Disclaimer: Los personajes de CCS son propiedad intelectual del grupo CLAMP. La historia es de mi autoría.
"Oscuras tentaciones, Divinas relaciones"
Capítulo 12: Dos amores.
Seth se enjuagó el sudor con la manga de su camiseta, dejando una carreta cargada con equipo de jardinería en el garaje de su casa. Si su padre no rondase por los alrededores, sacaría una cerveza bien fría del frigorífico y se echaría en la grama cercenada del jardín a observar los cambios de la luna. Se limitó sin embargo a apoyarse en la pared del exterior para admirar las estrellas.
Sakura Kinomoto le había dado muchos dolores de cabeza en las últimas horas, demasiados misterios envolvían a esa familia. Para que Sakura fuese especial y continuase con vida, tenía que ser estrictamente hija de una intermediaria con un humano, si el caso fuese el contrario, ella habría muerto siendo un bebé. Lo malo es que Seth investigó esa tarde que Nadeshiko Amamiya, madre de la susodicha, era humana. Dejando como único y rotundo sospechoso a Fujitaka Kinomoto.
Seth estaba convencido de que con esa información estaba partiendo de cero. Kinomoto no era el apellido real de esa familia, no existían registros de ese apellido por ningún lado. Con el nombre Fujitaka, se llevó puros disgustos en la gran biblioteca de la hermandad porque era un nombre bastante común, no encontrando absolutamente nada. Pero si Sakura Kinomoto era verdaderamente un híbrido con un padre intermediario, ¿por qué estaba muriendo? El tal Fujitaka tuvo que haberle dado su Deixus antes de nacer para que ella estuviese sana, a menos que ya no lo tuviese consigo.
Trató de hacer memoria del día que visitó el internado, se fijó en Sakura, en lo bonito de sus rasgos y en la inocencia de su aura, no había nadie más con una presencia similar en ese lugar. Tal vez tuviese un hermano mayor, eso explicaría la falta de Deixus de su padre, entonces, ¿cómo demonios Sakura había sobrevivido tanto tiempo? Lo más normal era que su madre hubiese muerto con ella aún en el vientre o que Sakura hubiese nacido muerta. En el caso de que hubiese ocurrido un milagro, la bebé habría vivido un par de semanas, no más.
Suspiró, pasándose una mano por el cabello todavía húmedo por los trabajos que acababa de realizar. Si había algo que lo fastidiara más que entrenar, era mantener íntegros los jardines del templo de la diosa Tsuki. El trabajo no le correspondía a su familia, su padre era hasta hace siete años el secretario general del círculo de la hermandad, pero cuando el anciano Shisaki Miura murió sin dejar descendencia que le sustituyera, Hien Li, antiguo líder de la hermandad, decretó que la familia Zhōu debía hacerse cargo del trabajo.
A Seth no le importó mudarse a la nada en aquel entonces, de todos modos, los cambios que sobrevinieron en la organización después de la muerte de Hien Li, les habrían afectado de alguna manera. Muchas veces Seth se preguntaba, por qué Syaoran odiaba tanto a su padre, porque según los recuerdos que él tenía de su antiguo líder, Hien no era tan malo.
Syaoran era un amargadito cuando lo conoció a los nueve años, pero después de la muerte de Hien, y sobre todo de Faren, se volvió todavía más detestable. Syaoran no hablaba mucho de nada ni de nadie, las únicas que conseguían sacarle algunas palabras eran su hermana y la dulce Evangeline.
Seth aún recordaba el primer día que Syaoran se presentó en los salones del Ragnom Holle, para ellos era un misterio dónde había estudiado el castaño los años anteriores, lo importante era que la atención de todos sus compañeros había estado sobre él, por ser el hijo primogénito de su líder en aquel entonces. Más que simpatía, a ellos les había unido la rebeldía. El mismo año que Syaoran perdió a dos miembros de su familia, Seth había perdido a su madre, Yukari; Deker sólo era un idiota que se les había unido porque le gustaba joder a su padre haciéndolo enojar.
Realmente ellos no eran tan malos como sus similares pensaban, pero los tres habían jurado nunca revelar el verdadero motivo por el que comenzaron a involucrarse en trabajos sucios. Seth se sentía culpable por encima de todo cada vez que se metían problemas con la policía o cuando sus padres eran reprendidos por sus acciones en las reuniones de la hermandad, todo había comenzado por su causa. El único error de Syaoran y Deker era ser solidarios, aunque a los malditos también les gustaba el dinero.
—¡Papá dice que la cena está lista! —Seth miró a su hermano, Zasharick, de ocho años sacudirle la pierna para que le prestase atención.
—Sí, Zash —murmuró revolviéndole el cabello al pequeño que había heredado los grandes ojos azules de su madre—. Dile que enseguida voy.
Zash le miró con reproche, cruzándose de brazos.
—Eso me dijiste la última vez que arrancaste tu motocicleta y te largaste.
Seth resopló cerrando la puerta del garaje.
—Era domingo, tenía cosas que hacer.
—Siempre tienes cosas que hacer y me dejas aquí con papá —se pegó a la pierna de Seth y susurró—: sabes que no me gusta. Papá me odia.
—¿Y por qué no te pones las gafas te compré? Él no te odia cuando ocultas esos faroles azules que tienes por ojos.
—Soy popular en la escuela por ellos, no voy a esconderlos —replicó Zash, sacándose del bolsillo las grandes gafas oscuras que Seth le había obsequiado la semana pasada.
—Entonces jódete, enano —musitó abriendo la puerta de la cocina, empujó a su hermano frente a él y le dio una nalgada—. Ve a lavarte las manos.
—Ya me las lavé —dijo Zash mostrándole unas manos blancas y relucientes.
—No me importa, hazlo de nuevo —ordenó deshaciendo el mohín de su hermano con un golpecito en la nariz—. Necesito estar a solas con el viejo.
Zasharick salió de la cocina expresando su descontento con leves murmullos que no recitaban nada positivo a favor de Seth. El rubio sonrió en respuesta, encogiéndose de hombros, no discutiría con su padre enfrente del mocoso.
—No vamos a empezar de nuevo con lo mismo —advirtió Koichi colocando los platos sobre la mesa.
—¿Cómo quieres que no empiece con lo mismo cuando tú insistes en desplazar a Zash de esa manera? —apoyó las manos en el respaldo de una silla—. Zasharick es tu hijo, papá, no del cabrón con el que se largó mamá.
—Es más hijo de ella que mío —protestó Koichi sentándose al frente de la mesa.
Seth también se dejó caer en su silla.
—No me vengas con esas ridiculeces, Zash no tiene la culpa de parecerse a ella.
Koichi clavó su tenedor en un trozo de carne, estrellándolo en su plato.
—Deja de mencionarla, ¿quieres? Su recuerdo me lastima.
—A todos nos lastima su recuerdo —aseguró Seth, evocando a su mente la imagen de su madre moviéndose como libélula desenfrenada por la casa, el olor de su comida en la cocina, de las risas que se escuchaban por los pasillos cuando Yukari jugueteaba con ellos antes de dormir.
Koichi visualizó la añoranza en los ojos dorados de su hijo. La personalidad seria y decidida de Seth era parecida a la suya, en cambio Zasharick era casi idéntico a Yukari en todos los aspectos, la forma en que sonreía, el brillo alegre y mohíno de sus grandes ojos azules, su cabello castaño ligeramente rizado… Suspiró, se dio cuenta muy tarde de que Yukari no era feliz a su lado. Koichi no sabía en qué se había equivocado, incluso desistió de la idea de tomar una Kanae por amor a ella.
—Yo sé que Zasharick no tiene la culpa, pero me la recuerda demasiado —inclinó la cabeza, fijando la vista en su plato—. Tú la has visto, ¿cómo está?
—Bien —se limitó a responder Seth, Zasharick ya se acercaba a la mesa.
—Debe ser esta casa la que da mala suerte —comentó con sorna Koichi, observando a su hijo menor sentarse a la mesa.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Seth, sirviéndose una doble porción de asado.
