Los personajes de CCS son propiedad intelectual del grupo CLAMP. La historia es de mi autoría.
Capítulo 13.
Primera parte.
Eriol observaba el cielo sin estrellas a través de la ventana de una vieja escuela. No sabía si era el polvo con nefasto olor a abandono lo que hacía despreciable el denso ambiente, o si aquella sensación era producto de sus sentimientos.
Habían pasado tres semanas desde que se marcharon del Fenix Scolarium y todavía no tenía la certeza de ser aceptado completamente bajo el techo de Ieran Li. La mujer evidentemente lo detestaba por haber llevado ebrio a su hijo el primer día que puso un pie en la mansión. Pero él no había tenido la culpa. Prefirió dejarlo beber a verlo revolcarse con las prostitutas que acudieron prontas a ofrecerse en cuanto abandonaron el privado.
Seth y Deker se fueron casi pisándole los talones a Danna. La historia de la familia Miura fue tan escueta como su estancia en aquel lugar. A Eriol no le costó ningún trabajo comprender los resultados del triángulo amoroso que Fujitaka estableció en su vida. La peor parte desde su punto de vista, se la habían llevado las mujeres.
Aunque Nadeshiko, la madre de Sakura le producía pena, la verdadera compasión la sentía por Kaho. La abnegada esposa que tuvo que soportar la legal infidelidad de su marido, y ser expulsada de la hermandad por darle su Deixus a una niña que ni siquiera era su hija. Seth concluyó de ese acontecimiento, que el día del alumbramiento, tanto Sakura como Nadeshiko estaban demasiado débiles para soportar a término el proceso de parto, ambas estaban muriendo, por lo que debían escoger a una.
El resultado de la elección, era conocida por todos.
Eriol pensó momentáneamente que Kaho había pedido el deseo equivocado con su Deixus, porque Sakura a pesar de todo, nació enferma. Pero Syaoran aclaró que pedir salud para la niña, era un deseo adicional que sólo podía cumplirse si se entregaba un segundo Deixus, ya que con el Deixus de Kaho, pidieron vida.
Syaoran agregó que cuando se encontrase nuevamente de cara con el director, le daría una paliza por imbécil. Si quería tener otro hijo con su Kanae, lo hubiese negociado con su esposa. La manera correcta de tener un hijo sano con una humana, era llevándola al templo de la diosa Tsuki cuando todavía no estuviese embarazada, e intercambiar el Deixus por un vientre privilegiado que proporcionara todos los nutrientes y energías necesarias al producto durante la gestación sin poner en peligro la vida de la madre.
Así había nacido Toya Kinomoto. Lo que significaba que Fujitaka no era ningún ignorante sino un pendejo caliente con errores de cálculo. O así lo había denominado Syaoran.
Eriol se movió cuidando de no desfigurar el círculo de sal que Syaoran juró que lo protegería, pero él no estaba tan seguro. Pese a que no detectaba ninguna actividad paranormal con su cámara, los rugidos escabrosos provenientes de sótano, le llenaban los oídos. En las últimas noches, Syaoran había trabajado como un obseso en sus misiones, completando así la mitad de sus talismanes.
La forma original de Kerberos, era bastante engreída, y ofensiva a la vista. Un león con armaduras plateadas revistiéndole el pecho y orejas con finos talismanes de poder tallados, no era nada espectacular con sobrepeso. Syaoran había perdido el interés en reñirlo por comer en exceso, centrando su atención en los entrenamientos de Eriol, quien gracias a ello, había ganado confianza más masa muscular. Tanto, que hasta tuvo el atrevimiento de invitar a Tomoyo a una cita. Desgraciadamente ésta le rechazó, pero no por eso perdía las esperanzas.
Eriol también notó que Syaoran, le había tomado apego al contacto físico, ya que siempre mantenía un brazo sobre sus hombros o tenía a Kerberos en sus manos en forma de hámster. Creyó que después de abandonar a Sakura, el ambarino perdería la sonrisa sincera que con tanto esfuerzo esbozaba. Sin embargo, se equivocó en eso, porque aunque el gesto era menos frecuente, relucía cada vez que jugaba con Fanren o conversaba con su madre. El paso de Sakura en la vida de Syaoran, había dejado huellas positivas.
Un estrépito en el pasillo, le alertó. Colocándose la cámara frente al rostro, echó un vistazo a través del lente. Syaoran era perseguido por una multitud de sombras que avanzaban rápidamente en su dirección.
—¡Corre! —gritó sonriendo el ambarino.
Eriol abrió los ojos como platos, quedándose estático e indefenso en su insignificante círculo de sal. Syaoran pasó a su lado, tirándolo del brazo. Obligándole a correr con la misma velocidad. Kerberos se encontraba al final del pasillo, instalando una serie de dispositivos en la pared. Le arrojó un mando a Syaoran y éste lo atrapó, lanzándoselo a Eriol.
—¿Qué se supone que haga con esto? —vociferó alterado. Syaoran debió exterminar a esos espíritus escandalosos en el sótano.
—Joder —Syaoran dio un traspié mientras buscaba algo en su bolsillo—, actívalo cuando atravesemos la barrera.
Eriol entrecerró los ojos, enfocando con la cámara los dispositivos que Kerberos había colocado. La titilante luz roja que emitían, formaba una malla translucida de apariencia inofensiva que refulgió cuando Syaoran convirtió su anillo en la vara Shinseina. Eriol temió calcinarse con la relumbrante barrera y Syaoran se sintió feliz por la adrenalina del momento.
—¡Ahora!
Eriol tomó una respiración profunda cuando los dispositivos se desprendieron de la pared, convirtiéndose en una red que atrapó en su interior al cúmulo de espíritus malignos. Syaoran derrapó en el suelo levantando una estela de polvo para evadirla, incorporándose con astucia.
