Capítulo 7 II


"Terminando el día con Melanie"

¿Es cierto? -pregunta Melanie de camino a la parada de autobús-. ¿Te gusta estar enferma?

-A veces.

-¿Por eso te has metido en el agua?

Me detengo y lo miro directamente a los ojos. Son claros y azules, como motas grises como los míos. Tenemos fotos suyas y mías a la misma edad y no se nos distingue.

-Me he metido en el agua porque tengo una lista de cosas para hacer. Hoy debo decir sí a todo.

Melanie reflexiona al respecto, tarda unos segundos en comprender las implicaciones, y luego sonríe de oreja a oreja.

-Entonces, ¿tienes que decir sí a todo lo que te pida?

-Eres un niña muy inteligente.

Subimos al primer autobús que pasa y nos sentamos en la parte de arriba, al fondo.

-Vale -susurra Melanie-. Sácale la lengua a ese hombre.

Le encanta cuando obedezco.

-Ahora hazle el signo de la victoria a esa mujer de la acera… ahora lánzales besos a esos chicos.

-Sería más divertido si tú lo hicieras conmigo.

Hacemos muecas, saludamos a todo el mundo, gritamos "mocos", "culo" y "pilila" a pleno pulmón. Cuando apretamos el botón para solicitar la parada, estamos solos en la plataforma de arriba. Todo el mundo nos detesta, pero nos da igual.

-¿Adónde vamos? -pregunta Melanie.

-De compras.

-¿Has traído la tarjeta de crédito? ¿Vas a comprarme algo?

-Sí.

Primero compramos un Hover Copter teledirigido, capaz de elevarse y volar hasta diez metros de tira el envoltorio en la papelera que hay a la entrada de la tienda y lo prueba en la calle. Caminamos detrás del aparato, deslumbrados por sus luces multicolores, hasta llegar a la lencería. Pido a Melanie que se siente dentro de la tienda, como todos los hombres que esperan a sus mujeres. Es maravilloso quitarse la ropa no para un examen médico, sino para una mujer de voz amable que me toma las medidas para un carísimo sujetador de encaje.

-Lila -respondo cuando me pregunta el color. Y también quiero las bragas a juego. Después de pagar, me entrega el conjunto en una elegante bolsa de asas plateadas. A continuación le compro a Melanie un vestido carísimo. Luego escojo unos tejanos para mí, el mismo modelo pitillo prelavado que tiene Carly. Melanie elige un juego de maquillaje. Yo, un vestido. Es de seda esmeralda y negra, y es lo más caro que me he comprado en mi vida. Me miro en el espejo parpadeando, dejo la ropa húmeda en el probador y vuelvo con Melanie.

-Guay -aprueba al verme-. ¿Queda dinero para un reloj digital?

Le compro también un despertador que proyecta la hora en tres dimensiones sobre el techo de la habitación. Después son unas botas. De piel, con cremallera y un poco de tacón. Y una bolsa de viaje en la misma tienda para meter todas las compras. Tras una visita en la tienda de magia, tenemos que adquirir una maleta con ruedas para meterla bolsa. Melanie disfruta guiándola, pero me pasa por la cabeza la idea de que si compramos más cosas, tendré que comprar un coche para llevar la maleta. Y un camión para el coche. Y un barco para el camión. Compraremos un puerto, un océano, un continente.

El dolor de cabeza empieza en el McDonald's. Es como si de repente alguien me arrancara el cuero cabelludo y hurgara en mi cerebro. Me siento mareada y con náuseas, y el mundo se me echa encima. Tomo paracetamol, aunque sólo me aliviará un poco.

-¿Te encuentras bien? -pregunta Mel.

-Sí.

Sabe que miento. Está ahíta de comida y satisfecha como un princesa, pero hay miedo en sus ojos.

-Quiero irme a casa.

Tengo que decir que sí. Las dos fingimos que no es por mí. Me quedo en la acera esperando mientras ella para un taxi, apoyada en la pared para no caer. No voy a terminar este día con una transfusión. Hoy no van a introducirme sus obscenas agujasen el cuerpo. En el taxi, la mano de Melanie es pequeña y amistosa y se acopla perfectamente a la mía. Trato de disfrutar el momento. No se ofrece a menudo a cogerme la mano

-¿Nos reñirá mucho papá? -pregunta.

-Bah. ¿Qué puede hacernos?

Ríe.

-Entonces, ¿podemos repetirlo otro día?

-Claro.

-¿Podemos ir a patinar sobre hielo la próxima vez?

-De acuerdo.

Sigue parloteando sobre rafting en aguas bravas, dice que le gustaría montar a caballo y que no le importaría probar el banyi . Miro por la ventanilla con la cabeza a punto de estallar. La luz se refleja en los muros y las caras, y me llega, brillante y cercana, como cien fuegos ardientes.

