Disclaimer: Los personajes de CCS son propiedad intelectual del grupo CLAMP. La historia es de mi autoría.


Nota importante: La primera vez que publiqué el capítulo anterior, no agregué la última parte que es de Touya, así que si leíste el capítulo sin esa escena, puedes regresar a leerla, ya que es de suma importancia para la comprensión de futuros capítulos. (En este no es relevante).

(1): Ictarius, conjunto de reglas por las que se rigen los intermediarios.


"Oscuras tentaciones, Divinas relaciones"

Capítulo 11: El anillo II.


En plena finalización de la semana escolar, Evangeline decidió volver a pisar los pasillos del Ragnom Holle, después de recuperarse un poco de las lesiones que sufrió durante su entrenamiento. Su falda negra plisada se movía grácilmente con cada paso, ocultando el temblor de sus piernas, desviando la atención de sus compañeros que miraban fijamente los moretones en su rostro, a la parte descubierta de sus muslos.

Entró en el salón 2-A, notando la típica reunión matutina de los "diablillos mentirosos", nombre con el que ella solía denominar a los amigos de Syaoran. Se sentó en su pupitre junto a la ventana, admirando a Deker montado en una silla con su vara Shinseina en la mano, probablemente relatando sus aventuras de la noche anterior.

El encantador despliegue de energía en el salón, llamó la atención de Seth. Resultaba casi imposible ignorar la presencia de Evangeline. Se detuvo un momento antes de acercarse a ella, la falta de brillo en su mirada avellana, se compensaba con el ondeo de su melena rubia, alborotándose por viento que se filtraba por las ventanas. Para él, no había mejor chica que Eva. Ella encimaba los estándares que todo intermediario esperaba en una mujer.

Evangeline lo miró avanzar con gracia hacia ella, su andar siempre tan despreocupado, el bamboleo tan familiar de las cadenas que colgaban por sus caderas, todos sus movimientos, hasta el más ligero de sus pestañeos, le indicaban que Seth coqueteaba con el mundo demostrando cuán orgulloso estaba de su especie, de ser lo que era sin importar las desventajas y el sufrimiento que ello conllevaba. Arrastró una silla frente a su mesa, y se sentó tomando sus manos entre las suyas.

—Hey —saludó el chico.

—Hola —Evangeline respondió admirando el destello de sus cabellos y ojos dorados compitiendo con los rayos del sol. Hizo un puchero—, tu cabello se ve más saludable que el mío.

Seth sonrió por la comparación. Ambos eran rubios, pero el cabello de Evangeline se empeñaba por ser cenizo en las puntas.

—Te he dicho que no te bañes con frecuencia —bromeó—, el aceite natural es el mejor tratamiento para nosotros.

—Eres un asqueroso —protestó ella, recuperando sus manos—. Un mal ejemplo, mejor dicho.

Seth sufrió por la pérdida del contacto y gimió con suavidad.

—¿Por qué no puedes reírte conmigo? Todas lo hacen —frunció el ceño—. Syaoran no hace nada para que le sonrías, y sin embargo tú siempre lo haces —En cuanto lo hubo dicho, deseó retirarlo. Evangeline lo miraba con sus ojos avellanas cubiertos por una capa de cristalina humedad, siempre lo mismo. Para él sólo habían lágrimas de desconsuelo, mientras que para su entrañable amigo, habían sonrisas, abrazos, amor, todo lo que él quería de Evangeline, lo tenía Syaoran.

Evangeline ladeó el rostro en respuesta. Sí, era cierto. Ella daba todo y Syaoran nada. Su amor por él era casi inexplicable, como si ella hubiese nacido con ese amor ya cimentado en su corazón. Había buscado una explicación, vidas pasadas, destino, o simplemente estupidez. Sea lo que fuere, continuaría amándolo, disfrutando de los pequeños detalles que Syaoran accediera a darle.

—No lo he visto desde que lo dejamos tirado en un bar, ¿cómo está? —preguntó Zhōu, cambiando al tema favorito de Evangeline.

—En realidad, no lo sé —murmuró jugueteando con sus dedos, avergonzada—. Mírame, Seth. Sabes que mi energía no está en las mejores condiciones, alimentar a Airi me deja exhausta, y por lo tanto me es imposible comunicarme con ella.

Seth se enderezó en su silla, cruzándose de brazos.

—¿Quieres decir que has enviado a tu guardiana con él? ¿Por qué? —Era consciente de que Syaoran no era ningún debilucho, no aceptaba ni pedía ayuda de nadie, cosa que le conducía a pensar que el castaño atravesaba serios problemas.

—Tampoco lo sé con exactitud. Eriol llamó un día diciendo que algo o alguien drenó la energía completa de Syaoran y Kerberos —Seth gruñó por la mención de Eriol, no confiaba él. No le gustaba su cercanía para con Syaoran y mucho menos con Evangeline.

—La niña —Seth repitió para sí. El extraño suceso le hizo recordar a Sakura, él sospechaba que ella no era una simple humana, pero desistió de sus ideas cuando Syaoran afirmó lo contrario.

—¿Qué dices? —Evangeline preguntó, ondeando vagamente su mano para que el rubio prosiguiera con la explicación.

—La niña, Sakura. ¿Tú qué sabes de ella?

Evangeline hizo una mueca.

—Sólo que Syaoran parece estar enamorado de ella.

Seth chasqueó la lengua.

—Ya lo sé, pero además de eso —insistió sintiéndose mal por su amiga.

—Pues nada, he conversado con ella sin percibir nada fuera de lo normal. Aunque ahora que lo mencionas… —susurró llevándose una mano a la barbilla—, los humanos no tienen luz, pero en Sakura es notoria la falta de ese elemento. Es como si ella estuviese vacía, como si estuviese…

—Muriendo —completó Seth, inclinándose abruptamente sobre el escritorio—. Eso es Eva, fue ella. Si el idiota de Syaoran le ha dicho quien es en realidad, ella…

—No, no lo creo —negó Evangeline—. Sakura no es mala, Seth. Los sentimientos que tiene por Syaoran son sinceros, aunque ella supiese la verdad, no sabría cómo manipularlo para obtener su Deixus. Tal vez inconscientemente cuando se besan, absorbe energía de Syaoran, no más.

—Los humanos son crueles, Eva. Lo sabes —masculló Seth—. Se aprovechan de nuestro amor por ellos, y cuando obtienen su salvación por medio de nosotros, nos abandonan a nuestra suerte.

Evangeline acogió el rostro del chico entre sus manos. Ella sabía que Seth tenía fuertes motivos para desconfiar de los humanos, y le temía a los castigos de la hermandad por relacionarse demasiado con ellos.

—Syaoran es un fiel defensor de nuestro Ictarius, puede ser rebelde, cabezotas o lo que quieras, pero jamás irrespetaría el Ictarius. (1)

—Por amor, Eva. No sabes lo que se es capaz de hacer por amor —replicó Seth, con sus ojos dorados centelleantes de furia.

—Claro que sé —murmuró acogiéndolo en un cálido abrazo—. Syaoran estará bien, no te preocupes.

Seth cerró los ojos pasando sus brazos alrededor de su cintura. Por eso él siempre consolaba a Evangeline, porque en el momento que más la necesitó, ella había estado ahí, dándole palabras de consuelo y prestándole su hombro para superar su perdida.

—Syaoran hace bien en no aceptar una Kanae a su lado —la besó en la frente—. Si yo te tuviese como esposa, tampoco querría una.

Evangeline se separó sintiéndose alagada y atemorizada por él. Muchas veces no le agradaba el profundo tono de voz que Seth utilizaba con ella, ni la perspicacia en su mirada. Le daban la falsa impresión de que él coqueteaba con ella, pero Seth era incapaz de hacerlo.

—¿Crees qué Syaoran necesite de nuestra ayuda?

Seth negó con la cabeza.

—Déjalo, si de verdad quiere ser nuestro líder, debe aprender a salir de sus problemas solo —acomodó la silla en su lugar y le dio la espalda a la chica—. O en todo caso, debe aprender a pedir ayuda.

—Pero no estaría mal investigar por nuestro lado —sugirió Evangeline.

Seth la miró por encima de su hombro.

—Lo haremos, yo me encargo de la tal Sakura Kinomoto. Y tú, deja de pensar tanto en él y descansa, preciosa. Debes estar reluciente para el baile de cortejo.

Una chispa iluminó el rostro de Evangeline. El baile de cortejo, esa noche confirmaría cuán compatible era con Syaoran…

*.*.*

Tomoyo se ocultaba de sus compañeros atrás de la cafetería, reposando en los troncos donde anteriormente conversó con Eriol. Miró los restos de la fogata convertidos en cenizas, ella recordaba el último aliento de aquel fuego refulgente, que se extinguió con el amanecer. Fue el momento en que ella también se marchó del lado de Eriol, quien yacía dormido en una cama de tierra y hojas secas.

Mientras lo admiraba en contra de su voluntad, se dio cuenta de que en realidad ella no lo conocía. Saber que era hijo de una millonaria familia inglesa, que vivió gran parte de su infancia en Japón hasta que fue internado en el Fenix Scolarium, no era nada. Los Hiraguizawa eran muy reservados en lo que a su vida privada respectaba.

Tomoyo estaba segura de que nunca había visto una fotografía de los padres de Eriol, podía casi jurarlo. Revisaba con constancia las actualizaciones de las páginas sociales de periódicos, revistas, programas de televisión, pero ellos no aparecían en ninguna. Irónicamente, comenzaba a dudar de su existencia o en todo caso, que Eriol escondía algo. Sin embargo, no dudaba que fuesen buenas personas, Eriol no era un mal chico. Sí, era un tonto, imbécil, de fácil inducción a los vicios pero no era malo.