Un pilar de agua se irguió frente a Hiraguizawa al tiempo que una llamarada de fuego azul proveniente de las varas que Syaoran giraba a sus costados, envolvía la electrizada red de espíritus. Eriol se cubrió el rostro con el brazo por la cegadora luz que irradió la explosión, sumiendo en un sepulcral silencio el edificio. Tosió por el vapor de agua mezclado con polvo y un olor pestilente que no supo descifrar, orando para que el desquiciado de Syaoran hubiese sobrevivido.
—El mocoso está cada día más loco —opinó Kerberos en su forma de peluche.
El abultado abdomen del muñeco, le bridó un atisbo de diversión a Eriol.
—Tienes razón —secundó, limpiando los lentes en su camisa—. ¿Te convertiste en una especie de monstruo marino para levantar esa columna de agua?
El muñeco negó con la cabeza, cruzándose de brazos.
—¡Eh! Deja de atribuirle mis méritos a la ballena —advirtió Syaoran, sacudiéndose el hollín de la chaqueta.
—¿Fuiste tú? —inquirió ilusionado. ¡Syaoran se tomó la molestia de protegerlo!
El castaño se encogió de hombros.
—Sólo practico.
—Mentiroso —replicó Kero—. Lo que sucede es que te pusiste esas Jikaidos estando ebrio y no sabías si el diseño era correcto.
Syaoran soltó una risita culpable, pasando un brazo por los hombros de Eriol, que refunfuñó al acto.
—¿Y yo dónde estaba cuando sucedió eso? —protestó, deshaciéndose del cariñoso agarre de Li. Él se había trasladado a la habitación de Syaoran para evitar que éste se fugara con sus amigotes por las noches.
—En tu cama —respondió Syaoran saliendo del edificio.
—Dormido —agregó Kero, acomodándose en el bolsillo de la chaqueta de Syaoran, donde guardaba siempre un paquete de galletas. Mordió la primera y la escupió con asco. Sus deliciosas galletas de chocolate fueron sustituidas por dietéticas de avena.
Syaoran hizo una mueca socarrona, extrayendo de otro bolsillo las galletas de Kerberos. Agitó el paquete en el aire y lo arrojó a la basura. El guardián suspiró resignado. Por lo menos su amo estaba de ánimos de molestarlo. Era preferible eso a tener que verlo deprimido y casi sollozando en su cama.
Eriol se adelantó superando la dominación que sus apretados pantalones ejercían sobre sus caderas. Syaoran no mintió cuando le dijo que si quería un techo para refugiarse, tendría que vestirse de cuero. Se sonrojó. No negaba que al verse en el espejo su aspecto era diferente, agradable. Pero definitivamente, no era su estilo.
—También le puse seguro a la ventana, ¿cómo saliste?
Syaoran sonrió, palmeando la espalda de su amigo.
—Querido Eriol —musitó, desactivando la alarma de su automóvil—, aún debes aprender demasiadas cosas sobre la vida.
Eriol puso los ojos en blanco, acomodándose en el asiento del copiloto. Se colocó el cinturón de seguridad, y abrió la ventanilla.
Syaoran retrocedió, estirando su brazo en el respaldo de los asientos, más pendiente del ramo de flores que Kerberos examinaba convertido en abeja en el asiento trasero, que en la estrecha carretera que debían recorrer.
Eriol entornó los ojos en un gesto aburrido, sacando una botella con agua de su mochila. —¿Con quién debo asumir que saldrás está noche? —preguntó, frunciendo el entrecejo.
Si Syaoran hubiese sido chica, Eriol habría comparado la expresión que puso con la de una gatita traviesa. Pero siendo hombre, la interpretó como la de un cabrón esperando follar esa noche.
—Con una guapa, espero —respondió Li, encendiendo la radio.
Eriol negó con la cabeza, bufando por el espantoso gusto musical de su amigo.
—No me gusta tu actitud —murmuró, aplastando el ramo de flores con su mochila. Temió haber asesinado a Kerberos, pero el guardián asomó rápidamente la cabeza convertido en rata silvestre—. No me gustan tus amigos y tampoco que jueguen con cuanta chica se les cruce en el camino.
—No es lo que piensas —dijo entre dientes Syaoran.
—Entonces, ¿de dónde salen todas esas marcas de lápiz labial que llevas encima por las mañanas? ¿Y los dulces que le regalas a Kerberos?
—Eres peor que una novia celosa, ¿no te sientes ridículo haciendo ese tipo de reclamos?
Efectivamente, se sentía ridículo, pero no por eso iba a amilanarse.
—Bueno, es un acuerdo justo por ambas partes —acotó, sabía que lo que estaba por decir, le calaría en el orgullo a su amigo.
—¿A qué te refieres?
Eriol se cruzó de brazos, manteniendo su mirada fija en el parabrisas.
—Sakura también ha conseguido compañía masculina.
Syaoran soltó una carcajada de incredulidad.
—Debes estar loco.
—Loca debe estar ella para permitir que Hideki la visite.
La mochila se deslizó del asiento trasero y Eriol se inclinó bruscamente hacia adelante cuando Syaoran pisó a fondo los frenos del auto. Las llantas rechinaron igual que los dientes de Syaoran al tiempo que tomaba a Eriol por el cuello.
—Es una broma, ¿verdad? —preguntó sombrío.
Eriol se sacudió de encima las manos del castaño.
—Por supuesto que no. Tomoyo no mentiría al respecto.
—Ese maldito cabrón —gruñó Syaoran, tocando el claxon de un puñetazo—. ¿Dónde está?
—¿Qué?
—La casa de Sakura —le urgió Syaoran, poniendo el automóvil en marcha.
Eriol farfulló la dirección y Syaoran condujo poseído por los mil demonios. Media hora después, cansado y afligido por el exceso de velocidad, Eriol abrió la boca para preguntar cuándo llegarían, pero la cerró de inmediato, percatándose de que ya se encontraban dentro de la propiedad Amamiya.