—Porque al pobre Shisaki también lo dejó su mujer —sonrió—, y eso no es todo, su único hijo se enamoró tanto de su Kanae que cambió su Deixus para darle un hijo.
—Que idiota —opinó Seth sirviéndole guisantes a su hermano. Zash le puso mala cara, pero no protestó porque Seth le lanzó una mirada peor—. Lo expulsaron, me imagino.
—El clan Miura es uno de los cinco clanes especiales por ser los guardianes directos del templo de la diosa Tsuki, ellos no necesitan asistir a las ceremonias de luna llena para reabastecerse, ellos son congraciados todo el tiempo con energía.
—Vaya, es una lástima que el clan se extinguiera con la muerte de Shisaki.
Koichi asintió.
—Creo que el hijo de Shisaki se llamaba Fujitaka, al principio no fue castigado porque Hien Li tenía un interés especial en el clan Miura, su expulsión fue después de que su Kanae quedara en cinta por segunda vez; Hien no dudó en expulsarlo en cuanto se enteró de que sería una niña la que nacería —detuvo su relato para frenar la guerra de guisantes que protagonizaban sus hijos—. Los ancianos del círculo quisieron destituir a Hien de su cargo por ocultar durante tanto tiempo la falta del hijo de Shisaki. Al final, fueron Fujitaka y su esposa los que pagaron como debía ser, a ambos los expulsaron.
Seth arqueó sus cejas bebiendo un sorbo de limonada, podría ser que ese fuese el Fujitaka que buscaba.
—¿Y tú recuerdas el nombre de su Kanae, la viste alguna vez?
—Hum… La verdad, no. Sólo recuerdo que era una mujer muy hermosa y con mucho dinero.
Seth gruñó, esas descripciones no le servían.
—Necesito detalles, viejo. Haz memoria.
Koichi frunció el entrecejo, pero prefería hablar de las vidas ajenas que de la suya propia.
—Nadeshiko, la mujer se llamaba Nadeshiko Amamiya.
Seth sonrió, había dado en el clavo. Todo el tiempo tuvo la información en la punta de la nariz, de haberlo sabido se hubiese ahorrado una tarde desagradable en la biblioteca de la hermandad, seduciendo viejitas para que le proporcionaran información. Sacudió su cuerpo en la silla, el recuerdo le daba escalofríos.
—Entonces, ¿cuál era el interés de Hien Li en el clan Miura?
—No sé —Koichi se encogió de hombros cortando un trozo de carne—, pero la noticia de que el nuevo hijo de Fujitaka sería niña, pareció horrorizarlo, se encargó de desaparecerlos del mapa de inmediato. Hien siempre fue un tipo bastante extraño, incluso el día que nació Syaoran no se lo permitió ver a nadie, ni a la propia Ieran. Absolutamente todos conocimos a Syaoran hasta que cumplió nueve años.
A Seth se le resbaló el tenedor de las manos.
—¿Hablas en serio?
—Sí, creí que lo sabías.
—No, Syaoran nunca mencionó nada —jadeó, perplejo.
*.*.*
Los diminutos destellos que adornaron el brote de sus alas, le acompañaron en su ascenso formando una estela luminosa a su paso, ni siquiera los grandes astros en el cielo podían competir en ese momento con el resplandor expelido por el cuerpo de Sakura. Pequeñas orbes de luz titilaban alrededor de su aura, ondeándose con la suave brisa que cubría su entorno.
El demonio fue el primero en expandir su aura maligna, que se dirigió de inmediato a opacar los destellos que envolvían el entorno de Sakura. La esmeralda impertérrita observaba a su aura luminosa ser carcomida por los halos de oscuridad que le acechaban.
Abajo, en las orillas del lago, los espectadores admiraban decepcionados como Sakura se dejaba derrotar sin haber dado una pelea digna. Airi sintió sus patas elevarse de la tierra, su instinto de guardiana le decía que debía intervenir en la pelea; en contraparte con su sentido común, que indicaba que no debía moverse de ese lugar.
Eriol a través de su cámara, vio la conversión de los halos oscuros en cadenas que se enrollaron ágilmente en el cuerpo de Sakura, sus alas perdían movilidad como su respiración se volvía más acelerada. Pronto su flujo de oxigeno se encontró bloqueado por las cadenas oscuras que se escurrieron hasta su cuello, estrujándolo en una dolorosa agonía.
El demonio se acercó a la indefensa niña que le había golpeado con una fuerza abrumadora hacía unos minutos, esbozando una mueca socarrona. Desplegó toda su sensualidad maligna, asestándole una cachetada juguetona que dejó un rasguño en la mejilla de Sakura. Los ojos rubíes de la mujer, centellearon con el emerger de la sangre pura de la niña haciéndose presente a consecuencia de la excitante violencia del golpe.
A Sakura nunca el dolor le había parecido tan agradable, gracioso hasta cierto punto. Sus ojos verdes se abrieron para observar la expresión atónita que su risa le produjo al demonio. Las cadenas negras que la rodeaban, se transformaron en una serpiente de fuego verde que se deslizó de su cuerpo, lanzándose en contra del ser que les había creado originalmente.
El demonio se apartó de inmediato de Sakura, evadiendo aquel fuego divino que la pulverizaría si tocaba su cuerpo. Convirtió su propio brazo en una espada y cortó la cabeza de la serpiente. El inesperado ataque de la niña le sorprendió, sobre todo porque no imaginaba que ella poseyera esos poderes.
—Eres un ser bastante estúpido —Sakura sonrió limpiando con su mano el hilo de sangre que corría por su mejilla—. Te permití jugar conmigo y poco aprovechaste la oportunidad —dirigió la mirada al cuerpo de Syaoran en la arena. Cuando lo sacó del agua, notó la deficiencia de energía en su sistema, necesitaba restablecerlo de inmediato, no tenía más tiempo para jugar.
En su mano, apareció un arco tan luminoso como la flecha que se preparaba para lanzar. El proyectil incandescente surcó los cielos rompiendo las barreras de la velocidad. El alarido lamentablemente desgarrador del demonio, llegó momentos antes de la explosión de su cuerpo, a consecuencia de los rayos lumínicos que emitió la flecha.
Una ligera sonrisa apareció en el rostro de Sakura, descendiendo al admirar los restos demoniacos calcinarse en el aire. Las aguas que sus pies tocaban, se retiraban a su paso, construyendo un estrecho camino a las orillas de la laguna.
El cabello de Sakura se ondeaba rozándose con las suaves plumas de sus alas blancas. Sus brazos se extendieron liberando una armoniosa aurora de energía dirigida a envolver el cuerpo de Syaoran. El calor emitido por el remolino de vitalidad, provocó que las aguas superficiales se evaporaran produciendo una etérea neblina a la que Syaoran abrió sus ojos.
Los recuerdos de lo sucedido llegaron como un nítido flash back a su mente. Él había corrido detrás de Sakura hasta llegar nuevamente a la laguna, ella lo encantó con su dulce voz consiguiendo que él cayera al agua. La angustia asfixiante le hizo reaccionar en ese momento, aquella no fue su Sakura sino el demonio del cual le había advertido Airi. Rememoró haber emergido con dificultad, sin embargo la fuerte turbulencia del agua le obligó a hundirse de nuevo.
Lo que ocurrió debajo del agua, ya no lo recordaba con mucha claridad. Le pareció ver a un hermoso ángel tendiéndole la mano, pero antes de establecer contacto con ella, se desmayó y ahora, cada poro de su cuerpo ardía recibiendo lo que reconoció como su energía. Gimió, sintiendo la luz calentar sus venas, revitalizando su ser. El alivio que hace mucho tiempo no sentía, lo embargó por completo.
La espesa neblina difuminaba una silueta femenina acercándose a él. Syaoran no sintió la necesidad de incorporarse y prepararse para una batalla porque reconocía esa débil presencia mezclada con la suya. Parpadeó, reparando en las frondosas alas de la chica, en el flujo de energía que expelía su figura y entonces lo supo.
—Sakura —murmuró, apoyándose en sus antebrazos.
Ella llegó a sus pies, y con una sonrisa, se desplomó en su regazo.
