The Chaos Era
by Shougo Amakusa
Capítulo 13
"Un Reencuentro Inesperado"
Melders podía divisar la ciudad desde el punto donde estaba, Nagoya se encontraba frente a él; vulnerable y esperando ser conquistada. El alemán no hacía el menor intento por ocultar la sonrisa que se había apoderado de sus labios; sus tropas esperaban la orden para iniciar el ataque, pero él necesitaba disfrutar un poco más del momento. Esa sensación de poder era única, el saber que el destino de una ciudad entera estaba en sus manos era increíble. Sin embargo, el tiempo no era algo que sobrara y él sabía que la ciudad debía estar bajo su control antes de la llegada de Takashi; además, el verdadero blanco aún esperaba su turno.
Melders (pensando): Pronto, pronto este país vivirá un verdadero cambio. (Dirigiéndose a sus tropas): ¡Soldados!. ¡Inicien el ataque!.
Gritos de verdadero pavor llenaron las calles de la ciudad, eso sin mencionar a la gente corriendo de un lado a otro; demás está decir que los soldados Meiji en el lugar fueron tomados por sorpresa y que sus maniobras defensivas daban verdadera lástima. Melders había ideado una estrategia para tomar Nagoya con la menor cantidad de bajas posibles y su plan marchaba mucho mejor de lo esperado; las tropas de defensa fueron aniquiladas rápidamente y, en cuestión de minutos, el ejército restaurador estaba a cargo. Melders se paseaba a lo largo de la calle principal donde una muchedumbre aterrorizada lo veía con obvias señales de rabia e impotencia; el alemán recorrió todo el lugar con sus ojos pues no quería perderse ningún detalle; finalmente y luego de un buen rato, se dirigió a su "audiencia".
Melders: Este es un día glorioso para este país; pues representa el inicio de la confrontación final entre la revolución encarnada por nuestro líder, Takashi; y la corrupción representada por los perros del gobierno Meiji. La Sociedad del Dragón Negro conducirá al Japón hacia una nueva Era; nosotros los guiaremos hacia tiempos de paz; el futuro bajo nuestro gobierno será de prosperidad y riqueza. Es cierto que muchos de ustedes han caído en medio de esta Guerra, pero deben entender que son pérdidas necesarias; los cambios cuando son tan grandes como el que estamos llevando a cabo son muy difíciles y dolorosos. Ya falta muy poco para que todo termine, cada vez estamos más cerca de la nueva Era; sólo tengan paciencia y bríndenos su apoyo.
La gente no reaccionó ante las palabras que escucharon y se limitaron a permanecer callados; sus miradas denotaban un profundo resentimiento hacia el orador y una enorme impotencia ante los acontecimientos. Melders no mostró sorpresa ante tal aptitud, pues la esperaba; el alemán regresó con sus tropas y comenzó los preparativos de rigor para recibir a su líder, quien ya debía estar en camino.
Misanagi entró en una de las habitaciones de la mano de su esposo; al ingresar pudo darse cuenta de que se hallaba en el estudio de Shougo, ella casi nunca visitaba ese lugar porque sentía que violaba la privacidad de su marido; aunque al final detestaba tanto la casa que se limitaba a recorrer lo estrictamente necesario de su estructura. La ninja se mantuvo con cierto recelo, pero pudo notar la exquisitez y el buen gusto con que el cristiano había decorado el cuarto. Obviamente el estilo oriental estaba muy poco o nada representado en ese sitio, las paredes estaban pintadas de un color amarillo ocre hasta unos 15 centímetros del techo y desde allí hasta el techo mismo, el color azul oscuro era el que dominaba. El contraste le daba un estilo sobrio al aposento y eso gustó mucho a la mujer; en la pared frente a la puerta se encontraba un estante hecho de cedro que ocupaba la mitad de la misma y en él se hallaban los diferentes libros, manuscritos y tratados que conformaban la biblioteca del Samurai; también se podían observar unos lentes, los cuales debían ser usados por el hombre a la hora de leer. En una de las paredes laterales se encontraban una gran cómoda de caoba pulida, la cual contenía 5 gavetas y, sobre ella, se encontraban algunas pertenencias personales de Shougo. En la otra pared lateral se encontraban colgadas muchas armas; entre ellas varios tipos de sables y algunas clases de pistolas. Esto último sorprendió a Misanagi, quien no imaginaba que su esposo fuera coleccionista. El resto de la decoración lo constituía un fino escritorio de cedro que se encontraba en una de las esquinas, dos sillas estilo Luis XV y una mesa de noche sobre la cual descansaba un candelabro, cuya luz bastaba para iluminar toda la habitación. El Samurai le pidió que se quedase descalza y así lo hizo la mujer, quien de inmediato reparó en la hermosa alfombra de tela gruesa, color negro y con diversos motivos que cubría el suelo; sin lugar a dudas, era mucho mejor que las esterillas que comúnmente se usaban para tal fin. El cristiano le alcanzó una de las dos sillas y se dirigió hasta la cómoda, abrió una de las gavetas y sacó un pequeño cofre, luego se sentó en la otra silla y se dirigió a su esposa, pero fue ella quien habló primero.
