Los personajes de CCS son propiedad intelectual del grupo CLAMP. La historia es de mi autoría.


"Oscuras Tentaciones, Divinas Relaciones"

Capítulo 13.

Segunda parte.


Touya arrojó el mando del televisor a un lado del sofá. Llevaba casi un mes sin abandonar la antigua mansión de su madre. Había tantos misterios en esa casa que era casi imposible creer que fue habitada por humanos normales. Tal vez porque al ser expulsado por la hermandad, Fujitaka se llevó consigo demasiados tesoros del templo de la diosa Tsuki.

Resopló dirigiéndole una mirada cansina al techo, donde sabía se ubicaba el desván. Invirtió días, quizás semanas buscando el diario de su madre, era un escrito en realidad valioso, no una mierda llena de historias románticas como su hermana pensaría si lo tuviese en su poder. Agitó los pies mordiéndose el interior de la mejilla. ¿Por qué no se le había ocurrido antes? Se levantó del sillón determinado a revolver el armario de su hermana hasta encontrar ese libro.

El pasillo se iluminó por un relámpago que surcó los cielos. Tenía algunos minutos extra antes de reunirse con Kyoji según lo acordado. Desde lo ocurrido en el campamento, su amistad se había estrechado de una manera asombrosa. Al grado de haber intercambiado algunos secretos. Vaciló en su andar al percibir murmullos entre las paredes. Las cosas no marchaban de acuerdo a sus expectativas.

Frente a Sakura todos se pintaban una sonrisa para que no sospechara que su familia se había desintegrado. Kaho y Fujitaka dormían en habitaciones separadas, mientras que Touya apenas les dirigía la palabra. Estaba demasiado resentido con ambos por razones diferentes. En su conciencia moraba la satisfacción de no haber insistido con el tema de su declaración hacia su madrastra para no incordiarla a ella y de paso guardar el honor por su propia sangre.

Pero en sus pensamientos, cuando estaba solo por las noches, recostado en la cama, con las sábanas dándole más calor que el que deseaba tener, los traicionaba a todos. Era imposible alejar de su mente a Kaho cuando su energía estaba dispersa por toda la casa. Era una sensación maravillosa, ardiente, fuerte que aludía a los peores instintos que un hombre podía tener. La majestad de una nueva vida formándose en su seno, era fenomenal.

Su hermano. Estaba deseando a la mujer que daría a luz a su hermano.

Se preguntó qué sentiría Sakura al respecto. Su hermana que era tan noble y buena, se mostraría emocionada de que se sumara a la familia un nuevo miembro que tal vez no llegaría a conocer. Sin embargo no sentiría por el niño cierto rencor por ser un intruso en el cuerpo de la mujer que deseaba. Porque a veces ya no estaba tan seguro de sentir amor por Kaho. En varias ocasiones se había aproximado a la puerta de Sakura para preguntarle el significado de ese sentimiento. Aunque quisiera negarlo, ella lo había conocido al lado del bastardo que terminó de fastidiarle la vida.

Ese malnacido que la dejó postrada en una silla de ruedas después de que le hubiese salvado la vida, no merecía el perdón de nadie. Pero el proceso para darle su merecido ya se había puesto en marcha.

Las primeras gotas de tormenta comenzaron a salpicar las ventanas y otra vez, vaciló en continuar su camino al notar que la intensidad de los susurros aumentaba. No era parte de sus hábitos escuchar conversaciones ajenas, pero en vista de la situación que atravesaban, sentía que no debía restarle importancia a cualquier información que por casualidad llegaba a sus oídos.

Diciéndose que no era un metiche por su exigua vida social, se asomó a la puerta, observando por la hendidura de ésta a los ocupantes de la estancia. Nakuru y Yukito conversaban en medio de la oscuridad. Por un momento tuvo la idea de retirarse, los asuntos entre los guardianes no eran de su incumbencia, ellos se reunían únicamente para discutir la efectividad de las protecciones y el desastre ambiental que ocasionaría en el bosque seguir manteniendo a Sakura con vida.

Su determinación flaqueó al ver la tristeza reflejada en la expresión de Nakuru. La guardiana sostenía sus brazos cruzados sobre el pecho mientras miraba la lluvia convertirse en neblina entre floridos jardines de la mansión. Cualquier intermediario supondría que su estado de ánimo sólo era el resultado de la depresión que atravesaba su dueño, su fuente de alimento directo. La energía de Fujitaka no debía tener buen sabor en los últimos tiempos, lo sabía porque Nakuru había desarrollado una fuerte obsesión por los dulces.

Touya se ocultó mejor ayudándose de las sombras ante la espontánea reacción de Yukito acercándose a Nakuru en su forma original. Tuvo que parpadear para acostumbrarse a la presencia del ángel, pocas veces había visto a su amigo en su identidad natural. Yue. Uno de los seres más solemnes que tenía el grato privilegio de conocer, colocó su mano en el hombro de Nakuru absorto en un silencio que llevaba implícita toda su confusión respecto al asunto que estaban tratando.

—¿Por qué? —preguntó Yue haciendo que Touya se sintiera más curioso que nunca. Dos palabras con un significado muy amplio. Eran casi una pregunta universal a la que nadie tenía respuesta.

Nakuru sonrió sosteniendo su mirada a la tormenta. La chica inclinó la cabeza en un gesto dulce que a Touya le gustaba. Ella siempre le daba esa contestación a las órdenes de su amo en un acto de humildad, de obediencia; de fidelidad.