Sé que estoy en un hospital en cuanto abro los ojos. Todos huelen igual, y la vía que tengo sujeta al brazo es dolorosamente familiar. Intento incorporarme, pero la cabeza me estalla y la bilis me sube a la garganta.

Una enfermera acude corriendo con un recipiente de cartón, pero llega demasiado tarde. La mayor parte me cae encima y en las sábanas.

-No importa –dice-. Ahora mismo lo limpiamos.

Me limpia la boca y luego me ayuda a colocarme de lado para desatarme el camisón.

-El médico vendrá enseguida.

Las enfermeras nunca te dicen lo que saben. Las contratan por su actitud risueña y su espeso cabello. Es precioso que parezcan vitales y saludables, para animar a los pacientes. Sigue charlando mientras me ayuda a ponerme un camisón limpio; me cuenta que antes vivía cerca del océano en Sudáfrica.

-Allí el sol está más cerca de la tierra y siempre hace calor. -Tira de las sábanas para quitarlas y saca otras limpias como por arte de magia.-En Inglaterra siempre tengo los pies fríos. Bueno, vamos a darnos la vuelta otra vez. ¿Lista? Eso es, ya está. Ah, justo a tiempo, aquí llega el médico.

Es calvo, de piel blanca y de mediana edad. Me saluda cortésmente y acerca la silla que hay bajo la ventana para sentarse junto a la cama. No pierdo la esperanza de que en algún hospital de este país acabe tropezando con el médico perfecto, pero nunca son como espero. Quiero un mago con capa y varita, o un caballero con espada, alguien que no tema a nada. Éste es tan soso y educado como un vendedor.

-Sam, ¿sabes lo que es la hipercalcemia?

-Si digo que no, ¿puedo tener otra cosa?

Se queda desconcertado, y ahí está el problema, que nunca captan el chiste. Ojalá tuviera un ayudante. Un bufón estaría bien, alguien que le hiciera cosquillas con una pluma mientras da su opinión médica. Hojea el gráfico que tiene sobre el regazo.

-La hipercalcemia se produce cuando los niveles de calcio suben demasiado. Te estamos dando bifosfonatos, que te bajarán esos niveles. Ya deberías sentirte mucho menos desorientada y sin náuseas.

-Siempre estoy desorientada.

-¿Alguna pregunta?

Me mira con aire expectante, y lamento defraudarlo, pero ¿qué voy a preguntarle a este hombrecillo vulgar? Me dice que la enfermera me dará algo para dormir mejor. Se levanta y se despide con una inclinación de cabeza.

Este es el momento en que el bufón llenaría el suelo de pieles de plátano y luego vendría asentarse conmigo en la cama. Y nos reiríamos a espaldas del médico cuando resbalara.Es de noche cuando despierto, y no recuerdo nada. Me entra el pánico. Trató de combatirlo durante unos diez segundos, pataleando entre las sábanas retorcidas, convencida de que me han raptado o algo peor. Mamá se acerca presurosa, me acaricia la cabeza, susurra mi nombre una y otra vez como un encantamiento mágico.Y entonces lo recuerdo. Me he metido en un río, he llevado a Melanie a gastar dinero a lo loco, y ahora estoy en el hospital. Pero los instantes en blanco han hacho que el corazón me lata tan deprisa como a un cangrejo, porque durante un momento he olvidado realmente quién soy.No era nadie, y ahora sé que volverá a suceder.

Mamá me sonríe.

-¿Quieres agua? ¿Tienes sed?

Me sirve un vaso, pero yo lo rechazo moviendo la cabeza y ella vuelve a dejarlo sobre la mesilla.

-¿Sabe Carly que estoy aquí?

Busca a tientas en la chaqueta y saca un paquete de cigarrillos. Se acerca a la ventana y la abre.Entra aire frío.

-Aquí no se puede fumar, mamá.

Cierra la ventana y se guarda los cigarrillos.

-No –contesta-. Supongo que no.

Viene a sentarse otra vez y me coge la mano. Me pregunto si también ella ha olvidado quién es.

-He gastado un montón de dinero, mamá.

-Lo sé. No importa.

-Pensaba que a lo mejor no aceptarían mi tarjeta pero en ninguna de las tiendas a las que he ido han puesto pegas. De todas maneras, tengo los tiques de compra, así que podemos devolverlo todo.

-Calla. No pasa nada.

-¿Está bien Melanie? ¿Se ha asustado?

-Lo superará. ¿Quieres verla? Está fuera en el pasillo, con tu abuela.

En los últimos años, jamás han venido los tres juntos a visitarme. De repente estoy asustada.Entran muy serios, Melanie aferrada a la mano de la abuela y ella con aspecto de sentirse fuera de lugar ; papá les sujeta la puerta. Los tres se aproximan a la cama y me miran. Es como una premonición del día que acabará llegando. Más adelante. Ahora no. Un día en que no podré verlos cuando me miren, sin sonreírles, ni decirles que dejen de asustarse y se abuela acerca una silla, se inclina sobre mí y me besa. El olor familiar –el detergente que utiliza,la esencia de naranja con que rocía el cuello- me da ganas de llorar.

