The Chaos Era

by Shougo Amakusa

Capítulo 12

"Regresos Inciertos"

En la Base de Nagoya, los restauradores se encontraban planificando sus siguientes pasos; los tres miembros más importantes de la Sociedad: Takashi, Klaudia y Melders, planificaban la Toma de Nagoya y el posterior ataque contra Kyoto. La importancia de estos dos movimientos era enorme; si Nagoya caía en sus manos, les daría un flanco tentador para ir contra la antigua capital del Japón. Y si Kyoto era anexada a su territorio sería la victoria absoluta.

Melders: Creo que el ataque contra Nagoya debe iniciarse mañana mismo; no podemos darles tiempo a los Meiji de reagruparse.

Takashi: Tienes razón, es imperativo tomar esa ciudad lo antes posible; pero antes necesitamos reconsiderar nuestra estrategia una vez más para asegurarnos que esté bien elaborada.

Klaudia: Aún nos quedan dos regimientos de mil hombres cada uno; eso sin mencionar las tropas que están cuidando cada uno de los sitios estratégicos del territorio que hemos ido ganando.

Melders: En eso te equivocas; también contamos con otro regimiento de 1500 hombres que acaba de llegar de Europa; los pocos contactos que pude reactivar antes de venir con ustedes al Japón me permitieron contar con este apoyo. Ellos se encuentran en nuestra Base de Osaka esperando órdenes.

Takashi: Así que ya llegaron; bien, lo hicieron en el mejor momento; nuevamente te agradezco por toda la ayuda que le has prestado a la causa, amigo mío. A ver, ¿Qué sugieres para nuestras ofensivas finales?.

Melders: Sugiero que ataquemos Kyoto desde dos frentes: Osaka y Nagoya; los 2000 hombres de los dos regimientos de reserva, más los 1500 recién llegados de Europa sumado a este regimiento nos garantizarán el triunfo.

Takashi: Es buena estrategia, pero tiene un punto débil; nada ganamos con ir conquistando terreno si no cuidamos nuestra espalda. Hace mucho que no tenemos noticias de nuestros hombres en Akita y eso me tiene un tanto preocupado; es muy posible que los Meiji hayan lanzado un ataque hacia esa zona por Mar para tratar de retomar el territorio que le hemos quitado y, de esa forma, poder darnos una estocada por la espalda en el momento más oportuno.

Melders: ¡Demonios!. No había pensado en esa posibilidad. ¿Qué podemos hacer entonces?.

Takashi: No seamos pesimistas, recuerda que es sólo una conjetura de mi parte; sin embargo, tal y como están las cosas, es muy probable que esté en lo cierto. De todos modos, no sé cuántas personas conformen esa ofensiva y no podemos desviarnos de nuestro blanco principal. Lo que podemos hacer es usar uno de nuestros regimientos de reserva para que refuerce nuestras ubicaciones en el territorio ocupado, aprovechando que contamos con esas tropas provenientes de Europa.

Klaudia: De ese modo, podríamos seguir la estrategia planteada por Melders; los 1500 hombres junto con nuestro segundo regimiento de reserva atacarían la ciudad desde Osaka y nosotros lo haríamos desde Nagoya.

Melders: Estoy de acuerdo con Klaudia; de ese modo, estaremos un poco más seguros en nuestra ofensiva final.

Takashi: Entonces se hará de ese modo. Melders, toma 2000 hombres y encárgate de que Nagoya se rinda. Nosotros partiremos un día después que tú para tratar de conservar la mayor cantidad de soldados que podamos; esa debe ser nuestra consigna en todo momento, perder la menos cantidad de hombres.

Melders: Bien, para su llegada, Nagoya será parte de nuestro territorio. Luego podremos iniciar la ofensiva contra Kyoto.

Takashi: Klaudia, avísale a nuestra gente en Osaka sobre nuestro plan e informales que sus órdenes son las de partir contra Kyoto tan pronto como reciban nuestra señal.

Klaudia: Hai.

Klaudia y Melders salieron de la habitación donde se encontraban junto con Takashi para cumplir sus respectivas misiones; ambos sabían la importancia de las mismas así como el valor de su rápida y correcta ejecución. Poco tiempo después, la mujer regresó al sitio de donde había partido, pero el lugar se encontraba a oscuras; esto intrigo mucho a la líder, quien decidió entrar a echar un vistazo. Cuando cruzó la puerta, sintió que la abrazaban por la espalda y pudo escuchar el ruido de una cerradura al cerrarse detrás de ella. Klaudia ni se molestó en poner resistencia pues sabía perfectamente de quién eran los brazos que la estaban envolviendo; la mujer había deseado con ansias lo que estaba a punto de suceder desde mucho antes de su reconciliación con su amado. Poco a poco las manos del hombre comenzaron a recorrer su cuerpo y ella sentía el roce de las mismas contra su piel; ninguno de los dos dijo nada porque las palabras estaban de sobra en aquellos instantes; sólo un lenguaje tenía cabida entre ellos y ese era el idioma del deseo y la pasión. Takashi sentía el tiritar de su cuerpo mientras tocaba a la mujer que lo había hechizado, el ex-daimío no podía negar que deseaba con locura perderse en las curvas exquisitas de la humanidad de Klaudia y pronto podría satisfacer esa sed.