Eriol, a pesar del halo de soledad que le rodeaba antes de que Li llegase a conseguirle amigos, mantenía una sonrisa afable en su rostro, la delicadeza y los detalles de caballerosidad que sólo una madre podía inculcarle; la inteligencia, y un aire de nobleza que seguramente había heredado de su padre.

Sonrió sutilmente al imaginar la feliz infancia de su compañero, siendo rodeado de comodidades, juguetes a manos llenas, amor y calor de familia. Entonces, ¿por qué Eriol era tan distante y tan diferente a las demás personas? Si hubiese sido de otra manera, destilaría amargura por doquier igual que Li. Aunque Li, dentro de todo ese caparazón de tipo rudo y frío, era un inmaduro sentimental. Él creía que tenía una personalidad formada, pero en realidad, no era así.

A Li le hacía falta mucho camino por recorrer para encontrarse a sí mismo. Lo intuía por la forma en la que él flaqueaba cuando estaba junto a Sakura. Su prima era un elemento tanto positivo como negativo en la vida de Li. Ella le transmitía sus temores, su debilidad. Syaoran parecía poder enfrentar cualquier obstáculo, menos a la misma Sakura. La defendía de los peligros, sí, ¿pero podía él defenderse sus sentimientos por ella?

—¿En qué piensas, Daidoji?

Tomoyo miró a Hideki tomar asiento a su lado. En un principio, su objetivo era que Kyoji se convirtiera en el novio de Sakura. Erróneamente pensó que el nerviosismo de su prima ante él, se debía a una eminente atracción, pero con el tiempo descubrió que era miedo lo que ella sentía en realidad.

—El bosque está despierto —comentó Kyoji con una sonrisa—, y de mal humor.

Tomoyo torció la boca en un gesto de incomprensión. Además, lo despreciaba por haber interrumpido su momento de reflexión.

—Eres raro —dijo sorprendida de sus palabras, nunca le prestaba demasiada atención a los comentarios de Hideki, pero ahora parecían importarle los detalles de la conversación.

Hideki rió, mirándola con sus encantadores ojos violetas.

—Soy perceptivo, que es diferente —aclaró—. Soy parecido a ti si lo piensas. Algunos te tienen en concepto de porrista bruta y superficial, pero yo sé que en realidad eres bastante analítica y te importan mucho los sentimientos de los demás.

—Sé lo que las personas piensan de mí —musitó Tomoyo—, y también sé lo que piensan de ti. Ahora dime, ¿quién eres?

—He escuchado que Li y Sakura son novios —respondió con una evasiva—. A mí me gusta tu prima. Una vez Li me dijo que competiríamos por ella, y en estos momentos cree que ha ganado la batalla —sonrió poniéndose de pie—, pero en realidad, ni siquiera ha comenzado.

—Sakura no dejará a Li por ti.

—Tú sólo díselo, Daidoji. Dile que sólo espero el mejor momento para atacar por donde él menos lo imagina.

Tomoyo se revolvió el cabello, no entendía las palabras de ese sujeto. Odiaba cuando los chicos se ponían en planes misteriosos. Lo observó marcharse con una mano metida en el bolsillo del pantalón, con pasos seguros y sigilosos, tan firmes y parecidos a los de Li.

*.*.*

Syaoran se levantó de la tierra sacudiéndose los pantalones, ahora que su pequeño momento de excitación había pasado, le dolía la nariz. Sakura era una niña frágil pero fuerte, hasta a sus mejores oponentes les costaba asestarle un puñetazo, sin embargo ella lo hizo en menos de un minuto. La miró sacudirse la tierra de las rodillas y secarse los rastros de lágrimas con las mangas de su camiseta.

Le dolía muy profundamente no haberle cumplido como hombre, ¿pero cómo podría él corromper a un espíritu tan puro ese? Era cierto que ella le pidió hacer el amor, le había dicho que era suya, pero en ninguna de esas palabras encontró malicia. Todavía recordaba el temblor de su cuerpecito abajo del suyo, sus límpidos ojos verdes mirándolo con un sentimiento que iba más allá del amor. Era como si Sakura hubiese esperado por mucho tiempo entregarse y ser amada por alguien. Esa mirada que ella le dio, era parecida a la de muchas almas humanas que luego de tantos años atrapadas en el mundo, se marchaban sin ninguna atadura.

Se agachó a recoger su camiseta y al enderezarse, se topó con las manos de Sakura acariciándole la espalda. Sus dedos viajaban al contorno de las líneas oscuras que conformaban sus Jikaidos, el golpeteo de su corazón dentro de su caja torácica, se volvió casi insoportable cuando ella comenzó a deslizar sus labios alrededor de las líneas, tratando de borrar un dolor que ya no estaba. Si en un futuro le diesen la oportunidad de revivir algún momento de su vida, Syaoran no sabría cuál elegir, pero estaba seguro de que ahí estaría Sakura.

Dentro de todo eso, recordó también a Fanren. Ella lo estaba esperando.

—Sakura, debo irme. Alguien más espera por mí —susurró haciéndose a un lado.

Sakura abrió los ojos cuando sus labios besaron el aire. En el bosque no había nadie que esperara a Syaoran en realidad, era su deber advertirle sobre la identidad de aquella niña sin revelar demasiados detalles.

—¿Quién te espera? —preguntó cautelosa, pasándose un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Mi hermana —respondió él, colocándose la camiseta—. Ella es un espíritu, está atrapada en este mundo por razones que desconozco.

—Ella no es tu hermana, Syaoran. Es más bien, un espíritu demoniaco.

Syaoran giró su cabeza para mirarla y Sakura deseó jamás haber pronunciado esas palabras.

—¿Cómo puedes decir eso de ella? —gruñó tomándola con fuerza de los brazos.

Sakura gimoteó no de dolor, sino de miedo. Los ojos marrones de Syaoran brillaban con un poco de rencor en ellos, algo en ese lugar anda mal y ella lo sabía. Quizás a Syaoran le afectaba más por ser especial, y por lo mismo tenía que armarse de valor para hablar.

—Eso fue lo que me asustó, ella no es tu hermana.

Syaoran aplicó más presión a su agarre. —No te creo.

—Es la verdad, yo la vi formarse, ella es mala —sollozó sosteniendo las muñecas del castaño.

Airi permanecía en silencio observando a la pareja. ¿Acaso la niña se estaba arrepintiendo de sus acciones? Claro, ella no esperaba que Syaoran fuera a ponerse en su contra, pero también al castaño parecían afectarle demasiado las vibras negativas del lugar. Se acercó a ellos, y golpeó con la cola el rostro de Syaoran.

—Ella tiene razón, la tipa no es tu hermana. Es un demonio, cabeza hueca.

Syaoran sacudió la cabeza y soltó a Sakura. Se sintió horrorizado al notar las marcas rojas de sus dedos en los frágiles brazos de su novia. Él no había querido hacerle daño.

—¿De qué hablas? —murmuró para Airi.

—Mírate como estás, esa cosa te ha lavado el cerebro. Cuando te fuiste con ella, ¿qué te pidió que hicieras?

Syaoran tragó pesado, llevándose una mano a la cabeza.

—Que me sumergiera en la laguna…

—Es poco profunda, pero tú que no sabes nadar te habrías ahogado, idiota —bufó la guardiana—. ¿Crees que tu verdadera hermana te pediría eso?

Syaoran se revolvió el cabello, se sentía confundido. Quería creerle a Sakura y a la detestable gata, pero..., Fanren, también le creía a ella.

—Iré a verificarlo yo mismo.

—¡No! —Sakura y Airi gritaron al unísono.

—¿Qué debo hacer entonces? —preguntó a Airi debatiéndose entre las posibles mentiras.

—Sal de aquí. Vete y llévate a esta mocosa contigo, después hablaremos sobre ella —ordenó Airi.

Syaoran sin pensarlo y determinado a obedecer, cogió la mano de Sakura y comenzó a arrastrarla fuera de las profundidades del bosque. La miró mientras caminaban, pensando en que estuvo a punto de convertirse en el tirano del que tanto quería defenderla. Ella no gritó ni le recriminó nada, y eso sólo lo hacía sentir más culpable.

—Sakura, perdóname —exclamó de pronto, pasando los brazos alrededor de sus hombros—. No me siento bien, no era mi intención lastimarte.

—No te preocupes, yo entiendo —respondió la castaña besándole una mano. Ella misma sentía cosas extrañas en esa parte del bosque, y también quería disculpase por su falta de sinceridad, pero por su propia seguridad, no diría nada—. Es mejor que vayas a descansar, le diré a Eriol que se haga cargo de tus deberes.

Syaoran abrazó con fuerza a Sakura, quien marcaba el paso de su caminata. Él simplemente se limitaba a seguirla, se sentía como un pequeño niño que se aferra a las piernas de su madre cuando teme a lo desconocido. Hacía mucho tiempo que no le sucedía, sin saber por qué, tenía un mal presentimiento de ese día. Se quitó su emblema del cuello y se lo colocó a Sakura, ella se detuvo a acariciar la gruesa cadena plata, y el pesado dragón que de ella pendía.

—Pero esto es tuyo, Syaoran —exclamó Kinomoto—. Nunca te lo quitas.

Syaoran la empujó suavemente para que continuara caminando y extendió el brazo, apartando una rama del camino.

—Hoy no es un buen día, Sakura. Si algo sucede, el emblema te protegerá.