Misanagi: Vaya, me dejaste sorprendida, la verdad no sabía que tuvieras todas estas cosas; además la última vez que estuve aquí no las vi.
Shougo: Pues muchas son herencias familiares, otras fueron adquisiciones mías en Europa y algunas fueron obsequios; cuando llegué acá las traje conmigo, pero al no tener lugar donde quedarme de forma permanente tuve que guardarlas en el Aoia; luego cuando compré esta casa las trasladé hasta acá y por fortuna lo hice antes de que Takashi atacara la Base Onniwa Banshu. Con todo lo que sucedió después no tuve tiempo de organizarlas; pero, finalmente las cosas se calmaron un poco y eso se unió a los problemas que comenzábamos a tener por lo que decidí ordenarlas para tratar de poner en claro mis ideas.
Misanagi: Entiendo; pues, la verdad tienes buen gusto, debo admitirlo; eso sin mencionar el valor de todas estas cosas, cada día conozco algo nuevo de ti.
Shougo (sonriendo): Eso es bueno hasta donde sé. (Poniéndose serio): Misa; quiero contarte una pequeña historia.
Misanagi: ¿Eh?. Pensaba que hablaríamos sobre lo que pasó entre tu hermana y tú.
Shougo: Descuida, no evadiré esa conversación; pero antes quisiera hablarte un poco de mi familia; cuando nos casamos las circunstancias impidieron que pudiéramos hablar del tema y luego nuestros propios conflictos hicieron el resto. Sin embargo, creo que es tiempo de empezar.
Misanagi: No sé qué decir; si realmente quieres hablar de eso no pienso impedirlo.
Shougo: Mi familia siempre vivió en Shimabara, la gran mayoría profesaba la fe cristiana y sólo unos pocos pertenecían al budismo y al shintoismo. Muchos Mutoh pelearon al lado del legendario Shiro Amakusa en la revolución cristiana de Shimabara, pero por desgracia la gran mayoría de ellos murió junto con ese gran hombre. Una leyenda cuenta que Shiro antes de ir a la batalla habló con uno de mis antepasados; según el relato, Amakusa sabía que iba a ser derrotado y que todos los que lo siguieran morirían como mártires y por ello tomó al más joven de todos y le entregó su más preciada posesión: el anillo de bodas de su madre. El niño tenía dos misiones; la primera era conservar esa joya y evitar que cayera en manos del gobierno, pues sabía que terminaría fundida para obtener dinero; y la segunda era que una vez terminada la batalla fuera al lugar de la misma y recuperara su espada en caso de que ellos perdiesen.
Misanagi (asombrada por el relato): Increíble; pero aún no entiendo que tiene eso que ver contigo. Y, ¿A qué te refieres con anillo de bodas?.
Shougo: Ya entenderás todo. El joven cumplió ambas encomiendas y las dos posesiones de Shiro Amakusa, pasaron a ser propiedad de los Mutoh. Primero te hablaré de la espada y luego del anillo. Ese sable pasó de generación en generación, de padre a hijo hasta que llegó a las manos de mi tío Hyoue. Él quiso aprender el estilo de Kendo más poderoso que existía; el Hiten Mitsurugi Ryu y por ello fue discípulo de Seijuro Hiko XII. Por desgracia no pasó la prueba final y casi muere durante la misma; no obstante, Dios quiso que él viviera y así pasó. Luego la persecución contra nosotros aumentó en intensidad y crudeza y una nueva confrontación era inevitable. El anillo se convirtió en un símbolo familiar del mismo modo en que lo había hecho el medallón; aquel joven que lo recibió de Shiro se lo dio a la que convirtió en su esposa, pues según la creencia cristiana eso simboliza unión; más tarde cuando uno de sus hijos se casó, la joya pasó su esposa y así sucesivamente hasta que llegó a manos de mi madre.
Misanagi: Vaya, es muy conmovedor tu relato y es bueno saber que ustedes siempre fueron muy unidos.
Shougo: Sí, pero aún no termino. Mis padres sabían que pronto vendrían por nosotros y por ello le pidieron a mi tío que nos llevara lejos a mí y a Sayo; la noche antes del día en que mis padres murieron, mi mamá me narró esta historia y me dio el anillo; yo lo tomé como un adiós y no quise aceptarlo, pero ella me obligó a hacerlo. Luego vinieron esos desgraciados y arrasaron con todo; mi padre fue asesinado frente a mí y apenas pude escapar para reunirme con mi madre y mi hermana; mamá estaba ya muy enferma y no podía protegernos así que estábamos a merced de varios soldados que nos habían localizado. Gracias a Dios mi tío apareció en ese momento y entre los dos acabamos con esos perros; pero, por desgracia mi madre no estaba en condiciones de viajar y fue cuando nos forzó a irnos sin ella. Mamá le entregó su medallón a Sayo pues mi padre me había dado el suyo y casi nos empujó al bote que usamos para huir; en nuestra partida pudimos ver como un soldado la asesinaba de un disparo en la cabeza y esa escena quedará para siempre en mi memoria.
