¡Saludos sabatinos, lectores!
Muchas gracias por su lectura, gracias Carito257 y SakuraK Li, por pasar por este rincón aunque los dorados no sean su fuerte (doblemente agradecida). InatZiggy-Stardust, amiga, creo que algo se me ocurrirá para torturar, ejem, digo, continuar con lo que planteé en la corta escena de Mu. Cierto, las fans siempre queremos más. Muchísimas gracias por tu lectura, y también a Mel-Gothic de Cáncer, ya verán lo que le tengo al buen Aldebarán.
Copyright a Kurumada por sus personajes, que nos presta para jugar un poco, pasen a leer, este segundo flashazo, dedicado al Toro Dorado (espero no recibir su Gran Cuerno, me desencuadernaría toda).
De lámina y cartón
Mientras Mu abandona el segundo templo, va borrándose la sonrisa que Aldebarán se había obligado a tener sobre los labios. El guardián de Tauro regresa una mirada de piedra al papel que sobrevivió entrenamientos y misiones, recorte de periódico que casi a diario suelta para el caballero la tristeza de su contenido.
Aunque no se trata de la nota en sí, que entrega a los lectores la unión matrimonial entre los hijos de dos eminentísimas familias de Sao Paulo, sino de lo que la puso en las manos del entonces niño Aldebarán. El caballero dorado aún lo recuerda –lo sueña, a veces, imaginando que no ocurrió–. Pasó en la favela donde le era imposible conciliar el sueño antes de las dos de la madrugada, desde la que salía, a las cinco o seis, para alquilar sus manos a quien necesitara cargar bultos en el mercado, a los comerciantes, que requerían de su fuerza, de su estatura mayor a la de los otros harapientos, para empujar carritos repletos de cajas de madera y abarrotes.
Un día un enorme auto azul llegó a ese poblado de tablas y cercas hechas con óxido de bicicleta. Deben haberse perdido, sonrió Aldebarán segundos después de hacerse a un lado. El auto se alejó, zigzagueante, dejando atrás la estela gris del escape y la nota del matrimonio. Al levantarla y acariciar el vaporoso vestido de la novia, las flores blancas y la alfombra oscura del pasillo, no lo ha olvidado nunca el caballero, escuchó un golpe, un chirriar de llantas, el grito de la mujer de la vivienda de la esquina, lámina podrida de aguas, como todas, como la suya, la que compartía con otros diez huérfanos. A la mañana siguiente, en el mercado, hizo falta el menor de todos, el niño de los zapatos nuevos, regalo del chofer del tráiler negro, para completar el equipo de fútbol de Aldebarán. Nunca llegó ni llegaría a otro partido. Quizás haya sido mi culpa, quizás él ocupó mi lugar, de haber sido yo, nadie me habría extrañado, piensa el caballero, deseando hacer una pelotita con el papel, sin atreverse.
Próximo capítulo: Saga.
(Pobre Aldebarán, tan lejos del carnaval y del Amazonas y tan cerca de las favelas).