Sakura frunció el ceño, devolviéndole el extraño amuleto. —Entonces tú lo necesitas más —replicó.

Syaoran negó con la cabeza. —A mí no me sirve en estos momentos, está vacío. No hay energía en él —alargó una mano, y los ojos rojos del dragón se iluminaron con su contacto.

Sakura admiró con asombro el aura celeste que rodeaba la mano de Syaoran, y soltó la cadena cuando la superficie de ésta le quemó los dedos; el emblema permaneció levitando en el aire, y como si Syaoran le hubiese dado una orden, el dragón cambió paulatinamente su posición serpenteando a lo largo del tubo hasta que se desprendió de éste, formando un nudo con su cuerpo.

—Puedes tocarlo ahora —indicó Syaoran.

Sakura agarró el nuevo medallón de dragón y sonrió.

—¿Qué hiciste?

—Es como un guardián en miniatura —explicó el castaño, acariciándole la mejilla—. En esta forma no sirve para reservar energía, pero te protegerá de toda clase de espíritus.

Sakura se mordió el labio inferior.

—Si me lo das, ¿quién cuidará de ti?

—Pues, yo tengo otro guardián. No es tan grande como el que te estoy dando, pero con su aspecto afelpado reprende malos espíritus.

Sakura juntó sus manos a la altura del pecho y miró con tierna ilusión a Syaoran.

—Quiero conocerlo —suplicó.

Syaoran se masajeó el cuello avergonzado.

—Lo conoces, es Kerberos.

Sakura hizo un puchero, frunciendo el ceño.

—¡Kero no atemoriza a nadie, Syaoran! ¿Qué clase de protección es esa? No sabía que los demonios podían morir por exceso de ternura —le recriminó con los brazos en la cintura.

Syaoran se echó reír, levantándola por los aires, maravillándola con la suave risa que ni él mismo conocía. Sakura lo hacía feliz, sus gestos, sus palabras, su boca, todo en ella era adorable. No necesitaba desnudarla para gozar de ella.

Corrió hacia su cabaña con la chica refunfuñando sobre sus hombros, la secuestraría por un par de horas. Sus deberes, los maestros, y Daidoji —la neurótica que siempre pensaba mal de él—, podían irse a la mierda. Él disfrutaría del calor de su novia mientras dormía.

Abrió la puerta de una patada, cerrándola con seguro. Se dejó caer en la primera litera que se le atravesó, y aturdió con una lluvia de besos a Sakura; ella reía imaginando que su piel era el cielo infinito de noche y que los labios de Syaoran eran las estrellas fugaces que lo acariciaban a su paso.

Y así como el sol apaga la noche, el cansancio se llevó el ímpetu de Syaoran, quien se acomodó entre sábanas y almohadas con Sakura en brazos.

Sakura no quería cerrar sus ojos y dejar de admirar la pacifica expresión de Syaoran. Él era hermoso por donde le mirara, su nariz recta, sus labios carnosos, su cabello tan sedoso, hasta las curvas que los músculos formaban en sus brazos era perfectas. ¿Y lo mejor? Era todo para ella. Syaoran la hacía sentirse bonita, importante, pero también débil a su lado. La protegía demasiado, y con mucha razón. Sakura comenzaba a pensar que su mejor arma eran las lágrimas, así tal vez los malos se compadecían de ella y la dejaban en paz.

Quería crecer, ser fuerte, una pareja digna para él, sin embargo eso era imposible. ¿Por qué estaba tan resignada a morir ahora que había encontrado el amor? Quizás porque todos sus objetivos llegaban hasta ahí. Nunca se detuvo a pensar lo que haría si no moría después de los veinte años, podría quedarse con Syaoran entonces. Sería su amante como él dijo, no tendría hijos, ni un anillo ni un papel que respaldara su unión, pero lo tendría a él, su amor y cariño durante algunas noches.

Se le erizó la piel, su problema se hacía presente de nuevo. ¡Era una conformista al extremo! ¿Cómo demonios soportaría el dolor de compartirlo con otra mujer? Ver a los hijos de Syaoran sería la muerte para ella. Sus padres nunca le perdonarían semejante falta, no volverían a acogerla en seno familiar si Syaoran llegase a abandonarla. No sabía qué era mejor, si vivir o no, un futuro.

—Syaoran, ¿qué sucede si mueres y no tienes ningún asunto pendiente? —preguntó acunando su cabeza en el pecho del castaño.

—El ángel de la muerte, Azrael, viene por ti entonces. Él te guía a la luz, o al abismo si has sido una persona malvada —respondió adormilado.

—¿E-el ángel de la muerte? —La espeluznante imagen del Grim reaper, embargó la mente de Sakura—. "Él no, le supliqué a mamá que me esperara. ¿Por qué no lo hizo? Me da miedo".

Syaoran sonrió besándole la cabeza.

—No temas, cariño. Azrael no tiene la forma que imaginas, esa es una de sus cualidades. Si eres buena le verás como un hermoso ángel, de lo contrario, sí se parecerá a la imagen de tu mente —explicó para la fácil comprensión de Sakura.

Sakura suspiró aliviada. Las ventajas de ser novia de un intermediario…

—Oh, por cierto, Syaoran. Siento mucho lo de tu hermanita.

—Yo igual —musitó. La linda Sakura tenía que recordárselo. Intentó separarla de sí, pero ella se aferró con fuerza a sus hombros.

Pensándolo bien, le daba la razón a la gata. Fanren era una niña inocente, sin deseos egoístas. Su verdadera hermana no le hubiese pedido hacerse daño. En más, le repetía constantemente que fuese feliz y obediente con su madre. Sin embargo él, hacia todo lo contrario.

Sakura ancló sus piernas alrededor de la cintura de Syaoran, mordiéndose la lengua por su indiscreción. Había arruinado el momento, su mente viajó, buscando un tema de conversación que pudiese remediarlo, o simplemente podía salir huyendo de la cama para no enfrentar de nuevo la furia de Syaoran. En lo más recóndito de sus recuerdos, donde las arañas ya habían establecido su hogar, desempolvó un antiguo cuento de cuna.

—Syaoran, ¿tú conoces la leyenda de Raiki? —torció la boca en una mueca de preocupación y quiso golpearse por estúpida—. "Frunció más el ceño, ¿qué haré ahora?"

—¿Quién te habló sobre él? —murmuró intrigado.

—N-no lo recuerdo —balbuceó con una sonrisa nerviosa en sus labios, era la verdad.

—Raiki fue un intermediario, aquel ser que trajo muerte y destrucción a nuestra hermandad.

Sakura se sonrojó aflojando su agarre a las extremidades del castaño.

—No lo sabía, yo recuerdo esa leyenda como una trágica historia de amor.

Syaoran resopló acariciándole la espalda. Raiki, el pobre Raiki. Siempre pensó que el sujeto era un imbécil, pero ahora que conocía el amor de una mujer, ya no lo creía tanto.

—El único error de Raiki, fue amar a Hania, creer y aferrarse a ella.

—¿Puedes contarme tu versión? —preguntó Sakura.

Syaoran asintió con la cabeza, acomodándola en su regazo. La primera metida de pata de Raiki: no negarle nada a Hania.

—Raiki aún era joven cuando conoció a Hania. El antiguo consejo de la hermandad le encomendó investigarla, porque se decía que Hania era una bruja que invocaba demonios, y realizaba ritos satánicos para que las personas fuesen poseídas. La leyenda dice que Hania era una hermosa mujer de ojos verdes como el fuego que solía salir de sus manos, en cuánto Raiki la vio por primera vez, cayó rendido a sus encantos. Al principio sospechó que ella le había hechizado, pero con el tiempo su atracción por se convirtió en amor. Para él, Hania era un alma pura e inocente, no la bruja que el pueblo y la hermandad afirmaban. Raiki llegó a amarla tanto, que le entregó parte de su esencia…

—Entonces era una buena mujer —interrumpió Sakura—. Tú eres un intermediario también, y no eres una persona fácil de tratar, por lo tanto, Hania debió poseer buenas cualidades para enamorar a Raiki.

—Primero escucha la historia completa, después juzgarás —Sakura quien reposaba encima de Syaoran, se quejó con un leve gemido cuando éste le presionó la nariz.

—Raiki se negó a casarse con la mujer que la hermandad le asignó, quedándose al lado de Hania. Sin embargo la salud de ella desmejoró de un momento a otro, Raiki contrató desde médicos hasta hechiceros para que la trataran, pero ninguno de ellos le daba solución a su padecimiento. En su lecho de muerte, Hania le confesó que era víctima de una maldición de nacimiento, y que su destino era morir algún día. Pero él se reusaba a perderla y en contra de sus principios, la salvó entregándole su Deixus.

—¿Qué es eso? —Sakura le cuestionó apoyando la barbilla en su pecho.

—El Deixus es un privilegio que se nos otorga al nacer, es un deseo o una segunda oportunidad para ti. Eso depende del uso que quieras darle. Cuando necesitamos utilizarlo, debemos ir al templo de la diosa Tsuki a expresarle nuestra petición, ella cumple tu exigencia a cambio de tu Deixus —respondió—; el Deixus es una joya luminosa que guardamos en nuestro interior, la cual se materializa al momento en que la necesitas. Después de tomarla y cumplir tu petición, la diosa Tsuki decora sus cofres de la vida y la muerte con esas gemas —Bonita forma de tratarlos.

