Holaa, este es el quinto capítulo y espero que os guste ya que me extendí bastante e intente hacerlo entretenido, en este capítulo Sam conoce a Freddie, os quería pedir un favor , tengo en una página de Facebook que se llama "Locos por Seddie & ICarly" la cree hace poco junto con una amiga y me haríais un gran favor si le dierais a me gusta. Gracias.


Estoy tumbada al borde de una cama de hospital, con la cabeza en una almohada y las rodillas dobladas. Hay dos médicos y una enfermera en la habitación, pero no puedo verlos porque están detrás de mí. Uno de los médicos es una estudiante. No dice gran cosa, pero imagino que observa mientras el otro encuentra el lugar correcto en mi columna y lo señala con un bolígrafo. Luego prepara la piel con un antiséptico. Está muy frío. Empieza en el sitio donde se va a clavar la aguja y sigue hacia fuera en círculos con céntricos, luego me hecha unas toallas sobre el costado y se pone unos guantes estériles.

- Voy a emplear una aguja de calibre veinticinco –le indica a la estudiante-. Y una jeringa de cinco mililitros.

En la pared, detrás de mamá, hay un cuadro. En el hospital cambian los cuadros muy a menudo, y éste aún no lo había visto. Lo miro fijamente. He aprendido todo tipo de técnicas de distracción en los últimos cuatro años. En la pintura, atardece en un campo inglés y el sol está bajo. Un hombre se afana en empujar un arado. Unos pájaros descienden en picado. Mamá se gira en su silla de plástico para ver que estoy mirando se levanta para examinar la escena. Abajo, en el campo, una mujer corre. Se sujeta la falda con una mano para ir más de prisa.

-La peste llega Eyam –anuncia mama-. ¡Un cuadro de lo más alegre para un hospital!

El médico ríe.

- ¿Sabía usted que todavía se dan más de tres mil casos de peste bubónica al año?

- No. No lo sabía.

- Gracias a Dios existen los antibiótico, ¿eh?

Mamá se sienta .-Gracias a Dios.

La mujer espanta unas gallinas al correr, y sólo ahora reparo en que dirige su mirada de pánico al hombre del arado. La peste, el Gran Incendio y la guerra con los holandeses, todo ocurrió en 1666. Lo recuerdo del colegio. Se transportaron millones de cadáveres en carros para arrojarlos a fosas de cal y tumbas anónimas. Más de trescientos cuarenta años después, todos los que vivieron aquel tiempo han muerto. De las cosas del cuadro, solo queda el sol. Y la tierra. Esta idea hace que me sienta muy pequeña.

-Ahora notarás una pequeña sensación de escozor –avisa el médico

La otra médica me acaricia la mano con el pulgar, y unas ondas de calor estático penetran en mis huesos. Me induce a pensar en las palabras "para siempre", en que hay más muertos que vivos, en que estamos rodeados de fantasmas. Eso debería consolarme, pero no me consuela.

- Apriétame la mano –dice la médica.

Es como la electricidad, como si la columna se me hubiera quedado atascada en una tostadora y el médico la estuviese sacado con un cuchillo afilado.

- ¿Qué crees que estará haciendo la abuela hoy? –pregunto.

Mi voz suena distinta. Tensa. Contenida.

-Ni idea.

-Le pedí que viniera.

-¿Ah, sí? –Parece sorprendida.

-Pensaba que después podríais pasar un rato juntas en la cafetería.

Ella frunce el entrecejo.

-Qué cosas más extrañas piensas.

Cierro los ojos e imagino que soy un árbol bañado por el sol, que no deseo nada más que la lluvia. Pienso en el agua plateada salpicándome las hojas, empapando mis raíces, subiendo por mis venas.

El médico recita estadísticas a la estudiante.-Aproximadamente una de cada mil personas a las que se le practica este prueba sufre un daño neuronal leve. También hay un leve riesgo de infección, sangrado o lesión de cartílago –explica, y luego saca la aguja-. Buena chica – me dice-. Ya está.

Casi espero que me dé una palmada en el trasero, como si fuera un caballo obediente. No lo hace. Agita los tres tubos estériles delante de mí.

-Ahora mandaremos esto al laboratorio.- Ni siquiera me dice adiós, simplemente abandona en silencio la habitación, seguido por la estudiante. Es como si de repente se avergonzara de que hayamos tenido un momento de intimidad. Pero la enfermera es encantadora. Conversa con nosotros mientras me venda la espalda con gasa; luego rodea la cama y me sonríe.

- Ahora tienes que estar un rato tumbada, cariño.

-Lo sé.

-No es la primera vez, ¿eh? –Se gira hacia mamá-. ¿Qué va a hacer usted mientras tanto?

-Tengo una revista. Me sentaré aquí y leeré.

