¡Saludos sabatinos, lectores!

Espero se encuentren muy bien, disfrutando del fin de semana. Una disculpa, pues no he podido actualizar mi Espejo humeante, el trabajo y otros textos no me han permitido hacerlo, pero prometo ponerme las pilas, si no, la idea maquiavélica que me dio mi musa luego de que la rescatáramos mis otras dos musas y yo se me va a ir…

Muchas gracias por entrar y leer estas fotografías, Carito357 (je,je, siento lo de la palabrita), SakuraK Li, Inatziggy-Stardust (sí, la culpa del que sobrevive… Pobre Alde), Mel-gothic de Cáncer (cierto, por lo general se esconde lo feo en los viajes, o se evita, es triste), Tot12 (muchas gracias por unirte a este fic, tienes razón, yo creo que todos los caballeritos tienen un origen humilde, por lo menos la mayoría). Fui muy mala con el pobre Aldebarán, no directamente, pero le mostré lo que a veces vale la vida de las personas, o más bien de ciertas personas, que parece que se mueren en silencio sin que nadie las tome en cuenta. Un atropellamiento y una nota de periódico que contrasta, eso le quedó a nuestro pobre dorado (la autora se esconde luego de escuchar un ¡Gran Cuerno!, atrás, muy cerca, a sus espaldas). Pero ahora dejémonos de tristezas y leamos lo que tengo para los gemelitos consentidos de muchas (aparición especial de Kanon).

Copyright a Kurumada por sus personajes… Ahora sí, pasen a leer, capítulo dedicado a Carito357, que es del mismo signo que estos dorados.


El día de antes

Despierta con un sobresalto. Sufrió de nuevo la visión de la daga y la sábana y el cuerpo sumergido en su dormir profundísimo. Afuera, la noche, como en el sueño. Mañana, se dice, desliza el índice a lo largo de la hoja. Mañana habrá un diminuto pecho que sirva de vaina para esa daga. Mañana, repite, mesándose los cabellos, ora grises ora oscuros. Un sorbo al vaso que está en la pequeña mesa, junto a la cabecera. Y cierra los ojos. Y el mal sueño acomete. Sin importar lo fresco del agua. Los belfos de la pesadilla exudan magma junto a su cuello. Lo bañan. Lo hacen revolverse bajo las mantas. Y lo ve. De nuevo. El cuerpo dormido. Sus propios pasos aproximándose. Las baldosas llenas del eco de su acercamiento entre las sombras. Más cerca, más, cada vez más. Entonces un punto de luz. Una estrella plateada. O dorada. No sabe, no alcanza a ver. El punto se acerca, se alarga hasta tejer el filo de la daga. Se escucha una respiración calma. Los pasos cada vez más silentes. Más cortos. Flotan sobre el embaldosado. Y el cuerpo que no se mueve, que apenas si respira envuelto en su ignorancia. Un quejido leve, la luna se asoma en lo alto de la habitación. Y la daga flota como un carroñero sobre el cuerpo, sumergido hasta los hombros entre las mantas. Y quien sostiene la daga ve una mata de cabello oscuro, azuloso. Despierta, grita. Cree que grita. Despierta. Y un viento leve agita esos cabellos. Y deja ver un rostro idéntico al del atacante. Kanon, despierta ya, dice, agregando un nombre y una urgencia a su grito. Pero el dormido nunca se mueve. Y la daga acomete. Siembra una explosión de pétalos rojos sobre ese pecho. Pero su hermano sigue preso en aquella celda junto al mar. La del acantilado, en la que él mismo lo arrojó. ¿Y entonces? Entonces la hemorragia de su propio pecho lo arrastra al suelo mientras, afuera, la luz cada vez más brillante de la luna anuncia la llegada de la encarnación de una diosa.


Próximo capítulo: Máscara de Muerte.

¡Si te atreves a hacerme algo parecido a lo del espejo, ya verás!–, se escucha. La autora sigue escondida, y no va a salir hasta que el Gran Cuerno haya pasado.