. Ladeó el rostro, limpiando con su hombro el hilo de sangre que corría por su mandíbula.

—Lo has hecho muy bien el día de hoy —reconoció su padre arrojando su espada a los pies de Airi, quien se encontraba observando el entrenamiento de su dueña desde la esquina del gimnasio—. Aunque todo sería mejor si hubieses nacido hombre.

Evangeline apretó los puños, mordiéndose el labio inferir para no soltar un sollozo.

—Lo mínimo que puedes hacer —continuó Sheng—, es ganar el torneo y honrar el nombre de la familia Fa, convirtiéndote en la esposa de nuestro nuevo líder.

—Lo haré —masculló Evangeline con sus ojos clavados en el suelo—. "Y si es con Syaoran, mucho mejor".

Su padre se agachó frente a ella y la obligó a levantar el rostro, apretándole con fuerza la mandíbula.

—¿Cuántas veces te he dicho que no me hables de esa manera?

Evangeline tragó saliva.

—Siempre me lo has dicho —respondió con la voz temblorosa—. Ningún miembro de nuestra familia debe bajar la mirada ante nadie.

Sheng sonrió, besando la frente de su hija.

—Esa es mi pequeña, ahora ponte de pie —ordenó incorporándose.

Evangeline se encontró incapaz de mover un solo músculo, su padre no la dejaba pasar un solo día sin entrenar y se cuerpo había llegado a su límite.

—No puedo —susurró recargando la cabeza en sus manos. Siguió con la mirada los pasos de su padre, y se dejó caer de lado cuando el hombre la remató con una violenta patada en el abdomen.

—Descansa entonces —indicó con desdén, encaminándose a la salida del gimnasio—. Espero que puedas ponerte de pie para mañana, mi Eva.

Airi dio un respingo por el portazo que anunció la desaparición del verdugo de su querida dueña. Recogió su espada del piso y corrió al lado de Evangeline.

—No me toques —espetó la rubia evitando que Airi la levantara del piso.

La guardiana adoptó la forma de su dueña.

—Pero amita, ni siquiera puedes moverte —insistió acariciando su mejilla.

—¡He dicho que no me toques! —gritó sollozante. Llegaría por si sola a su habitación así tuviera que arrastrase por toda la casa para lograrlo.

Miró las pequeñas gotas de sangre sobre el piso y comenzó a contarlas una por una. Era lo que solía hacer desde que tenía memoria, sonrió al percatarse de que con el pasar de los años, estas disminuían en cantidad y en diámetro. Pese a que perdió el encuentro con su padre, sabía que le había hecho daño, y esa era la mayor de sus satisfacciones.

Cerró los ojos deseando que la fecha del torneo se aproximara, si bien no viviría un cuento de hadas al lado de un hombre que no la amaba, viviría más tranquila con el poco cariño y respeto que su esposo quisiera darle.

Airi aprovechó la pérdida de conciencia de la chica para trasladarla a su habitación, lamentándose por el deplorable estado de su dueña.

—Te dije que no me tocaras —musitó Evangeline.

—No tengo porque obedecer tus caprichos.

La rubia sonrió con pesadez.

—El brazo izquierdo de papá estaba sangrando, ¿verdad?

—Sí, Eva. Conseguiste lastimarlo en serio. Lo que significa que tu madre te reñirá.

Evangeline chasqueó la lengua.

—Me vale lo que tenga que decirme, se supone que ella es la que debería prepararme para el torneo. No sería más flexible que papá, pero sus golpes dolerían menos.

Ambas guardaron silencio el resto del camino. Evangeline descansó la cabeza en el pecho de su guardiana hasta que llegaron a su habitación. Airi la colocó sobre la cama, y Evangeline como toda chica testaruda se puso de pie con dificultad para cambiarse de ropa.

La guardia inclinó la cabeza extrañada.

—Alguien te está llamando —avisó señalando el objeto brillante sobre la cómoda.

—No contestes —resopló exasperada la chica.

—Dice… Eriol —leyó con dificultad.

—Eriol —Evangeline frunció el ceño, arrojando su ropa contra la pared, ¿por qué el idiota de Syaoran escogía los peores días para meterse en problemas? —Responde y pregúntale lo que necesita.

La guardiana asintió.

—Aquí, Airi.

Evangeline suspiró sentándose en la cama. Se llevó una mano al pecho, tratando de disminuir la dolorosa opresión que la embargaba. Por ningún motivo permitiría que Syaoran la viese convertida en una piltrafa humana, su rostro estaba casi irreconocible a consecuencia de los arduos entrenamientos de esas semanas, ni siquiera había asistido al colegio por ese motivo. Además, el cuerpo le dolía horrores, su energía habitualmente atractiva estaba disminuida, era casi imperceptible. Y Evangeline sabía que lo único que le atraía a Syaoran de ella, era la fuerza de su energía, por lo que no accedería a verlo esta vez.