Syaoran la acogió, abrazándola fuertemente, mirando como sus alas desaparecían dejando una sola pluma en evidencia de que alguna vez estuvieron ahí. El etéreo vestido blanco de Sakura comenzó a teñirse de carmesí, mientras Syaoran se reusaba a afrontar la realidad de los acontecimientos, la verdad atrás de Sakura Kinomoto.
El anillo plateado de los Li, se materializó en su dedo, confirmando así el hecho de que el instrumento había poseído a Sakura. Sin embargo, por más fuerte que fuese el espíritu guardián que ahí residía, por tanta abundancia de energía que haya tenido el cuerpo de Sakura, jamás, nunca el anillo habría podido darle alas.
Con las manos embadurnadas de sangre, acunó el rostro de Sakura, apartándole algunos mechones de cabello de la frente. No quería lastimarla más desconfiando de ella, haciéndole una pregunta innecesaria porque él ya sabía la respuesta. Todo el dolor que Sakura estaba padeciendo en ese momento, era su culpa. Si él no hubiese caído en la trampa, si hubiese sacado a relucir su férrea determinación con un corazón de hierro, Sakura no habría tenido que padecer el dolor del primer brote de sus alas.
—Sakura, dime quién eres en realidad, cariño.
La voz trémula de Syaoran, alentó la conciencia de Sakura. Intentó moverse, abrir los ojos, pero aquel viejo dolor que solía calarle hasta la médula, se había apoderado de ella, adicionándole la agonía de una piel desgarrada en su espalda.
Sollozó.
No sabía qué había sucedido con exactitud, sólo recordaba unas voces susurrando en sus oídos. Algo en su interior dictándole que todavía faltaba decir unas palabras para que Syaoran estuviese bien.
—Tú no tuviste la culpa —respondió, aunque lo que realmente quería hacer, era gritar por el dolor tan vivo recorriéndole el cuerpo. Se retorció en el regazo de Syaoran, apoyando inútilmente sus manos en la tierra, la fuerza de sus brazos flaqueó porque sus piernas no reaccionaron como debía ser. No podía moverlas.
Syaoran la sostuvo contra su pecho, cuidando de no complicar las heridas en su espalda.
—Respóndeme, Sakura, necesito saber…
Sakura levantó la cabeza para mirarlo.
—Tú no tuviste la culpa de lo que sucedió a tu hermana —sus labios trepidaban tanto como sus manos, y aún así, consiguió posarlas en las mejillas de Syaoran—. Lo comprendes, ¿verdad? Déjala ir.
Syaoran lo comprendió entonces. Él, su culpabilidad mal fundamentada, mantenía atada a este mundo a Fanren, por eso no se iba, él no la dejaba ir. Pero también, entendió el trasfondo de todo lo que había sucedido: La última lección.
—¡Airi! —gritó Syaoran, incorporándose con Sakura en brazos.
La guardiana apareció entre la neblina adoptando la forma de Evangeline, Eriol venia atrás ella.
—¿Ya te has dado cuenta? —inquirió, apartando la melena rubia de sus hombros—. Kerberos y yo lo sospechábamos, y si tu energía te ha sido devuelta, significa que ella la tomó aquella noche.
Syaoran reconoció la esencia pura del dolor en las lágrimas de Sakura, él que lo había sentido tantas veces, no deseaba que su querida Sakura siendo tan frágil y pequeña lo padeciera.
—Ayúdala —le exigió a Airi.
—No —La guardiana examinó con sus fríos ojos avellanas el grave estado de Sakura—, es prohibido ayudar a esas criaturas.
Syaoran plantó con firmeza sus pies en la arena.
—No me vengas con esas estupideces —musitó, preocupado por los suaves sollozos de la castaña—. Ella está así por mí, si no me hubiese ayudado estaría muerto. Por favor, haz algo.
Airi cerró los ojos, gruñendo. Sabía que si Evangeline estuviese en ese lugar, accedería sin remilgar a las peticiones de Li, por lo tanto, ella debía hacer lo mismo. Envolvió su mano en una esfera verde, indicándole a Li que dejase al descubierto las heridas de la esmeralda, antes de establecer contacto con la piel de Sakura y completar el hechizo, la energía le rebotó. Reacia a ceder tan fácil, cambió de técnica. Una serie de burbujas amarillas salieron disparadas de su mano, sin embargo, todas explotaban a centímetros de rozarse con las heridas.
Negó con la cabeza.
—No —susurró Syaoran buscando los labios de Sakura. La energía que normalmente ella debería absorber por el contacto, también le rebotó quemándole los labios. Gimió repitiendo su intento desesperado por aliviarla con su energía, consiguiendo sólo otra quemadura.
—Debe ser por los cambios bruscos de energía que experimentó su cuerpo, afectaron más su ya deteriorado sistema especial —dedujo Airi—. No aceptará energía de nadie.
Eriol se sentía impotente admirando el respirar quejumbroso de Sakura, la expresión contrariada de Airi, y la contrita de Syaoran.
—Eriol, ve por Daidoji —ordenó Syaoran—. Tenemos que llamar a la familia de Sakura, ellos deben conocer algún método para restablecerla, por algo ha conseguido llegar a esta edad.
—Pero tardarán mucho en venir, Syaoran, estamos en medio de la nada —protestó Hiraguizawa, con la intención de sugerir que era mejor avisarle a los maestros.
Syaoran pasó a su lado sin dirigirle la mirada.
—Si ellos de verdad son intermediarios, vendrán en seguida.
Arir se apresuró a trotar a su lado.
—¿Hacia dónde te diriges?
—A mi dormitorio —respondió Syaoran, aligerando sus pasos.
Airi lo detuvo colocando una mano en su hombro.
—No es necesario esperar, yo puedo llevarte.
Syaoran se volteó a mirar los familiares ojos avellanas de su amiga en Airi, su sola imagen era un gran apoyo.
—Está bien, vamos —No sabía qué explicaciones le daría a la familia Kinomoto por presentarse con Sakura en ese estado, y lo peor, no tenía idea de lo que les depararía el destino a ellos como pareja.
En ese momento, sólo en ese momento, sintiendo el vértigo que la transportación le producía a su cuerpo, pensó que lo mejor habría sido no conocer a Sakura. Así, su próxima muerte, no le habría afectado en lo más mínimo.
Pero ahora, abriendo los ojos en los oscuros pasillos del Fenix Scolarium, depositando un beso en la sudorosa frente de Sakura, rememoró lo que se sentía crecer sin un sentimiento de amor cultivándose en su corazón. Sin la esperanza de saber, que alguien ahí afuera, le amaba también, y escuchando el estrépito de sus pasos en la noche se juró que ni la muerte terminaría con ese sentimiento.
*.*.*
Su proceder hasta el momento, no había sido el más correcto. Desde que se convirtió en la esposa de Fujitaka dejó de pensar con claridad, dejó de pensar en ella en pocas palabras. Se resignó cuando Fujitaka le informó que tomaría una Kanae, bajó la cabeza sin replicar el día que Fujitaka cambió su Deixus para darle un hijo a Nadeshiko, sacrificó el suyo para que Sakura pudiese nacer, ¿y ella, qué recibió a cambio? Sabía que Sakura la amaba tanto como ella lo hacía. Sakura era lo único que la mantenía al lado de un marido que sólo la utilizaba cuando le apetecía.
Dio vueltas en la cama, cubriendo su desnudez con la sábana, mirando con cierto recelo al hombre que yacía a su lado. Tal vez, era el momento de abandonarlo todo para vivir su vida como lo merecía, ahora que podía hacerlo. Se llevó una mano al vientre que por tantos años estuvo vacío, sin ninguna esperanza de ser habitado.
Estaba embarazada.
El médico se lo confirmó esa mañana. Meditó esa tarde sobre comentárselo a Fujitaka, pero él le había dejado claro que no quería tener hijos con ella. Aquella imposición, le rompió el corazón en su tiempo. Ella fue la esposa sumisa, valorada por cualquier intermediario que se respetara, pero para su mala suerte, le tocó un esposo que tiró su vida al abismo por una mujer. En cierto modo, Kaho lo comprendía.