—Creo que ya viví el tiempo suficiente en este mundo —suspiró abrigando con su mano la de Yue—. Estuve confundida más años de los que puedes contar, no imaginas todas las veces que me pregunté para qué era útil y quién era yo realmente antes de ser asignada a mi dueño actual. Él me dio la oportunidad de saberlo, de vivir. ¿Tú sabes qué es la vida, Yue? ¿Has vivido realmente?

Touya sintió que alguien le oprimía el pecho. Los humanos definían la vida como la presencia de signos vitales, eso que hacía palpitar el corazón y funcionar el cerebro. Pero los guardianes no necesitaban que la sangre corriera por sus venas para saberlo. Ellos se alimentaban de la vitalidad de sus amos. Tenían un nombre propio y el aspecto que adquirían de sus antiguos dueños. ¿Era eso personalidad? ¿Era vida mantenerse atento a las órdenes de otra persona?

—Yo sé para qué estoy vivo —respondió Yue. Y Nakuru no podía esperar otra respuesta del buen Yue—. Eres tú quien lo ha olvidado.

—Estoy cumpliendo mis deberes como corresponde y los cumpliré como tal. —Ella absorbió una bocanada de aire con los labios trémulos por las lágrimas que se aglutinaban en sus ojos. Fue hasta ese momento que Touya miró los años en el rostro juvenil de Nakuru. Ella estaba lista para darse de baja en su misión—. Por eso, le pediré a mi amo que me quite la vida el día que mi amita Sakura se vaya.

Yue cerró con fuerza su mano en el hombro de Nakuru.

—No tienes motivos para hacerlo. No eres tú quien ha fallado en su misión de proteger a la familia Muira, la niña Sakura nació defectuosa por la impureza de su sangre. No fue tu culpa, el amo no puede castigarte…

—Mi decisión no es ningún castigo, Yue. Te pregunté qué es la vida para ti porque yo creo que he cumplido el objetivo de la mía. —Se giró para mirarle y por primera vez desde que se conocían, se permitió el derecho de abrazarlo—. Ya sé quién soy. He amado lo suficiente y obedecido lo suficiente, pero con esto, estoy traicionando la esencia de lo que somos. Se supone que los guardianes más que amor, debemos tenerle un respeto desmedido a nuestros amos y una fiel obediencia sus decisiones. ¿Pero dónde está escrito que no es permitido amar a otros?

Yue separó a su compañera de su abrigo influenciado por sentimientos que creía propios de los humanos, la ira, la decepción, la impotencia. Aún adquiriendo la forma de su falsa identidad, evitaba sentirlos. Por eso le hubo servido a Touya de consuelo tantas veces y él. Él era el origen de su disgusto, del sufrimiento de Kira.

—¿Entonces haces esto por él? ¿Porque no es capaz de amarte? Nosotros no estamos en el mundo para conformar una familia, estamos para protegerla. No te confundas, Kira, que nuestros amos nos hayan dado la oportunidad de vivir como uno de ellos no significa que lo seamos.

—¡Ya lo sé! Y créeme que en otra época hubiese pedido la muerte antes de concebir esto que siento ahora, pero he aprendido que no es incorrecto. Ya cumplí el objetivo de mi vida y no creas que es proteger a las generaciones de una familia, es ser parte de ella —sacudió la cabeza enjuagándose sus lágrimas.

Llorar no era la mejor opción para enfrentar sus adversidades, pero era una verdadera liberación para el alma. Todo el dolor que le producía permanecer a cada instante al lado de su dueña, podía descargarlo ahora, en el regazo de la noche. Permanecer fuerte y con una sonrisa frente a Sakura, le dijo Kaho, sin preguntarle qué sentía ella al respecto.

Nadie se había tomado la molestia de mirarla y conversar con ella para ayudarle en el proceso de resignación. Eso era algo que no venía en el instructivo de los guardianes, no estaba en sus memorias ni escrito en el Ictarius cómo afrontar la muerte del protegido sin poder hacer nada para ayudarlo. Tampoco decían qué hacer con los sentimientos románticos que en su interior se habían desarrollado. Pero la persona que sus amos le permitieron ser, sí sabía. Nakuru Akizuki, la estudiante becada de preparatoria que trabajaba en la cafetería para cubrir los gastos de sus estudios, vaya que sabía.

—No me voy porque haya fallado, es simplemente que mi misión, termina con la vida de ella. Sakura no es mi amiga, tampoco mi dueña, es alguien que yo he cuidado durante mucho tiempo, ¿entiendes eso? Fujitaka y Kaho no son mis superiores, no los obedezco porque sea mi deber hacerlo. Tú y yo no somos cómplices porque estemos obligados a serlo. —Se acercó a acariciar con cariño la mejilla de Yue, la magia resplandeció en su piel al contacto. Era hermoso—. Mi desmedida admiración por Touya no es respeto al primogénito del linaje a nuestro cargo. Va más allá.

Lo comprendía ahora. Nakuru había encontrado unos padres. Una hija. Un amigo. Un amor y su debido rechazo. Tenía razón. Ya había vivido lo suficiente.

Touya se retiró apreciando el simbólico abrazo de una despedida, sintiéndose incapaz de hacer nada por retener a Nakuru. Todos en la casa estaban acostumbrados a su presencia, no era un número más, ni un escudo al que recurrían en caso de emergencia. Era un miembro de la familia. Y ni siquiera eso era excusa para su falta de interés romántico en ella. Si había puesto los ojos en su madrastra bien podía fijarlos en la chica de amable mirada castaña. Sin embargo sus intentos serían en vano. Él no estaba destinado a amar a Nakuru, de lo contrario se habría dado cuenta hacía mucho tiempo.