—¡Que su sangre es roja y puedes ver sus Jikaidos! —vociferó Airi—. ¿Pero que fue…? ¡No lo sabes! —La guardiana comenzó a caminar histérica por toda la habitación—. Evangeline tiene sus problemas en este momento, amigo. ¡Me importa un rábano que Li se esté muriendo!

—¡Airi! —reprendió Evangeline fulminándola con la mirada—. Dile a Eriol que estarás ahí en unos minutos.

—P-pero…

—Obedece.

Airi gruñó, cortando la llamada. Se acercó a la cama y posó una mano en la cabeza de Evangeline.

—No quiero dejarte sola —replicó después de un minuto de silencio.

Evangeline la miró con sus ojos avellanas inundados de lágrimas.

—Yo lo quiero, Airi. Sabes lo importante que es Syaoran para mí, y por eso… Él no puede verme en estas condiciones. Ayúdalo tú, ¿sí?

Airi la obligó a recostarse y la cubrió con sus sabanas de seda blanca.

—Está bien, te mantendré informada.

Evangeline acomodó la cabeza en su almohada y abrazó el peluche que Syaoran le regaló en su cumpleaños número trece.

—Cuídalo mucho y no regreses hasta que él esté bien.

*.*.*

Eriol suspiró recostándose en la mesa del laboratorio de química.

—¿Qué me ves? —espetó curiosa Airi apagando el mechero bunsen.

—Nada, es solo que es raro verte y saber que no eres Evangeline.

Airi gruñó trasladando el contenido del beaker que sostenía a un par de termos.

—Ya deberías estar acostumbrado, ¿acaso Kerberos no se convierte con frecuencia en su dueño?

—No, la verdad prefiere convertirse en cualquier animal que no sea Syaoran.

Airi sonrió entregándole uno de los termos al oji-azul.

—Encárgate de que Syaoran beba esta infusión, tenemos que estabilizarlo a él primero para que Kerberos se reponga —indicó dirigiéndose a la salida del laboratorio—. No lo dejes salir de su habitación hasta que se reponga un poco, he colocado unos sellos de protección para que los espíritus no lo molesten. Además, me urge que Kerberos despierte.

Eriol bajó del banco en el que se encontraba sentado y corrió para darle alcance a la guardiana. Asomaron la cabeza por el oscuro pasillo del colegio y continuaron con paso seguro al no advertir ninguna presencia.

—¿Por qué? —interrogó Hiraguizawa.

—A Syaoran le faltan Jikaidos protección, me extraña que su padre no se las haya colocado en su niñez.

Eriol levantó cejas trotando escaleras abajo.

—Quizás lo hizo con algún propósito —opinó vacilante.

—Lo importante es que sin ellas está expuesto al dominio de espíritus malignos, no podrían controlar su cuerpo porque esas Jikaidos sí las tiene, pero podrían jugar con su mente al punto de enloquecerlo.

Eriol empujó la puerta haciéndose a un lado para que Airi saliera primero, ambos se miraron a los ojos a través de la penumbra e intercambiaron una ligera sonrisa.

—Yo me encargaré de Kerberos, no te preocupes —se despidió Airi adoptando su falsa identidad.

Hiraguizawa asintió ampliando su sonrisa. Airi era un muñeco más estilizado que Kerberos, con orejas puntiagudas y hermosas alas de libélula. La guardiana estiró su cuerpo perezosa, entrecerrando sus felinos ojos violetas.

—Yo cuidaré de Syaoran —anunció Eriol apretujando el termo contra su pecho—. Tú también debes descansar un poco, y recuerda que ante Sakura serás su segunda mascota.

El rostro de Airi se desencajó.

—Oh, me olvidé de esa mocosa —agitó sus alas dándose golpecitos en la frente con su termo—. Puede estar herida, ¡hay que ayudarla! —chilló elevándose por los aires en dirección al dormitorio femenino.

—¡Recuerda mantenerme informado!

*.*.*

Sakura se acercó dando saltitos de alegría a la jaula de sus hámster, al despertar se llevó la tremenda sorpresa de que Kaho ya le había conseguido la hembra que encargó para Kero. Seguramente la mujer regresó a la recamara cuando ella estaba dormida, después se daría una vuelta por la biblioteca para agradecerle.

La compañera de Kerberos era blanca con un par de parches grises en la espalda. Hizo un puchero al notar que el holgazán de Kero continuaba dormido, mientras su pequeña novia corría en la rueda como si intentara llamar su atención.

Sakura juntó sus manos sobre su pecho y suspiró soñadoramente.

—Ahora a esperar que se reproduzcan —exclamó con inocencia—. Le regalaré un bebé a cada una de mis amigas, y cuando yo no pueda cuidar más de ustedes, pasarán a manos de Syaoran.