Ella también echó su vida por la borda por amor a su esposo. Crió con amor y buenos ejemplos a sus hijos, a pesar de ser consiente del odio de Toya por ella.
Recogió sus ropas arrugadas del piso y sacó la pequeña maleta que había escondido debajo de la cama. Se iría. Dejaría a Yukito con Toya, de cualquier forma, Toya podía tomarlo como su guardián poniéndole una marca de conexión para que Yuki se alimentara de él.
A la única que no se fiaba en dejar sola, era a Sakura. Se preguntaba si Li la amaba lo suficiente para salvarla y asumir las consecuencias que eso conllevaría… El bebé que esperaba, jamás llenaría el vacío que Sakura dejaría en su corazón si moría. Pero si no se iba esa noche cuando ya todo estaba decidido, sabía que jamás lo haría. Nunca se liberaría de las ataduras de su estúpido amor. Lucharía contra la necesidad de tener cerca a Fujitaka como debió hacerlo muchos años atrás.
Ahora, tenía un motivo.
Salió de la habitación caminando de puntillas y sin zapatos. Suspiró cuando estuvo en la seguridad del elevador. Pasaría la noche en un hotel y después comenzaría a buscar un departamento. Contaba con los ahorros suficientes para vivir hasta que encontrara un trabajo, aunque quizá se tomaría unas vacaciones para disfrutar de su maternidad.
Observó por última vez la recepción del edificio que la acogió por más de quince años. Y le molestó saber que sobrevivió a expensas de la fortuna que Nadeshiko dejó para sus hijos y su amante.
—¿Kaho? —Toya venía entrando al edificio, apretando la chaqueta contra su cuerpo por el frío de la tormenta que se avecinaba. Se sorprendió al mirar a la mujer de su padre, escurriéndose sigilosamente casi a medianoche con una maleta en mano.
Ella lo ignoró como muchas veces él lo había hecho, continuando con su camino.
Toya la retuvo por el brazo.
—¿Qué haces? No es correcto que salgas a esta hora.
—Suéltame —exigió Kaho, forcejeando con él—. Me voy, ¿no es eso lo que siempre has deseado que haga?
La noticia desconcertó a Toya y más por las circunstancias en las que Kaho se iba.
—No puedes hacerlo —aseguró sin titubeos, aplicando una sutil presión en el brazo de la mujer—. Yo sé que estás esperando un hijo de él —prefirió pronunciar un simple pronombre que recalcar su verdadero parentesco con Fujitaka. Enterarse del embarazo de Kaho, fue el golpe más duro que había recibido en su vida, saber que la mujer que quería, que deseaba con tanta locura, iba a darle un hermano, no fue fácil de asimilar.
—¿C-cómo lo sabes? —preguntó, dejando caer las llaves de su auto al piso.
—Te vi salir de la clínica esta mañana —suspiró Toya—, pensé que era por algún asunto relacionado con mi hermana, pero me equivoqué. Felicidades. Sé que siempre quisiste un hijo y me alegro por ti.
—Gracias, ahora suéltame.
Toya tiró de su brazo, apretándola a su pecho por la cintura.
—Yo amo a mi padre —susurró arrastrando la voz, encantándola con una indolente mirada a su rostro—, pero si él te ha rechazado, dímelo. Yo veré por ti y por tu hijo.
Los ojos de Kaho se abrieron como platos.
—¿Por qué habrías de hacerlo? Tú me odias —espetó, arrugando el entrecejo.
—Yo no te odio —confesó Toya, sintiendo la tensión acumularse en sus hombros—. Yo…, te amo. No igual que una madre porque jamás has sido eso para mí, sino como mujer.
Un rayo atravesó el cielo anunciando la copiosa tormenta que bañaba las paredes externas del edificio, en cuyo interior, Toya pegaba sus labios a los de Kaho Mizuki, esposa de su padre y futura madre de su medio hermano. La sensación de pasión arrebatadora que tantas veces imaginó, no se comparaba con la excitación que sentía tocando por fin el cuerpo de la mujer de sus fantasías, acariciando con la lengua la dulzura de sus labios. No percibió sin embargo la satisfacción de la gloria. Kaho estaba llorando.
En contra de su voluntad la liberó, lamiéndose los labios para conservar su delicioso sabor prohibido en su boca. Lo que Toya vio después del beso, perduraría en sus pesadillas durante las próximas semanas. No fueron las lágrimas de Kaho las que encogieron su corazón, ni la hinchazón de sus labios lo que le desconcertó, sino Syaoran Li cargando a su hermana empapada de sudor y sangre, con su cabello castaño cayendo por sus brazos como una fluida cascada.
—¿Qué demonios le hiciste a mi hermana, maldito infeliz? —Toya se lanzó de inmediato a sacudir por los hombros a Li, lo habría golpeado hasta matarlo si no estuviese cargando a Sakura.
Syaoran necesitaba explicaciones, pero se abstuvo de pedirlas porque sí era culpable de lo que le sucedía a Sakura. Toya se la arrebató empujándolo con los codos, y él se quedó con los brazos tendidos en el aire. Su oportunidad de ayudarla, de defenderla, había pasado. Falló quizá, en la lección más importante de su vida.
—¡Contesta, idiota! —gritó Toya entre sollozos, acariciando el rostro de su hermana que luchaba por mantenerse despierta—. ¿Qué le hiciste?
—T-tuvimos un problema en el campamento y lo siento… —la voz se le quebró—. Las cosas salieron mal… Mi anillo reconoció la energía en su cuerpo y la poseyó, le brotaron las alas —explicó, mirando las manchas rojas en su camiseta.
El tintineo del elevador interrumpió sus tartamudeos. El padre de Sakura hizo su aparición con el rostro adormilado y evidentemente confundido por la escena que apreciaba.
En Kaho repercutió demasiado la culpabilidad de sus acciones aquella noche. Ella le transfundió la energía de Li a su pequeña para aliviar sus dolores, sin pensar que jugaba con un alma de doble filo. Sabía que eso podía suceder, pero no fue una posibilidad que haya tenido en cuenta. Las piernas le flaquearon, las emociones eran demasiadas para ella. Su hijastro acababa de confesarle que la amaba y después aparece Li de la nada con una moribunda Sakura en brazos.
Fujitaka se apresuró a sostener a Kaho, reparando en la maleta que anteriormente ella sujetaba. Bajó a buscarla terminando de leer la carta que había dejado encima del buró, diciendo que se marchaba con un hijo suyo en el vientre porque nunca la reconoció como su legítima esposa, y que el niño que estaba por nacer sería sólo de ella, porque ella fue la única que lo deseó desde siempre.
Una confusión de sentimientos lo dominó. Creyó que sólo necesidad y agradecimiento le unían a ella, pero al enterarse de que iba a perderla, sintió la imperiosa urgencia de perseguirla. Erróneamente pensó que eso era lo peor que le había acontecido en años, pero al mirar a su hijo mayor cargando a su Sakura notablemente débil y herida, concluyó que como siempre, se había equivocado.
Syaoran apreció los trazos de algunas Jikaidos ocultarse bajo las mangas de la camiseta del director. ¿Cómo fue tan imbécil para no notarlo antes? Las flores de Ruby Moon en la tienda Clow Mysteries, eran la clave de todo.
—Toya, no puedo mover las piernas —gimoteó Sakura, anclando sus brazos en el cuello de su hermano—. Me duele.
Toya dirigió una fría mirada a Li, y con un gesto desdeñoso le dio la espalda.
— Espero que con esto comprendas, maldito bastardo, que lo único que hiciste fue quitarle tiempo de vida a mi hermana —sintió ganas de escupirle en la cara a Li—. Eres lo peor que le ha sucedido.
Syaoran se quedó sin palabras.
—Tenemos que llevarla a un hospital —dijo Fujitaka levantando a Kaho del piso—. En cuanto a usted, joven Li, es mejor que se retire, este asunto le concierne únicamente a mi familia. Ya bastantes problemas nos ha dado.
Sakura rompió en llanto, capturando la atención de los presentes.
—No quiero ir a un hospital… Ahí no —suplicó—. Llévame a casa.