La graciosa "O" que se formó en los labios de Sakura, hizo sonreír a Syaoran. Ella escuchaba como un hermoso cuento fantástico, los secretos de su especie. Él, después de diecisiete años de existencia, había roto una regla del Ictarius, revelándole su identidad a los humanos. Pero confiaba en que Eriol y Sakura, no comentarían nada al respecto.

—A Raiki se le vino el mundo encima cuando descubrió que Hania tenía otro amante, ella lo había utilizado sólo para liberarse de su maldición —Syaoran continuó relatando—. Las cosas empeoraron para él, cuando la hermandad se enteró de lo que había hecho. Es prohibido darle tu Deixus a un humano, y lo castigaron privándolo de todos los derechos a los que un intermediario goza. Entre sus delitos también figuraba haberse negado al matrimonio con una mujer de nuestra especie para irse con una humana. Pero la cólera de Raiki era que el amante de Hania era otro intermediario, que la tomó como su Kanae cuando estuvo sana.

Sakura abrió los ojos impresionada, ella conocía una versión muy diferente de los sucesos.

—Los meses que permaneció en la cárcel, Raiki logró convencer a los demás prisioneros para que armaran una rebelión y se fueran en contra del consejo de la hermandad. Se dice que la noche del motín, Raiki robó los pergaminos sagrados del Ictarius del salón de Rakib, y los quemó en el templo de la diosa Tsuki. También la detestaba a ella por habernos creado, porque él pensaba que sólo éramos un conjunto de seres que vivían en la tierra para servir y sufrir; los ancianos estaban en contra de todos sus argumentos y mandaron a los más jóvenes a pelear por lo que ellos creían que era correcto, estábamos aquí para mantener el equilibrio del mundo espiritual, para ayudar a aquellas almas a las que nadie podía darles consuelo.

Syaoran tomó un respiro profundo haciendo memoria de sus clases de historia. Comenzaba a pensar, que él hubiese peleado del lado de Raiki, si Sakura fuese la recompensa. Negó con la cabeza, era un maldito egoísta.

—Los registros no relatan con exactitud lo que sucedió en los combates, pero se dice que Raiki lideró y sobrevivió a cada uno de ellos, hasta que se enfrentó con el amante de Hania. Su determinación se derrumbó cuando la vio en medio del campo de batalla suplicando por la vida de su amado. La parte de su esencia que tenía Hania, hicieron que la mujer también se confundiera, porque ella de alguna manera estaba atada a Raiki, lo pensaba todo el tiempo, pero realmente su corazón estaba con el otro. Al instante en que Raiki dudó y Hania gritó su nombre, el otro aprovechó para asesinarlo. ¡Fin de la historia!

Sakura estaba totalmente decepcionada por la versión de Syaoran. ¿Qué clase de historia les contaban a los niños intermediarios? Para ella Hania y Raiki eran una versión de Romeo y Julieta. No tenían un final feliz, pero Hania le fue fiel hasta el final a Raiki. Se apartó de Syaoran y se acomodó a su lado envolviéndose con una sábana.

—No me digas que destruí tu cuento —bromeó Syaoran.

Sakura lo miró echándole las piernas encima.

—Lo hiciste —confirmó con un triste tono de voz.

Syaoran le acarició las piernas por encima de la sábana, ninguno de ellos se había quitado los zapatos, y ahora que recordaba, esa era la cama de Eriol, el pobre dormiría en un cobertor embadurnado de lodo.

—Pero es la verdad, princesa. Realmente, se nos relata la historia de Raiki para que nosotros seamos conscientes de la maldad de las personas. Nosotros no somos fríos e indiferentes con los humanos porqué sí —suspiró mirando las columnas de la litera vecina, había hablado tanto esa mañana. Demasiado para su gusto, pero si quería una buena relación con Sakura, lo mejor era sincerarse—. La verdad es una forma de protegernos, nosotros nos criamos en un ambiente muy diferente al suyo, pensamos que algunos de ustedes son más radiantes que nosotros que estamos hechos de luz. Sucumbimos con facilidad a las muestras de cariño de las personas que creemos buenas, y si nosotros como idiotas, vamos y les revelamos nuestros secretos, ustedes pueden aprovecharse de ello. Ya no miran en nosotros a un amigo o un amor, sino a un geniecillo mágico que puede concederles un deseo. Una vez que les entregamos lo que buscan, nos hacen a un lado porque les somos inservibles, extraños, como un pañuelo sucio y desgastado que no vale la pena recoger.

Sakura se sentó sobre la cama, apartándose el flequillo de la frente.

—Syaoran, yo nunca te pediría nada que pudiese lastimarte. Es más, yo no quiero nada de ti salvo tu amor y compañía. Yo sé lo que es estar sola, ser rara e inservible para los demás. Soy consciente de que soy débil, llorona, y patética —sollozó frotándose los ojos, su labio inferior temblaba, más que una cualidad, la empatía por los sentimientos que Syaoran le transmitió con sus palabras, parecía un defecto—. Pero quiero cambiar, quiero aprender algo de ti. Ser fuerte y enfrentar el destino que me espera con valentía. Quiero decirte algo también, y que me hagas una promesa, pero me da miedo…

Syaoran la abrazó temiendo que fuese a pedirle algo que él no pudiese cumplir. —Habla.

—Quiero que el día en que yo muera, estés a mi lado sosteniendo mi mano, que no me dejes sola hasta que tengas la seguridad de que estaré bien —su voz trémula fue acompañada por las lágrimas que se deslizaron por sus mejillas, hasta mojar la camiseta de Syaoran—. No falta mucho para que eso suceda.

Los brazos de Syaoran se deslizaron por su espalda hasta que cayeron flácidos a sus costados. Ladeó una sonrisa negando con la cabeza. Una broma, las palabras de Sakura tenían que ser una maldita broma.

—Me estás jodiendo, ¿verdad? —espetó.

—No, estoy enferma, Syaoran. Los médicos no saben lo que tengo y yo junto con mi familia he perdido las esperanzas —Syaoran se puso lentamente de pie sin dejar de mirarla—. Estoy cansada, harta de los hospitales, de las drogas, de las lágrimas, del dolor… Mi único deseo antes de morir era conocer el amor de alguien diferente a mi familia y amigos…

—¿Y yo? —le recriminó Syaoran—. ¿No pensaste en mi dolor, maldita egoísta? ¿Acaso no te parecí un tipo con demasiados problemas en su vida para que tú le sumaras uno más?

Sakura se arrodilló en la cama, apretujando una almohada contra su pecho.

—¡Tú también planeabas dejarme! —gritó ella—. ¿Crees qué tampoco me dolía escucharte decir que nunca serías mío, qué no podías pertenecerme?

Las lágrimas de cólera y tristeza humedecieron los irritados ojos de Syaoran.

—Pero yo te dejaría para que tuvieses una vida mejor al lado de otro hombre, para no arrástrate conmigo a la desdicha. ¿Notas la diferencia? Dime tú qué hiciste —Sakura continuaba ahogándose en su propio llanto, mientras que la ansiedad crecía en Syaoran—. ¡Dime lo que hiciste, maldita sea!

—Acabo de ser sincera contigo —farfulló con todo el dolor de su alma. Ella pensó que Syaoran reaccionaria diferente, no que la bombardearía con gritos y agresiones.

—No, tú sólo buscaste tu propia salvación —musitó levantándola de la cama—. Buen pendejo el que te conseguiste. ¿Por qué me lo dices en este momento, cuando ya sabes todo sobre mí? Con ese propósito mencionaste a Raiki, ¿cierto? Para saber lo que es el Deixus en realidad.

—No, te juro que no —susurró Sakura afirmando sus pies en el piso—. Tenía miedo de decírtelo, no quería que estuvieses conmigo por lastima. Ya te dije que no te pediría nada que pudiese lastimarte, y ahora te digo que prefiero morir antes de recibir tu Deixus. Eres injusto tratándome de esta manera cuando yo lo único que te he pedido, ha sido tu mano. Esperaba un poco de comprensión de tu parte también, porque eres la primera persona a la que se lo digo. Yo entendí que eres diferente, ¿y te reclamé algo por habérmelo ocultado? No Syaoran, te apoyé. Yo como estúpida me puse a imaginar cuánto has sufrido, cuánto dolor te causaron esas marcas que llevas. Ahora dime, ¿tú qué acabas de hacer conmigo?

Syaoran cerró los ojos, ladeando la cabeza. No quería mirar mal a Sakura, y mucho menos captar la mirada que ella le estaba dando. Esos ojitos que hasta el momento le apreciaban con ternura, lo observaban con infinito desprecio.

—Vete —le dijo quitándole las manos de encima—, no quiero verte más.

Sakura salió corriendo de la habitación, sintiendo la mirada de Syaoran sobre ella. Ya no estaba feliz, su pequeño mundo se había destruido en instantes con unas cuantas palabras. Lo que él acababa de hacerle, le dolía más que cualquier abuso sufrido. El Syaoran que ella amaba, no era ese que dejó atrás, sino el que llevaría en sus recuerdos. Estaba decidida a abandonar el internado, no quería que nadie la viese sufrir, si tenía que morir sola lo haría, pero no volvería a llorar ante nadie.

Antes de bajar el primer escalón de la cabaña, se topó con Eriol, y automáticamente, sus manos apartaron las lágrimas de su rostro. Buscó sonreírle, pero algo en su interior le dictaba que Eriol escuchó la conversación. Sabía que ella moriría pronto, por eso la miraba con lastima. Ella no quería la lastima de nadie. Lo hizo a un lado, y continuó con su camino.

—Sakura —le llamó Eriol, extendiendo su mano.

—No —murmuró Sakura—. No necesito tu consuelo.