Tomó su carpeta y al no encontrar a Tomoyo en su recamara, decidió ir directo al salón de clases. Durante su recorrido disfrutó de los aromas circulantes en el aire, de la suave brisa que revolvía sus cabellos y ondeaba la falda de su uniforme, hacía mucho tiempo que no sentía tan bien, que ya ni siquiera recordaba lo que era vivir sin ingerir medicamentos o soportando dolorosas inyecciones.

Subió las escaleras de dos en dos y fue de las primeras en entrar al aula de clases, estaba ansiosa por contarle a Syaoran de la novia de Kero. Sin embargo, los minutos pasaron, sus compañeros se acomodaron cada uno en su mesa y Syaoran no llegaba.

Eriol entró al salón con cara de pocos amigos, evidentemente trasnochado, por lo que resolvió no preguntarle nada. Se alisó la falda del uniforme, acomodó su cabello, y se miró furtivamente en el espejo verificando su maquillaje, todo estaba perfecto a excepción de la ausencia del ambarino.

Giró el rostro al escuchar los débiles ronquidos Eriol, quizás los chicos se habían desvelado conversando o jugando videojuegos. Exhaló decepcionada y abrió su carpeta, dándole los últimos retoques a su tarea de física.

Su corazón se aceleró al percibir una presencia masculina junto a ella y su sonrisa desapareció convirtiéndose en una mueca de desagrado para el intruso.

Kyoji le rodeó los hombros con el brazo y la sostuvo sutilmente de la mandíbula.

—Hoy te ves radiante, Sakura —comentó con sinceridad Hideki—. ¿A quién le debemos el gusto de devolverte tu energía?

Sakura frunció el ceño marcando distancia entre ellos con sus brazos.

—No sé a qué te refieres.

Kyoji rió entre dientes.

—No importa, eres demasiado estúpida para comprenderlo pero —espetó mordiendo el lóbulo de su oreja—, me alegra que estés tan linda y recuperada, así podré disfrutarte más.

Sakura apartó el rostro, limpiándose la oreja con asco.

—Vete —musitó—, no te quiero cerca de mí.

—No eres nadie para darme ordenes, Kinomoto —ironizó liberándola de su agarre—. Y por lo que se ve, Li no vendrá, así que me quedaré para hacerte compañía.

Sakura rodó los ojos en un acto de rebeldía, afiló la punta de su lápiz y se encargó de mantenerse a una distancia prudencial de ese idiota durante las clases. De cualquier modo, si intentaba propasarse con ella metiéndole la mano debajo de la falta como acostumbraba hacer, le clavaria su lápiz en la ingle por abusivo. Ese día se sentía osada, así que nadie podría contra ella.

*.*.*

Syaoran escupió la asquerosa infusión de flores de Ruby Moon que Eriol le dejó sobre la mesa, prefería morir antes que beberse esa cosa. Miró su emblema vacío mientras se abotonaba la camisa del uniforme, tenía que salir a comprobar él mismo el estado de su guardián y el de Sakura. En esos momentos no era de mucha utilidad, pero no era ningún estúpido para esperar a que las repuestas llegaran del cielo. Se echó la chaqueta sobre el hombro y salió del edificio.

A juzgar por la posición del sol, debían ser las once de la mañana. El camino estaba completamente desolado, ni un alma se paseaba por los alrededores, aunque eso no podía asegurarlo. La mayoría de sus sentidos se encontraban desactivados por la escases de energía en su cuerpo, prácticamente solo era un humano común y corriente. Debía reconocer que se sentía indefenso y malditamente cansado, su malhumor rebasó los límites existentes al irrumpir en el salón de clases.

El cabrón de Hideki estaba picando la mejilla de Sakura con un lápiz y la castaña parecía esforzarse por ignorarlo. Avanzó hasta el pupitre que compartía con Sakura y se inclinó sobre la mesa.

—Syaoran —murmuró Sakura abriendo sus ojos desmesuradamente.

—Desocupa mi lugar en este mismo instante —musitó el castaño tronando los dedos.

Kyoji esbozó una mueca socarrona.

—La mesa no te pertenece, idiota.

Syaoran empujó la mesa de una patada, llamando la atención de sus compañeros que esperaban la llegada del profesor Terada.

—Entonces quédate con la mesa —gruñó tirando del brazo a Sakura.

Eriol se restregó los ojos adormilados y limpió los rastros de saliva de boca. ¡Había dormido toda la mañana!

—Comenzaba a creer que habías muerto —se burló Tomoyo admirando la escenita que estaba montando el gótico—. Mira, tu amigo tan salvaje como siempre.

—Syaoran —jadeó Eriol, ese idiota nunca aprendería a obedecer sus recomendaciones.

Hideki chasqueó la lengua.

—No me digas, ¿y tú te quedarás con Sakura? ¡Que romántico! —dijo restándole importancia al asunto—. Anda, te la prestaré unos meses para que juegues con ella, al fin y al cabo, no eres nadie en su vida.