—Sakura, Kaho no puede cuidar de ti en estos momentos, debemos llevarte.
—Es que…, me da miedo. Ahí hay muchas personas que me molestan —cerró su mano en el medallón de dragón que Syaoran le dio, y se lo quitó dejándolo caer al piso—. Llévame a casa. No quiero que nadie me moleste, si de verdad quieres ayudarme…, termina con mi vida. Ya no me dejes sufrir.
—Cariño —susurró Toya, juntando su frente con la de Sakura.
Syaoran agachó la cabeza mirando su medallón tirado en el piso, ¿eso significaba que Sakura continuaba enojada con él?
—Vamos a casa —aceptó Fujitaka.
Syaoran apretó los puños, era probable que esa fuese la última vez que viera a Sakura. Las cosas entre ellos no podían quedar mal. Se tragó el nudo en su garganta.
—Sakura, perdóname. Fui un estúpido por desconfiar de ti, no me importa lo que seas, pero —Un par de lágrimas rodaron por sus mejillas—, no puedo negarme a lo que soy. Tampoco me siento capaz de abandonar todo por lo que he luchado hasta el momento. Mi amor por ti, es grande, será eterno, pero también el amor por mis propósitos lo es.
La guardiana de la familia Kinomoto, atendió de inmediato al llamado de sus amos junto con Yukito. A Nakuru se le cayó el alma a los pies al ver el estado de su amita Sakura.
—¡Vámonos, papá! —gruñó Toya, volviéndose para mirar a Li—. Este idiota ya jodió a mi hermana y ahora le esta rompiendo el corazón diciendo que prefiere ser alguien importante en la asquerosa hermandad —notó el cruce de miradas entre Sakura y Syaoran—. Y para que te remuerda la conciencia, Sakura es la única inocente en todo este asunto. Ella no sabía nada acerca de los intermediarios, ni sobre nuestra verdadera identidad.
—Así como la hermandad nos repudió una vez, el clan Miura te repudia a ti, Syaoran Li, por haber dañado al miembro más querido de nuestra familia.
—Sakura —insistió Syaoran. Le importaban una mierda las palabras de Fujitaka, aunque gracias a eso conoció su verdadera identidad—. Sé que estoy siendo egoísta con mi petición, pero no puedes irte sin perdonarme, amor mío. Por favor.
Sakura separó sus labios, apoyando la cabeza en el hombro de Toya. Miró con sus ojos verdes cristalinos, la expresión afligida en el apuesto rostro de Syaoran. Sonrió con ternura, dejando escapar un gemido lastimero. No entendía muchas de las cosas que sucedían a su alrededor. Ni siquiera se dio cuenta cuando llegaron a la escuela, sin embargo su corazón que ya había tomado lo que quería de Syaoran, consiguió orientarse.
—Te perdono —susurró, echando su cabeza hacia atrás. La mano que sostenía el corazón de cuarzo en su pecho, también cayó con una lágrima que se dispersó en el frío piso de mármol. Su cuerpo, no le brindó la fuerza necesaria para decirle que también lo amaba.
Fujitaka vio a su hija desvanecerse y apresuró a sus guardianes para que los trasladaran a su destino.
—Realmente, no la amas. El amor en nuestro caso muchas veces significa sacrificio, y lo sabes —dijo, refiriéndose a su caso con Nadeshiko.
—Tenemos diferentes opiniones acerca del amor, director —Syaoran replicó con la frente en alto—. ¿Qué sacrificio más grande, que desear la felicidad ajena más que la propia? Lamentablemente, mi felicidad incluía a Sakura y con mucho dolor, renuncio a ella.
Nakuru le envió una mirada compasiva a Li. Su fidelidad hace mucho que no estaba con la familia Miura por completo, sino con Sakura y sus sentimientos. Los trasladó con ayuda de Yukito a la que una vez fue la mansión Amamiya. Tomó a Sakura de los brazos de Toya y se la llevó a la habitación de Nadeshiko para atenderla.
Toya observó a su padre dirigirse a su alcoba con Kaho en brazos, lamentándose por ser tan idiota. ¿Cómo la miraría a los ojos de ahora en adelante? ¿Y a su padre? Dios de los cielos.
Yukito posó una mano en el hombro de su amigo, compasivamente.
—Lamento haberte dicho que la energía de mi dueña, había cambiado.
—Iba a darme cuenta, de todos modos —repuso Toya.
—Puedo aliviarte, si quieres —propuso, adquiriendo la forma de Mizuki. No era la primera vez que lo hacían, de todos modos.
Toya apreció su largo cabello rojizo brillar por la iluminación lunar filtrándose por la ventana. Acarició con el dorso de la mano, el rostro idéntico al de la mujer que amaba. Su energía era tan rica como la de Kaho, sin embargo en el fondo de su ser, sabía que no era ella. Aún así, siempre terminaba conformándose con algo parecido.
La besó, descargando en esos labios falsos toda la ferocidad y frustración que su pasión rezagada ofrecía. Se retiró casi de inmediato percatándose de que estaba ensuciando con sus acciones la esencia residual de la casa de su madre.
Se pasó una mano por el cabello enojado consigo mismo, corriendo a refugiarse con su hermana. En la habitación, Nakuru ya tenía preparado el equipo para estabilizar un poco la parte humana del cuerpo de Sakura. Toya se recostó en la puerta a observarla trabajar. La chica según sabia, atendió a su madre en el embarazo de Sakura, era toda una experta en la materia de cuidados especiales.
—Sal de aquí —ordenó Nakuru, a punto de retirarle las ropas a la castaña.
Toya asintió sin remilgar.
—¿Necesitas algo? —preguntó desde afuera.
—Muchas cosas —respondió Nakuru—. Agradecería infinitamente que reanimaran a Kaho de inmediato.
Toya se golpeó la frente contra la puerta. Lo que le faltaba, ver a su padre dándole mimos a Kaho, pero en ese momento, importaba más su hermana por encima de todo.
—Se sincera, Nakuru —susurró, antes de retirarse—. ¿Cómo se encuentra?
—No morirá, todavía —respondió, sin vacilar. Necesitaba fuerza de voluntad para no quebrantarse y atender a su amita como se debía. Ella no moriría. No ese día.
*.*.*
Creyó prudente, inventarle una excusa a los maestros diciendo que Sakura se había torcido un tobillo y Syaoran cual arrebatado que era, se la llevó directo al hospital. Extrañamente, los maestros encargados se tragaron su pobre mentira tartamudeada. Conoció entonces, las ventajas de ser un tipo honesto o de parecerlo, por lo menos.
Estaba preocupado por todo lo ocurrido, entendió la ínfima parte de las explicaciones de Airi y ahora que se lo pensaba mejor, los maestros descubrirían muy pronto su mentira cuando llamaran al colegio notificando el estado de Sakura. Sería mejor escapar cuanto antes, ¿pero dónde rayos enterraría la cabeza? A su casa no regresaba ni de coña. Él estaba en el internado por gusto y decisión propia.
Metió la cabeza entre sus rodillas, suspirando. En tan pocos días, le habían sucedido demasiadas cosas. Se enteró de la existencia de seres que ni en su gran imaginación pudiesen haber existido. Hizo amigos. Le declaró su amor a una chica e ilusoriamente, esperaba una respuesta. No es que su infancia haya sido aburrida tampoco, todavía recordaba a su nana Beth meciéndose en silla, debatiéndose entre morir o dormir.
Vaya sustos que se llevó con esa viejita, con cuatro años pensaba que su mundo acabaría si ella moría, y después aprendió lo que era ser amado, sin ser amado realmente. Sus padres amaron una imagen, no a él.
Escuchó el crujir de las hojas secas y alzó la vista. Tomoyo apareció desorientada entre los arbustos, vistiendo una vulgar blusa roja de encaje y gran escote, sin sujetador con una minifalda blanca que, si entrecerraba los ojos, le vería las bragas.
Se sonrojó.
Vivía rodeado de adolescentes pervertidos y manoseadores, pero nadie le orientó nunca, sobre cómo contener una mini erección en circunstancias inoportunas. Apretó las rodillas sentado en los escalones de su cabaña y ocultó con sus manos, lo que la oscuridad ya cubría.