Klaudia sentía como sus miembros temblaban en contra de su voluntad; era obvio que había perdido el control sobre su cuerpo, y no era para menos; desde hace mucho, su ser no le pertenecía, tiempo atrás su parte física había pasado a las manos de Takashi. Ella podía ser una mujer cruel, fría y despiadada con casi todo el mundo; pero, sólo había alguien que lograba extraer de ella devoción y hasta sumisión; y esa persona era quien la tenía en brazos. De pronto, sintió como le daban vuelta e inmediatamente su rostro quedó frente al de él; no pasó mucho antes de que sintiera como sus labios eran poseídos por los de su amado. Si había algo que le fascinaba en la vida, era que Takashi la besara; la sensación era única, claro que había otra mucho más gratificante, pero la mujer sabía que pronto la experimentaría. Klaudia lo abrazó con fuerza y siguió perdida en ese mar que estaba representado por la boca de su gran amor; poco después sintió como le besaba el cuello y cómo succionaba su piel y fue en ese momento cuando comenzó a ser desvestida. Por pocos minutos Takashi la vio a los ojos con cierta duda, era como si necesitara la aprobación de ella; después de tanto tiempo, lo que menos deseaba era hacerla recordar los horrores que había vivido el día de su violación. La mujer sonrió un poco al entender lo que ocurría y en señal de apoyo a lo que él quería hacer comenzó a despojarlo de sus ropas; mientras lo hacía acercó su boca al oído del ex-daimío y él sólo pudo escuchar una frase que le removió hasta la última fibra de su ser: Toma lo que es tuyo.

El hombre quería hacer las cosas con mucha calma, quería grabar cada minuto de ese momento, quería prolongarlo hasta la eternidad, pues deseaba que nunca acabara. Pronto ambos estuvieron sin ropas y cada uno exploraba todas las partes del otro, las manos eran los actores principales en ese teatro de lujuria; repentinamente, Takashi se alejó de ella y la oscuridad le sirvió de cómplice para evitar que Klaudia viera la sonrisa de verdadera malicia que se había dibujado en los labios del hombre. La mujer se sorprendió mucho y no supo qué hacer; en su mente trataba de mirar paso a paso todo lo que habían hecho tratando de encontrar la causa del súbito cambio de comportamiento de su pareja; pero, al no encontrar nada relevante decidió acercarse a él. Esta vez fue su turno de escuchar palabras susurradas al oído; en ellas había un castigo implícito, el cual había sido impuesto por Takashi como reprimenda hacia ella, pues la mujer lo había hecho sufrir mucho tiempo con su indiferencia. La poca iluminación ocultó perfectamente las mejillas de Klaudia, de otro modo, se habría podido ver perfectamente como el color rojo se había apoderado su cara. Era la primera vez que se ruborizaba y no era para menos, el reto que había recibido no le iba a ser muy fácil de conquistar; todo por una frase que ambos disfrutaban: Tendrás que demostrarme que de verdad es mío.

Klaudia no era una experta en las artes de la seducción y eso era evidente; ella prácticamente fue virgen para él; y desde entonces, su cuerpo no ha sido tocado por nadie más. Sin embargo, ni siquiera en ese terreno iba a permitir que la derrotaran, ella era una mujer muy orgullosa y ese reto debía ser superado. Sería inapropiado describir lo que ella le hizo y le ofreció al hombre de sus sueños para demostrarle quien era el dueño de su cuerpo; sólo basta decir que él fue convencido y que no tuvo ninguna duda al respecto; instantes después, Klaudia sentía como se quemaba por dentro al recibir a Takashi, quien rápidamente buscó sus labios mientras ambos se enfrascaban en el combate amoroso; la mujer no pudo aguantar más y sus gemidos hicieron desaparecer el silencio que, hasta entonces, reinaba en la habitación. Luego de muchos minutos, los dos llegaron a la cúspide; no viene al caso decir quien lo hizo primero y quien después, sólo es necesario contar que los dos terminaron completamente extenuados y abrazados en el suelo de aquel lugar.

Ambos se miraban fijamente a los ojos, pero ninguno quería ser el primero en hablar; Takashi ya había ayudado a su mujer a vestirse y él mismo se había puesto sus ropas. Klaudia estaba sentada en una de las sillas y él se hallaba recostado de una pared; finalmente ella se dirigió a él, pero no pudo evitar bajar su cara.

Klaudia: Perdóname.

Takashi: ¿Por qué habría de hacerlo?.

Klaudia: Nuevamente me dejé llevar por mis temores y gracias a ellos estuvimos separados mucho tiempo. Muchas noches las pasé soñando con este momento y nunca tuve el valor de decirte que aún te seguía amando. Además, mi silencio casi te cuesta la vida.

Takashi: Pues, yo tampoco fui muy valiente al respecto así que no soy quien para perdonarte; lo importante es que ahora estamos juntos y que recuperaremos todo cuanto perdimos.

Klaudia: Hay otra cosa que necesito decirte; mejor dicho quiero que me ayudes en algo.

Takashi (extrañado): ¿Qué deseas?.