Syaoran apretó a Sakura contra su cuerpo.

—No seré nadie, pero le doy el trato que se merece. En cambio tú, sólo la vez como un pedazo de carne con el que quiere joder.

Le dio la espalda, llevándose consigo a la castaña. Sakura escuchó refunfuñar a Tomoyo, pero hizo caso omiso de ella. Lo único que importaba en ese momento, era que su precioso príncipe la había rescatado del horrible dragón.

Acompañados del habitual silencio entre ellos, se escabulleron hasta la terraza. Syaoran se recostó en las sombras estrechando a Sakura en su regazo. La castaña se sonrojó por la electrizante cercanía de sus cuerpos, aunque Syaoran se notaba un poco extraño esa mañana.

—¿Syaoran qué…?

—Cuida de mí, princesa —interrumpió dejándose vencer por el sueño—. Cuida de mi así como yo cuido de ti mientras estoy despierto —murmuró sonriendo—. No, miento… también te resguardo en mis sueños.

Sakura apartó algunos mechones que caían sobre su frente y le depositó un beso en la mejilla.

—Buenas noches.

Syaoran sacó fuerzas de donde no las tenías para devolverle el beso, que prolongaría hasta quedarse dormido. Con los ojos cerrados acarició sus labios con el pulgar, y de no ser por su delicada situación, la habría besado de verdad. Aunque quizás la muerte no sabría tan amarga en sus labios…

*.*.*

El jueves por la mañana los alumnos de preparatoria del Fenix Scolarium, murmuraban histéricos afuera de los autobuses de la institución. Syaoran luchaba por ordenar a su patético grupo de clases, acababan de llegar al bosque Tomuyaki y esos infelices ya estaban protestando.

Exasperado se pasó una mano por el cabello, tomando un sorbo de la infusión que Airi le preparó más temprano. Jodido día el que había escogido Kerberos para meterse en problemas, el animal continuaba inconsciente y tuvo que soportar los llantos de Sakura la tarde anterior porque pensó que Kero había muerto. Graciosamente, la castaña mantenía la ilusión de que Airi estuviese preñada. A Syaoran se le erizó la piel, esos animales habrían sido horribles. Además, no sabía si los guardianes podían reproducirse entre ellos.

—Tal vez —murmuró, ya que Kerberos y todos los guardianes nacían de huevos.

Eriol le dio un codazo, sacándolo de sus cavilaciones. Carraspeó un poco, sosteniendo el listado de distribución de las cabañas. Deslizó su mirada desde el grupo de las Heart Jewelry, quienes parecían estar en una excursión a la playa, con equipaje para un mes completo y no para tres días, hasta el grupo de Shinji y los mafiosos de Yamazaki.

Sakura le sonrió de lejos, agitando una mano en el aire para saludarlo. Lamentablemente, viajaron en autobuses separados. Un ligero rubor "consecuencia de la debilidad" cubrió su rostro. Todo el grupo de las Heart Jewelry, llevaban las camisetas amarradas hasta el ombligo y unos malditos shorts que apenas cubrían sus nalgas. No podría trabajar tranquilo a sabiendas de que Sakura deambulaba por ahí mostrando sus atributos.

—Syaoran —llamó Eriol—, el grupo de Hideki ya se nos adelantó, apresúrate con eso.

—Ah, sí —farfulló parpadeando—. No se hable más, la distribución de las cabañas ya está establecida y no pueden realizarse cambios. Queda claro que los hombres trabajaremos en la siembra de árboles mientras la mitad de las chicas se turnaran para ayudar en el refugio y preparar los tiempos de comida —anunció.

El grupo recogió sus mochilas e hicieron fila para que Eriol les entregara las llaves de su respectiva cabaña. Tomoyo y las demás Heart Jewelry, tomaron prestadas un par de carretas para trasladar su equipaje y utilizaron sus encantos con los chicos para que las ayudasen.

Syaoran tiró del brazo a Sakura, separándola del grupo. Ella sonrió mostrándole la nueva jaula de dos pisos de sus mascotas, alegando que siendo la hija del director gozaba de algunos privilegios.

Él rebuscó en su bolsillo una cadena plateada decorada únicamente con un cuarzo rosa en forma de corazón. Atónita, Sakura permitió que Syaoran se la colocara alrededor del cuello.

—Gracias, es muy bonita —dijo reconociendo la textura de la piedra con sus dedos.

Syaoran alzó una mano para mostrarle una pulsera similar a su collar, con la diferencia de que su piedra era un ónix verde oscuro con algunas líneas blanquecinas.

—Mi piedra es conocida como el guardián de la luz, y la tuya como la piedra del amor —sonrió ante el sonrojo de ella—. Pero no es eso lo que quería decirte, ¿ves las líneas blancas en mi piedra? —Sakura asintió—. Cambiaran de color respecto a tus emociones.