Suspiró deteniéndose en la habitación de su hermana. Un hecho extraño ocurrió esa noche, conmocionándola al punto de necesitar oxígeno para estabilizarse. Touya corrió a sostenerle la mano en cuanto Nakuru avisó que necesitaba asistencia. Y en esos momentos tan críticos, no logró aplacar sus deseos de preguntarle a Sakura si los dejaría pronto. Ella lo miró sonriéndole de la inexorable manera que le había enseñado el dolor, con toda el alma reflejada en el brillo de sus ojos.

—No —le dijo, apretando su mano sin fuerza—. No hasta que todos estemos preparados. —Y Touya todavía no lo estaba.

—Nunca estaré preparado para perderte. No a mi hermanita —sollozó él, apenado por sus lágrimas enfrente de dos mujeres. El macho que había dominado los campos del Fenix Scolarium era una maldita farsa.

—No vas a perderme. Piensa que, me tendrás de otras maneras. Puedo convertirme en una estrella, en una flor; incluso puedo ser el viento que te acaricia. No importa cómo, jamás podrás sacarme de tu corazón.

Touya que no lloró en el sepelio de su madre porque era demasiado pequeño para hacerlo, lloró por su hermana, en los propios brazos de la moribunda. Ella era estúpidamente ilusa. Una imbécil, habría dicho en otro tiempo. ¿Quién soñaba con ser una flor o una estrella después de cumplir los ocho años? Sin duda su hermana se quedó estancada en una dimensión diferente a la que ellos conocían o venía de otro planeta. Definitivamente había sido secuestrada por extraterrestres que le lavaron el cerebro, los muy putos no pudieron sanarla en lugar de meterle mierdas a la cabeza.

Estando seguro de que la joya de la familia todavía respiraba, salió a la cochera en busca de su automóvil. Con lo gruñón que se encontraba Fujitaka desde su distanciamiento con Kaho, era posible que le reprendiera por dejar la casa a esas horas de la noche, pero el asunto que Kyoji había venido a confiarle en los últimos días, era de suma importancia.

A veces se sentía aturdido. En lugar de preocuparse por las inquietudes que experimentaría cualquier chico de su edad, pensaba que el mundo no era lo que parecía. Era como acostarse un día seguro de que los gatos eran animales terrestres y a la mañana siguiente despertarse con un montón de felinos surcando los cielos. Su familia escondía secretos y reconocía que fue divertido esconder su identidad de Li, pero el darse cuenta que existían personas con el doble de astucia que ellos, lo desconcertó.

Incorporándose en el tráfico de la cuidad, soltó una maldición. Por culpa de Nakuru se olvidó del verdadero motivo por el que visitaría las habitaciones de Sakura. El diario de Nadeshiko. Buscó aparcamiento cerca del restaurante donde había acordado reunirse con su cita. No quedaba más remedio que mentir. Tendría que decirle cuanto sabía a Kyoji de esos escritos con la certeza que le proporcionaba su buena memoria.

Ladeó la cabeza jugueteando con las llaves del coche. La muñeca que le había obsequiado su hermana pendía sonriente del espejo retrovisor. Le gustaba pensar que era diferente a las demás porque tenía las mejillas sonrosadas y los ojos verdes finamente bordados. Un sombrerillo azul a cuadros blancos le adornaba la cabeza. Los pies eran dos tiras delgadas que se rizaban simulando un par de zapatos. Era la cosa más horrorosa que había visto en su vida. Aun así, la bajó de su lugar y se la metió al bolsillo del pantalón.

El poco tránsito de personas resultaba desalentador en una ciudad tan movida. Cruzó la calle considerando la idea de retomar su vida, nuevo colegio, nuevos amigos y por qué no, un nuevo amor. Necesitaba que las cosas marcharan bien a la llegada de su nuevo hermano… o hermana. En cualquiera de los casos, prefería un varón. Reconstruir el amor dulce y sublime; protector e implacable que debía sentirse por una niña, sería duro. Descorazonador pensar que debía desarrollar por otra persona un amor similar al que sentía por Sakura. Era un bastardo, tal vez un sínico por tener esos pensamientos pero eran inevitables.

Tiró de la puerta del restaurante maldiciendo a Kyoji por escoger un lugar tan informal para su reunión. Se trataba de una jodida pizzería atestada de niños por doquier. La familia que tomaba fotografías de sus hijos en el regazo del pobre infeliz disfrazado de ratón, entorpeció su paso, haciéndolo tambalear a la recepción. Era increíble que tuviesen que reservar una mesa para tragarse un pedazo de masa con queso encima.

—Disculpe —dijo, golpeando la plataforma de la recepcionista—, familia Hou, por favor.

—Oh, sí —garabateó en su tabla electrónica la chica, con la voz temblorosa. Tenía que ser nueva en el trabajo, de lo contrario no estaría tan nerviosa—. Mesa para tres, ¿verdad?

Touya asintió en reconocimiento al rostro de la empleada y sonrió.

—Vaya, ahora sé porqué casi nunca estás en casa. —No midió sus fuerzas cuando palmeó el hombro de su prima, que se echó hacia adelante con el manos libres saltándole de la oreja—. Mira, estoy muy orgulloso por encontrarte en este lugar.