—Hiraguizawa, ¿eres tú? —balbuceó confusa Tomoyo.
—A-ah, sí —gritó Eriol, arrinconándose en los escalones.
Tomoyo se acercó sintiendo las piernas como una gelatina, sentándose cuidadosamente al lado de Eriol.
—Me duele la cabeza —susurró con voz enronquecida, manseándose la sien—. No encuentro a Sakura por ningún lado. La última vez que la vi, estábamos corriendo por el bosque y…, no recuerdo nada más. Desperté encima de las demás chicas pero Sakura no estaba —se abrazó a sí misma—. Estaba desnuda y me da miedo que le haya sucedido algo por culpa de nuestras estupideces. Dime por favor que esta con Li.
Eriol tragó saliva, mirando las lágrimas que comenzaban a acumularse en los ojos amatistas.
—Daidoji —habló con cautela—, sé que eres una chica bastante inteligente y discreta. Conozco también el gran amor que tienes por Sakura y por eso confiaré en que no dirás nada de lo que voy a decirte.
La mano de Tomoyo tembló, apartándose un mechón de cabello de la frente.
—No me digas que… —se imaginó lo peor—. Yo tuve la culpa por desmayarme… Las dos estábamos ahí, desnudas. ¡¿Por qué a ella!
—No es lo que piensas —aclaró Eriol—. Desde que yo estoy en el internado, me he dado cuenta de la delicada salud de Sakura…
—Pero ella está bien —interrumpió Tomoyo, entrando en la histeria—. Los médicos dijeron que está bien.
Eriol cerró su mano en la rodilla de Tomoyo.
—Pero no es cierto. Está mañana le escuché decir que está enferma y que al parecer, no le queda mucho tiempo de vida.
Tomoyo negó con la cabeza.
—Ella no le hubiese mentido a Syaoran y…, por lo que acaba de suceder, confirmé que es cierto.
Por la mente de Tomoyo vagó el recuerdo del frasco de vitaminas de Sakura, la vez que fue hospitalizada por una supuesta intoxicación alimentaria. Las lágrimas brotaron espontáneamente de sus ojos, atrapándola en un silencioso y profundo llanto.
—¿Qué le sucedió? ¿Dónde está? —inquirió, sujetando los hombros de Eriol.
Eriol tuvo que hablarle con la verdad. Le contó acerca de los intermediarios, de sus normas, y de aquellos que ellos denominaban como híbridos. La parte de la pelea fue lo más duro de asimilar, aún para él que no terminaba de creérselo, llegando a la parte donde Syaoran partió con Airi y Sakura en brazos.
Tomoyo se metió los dedos en el pelo. Sabía que la familia de Sakura era especial, su madre se opuso justamente a la relación de Fujitaka y Nadeshiko por lo mismo, pero nunca imaginó que Sakura fuese a perder la vida por ser como era, especial. Eriol acababa de decirle que no había forma de salvar a Sakura, ni la ciencia, ni el dinero podían hacer nada por ella.
No lo creía, no quería creerlo. Hizo a un lado el orgullo, la altivez, y se echó a llorar en el hombro de Eriol.
Hiraguizawa le acarició la cabeza contagiándose de su tristeza, él también quería mucho a Sakura, y le dolía no tener palabras en ese momento para consolar a Tomoyo. Pasó el tiempo, aminorando la intensidad del llanto, no la del sufrimiento sin embargo.
Airi se apareció todavía en su forma de Evangeline, observando a los jóvenes abrazados en las escaleras. Se acercó con la mirada fija en sus zapatos, un poco avergonzada por interrumpir el momento.
Carraspeó.
—He regresado por ti —le dijo a Eriol.
Tomoyo se enjuagó las lágrimas con las manos, viendo con recelo a la chica rubia.
—¿Qué tienes que ver tú en todo esto? —preguntó con la nariz roja y el entrecejo fruncido.
—Eso no te incumbe —espetó Airi.
—¿Sucedió algo grave?
—¿Más? No creo —repuso la guardiana, cruzándose de brazos. Eriol notó la fatiga en su expresión—. Los Kinomoto resultaron ser intermediarios, son el clan Miura en realidad.
—¿Y Sakura? —Tomoyo bajó corriendo los escalones—. ¿Cómo está Sakura?
Airi esbozó una mueca compasiva.
—Yo la vi muy mal, pero si su familia le proporciona los cuidados necesarios a su sistema humano, vivirá unas semanas más —miró a Eriol—. Se la llevaron, ya no están en el internado.
—Necesito verla —farfulló Tomoyo—. ¿A qué hospital…?
—Syaoran me dijo que Sakura pidió ir a su casa, y en parte comprendo a la chica. Los espíritus atormentan mucho a las personas como ella, más si no tiene ninguna protección a su alrededor —dejó caer los hombros, suspirando—. Quiero irme a mi casa, decide si vienes conmigo o no, Eriol.
Eriol asintió.
Tomoyo se apresuró a cogerlo de la mano.
—No creo regresar al internado —sollozó presionando la mano de Eriol—. G-gracias por todo, supongo —No sabía por qué se lo decía, simplemente sintió la necesidad de hacerlo.
Eriol sonrió, depositándole un beso en la mejilla.
—Existen los teléfonos —bromeó, arrancándole una ligera sonrisa a la chica. Era de suponer que Tomoyo querría estar con Sakura.
—Te llamaré… Para informarte sobre el estado de Sakura —justificó con un apenado mohín surcando su rostro.
*.*.*
—Hasta que te dignas en aparecer —musitó en la oscuridad de su habitación Syaoran.
Kerberos agachó la cabeza meneando su cola. En el bosque se cruzó con Airi, ya estaba al tanto de todo.
—Vete —Syaoran dejó caer la toalla de su cintura, agarrando la ropa que había dejado encima de la cama—, espérame en el auto. Nos largamos de aquí.
Kerberos desapareció sin protestar de su vista. Syaoran se enfundó los pantalones sentándose al borde del colchón, apretujando la camiseta con sus manos. El sacrificio de Sakura no sería en vano, pronto, muy pronto estaría listo para dejar ir a su hermana. La última de sus pruebas fue superada gracias a ella. Sabía que era la última prueba porque examinó minuciosamente su corazón. Sin embargo, había ahí una nueva herida, un nuevo temor.
—¿Qué haces? —preguntó Eriol, mirando un par de maletas en la entrada.
Syaoran ni se molestó en mirarlo, encontraba la patética alfombra más interesante en ese momento.
—¿Tú crees qué querer lo mejor para los tuyos es ser egoísta? —inquirió sonriendo con ironía.
—No, no lo creo.
—¿Aún a costa de tu felicidad?
—Todavía menos.
—Mi padre fue una mierda conmigo —susurró absorto Syaoran—, pero me enseñó a respetar nuestras normas, prácticamente me obligó a amar a los míos con todos sus defectos juntos. Al principio deseaba convertirme en el líder de la hermandad para pisotear el orgullo de Hien Li que estuvo ahí una vez, yo sólo quería eso. Crecí odiando a mi padre porque no me permitía conocer a mi familia. No sabía si mi madre en verdad me quería o estaba de acuerdo con Hien para mantenerme alejado. Creía que nadie me quería, sólo tenía una pila de papeles a mi lado a las cuales amar. Crecí amando mis normas, a mi especie a pesar de no recibir amor de ellos, amo la esencia de lo que somos…
Se detuvo a mirarse los brazos desnudos, nunca entendió el origen de aquellas marcas de nacimiento que desaparecieron un día antes de cumplir los nueve años. Se miraba al espejo y se espantaba él mismo. Le daba la razón entonces a Hien de ocultarlo, parecía un monstruo. Pero después pensó que si de verdad lo amaban, su familia aceptaría presentarlo ante la hermandad con aquellas marcas. No lo hicieron.
—Ahora he conocido lo que es el amor, amar y ser amado. Quiero que mis hermanos lo conozcan también, que nuestra descendencia no crezca como lo hemos hecho nosotros. Pero si hago todo a un lado para buscar mi felicidad, ¿qué sucederá con ellos? Yo no quiero destruir mis normas, quiero buscar una reforma en ellas para que se nos permita ser libres de verdad.