Klaudia: Yo, ¡rayos! No sé como decirte esto. Yo estoy consciente del trato tan frío que tengo para contigo cuando no estamos haciendo el amor.

Takashi: No seas tonta; yo nunca me he quejado de eso.

Klaudia: ¿No quedamos en que íbamos a recuperar nuestra relación?. Pues, necesitamos ser completamente honestos; ¿Crees que no me doy cuenta de tu tristeza por mi indiferencia?. Apenas dejo que me tomes de la mano y eso luego de que, discretamente, me insistas al respecto; antes eso no me importaba pues consideraba que esos detalles no eran de relevancia; pero todo este tiempo me sirvió para darme cuenta que son precisamente esas pequeñas cosas las que marcan la diferencia. Por eso quiero confesarte algo: Si soy así contigo es; bueno, es, porque, cielos, se me hace tan difícil decirte esto. El hecho es que no sé cómo debo actuar cuando estoy a tu lado; es verdad que todos saben que soy tu mujer y me siento orgullosa de serlo; pero entiende que mi vida no ha sido muy bonita y no tuve a nadie que me enseñara como debe comportarse una dama con su marido. Aún no sé qué diablos fue lo que viste en mí; yo sólo soy una mujer a medias, como te dije antes, sólo sé combatir, nada más.

Takashi la miró y poco a poco fue acercándose a ella; pronto tomó una silla y se sentó a su lado para luego tomar sus manos entre las suyas.

Takashi: Quiero que dejes de decir que eres una mujer a medias. Muchos hombres quisieran tener a una pareja que fuera la mitad de lo que tú eres. Es verdad, debo reconocer que me gustaría que fueras un poco más efusiva conmigo, pero eso no es mal de morirse y se puede solucionar; es sólo cosa de práctica y ya luego que se cree el hábito lo demás viene por añadidura. Me gusta que seas como eres; lo que me atrajo de ti no fue tu servilismo ni tus modales de dama; lo que me gustó de ti fue tu valentía, tu bravura, tus habilidades como espadachín y tu altivez. El sólo hecho que dejes esa altivez a un lado conmigo ya me da mucha alegría; poco a poco nos iremos acoplando, pero no hay que sentirnos deprimidos por eso.

Takashi tomó a Klaudia en sus brazos y la mujer empezó a sollozar; a pesar de todo lo que había escuchado ella sentía la necesidad de corresponderle abiertamente todo ese amor que él le demostraba. Aún se reprimía por haber dejado pasar tanto tiempo de soledad entre ellos y por haber llevado al hombre que amaba al borde de la muerte. Ella no le dijo nada, pero una decisión había sido tomada; de ahora en adelante, sería más cariñosa con él. Durante esos meses que estuvo sola pudo ver a muchas parejas profesarse amor y al menos eso sería un punto de referencia; ya encontraría la forma de transmitirle a Takashi todo lo que ella sentía. Él siempre se mostraba muy comprensivo con ella y todo lo que recibía a cambio eran excusas de su pésimo desempeño como pareja; quizás eso ayudó a que se creara el abismo que los había mantenido separados y no pensaba cometer el mismo error dos veces. Los dos salieron de la habitación a dar un pequeño paseo antes de empezar a alistar todo para su partida hacia Nagoya; Klaudia iba de la mano de su pareja, pero de pronto, y para el asombro de todos los presentes, incluyendo al mismo ex-daimío, la mujer lo abrazó y recostó su cabeza en el hombro de él. Los soldados podían ver cómo la mujer los miraba a todos de forma fría y distante; lo que ninguno notaba era cómo esa gélida mirada se transformaba en pura devoción cuando sus ojos se posaban sobre el amor de su vida.

Takashi (en un susurro): ¿Estás segura de lo que haces?.

Klaudia (en voz baja): ¿Acaso no te gusta?.

Takashi: Me encanta.

Klaudia: Entonces, estoy segura de lo que hago. Ya verás, de ahora en adelante nuestra unión será para siempre; no dejaré que nada la dañe.

Takashi: Yo tampoco, amor mío. Yo tampoco.

Luego de transcurrir otro día casi entero, una figura pudo llegar a su destino; el hombre se detuvo, respiro profundamente para tratar de recuperar un poco el aliento y decidió sentarse; su travesía había sido larga y la fatiga lo había poseído por completo. Prácticamente no había comido desde que dejó la tranquilidad de aquel lugar sagrado para sumirse en la incertidumbre de una carrera que parecía no tener fin. Sin embargo, aún no podía entregarse al cansancio; antes necesitaba darle calma a su alma a través del conocimiento. La Base de Nagoya estaba detrás de unos árboles y las ansías de saber de una vez por todas lo que había sucedido eran más fuerte que el hambre y el agotamiento que pudiera estar sintiendo en ese momento. Kenshin decidió caminar hasta el fuerte, pero en lo que estuvo lo suficientemente cerca como para detallarlo su sangre casi se vuelve un torrente de coágulos. En el asta de la bandera donde antes colgaba el pabellón japonés, ahora se encontraba un símbolo que él conocía muy bien. La insignia constaba de un Dragón Negro muy llamativo, el cual estaba dibujado con una técnica de bajorrelieve sobre una tela de fondo rojo. A pesar de todo, y en medio de su estupor; el Samurai quedó muy intrigado por ciertos símbolos que se encontraban por encima y por debajo de la figura central. La caligrafía tenía cierto parecido con los Kanjis de la escritura japonesa, pero ninguno de los objetos dibujados tenía significado para Himura. No obstante, quedaron grabados en su memoria: sobre el objeto se podían apreciar los siguientes símbolos:

Debajo del Dragón que ocupaba la parte central de la bandera, Kenshin pudo ver la siguiente caligrafía:

Si Himura hubiera viajado por Europa en esa época se habría enterado de que esa caligrafía no tenía nada que ver con los Kanjis de su idioma; si no que era la forma en que se escribía el idioma inglés en la antigua Inglaterra. Este tipo de escritura era muy común entre los siglos XVI y XVII en ese país; se usaba porque era muy vistosa y elegante y le daba a los escritos (sobre todo los de la nobleza) un carácter de solemnidad y grandeza. Por ello, Kenshin no podía entender el significado de lo allí escrito. El Samurai se vio forzado a dejar sus reflexiones sobre aquella extraña simbología, pues varios soldados comenzaron a salir del cuartel. Definitivamente las cosas no estaban nada bien; el que los restauradores se encontraran en posesión de la Base de Nagoya sólo significaba una cosa: Sus compañeros habían sido derrotados. El hombre estaba muy sorprendido y trataba de decidir qué hacer; tal y como él veía las cosas, era muy probable que sus amigos fueran asesinados, pues Takashi no se caracterizaba por capturar prisioneros de guerra. En ese momento se encontraba solo y una confrontación directa sería un suicidio; la mejor acción que podía seguir era dirigirse a Kyoto; si sus enemigos ya se habían apoderado del fuerte, lo más seguro era que Nagoya ya hubiese sido conquistada por ellos. Sólo le restaba ir a la antigua capital para alertar a los miembros del gobierno Meiji sobre el avance de las tropas patriotas. Kenshin hizo el menor ruido al comenzar una nueva carrera, esta vez con su corazón oprimido por la amarga realidad que estaba descubriendo.

Al fin una larga jornada había terminado; después de interminables horas de caminar, la ciudad de Kyoto se erguía ante ellos. Los ocho recién llegados pudieron respirar muy relajados al saberse a salvo en ella y al darse cuenta de que aún no había sido atacada. Sin embargo, no había mucho tiempo para las celebraciones; muchas cosas necesitaban ser realizadas y el tiempo estaba en contra de ellos; Saito se dirigió junto con Seijuro a la Base de los Meiji en esa ciudad para avisarles de lo ocurrido y, de ese modo, empezar a planear la estrategia de defensa. Aoshi decidió ir al Templo a buscar ciertas cosas que necesitaba y Misao se ofreció a acompañarlo; aunque ninguno de los dos había hecho oficial que eran pareja, Shougo, Misanagi, Omasu y Soujiro tenían plena seguridad de ello. Los ojos de los nuevos tórtolos hablaban con más vehemencia de lo que hubieran podido hacerlo sus dueños; Shougo, su esposa y los dos acompañantes se dirigieron a la residencia de los Amakusa para avisarle a los demás de su regreso. Misanagi estaba un poco ausente, pero nadie se atrevía a decirle nada; la Ninja tenía una penosa labor que cumplir y trataba de buscar las palabras que le causaran menos dolor a la mujer destinataria de las malas nuevas: Kaoru. Antes de llegar a la ciudad, se tocó ese delicado tema y la esposa del cristiano se ofreció para hablar con la pareja de Kenshin; esa charla era mejor de mujer a mujer y de las tres integrantes del sexo femenino, la ex-líder del Clan Sanada era la ideal por ser la más madura de todas. Shougo no estaba en mejor posición; él también era portador de malas nuevas y lo peor de todo era que las mismas iban dirigidas a la mujer que siempre trató de proteger y la que siempre estuvo a su lado en las buenas y en las malas. El tener que enfrentarla para decirle que Sanosuke probablemente estaba muerto era algo muy difícil para él; para ser francos, la suerte de ese vago no le importaba mucho, pero sabía que ese ser era la vida de su hermana y el ver a Sayo llorar era una de las pocas cosas que aún no había aprendido a tolerar sin entrar en una gran depresión.