—No te emociones tanto —gruñó Tomoyo—, si no me sueltas, me despedirán.

Touya alzó una ceja retirando la mano en señal de disculpa. Hacía días que no miraba a Tomoyo merodeando por la cocina de su casa, preparando infusiones que según ella, reanimarían a Sakura.

—¿Por qué no nos mencionaste que tenías trabajo la última vez?

Tomoyo salió de su refugio temporal cogiendo dos menús antes de escoltar a Touya a su mesa. La pregunta le parecía hasta ofensiva a esas horas de la noche. Jamás se le ocurrió que se encontraría con su primo en tan humillante situación. Negando con la cabeza se dijo que sus días de perra detestable habían terminado, ahora debía aceptar la realidad de lo que era.

—Estoy en periodo de prueba. No quería ilusionar a Sakura antes de tiempo. Ella fue la que me sugirió buscar un trabajo, ¿sabías eso?

—Vaya, creí que el monstruo sólo pensaba en príncipes y dragones. Es mi hermana y la quiero mucho, pero nunca estimé que fuese capaz de dar consejos inteligentes.

—Oh, si no vas a decir nada bueno, cállate —musitó Tomoyo, sonriéndole a su supervisor.

Un niño la detuvo en su paso exigiéndole una corona de papel y en toda la noche había regalado tantos libros de colorear, dulces, juguetes y caramelos, que ya no le quedaban ganas de bajar a la bodega por más, ya que en la recepción se habían agotado. No le quedó más remedio que zafarse la que ella portaba en la cabeza y entregársela aunque estuviera algo sudada y llena de maquillaje. El mocoso de marchó feliz.

—Eres mala y… asquerosa —replicó Touya.

Tomoyo suspiró encantada. —Lo sé, ¿acaso a los chicos no les vuelven locos las tipas sucias?

—Pues, no a todos —balbuceó Kinomoto, apoyándose en los hombros de su prima luego de haberse estrellado abruptamente contra su espalda.

En su mesa, esperaba sentada la niña más bonita que había visto después de su hermana. Tenía la nariz tan arrugada que daba la impresión de encontrarse en ese sitio en contra de su voluntad. Pero no importaba. Eso no arruinaba lo dorado de su cabello recortado igual que un chico rebelde, sólo algunos mechones cubrían su frente, y los demás, los pocos que sobrevivieron al filo de la tijera, se le rizaban en la nuca. Las nubes de tormenta pavoneándose en los cielos de la ciudad, no eran nada comparadas con el gris relampagueante en los ojos de esa niña.

—No me jodas —escupió Tomoyo al notar la expresión de Kinomoto, en su vida había utilizado palabrotas. Siendo una persona tan pulcra era inadmisible, pero esa situación de verdad lo ameritaba. Arrugó los labios enviándole una mirada colmada de simpatía a la niña que esperaba mientras le pegaba un discreto codazo a su primo—. Ella no debe tener más de catorce. Aparta tu perversa mirada de ella.

Touya carraspeó llevándose una mano al rostro para corroborar si la temperatura de su cuerpo había ascendido. Tomoyo tenía razón. No podía ser tan enfermo. Después de haber estado enamorado de una mujer mayor la mitad de su vida, no podía venir a poner sus ojos en una niña a la que apenas comenzaban a brotarle los pechos. Estaba jodido. Muy jodido. El bastardo de Li Syaoran quedaría reducido a nada en comparación suya si llegaba a involucrarse con esa niña. Para su sorpresa, sus defensas quedaron devastadas cuando la chica con aspecto de vagabunda por sus ropas oscuras y holgadas les sonrió como si su rostro no conociera otra expresión. Tomoyo retrocedió y Touya se estremeció; energía. Era eso. La niña también era una intermediaria.

—Yo quedé de reunirme con… Kyoji —dijo Touya, haciendo a un lado a Tomoyo para aproximarse a la mesa.

Ahora creía que todo ese rollo de las cinco familias especiales que le hubo explicado su amigo en la reunión, era cierto. Aunque era un verdadero peligro que esa chica anduviera por la calle con todo ese poder mágico suelto a merced de cualquier demonio que buscara alimentarse de ella. No detectó ningún guardián cerca, tampoco la presencia de Kyoji y estando él cerca, esa chica no estaba segura, bajo ninguna circunstancia.

—Claro, él está en el baño. Siéntate, yo también lo esperaba para ordenar.

Antes de acatar la cordial sugerencia, Touya extendió una mano hacia ella, que lo miró sorprendida, con la boca abierta y batiendo sus cejas en un progreso tentativo de comprender el gesto. Él sonrió. Era tan encantadora.

—Touya Kinomoto.

Y un pesado apretón de manos, atendió a su presentación.

—Se llama Cho, prefiere que la llamen Mo, y es mi hermana —increpó Kyoji, casi cubriendo con el espesor de su cuerpo a la niña—. Además escucha bien esto, amigo. Nadie, absolutamente nadie, puede tocarla.

Touya sonrió, negando con la cabeza.

—Tampoco a la mía.

Intercambiando sonrisas cómplices, Tomoyo supo que los hombres habían llegado a un acuerdo. Con la confusión que le producía el nuevo apellido de Kyoji regresó a su lugar de trabajo. Tal vez era un seudónimo secreto para llevar a cabo esas tontas reuniones secretas de hombres. Sintió lastima por la niña que se quedaba a escuchar las barbaridades que saldrían de aquellas bocas, pero ella no era ninguna heroína para andar preocupándose por otros.