Sakura abrió los ojos desmesuradamente, apretando la piedra que descansaba en su pecho.

—¿Y yo… También podre saber lo que tú estas sintiendo? —tartamudeó bajando la mirada.

—No —Syaoran sonrió con malicia, gracias a los cielos las piedras mostraban únicamente los sentimientos de ella—. Pero no pienses que te la estoy dando para controlarte ni nada por el estilo —Aunque sí había algo de eso—. Te la doy porque así sabré cuando estés en problemas, cuando tengas temor de algo o de alguien, quiero que tengas la seguridad de que yo estaré ahí para protegerte.

Sakura colocó la jaula en el piso y enternecida abrazó al castaño. Él era tan dulce con ella, y cada palabra que le dirigía era el mayor de los privilegios que alguna vez le fue concedido. Sabía que era egoísta porque disfrutaba demasiado siendo la única chica cercana a Syaoran, pero mientras tuviese vida, rogaría para que eso no cambiara.

Airi rasguñó las paredes acrílicas de su jaula, los objetos que Syaoran compartía con Sakura, únicamente se le entregaban a una esposa, y el idiota de Li, acababa de otorgárselos a un simple niña que a lo mucho aspiraba a ser su Kanae. Evangeline se pondría muy triste tan pronto le platicara lo sucedido.

—¡Sakura! —gritó desesperada Tomoyo apareciendo entre los matorrales.

Syaoran gruñó en protesta cuando Sakura se sobresaltó y se separó de él.

—¡Aquí! —respondió la castaña recogiendo la jaula. Le sonrió por última vez a Syaoran, y se marchó con su prima.

*.*.*

—¡Iugh! —exclamó Tomoyo abriendo de una patada la puerta de su cabaña—. Todo esto es asqueroso.

Sakura colocó su jaula en la única cómoda de la habitación y abrió las ventanas.

—A mí me parece muy bonita.

—Claro, ella se conforma con nada —susurró Rika a Chiharu—. No me extrañaré si termina casada con un muerto de hambre solo porque el idiota le dirigió una mirada.

Chiharu se mordió la lengua para no soltar una carcajada y Naoko negó con la cabeza, escogiendo la litera de la derecha.

—Sólo hay dos literas —murmuró Sasaki—. Y nosotras somos cinco.

—No hay problema —repuso Tomoyo—. Yo puedo dormir con Sakura, ¿estás de acuerdo?

—Sí —Sakura respondió subiendo las escaleras de la litera que compartirían con Naoko. Puso su maleta sobre la cama, y extrajo un frasquito color ámbar de su bolsillo. Se dirigió a la jaula de sus hámster, y sacó Kero para administrarle su medicina.

—¿Qué le sucede? —preguntó Naoko.

—No lo sé —contestó avergonzada—. Syaoran dice que suele sucederle, por eso tengo que darle esto —explicó administrándole unas gotas de infusión en la boca.

Kero despertó sintiendo un amargo sabor en su lengua, la primera reacción que tuvo fue morder a la esmeralda. Sakura se quejó y se apresuró a devolverlo a su jaula.

—¡Te ha mordido! —chilló espantada Tomoyo—. Nada que venga de las manos del gótico es bueno. Ahora tendrán que ponerte vacunas antirrábicas por culpa de esa rata.

—Tranquilízate, Tomoyo —dijo Sakura conteniendo las lágrimas.

—Sakura tiene razón —intervino Naoko, sosteniendo la mano herida de la castaña. Tomoyo era una exagerada, apenas le había sacado sangre—. Vamos al refugio para lavarte, quizá ahí puedan orientarnos mejor.

Las chicas salieron despavoridas de la cabaña en busca de ayuda. Airi aprovechó para volver a su forma de peluche y sacó a Kerberos de la jaula, obligándolo a beberse toda la infusión.

—Por el momento tendrás que mantenerte con esto —indicó rodeándolo—. Syaoran no anda muy bien que digamos, así que no puedes alimentarte de él.

Kero abandonó su forma de hámster y se echó derrotado sobre la mesa.

—Quiero regresar con Syaoran —dijo en suspiro lastimero—. Esa niña no es normal, es mala.

—¿Qué fue lo que sucedió exactamente? —interrogó Airi—. Anoche estuviste a punto de morir, tuve que convidarte mi energía para que no murieras y a Syaoran le faltó poco para desaparecer.

—¿Qué tan mal está?

—¡Mal, Kerberos! Sus Jikaidos son visibles, Hiraguizawa y todo el mundo puede verlas en este momento. Utilizamos un poco de maquillaje para ocultar las de sus manos, pero no sirvió de mucho. Además, hay que colocarle las protecciones especiales, no puedo que creer que hayan sido tan ineptos como para no darse cuenta de que no las tiene completas. Aunque reconozco que su padre fue astuto, lo sobrecargó con otras Jikaidos para que no se notara la ausencia de las cruces y nudos esenciales.