Sakura le dijo una vez, que le gustaba la casa de su madre, porque parecía estar dentro de un bosque encantado y ahora, Eriol se daba cuenta que era cierto. Desde hacía diez minutos no veía un metro de tierra sin árboles y aunque no había ninguna farola iluminando el camino, la relativa tranquilidad que transmitía el lugar era inquebrantable.
Syaoran disminuyó la velocidad, exhalando con preocupación.
—El lugar está atestado de protecciones —explicó.
La familia de Sakura había adecuado la propiedad para que dos niños indefensos contra espíritus malignos, se criaran sin preocupaciones. Las protecciones eran tan especializadas, que ni siquiera le permitían el paso a una persona que albergara malas intenciones en su corazón contra algún miembro de la familia. Entonces, ¿cómo demonios había entrado Hideki, cuyo único objetivo era fastidiar a Sakura?
Apagó las luces de su auto, y se estacionó frente a un gran portón eléctrico adornado con unas horrorosas gárgolas góticas en la parte superior de las columnas de ladrillo, bloqueándole el paso a un automóvil azul que salía de la propiedad en ese momento. Ignoró el insistente sonido del claxon y bajó del coche seguido por Eriol.
El conductor histérico, era justo la persona que deseaba encontrar. Se asomó a la ventanilla, rompiendo el cristal de un puñetazo y extrayendo del asiento al irresponsable que pretendía conducir sin el cinturón de seguridad, contraminándolo contra el capó del auto.
—¿Qué demonios haces aquí? —Syaoran arrastró la pregunta, conteniendo el deseo de estrellar sus nudillos ensangrentados en el rostro de Hideki.
Kyoji tragó saliva recuperándose de la impresión e inconscientemente, sostuvo con sus manos las muñecas de Syaoran, aliviando un poco la tensión. Cerró los ojos, profundizando su respiración. Si Li no lo soltaba en los próximos segundos, comenzaría a sudar, y probablemente su mirada lo delataría. Se movió gimiendo, espantando imágenes indeseadas de su cabeza. Recordar que llevaba puesto el uniforme del internado, lo tranquilizó. Así Li no se daría cuenta de nada.
—Syaoran, déjalo en paz —exigió Eriol, posando una mano en el hombro de su amigo. Conocía muy bien a Kyoji y estaba seguro de que no había sido Syaoran el causante de su palidez. Probablemente el chico estaba enfermo, de lo contrario, estaría tirado en el piso moliéndose a golpes con Syaoran.
—Contesta —le urgió Syaoran, aumentando la fuerza de su agarre—. Si te has atrevido a molestarla…
—Si prestarle mi hombro para que llore por ti, es molestarla —masculló Kyoji, empujando a Syaoran—, entonces sí, la he jodido bastante.
—¡Mientes! Ella no confía en ti. —Eriol sostuvo por los brazos a Syaoran, evitando que volviese a abalanzarse contra Hideki. Syaoran luchó por liberarse, pero sus esfuerzos fueron en vano. Las palabras de Kyoji le debilitaron más que cualquier golpe—. Ella te teme, no podría confiar en ti.
Una sonrisa lenta se formó en la expresión de Hideki, recuperando el malicioso brillo magenta de sus ojos.
—Eso es pasado —susurró, pasándose el pulgar por la comisura de los labios—. No sabes lo íntimos que nos hemos vuelto en estos días. A pesar de estar enferma y casi inmóvil, su cuerpecito sigue siendo igual de sensible. Los pezones se le ponen tan duros como guijarros cada vez que la toco y nos besamos. ¿Tú la hiciste sentir de esa manera alguna vez? —sonrió—. Lo dudo.
—Ahora sí te la ganaste, imbécil.
Eriol sintió la necesidad de liberar al castaño, quien se apresuró a estampar su puño en el ojo de Hideki.
Kyoji se tambaleó sobre sus talones, llevándose una mano al rostro. Gruñó, dispuesto a demostrar sus capacidades. Estaba cansado de tener una lengua mordaz y parecer un debilucho ante Li. Lo agarró por las solapas de la chaqueta, asestándole una patada en el abdomen.
Syaoran gimió más impresionado que adolorido, golpeando con el codo la mandíbula de su contrincante. Kyoji retrocedió y Syaoran no perdió tiempo para tirarlo al suelo, propinándole múltiples golpes en el rostro.
Al ofrecer resistencia Kyoji, provocó que ambos se devanaran en la tierra peleando por una mejor posición. Syaoran vio cerca la victoria cuando consiguió sentarse a horcajadas sobre Hideki, que deslizó raudo una pierna entre sus muslos y le dio un rodillazo en la ingle.
Syaoran cayó al suelo con las manos apretándose la entrepierna. Era inmune a la mayoría de golpes menos a ese. Su gemido de dolor, se acompañó de un gruñido ahogado cuando Hideki lo remató con una patada al rostro al incorporarse. Y si Eriol no hubiese intervenido en la pelea colisionando a Kyoji contra la puerta del automóvil, le habría desfigurado el rostro.
—¿Estas bien? —preguntó Eriol, estrujándole los brazos a Kyoji sobre la espalda. ¡Vaya que los entrenamientos le estaban funcionando!
—Mierda —jadeó Syaoran, enterrando la cara en la tierra—. Mátalo, creo que me ha tirado un diente.
—¡Suéltame, maldita sea! —gritó histérico Kyoji.
Eriol lo soltó levantando las manos e inmediatamente su ex-compañero se escurrió dentro de su auto. —No vuelvas a tocarme… Ni tú y mucho menos tu amigo —gimió casi palideciendo. Sacudió la cabeza apretando los ojos cerrados y tomando una respiración profunda, se retiró del lugar.