Ella asiente.- Estoy aquí fuera. ¿Ya sabe lo que debe controlar cuando vuelvan a casa?

Mamá lo recita todo de un tirón, como un profesional:- Escalofríos, fiebre, cuello rígido o dolor de cabeza. Drenaje o sangrado, parálisis o pérdida de fuerza por debajo del punto de punción.

-¡Muy bien! –exclama impresionada.

Cuando ella sale de la habitación, mamá me sonríe.

-Muy bien, Sam. Ya se ha acabado, ¿eh?

-A menos que los resultados del laboratorio sean malos.

-No lo serán.

-Volverán a hacerme punciones lumbares cada semana.

-¡Shhh! Ahora trata de dormir un rato, cielo. Así el tiempo se te pasará más de prisa.

Coge su revista y se acomoda de nuevo en la silla. Noto pinchazos de luz como luciérnagas que aletean contra mis párpados. Oigo correr la sangre por mis venas, como cascos de caballos en una calle adoquinada. Al otro lado de la ventana, la luz gris se torna más densa. Mamá pasa la página. Detrás de ella, en el cuadro, una inocente columna de humo se eleva de la chimenea de una granja, y una mujer corre con el rostro aterrado y vuelto hacia arriba.

-¡Levántate! ¡Levántate! –grita Melanie. Me tapo la cabeza con el edredón, pero ella lo aparta de un tirón-. ¡Mamá dice que si no te levantas ahora mismo subirá con una toalla mojada!

Me giro para poner distancia, pero ella rodea la cama y se planta delante de mí sonriendo.-Mamá dice que deberías levantarte todas las mañanas y hacer algo contigo misma.

Le doy una buena patada y vuelvo a taparme la cabeza con el edredón.

-¡Me importa una mierda, Melanie! Ahora sal de mi habitación.

Me sorprende lo poco que me importa cuando se va.

Me invade el ruido: el estruendo de sus pies en la escalera, el estrépito de los platos en la cocina cuando ella entra y deja la puerta abierta. Me llegan incluso los sonidos más débiles: la leche al salpicar los cereales, una cuchara rozando cristal, mamá chasqueando la lengua mientras limpia con un trapo la camisa del colegio de Melanie, la gata lamiendo el suelo. Se abre el armario del recibidor y papá saca el abrigo de Melanie. Oigo la cremallera y el corchete del cuello, que mi madre le abrocha para que no se le enfríe la garganta. Oigo el beso, luego el suspiro, la gran oleada de desesperación que inunda la casa.

-Ve a decirle adiós –susurra mamá.

Melanie sube las escaleras con el sonido de sus tacones detrás, se detiene un momento frente a mi puerta, luego entra y se acerca a la cama.-¡Espero que te mueras mientras estoy en el instituto! –sisea-. ¡Y espero que te duela un montón! ¡Y espero que te entierren en algún sitio horrible, como la pescadería o la consulta del dentista! "Adiós, hermanita–pienso-. Adiós, adiós."

Mamá se quedará en bata y zapatillas en medio de la sucia cocina frotándose los ojos como si le sorprendiera encontrarse sola. Durante las últimas semanas ha establecido una pequeña rutina matinal. Cuando Melanie se va, se prepara un café, luego limpia la mesa de la cocina, friega los platos y pone la lavadora. En eso tarda aproximadamente veinte minutos. Después viene y me pregunta si he dormido bien, si tengo hambre y a qué hora voy a levantarme. Por ese orden. Cuando le contesto: "No, no y nunca", se viste y luego baja para sentarse delante de su ordenador, donde se pasa horas tecleando, navegando por la red en busca de información para mantenerme con vida. Me han dicho que hay cinco etapas de la enfermedad, y si eso es cierto, entonces ella se ha quedado en la primera: la negación.

Extrañamente, hoy llama a mi puerta más temprano. No se ha tomado el café ni se ha arreglado. ¿Qué pasa? Me quedo muy quieta mientras entra, cierra la puerta sigilosamente y se quita las zapatillas.

-Hazme sitio –dice, y levanta una esquina del edredón.

-¡Mamá! ¿Qué haces?

-Me meto en la cama contigo.

-¡No quiero!

Me rodea con el brazo y me sujeta. Es fuerte. Noto sus calcetines en mis pies desnudos.

-¡Mamá! ¡Sal de mi cama!

-No.

Le aparto el brazo y me incorporo para mirarla. Huele a humo rancio y cerveza, y parece más vieja de lo que recuerdo. También oigo su corazón, cosa que no se supone que debo oír.

-¿Qué demonios haces?

-Nunca hablas conmigo, Sam.

-¿Y crees que así vas a conseguirlo?

Se encoge de hombros.-Quizá.