Pronto las cuatro personas llegaron a la casa; la construcción se levantaba triunfante frente a ellos y no era para menos; Shougo compró la casa por varias razones: su ubicación estratégica dentro de la ciudad, esa mezcla del estilo japonés con el europeo en su construcción, su tamaño y su diseño. La residencia era muy agradable a la vista y, al estar hecha de concreto, era muy resistente; por ello, el Samurai no dudó ni un instante en adquirirla cuando se enteró de que estaba en venta. El cristiano se disponía a tocar la puerta cuando su esposa lo detuvo; ella lo miró a los ojos y le susurró algo al oído para luego dirigirse a la puerta y tocar. Su esposo no pudo evitar sonreír cuando escuchó sus palabras, definitivamente las cosas estaban cambiando entre ellos, sobretodo porque él jamás imaginó que oiría esa frase de labios de su esposa: Deja que yo llame; ésta también es mi casa. Pronto la puerta se abrió y los gritos de alegría no se hicieron esperar; Sayo sintió que el alma le regresaba al ver a su hermano de nuevo, Shouzo le agradeció a Dios por haber traído a su maestro de vuelta, Megumi se alegraba al ver regresar a los ausentes y Kaoru sólo deseaba que Kenshin terminara de cruzar esa puerta para poder lanzarse sobre él. Misanagi vio el rostro contrariado de la joven Kamiya y no quiso perder tiempo para cumplir su encomienda, después de todo: al mal paso darle prisa. La hermana de Shougo no perdió tiempo en preguntarle por su esposo al ver que Sanosuke no llegaba con ellos; el cristiano respiró profundo y, emulando a su esposa, se llevó a Sayo a otra habitación para darle la desagradable noticia. Megumi, Shouzo y Yahiko se quedaron con Omasu y Soujiro y no perdieron tiempo en preguntarles sobre lo acontecido en la Batalla.

¡Oh! cruel destino que manejas las cosas a tu antojo.

Me das la vida con un regreso y me la quitas con una ausencia.

¿Por qué una guerra para traer paz?.

La tranquilidad bautizada con sangre nunca es duradera.

Sólo espera mancharse para saciar su sed imperecedera.

Después de esto ya no me quedan dudas:

"Un segundo de felicidad cuesta horas de amargura".

La joven maestra del estilo Kamiya Kasshin Ryu estaba un tanto desconcertada al ser conducida por la Ninja a una de las habitaciones solitarias de la casa; la verdad, no podía conseguirle sentido a esa acción de su acompañante, lo único que había hecho fue preguntar por Kenshin y estaba en pleno derecho de hacerlo por ser su esposa. Sin embargo, algo la hizo aceptar la propuesta de la otra mujer, algo dentro de ella empezó a atar cabos: Shougo llega con su esposa, Soujiro y Omasu; ninguno de ellos da explicaciones sobre el paradero de los demás; los cuatro actúan de forma sospechosa; y, finalmente, ella al preguntar por Himura es alejada rápidamente del resto por la Ninja. Definitivamente sólo había una explicación posible: Soujiro era un espía de Takashi y convenció a Shougo y Misanagi de unirse a la Sociedad; Omasu también era espía y al estar infiltrada en los Onniwa Banshu podía informarle al enemigo los planes del gobierno Meiji. La mujer sintió que su sangre se congelaba cuando Misanagi sacó su Kodashi y se dirigió hacia ella; ahora estaba plenamente convencida de la veracidad de sus conclusiones y se dispuso a actuar. Kaoru sacó su Bokutou y se colocó en guardia frente a la Ninja.

Kaoru (con una mirada feroz): ¿Crees que soy estúpida?. ¿Pensabas que no estaría preparada?. Pues te equivocaste, ya descubrí su plan y no dejaré que se salgan con la suya. ¿Qué han hecho con Kenshin?. ¡Exijo que me lo digas!.

Misanagi (sumamente sorprendida): ¿Nani?. ¿Qué diablos te sucede?. ¿Por qué actúas de ese modo?.

Kaoru: ¿Y tienes el descaro de preguntar?. ¿Cómo pudieron venderse a la Sociedad?. ¿Cómo pudieron traicionarnos?. Nosotros siempre quisimos ayudarlos. (Comenzando a llorar): ¿Qué le hicieron a Kenshin?. (Rompiendo en llanto): ¿Lo mataron?.

Misanagi (sin poder creer lo que estaba escuchando): ¿Acaso te has vuelto loca?. ¿Cómo puedes decir que nos hemos vendido?. ¿Cómo puedes creer que matamos a Kenshin?. (Con un poco de Resentimiento): La verdad esperaba más confianza de tu parte.

Kaoru (sin dejar de llorar): ¿Cómo me pides confianza si estás empuñando tu arma en mi contra?.

Al escuchar la última pregunta de Kaoru, Misanagi recibió en un flash la respuesta a lo que estaba sucediendo. Ella aleja a la esposa de Himura de los demás sin decir nada y cuando están solas desenfunda su espada; estaba claro que, sin quererlo, había creado las condiciones para que la otra mujer, quien se hallaba sumamente preocupada, pensara en una traición. La Ninja bajó su Kodashi y se dirigió a su acompañante.

Misanagi: Gomen Nasai Kaoru-san. Tienes toda la razón de pensar lo peor de mí; yo actúe de una forma indebida, pero te aseguro que no fue de forma intencional. Mira, nosotros estamos del mismo lado, no somos enemigos; si desenfundé mi arma fue sólo para colgarla en el sitio donde siempre la coloco cuando estoy en casa; si no te has dado cuenta, esa es la puerta de mi cuarto. Jamás trataría de hacerte daño, créeme, puedes confiar en mí; y se te traje hasta acá, alejándote de los otros, es porque lo que te voy a decir debo hacerlo en privado.