—Creo…, que estamos en problemas —opinó Eriol, mirando la única ventana en la mansión con la luz encendida.
—Oh, Dios —se quejó Syaoran poniéndose en pie—. Cállate. —Suficiente tenía con la humillación que acababa de sufrir.
—Bien merecido te lo tenías —intervino Kerberos—. No entiendo con qué cara le reclamas al nuevo novio de Sakura cuando tú no has hecho más que besuquearte con las prostitutas del bar.
Syaoran le lanzó una mirada fulminante a su guardián, recostándose en el viejo tronco de un árbol. Se limpió el hilo de sangre que corría por su mandíbula y parpadeó cuando su móvil comenzó a vibrar. No conocía el número, así que ignoró la llamada.
—No me besuqueo con ninguna prostituta, me dan asco, te lo he dicho.
Eriol pateó una piedrecilla metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón, contrariado.
—Entonces aquí no ha sucedido nada. Tú buscas consuelo, Sakura tiene consuelo y eso, los deja a mano. Larguémonos.
—¡Con un demonio! ¿Por qué siempre tienen que pensar mal de mí? —replicó Syaoran, arrancándole un respingo de sorpresa a los presentes—. No puedo decirles lo que hago por las noches. Le juré a mis amigos que no diría nada —se pasó una mano por el cabello—. Pero les aseguro que no estoy engañando a Sakura… No es que tengamos una relación tampoco… Renuncié a ella, ¿recuerdan?
Eriol y Kerberos volvieron a verse, encogiéndose de hombros.
—Ajá. ¿Y qué fue todo este espectáculo?
—El que ya no seamos novios, no significa que he dejado de amarla —se sentó sobre sus talones, frotándose el rostro con las manos—. Se lo dije… Le dije que no quería verla cerca de otro… No lo soporto.
*.*.*
Nakuru entró a la habitación de Sakura dando brincos de alegría. Había sido un buen día para su dueña. Y su última visita de la tarde acababa de marcharse.
—¿Kyoji se ha ido? —preguntó Sakura, admirando las figuras que proyectaba su lámpara de noche.
Nakuru danzó con su disfraz de hada, formando parte del fantástico ambiente que rodeaba a la castaña. Las paredes pintadas de blanco fueron decoradas con flores de papel que Sakura y ella habían recortado durante las tardes…, agradables. La longitud del soporte de sueros estaba cubierta por listones de colores y el biombo que seccionaba una parte de la habitación en el baño tenía pintado el dibujo de un coqueto dragón morado con pinta de bueno.
—Gracias a los cielos, sí —respondió la guardiana, dejándose caer en el sillón junto a la cama de Sakura. Apoyó la mejilla en la mano de su dueña y cerró los ojos.
Sakura sonrió, acariciándole la cabeza con gentileza. Nakuru no se le despaga ningún minuto del día. Siempre le había caído bien la chica, pero nunca pensó que llegarían a establecer una relación tan estrecha. Ni siquiera con Tomoyo se sentía tan cómoda en esos días. Nakuru había soportado sus ataques de histeria y sus desplantes cada vez que el dolor la consumía.
Deseó morir enseguida cuando supo que no volvería a caminar y que poco a poco, perdería la funcionabilidad de sus sistemas. No quería ser una carga para su familia, pero Nakuru le hizo comprender que la verdadera carga para ellos, no era cuidarla y llevarla al aseo cada vez que tuviera que hacer sus necesidades. Ni bañarla, ni turnarse por las noches para monitorearla cuando su situación se agravaba, sino verla derrotada antes de tiempo.
Sakura comenzó a ocultar su tristeza entonces, más no la resignación que le tenía a la muerte transmitiéndosela a su familia. Había hablado despidiéndose de cada uno, porque con el pasar de las horas, los minutos, las fuerzas la abandonaban. A sus brazos ya les pesaba responderle y sus manos empezaban a perder la motricidad fina.
Suspiró entrecortadamente, ahogando un sollozo y una lágrima que rogaban por aflorar. Su padre era el único de la familia que no la visitaba con frecuencia, Kaho se notaba nerviosa y evasiva y Toya se encontraba más desolado que nunca. Se preguntaba si todos esos problemas se debían a su enfermedad o eran producto de la tensión que causó hablar sobre sus verdaderos orígenes.
Un atisbo de ilusión la invadió al enterarse que procedía de una familia de intermediarios. Quiso creer que nada además de su enfermedad la separaba de Syaoran, pero sus esperanzas se extinguieron a medida que Kaho le explicaba las diferencias entre los híbridos y los verdaderos intermediarios.
Ahora Sakura comprendía la atracción que sintió desde el primer momento por Syaoran. Él era todo fuerza y luz. Mientras que ella tuvo la desgracia de nacer defectuosa. No culpaba a nadie por su condición, pero hubiese deseado aspirar a ser una intermediaria normal para competir en el torneo y convertirse en la esposa de Syaoran.
Todavía el corazón se le llenaba de alegría cuando pensaba en él. Tampoco lo culpaba por abandonarla, él tenía un magnifico futuro por delante. Syaoran nació para ser grande e importante y lo sería. Ella no significaría ningún un obstáculo en sus propósitos. Aunque mataría por cerrar los ojos y respirar por última vez en sus brazos. No quería esperar a que sus deficiencias de energía continuaran desgastando su cuerpo dejándola ciega e inmóvil, rogando para que sus pulmones colapsaran un día o su corazón dejase de latir terminando con su infelicidad. Se había prometido que quería morir antes de eso y aquello llegaría pronto. Sabía en lo más profundo de su alma, que Syaoran regresaría a ella y en cuanto se despidiesen como era debido, se iría con toda tranquilidad.