—Entiendo —Y de verdad lo hacía. Eriol también buscó la aceptación de sus padres, con la pequeña diferencia de que quería sus corazones sólo para él.
—Hoy di verdaderamente el primer paso, renuncié a Sakura. Te juro que me duele en el alma saberla sufriendo y ni siquiera yo comprendo mis sentimientos en estos momentos. Quiero verla, estar con ella, cumplirle la promesa que me pidió… Pero te repito que no me atrevo a verla debilitarse y morir conmigo a su lado, teniendo en mí la salvación para ella. Por más vueltas que le dé al asunto llegó a la misma conclusión —se pasó una mano por el cabello—, que a pesar de todo, soy egoísta.
Se puso de pie, echándose la chaqueta al hombro.
—Ahora que he desbordado mi corazón contigo, puedo marcharme —suspiró, regalándole a Eriol una sonrisa triste pero sincera.
—Me voy contigo —aseguró Hiraguizawa sin titubeos—, pero tendrás que darme asilo un tiempo porque no pienso ir a mi casa.
Aquella sonrisa malévolamente rebelde, retornó a los labios del castaño.
—Ve a hacer tus maletas entonces —se arrepintió de inmediato—. Mejor no te lleves nada. Vámonos. De todos modos tu gusto por la moda jamás ha sido bueno.
Eriol frunció el ceño.
—No pienso vestirme de cuero.
—Lamento decirte que en mi casa, nos vestimos así —mintió—, si te niegas, a la calle.
Eriol gruñó.
—Está bien, sólo me llevaré mi chuchería electrónica.
Syaoran arrastró sus maletas fuera de la habitación.
—Bien, luego te llevaré al bar que prometí. Necesito consuelo y sólo te abrazaré estando ebrio.
*.*.*
Eriol no se lo podía creer, Syaoran realmente se atrevió a llevarlo a un bar con desnudistas en vivo. En ese momento, apreciaban el espectáculo de una hermosa pelirroja deslizándose por el tubo con unos enormes zapatos de plataforma cubriéndole los pies, nada más.
Miró con preocupación la jarra de cerveza en la mano de Syaoran, era la cuarta en media hora. Eriol sentía su cabeza a reventar y apenas había bebido un sorbito. Miró su entrepierna que estaba peor que su cabeza y avergonzado se deslizó en la butaca. Le echó un ojo, sin querer a la bragueta de Syaoran y no notó nada fuera de lo normal. Estaba totalmente muerto aun observando el mismo espectáculo que él.
Una mujer con bragas negras, y pechos exuberantes rebotándole al caminar, se sentó entre ellos.
—Hace mucho que no venias, cariño —ronroneó, deslizando una mano por el muslo de Syaoran—. Las chicas extrañaban tu presencia.
Syaoran rechazó con un manotazo la caricia de la mujer.
—No vuelvas a ponerme una mano encima —advirtió, abandonando su cerveza en la mesa.
El gesto en lugar de molestarle, la divirtió. Su melena cobriza cayó sobre sus hombros cuando se inclinó, frotando sus senos en el brazo de Syaoran.
—Eres igual de hosco que tu padre —susurró, enredando sus dedos en el desordenado cabello castaño—. A él tampoco le gustaba jugar con nosotras.
Syaoran la miró con desdén.
—No me extraña.
—Sabes que en los privados ofrecemos una diversidad de jueguitos sexuales que no comprometen tu esencia, ven conmigo —imploró con una intoxicante voz empalagosa—. Muchas morimos por estar contigo.
—Yo te veo bastante viva. Además, me das asco. Ya te acostaste con medio mundo.
La mujer de uñas color carmín, insistió con su ofrecimiento.
—Si no quieres estar conmigo, tenemos a una nueva. Mira —señaló con la cabeza a una chica rubia cubriéndose tímidamente los senos con los brazos en la entrada de los privados. Tenía una silueta bonita y energía atractiva.
Syaoran la observó con interés.
—Tráela.
Eriol que había escuchado la conversación volteó a verlo horrorizado.
—¿Qué vas a hacer? —masculló, evitando que sus ojos se pagaran a las nalgas de la mujer que ya se marchaba con una gran sonrisa de satisfacción.
Syaoran no abrió la boca para responder.
—Oye, tú —Un hombre con cuerpo de gorila se apareció frente a ellos, señalando acusadoramente a Eriol—. Te me colaste, eres humano.
Eriol tragó saliva reparando una vez más en la pinta de los hombres del lugar. Todos vestían de negro, y pese a que el lugar estaba oscuro, era evidente el tamaño de cada uno. Puro músculo. Syaoran y él, eran probablemente los más enclenques.
—Déjalo en paz, Kei —gruñó Syaoran, cruzándose de brazos—. Es mi Natsusei.
Kei se echó a reír, enfrentando con la mirada al ambarino.
—Es un humano.
Syaoran frunció el entrecejo.
—Lo estoy entrenando para que lo sea.
—Eso ya no se usa —canturreó el gorila en tono de burla—. Lo único que estas afirmando con eso es que has violado una regla del Ictarius revelándole nuestra identidad.
Syaoran se puso de pie, agarrando por las solapas de la chaqueta a Kei; Eriol cerró los ojos, esperando a que Syaoran cayera inconsciente por un golpe del sujeto.
—Que ya no se use, no significa que los Natsusei estén prohibidos. Y si tú te vas de boca con los ancianos de la hermandad, nos iremos todos a la mierda por estar en este lugar. Incluido tu querido líder.
El actual líder de la hermandad, estaba sentado en la butaca de la izquierda con una mujer pelinegra casi montándoselo. Los tres vaticinaron que muy pronto entrarían en los privados.
Kei apartó de un empujón a Syaoran.
—Te la paso esta vez, pero a la próxima que lo traigas sin que lleve tu sello, lo echaré a patadas, te lo juro.
Syaoran se giró a sentarse en su butaca encontrándose con los ojos azules de la hermosa compañía que había solicitado.
—Y-yo, soy nueva en esto pero —tartamudeó la rubia sin despegarse los brazos de los senos—, puedo intentarlo. Lo que quieras.
—Yo te conozco —murmuró Syaoran, arrastrando su mirada por el curvilíneo cuerpo de la chica. Un extraño vértigo lo azotó, de cerca su energía era el doble de arrebatadora—. ¿Cómo te llamas?
—Danna Higoshi, pero aquí para todos dicen que seré Muniel.
—¡Eres prima de Evangeline! —exclamó Syaoran chasqueando los dedos ante su descubrimiento—. Te conozco de la escuela, aunque eres un par de años mayor.
La chica olvidó su azoramiento, y abrazó al castaño rompiendo a llorar.
—Me expulsaron ayer, no tenía dónde ir —Syaoran tuvo el impulso de abrazarla, pero no quería poner sus manos en esa tentadora piel desnuda. Suficiente con la cercanía que ya tenían—. Mi prima intentó ayudarme con dinero pero mi tío la descubrió y ahora está castigada. No sabía qué hacer, estaba asustada y terminé aceptando la propuesta de Yumi.
—No te preocupes —siseó Syaoran. Yumi siempre aprovechándose de las pobres chicas que habían sido utilizadas por un humano y avergonzadas frente al círculo de la hermandad por sus errores—. Yo te sacaré de aquí, pero prométeme que no le dirás a nadie de quién recibiste ayuda.
—¿De verdad harías eso por mí? —lo miró con sus acuosos ojos azules centellando por las luces de los reflectores.
Syaoran asintió.
—Prometo que te pagaré en cuánto pueda.
—Vamos a los privados —indicó Syaoran. No podía darle dinero enfrente de todos, se metería en problemas—. ¡Muévete, Hiraguizawa!
Eriol dio un respingo levantándose de su silla. Se apresuró a seguir a Syaoran hasta la barra, donde se encontraba Yumi, la mujer que se había acercado a acosarlo anteriormente.