El Samurai no pudo evitar comenzar a llorar, ese recuerdo era sumamente doloroso, pero quería compartirlo con la mujer que amaba; además quería que le sirviera de marco para el regalo que iba a darle. Por ello, y con la ayuda de su esposa se calmó un poco, reunió las fuerzas necesarias para continuar y así lo hizo.
Shougo: También pude ver a casi todos los que vivían en Shimabara crucificados; la rabia e impotencia me invadieron y fue cuando juré que regresaría para vengarme. Tiempo después mi hermana mostró los primeros síntomas de la tuberculosis que para mí era desconocida; yo me dediqué a aprender todo cuanto podía y me apasioné por la astronomía, la medicina y los idiomas. Pero siempre estaba el deseo de venganza dentro de mí y por ello le pedí a mi tío que me enseñara el Hiten Mitsurugi Ryu; él no estaba capacitado para hacerlo puesto que no pasó la prueba final, pero aún así me instruyó. Cuando lo había dominado casi por completo, él me entregó al espada que había heredado y que había pertenecido a Shiro Amakusa, pues todos los cristianos pensaban que yo era una reencarnación de él; desde entonces decidí usar el apellido Amakusa y su espada, para rendirle tributo. Por desgracia mi rabia se apoderó de mí, dominándome por completo; y, cuando mi tío Hyoue trató de detenerme usé el principio secreto por primera vez y lo dejé ciego por el resto de su vida, pues cuando lo utilicé lo mezclé con el Rai Ryu Sen. Ahora me arrepiento de mi proceder, pero ya no puedo remediar lo que hice; sólo espero que Dios tenga misericordia de mí y que me perdone. (Suspirando): Bien, como verás así fue como obtuve mi sable.
Misanagi (picada por la curiosidad): ¿Y qué pasó con el anillo?.
Shougo (sonriendo): Me alegra mucho que preguntaras por él; sé que no nos casamos por la ceremonia cristiana, pero aún así, será el símbolo del amor que siento por ti. (Tomando la mano de su esposa y colocándole el anillo que había sacado del pequeño cofre): No puedo pensar en nadie mejor que tú para que lo use; te amo, Misanagi y no tengo nada más que decir.
La mujer perdió el habla en aquel momento; el regalo que estaba recibiendo de su esposo la había dejado perpleja; no sólo por el valor material del anillo sino por su valor sentimental y por lo que representaba para Shougo y su familia. La ninja observó el dedo anular de su mano derecha y pudo ver la magnífica joya; ella conocía ese tipo de objetos pues muchas veces había tenido que robarlos durante la Guerra por lo que sabía perfectamente lo que le había sido dado. El aro estaba hecho de oro y al frente tenía un molde de plata donde descansaba una esmeralda de forma redonda rodeada por 4 zafiros y 4 rubíes intercalados. Era la pieza de colección más hermosa que había visto en su vida y lo más asombroso era la historia que llevaba consigo. La leyenda de Shiro Amakusa era bien conocida por los Sanada y el hecho de llevar en su mano el anillo de bodas de su madre era increíble. Misanagi no estaba familiarizada con este tipo de tradiciones y ella no se sentía merecedora de esa joya por lo que se apresuró a devolverla.
Misanagi (comenzando de despojarse del anillo): Shougo, yo no puedo aceptar esto. Este aro representa mucho para ti y para los tuyos y no creo que yo sea la persona correcta para llevarlo. Sayo debe ser la portadora de esta joya.
Shougo: Misa, tú no eres quien para decidir si eres o no merecedora de este regalo; creo que eso es deber del que te lo ha dado. Tú eres la mujer que se ha llevado mi corazón y quiero que seas tú quien lleve este anillo. Aunque la tradición decía que debía obsequiártelo en nuestra boda, no pude hacerlo pues tú no eres cristiana y nuestro matrimonio no fue realizado bajo esa fe. Sin embargo, eres mi esposa y creo que Dios está de acuerdo con ello, por eso quiero que lo lleves contigo. Por favor, acéptalo porque representa lo que siento por ti y si lo rechazas estarás rechazando ese sentimiento.
Misanagi (conmovida por las palabras de su esposo): Yo, yo no se qué decir. Yo, también te amo y ojalá pudiera darte algo que te lo recordara. (Bajando un poco la cara): Mi familia fue representada por los Sanada y dentro de nuestro Clan ese tipo de tradiciones nunca han existido; y, mis posesiones más valiosas son mis armas.
Shougo: Yo ya tengo el mejor regalo.