Sus compañeros del colegio la visitaron esa tarde porque quería entregarles un recuerdo por haber compartido el mismo espacio con ella durante años. Tanto al grupo de las Heart Jewelry como a su familia, les obsequió una muñequita hecha a mano con rasgos similares a los suyos; tres de ellas, destinadas a sus seres más queridos eran especiales. Las trenzas castañas que coronaban sus cabezas, habían sido confeccionadas con su cabello. Nakuru estuvo renuente a cortárselo, obedeciendo sólo por mandato obligatorio.
La guardiana levantó la cabeza tan alerta como un conejo advirtiendo la invasión de su madriguera. Corrió a asomarse por la ventana y soltó una exclamación ahogada.
—¿Qué sucede? —preguntó Sakura, encendiendo las luces de la habitación.
—Ah…, no es nada —balbuceó ondeando la mano para restarle importancia al asunto—. Sólo son un par de perros peleando territorio.
—¿Perros? No tenemos perros.
—Lobos… Salvajes —repuso Nakuru, esponjando un cojín del sofá.
—¿Sí? No he escuchado a ninguno en todo este tiempo.
Nakuru comenzó a pasearse nerviosa de un lado a otro.
—Bueno, quizá bajaron en busca de alimento. Kaho tiró un montón de carne descompuesta al contenedor hace un par de horas y debieron olfatearla… Además, ya es muy tarde. Es mejor que descanses.
Sakura infló sus mejillas entrecerrando los ojos. —No te creo. Alcánzame mi silla.
Nakuru se mordisqueó una uña negando con la cabeza. Sakura no debía ver al cabeza hueca de su ex-novio recibiendo una paliza. Se apresuró a llegar a los pies de su dueña cuando ésta rechazó la seguridad de sus sábanas e intentaba alcanzar la silla de ruedas por sí misma.
—¡Está bien! —chilló, reteniendo por los hombros a la castaña—. Esto… Li —susurró. Sakura asintió lentamente con la cabeza—, está afuera conversando con Kyoji. Ya sabes como suelen ser de rudos los chicos al saludarse después de un tiempo. Se golpean y gritan por la emoción de verse.
Los ojos de Sakura se abrieron como platos y Nakuru palideció por el brillo en los ojos de su dueña.
—Ayúdame con esto —pidió, saliendo de la cama.
Nakuru la cargó y Sakura se agitó acomodándose rápidamente en la silla para llegar a la ventana. Permitió que Nakuru le ayudara empujándola hasta ahí, porque la energía producto de la excitación, se le agotó de inmediato.
Apoyó las manos en el marco de la ventana, reclinándose hacia adelante. Vio el auto de Kyoji saliendo de la propiedad y a Eriol de espaldas al portón, pero ninguna señal de Syaoran. Los ojos se le llenaron con lágrimas de ansiedad.
—Llévame con él —sollozó, cogiendo la última muñequita de la mesa—. Tengo que dársela.
A Nakuru se le partió el corazón, acurrucándose frente a Sakura.
—Disculpa que te lo diga, Sakurita. Pero no creo que él haya venido a verte.
—¿Por qué otra razón vendría? —replicó la castaña con sus ilusiones resquebrajadas.
Nakuru agachó la cabeza, acariciándole las rodillas a su dueña. Se humedeció los labios antes de hablar.
—Para alimentar su ego, supongo. Sabe que no lo has olvidado y pretende espantar a la competencia con esa excusa.
—Pero a mí no me interesa nadie más. Ni siquiera me agrada la presencia de Kyoji.
—Li ignora ese detalle, Sakura. Simplemente se dejó llevar por un impulso, su estancia en este lugar no fue premeditada. No te engañes.
—Por eso —gimoteó Sakura, estrujando la muñequita en su pecho—, tengo que aclarárselo… Sólo quiero verlo un momento.
Nakuru se incorporó, sosteniendo una mano de la chica.
—Pues no lo harás con mi ayuda. Li debe hacer más por ti, no puedes ser tú quien busque de él toda la vida. Todos los que te amamos estamos contigo aunque nos lastimen las circunstancias, menos él. No es justo que tenga tu cariño a cambio de nada. En situaciones como estas, es cuando debes demostrar el amor que sientes por una persona con hechos, no con palabras.
—Tal vez Syaoran no sabe cómo hacerlo —excusó Sakura—. Ayúdame a enseñarle.
Nakuru quiso golpearse la cabeza contra la pared o en el mejor de los casos, saltar por la ventana.
—No te llevaré a verlo. No vas a recompensarlo por la estupidez que acaba de cometer. —Aunque estaba segura de que el ambarino ya había pagado sus errores con sangre, no permitiría que Sakura le lamiera las heridas.
Sakura lloró empezando a desesperarse. Syaoran iba irse sin su recuerdo. ¿Por qué su padre no le compró una maldita silla de ruedas eléctrica? ¿Y por qué rayos su habitación estaba en el segundo piso? Todo jugaba en su contra.
Nakuru se odiaría el resto de su vida por arrebatarle la muñeca a Sakura, ofreciéndose para entregarla. Y se quemaría en las llamas de su infierno personal, por prestarle su móvil a la castaña para que pudiese comunicarse con Li.
Sakura sonrió mirando a Nakuru atravesar el jardín en forma de gata y se dispuso a marcar el número de Syaoran antes de ser vencida por el cansancio.
*.*.*
Syaoran hizo una mueca de dolor limpiándose con un pañuelo el labio que Hideki le había reventado. Por culpa de Eriol acababa de sufrir la peor humillación de su vida. Si el bocaza de su amigo no le hubiese comentado el tipo de visitas que recibía Sakura, en ese mismo instante estarían a la caza de una verdad que desde hace tiempo Syaoran quería desvelar.
Negó con la cabeza, reclinando la espalda en el auto. Cruzó los tobillos recordando su pelea con Hideki. El muy imbécil era más de lo que aparentaba. Lo había sospechado desde la primera vez que lo vio en la cafetería Tsubasa pero después de tantos altercados mutuos de los que siempre resultaba victorioso, lo degradó a un simple niño rico con cara bonita. Y continuaba teniéndolo en el mismo concepto, sólo que ahora le agregaría "puños de acero" a su descripción.