—Tengo que hablar con él —musitó entrecerrando los ojos adormilados—. Sakura lo está engañando, ella no lo quiere a él, lo que realmente quiere es su Deixus.

—¿Entonces ella sabe de nosotros? —vociferó la guardiana.

—Tenemos que investigarla, Airi. Si ella fuese lo que pienso que es, no estaría viva a estas alturas.

Airi tragó en seco.

—¿Quieres decir que ella es u-un híbrido?

—Un monstruo mentiroso, eso es lo que es —aseguró la bestia guardiana desmayándose de nuevo.

*.*.*

—¿Ya no duele? —preguntó Daisuke colocando una bandita en el dedo de la castaña.

—N-no —respondió nerviosa, la mirada de ese chico era hipnotizante.

El resto de las Heart Jewelry, suspiraban en una esquina mientras Tomoyo aún no dejaba de sollozar.

Daisuke se incorporó y le tendió una mano a Sakura para salir de la sala de curaciones. El joven era el encargado principal del refugio de animales, estudiante de veterinaria, y voluntario en sus tiempos libres.

—Me informaron que un grupo estaría bajo mi cargo esta mañana, ¿son ustedes? —cuestionó esbozando una hermosa sonrisa.

Las chicas casi se derriten por el gesto.

—Así es —aseveró Tomoyo limpiándose las lágrimas.

Daisuke le ofreció un pañuelo sin soltar la mano de Sakura.

—Ya no llore, señorita. Sakura sobrevivirá.

Tomoyo se sonrojó, utilizando el pañuelo para limpiarse la nariz.

Sakura reprimió un gemido cuando Daisuke comenzó a dibujar círculos en la palma de su mano con el pulgar. Reconocía que las manos de Daisuke eran más suaves que las de Syaoran, y eso era extraño ya que Syaoran era unos cinco años menor que él. Aunque si analizaba mejor la cosas, ella no conocía en lo absoluto al castaño, ni siquiera sabía dónde vivía. Quizás Syaoran tuvo una infancia difícil o realizaba algún tipo de trabajo durante las vacaciones para tener esas manos tan ásperas.

—Es hora de darles de comer a los animales —anunció el chico señalando los costales de comida—. Les mostraré como se hace y luego regresaremos a atender a los heridos.

—Está bien —asintieron las Heart Jewelry.

Cada una cargó un costal a excepción de Sakura, que por estar lesionada recibió ayuda de Daisuke. A él le gustaban las jóvenes tímidas y Sakura era la timidez e inocencia personificada, además, le gustaban los animales y ese era otro punto a su favor.

—Oye, Sakura. ¿Tienes novio? —preguntó curioso sirviendo la comida de los conejos.

Sakura presionó el dije sobre su pecho.

—No —susurró con las mejillas ruborizadas.

Daisuke se paró atrás de ella, pasando los brazos alrededor de su cintura para cerrar la jaula de los conejos. Sakura dio un respingo por la cercanía del sujeto, girando el rostro de un lado a otro en busca de Tomoyo, pero su prima estaba distraída luchando con las ardillas.

—Sabes, dentro de poco se inaugurará la reserva oficialmente, me gustaría mucho invitarte.

El cálido aliento de Daisuke chocó con su nuca y ella se hizo a un lado intentando escabullirse.

—Lo siento, no me dejan salir del colegio.

Daisuke sonrió pisándole los talones, capturando su mano de nuevo.

—Eso puede arreglarse, siempre y cuando tú quieras venir.

Sakura exhaló. La mirada de Daisuke, el tono de su voz, la forma en la tocaba, todo eso era demasiado para ella. Tenía que huir de inmediato, ella no sería una víctima de los seductores de los que tanto hablaban sus amigas.

*.*.*

Los varones que se encontraban bajo el cargo de Syaoran, no se cansaban de lanzarle ovaciones a su líder. ¡Prácticamente había terminado el trabajo él solo! Los chicos simplemente le miraban cavar hoyos en la tierra como si fuese un poseso.

El grupo de Hideki, por otro lado, apenas había comenzado sus labores.

Eriol distribuyó a los chicos en dos subgrupos: los que plantaban los árboles, y los encargados de acarrear el agua desde el manantial.

Syaoran enterró su pala en la tierra lanzando un gruñido de frustración. ¡Maldita fuera la hora en la que decidió regalarle aquella piedra a Sakura! Las franjas blancas de su ónix no dejaban de tornarse de color rosa, lo que significaba que ella estaba agradablemente nerviosa por algo o por alguien.

—¡Y no es por mí! —gritó arrojando su pala.