Al decir esa frase, Shougo besó a Misanagi y ambos comenzaron a ser arrastrados por esa pasión que siempre los envolvía; los dos cayeron al suelo, pero eso en lugar de aplacar sus deseos los incentivó. La alfombra era el lugar perfecto para consumar su amor una vez más; él comenzó a besarle el cuello y ella clavó sus uñas en la espalda de él movida por el éxtasis que estaba viviendo. La pareja se sumió en caricias y besos y se desconectaron del resto del mundo; él con suma delicadeza y lentitud fue despojando de sus ropas a su mujer quien no hacía nada por evitarlo; y, en lugar de eso le quitaba las ropas a su marido. Pronto los tórtolos se encontraban semi desnudos y el cristiano posaba sus labios en los montes de ella; Misanagi no podía evitar gemir ante las acciones de su amado y con sus manos lo tomaba por los cabellos para obligarlo a continuar. La boca del Samurai fue sustituida por sus manos quienes le causaron mucho más placer a la Ninja y de ese modo, Shougo pudo besar el vientre de su amada. La mujer estaba completamente perdida en el mar del deseo y cada vez pedía más y más; para ella, ese momento era demasiado hermoso y no quería que concluyera. Poco después ella sintió como su esposo terminaba de desvestirla y, una enorme cantidad de espasmos se adueñaron de su ser cuando él comenzó a tomar el néctar de su flor. En esos instantes no había lugar para otra cosa que no fuera deseo y pasión por lo que la mujer no demoró mucho tiempo en llegar a la cúspide. Segundos después aún jadeaba y su cuerpo seguía siendo presa de algunos temblores; su pareja se recostó a su lado y comenzó a acariciarle el cabello de una forma muy tierna.
Ambos se miraron a los ojos, pero no dijeron nada; a pesar de ello, Misanagi sabía lo que Shougo quería pues él aún no había drenado ese fuego que llevaba por dentro. La mujer se colocó encima de él y tomó el control de la situación, ahora era ella quien besaba el pecho de su marido; de ese modo siguió bajando hasta devolverle el favor que él le había hecho instante atrás. El hombre no pudo evitar gemir ante lo que su esposa estaba haciendo y comenzó a sentir unas enormes ganas de poseerla; la Ninja pudo notar ese deseo y se sentó sobre él para permitir que su marido lo hiciera. Misanagi miró al techo y lanzó un grito ahogado en el momento en que el Samurai entró en ella; los dos enamorados se enfrascaron en aquella batalla donde cada uno siempre salía victorioso y esa vehemencia con que la libraron trajo sus frutos. Él alcanzó la cumbre dentro de su mujer y ella llegó al clímax por segunda vez poco después; finalmente ambos quedaron extenuados en el suelo, unidos por un abrazo. Luego de un rato los dos se encontraban vestidos, pero seguían acostados en el suelo y aún estaban abrazados; fue entonces cuando ella decidió contemplar una vez más su obsequio. Sin embargo, sus pensamientos fueron interrumpidos por una pregunta que su pareja le hizo en un susurro y que la obligó a sonrojarse toda: ¿Te he dicho que eres divina?.
Misanagi (sonrojada y con voz baja): No me digas esas cosas.
Shougo: ¿Por qué?. ¿Te molestan?.
Misanagi: No, para nada; es sólo que, bueno, ya sabes, no estoy acostumbrada. Yo soy una guerrera y siempre fui tratada como tal.
Shougo: ¿Y?. Yo jamás he dudado de tu condición de guerrera y admiro tus habilidades en el combate; te confiaría mi vida con los ojos cerrados. Pero una cosa no tiene nada que ver con la otra; el expresar los sentimientos no hace débil a nadie, al contrario, son ellos los que nos dan la fuerza para salir adelante.
Misanagi: Lo sé, lo sé; sólo que es ahora cuando he logrado entenderlo; mi formación fue muy recta y los sentimientos eran vistos como una debilidad y siempre nos obligaban a suprimirlos.
Shougo: Entiendo; bueno, lo importante ahora es que tenemos esta segunda oportunidad para ser felices y yo no pienso desperdiciarla.
Misanagi: Yo tampoco. (Un poco sarcástica y mostrando su anillo): Además eso de ser querida tiene sus ventajas.
Shougo (riendo un poco): Sí, tiene algunas.
Misanagi (observando nuevamente las armas colgadas en la pared): No tenía idea de que fueras coleccionista.
Shougo: Nunca mostraste interés en saberlo.
Misanagi (clavándole los ojos a su marido): Bien, pues ahora que he regresado formalmente a esta casa me gustaría saber qué hay dentro de ella.
Shougo: Bueno, ya que deseas saber te lo diré. Allí puedes ver dos sables estilo occidental; aunque no lo creas, allá se hacen buenas espadas, pero no son muy abundantes.
Misanagi: ¿Por qué?.
Shougo: Por varias razones; a ver y te explico. En Europa las armas de fuego han cobrado un gran auge en estos tiempos y han sustituido a las espadas. La mayoría de los duelos y todas las batallas se llevan a cabo con pistolas, rifles, cañones y ametralladoras. Los sables han quedado relegados a un segundo plano, por ello se ha perdido el interés en su fabricación; sin embargo aún hay buenos ejemplares y ese de la derecha es uno de ellos.
Misanagi (tomando la espada que le señaló Shougo): Aparentemente es muy fuerte y su mango es muy llamativo.
Shougo: Es un espadón Toledo, lo mejor que se puede conseguir en Europa; su hoja no tiene nada que envidiarle a una Ninhotou ni en precisión ni en resistencia. Además es muy cómoda para pelear.