Su turno terminó, y hasta ese momento, Touya seguía conversando con su amigo. Restándole importancia a los asuntos ajenos, arrastró los pies hasta su locker para intercambiar su uniforme del trabajo por el del colegio. Llevaba tres semanas asistiendo a una escuela pública donde la educación era bastante decente, aunque no podía decirse lo mismo de sus compañeros. No había logrado hacer una sola amiga debido a su maldita manía selectiva. Si no le encontraba un defecto a las chicas en su físico lo hacía en sus hábitos. Era pobre, sí. Tonta también. Pero no iba a juntarse con tipas que se metían drogas para que los chicos pudieran darles la vuelta. No todas eran iguales, estaban las decentes que hallaba aburridas y prefería quedarse sola.

Dejó el local guardando la sombrilla en su bolso. La única evidencia de la tormenta yacía en el piso volviéndolo brillante y resbaladizo. Su edifico no quedaba muy lejos y se dijo que tenía que llegar a pie aunque se sintiera derrotada. No podía permitirse el lujo de molestar a papá cada vez que no le apetecía tomar el autobús. Eso le dejaba el metro pero no estaba de ánimos para deprimirse usando el subterráneo. Tendía a dormirse cuando lo abordaba y encontraba un asiento libre, dejándole como opción más segura caminar.

Al cabo de unas calles comenzó a reconocer los edificios que ya no eran tan elegantes como las grandes empresas del centro de la ciudad. Las grandes pantallas, los ruidos, la gente se habían quedado atrás. Ahora sólo restaba el panorama de ladrillos rojos apilándose uno encima de otros para formar lo que ella reconocía por el hogar. Algunos autos yacían abandonados a su paso. El más reciente, el que Tomoyo identificaba como amarillo de noche y desvaído de día, carecía ahora de llantas. Mañana le faltarían los asientos y dentro de poco desaparecería. En realidad el barrio no le desagradaba en lo absoluto. Interpretaba el graffiti como arte y la escases de farolas como un peligroso misterio, un reto que debía superar día con día para llegar a casa.

Aligeró sus pasos a las puertas de su edificio. Mamá no tardaría en llegar y todavía faltaba preparar la cena. Papá estaría de turno esa noche, sólo se desviaría un rato para cenar en familia, igual que siempre.

Golpeó los botones del ascensor antes de optar por las escaleras, el aparato estaba descompuesto de nuevo. El conserje del edificio era un embustero. Las cosas que reparaba sólo rendían unas horas. Llegó jadeando al cuarto nivel porque el ejercicio seguía sin ser lo suyo aunque era ya fuese tiempo de acostumbrarse. Cuestión de actitud, se dijo, localizando la puerta del departamento cuarenta y cinco. Tocó el timbre y adentro se escuchó una revolución.

Un pequeño niño se arrojó a sus brazos con la luz azul del televisor cegándole la vista. Probablemente interrumpió la sesión de películas en la que se sumergían la Sra. Inoue y Sora durante las tardes.

—Espero que no le haya causado demasiadas molestias —dijo Tomoyo, cargando al pequeño en brazos.

—Sabes que ustedes nunca serán una carga para mí. —Tomoyo le sonrió en agradecimiento. La Sra. Inoue también cuidó de ella siendo una niña, se había ganado los méritos de abuela a pesar de ser ajena a la familia Daidoji. Gracias a los relatos de la anciana durante las vacaciones, conseguía impresionar a sus amigas sobre sus múltiples viajes a Europa, aunque fuera un sitio que ella sólo podía ver en fotografías, lograba ingeniárselas con vivencias de otras personas. El matrimonio Inoue específicamente.

—La fiesta de Sora es el próximo sábado —recordó Tomoyo, afirmando las piernas de Sora alrededor de su cintura. Con los días el peso del niño aumentaba, o quizá ella estuviese más flaca. No importaba, dentro de poco no podría cargarlo—. Esperamos que pueda asistir, sólo estarán los miembros más cercanos de nuestra familia. Digamos que usaremos la fecha como excusa para hacer algo especial. Ya sabe, por la condición de mi prima.

—Por supuesto, mi niña. Mi álbum fotográfico está un poco desactualizado desde que mi esposo me dejó. —Ambas mujeres sabían que no había escapado con otra mujer, simplemente ascendió a los cielos, como le habían dicho a Sora cuando preguntó por el señor Inoue—. Tendré lista mi cámara.

Tomoyo hizo una rápida intromisión en la morada por las cosas de su hermano y se marchó despidiéndose con una sonrisa. Sora estaba quedándose dormido con la mejilla apoyada sobre su hombro. Algunas veces más que ánimos, sentía una profunda decepción por la mirada ilusionada que le dedicaba su hermano. Ella para Sora era tan grande como los artistas que aparecían en televisión. Mientras que ella apenas había balbuceado unas palabras en el internado acerca de la existencia del niño. Y eso aunque quisiese afirmar lo contrario la hacía ser una mala persona. La bruja de los cuentos que leían antes acostarse.

Con esfuerzo abrió la puerta de su departamento encendiendo las luces antes de atreverse a dar un paso. Todo ahí era reducido, semejante a una casa de muñecas. Su madre se empeñaba en conservar la modesta decoración impecable. Las cortinas, los tapetes, hasta los adornos de la cocina habían sido elaborados por su madre. Ella decía que con eso ahorraba dinero. Pero Tomoyo sabía que sus intenciones iban más allá de darle a todo un toque hogareño, puesto que mamá pasaba poco tiempo en casa, quería que sus hijos al reparar en esos detalles se sintieran rodeados por su cariño.