Eriol le facilitó una toallita facial y en lugar de agua le obligó a beber de nuevo la asquerosa infusión. En condiciones normales, él no estaría sudando ni jadeando por el cansancio, simplemente estaría celoso hasta la médula, pero al parecer los males se le habían juntado. Se sentó sobre un enorme tronco y se sorprendió al admirar el número de hoyos que cavó en tres horas.

—Estoy jodido —suspiró revolviéndose el cabello.

—Se nota —ironizó Hiraguizawa recostándose en el tronco—. ¿Qué es lo que te molesta ahora?

—¿Cuánto falta para el almuerzo? —cuestionó jugando con su ónix, que ahora era de color amarillo, lo que significaba que ella estaba feliz. ¿Feliz? No, estaba regalándole sus sonrisas a otro cabrón.

—Oh, ya es hora. Puedes adelantarte si quieres, yo me encargaré de los chicos.

Syaoran no lo pensó dos veces y emprendió el tortuoso camino a los comedores. Tenía demasiadas preocupaciones en la cabeza como para comportarse de una manera tan infantil, el problema era que no podía contenerse. Al lado de Sakura conoció nuevas facetas de sí mismo, ahora sabía que era alguien sensible, cariñoso y excesivamente celoso.

Divisó la cabaña en la que se reunirían, los maestros encargados de cada grupo ya se encontraban adentro. Su mirada se deslizó por toda la salita de estar en busca de la castaña, Rika y Chiharu estaban cuchicheando en un sofá cerca de la chimenea. Tomoyo se encontraba detrás de la mesa de servicio, posiblemente ayudaría a repartir los almuerzos junto con Naoko. Caminó escudriñando con sus ojos ambarinos a los ocupantes de cada mesa, sin embargo no había rastro de Sakura.

Giró sobre sus talones al escuchar su voz cantarina a sus espaldas, ella iba tomada de la mano del mismo sujeto con el que la sorprendió flirteando en el colegio. Apretó los puños sintiéndose el hombre más imbécil sobre la tierra, justamente esa mañana le dijo mil cursilerías, otorgándole una de las alhajas que los novios intercambiaban durante la boda y ella le valió un comino todo eso. Sólo necesitó un par de horas para conseguirse otro imbécil del cual burlarse.

Su mirada se encontró con la de ella, y Sakura la desvió al instante, apenada. Syaoran tomó ese gesto como una muestra fehaciente de su traición, por lo menos sentía culpabilidad por engañarlo. Daisuke le sonrió amistosamente y Syaoran lo ignoró, golpeándolo con el hombro cuando pasó a su lado.

Huyó de la cabaña con pasos ligeros, deseando perderse en el denso bosque, quizás sería mejor volver a casa, no pensaba sufrir su primera decepción amorosa ante los ojos de nadie. Deker y Seth no le preguntarían nada, en cambio Hiraguizawa lo interrogaría hasta hacerlo llorar de nuevo. Él no necesitaba de nadie para reponerse, con el tiempo olvidaría a Sakura, de todos modos, ¿quién era él para reclamarle algo? Nadie, tal y como le dijo el idiota de Hideki, él no era nadie en la vida de Sakura y tampoco ella podía ser alguien en la suya.

Alzó la vista ante el viento frío que lo impactó de repente, las hojas húmedas bajo sus pies ya no crujían marcando su paso, había llegado al famoso manantial del bosque. Recogió una enorme roca del suelo y la arrojó con todas sus fuerzas liberando un grito de cólera. Si tan solo fuese un chico normal, completamente humano, iría corriendo a golpear al niño bonito que le había arrebatado la atención de la castaña. Pero no podía ser egoísta, no podía negarle la oportunidad de buscar la felicidad en una persona que si se entregaría completamente a ella.

Recogió un puñado de piedras y comenzó a lanzarlas una tras otra, hasta que la onda expansiva de la anterior se desvanecía. El sonido del agua deslizándose a través de las rocas lo relajó un poco. Con una sonrisa pensó que quizás sería mejor lanzarse él mismo al agua y morirse allí mismo porque no sabía nadar. Aunque no quería deambular por el mundo como un espíritu buscando resolver desesperadamente sus asuntos para ser reclamado por el absurdo cofre de la vida y la muerte, y esperar años, tal vez siglos para ser liberado. No, mejor se quedaba algunos años más fastidiando a los vivos.

—Syaoran —le habló Sakura.

El castaño se sorprendió al saberla en ese lugar, sin embargo no se dio la vuelta para mirarla. Si lo hacía, definitivamente flaquearía.

—¿Qué quieres? —preguntó con una extraña voz áspera e hiriente, mirando fijamente el transcurso de una hojita que flotaba en el agua.

—Yo… solo quería explicarte lo de Daisuke —tartamudeó jugueteando nerviosa con sus dedos.

—Daisuke —repitió Syaoran—. Que linda, ya lo llamas por su nombre.

—N-no es lo que piensas

—¿No es lo que pienso? ¿Entonces, qué es? —gritó desistiendo para acercarse a ella.