Misanagi (sintiendo el peso del arma): Sí, es tan ligera como una Kodachi.
Lo que más le llamaba la atención de la espada a la Ninja era la forma del mango; el mismo era de color blanco y estaba tallado bajo la forma de un dragón y un tigre peleando.
Shougo: La empuñadura es de marfil y es muy fuerte, incluso más fuerte que muchas empuñaduras hechas acá. Ese sable me fue otorgado como premio cuando salvé de un atentado a un miembro de la familia Habsburgo durante mi estadía en Austria. Esa familia tiene el Imperio más poderoso que he visto; ni siquiera la dinastía Tokugawa logró tener dominio sobre la mitad del territorio que la dinastía Habsburgo posee.
Misanagi: Así que esa espada fue un premio a un servicio prestado a una de las familias más poderosas de Europa. Vaya, veo que tienes buenas relaciones por allá.
Shougo: Pues la verdad no es para tanto; a mí nunca me ha gustado involucrarme en ese tipo de cosas; eso de la nobleza y de la realeza no es para mí, pero con mucho gusto recibí ese obsequio y ahora me gustaría que tú lo aceptaras.
Misanagi: Vaya, hoy parece ser mi día, ¿neh?.
La Ninja se acercó a su esposo y le dio un beso apasionado unido a un fuerte abrazo para luego decirle al oído con un gran toque de sarcasmo: Me estás malacostumbrando, luego no te quejes.
Shougo (sonriendo): Correré el riesgo.
Misanagi: La verdad es una excelente arma y la llevaré conmigo junto con la Kodachi, veremos qué tan útil resulta en un combate.
Shougo: No te arrepentirás. Por cierto, si miras el otro sable lo encontrarás un poco extraño.
Misanagi tomó la segunda espada y se sorprendió al ver el diseño de la misma; su empuñadura era muy rara, pues tenía la forma de un asa, luego tenía una especie de placa de metal para darle paso a una hoja muy delgada, casi parecía un bastón. La mujer la tomó y no pudo contener su risa.
Misanagi (riendo): ¿Esto es un juguete?.
Shougo: Para nada; es un arma muy usada en duelos de corte en Europa. Su hoja es menos resistente, pero es muy flexible; claro que en un combate real contra una Toledo o contra un Ninhotou no tendría la menor oportunidad. Sin embargo, es muy útil para algunos casos y allá se usa en una forma de Kendo llamada esgrima; por cierto, los europeos no le dicen espada sino florete.
Misanagi: Interesante, espero que cuando exista el tiempo me hagas una demostración.
Shougo: Con mucho gusto.
Misanagi (retomando su seriedad característica): Bueno, creo que ya le hemos dado demasiada larga a la conversación que tenemos pendiente. Espero que toda esta charla y los regalos no hayan sido para que me olvidara de la misma.
Shougo: No seas tonta; nunca tuve esa intención; además, ya te había dicho que no iba a evadir esa plática.
Misanagi: Entonces, puedes comenzar.
Shougo: La verdad no hay mucho que decir. Yo le dije a Sayo que lo más probable era que Sanosuke estuviese muerto; ella se desmayó y cuando reaccionó comenzó a blasfemar. Yo la reprendí por su comportamiento y fue cuando la pelea empezó. Sayo me dijo que a mí no me importaba la suerte de Sano y que me alegraba su muerte; luego me gritó que ella creía en Dios a su manera y que me fuera de allí. (Suspirando): Creo que ese es un buen resumen de lo ocurrido.
Misanagi (mirando a Shougo un tanto incrédula): ¿Tiene razón?.
Shougo (sorprendido por la pregunta): ¿Nani?.
Misanagi (con una sinceridad punzante): No te hagas el tonto; tú bien sabes a lo que me refiero. ¿Te alegra la muerte de Sano?. Pues se nota que no le tienes mucho aprecio.
Shougo: No negaré que detesto a ese imbécil, pero de ahí a desear su muerte o alegrarme de ella hay un trecho muy grande. Yo sé perfectamente que mi hermana está completamente enamorada de él y lo que le suceda irremediablemente le afectará; por ello no puedo estar contento con el destino que ha corrido.
Misanagi: Entiendo; bueno, sólo espera que ella se calme un poco. Trata de entenderla, está pasando por un momento muy difícil y lo que menos debe importarle ahora son detalles de su fe. Cuando las cosas se tranquilicen habla con Sayo; ustedes tienen una relación muy estrecha como para que se deshaga por tonterías.
Shougo (luego de pensar un rato): Creo que tienes razón, actué como un idiota. Sólo espero que aún pueda solucionarlo.
Misanagi (acercándose a su esposo y abrazándolo): Estoy segura de que así será; y, trata de calmarte tú también. Tienes un carácter muy fuerte y cuando dejas que él hable por ti terminas metido en problemas.
Shougo (sarcástico): De verdad, gracias por tu ayuda; el día del juicio final pediré que tú seas mi juez para irme directo al infierno.
Misanagi: Tú sabes que tengo razón ... Será mejor que vaya a ver cómo sigue Kaoru, no vaya a ser que se despierte y se encuentre sola; en el estado en que está no sería buena idea.
