Ya saben a quién les pertenece todo, yo sólo tomo algo de la sopa.
Capitulo 2
El idiota de Mike Newton tratando de meter su mano bajo mi falda, con su sonrisa babosa y su polla mínima -según Jessica - trataba de aprovecharse de mi necesidad y de ser el idiota dueño de una cafetería de mala muerte en Seattle.
Sonreí, podía dejar que me tocara y que hiciera su función en el cuarto de atrás.
Era tan fácil.
Era tan jodidamente simple.
Yo lo había hecho con James por años, permitir que hiciese con mi cuerpo lo que quisiera, permitir que mi corazón fuese estrujado por su falta de amor, al menos baboso Newton no me diría que me amaba.
En su estupidez era real y sólo le interesaba un polvo fácil, nada de flores, mentiras o crueldades.
Me volteé y sonreí.
Vi su cara.
Ojos azules y piel ajada de acné.
Él me dio asco.
Yo me daba asco.
Cerré los ojos y vi a mi marido muerto burlándose de mí.
Vaya Isabella ¡que puta eres!
Respiré en su rostro, él estaba seguro de que sería fácil. Yo de espaldas y él jadeando como animal herido.
Bajé la mirada a mis zapatos, su mano levantaba mi falda, y su lengua pasaba por mi cuello.
"Quiero joderte duro Bellita"
Levanté mi mirada, sólo vi estupidez, sólo vi a un hombre que me asqueaba, allí era una mujer sin nada en la vida, sin nada que perder, sólo asco corriendo por mi garganta, sólo desprecio por quien me había convertido.
"Quita tus manos de encima Mike"
Sonrió.
Él era mi jefe.
Siguió sin escuchar mis palabras, enredó sus manos en mis bragas, su aliento de ajo me provocó arcadas, su manos me hacían sentir sucias, su falta de respeto me humillaba.
Todo era podrido.
Yo me sentía podrida.
Y sin importarme nada, mi asco, soledad y tristeza se hicieron físicos y vomité sobre él.
"¡Eres una puta loca!" gritó.
Me sentí tan libre, por primera vez en años, me sentí de nuevo yo.
No la mujer que dejaba que la humillaran.
No Isabella que permitía que su marido se acostara con la primera idiota que se le cruzara en frente.
No aquella que calló su falta de amor.
No la que permitió ser usada y humillada.
Allí, con mis tripas sobre los sucios zapatos de Mike Newton, sentí que ya nada me importaba y que podía largarme a cualquier parte, porque yo Isabella San era libre y estaba sola.
Dejé todo atrás.
Salí de la cafetería con quinientos dólares de liquidación.
Con mi bolso de color amarillo.
Escuchando los gritos de baboso Newton.
Y con la firme decisión de comprar un tiquete de bus a cualquier parte y no volver jamás.