Misanagi abrió al puerta de la habitación y entró en ella, encendió varias velas y pronto el lugar estuvo completamente iluminado. Era la primera vez que Kaoru veía el aposento de la Ninja; durante su estadía en la residencia de los Amakusa, ninguno entró a ese cuarto, ni siquiera Sayo, pues sabían que ese lugar pertenecía tanto a Shougo como a Misanagi y por tanto merecía respeto. La confusión que se había apoderado de ella le impidió darse cuenta de que la otra mujer la había llevado a ese lugar; no obstante sus dudas no se disiparon del todo y permaneció en la puerta sin atreverse a dar un pie dentro de esa habitación. Claro, que desde allí pudo ver a Misanagi colgar su sable, así como otras armas, en un sitio especial que se encontraba en una de las esquinas del cuarto, de pronto vio como la Ninja se soltaba el cabello y no dejó de observar que la prenda que usaba para mantener su peinado era muy puntiaguda por lo que era muy probable que la esposa de Shougo también la usara como arma, en ese instante la dueña del aposento se volteó y quedó de frente a la esposa de Kenshin.

Misanagi (sonriendo): Bueno, creo que ahora podemos hablar. Vamos, pasa, ya te dije que no te haré daño. ¿No me crees?. Mira, si quisiera matarte ya estarías muerta; pero si no es suficiente para ti te propongo esto: Ahora me estoy dando la vuelta para quedar de espaldas a ti, sólo aprovecha el momento para salir de la casa y cuando estés fuera ve a la Base Meiji, en ella encontrarás a Saito y a Seijuro; habla con ellos y verás que no te estoy mintiendo. Es más, estoy estirando mis brazos para que veas que no tengo ningún arma en mis manos.

Kaoru no pudo contener la risa al observar los intentos de Misanagi para que le creyera; la verdad, ella se había convencido desde que la Ninja entró a la habitación, pero deseaba disfrutar un poco más de la situación embarazosa en la que se hallaba su anfitriona para desquitarse del susto que le había hecho pasar.

Kaoru: Descuida, no es necesario tanto protocolo; te creo. Lamento haber desconfiado, pero trata de comprender mi situación.

Misanagi (girando 180º para quedar frente a Kaoru): No te preocupes, yo habría hecho lo mismo en tu lugar. Fui muy descuidada, pero es que lo que tengo que decirte no es muy agradable y aún ahora no sé cómo hacerlo.

Kaoru (sintiendo un vuelco en su corazón): Es Kenshin, ¿Verdad?.

Misanagi: Hai.

Kaoru comenzó a perder el control de sí misma y una crisis de llanto se apoderó de ella; sin embargo, Misanagi la tomó en brazos y trató de calmarla; la Ninja se sentó en la esterilla que cubría el suelo junto con la esposa de Himura y comenzó a hablarle.

Misanagi: Cálmate por favor, Kenshin no está muerto así que no tienes porqué llorar. Quédate tranquila.

Kaoru (sintiendo su alma de nuevo): ¿De verdad?. ¿Kenshin está vivo?.

Misanagi: Hai. Himura está vivo; así que no tienes que ponerte de ese modo.

Kaoru (un poco incrédula): Entonces, ¿Por qué tanto misterio?. ¿Qué ha pasado con él?. Por favor, dímelo de una vez.

Misanagi (respirando profundamente): Bien, pon atención, te contaré todo.

Misanagi tuvo ciertas vacilaciones mientras le decía a Kaoru lo que había ocurrido con Kenshin durante la batalla; pero aún así, trató de ser lo más exacta posible, tomando en cuenta que ella no se encontraba en el lugar cuando todo sucedió. La esposa de Kenshin sentía que su alma se hacía pedazos a medida que escuchaba el relato de la Ninja; era verdad que Himura no estaba muerto, pero el hecho de que matara de nuevo era mucho peor. Si el Samurai había vuelto a matar significaba que Battousai había tomado el control; la joven Kamiya no pudo evitar recordar la pelea de su esposo contra Saito donde ese demonio estuvo a punto de poseerlo por completo. Ahora Kenshin había roto su promesa de no matar y nadie sabía de su paradero; en esos momentos nada podía ser peor, ni siquiera la muerte, pues en cierto modo, Himura había dejado de existir.

Kaoru (llorando amargamente): No entiendo cómo pudo pasar. No puedo imaginarme a Kenshin matando de nuevo y mucho menos luchando contra los suyos.

Misanagi: Yo no sé qué decirte ahora; por eso estaba tan extraña hace rato, sabía que iba a causarte un gran dolor y trataba de aminorarlo un poco, pero lo que hice fue empeorar las cosas.

Kaoru: Descuida, de verdad te agradezco que te preocuparas por mí.

Kaoru continuó llorando y Misanagi sólo la tomó entre sus brazos sin decir nada; la mujer no estaba acostumbrada a brindar consuelo, pero dada la situación era lo menos que podía hacer.

Sayo se sentó en una de las sillas de su habitación y su hermano se recostó de una de las paredes; el silencio reinaba entre ambos y cada vez se hacía más incómodo; entonces la más joven tomó la palabra.

Sayo: ¿Por qué me has traído acá?. ¿Qué quieres decirme?.

Shougo: Pues, yo; ¡Maldición!. Esto es muy difícil para mí.

Sayo: Niichan. Recuerda que somos cristianos y las maldiciones son pecado; por favor dime qué es lo que te sucede.