Shougo: Ve, yo me quedaré un rato más acá.
Misanagi: Bueno, regreso luego.
La mujer salió de la habitación y mientras iba en dirección a su cuarto para ver cómo seguía la esposa de Himura se dedicó a contemplar a sus anchas el anillo que llevaba en su mano. Misanagi estaba realmente feliz por el rumbo que su matrimonio comenzaba a tomar y sólo se arrepentía de que las cosas no se solventaran antes. La Ninja comenzaba a acostumbrarse y adaptarse a su nueva vida; y, en el fondo, no era tan mala como pensaba. Shougo le había enseñado una importante verdad: Lo cortés no quita lo valiente. El hecho de ser una mujer casada, amorosa y de estar como jefa de casa no la hacía más débil; al contrario, ello le daba un poderosa razón para mantenerse viva y superar todos los problemas que viniesen. Después de todo, la gente tiene derecho a evolucionar y a aprender de los errores y ella no iba a ser la excepción; la vida le daba una nueva oportunidad y no tenía le menor intención de desperdiciarla.
Dos figuras se detuvieron para recuperar el aliento perdido y al hacerlo pudieron notar que ya habían arribado a su destino: La ciudad de Kyoto. La mujer respiró aliviada pues eso significaba que pronto estaría al lado de su esposo y podría saber cómo estaba. El hombre sólo deseaba llegar a la residencia de los Amakusa lo antes posible para poder ver a su amada. Tokio se dispuso a reanudar la marcha y su acompañante hizo lo mismo.
Sanosuke: Bueno, ya estamos aquí.
Tokio: Sí; yo iré a la Base Meiji para ver si tienen alguna información sobre Saito.
Sanosuke: ¿Por qué no vamos primero a la casa de los Amakusa?. Si los demás lograron escapar es lógico que se hayan trasladado hasta allá.
Tokio: Puede que tengas razón, pero de todas formas quisiera ir a la Base Meiji primero.
Sanosuke: ¿Y si no está allá?.
Tokio: Pues iré donde los Amakusa.
Sanosuke: ¿Sabes dónde es?.
Tokio (un tanto fastidiada por las preguntas del otro sujeto): ¿Acaso olvidas de quién soy esposa?. ¡Por supuesto que sé dónde es!.
Sanosuke (un poco amedrentado): Está bien, está bien; no es para tanto.
Tokio (con un soplo de resignación): Me retiro, que tengas suerte.
Sanosuke: Igualmente.
Los dos seres se separaron y se alejaron rápidamente del lugar donde estaban. Tokio quería terminar cuánto antes con la incertidumbre que le quemaba el alma, mientras que Sanosuke necesitaba ver a su esposa lo más pronto posible. Poco tiempo después, la mujer llegaba a la Base Meiji en la ciudad de Kyoto y se apresuró por pedir noticias sobre el policía.
?: ¿Quién es usted?.
Tokio (realmente enojada): Mire, ahora no tengo tiempo para tonterías; soy Takagi Tokio, esposa de Hajime Saito. ¿Saben algo de él?.
?: ¿Esposa de Hajime Saito?. Eso no puedo creerlo, seguramente es una espía de los restauradores.
El soldado se apresuró en tomar su fusil de reglamento y amenazó a la recién llegada para que no se moviera; sin embargo, al mujer desenfundó su Kodachi con un movimiento muy veloz y desarmó al soldado, luego le colocó la espada en el cuello y lo obligó a responderle la pregunta. Para suerte del pobre hombre, Saito y Seijuro habían salido del lugar a causa del alboroto causado por la pequeña pelea. Tokio miró a su esposo y sus ojos recuperaron el brillo que habían perdido; el saber que su amado estaba vivo le había devuelto la paz a su alma. No obstante, la mujer trató de ocultar lo que sentía lo mejor posible y se limitó a saludar al policía con una sonrisa.
Saito: Vaya, ¿Se puede saber qué haces aquí?.
Tokio: Necesitaba saber cómo estabas.
Gral. Yamagata: ¿Se puede saber quién es usted?.
Tokio: Watashi wa Takagi Tokio deshi. Y...
Saito (cortando a la mujer): Ella es mi esposa.
Gral. Yamagata y Seijuro (visiblemente sorprendidos): ¡Nani!.
Saito (sin inmutarse): Como escucharon, esta mujer es mi esposa.
Gral. Yamagata: No negaré que me sorprende la noticia; yo sabía que eras casado, pero no conocía a tu mujer. (Mirando a la esposa de Saito): Es un placer conocerla, Señora Tokio; sin embargo, estoy en la obligación de pedirle que suelte a ese soldado y que en el futuro no se presente de esa forma en bases militares del gobierno Meiji. De lo contrario será arrestada por desacato a la autoridad.
Tokio (un poco apenada por su comportamiento): Gomen Nasai. La verdad, he pasado por cosas muy difíciles últimamente y me urgía hablar con usted para saber si tenía noticias de Saito y para transmitirle información de primera mano sobre el avance de las tropas restauradoras. (Liberando al soldado quien se alejó velozmente de ella): Este sujeto me impedía el paso y mi apuro hizo el resto.