-¿A ti te gustaría que me metiera en tu cama mientras duermes?

-Lo hacías cuando eras pequeña. Decías que era injusto que tuvieses que dormir sola.

Seguro que eso no es cierto; yo no lo recuerdo. Puede que se haya vuelto loca.

-Bueno, pues si no sales de mi cama, saldré yo.

-Bien. Eso es precisamente lo que quiero.

-¿Y tú vas a quedarte aquí?

Sonríe y se acurruca bajo el edredón.-Se está estupendamente y calentito.

Ayer no comí mucho y siento como si me hubiera vuelto transparente. Me aferro al poste de la cama y me acerco renqueando a la ventana para mirar fuera. Aún es temprano: la luna se desvanece en un pálido cielo gris.

-Hace tiempo que no ves a Carly –dice mamá.

-Ya.

-¿Qué ocurrió la noche que salisteis? ¿Os peleasteis?

Abajo, en el jardín, la pelota naranja de fútbol del vecino parece un planeta desinflado en la hierba, y en el jardín de al lado está el vecino otra vez. Aprieto las palmas contra el cristal. Todas las mañanas está ese chico ahí haciendo algo: pasando el restrillo, cavando o trajinando en una cosa u otra. Ahora mismo está cortando zarzas junto a la valla y amontonándolas para quemarlas.

-¿Me has oído, Sam?

-Sí, pero paso de ti.

-Tal vez debería pensar en volver a clase. Así verías a tus amigos.

Me giro para mirarla.

-No tengo amigos. Y antes de que los sugieras, no quiero tener ninguno. No me interesan los entrometidos que quieren conocerme para luego atraer simpatías en mi funeral.

Mamá suspira, se mete el embozo bajo la barbilla y sacude la cabeza.

-No deberías hablar así. El cinismo es malo para ti.

-¿Lo has leído en alguna parte?

-La actitud positiva fortalece el sistema inmunológico.

-Así que es culpa mía estar enferma, ¿no?

-Ya sabes que no pienso eso.

-Pues te comportas como si todo lo que hago estuviera mal.

Se incorpora con esfuerzo.

-¡No es verdad!

-Sí, sí lo es. Es como si no estuviera muriéndome correctamente. Siempre vienes aquí para decirme que me levante o que me anime. Y ahora me sugieres que vuelva a clase. ¡Qué ridiculez!

Cruzo la habitación pisando fuerte, cojo sus zapatillas y me las pongo. Son demasiado grandes, pero me da igual.

Mamá se apoya en los codos para mirarme. Parece dolida.

-Espera. ¿Adónde vas?

-Lejos de ti.

Disfruto dando un portazo. Que se quede con mi cama. Que se quede ahí tumbada y se pudra.

El chico parece sorprendido cuando asomo la cabeza por encima de la valla y lo llamo. No es tan mayor de lo que creía, tal vez tenga dieciocho años, con el cabello castaño y una barba incipiente.

-¿Sí?

-¿Puedo quemar unas cosas en tu fuego?

Se acerca arrastrando los pies por el sendero y enjugándose la frente como si estuviera sudando. Tiene las uñas sucias y restos de hojas en el pelo. No sonríe. Levanto las dos cajas de zapatos para que pueda verlas. Llevo el vestido de Carly sobre el hombro como una bandera.

-¿Qué hay dentro?

-Papel sobre todo. ¿Puedo entrar?

Se encoje de hombros, como si le diera igual que entrara o no, así que paso por encima del murete que separa nuestras viviendas, cruzo si jardín delantero y me dirijo hacia un lado. Él está allí, sujetando la cancela para que pase. Vacilo.

-Soy Sam.

-Freddie.

Caminamos en silencio por el sendero de su jardín. Apuesto a que cree que me ha dejado el novio y quiero quemar sus cartas. Apuesto a que piensa: "No es extraño que la haya dejado, con esa cara de calavera "

El fuego resulta decepcionante, tan sólo una pila de ramitas y hojas que arden lentamente con unas pocas llamas esperanzadas que lamen los bordes.

-Las hojas están húmedas -dice-. El fuego se avivará con el papel. Abro una caja y la vuelco sobre la hoguera. Llevaba un diario desde el día en que noté el primer morado en la columna hasta el día, hace sólo dos meses, en que el hospital me dio por desahuciada oficialmente. Cuatro años de optimismo patético son un buen combustible. ¡Mira cómo arden! Todas las tarjetas de ánimo que he recibido se enroscan en los bordes, crepitan y se desmenuzan. En cuatro largos años se olvidan los nombres de la gente. Había una enfermera que dibujaba caricaturas de los médicos y me las ponía junto a la cama para hacerme reír. Tampoco recuerdo su nombre. ¿Louise? Era muy prolífica. El fuego escupe chispas, ascuas que se pierden entre los árboles.