Sakura retrocedió hasta topar con el tronco de un frondoso árbol, levantó la vista con el objetivo de admirar su copa, midiendo sus probabilidades de subir y escapar de su acechor. Syaoran se comportaba como un sigiloso felino a punto de clavarle sus desgarradores colmillos a un pequeño ciervo.

—Nada —farfulló apoyando su espalda en el árbol, gimiendo porque Syaoran ya se encontraba a milímetros de ella.

—Si no es nada, ¿por qué permitiste que te tocara? ¿Te gusta? —gruñó sujetándola de las muñecas, colocándole los brazos arriba de la cabeza.

—No —sollozó. Syaoran estaba realmente enojado, ya lo había visto de esa manera pero nunca con ella.

—¿Y yo? ¿Yo te gusto?

Sakura movió las manos intentado liberarse, pero Syaoran la aprisionó contra el árbol y su cuerpo, que era tan duro como el troco. No lo quedaba más que confesar la verdad.

—No, no me gustas —Syaoran sintió su corazón destrozarse en mil pedazos hasta que ella agregó—: Te quiero. Eso es más que gustar, para mí no existe nadie más allá de ti, eres el único con el que deseo estar. Lo que tú provocas en mí con tan solo mirarme, no puedo describirlo con palabras —Ella dejó escapar una lagrima y continuó—. Sólo sé que ansío estar a tu lado, que me beses… hasta que me toques —confesó en un susurro casi inaudible.

Syaoran colocó una mano atrás de su cabeza, acariciando su larga cabellera castaña, eso era más de lo que él esperaba.

—¿Me tienes miedo? —le preguntó al percibir el ligero temblor del cuerpo femenino contra el suyo.

Sakura no respondió y Syaoran ladeó una sonrisa.

—Es bueno que me lo tengas, aunque la advertencia no va para ti sino para aquellos cabrones que se te quieran acercar de ahora en adelante —terminó con la distancia entre ellos para rozar sus labios.

Un ronco gruñido se escapó de su garganta, posando una mano entre sus labios estableciendo una barrera protectora. Le ardió como los infiernos ese simple contacto, no sabía si era por la pérdida de energía o porque los labios de Sakura eran realmente calientes. Podía sentir la deliciosa humedad de sus labios con la yema de sus dedos. Liberó los brazos de Sakura y sus manos inquietas se deslizaron desde su espalda hasta los glúteos casi desnudos de ella.

Sakura le había expresado sus sentimientos que eran similares a los que él tenía por ella, sin embargo no podía darle falsas esperanzas.

—Me gustas —declaró mirándola directamente—. Pero sólo eso, cuando nos conocimos te dejé claro cuál sería la relación entre nosotros. Si vas a estar conmigo, tendrás que aceptar lo que yo te ofrezco, Sakura. Te ofrezco sólo el día a día, no un mañana ni una eternidad, no te ofrezco sentimientos pero sí caricias y protección. Y que te quede claro, durante el tiempo que estemos juntos serás únicamente mía porque no soy ningún tonto con el que se pueda jugar. Si aceptas esas condiciones, podemos pasar al siguiente plano.

Syaoran leyó la duda en los bonitos ojos verdes de la castaña, pero si no hablaba de esa manera, ella podría confundir su relación.

—Acepto —dijo rodeándole el cuello con los brazos. Ella tampoco podía ofrecerle la eternidad a él, con la pequeña diferencia de que ella sí ofrecía su corazón, es más, ya le pertenecía desde hace tiempo.

Syaoran sonrió acariciándole las caderas.

—Entonces se puede decir que… somos novios.

Cerró los ojos tomando valor para besarla como ella se merecía. Besarla a partir de ese día se convertiría en la más exquisita de las torturas. Sabía que sus besos eran torpes y rudos, pero era lo único que podía hacer. Comprobó entonces que el amor de verdad, dolía en toda la extensión de la palabra, terminaría tumbado en el piso después de eso, ya vería que excusa le inventaba a Sakura para que se quedara a dormir con él.

Sakura acarició la mejilla de Syaoran al percibir un ligero temblor provenir de sus labios, él era tan inexperto como ella en esos asuntos, no importaba, juntos aprenderían. Le besó con ternura por última vez y retiró sus labios.

—Solo por hoy, Syaoran —susurró acariciándole el rostro sin abrir los ojos—. Miénteme, y dime que me quieres.

Syaoran la abrazó, llevándosela consigo mientras se arrodillaba.

—Te quiero, hime.


Notas de autora:

Agradezco infinitamente los comentarios que me dejaron en el capítulo anterior. Muchas gracias! Les aprecio mucho en verdad. Les suplico que si no entendieron algo de este me lo hagan saber, yo leo cada uno de sus comentarios, lo único es que ando bastante corta de tiempo para responderles a cada uno, pero a más de alguno le respondí una pregunta (xD).

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