Gral. Yamagata (Interesado en la información de la mujer): Ya veo; bueno, espero que esto no se repita. Ahora, me imagino que ya no es necesario que le dé noticias de su esposo pues lo tiene enfrente; pero yo sí estoy ansioso de saber qué nos tiene que decir sobre el ejército enemigo.
Tokio: Con gusto le diré lo que sé.
Saito: Entonces será mejor que entremos; no tenemos mucho tiempo para trazar estrategias y aún debemos contactar a los demás.
Seijuro (al oído de Saito mientras entraban a la Base): Vaya, vaya; así que era verdad que estabas casado. Eso es algo sorprendente, pero más impactante es la belleza de tu mujer. Eres un hombre con suerte, amigo mío.
Saito (dejando escapar una ligera sonrisa): Lo sé.
El hombre por fin se hallaba frente al lugar donde estaba su esposa; la larga espera había terminado y pronto podría tenerla entre sus brazos otra vez. Sanosuke se apresuró a llamar a la puerta y fue Omasu quien le abrió; la joven Ninja soltó una exclamación de alegría al verlo y a gritos comenzó a llamar a Sayo. El hombre le preguntó dónde se encontraba su esposa y la joven lo llevó a la habitación de la cristiana; Megumi estaba atendiendo a la mujer quien ya estaba un tanto recuperada de la trágica noticia que su hermano le había dado y se hallaba sentada en la cama. No hay palabras que describan lo que sintió la otrora llamada Santa Magdalia cuando vio a su esposo parado en la puerta, la mujer sintió cómo su corazón regresaba a su sitio y cómo su sufrimiento se terminaba de pronto para darle paso a una gran alegría y a una enorme incredulidad. Sayo se levantó como pudo de la cama y lentamente se acercó a su marido; cuando estuvo frente a él levantó su mano derecha y comenzó a acariciarle la cara.
Sayo (en un susurro): ¿De verdad eres tú?.
Sanosuke (sin poder contenerse más y abrazando a su mujer): ¡Claro que soy yo!. ¿Quién más iba a ser?. Pero, ¿Ese es el recibimiento que me darás después de tanto tiempo?. ¿Tan poco te importo?.
Sayo no pudo con tantas cosas y cayó desmayada por segunda vez por lo que Megumi tuvo que intervenir y al hacerlo, su mirada se topó con la del guerrero. La doctora llevó a la cristiana a la cama y luego le habló a Sanosuke.
Megumi: ¡Baka!. ¿Cómo se te ocurre llegar de ese modo?.
Sanosuke (sin entender nada): ¿Nani?. ¿Cómo iba a llegar?. Después de todo este tiempo estaba impaciente por verla otra vez y esperaba más efusividad de su parte. (Colocándose en la cama junto a su esposa): ¿Cómo está?. ¿Por qué se ha desmayado?. (Cayendo en cuenta de con quién estaba hablando): ¡¿Megumi?!. ¿Eres tú?, Vaya, ha pasado mucho tiempo. Hola, ¿Cómo estás?. ¿Qué haces aquí?.
Megumi (irónica): Vaya, veo que me recordaste. Pues yo estoy bien y vine acá cuando me enteré de esta guerra; imaginé que necesitarían mis conocimientos de medicina. Respecto a Sayo, ella sólo está inconsciente; y no la culpo, ha recibido dos impresiones muy fuertes hoy. Lo mejor será que la dejemos descansar para que se reponga.
Sanosuke: ¿Dos impresiones?.
Megumi: ¿No sabes nada?. Pues salgamos un momento para ponerte al tanto de todo lo que ha pasado en tu ausencia.
La doctora le dio los detalles a Sanosuke de la llegada de Shougo y los demás; del "pequeño" lío que habían tenido los hermanos Amakusa a causa de la noticia que le dio el cristiano a Sayo y de su estadía en la casa. El hombre no podía evitar sentirse un poco raro al estar cerca de la mujer que tiempo atrás había despertado cierto afecto en él; sin embargo: Sayo opaca a cualquier otra que se cruce en mi camino - era lo que él pensaba - el guerrero se mostró sorprendido al saber que su esposa lo creía muerto y fue cuando comprendió el comportamiento que había tenido al verlo. Megumi miraba a Sano de una forma muy distinta ahora; la mujer no podía negar que ese hombre había dejado ciertos destellos de amor en su corazón, pero ese pequeño sentimiento se había extinguido por completo mucho antes de su regreso y se terminó de lapidar cuando supo que era casado y cuando conoció a Sayo. En ese momento, Soujiro y los demás se acercaron para saber quién había llegado; el asombro fue general al ver a Sanosuke y las preguntas no demoraron en aparecer.
Misanagi: ¿Qué sucedió en la Base de Nagoya?. ¿Cómo hiciste para llegar aquí?.