La chica se echó a correr y Eriol se giró a observar la puerta de su habitación. Él tampoco esperaba esa reacción de Syaoran. Se ajustó las gafas, y se atrevió a avanzar con seguridad al interior de la cabaña. Ahí encontró a su amigo de pie, en el centro del gran tapete que adornaba la habitación.

—¡Fuera de aquí! —gritó Syaoran apuñando las manos.

Eriol sin inmutarse por su mortífera expresión, le agarró por el cuello de la camisa y presionó más fuerte cuando Syaoran hizo lo mismo.

—Eres un estúpido —gruñó afianzando sus dedos en la prenda—. ¿Qué demonios fue eso? No sabes lo que acabas de hacer. ¿Tienes idea de cómo me miró Sakura allá afuera? Con odio, Syaoran. Yo no sabía que ella tuviese ese sentimiento, pero gracias a ti, lo tiene ahora.

—Ella me mintió —musitó el castaño, cuyas lagrimas escapaban de sus ojos sin necesidad de parpadear—. Me engañó, hizo que me enamorara de ella para…

—Ella te ama, pedazo de imbécil, por eso te dijo la verdad. ¿No hiciste tú lo mismo por amor a ella?

—¡Eso es diferente! —replicó Syaoran—. Mi amor no la ha lastimado, en cambio el suyo, acaba de destruirme.

Eriol sonrió. —Tú también la has destruido, querido amigo. Un día la llamas princesa, y al otro maldita egoísta, ¿eso no duele? —lo liberó de su agarre con un gesto desdeñoso—. Si Sakura llegase a morir, ¿te gustaría que se marchara con el recuerdo de esas palabras? ¿Un te amo de tu parte, no habría sido mejor? ¿No sería un consuelo saber que ella te corresponde? —Más que un consejo, Eriol estaba depositando sus sentimientos y experiencias en Syaoran. Era un propósito de vida no permitir que los demás cometiesen sus errores. Aunque en el caso de Syaoran sólo habían amor y orgullo involucrados. A diferencia del suyo, donde habían celos y envidia, los sentimientos que a pesar de ser un niño, le consumieron por dentro.

—¡Largo, fuera de aquí! —vociferó Syaoran arrastrándolo fuera de la habitación—. Tú no sabes lo que es perder a un ser querido.

Eriol asió una mano en el marco de la puerta, rehusándose a abandonar el lugar.

—Porque lo sé te lo estoy diciendo —masculló mirando retadoramente a Syaoran—. Tú no eres el único que ha sufrido. El maldito egoísta aquí, eres tú. Sólo piensas en tu dolor, ¿y el de los demás, dónde queda? Estás enfrascado en lo mismo porque quieres, tienes una madre, tienes amigos, una novia dulce y bonita con la que podrías disfrutar una temporada. ¡Coño, hasta tienes un guardián! —Por sí solo, salió de la habitación—. ¿Y yo qué tengo? Dinero por montones y una vida que no me pertenece. Así que, anda. Ahora puedes mandar a la mierda a Eriol.

—¡Vete a la mierda, maldito cabrón! —Le estrelló la puerta en la cara. Él no necesitaba los consejos ni la compañía de nadie. Superaría todos sus problemas solo. Ganaría el torneo y se casaría con Evangeline, iba a ser feliz, muy feliz.

Miró un jarrón blanco encima del buró y lo quebró de un puñetazo. La sangre roja se deslizaba de sus nudillos a la mesa, tiñendo de carmesí los pedazos de cristal roto. Ese sonido, no fue el sonido de la arcilla rompiéndose, era de su corazón. Se dejó caer de rodillas al piso, a quién engañaba, Dios querido. Necesitaba ayuda, no quería perder a nadie más. ¿Por qué todo lo que él amaba moría? Fanren, Sakura, incluso Hien. A ese bastardo lo detestaba más que a nadie por haber muerto.

Su padre murió sin que él pudiese demostrarle cuán fuerte era, que poseía todas las habilidades para ganar el torneo y convertirse en un líder digno como descendiente de la familia Li. Y lo que más dolía y pesaba en su interior, era que no pudo devolverle una de las tantas palizas que él le había dado. Tenía planeado hacerle sufrir toda la agonía de su infancia perdida, de cada una de las Jikaidos que llevaba en su piel. Le haría desear piedad, misericordia, y cuando estuviese ahí, derrotado y muriéndose en suelo como la basura que era, le enseñaría lo que se siente añorar una palabra de amor, una mano extendida para ayudarlo a levantarse…

Ahora, se daba cuenta de que él tenía todo eso. Sus amigos como lo dijo Eriol, eran esa mano. Las palabras de amor salían de la boca de su madre y la de Sakura. Por orgullo les rechazó, había echado todo a perder.

Se devanó en el piso, tirando de su cabello. Sakura, a su hermosa Sakura la había tratado como la peor de las escorias, cuando debió abrazarla, besarla, fundirla con él para que no sufriera; no estaba enojado con ella, sino consigo mismo. Él podía salvarla, darle su Deixus, huir y vivir feliz con ella. Pero si algo le enseñó Hien, fue a respetar el Ictarius por encima de todo. Prefería quemarse vivo en una hoguera antes de romper la regla que significaría su expulsión de la hermandad, y el término de su dinastía.

A Eriol, quien le hizo ver la realidad de su situación, le había dado una patada en el culo cuando le confesó su pasado. A él le intrigaban mucho los secretos de su amigo, debió aprovechar la oportunidad y sacarle la información completa. Suspiró. Todavía en sus pensamientos era egoísta. Eriol lo escuchaba, le prestaba su hombro para llorar como nena, ¿y él qué hacía a cambio? Nada.

Se hizo un ovillo en el piso. Primero se lamentaría lo suficiente y después, iría a pedirles perdón. Pese a que pensara lo contrario, continuaba siendo un niño berrinchudo y caprichoso. No el hombre que necesitaba ser.

—Comienzo a creer que tienes razón, Hien —murmuró.

*.*.*

Tomoyo zapateaba impaciente el piso de la cocina, mirando su reloj de pulsera. Ni Li ni Sakura habían dado señales de vida en toda la mañana, ¿acaso el gótico pensaba que su prima no tenía obligaciones? Sacó su móvil del bolsillo trasero de su pantalón y gruñó al percatarse de que no había señal en ese lugar.

Escaneó a su equipo de cocina, ¡puras chicas ineptas de primer año! Ninguna de ellas sabía hornear un pastel. Bendita la hora —irónicamente—, en la que al profesor Terada se le ocurrió organizar una cena especial de despedida alrededor de la fogata. Ajustó la redecilla de su cabello y gimió angustiada. No podía con todo el trabajo sola.

—Pss, Daidoji. ¿Necesitas ayuda?

Tomoyo frunció el ceño, sacando la cabeza por la ventana de la cocina.

—¿Hiraguizawa, qué haces aquí? —siseó parándose de puntillas para mirar al chico—. Ve a jugar con la tierra. Vete, vete.

Eriol dio un salto y se colgó de la ventana. Tomoyo chilló por la repentina cercanía.

—He practicado todo el día haciendo pasteles de lodo —respondió orgulloso—. Creo que estoy listo para probar con harina.

Tomoyo se mordió el labio tratando de ocultar su sonrisa. Hiraguizawa tan payaso como de costumbre.

—No tengo tiempo para enseñarte —replicó con las manos en la cintura.

—Yo puedo, en serio —insistió—. Déjame intentarlo.

—Está bien —dijo entre dientes—, pero al primer error te largas.

Eriol le dio una sonrisa tan resplandeciente que la cegó por completo. Parpadeó en un intento de reprender su azoramiento.

—Bueno, ayúdame a subir —pidió Eriol comenzando a sonrojarse por el esfuerzo.

—¿Estás loco? Ve a dar la vuelta y entra por la puerta —replicó Tomoyo empujándolo de la ventana.

Eriol se quejó, aseándose con fuerza del alfeizar. Tomoyo no arruinaría su sueño de entrar a la cocina por la ventana. Se impulsó con los pies de la pared, y movió su brazo contra las manos de Daidoji. Una vez sus dedos rozaron los azulejos del interior, tomó fuerzas y metió una de sus piernas. Tomoyo se vio obligada a retirarse y esperó a que Hiraguizawa embadurnara de lodo el fregadero.

—¡Hiraguizawa-san! ¡Eriol-kun!

La lluvia de gritos inundó los oídos de Tomoyo. Todas las niñas de primer año se amontonaron alrededor de Eriol, lanzándole ovaciones y manoseándolo por doquier. Una de las chicas —que posiblemente no estaba en pleno uso de sus facultades mentales—, tuvo la osadía de gritar que era guapo. Tomoyo se sonrojó, mirándolo bien…, ¡Eriol era guapísimo, con un demonio! Su altura era perfecta, sus hombros un poco anchos y su cintura estrecha. Deslizó su mirada más abajo, dándose cuenta de que Eriol llenaba muy bien los pantalones. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

Bueno, su manera de vestir había cambiado un poco, él nunca se vería tan sexy como Li, pero tenía lo suyo. Su piel nívea evidenciaba claramente sus sonrojos, detalle que lo hacía ver lindo. Sonreía tímidamente, con esos labios suaves y rosáceos enmarcando una hilera de dientes blancos y perfectos.

—T-tranquilas chicas —tartamudeó Eriol, retirando algunas manos de lugares prohibidos. ¿Cuándo se volvió tan popular entre las féminas?

Tomoyo suspiró. Tartamudeaba, no conocía a nadie que lo hiciera mejor que Eriol —a excepción de su prima, por supuesto—, sus palabras atropelladas eran hechizantes.