—Pagaré un privado con ella —Informó Syaoran. Yumi amplió su sonrisa coqueta—. En cuanto lleguen Zhōu y Lán, hazlos pasar también.
—Vaya que eres atrevido para ser primerizo —opinó Yumi alzando una copa en su mano—, pero valdrá la pena. Ya lo verás.
Caminaron por un estrecho pasillo hasta llegar a la habitación adecuada con una enorme cama en forma de corazón, y un techo de espejo. El cuarto era pequeño, alumbrado con velas y aromatizado con incienso. Syaoran arrugó la nariz, cada detalle le parecía más repugnante que el anterior.
Eriol con inocencia se sentó en un sofá tantra y se encogió lo más que pudo. A Muniel, se le había olvidado que vagaba por ahí sólo en bragas y tacones.
—Ve a ponerte algo de ropa —ordenó Syaoran, evidenciando su grave voz ronca—, después hablaremos.
Danna abrió una pequeña puerta camuflada con papel tapiz verde musgo con diseños de mariposas y rosas rojas, desapareciendo, gracias a los cielos.
Syaoran se sintió respirar después de años.
—O-oye, Syaoran. ¿Por qué con ella sí? —preguntó Eriol, refiriéndose al bulto en los pantalones de su amigo.
Syaoran se sonrojó cubriéndose el rostro con una mano, dejando lo evidente al descubierto.
—Es por las energías. La de Yumi es repugnante y aunque tenga un buen cuerpo, eso me impide… —omitió la palabra—. En cambio la de Danna es fuerte…, arrebatadora, por eso.
Danna regresó ataviada con unos vaqueros azules y un discreto jersey negro, cargando un pequeño bolso.
—Saldré por la puerta del callejón, si me quedo toda la noche me obligarán a trabajar de verdad.
—Claro —Syaoran apoyó las caderas en un gavetero pequeño. No quiso imaginar el contenido del mueble—, ¿conoces el edificio Ariagua, en la calle 16?
Danna negó con la cabeza.
—No importa. Ahí preguntarás por Yukari Doguishi, vive en el departamento 16, ella te proporcionará lo que necesites hasta que puedas mantenerte sola. Por el dinero no te preocupes, yo y otros lo proporcionamos para su manutención.
Syaoran le dio dinero para el transporte, y Danna lo abrazó en agradecimiento.
—Yukari y otras chicas te ayudarán a superar tu mala experiencia, son un grupo agradable —comentó Syaoran—. Anda.
Ella le hizo un berrinchito por apresurarla y ahora Syaoran sabía por qué la recordaba. Danna era famosa por sus berrinchitos con los profesores.
—No entiendo esto —suspiró Eriol una vez Danna se hubo retirado.
—Todas las mujeres que trabajan aquí son intermediarias —explicó Syaoran, abriendo una revista. La arrojó fuera de su vista de inmediato—, expulsadas de la hermandad por haberle entregado su Deixus a un humano. La mayoría son abandonadas por el cabrón que les endulzó el oído luego de obtener lo que buscaban de ellas. El Deixus es un arma muy poderosa, puedes pedir lo que quieras, éxito, fortuna, salud, la diosa Tsuki no te niega nada por más retorcido que sea. Si pediste dinero, de la nada, ganas cualquier mierda de concurso, recibes una herencia, lo que sea, pero te vuelves millonario. Si le deseaste la muerte a alguien, en este mismo instante, se muere de un infarto por más saludable que este o se cruza la calle y lo atropella un camión, como sea, pero se muere hoy mismo. Cualquier desconocido lo ve como casualidad o destino, pero tú que pediste el deseo, sabes que no es así.
Eriol levantó las cejas.
—¿Pero qué hay de la familia? Recuerdo que la chica mencionó que Evangeline está castigada por tratar de ayudarla.
—Bueno, para todo clan que se respete, o sea, absolutamente todos —ironizó Syaoran—, es una vergüenza que un miembro directo de tu familia haga eso, si los ayudas o justificas te castigan a ti también y si eres bastante insistente en que sea perdonado, te expulsan con él. Pero créeme que a nadie le quedan ganas de defender a su familiar después de ser humillado públicamente ante el círculo de la hermandad.
—Esa es otra cosa que no entiendo —Eriol abrazó un cojín morado en forma de gatita—. Afuera mencionaste a los ancianos y ahora el círculo, ¿cuál es la diferencia?
—La hermandad en sí, está conformada por todos los intermediarios; el círculo de la hermandad, lo conforman los representantes de cada familia, generalmente los patriarcas; y los ancianos, pues son unas malditas momias inmortales. Ellos tienen la última palabra en todo, son los miembros más antiguos de cada familia. No hay ningún Li entre ellos, gracias a los cielos.
—Y por último, ¿qué es un Natsusei?
Syaoran rodó los ojos.
—Si continuas haciéndome preguntas, juro que te convierto en uno. Cierra la boca de una maldita vez.
Eriol obedeció.
—Aunque te diré una cosa —agregó Syaoran—, casos como el de Danna son los que quiero remediar como líder de la hermandad. Pienso que un error que no lo fue en su momento porque creías estar ayudando a la persona que amas, no debe pagarse de esta manera. El Deixus es un privilegio nuestro, si la diosa Tsuki no niega ningún deseo, no veo por qué la hermandad tenga que castigarte por el uso que le das, si ayudar con buenas intenciones es lo que quieres. Salvar una vida, por ejemplo.
*.*.*
Seth y Deker abrieron la puerta del privado, apiñándose en la entrada. Gran decepción se llevaron al encontrar a Syaoran conversando con el humanoide oji-azul.
Seth chasqueó la lengua entrando en la habitación.
—No esperaban encontrarme de verdad con una mujer, ¿o sí? —se mofó Syaoran esbozando una mueca socarrona.
—No tenía tantas ganas de verte desnudo, no te creas —rebatió el rubio.
—Sólo estábamos emocionados porque creímos que por fin te habías iniciado —dijo Deker arrojándose a la cama en forma de corazón. Se miró en el espejo—. En serio, Syaoran. Deberías probar las ricuras que hacen estas chicas.
—Paso —respondió Syaoran—. ¿Cuáles son los asuntos urgentes?
Seth escrutó con desconfianza a Eriol.
—No hablaré si él está presente.
Eriol torció la boca, poniéndose de pie.
—Siéntate —imperó Syaoran.
Seth se cruzó de brazos.
—Tú eliges —condicionó.
—Será mi Natsusei, no irá a ningún lado, puedes hablar —utilizó la misma excusa.
Seth miró a Syaoran como si fuese un estúpido. Terminó encogiéndose de hombros. Allá él y su lamentable elección para Natsusei.
—Tu dulce Sakurita, sospecho que es un híbrido.
—Lo es —confirmó Syaoran.
Seth abrió sus ojos dorados con asombro.
—El apellido real de su padre es Miura.
—También lo sé.
Demonios, Syaoran era un maldito sabelotodo.
—Entonces esta reunión es una mierda —se puso de pie—. Me largo para qué hablar si ya lo sabes todo.
Syaoran lo retuvo por el brazo.
—Si tú sabes su historia, me gustaría escucharla.
Bien, al fin diría algo interesante. Aunque la consideraba una historia bastante común, era la realidad que vivían muchos de sus semejantes a diario.
**Continuará**
Notas de autora:
Los híbridos que tienen por madre a una intermediaria, nacen sanos porque su madre sí puede alimentar sus necesidades de energía en el embarazo. Además que pueden desarrollar perfectamente su sistema especial, aunque los híbridos no poseen muchas de las habilidades de los intermediarios normales. Una breve explicación por lo si se lo preguntaban. Si el caso es el contrario, ya se explicó lo que sucedía en capítulos anteriores y por qué.
Agradezco mucho sus comentarios, en serio y siento no tener el tiempo para responderlos, y hoy con esta nueva modalidad tan fea del FF —en mi opinión—, para comentar, no se olviden de firmar sus comentarios anónimos, para que no aparezcan sólo como "Guest".
Próximo capítulo: Amor de familia… Al fin!
Oh, y sobre los Natsusei, se los dejo de sorpresa. xD En el próximo lo sabrán. !Gracias por su lectura!