-¡Me has asustado! –exclama, sacude la cabeza como si no diera crédito.

-Yo también me he asustado –susurra Melanie-. Te desmayaste en el taxi y el taxista creía que estabas borracha.

-¿Ah, sí?

-Yo no sabía qué hacer. Me dijo que tendría que pagarle más si vomitabas.

-¿Vomité?

-No.

-Entonces, ¿le dijiste que se fuera a la mierda?

Melanie sonríe, pero le tiemblan las comisuras.

-No.

-¿Quieres sentarte aquí?

Niega con la cabeza.

-¡Oye,Mel, no llores! Ven a sentarte en la cama conmigo, vamos. Intentaremos recordar todo lo que compramos.

Pero ella se sienta en el sofá de la sala. Se apoya en el hombro de mamá y se echa a llorar. Ella le acaricia la espalda, trazando círculos con la mano. La abuela mira por la ventana y yo extiendo los dedos sobre la sábana. Son muy delgados y blancos, como de vampiro, que absorben el calor de las personas.

-Siempre quise un vestido de terciopelo cuando era pequeña –dice la abuela-. Uno verde con cuello de encaje. Mi hermana tuvo uno y yo no, así que sé muy bien lo que es desear cosas bonitas. Si otra vez te apetece ir de compras, Sam, iré contigo. –Abarca toda la habitación con un exagerado ademán-. ¡Iremos todos!

Melanie se endereza para mirarla.

-¿De verdad? ¿Yo también?

-Tú también.

-¡Me pregunto quién pagará! –resopla mamá con sorna desde la ventana, sentada en el alfé abuela sonríe, seca las lágrimas de Mel con el dorso de la mano y la besa en la mejilla.

-Saladas –dice-. Saladas como el mar.

Mamá la mira. Me pregunto si ella sabe que la está mirando.Entonces la abuela se lanza a contar una historia sobre su mimada hermana Sarah y un poni llamado Tango. Mamá se echa a reír y le dice que no puede quejarse de haber pasado privaciones en la infancia. Para fastidiarla, ella replica que le dio la espalda a su familia para casarse con él y vivir pobremente. Y Melanie practica un truco de magia con una moneda,pasándose una libra de una mano a la otra y abriendo luego un pañuelo para mostrar que ha desaparecido.Es agradable oírlos charlar, cómo se deslizan las palabras de uno a otro. Los huesos no me duelen tanto con los tres cerca de mí. Tal vez si me quedo muy quieta no se fijarán en la pálida luna que veo por la ventana, ni oirán el carrito de los medicamentos que llega rodando por el pasillo. Podrían quedarse toda la noche. Podríamos divertirnos, contando chistes e historias hasta pero al final la abuela dice:

-Melanie está cansada. La llevaré a casa –Se gira hacia mamá-. Nos veremos allí.

Se despide dándome un beso, luego lanza otro desde la puerta. Lo noto de verdad aterrizando en mi mejilla.

-Hasta luego –dice Melanie .Y se marcha.

-¿La abuela va a quedarse en casa? –le preguntó a mamá.

-Parece lo mejor por esta noche.

Viene hacia mi cama, se sienta en la silla y me coge la mano.

-¿Sabes? Cuando eras un bebé, tu abuela y yo nos pasábamos la noche despiertos mirando cómo respirabas. Estábamos seguros de que se te olvidaría hacerlo si dejábamos de mirar. - Su mano ha cambiado, se le ha suavizado el contorno de los dedos-. Puedes reírte si quieres, pero es cierto.La angustia se alivia cuando los hijos se hacen mayores, pero jamás desaparece. Me preocupo por ti todo el tiempo.

-¿Por qué me dices eso?

Suspira.

-Sé que tramas alguna cosa. Melanie me ha hablado de una lista. Necesito saber de qué va, no para impedirte que lo hagas, sino porque quiero protegerte.

-¿No es lo mismo?

-No, no lo creo. Es como si estuvieras dando lo mejor de ti misma, Sam, y me duele que me dejes al margen.

Su voz se apaga poco a poco. ¿Es eso lo que quiere realmente? ¿No quedar excluida? Pero ¿cómo voy a hablarle de Brad y de su estrecha cama individual? ¿Cómo voy a contarle que fue Carly la que me dijo que me metiera en el agua y que tenía que decirle que sí? Luego vienen las drogas. Y después de las drogas, aún me quedarán siete cosas por hacer. Si se lo cuento, me quitará la lista. No quiero pasar el resto de mi vida acurrucada bajo una manta en el sofá, con la cabeza en el hombro de mi madre. La lista es lo único que me mantiene con vida.