¡Saludos de viernes, lectores!
Espero estén pasando un buen día y su fin de semana empiece de lo mejor. Dejo a su consideración la tan publicitada escena del león dorado, Aioria, esperando sea de su agrado.
Muchísimas gracias por leer y por dejar su huella en estas pequeñas historias. Bienvenidísima, Fabiola Brambila, ya te extrañaba (muchas gracias, y sí, Mu es de mis favoritos, me encantó en la saga de Hades, verlo tan bello y poderoso), Tot12 (cierto, tal vez no lo quiera mucho, pobre incomprendido Mascarita, pero aquí intenté darle ese orgullo de los dorados, me gusta que te haya gustado el capítulo), InatZiggy-Stardust (amiga, muchas gracias por seguir mis locuras, Mascarita, digno caballero dorado, ¡wii!), Mel-Gothic de Cáncer (miles de gracias por tus comentarios, espero Masky haya quedado satisfecho y no me ataque), SakuraK Li (amiga, gracias por leer, pese a que los dorados no son tu fuerte, sí, se ve que Kurumada no quería mucho a este personaje, ¿cómo se va a asustar si hasta allá manda a sus enemigos y va él mismo a pelear? Aunque por otro lado, que lo manden más allá del Yomotsu sí es otra cosa, recordé un fragmento del Evangelio según Jesucristo, del Nobel de literatura 1998, José Saramago, donde Jesús va a resucitar a Lázaro y Magdalena lo detiene diciéndole que nadie ha pecado tanto que se merezca pasar dos veces por la muerte, o algo así, y entonces Lázaro se queda muerto… Gran libro, altamente recomendable).
A todos, muchas gracias, el trabajo y ¡un nuevo bloqueo!, no me han permitido comenzar siquiera mi capítulo del Espejo humeante, aunque ya lo tengo pensado. Es horrible que en cuanto abras un archivo se te apaguen las ideas… En fin, por lo menos ya tengo completas estas fotografías para ustedes.
Copyright a Kurumada por sus personajes, ahora sí, ya pueden pasar a leer, buen provecho.
Por primera vez
Lo rodean los soldados del Santuario. Los encargados de la vigilancia en las habitaciones del Patriarca. Fueron ellos mismos los de hace días. ¿Dónde está tu hermano? Debes saberlo, seguro él confió en ti. Es un traidor. Y él negó con la cabeza. En silencio, abrazando sus piernas, inclinado, como si así intentara defenderse de las acusaciones de aquellos hombres, elementos cuyo rango no alcanza siquiera el de aprendiz. Soldados. Soldados interrogando a un niño, presionándolo para que confesara algo ignorado. Manchando la reputación de un caballero dorado.
Entonces lo dejaron tranquilo cuando comprendieron que nada sabía. Pero ahora no se irán. Llevan licor en el aliento y necedad de no terminar en sus intenciones. Dilo, hermano del traidor. Dilo, vamos, obliga otro. Y el niño los mira, uno por uno. Los soldados lo cercan, son más semejantes a los barrotes de una jaula. Vamos, quiero oírte, y no nada más yo; todos aquí queremos escucharte, insiste una voz.
Y en ese encierro piensa en su compañero de juegos, el niño que se llevaron a entrenar a no sabe dónde poco antes de que acusaran a su hermano. Ahora le es imposible recordar su nombre, pero lo habría ayudado pese a ser de su misma edad.
Anda, ¿te comió la lengua el gato?, se burla alguien. Afuera, la noche sin estrellas, rondines que brindan seguridad al templo más allá de las Doce Casas, que ignoran a ese niño amenazado por adultos armados: espadas, escudos, una botella color ámbar. ¿Qué, el traidor no te enseñó a obedecer a tus mayores? El niño se encoge más. Si su cosmos le diera la oportunidad de desaparecer lo intentaría. Ser invisible, largarse, si no del Santuario, por lo menos de esa cabaña, alejarse de esos soldados que, en su borrachera, intentan obligarlo a decir unas palabras que juró nunca incluir en su vocabulario.
Uno de los hombres lo empuja con la punta de la bota, y en su "no nos vamos a ir hasta que lo digas", el niño percibe una embriaguez no atenuada. De pronto un líquido empieza a humedecerle los cabellos. Tiene espuma, un sabor amargo, y aunque es tan fresco que parece recién sacado del refrigerador, el niño siente como si dejara en su cuello la quemadura del metal puesto al rojo. Debería decirlo, piensa, aguanta lágrimas de humillación. Quizás así lo dejen tranquilo. Cede al fin, esperando que luego de oírlo, esos soldados vayan a cubrir su turno: "Soy hermano del traidor".
Próximo capítulo: Shaka.
La autora teme el Plasma Relámpago y las Ondas infernales que aún no llegan. Pero nada, el silencio quema. Y la hace sospechar. Esto no parece nada bueno… Y además viene lo del caballero más cercano a Dios.