—Daidoji, ayúdame —suplicó Hiraguizawa, girándose con una chica prendida en su cuello.

Tomoyo lo miró. Sus ojos azules, tan cristalinos y profundos… Se sonrojó abriendo sus ojos desmesuradamente. ¿Qué rayos fue esa descripción de Hiraguizawa? Ella lo consideraba un patito feo realmente. Aunque esos animales se convertían en bellos cisnes. Tal vez Eriol estaba en su etapa de metamorfosis. Sí, eso debía ser. No era ella, su percepción de Hiraguizawa no había cambiado por un par de besos, un chupetón y una vehemente declaración de amor.

La amatista gruñó tirándole una oreja.

—Haz venido a ayudarme, no a flirtear con enanas —le espetó fulminando con la mirada a la chica que pendía de su cuello.

—Sí, Tomoyito —gimoteó el oji-azul sacudiéndose a la chica de encima.

—¡Miren, Daidoji-san está celosa!

—¿Y qué? —refunfuñó la amatista amenazándolas con una cuchara de madera—. El chico se declaró mío por la mañana, así que aléjense de él.

Las orejas de Eriol despidieron más vapor que el horno a su lado.

—Eso significa que me has aceptado —susurró ilusionado, abrazándola por la espalda.

—No, tonto —Tomoyo destruyó sus ilusiones, como quien pisotea un castillo de arena que se ha elaborado con mucho esfuerzo—. Es para que éstas mocosas no abusen de ti.

—Oh, bueno. Cocinemos entonces.

*.*.*

Tomoyo no podía creer la facilidad con la que Eriol preparó la mezcla de los pasteles. Según ella, tendría que enseñarle paso por paso, pero fue Eriol quien terminó enseñándole a preparar la crema pastelera.

—No sabía que cocinaras de verdad —susurró, rellenado de mezcla la manga pastelera.

—Me enseñó, Cristina, mi madre —aclaró él, rebanando algunas fresas—. ¿Y a ti?

Tomoyo arruinó la cubierta de merengue del pastel que decoraba. Ella aprendió a cocinar por necesidad, era prácticamente una sirvienta en su casa.

—Mi mamá también —respondió, ocultando el temblor de sus manos—. ¿Dónde están tus padres, por cierto? No hablas mucho de ellos —Lo miró de soslayo esperando una respuesta.

—Si vamos por partes, sus restos en el cementerio y sus almas, quién sabe —se encogió de hombros—. Murieron.

Tomoyo abrió la boca sin saber qué decir. ¿Cómo era posible que Eriol mencionara con esa simpleza la muerte de sus padres?

—Lo siento —se atrevió a decir—, no lo sabía.

—Yo más —musitó, tensando su mandíbula.

Tomoyo tragó pesado al notar que Eriol rebanaba las fresas, salpicando pedacitos de la tabla de madera por la fuerza que ejercía con el cuchillo.

—Más que triste, pareces enojado.

—Lo estoy —respondió Eriol arrojando el cuchillo al fregadero—, porque no puedo competir contra algo que no existe.

—No te entiendo —gimió Tomoyo, no le gustaba esa mirada tan fría en el afable rostro de Eriol.

—No es necesario que lo hagas, y si no te molesta, preferiría no hablar más sobre ello —Si Tomoyo no lo sabía, mejor para él.

*.*.*

Las Heart Jewely se apilaron ansiosas en la puerta de su cabaña. Era la hora de la cena, por lo tanto todos sus compañeros estarían distraídos comiendo alrededor de la fogata, y no habría obstáculos en el camino para ejecutar su reto.

Rika sostenía la canasta donde las respectivas perdedoras estaban depositando su ropa. Tomoyo deslizó sus braguitas de seda por sus piernas, y cerró los ojos apretándolos con fuerza. A Sakura no le importó que las demás chicas se burlaran de su sujetador de algodón y sus bragas rosadas con estampado de corazones.

La inexpresión de sus facciones llamó la atención de Naoko, ella sabía que algo malo sucedió entre Sakura y Li esa mañana. Ella pasaba por los dormitorios de los chicos, cuando Sakura salió disparada de aquella cabaña convertida en un mar de lágrimas. Ni siquiera atendió el llamado de Eriol, y no era una costumbre de la esmeralda dejar a las personas con la palabra en la boca.

—Sakura si no quieres hacer esto, yo puedo tomar tu lugar —ofreció Naoko, tomando una de sus manos.

Sakura le sonrió con esfuerzo.

—No te preocupes, Naoko. Estoy bien.

—Puedes tomar el mío —chilló Mihara cubriéndose los senos.

—No, nadie puede cambiar sus lugares —protestó Rika exigiendo la ropa interior de Sakura.

Sakura se despojó de sus prendas, y presionó con ambas manos el medallón que Syaoran le dio por la mañana. Sus ojos se irritaron y el dolor se acumuló de nuevo en su garganta. Recordar las palabras de Syaoran la lastimaba profundamente, sin embargo no lloraría más. Se fijó en el corazón de cuarzo, que también pendía de su pecho. Sus dos tesoros, los dos regresarían a las manos de su dueño original esa noche. Si no tenía el amor y la comprensión de Syaoran, no quería nada suyo.

—Sakura, ¿te sucede algo? —preguntó Tomoyo ocultándose atrás de su prima.

—No, todo está bien.

Rika abrió la puerta, y el gélido frío de la noche, les erizó la piel a las tres perdedoras. Sakura entrecerró los ojos, cuando el cabello de su flequillo se alborotó.

—No quiero hacerlo —gimoteó la amatista.

Sakura la tomó de la mano, y le sonrió sinceramente.

—Vamos, Tomoyo. Será una experiencia que siempre recordaras, y más porque es algo que haremos juntas.

Tomoyo se sintió aturdida por el pequeño discurso de Sakura. ¿Dónde estaba su valor? Se suponía que ella tenía que darle palabras de aliento a la pequeña castaña, pero la situación estaba ocurriendo a la inversa.

—Claro —amplió su sonrisa—, será una divertida historia para mis sobrinitos y una muy excitante para mi cuñado —movió sus cejas sugestivamente, riendo por el sonrojo de su prima.

Sakura le permitió soñar a Tomoyo. Ella no viviría tanto como para tener hijos, y nunca tendría un esposo porque ni siquiera tenía novio.

—Bueno, basta de palabrerías —refunfuñó Rika—. A la cuenta de tres, deben correr.

Las chicas se alinearon en los escalones tomándose de las manos.

—Nosotras correremos detrás de ustedes para verificar que cumplan con la apuesta —repuso Naoko cargando con tres toallas blancas, tampoco permitiría que las chicas se congelaran.

—Uno, dos…, ¡tres!

Las chicas emitieron un suspiro lastimero con el aviso de salida. Las tres corrían con los ojos cerrados de la vergüenza, sintiendo la grama bajo sus pies. Estuvieron a punto de caer al suelo cuando chocaron con el rótulo de los dormitorios. Sus manos se soltaron y Tomoyo y Chiharu arrugaron la nariz, acariciándose el pecho por haberse golpeado contra los astillados troncos que sostenían el letrero.

Sakura volvió a tomar sus manos, corriendo con entusiasmo. La luz de la luna bañaba sus cuerpos desnudos, y las estrellas se alineaban para guiar su camino. Ella buscó su lugar en el cielo mientras corría riendo con sus amigas, quería ser un astro para estar siempre con ellas y mirar lo que era de sus vidas. Deseaba que ellas la recordaran no como la loca llorona que conocieron, sino como la chica intrépida que atravesó el bosque sin vergüenza.

Les deseaba vidas felices a cada una, especialmente a la encantadora Tomoyo que la cuidó cuando no pudo defenderse, incluso a la malvada Rika que no perdía oportunidad para burlarse de ella. A su hermano, que fuese feliz con Yukito. Sonrió. Era extraño pensar en ello, pero era la verdad. Ella les vio besarse una vez hace un par de años, ¿o quizás fue su retorcida imaginación? Lo dudaba, fuera lo que fuese, su alma partiría del mundo llevándose el cariño que recibió de ellos. En cuanto terminara el campamento, le pediría a Kaho que la sacara del internado, volvería a la mansión donde creció su madre. Vería los jardines y se mecería en los columpios hasta que pudiese. Tal vez, podría leer el diario de Nadeshiko del que nunca encontró la llave.

Rodó los ojos escuchando los comentarios de Rika acerca de su falta de curvas. Hizo una mueca, era cierto. Los senos de Tomoyo y Chiharu rebotaban al brincotear las raíces de los árboles, y los de ella apenas se movían. Su rostro se coloró, ¡a ella no le importaban esos detalles! Se miró una vez más haciendo un puchero, eran bonitos, firmes, pequeños, y adorables.

Frunció el ceño cuando el emblema de Syaoran comenzó a brillar con el mismo tono azul que salió de su mano. El cuerpo del dragón parecía remolinearse dentro del círculo que él había formado. El sonido de una explosión frente a ella le obligó a levantar su mirada. Sus compañeras gritaron estrellándose contra una pared invisible, mientras que ella permanecía de pie, cubierta por el resplandor que emitía el emblema. Su pulso galopaba acelerado, no veía nada, pero podía escuchar el repiqueteo de dos espadas enfrentándose.

—¡Tengo miedo! —gritó Chiharu levantándose de la tierra—. Vámonos, chicas. Hay que huir de aquí.

Tomoyo extendió su mano, sentándose sobre sus talones, y palpó el firme muro de cristal.