Shougo: No se trata de mí, se trata de, se trata de; Sanosuke.

Sayo (con el alma pendiendo de un hilo y con voz muy baja): ¿Sanosuke?. ¿Qué ha pasado con él?. Esta bien, ¿Verdad?. ¿Niichan?. Por favor, dime que él está bien, por favor.

Shougo (tratando de contener su propio llanto al ver a su hermana en tal grado de desesperación): Es muy probable que él esté, es que Sanosuke se quedó en la Base mientras nosotros estabamos en la batalla y luego fuimos derrotados y luego, pues, bueno...

Sayo (poseída por la histeria y poniéndose de pie): ¡DIME QUÉ FUE LO QUE LE PASÓ A SANOSUKE DE UNA BUENA VEZ!.

Shougo (respirando profundamente): Pues, lo más seguro es que esté muerto.

Sayo se quedó sin habla y sus ojos se abrieron aún más de lo que ya estaban, la mujer cayó de rodillas al suelo y colocó ambas manos sobre el mismo para luego bajar su cara. Su piel se tornó más blanca de lo que ya era y su rostro perdió toda expresión; la joven cristiana se dejó caer por completo, colocándose en posición fetal y mirando a ninguna parte. Shougo se impresionó al ver la reacción de su hermana, él sabía que le iba a doler mucho, pero el estado de intenso shock en que se hallaba en ese momento superaba cualquier expectativa del cristiano. El Samurai corrió hacia ella y gritó por ayuda, gruesas lágrimas corrían por sus ojos, pues de uno u otro modo, él había sido el causante de tal situación. Rápidamente la llevó a la cama estilo occidental que estaba en el aposento, luego comprobó su respiraba y, para su alivio, lo estaba haciendo normalmente; enseguida abrió la ventana para tratar de ventilarla y en ese momento llegaron Shouzo y Megumi. El discípulo se angustió sobremanera al ver a Sayo en ese estado, pero se apresuró a buscarle agua al recibir esa petición de Shougo. La mujer se acercó a la enferma y le dijo al Samurai que tenía conocimientos de medicina y que quería ayudar.

Shougo: Pues, no creo que puedas hacer mucho; ella está en estado de shock. ¡Demonios!. Todo esto es mi culpa.

Megumi: Aún así debemos vigilarla para ver como evoluciona. ¿Por qué dices que es tu culpa?. Si puedo preguntar.

Shougo: Pues al menos dime tu nombre antes de que te responda.

Megumi: Gomen Nasai. Mi nombre es Megumi Takani y soy amiga de Kenshin y Kaoru desde hace mucho tiempo.

Shougo: Así que tú eres Megumi; pues me han hablado mucho de ti. Supongo que sabes quien soy así que no perderé tiempo en presentarme; y obviamente ya conociste a Sayo. Sólo espero que salga de esto. ¡¿Dónde está el agua, por Dios?!.

Megumi: Sí, sé quién eres; cuando llegué me pusieron al tanto de todo; yo estaba en un viaje y por ello estuve algo desconectada de todo este lío.

Shougo: "Lío" no sería la palabra que yo usaría para describir esta situación, pero por ahora eso no interesa. En este momento sólo importa la salud de mi hermana.

Sayo (despertando): ¿Hermano?. ¿Megumi?. ¿Qué hacen aquí?. Cielos, tuve una horrible pesadilla, niichan. Soñé que me decías que Sanosuke estaba muerto; fue horrible.

Megumi (sorprendida): ¿Nani?. ¿Sanosuke está muerto?. (Comprendiendo las cosas): Ya veo, fue por eso que dijiste que había sido tu culpa, Shougo.

Sayo: ¿Qué sucede?. ¿Por qué actúan así?.

Shougo (bajando la cara): No fue un sueño, Sayo. Yo te dije eso y luego caíste desmayada.

Sayo (sintiendo su alma quebrarse por dentro): No, eso no es verdad. Sanosuke me prometió que regresaría, él me lo dijo en su carta, él me lo prometió. No es justo, no es justo. (Comenzando a gritar): ¿Por qué Dios tiene que ensañarse con nosotros?. ¿Ya no ha tenido suficiente?. ¿Hasta cuándo nos hará sufrir?.

Shougo (visiblemente molesto): ¡Sayo Mutoh!. Te recuerdo que lo que haces es blasfemia; si las cosas sucedieron de esta forma fue porque en el fondo es lo mejor. Nosotros no somos nadie para juzgar los designios de Dios como buenos o malos. ¿Necesito recordártelo?. ¿Acaso dudas de tu fe cristiana?. Entiendo por lo que estás pasando y lo siento, pero no es motivo para que actúes así.

Sayo (luego de abofetear a su hermano y con mucha ira en su cara): Tú siempre odiaste a Sano. Desde la primera ves que lo viste lo odiaste por tratar de interponerse en tus planes; luego lo aborreciste aún más cuando me enamoré de él e imagino que tu odio llegó a la cúspide cuando nos casamos. Jamás te ha importado lo que le pase a él, imagino que debes estar muy feliz porque no vas a tener la desgracia de volver a ver a ese "vago". ¿Eso es ser cristiano?. ¿Eso es aceptar los designios de Dios?. No me vengas a dar charlas de renovación de fe; es verdad, los dos somos cristianos, pero cada cual sigue a Dios de acuerdo con su propia consciencia. No me digas que sientes su muerte porque no te creo; sólo Dios sabe el dolor que tengo por dentro. Ahora vete de aquí; no deseo verte. ¡Fuera!.