Acomodó a Sora en el sofá tomando rumbo a la cocina. El retraso que le ocasionaba su trabajo ni siquiera le permitía cambiarse el uniforme, sin protestar optó por ponerse un mandil encima. Lo único positivo que le encontraba a las tareas del hogar, era que si decidía casarse al terminar la preparatoria no tendría problemas llevando las riendas de la casa. Aunque papá esperaba que ella fuese a la universidad, Tomoyo no tenía planeada su vida tan a futuro. Nunca se detuvo a pensar qué sería de su vida cuando ya no estuviese bajo la protección de la familia Kinomoto. Le echaba a Sakura parte de toda la culpa, por hacerle creer que viviría lo suficiente para atravesar esa cruda etapa de decisiones juntas.

Colocando el sartén sobre la cocina, se propuso tener una resolución pronto. Le gustaban los idiomas. Tal vez viviría enseñado eso si los dioses le daban la paciencia suficiente para lidiar con chicos revoltosos. Después de colocar el pollo, asomó la cabeza a la estancia para vigilar el sueño de Sora, su hermanito continuaba dormido con el dedo pulgar en la boca. Sólo hasta que la verdura estuvo lista, escuchó la puerta abriéndose para revelar a mamá cargando un montón de bolsas para la despensa.

Tomoyo salió a recibirle secándose las manos en su mandil. Tal vez si ella no hubiese fracasado en el empleo que le ofrecieron en el supermercado, podría ayudarle con la carga todas las noches. Sacudió la cabeza dejando de mortificarse, Sonomi no se había molestado en lo absoluto el día que su torpe hija derramó el desinfectante en el pasillo 3.

—¿Cómo fue tu día?

Sonomi sonrió masajeándose los pies al quitarse los zapatos.

—Muy bien —sonrió—, pero mejor cuéntame cómo fue el tuyo.

—Me dieron el empleo —respondió, corriendo a la cocina, una vez hubo recordado el pollo.

Sabía que su madre le pisaba los talones emocionada con un brillo de orgullo que nunca estaba ausente en su mirada. Sonomi apreciaba cada mérito de su hija, las buenas calificaciones y todos los reconocimientos que llevaba a casa al finalizar el año. Muchas veces Tomoyo se preguntaba cómo podía ser tan infeliz teniendo la familia que todos sus compañeros del internado anhelaban, y era entonces que llegaba a la conclusión de que no los merecía.

No los merecía porque cuando recibió la noticia del nacimiento de Sora se puso histérica, su madre era una mujer mayor y de salud delicada, no quería perderla por culpa de un niño que ni siquiera conocía. Incluso llegó a odiar a su padre por ponerle las manos encima a Sonomi, pero se dijo que era un acto de amor, que con el tiempo y un poco de paciencia aprendería a amar al bebé como su hermanito y así fue.

—¿Y qué tal va la escuela? No me digas que continúas sin hacer amigos.

Tomoyo resopló con la mano de su madre encima del hombro. Si insistía una vez más con el tema, seguramente sufriría un colapso nervioso. Muchas veces la atención desmedida que ponían sus padres sobre ella, sólo conseguía angustiarla.

—Los que tenía en el internado tampoco eran muy buenos. Además estando aquí no los necesito, siempre se puede jugar con Sora y conversar contigo.

—Pero necesitas compañía de tu edad —suspiró la mujer, resuelta a ayudar a su hija en la preparación de la ensalada. Tomó el segundo mandil amarillo que permanecía en la entrada de la cocina y sacó algunas legumbres del refrigerador. Tomoyo la miró picar la lechuga con destreza mientras daba su argumento cansino de todas las noches—. Me preocupas. Necesitarás otro tipo de compañía cuando…

—Ya sé lo que sucederá, madre —espetó, escapando al comedor con el pollo preparado en un recipiente. Ahí suspiró y cerró las manos en un puño—. Además tienes que saber que sí tengo un amigo.

Sonomi se asomó por la cocina con las cejas alzadas, obviando el malhumor de su hija. Las jovencitas eran muy difíciles a esa edad, ella misma le había dado muchos dolores de cabeza a Nadeshiko en sus tiempos de adolescente. Todo hasta que se hubo quedado embarazada de Tomoyo y casado con el hombre de su vida.

—En serio, ¿y por qué no lo has traído a casa? Me gustaría conocerlo, ¿es del colegio?

Tomoyo frunció el ceño. Del internado más bien, y no lo he traído a casa porque no sé si le gustaría venir. —Le preguntaré si quiere cenar con nosotros la próxima semana, para que lo conozcas —mintió, marchándose a su habitación antes de que llegara papá.

—Invítalo al cumpleaños de Sora —vociferó Sonomi, revolviendo algunos platos en la cocina.

Tomoyo se recostó angustiada en las penumbras. Había llegado el momento de revelar todas las mentiras y secretos que bordeaban su vida. Si los Kinomoto pudieron decirle a sus hijos que no eran humanos normales, ella podía decirle a Eriol que no tenía el tipo de fortuna que aparentaba, que en lugar de dinero, tenía las manos llenas de amor.

Él comprendería… quizá él lo haría.