Se sentía enojado consigo. Había perdido ante un simple humano en menos de tres minutos. Arrojó el pañuelo al piso y lo pateó hasta quedar satisfecho. Sus amigos lo destrozarían en cuanto se enterasen de lo sucedido. Pero por ningún motivo permitiría que las cosas continuaran igual. Sakura le debía un millón de explicaciones y las quería todas, cantaditas esa misma noche.
Pensó unos minutos la mejor manera de entrar en la mansión sin ser descubierto. La tenía difícil. La familia completa e incluso los guardianes sentirían su presencia si utilizaba un hechizo para ocultarse. Golpeó el techo del auto con el puño, sobresaltando a Eriol y Kerberos que se reían adentro. Probablemente de él.
Gruñó exasperado por el insistente timbre de su móvil y se obligó a contestar de la manera más grosera que conocía. De todos modos, no le debía cordialidad a nadie y mucho menos a un desconocido que probablemente se había equivocado de número.
Se retiró el aparato de la oreja y lo miró con asombro. Lo último que le faltaba para terminar de joder su noche era un condenado bromista que se limitaba a jadear en la bocina.
—Diga —masculló, sacando a relucir sus agotadas reservas de paciencia.
—¿S-Syaoran, por qué gritas?
Syaoran sacudió la cabeza, saliendo de su estupor.
—¿Sakura? —se giró a mirar la única ventana de la mansión con la luz encendida. El corazón le dio un vuelco de alegría. Si se concentraba entornando los ojos, podía divisar la silueta de la chica.
—¿Qué haces ahí afuera?
Syaoran suspiró, relajando sus hombros. El simple hecho de escuchar la voz de Sakura lo tranquilizaba, pero no le hacía olvidar el motivo de su estancia en el lugar.
—¿Tú qué crees? —espetó, con más rudeza de la que hubiese deseado—. Dime cómo y con quién has estado todo este tiempo.
—¿Y por qué mejor no me preguntas cómo estoy, Syaoran? No creo que te interese conocer mi itinerario de visitas cuando ni siquiera sabes cuántas horas al día puedo permanecer despierta o si estoy en condiciones de recibirlas. —La voz se le quebró—. Tampoco te has detenido a pensar si estoy o no enojada contigo por haberme abandonado en el momento en que más te necesito… Si no quieres verme morir como tú dices, nada te costaba llamarme por teléfono. Tomoyo habla con Eriol dos veces por semana, por qué no le pediste nunca que te comunicara conmigo para averiguar si todavía podía mover el brazo para tomar el teléfono y responderte… Pero espera, como nos estamos refiriendo a la tonta de Sakura, ella le habría pedido a alguien que le sostuviera el teléfono o activara el altavoz con tal de escucharte.
Syaoran se sintió tan culpable, que deseaba con toda su alma que una fuerza sobrenatural interrumpiera la llamada porque él no tenía derecho a hacerlo. Tocó la ventanilla gruñéndole a Eriol para abriera la guantera del auto y extrajera la reliquia que guardaba en ese lugar.
La preocupación se le deslizó de la cabeza a la espina dorsal. Se había quitado su ónix de la muñeca a los primeros días de su separación porque no soportó saber los bruscos cambios anímicos de la castaña. La mayoría de veces ella estaba triste o padeciendo una mescolanza de miedo y dolor, pero ahora, por el color gris de su ónix, sabía que estaba profundamente decepcionada.
—¿O crees qué sólo tú tienes corazón? —Los sollozos de Sakura inundaban los oídos de Syaoran y él, no sabía cómo detenerlos. Se asustó cuando ella se retiró de la ventana—. Discúlpame… No quise sonar como la ex-novia histérica… Yo te perdoné, no te guardo rencor por haberme dejado, pero me duele que no quieras verme. Porque seamos sinceros, no viniste precisamente por mí.
—Estaba celoso —murmuró Syaoran, pasándose una mano por el cabello—. Cuando me enteré de tu relación con Hideki no estaba pensando con claridad, por eso decidí venir. Pero lo encontré saliendo de tu casa, regodeándose por su intimidad y no lo soporté. Nos fuimos a los golpes.
—Kyoji siempre ha dicho puras tonterías, Syaoran —sollozó Sakura. Su voz se escuchaba distante, como si el teléfono poco a poco fuese deslizándose de su mano—. No irás a creer que a estas alturas él podría fijarse en mí. Si nadie lo hizo antes, mucho menos ahora. Todos los que conozco me miran con lástima. Incluso Kyoji.
—¿Y qué otra razón tendría ese idiota para visitarte si no es interés? Hideki no es un alma caritativa, Sakura, creí que lo sabías. Eres tonta por confiar en él estando en esas condiciones. Piénsalo, no puedes defenderte y él no va a tentarse el corazón para joderte.
Sakura suspiró entrecortadamente, ahogando su llanto.
—Tú tampoco lo estás haciendo.
Syaoran se sintió miserable. Ella lo había buscado. Ella había tomado la iniciativa de restablecer comunicación y él, sólo tenía reclamos que darle. Lanzó un puñetazo al aire, cerrando los ojos.
—Perdón —preparó su mejor repertorio de disculpas—. Perdóname. Te quiero y no soporto saberte cerca de nadie. Me enferma pensar que algún bastardo pueda hacerte daño. Nosotros somos especiales, princesa. No podemos confiar en cualquiera. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí —respondió ella. Kaho la había puesto al tanto del mundo de los intermediarios. Y entonces comprendió porqué Syaoran no quiso hacer el amor cuando se lo ofreció—, pero el único bastardo que me está lastimando, eres tú.