Shougo trató de decir algo, pero Megumi le indicó que sólo empeoraría las cosas y en cierto modo la doctora tenía razón. El cristiano se puso de pie y salió de la habitación de su hermana no sin antes pedirle a la Señorita Takani que cuidara de ella. Una vez que estuvo fuera dejó que las lágrimas rodaran por su cara; era la segunda vez que Sayo llegaba a tal extremo de furia y las dos veces habían sido causadas por él y en las dos veces el desgraciado de Sanosuke estaba de por medio. No había que ser adivino para darse cuenta de que los hermanos Amakusa cada día se distanciaban más; esa relación fraternal, cariñosa y fuerte que mantenían poco a poco se iba debilitando; ahora habían gritos, peleas y reclamos entre ellos. Shougo se dirigió a su habitación pues deseaba estar alejado de todos para tratar de poner sus ideas en orden; sin embargo, al llegar pudo ver a la esposa de Kenshin recostada en la cama y a Misanagi sentada en una silla con los ojos sobre la otra mujer. El Samurai se mostró sorprendido, pero su esposa se acercó a él muy intrigada.

Misanagi: ¿Estás llorando?. Sí, estás llorando. ¿Qué pasó?. ¿Cómo reaccionó Sayo?.

Shougo (mirando a Kaoru): Mucho peor que ella.

Misanagi: Dime por favor; no me gusta verte así, es muy raro que te deprimas tanto, vamos compártelo conmigo; si vamos a hacer las cosas bien esta vez; debemos ayudarnos mutuamente. ¿No crees?.

Shougo: Bien, tienes razón, ambos debemos llevar el peso de nuestra relación, pero vamos a otro lugar, no quiero despertar a la esposa de Himura; imagino que se debe sentir muy mal por lo de Kenshin y creo que debe descansar.

Misanagi: Vamos a la habitación de trabajo; allá no hay nadie, o al menos eso creo; (con aires de grandeza): vaya, a partir de mañana tomaré posesión de esta casa oficialmente, me ausentó un momento y ya no sé cómo estás las cosas acá.

Shougo (sonriendo): No creía que te importara tanto este lugar.

Misanagi (siguiéndole el juego a su esposo): Bueno, ya que no soy la Líder del Clan Sanada, tengo todo el tiempo del mundo para dedicarme a mi nuevo cargo como Jefa de esta Casa. Pues si no lo sabías, me he auto proclamado dueña y señora de esta residencia.

Shougo (irónico): Vaya, ya era tiempo. Comenzaba a pensar que a la señora no le gustaba su nuevo dominio.

Misanagi: Pues, para serte franca, al principio no mucho, pero estoy comenzando a tomarle el gusto, así que pronto todo este sitio tendrá nuevos aires.

Los dos caminaron en medio de su "interesante" charla acerca de su hogar, pues ahora sí merecía ser llamado de esa forma: El Hogar de los Amakusa.

¿Qué sucederá ahora?. ¿Cómo solventarán sus diferencias los hermanos Mutoh?. ¿Llegaran Kenshin, Sanosuke y Tokio a tiempo a la ciudad de Kyoto?. No se pierda el próximo capítulo.

Notas del Autor:

Notarán que no agregué nada ni al final ni al comienzo de este capítulo; sólo otro de mis poemas a mitad del mismo. Esto lo hice por dos razones:

Si coloco canciones y esas cosas en cada episodio se volverán monótonos; la idea es que su aparición tenga cierta relevancia.

No todas las situaciones se prestan para una canción o para un escrito, eso es evidente.

Por cierto, si se preguntan quien dibujó esas letras, la respuesta es muy simple: Yo. Una de mis pasiones es el dibujo técnico; es verdad que en el dibujo libre soy muy malo, pero en el técnico soy muy bueno; es decir, lo mío es dibujar planos, geometría sólida de objetos, levantamientos y letras de molde. Las letras que usé son del Inglés Antiguo pues me parecieron las más adecuadas, además son las que más me gustan.

Como habrán notado, este capítulo fue enteramente de transición y es el primero de la famosa "operación lemon". La verdad, no tiene nada de especial que hubiese estallado la toma final de Kyoto tan pronto; además quedarían muchas ideas que tengo en el aire; este fan fic lo tengo fríamente calculado, je, je. Aún vendrán unos dos episodios más de transición, pueden ser tres y luego se dará inicio a la mencionada batalla; ahora, ¿Será ese el final?. Ya veremos, ya veremos, por cierto a los fans de la pareja Shougo - Misanagi y a los fans de la pareja Sayo - Sanosuke les aconsejo que no se pierdan la parte 13 de esta historia. Bueno, bueno los admiradores de la archifamosa pareja Kenshin - Kaoru no tienen porqué enojarse, ellos también tendrán su turno; todo esto como parte de la operación limón. Nos vemos en la próxima entrega.