—¿Pero qué…?

—Es Sakura —le alertó Chiharu, mirando la luz que expelía el emblema de la castaña.

Tomoyo se incorporó de inmediato e intentó arrebatarle el medallón a su prima, que permanecía atónita frente al muro. Sin embargo el objeto le quemó la mano.

—Sakura, tenemos que salir de aquí —exclamó tomándola del brazo, dejando atrás el dolor de su pequeña lesión.

Al instante en que Tomoyo tocó a Sakura, la imagen luminosa de un dragón se levantó ante ella, arrojándola a muchos metros de distancia de la castaña. Tomoyo gimió cuando su espalda se estrelló contra el tronco de un árbol, la palma de su mano estaba completamente quemada ahí donde toco a Sakura; Chiharu corrió en su auxilió, gritando afligida. Ella también veía a la bestia que se movía alrededor de Sakura, formando un escudo de hojas y tierra. Dificultosamente lograban atisbar a Sakura dentro de ese remolino.

—¡Sakura! —gritó Tomoyo intentado ponerse de pie.

Chiharu le ayudó a incorporarse, mirando con preocupación a Rika y Naoko, quienes habían entrado en un estado catatónico.

—Es una bruja, esto es una trampa —balbuceó Sasaki—. ¡Vámonos, vámonos!

Tomoyo se soltó de agarre de Chiharu, y corrió hacia el remolino.

—¡Sakura! —repetía, pero ella no contestaba.

El resto de las Heart Jewelry se fueron sobre su líder, ella luchó por liberarse y ayudar a su prima, pero acabo por desmayarse con un golpe que le asestó Chiharu.

Sakura dentro de su escudo protector, continuaba escuchando guturales gruñidos y la voz de una chica. Dio un paso adelante sin chocar contra el muro, el dragón blanco levitaba al contorno de su cuerpo, no le temía. Syaoran pese a todo no le habría dado un objeto que pudiese dañarla.

—¿Pero qué haces aquí? Vete, estúpida.

Sakura con sus muy abiertos, miraba incrédula la silueta de Evangeline frente a ella con una espada en la mano.

—Eva… —murmuró.

Evangeline tuvo la intención de acercarse a ella, pero cayó de bruces al piso como si alguien la hubiese empujado por detrás. La chica giró rauda sobre su espalda, y empujó con brazos y piernas a su enemigo invisible.

—Has venido —La voz de una dulce niña le dijo a Sakura.

La esmeralda retrocedió con la imagen de la niña haciéndose presente. El dragón que la rodeaba rugió expeliendo pequeñas descargas eléctricas de su cuerpo. Sus ojos rojos ardían como la lava de los volcanes derritiendo todo a su paso.

—No puedo poseerte —dijo la pequeña con una expresión divertida en su rostro—, pero puedo adoptar tu figura.

—¡No! —gritó Evangeline convirtiendo su espada en una gruesa cadena metálica.

Antes de que las cadenas tocaran el cuerpo de la niña, ella desapareció y la rubia gritó de frustración tirando de sus cabellos.

—Lo arruinaste —exclamó la guardiana mirándola con rencor. Abandonó la forma de su dueña, convirtiéndose en una tigresa plateada de ojos violetas—. Llevo todo el día intentado cazarla.

—¿Quién eres? —preguntó Sakura.

Airi rugió corriendo en dirección opuesta, ahí donde Tomoyo yacía desmayada en los brazos de las chicas. Las heart jewelry gritaron arrojándole piedras a la guardiana para protegerse, sin embargo, los ojos de Airi brillaron refulgentes, colocando un hechizo en sus mentes.

Sakura gimió con el emblema del dragón golpeándole el pecho. Todo lo que la rodeaba se desbordo con la desaparición de la bestia. Miró a sus amigas desvanecerse en un sueño profundo, y a la tigresa vertiendo una lágrima sobre la mano lastimada de Tomoyo, que al contacto con su piel, se transformó en una burbuja tan verde como sus ojos. Las heridas de su prima fueron sanadas, y con ello llegó el alivio.

—¡Syaoran! —Un grito desde el interior del bosque las alertó. Aquella voz cargada de desesperación, le pertenecía a Eriol.

Sakura sin impórtale su desnudez, comenzó a correr en dirección a la laguna. Mientras que la tigresa desplegó sus alas blancas y voló por los aires.

*.*.*

Minutos antes, Syaoran salía de su cabaña con las manos metidas en los bolsillos laterales de su chaqueta café de cuero, sus pantalones azules apretados y sus botas negras lustrosas, complementaban su indumentaria. Su rostro, era mierda. Tenía los ojos rojos e inflamados, su nariz competía con el rojo de las manzanas y si hablaba en esos momentos, le saldría la voz chillona.

Eriol estaba apoyado en el pasamano de las escaleras con los brazos cruzados sobre el pecho. Syaoran avanzó lentamente hacia él, sin atreverse a mirarlo. La vergüenza por sus acciones de esa mañana, inundaba su ser. Él no agachaba la cabeza ante nadie, pero esta vez lo haría.

—Perdón —pidió con su horrible y trémula voz.

—Te perdono —Eriol sonrió colocando una mano en su hombro—, pero debes compensarme después. Me debes un ramo de flores para mi madre.

—Yo, siento haberte recordado eso también —suspiró pateando un piedrita—. Puedo escuchar tu historia si lo deseas.

—Accidente automovilístico —resumió Eriol—, ellos murieron así.

—¿Y por qué te sientes mal? Además de haberlos perdido —repuso.

—Creo que este no es el mejor lugar para decírtelo —respondió Eriol observando sus alrededores—. Las paredes tienen oídos.

Syaoran asintió con la cabeza, curvando una leve sonrisa.

—¿Viste a Sakura?

—No, ella no quiso hablar conmigo. Sólo me pidió que ayudara a Tomoyo en la cocina.

—Temo que ella no me perdone —decía Syaoran apreciando los vendajes de su mano—. La lastimé demasiado, no supe protegerla de mí.

Eriol suspiró, notando el movimiento de las ramas de los árboles. El bosque era muy lúgubre de noche.

—Lo dudo, Sakura es buena. Lo hará.

—Pero, no me siento capaz de cumplirle una promesa. No quiero verla morir, Eriol.

—Es el camino que todos llevamos, Syaoran —le consoló—, sólo que a algunos les llega antes. Mira el lado amable de la situación, la conociste, compartiste buenos momentos que un futuro serán hermosos recuerdos. Procura que Sakurita se lleve uno bueno de ti, ella es muy especial, sus sonrisas siempre te hacen sonreír. Sabe ser graciosa también, sus gestos infantiles te provocan tanta ternura que sólo quieres abrazarla, y cuando sus manitas te tocan…

—Suenas como si estuvieses enamorado de ella —musitó Syaoran. ¿Por qué él que sí la amaba no podía expresarse así de Sakura?

—No te equivoques. Antes de que tú llegaras, éramos muy cercanos. La veo como una hermana —Eriol se sonrojó—. Y-yo amo a Tomoyo, lo sabes.

—¿Entonces qué rayos le ves a Daidoji?

—A Tomoyo… —bufó pasándose las manos por el cabello—, realmente no lo sé. ¿Su físico? No, no es eso. Tomoyo es un ser misterioso, incomprensible para mí. Creo que es una obsesión descubrir lo que ella esconde. Desde que estoy en el internado, no ha tenido novio. Es popular, bonita, pero no es feliz.

Syaoran escuchaba atentamente a Eriol hasta que una extraña sensación proveniente del bosque rompió su concentración. Eriol frunció el ceño mirando el desigual movimiento de los arbustos lejanos, el apresurado crujir de las ramas, provocó que Syaoran adoptara una posición de alerta cubriendo a Eriol con sus espaldas.

Eriol entrecerró los ojos ajustándose las gafas, esperaba ver a un jabalí o a un oso salir de los matorrales, pero nunca esperó ver a Sakura sin ropa, aparecer por ahí.

—¿Pero qué demonios…? —gruñó Syaoran quitándose la chaqueta. Se sintió mal por disfrutar del hermoso cuerpo de su novia. Su larga melena castaña, cubría parte de sus senos haciendo juego con los risos de su entrepierna. ¡Oh, mierda! Algo se movió dentro de sus pantalones.

—Syaoran esto no puede ser real —jadeó Eriol.

—Cállate, y cierra los ojos —ordenó el ambarino, corriendo hacia Sakura.

La chica río guiñándole coquetamente un ojo, y se dio a la fuga.

—¡Sakura, ven aquí! —gritaba Syaoran persiguiéndola al interior del bosque con los brazos extendidos, listos para cubrirla con la chaqueta.

Eriol se debatía entre perseguir a Syaoran y Sakura o irse a beber una cerveza bien fría con los mafiosos y Yamazaki. No, ahí estaría Shinji y no quería verlo. Sacudió la cabeza, echándose a correr detrás de sus amigos. Sí, era una situación de pareja pero algo en Sakura no andaba bien, ella por ningún motivo correría por el bosque a merced de cualquier depravado. Escuchaba y se dejaba guiar por sus voces, la risa de Sakura era extrañamente encantadora, mientras que la voz irritada de Syaoran ascendía niveles dolorosos para sus oídos.

Los movimientos de las ramas oscuras agitando sus hojas con el fuerte viento, y el ruido de las aves nocturnas escondidas entre los árboles lo asustaron. Corrió más rápido, su corazón agitado sin razón aparente. El miedo comenzaba a invadir sus sentidos. Dio un fuerte respingo al sentir una respiración en su nuca y un ligero peso sobre su hombro derecho. Intentó reprender con oraciones al ser que lo atormentaba porque no cargaba el amuleto que Syaoran le obsequió. Se sacudió el hombro y sus piernas reaccionaron al peligro, auxiliándolo con velocidad para la huida.