Se quitó la almohada que se había colocado encima de la cara para revisar su celular. No había ningún mensaje de texto, tampoco llamadas perdidas y justo cuando estaba tan determinada a decirle la verdad, pensó que tal vez Eriol ya no quisiera hablar con ella. Desde la cita que ella rechazó por cobardía no había vuelto a llamarle y con mucha razón. Ella le canceló minutos antes, cuando ya tenía lista la ropa y el peinado elaborado. Incluso había acordado las horas extras que la Sra. Inoue tendría que cuidar a Sora. Pero antes de tomar su bolso para salir de casa, se arrepintió.

Se arrepintió porque no podría contenerse, acabaría diciéndole esa noche lo que realmente sentía por él y no era justo. Eriol merecía otro tipo de mujer. Una buena que no fuera mentirosa ni ambiciosa como ella. Sin embargo tomando todo el valor que le faltó ese día, agarró su teléfono y texteó: "Quiero verte."

Al final de la cena, seguía sin recibir respuesta.

*.*.*

Syaoran rechinó los dientes en la calle adornada por ribetes de hojas verdes caídas por la tormenta. Había caminado tanto que ya no recordaba dónde estacionó su coche cuando Eriol le aconsejó que era mejor seguir a pie. Hacía una hora que no sentía la presencia de Kerberos que corrió a refugiarse de la lluvia y comenzaba a cansarse de repetir el mismo panorama una y otra vez. Estaban caminando en círculos, para comprobarlo pegó una goma de mascar en una farola y acababa de verla por tercera vez. Igual que a la anciana que se asomaba por la ventana con el teléfono en la mano.

—Mira, imbécil —musitó Li, agarrando a Eriol por las solapas del abrigo—. Si no me llevas a tu puta madriguera en este instante, juro que te sacaré el cerebro y averiguaré yo mismo la dirección.

Eriol respiraba impávido, con las manos sobre las de Syaoran.

—No hasta que contestes a mi pregunta.

Syaoran bufó pasándose una mano por el cabello. Se encontraba empapado, sus botas todavía formaban burbujas de agua cuando daba el paso.

—Si quisiera una terapia de restablecimiento por abandono familiar, hubiese solicitado una cita con el psiquiatra.

Eriol negó con la cabeza, agachándose a acariciar al perro obeso que acababa de acercárseles ladrando. Estuvieron unos minutos en silencio hasta que el animal se marchó a hurgar en la basura. Syaoran jamás aceptaría que ese sucio animal amarillo era su guardián.

—Está bien. —Levantó sus manos en el aire, dándose por vencido—. Viví con mi padre, en una cabaña lejos de la ciudad. ¿Por qué? Porque yo era horrible, fin del asunto.

—Eso no es nada diferente a lo que ya me habías dicho. Lo que necesito saber, Syaoran, es si tú comprendes el significado de la familia. Entiendo que tú creciste lejos de ellos y aún así, aprendiste a amarlos, ¿cierto?

—Cierto —asintió Syaoran.

—Bueno, pues hagamos de cuenta que esa es mi historia también.

Syaoran gruñó a punto de arrancarse los cabellos, no entendía ni una palabra de Hiraguizawa. Llevaban horas interminables de suplicio dando vueltas por la calle sin llegar a ningún lugar. Se sentaron a reposar por consentimiento mutuo en una banca, bajo el escrutinio de una farola en el mismo barrio opulento que asediaban antes de la tormenta. Tal vez Eriol necesitaba el frío de la noche para despejar sus pensamientos, a Syaoran también le costó asimilar la existencia de una madre y hermana el día que las conoció. ¿Pero por qué su amigo necesitaba hacer lo mismo habiendo nacido en el seno de una familia?

Lo observó colocarse las manos sobre las rodillas, mirando a la nada con los lentes empañados. Si la vida le hubiese otorgado el privilegio de tener un hermano, no le cambiaría nada a Hiraguizawa. Eriol era una persona que sabía escuchar, que podía defenderse pero que también necesitaba ser protegido.

Syaoran le pasó un brazo encima de los hombros en un gesto cariñoso, era quizá demasiado orgulloso para agradecerle a viva voz su compañía, incluso sus silencios y consejos cuando no se los pedía. Nunca olvidaría la mañana que le había reñido en el campamento por meter la pata con Sakura, ese hecho definitivamente le influenció a depositar su respeto en ese chico.

—Dime por qué no quieres regresar a tu casa —le instó Syaoran con un timbre de voz que sugería amabilidad aunque tuviese el trasero mojado por culpa de ese sujeto.

Las respuestas acudían como aguijones a la mente de Eriol, pero qué hacía con sus conflictos de personalidad, con esa porción pétrea de su corazón que le impedía regresar a casa. Syaoran pasaba complicándose la vida porque no encontraba el sentido verdadero de su existencia, estaba desesperado por arrancarse de sus rasgos físicos el parecido con su padre, tal vez unas cuantas actitudes coincidieran entre los dos hombres aunque no pudiese asegurarlo con certeza, pero ahí estaba, Syaoran sabía quién era. Era el heredero del clan Li, hijo de un bastardo con una mujer que no le amó lo suficiente para evitar que lo arrancaran de su seno; hermano de una niña muerta; novio de una moribunda; amigo de una chica hermosa y dueño de Kerberos. En cambio Eriol que tenía dos vidas muy diferentes no podía definirse así mismo.

—Dime tú, que eres especial, ¿qué ves en mí?