-Estoy soltando lastre -le digo a Freddie, pero no creo que me esté escuchando. Arrastra un montón de zarzas por la hierba para echarlas al fuego. La siguiente caja es la que más detesto.

Mamá y yo la repasábamos juntas, esparciendo las fotos sobre la cama del hospital. "Te pondrás bien -me decía, deslizando el dedo por mi foto a los once años, tímida con el uniforme del colegio en mi primer día de secundaria-. Ésta es de cuando estuvimos en España. ¿Te acuerdas?"

Yo estaba delgada y más rubia y parecía llena de esperanza. La enfermedad había remitido por primera vez. Un chico me había silbado en la playa, y Melanie me hizo una foto diciendo que no querría olvidar el primer silbido. Pero sí quiero. Siento el repentino deseo de ir corriendo a casa en busca de más cosas. Mi ropa, mis libros.

-¿Puedo volver la próxima vez que hagas una fogata?

Freddie tiene una zarza junto a la bota y la empuja con la punta para echarla al fuego.

-¿Por qué quieres deshacerte de todo?

Formo una pelota con el vestido de Carly; resulta pequeño en mi puño. Lo arrojo al fuego y parece reflejar la luz antes incluso de llegar a las llamas. Vuela y se queda quieto, derritiéndose, convirtiéndose en plástico.

-Un vestido peligroso –dice Freddie, y me mira a los ojos como si supiera algo. Toda materia está formada por partículas. Cuanto más sólida es una cosa, más cerca están las partículas unas de otras. Las personas son sólidas, pero por dentro tienen líquido. Pienso qué quizá, si uno se acerca demasiado, el fuego pueda alterarle las partículas del cuerpo, porque me siento extrañamente ligera y mareada. No estoy muy segura de lo que me pasa, quizá sea que no como lo necesario, pero tengo la impresión de no estar anclada a mi cuerpo.

De repente el jardín se ilumina. Igual que las chispas del fuego, que vuelan hasta mi pelo y mi ropa, la ley de la gravedad dice que todos los cuerpos que descienden deben caer al suelo. Me sorprende encontrarme tumbada en la hierba, mirando la cara pálida de Freddie rodeada por un halo de nubes. Tardo un momento en entenderlo.

-No te muevas -susurra él-. Creo que te has desmayado.

Intento hablar, pero noto la lengua como pegada y me resulta más fácil quedarme tumbada.

-¿Eres diabética? ¿Necesitas azúcar? Tengo aquí una lata de Coca-Cola si quieres.

Freddie se sienta a mi lado, espera a que me incorpore y luego me ofrece la bebida. Me zumba la cabeza cuando el azúcar llega al cerebro. Me siento muy ligera, más espectral que antes, pero mucho mejor. Los dos contemplamos el fuego. Todo lo que había en las cajas ha ardido; incluso de las cajas no quedan más que unos restos chamuscados. El vestido se ha convertido en aire. Pero las cenizas aún están calientes y brillan lo suficiente para atraer una polilla, una estúpida polilla que se acerca a ellas danzando. Chisporrotea, y sus alas silban y se convierte en polvo. Ambos contemplamos el espacio vacío que antes ocupaba.

-Trabajas mucho en el jardín, ¿verdad? -pregunto.

-Me gusta.

-Te observo por la ventana, cuando cavas y haces cosas.

Él se muestra sorprendido.

-¿Ah, sí? ¿Por qué?

-Me gusta observarte.

Frunce el entrecejo, como si tratara de asimilarlo. Parece a punto de hablar, pero aparta la mirada y pasea los ojos por el jardín.

-He pensado en plantar un huerto en esa esquina. Guisantes, coles, lechugas, judías verdes. De todo un por mi madre, sobre todo.

-¿Por qué?

Se encoge de hombros y mira hacia la casa, como si mencionar a su madre pudiera atraerla a la ventana.

-Le gustan los huertos.

-¿Y a tu padre?

-No. Sólo estamos mi madre y yo.

Reparo den un hilillo de sangre que tiene en el dorso de la mano. Él lo advierte y se lo limpia en los tejanos.

-Debería seguir con lo mío. ¿Estás bien? Puedes acabarte la Coca-Cola si quieres.

Camina a mi lado mientras recorro lentamente el sendero. Me alegro de que mis fotos y mi diario hayan ardido, de que el vestido de Carly haya desaparecido. Siento como si fueran a ocurrir cosas nuevas. Me giro hacia Freddie al llegar a la cancela.

-Gracias por ayudarme.

-Estoy a tu disposición -contesta. Tiene las manos en los bolsillos. Sonríe, luego baja la vista hacia sus botas, pero sé que me ve.