—¡Oye, mocoso! —Aquella voz chillona, Eriol la conocía perfectamente.

—¿Kerberos? —preguntó retrocediendo.

La bestia guardiana apareció frente a él en su forma de peluche, posándose sobre su hombro.

—Transpórtame, ¿quieres? No tengo las energías suficientes para volar —Eriol asintió con la cabeza, retomando su camino.

—¿Y dónde se supone que debo llevarte?

—Con Syaoran, esa chica no es Sakura.

Eriol no pidió más explicaciones, le creía a la bestia guardiana. Chasqueó la lengua porque no llevó consigo su cámara de video, se perdería de la acción esa vez. Rebuscó en sus ropas su teléfono móvil, y pensó que tal vez la cámara del artilugio le ayudaría un poco con la visión.

Eriol y Kerberos cayeron al piso, estrellándose abruptamente contra una barrera invisible.

—Otra vez, no —se quejó Kerberos, golpeando con sus manitas el muro traslúcido.

Eriol creía que estaba ahí, porque cada toque de Kerberos a la barrera, iba acompañado de una onda expansiva de luz. Él mismo experimento el fenómeno al tocarla. Más allá de sus fronteras, estaba la laguna con Sakura levitando en el centro de ésta, como si el agua fuera un territorio firme para sus pies.

Syaoran parecía estar en una especie de trance, ya no gritaba ni sostenía la chaqueta, su cuerpo casi flácido y sin voluntad, introduciéndose a las profundidades del agua. Sakura mantenía sus brazos extendidos hacia él, susurrando su nombre y palabras de amor para atraerlo.

Eriol notó a pesar de lo preocupante y hermoso del panorama, que los ojos de Sakura eran de un abrazador color rubí. Su cabello se ondeaba con el fuerte viento que turbaba la superficie del agua, él mismo se sintió encantado por esa cosa que había adoptado la forma de Sakura. Syaoran se hundió repentinamente en el agua, y ella sonrió, desapareciendo a su vista.

—Esto, ¡maldita sea! —gritó Kerberos, golpeando la barrera con insistencia.

Eriol rebuscó su móvil entre la tierra, para ver a través de la cámara lo que sucedía en realidad. Su preocupación aumentó, al darse cuenta que Syaoran no salía a la superficie.

—¿Qué sucede? —le preguntó a Kerberos, activando la cámara del aparato.

—Syaoran no sabe nadar —gimió la bestia.

Eriol mismo sintió la necesidad de destruir la barrera con sus manos para corren en su auxilio.

Lo vieron ascender dificultosamente a la superficie tomando bocanadas de aire, moviendo sus brazos torpemente.

El espíritu que había copiado la forma de Sakura, se presentó en su forma original como una hermosa mujer de cabellos negros, piel blanca, sin ninguna prenda cubriendo su desnudez. Alzó los brazos sobre su cabeza, consiguiendo que el viento se arremolinara a su alrededor. El desigual oleaje de las aguas, provocó que Syaoran se hundiera de nuevo. Y Eriol lanzó una exclamación al momento en que las aguas se congelaron.

—¡Syaoran! —Eriol gritó desesperado, no había forma de que su amigo escapara de esa situación.

La mujer reía admirando su obra de arte. Syaoran parecía un insecto atrapado en el centro de una gelatina. Había cumplido su misión.

Para sorpresa de todos, un resplandor ascendió desde las profundidades, rompiendo la gruesa capa de hielo de la superficie. Eriol no necesitó de la cámara para notar que era el anillo de Syaoran. El pequeño aro brillaba como el fuego más refulgente, levitando hacia ellos con la rapidez de un meteorito que está dispuesto a impactarse contra un planeta con el propósito de destruirlo.

—Mis queridos dioses —exclamó Kerberos cuando el anillo traspasó la barrera sin ninguna dificultad.

—¡Kerberos! —vociferó Airi apareciendo por los aires. La guardiana también advirtió la presencia del anillo. Todas sus sospechas iban dirigidas a que el instrumento buscaba un cuerpo que poseer, sus ojos cayeron sobre Eriol cuando éste lo rodeó. Sin embargo, nunca imaginaron que saldría disparado en dirección a Sakura que corría despavorida a la laguna.

Ella gritó al verse rodeada de una cegadora luz blanca, su mente se adormecía y su cuerpo perdía voluntad.

—"La energía de mi amo" —Sakura escuchó diferentes voces en su cabeza susurrando esa frase una y otra vez. Un par de lágrimas corrieron por sus mejillas al perder completamente la conciencia, sintiendo una fuerte opresión en su pecho.

Todos admiraron el cuerpo de Sakura desfallecerse y flotar con sutileza. La explosión repentina de luz, obligó a los guardianes a cubrirse los ojos y a Eriol caer sentado en el piso.

El halo de luz, tomó la forma de un capullo envolviendo completamente el cuerpo de Sakura, fundiéndose con ella. Dándole vestiduras y un precioso báculo que la chica sostenía con su mano izquierda. Los presentes la vieron despedirse de su envoltura, con chispas relucientes adornando su largo vestido blanco, su cabello castaño se ondeaba con la brisa gentil que acompañaba su aura, sus ojos se mantenían entrecerrados, permitiéndoles admirar el límpido color verde que se preservaba.

El báculo cuyos atrayentes eran una luna menguante y una estrella de siete picos entrelazadas, se convirtió en una espada de filo traslúcido. El primer paso de Sakura, vino acompañado de un violento torbellino, las hojas que se atrevían a rozarla, se pulverizaban sin duda alguna. Eriol se apartó de su camino para no sufrir el mismo destino y vio con impresión la destrucción de la barrera con el roce de la espada.

Kerberos tuvo la intención de volar hacia la laguna, pero fue azotado sin piedad por un látigo de fuego que apareció en la mano de Sakura.

—No te atrevas a acercarte, bestia inútil —murmuró Sakura con un tono de voz tan mordaz, que Eriol ni en la peor de sus pesadillas deseaba escuchar—. Haz fallado en tu misión de proteger al amo.

Ella continuó avanzando desvaneciendo el látigo y la espada de sus manos. El espíritu demoniaco, también hizo su intento de acercarse, pero Sakura la apartó expeliendo una pequeña orbe de energía de su mano, arrancándole un alarido desgarrador.

Llegó a la orilla de la laguna, envolviéndose en una burbuja cristalina cuando sus pies tocaron el agua. Los bloques de hielo se derritieron anunciando el fulgor de su presencia. El viento y el oleaje producidos por el demonio cesaron, para regresar a tranquilidad que les caracterizaba.

Eriol dio un paso adelante con la intención de ayudar a cargar a Syaoran, pero Airi se interpuso en su camino.

—Más te vale no cruzarte con ella —advirtió señalando con la cabeza el cuerpo desfallecido de Kerberos—. Eres un humano, y por lo tanto una amenaza para su amo.

—¿Pero qué es lo que sucede? —preguntó Eriol, reconociendo que jamás había presenciado algo similar.

—El anillo ha recurrido a su fuente más cercana de energía —la tigresa le lanzó una mirada al demonio que todavía yacía quejándose adolorido por el golpe—, pero su deber de protección, se ha vuelto excesivo por los sentimientos de Sakura. El anillo destruirá a todo aquel que intente acercarse a su amo.

Eriol tragó pesado, con el emerger de Sakura con Syaoran en brazos. Ella lo miraba con amor y ternura, mientras que a los demás, deseaba pulverizarlos. La esfera que los envolvía, desapareció cuando llegaron a la orilla, donde Sakura postró con delicadeza el cuerpo de Syaoran y se giró para enfrentar a su contrincante.

Eriol temió que los súper poderes de Sakura no fuesen suficientes para derrotar a esa mujer malvada que para variar se veía más grande y fuerte que la esmeralda. Alas negras brotaron de la espalda del espíritu y ascendió a los cielos mirando retadoramente a Sakura.

Eriol estuvo al borde del desmayo cuando Sakura aceptó el reto desplegando hermosas alas blancas de sus omoplatos.

—No puede ser —jadeó Airi—. Ella no es humana —Sus sospechas se confirmaron, Sakura era un híbrido.

Continuará…


Mi Dios! Por fin he terminado el capítulo. Lamento la tardanza, pero con todo el estrés que me he cargado estas semanas, mi úlcera gástrica no me ha tratado muy bien. Yo espero que el capítulo les haya gustado o que por lo menos, no se hayan aburrido leyendo. Creo que merezco una opinión de su parte, les pido que no se olviden de comentar.

Y les agradezco a todos aquellos que comentaron el capítulo anterior.

Tenía planeado que el capítulo siguiente se titulara: "amor de familia", el capítulo especialmente centrado en Eriol, pero no estoy muy segura si los sucesos se darán como lo esperaba. Lo más posible es que no, porque incluso aquí omití un par de escenas que son importantes, entonces las pondré en el siguiente. Ok.

P.D: espero que el capítulo no tenga tantos errores, porque no me ha quedado mucho tiempo de corregirlo.

P.D 2: Yo sé que en el capítulo anterior Touya mencionaba que si Li le daba su Deixus a Sakura se convertiría en su Kanae, y Syaoran dice en este que es prohibido dárselo a un humano y que significaría su expulsión de la hermandad. ¿Explicaciones? A su debido tiempo. xD