El guerrero les contó a todos los detalles de su jornada desde que vio a los restauradores hasta su llegada a la residencia de los Amakusa; no hay que mencionar el asombro que causó la noticia del estado civil de Saito por lo que Sanosuke tuvo que repetir ese punto varias veces. Shougo se alegró un poco pues sabía que Sayo iba a salir de su estado más pronto de lo que él pensaba; Misanagi pasaba por la misma situación al igual que Megumi, Shouzo y Omasu; por su parte, Soujiro no mostraba mucho interés en el asunto. Luego que la curiosidad de todos se vio satisfecha, el hombre se excusó y se retiró a la habitación donde se encontraba Sayo pues deseaba estar a solas con ella. Nadie se opuso y poco a poco se fue disolviendo la congregación que el recién llegado había originado. La única persona que no estuvo en ella fue Kaoru pues aún se encontraba dormida y nadie quiso molestarla; sin tener noticias de Kenshin lo mejor era dejarla descansar la mayor cantidad de tiempo posible.
Sanosuke entró a la habitación y se sentó al lado de su esposa; no tardó mucho en comenzar a acariciarla deseando que despertara para poder decirle que era real y que no estaba muerto; en ese momento ella empezó a gemir y poco a poco recobró la consciencia. El hombre le sonrió al ver que despertaba y ella lo miró sin saber qué hacer; aún no creía que estaba vivo y frente a ella, era demasiado bueno para ser verdad. Las manos de la cristiana se posaron en el rostro de su amado y palparon una por una las facciones de su cara, Sayo no deseaba despertar si lo que vivía era un sueño; y fue entonces cuando su esposo le habló.
Sano (con una cálida sonrisa): ¿Te encuentras bien?.
Sayo (titubeante): Hai.
Sano: No estoy muerto, Sayo. Mírame, estoy contigo. ¿No recuerdas lo que te prometí?. Te dije que no me dejaría matar y he cumplido mi palabra.
Sayo (aún sin creer nada y en medio del llanto): Dios, no me hagas esto; ya tengo suficiente con saberlo muerto; por favor no seas tan cruel conmigo. Si me lo metes en mis sueños nunca podré sobreponerme.
Sano (tomándola por los hombros y estremeciéndola): ¿Acaso no me escuchaste?. Esto no es un sueño; es la realidad. Yo estoy vivo y si te calmas un poco podré explicarte cómo me salvé. No me gusta verte de ese modo; si algo me motivaba a volver con vida era verte sonreír. (Bajando su cara por la tristeza): Por desgracia puedo ver que mi regreso sólo te trae desdicha; Gomen Nasai Sayo-san. Si quieres me puedo retirar.
Sayo (reaccionando ante la despedida de su esposo): ¡Iyé!. ¿Cómo puedes creer que me traes desdicha?. Yo, yo, lo siento. Lamento no haberte recibido como te mereces, es sólo que mi hermano...
Sano (colocando su dedo índice en la barbilla de su mujer): Ya lo sé, Megumi me lo contó todo. Te entiendo perfectamente, pero puedes estar segura de mi regreso; esto no es otra cosa que la realidad. Acá estoy, vivo y feliz de tenerte cerca.
Fue entonces cuando Sayo le dio rienda suelta a sus sentimientos y se lanzó a los brazos de Sanosuke para darle un fuerte abrazo. El hombre no pudo evitar sorprenderse ante la fortaleza del mismo, pues su mujer tenía más energía de la que aparentaba.
Sayo (llorando): No sabes lo que he sufrido por ti; no tienes ni la menor idea. ¡Estoy tan feliz de verte!.
Sano: Ya, cálmate; yo también estoy feliz de verte de nuevo. (Besándola en la frente): Ahora debes descansar, has pasado muy malos ratos y necesitas reponerte; descuida, yo me quedaré a tu lado.
Sayo (sonriéndole): Hai.
¿Qué sucederá con Kenshin?. ¿Cómo reaccionará Kaoru al verlo?. ¿Qué pasará con las tropas de Takashi?. No se pierda el próximo capítulo.
Notas del Autor:
Bueno, como podrán ver los fanáticos de la pareja entre el desgraciado de Sanosuke (ya me parezco a la "peliteñida" de tanto decirle desgraciado a ese desgraciado, pero es que es un desgraciado. D-E-S-G-R-A-C-I-A-D-O) pueden estar contentos pues ya se reencontraron; claro que sería ilógico que ya se fueran a la cama; así que tendrán que esperara hasta el próximo capítulo ^^.
Ya sé que este capítulo fue acaparado por Shougo y Misanagi, pero no pudo ser de otra forma; necesitaba contar la historia y reforzar esa relación por motivos que debo reservarme por el momento ^^; pero al final coloqué a otros personajes y como compensación en el capítulo siguiente el protagonismo será para otros individuos y entre ellos la popular pareja Kenshin-Kaoru, es una promesa de Samurai.
Este es el segundo capítulo de la ya muy nombrada y comentada (al menos comentada por mí ^^'') Operación Lemon; aún queda otro porque hay dos parejas que quedaron en lista de espera, je, je. Bueno y respecto a Takashi, pues poco a poco se irán enterando de sus avances. Nos vemos en la próxima entrega.