Syaoran notó cierto tono de burla en la última frase, pero sabía que aquello era verdad.
—¿Vas a perdonarme? Si lo haces, te prometo que no volveré a molestarte. Confiaré en ti, más no en tus visitas —agregó él.
—Kyoji viene por Toya más que nada. Ha hablado conmigo un par de veces, pero siempre hay personas acompañándome.
Syaoran sonrió para sus adentros. Sólo bastaba con intimidar un poquito a Sakura para que comenzara a revelar los secretos de su alma.
—Pero no has contestado mi pregunta.
—¿Para qué querrías el perdón de alguien que te es indiferente? No somos novios y mucho menos amigos…
—Mi corazón te pertenece, eso nos hace más que novios, más que amigos —interrumpió Syaoran.
—Entonces, si tú sabes lo que somos, dímelo. Porque todos mis seres queridos están conmigo de una u otra manera. —Sakura comenzó a llorar de nuevo y Syaoran casi identificó el sonido de un kleenex rozándole su nariz enrojecida—. Y tú, que dices ser más que todos ellos, ¿dónde estás?
Y Syaoran se hundió completamente en su miseria.
—En el infierno de mis temores —susurró, sosteniéndose la frente con una mano—. Siempre esperando a que mi bello ángel me rescate y aún con las alas rotas, lo ha logrado.
Syaoran inspiró profundamente para evitar que el llanto acumulado en su pecho, saliera a fundirse con el de Sakura. Tiró de su cabello desesperado, no soportaba continuar hablando con ella desde la distancia. Quería traspasar los muros de esa casa y reunirse con su preciosa Sakura. Pero su familia lo echaría de ahí a patadas antes que llegase a verla y no quería más problemas. No esa noche.
—Ya deja de llorar —suplicó en un susurro lastimero.
—Es que quiero que estés conmigo.
—Yo también quiero verte, abrazarte y besarte hasta que no puedas respirar. Ansío dormir a tu lado para asegurarme de que despiertes cada mañana. No quiero que me dejes con todo este amor que te tengo perdiéndose en el aire porque ya no estarás ahí para recibirlo. Me rehúso a pensar que tu aroma y el sabor de tus labios, será sustituido por el de otra con el pasar de los años. No deseo a mi lado a ninguna mujer que no seas tú.
Sakura rió entre llantos.
—A mí me gustaría vivir contigo y darte bebés.
Syaoran esbozó una sonrisa tonta imaginando lo lindos que serían sus hijos con ella.
—Podemos hacerlo, estaremos juntos así tenga que pasar encima de quien sea. He sido un estúpido por desperdiciar tiempo tan valioso para nosotros. —No tendría que renunciar a nada si hacia las cosas bien. Tenía que aceptar el hecho de que a Sakura le restaban pocas semanas de vida y a él, unas cuantas más para representar a su familia en el torneo—. ¿Quieres estar conmigo hasta el final, cariño?
—No quiero dejar a mi familia y ser una carga para ti —replicó Sakura.
Lo primero era un gran problema, todo el clan Miura detestaba a Syaoran por lo ocurrido con el demonio.
—No lo serás, me gusta cuidar de ti. Y en cuanto a tu familia… Tengo que arreglar un par de asuntos con ellos, pero tú no te preocupes por nada. Sólo se paciente. En un par de días, estaré contigo.
—¿Y qué hay de tus normas? Una relación entre nosotros es prohibida. No deseo por ningún motivo que te arriesgues por mí echando a perder tu futuro. Me basta con tenerte conmigo una vez más. Sólo una.
Syaoran le sonrió con ternura a la ventana vacía.
—Hablas con el chico malo del instituto, cariño. Sumarle un oscuro antecedente a mí expediente, no me hará ningún daño. Si tú estás de acuerdo, lo nuestro será un secreto. No me avergüenza decir que te amo, pero por seguridad lo mantendremos así.
Sakura lo dudó un momento.
—De acuerdo, te daré una segunda oportunidad.
—Te prometo que no voy a decepcionarte. En un par de días regresaré a conversar con tu familia. Procura estar lo más guapa posible para que me des aliento —murmuró, recreando la espeluznante escena de él contra dos guardianes y dos tipos que lo detestaban. Quizá moriría en el intento pero la intención era lo que realmente contaba.
—Está bien, intentaré ablandar el terreno.
Syaoran miró a una inusual gata rosada llegar a sus pies con una muñequita en el hocico. La dejó en el piso, lo miró con odio y se marchó con su cola felina en alto. ¡Demonios! ¿Por qué todas las guardianas lo detestaban? Primero Airi y ahora esa bola de pelos que pertenecía a Sakura.
Se agachó a recoger la muñequita y sonrió. Tenía dos botones verdes por ojos y un adorable vestidito azul con listones. Le acarició el cabello con el pulgar, y su sonrisa pasó a ser una mueca de perplejidad.
—Sakura —llamó con tono de advertencia.
—¿Sí?
—¿Qué te has hecho en el cabello? —preguntó, cerrando su mano alrededor de la muñeca.
Sakura guardó silencio y Syaoran esperó una respuesta con impaciencia.
—¿No te gusta? —gimió ella después de un rato.
Syaoran se mordió la lengua. La muñeca le gustaba pero su cabello castaño quedaba mejor en la cabeza de Sakura.
—Es hermosa —respondió en un suspiro.
—Te quiero mucho, Syaoran —dijo Sakura, y Syaoran interpretó aquello como una despedida.
—Yo también, preciosa. Muy pronto regresaré por ti —se retiró el teléfono de la oreja y se le quedó mirando junto con la muñeca. Sin saber cómo, se deslizó dentro del auto y sonrió igual que un idiota.
Eriol lo miró ceñudo, cruzándose de brazos.
—"Mi corazón es tuyo, eso nos hace más que novios, más que amigos" —gruñó.