Syaoran echó la cabeza hacia atrás, desconcertado por la pregunta. Aparte de un intelectualoide vestido de cuero, no veía nada. Para eso tendría que mirar a través de él utilizando sus poderes, y eso resultaba casi imposible, por el escudo mental que Eriol mantenía enhiesto en su mente.

—Mejor dime tú —rebatió Syaoran, cansado del juego de palabras—, ¿qué me escondes?

—Yo quisiera… que hiciéramos un viaje en el tiempo para no tener que decirte algo que me da tanta vergüenza. Pero en vista de que no podemos hacer tal cosa, tendré que hacerlo.

Eriol se puso de pie, rozando con sus dedos la valla metálica que probablemente encerrara un parque por las ramas que sobresalían traviesas compitiendo con la copa de los árboles. Syaoran le siguió por su maldito sentido de la curiosidad. No había nada sobrenatural entre los secretos de Eriol, eso lo sabía con certeza, durante varias noches pasó sobre él diferentes instrumentos con la intención de hallarle un motivo a su mente tan cerrada, atribuyéndole tal fenómeno a los conflictos emocionales de su amigo.

A los minutos, Syaoran reparó en un detalle que le había pasado desapercibido en sus múltiples vueltas por el mismo lugar. No era un parque. Era la entrada frontal de una casa. Escondido entre los ladrillos de la columna blanquecina se encontraba un botón que Eriol presionó susurrando unas palabras. Syaoran enfocó su mirada a la cámara de seguridad que los escrutaba de pies a cabeza. Los estúpidos guardas de la mansión seguramente interpretarían su aspecto como una amenaza. Sólo para hacerlos sentir competentes, Syaoran alzó las manos al aire indicando con ese gesto que no portaba armas.

Aun así fue revisado hasta los huesos una vez consiguieron poner un pie adentro. Por la extensión del jardín, Li medio esperaba que se les acercara un carrito para transportarlos a la entrada. No era ningún marica, pero después de la paliza que le propinó Kyoji, se sentía adolorido. Y todavía más al reconocerlo. Dimensionándose como un pobre mendigo ante la magnificencia de la mansión Hiraguizawa, violó la regla de no pisar el césped para acortar el camino. Eriol no se quejó en ningún momento, de todos modos, esa ya no era su casa, sino de Ayrton. El idiota que se liberaba de sus responsabilidades manteniéndole al día sus cuentas bancarias.

Quizá para Syaoran verse reflejado en el piso como una mancha que irrumpía la pulcritud de la recepción fuese impresionante, pero para Eriol mirar todo aquello una vez más, fue haber dado un vuelco al pasado. Marchó determinado al lugar donde su historia como Eriol Hiraguizawa comenzaba, le debía su identidad actual a ese cuadro, cuyos lienzos perpetuaban el esplendor de la familia Hiraguizawa. Justo entre el padre y la madre, reposaba la imagen de un niño. Un niño que llevaba su nombre, pero que no era él.

Escuchó el estrépito de los pasos de Syaoran acercándose, uno a uno, en los distintos niveles de las escaleras. Eran un eco agudo en sus oídos, un pálpito doloroso en su pecho, una sensación hormigueante en sus rodillas. Había llegado el momento de saber cuán astuto era su amigo. Y se enteró demasiado pronto. Syaoran llegó a su lado menguando su andar, apabullado. Su mente no le jugaría una mala broma estando sobrio. Joder, ni siquiera borracho, lamentablemente. Dejó caer una mano en el hombro de su amigo intentando amainar su dolor.

—Si te sirve de consuelo, yo soy tu familia, hermano.

Eriol sonrió con un ápice de cinismo en la comisura de sus labios. Se retiró las gafas frotándose los ojos, había que destacar lo cursi que se ponían Syaoran en situaciones que lo angustiaban. Pero sabía que en un futuro, después de descargar su culpabilidad y resentimiento, aceptaría. Nunca estaba de sobra un hermano.

—¿Te has dado cuenta? —inquirió, dejando caer sus gafas en el bolsillo.

Syaoran asintió.

—Ese niño, no eres tú.

Ahí yacía resuelto el gran misterio, Eriol era adoptado. Sin embargo lo que hacía parecer inédito un caso tan común entre los humanos, era el impresionante parecido entre el niño del cuadro y el chico a su lado. Hiraguizawa se apresuró a darle una respuesta pronta a la interrogante de Syaoran, aunque aquello hubiese dejado más confundido al castaño.

—Él es el verdadero Eriol.


Antes que nada, agradezco la paciencia que han tenido aquellos que se aventuren a continuar leyendo esta historia. La verdad en todos estos meses que no he actualizado no he pensado mucho en esto, por la misma razón que les expresaba anteriormente. El hilo de la trama no se me perdió nunca, creo que fue más bien el temor que me producía no expresar bien algunas situaciones. Como dicen por ahí, sentí que me quedó grande el zapato en un momento determinado. Pero les agradezco su apoyo, sus reprimendas y todas las buenas vibras que me han enviado para que esto continúe.

Aunque lo comencé siendo una novata y esto esté atestado de cursilerías, pues yo soy así. He dado puros tumbos por la vida en todos los aspectos, pero sí sé que me gusta escribir este género. No me siento tan llena escribiendo historias sin magia ni misterio en ellas (aunque lo haga, lo que intento decir es que quiero este fic más que a todos, a pesar de ser el que tengo más descuidado). Debe ser mi afición a lo paranormal.

Nos leemos pronto, quizá.