Syaoran soltó una carcajada, poniendo en reversa el automóvil.
—¿Qué, vas a cobrarme derechos de autor?
Eriol se coloró de la furia.
—Eres un jodido mal amigo. Tomaste esa frase del poema que planeaba enviarle a Tomoyo. ¡Ahora cómo voy a repetir mi declaración con la misma frase! No me creerá ni media palabra.
Syaoran chasqueó la lengua.
—Deja de ofrecértele a Daidoji en bandejita. Creí que estabas esperando una respuesta de su parte, no que ibas a arrastrarte ante ella para que te de un sí.
—Estoy cerca de recibirla —bufó Eriol—, ya no es grosera conmigo. Pero se rehúsa a aceptarme una cita.
Syaoran apreció el ramo de flores en el asiento trasero a través del retrovisor.
—¿Recuerdas a la chica guapa que quería ver esta noche? —preguntó, haciendo de lado el tema de Daidoji.
Eriol rodó los ojos en un gesto exasperado. Le dieron ganas de saltar del automóvil en marcha.
—No me digas que continúas con esa idea cuando acabas de escupir un montón de cursilerías en el oído de Sakura.
Syaoran negó con la cabeza, arrugando la nariz.
—Las flores son para tu madre. Quiero que me lleves a conocerla y no aceptaré un no como respuesta, has evadido el problema durante un mes, si no es que toda la vida.
—Es de noche —replicó Eriol, apartando la mirada.
—¿Y qué? El cementerio no va a ningún lado.
Eriol suspiró, cerrando los ojos. Syaoran tenía razón, había llegado la hora de enfrentar sus problemas y tener un intermediario de su parte, lo haría más fácil.
—Si de verdad quieres conocer a mis padres, el cementerio no es el mejor lugar para hacerlo —Syaoran despegó su mirada del camino, desviándola hacia Eriol—. Vamos a mi casa.
*.*.*
Kyoji se inclinó a sacar su equipaje del maletero de su auto. Una daga atravesando una media luna se asomó por la abertura de su camisa. El emblema de su familia, era diferente al del resto de intermediarios porque no contaban con una bestia guardiana que los protegiera. El clan Hou era tan privilegiado por la luna como el antiguo clan Miura, por eso le gustaba tanto la jodida Sakura, por la compatibilidad entre sus energías.
Dejó tiradas sus maletas en el oscuro garaje de su casa y caminó directo a la biblioteca con sus manos enfundadas en la chaqueta del Fenix Scolarium. Detestaba cubrirse con esas ropas. Él merecía llevar puesto el uniforme del Ragnom Holle, pero por mandato de su padre, tuvo que encerrarse desde hacía años en aquel internado.
Entró en la habitación sin anunciarse y Josuke Hou, actual líder de la hermandad, levantó la mirada sin ningún atisbo de emoción por ver nuevamente a su hijo.
Kyoji, se quedó de pie frente al escritorio y en un acto de mansedumbre y respeto, agachó la mirada.
—Te deje claro que no podías poner un pie en esta casa hasta que tus habilidades estuviesen desarrolladas por completo.
—Es por eso que he regresado —contestó el muchacho, apuñando las manos a sus costados.
—¿Y bien? —preguntó Josuke, poniéndose de pie.
Kyoji tragó saliva.
—Estamos todos —aseguró.
—¿Seguro? —Josuke levantó las cejas, rozándose los labios con su bolígrafo dorado.
—Syaoran Li, Evangeline Fa, yo… y Sakura Miura-Kinomoto, la tonta que lo echaría todo a perder.
Josuke sonrió y alargó un brazo para alborotar los cabellos de su hijo, en un acto de conformidad.
—¿Y tú de qué lado jugarás?
Kyoji levantó la barbilla, sintiendo cierta opresión en su cabeza.
—Te aseguro que no seré yo el que traicione a los nuestros, padre.
Nunca le había dado tanto gusto encontrarse con Li. Él había asegurado su boleto de vuelta a casa. Planeó por semanas buscarlo, pero aquello habría sido demasiado evidente. Sus poderes estaban en su máximo apogeo, bastaba con rozar la mano de una persona para que él pudiese leer su destino. Pero no le diría a su padre, que todos ellos tenían dos opciones y que cada una, dependía de una decisión de Li.
Tal vez, en el fondo de su ser, quería que Sakura continuase con vida. Así él, podría quedarse con todo lo que Li anhelaba. Eso sería perfecto.
**continuará**
Notas de autora:
Hola! Perdón por la tardanza y sobre todo por haber publicado sólo parte del capítulo, pero... he tenido un pequeño bloqueo. Escribir por escribir no se me ha dado nunca, y creo que cuando no se tienen ganas o no se esta a gusto con lo que se escribe es mejor dejar las cosas así. Pero bueno, luego de esa oscura etapa, llegó la otra. xD
Recuerdo que alguien me comento en el último capítulo que la quizás la historia estaba por terminar, y pues no. Todavía no. Pero me alivia que ya la mayoría de situaciones respecto a los intermediarios están claras y también lo de los orígenes de los personajes principales. Ahora sólo falta descubrir la relación entre todos ellos y pues el desenlace que tendrá cada uno. Respecto a la trama no tengo ninguna duda, todo va por buen camino. Sólo el problema que les comento, que a veces me siento agotada por mi itinerario y siento que transmito lo mismo al escribir, por eso me abstengo de hacerlo hasta sentirme mejor, como fue el caso en estos días.
La única situación que me pone a pensar bastante, es definirle una pareja a Evangeline. Como ya leyeron en capítulos anteriores, Seth tiene un interés romántico por ella, pero también hay una circunstancia que la vincula con Kyoji, pero creo que a él todo mundo lo detesta. xD... Así que no sé. Ayudaa!
Espero que nos leamos pronto. Saludos.
