¡Saludos, lectores!
Muchísimas gracias, de nuevo, por leer estas mini-escenas doradas, y más agradecimiento para quienes los dorados no son su fuerte (SakuraK Li, muchas gracias por leer mis desvaríos, qué mala, pobre Aioros, él no es traidor, lo estaban difamando). InatZiggy-Stardust (¡amiga!, bullying, ja, ja, cierto, eso le hicieron esos borrachos, mira que meterse con un niño. Víctor Hugo al acecho –creo que en mi caso siempre lo está, al menos eso espero, que se me pegue algo de su talento tan grande… para hacer sufrir, muajajajaja–, se me hace que también influenció a Kurumada, mira que romperle su mundo al pequeño león), Mel-Gothic de Cáncer (muchas gracias por seguir leyendo, y a Melpómene también, creo que le gustará este capítulo, y espero a ti también), Kumikoson4 (bienvenida también, me alegra saber que te gustaron estos pequeños fragmentos de sufrimiento, ¿por qué seré tan mala con ellos? No sé, pero se me hace que estos pobres caballeritos sufren y sufren y sufren, creo que en el capítulo de Aioria sí me pasé en serio, inocente, solo y humillado por los soldados).
Dejo a su consideración este sexto capítulo, correspondiente al bello Shaka de Virgo (¡gulp!, creo que me meteré en problemas por esto, ¿alguien conoce una defensa efectiva contra el Tesoro del Cielo?). una disculpa, mis musas están lejos del Espejo humeante, no he podido avanzar nada ni en ese fic ni en otro que tengo pensado y prometido, pero espero hacerlo pronto. Muchas gracias de nuevo por leer y por sus comentarios.
Copyright a Kurumada por sus personajes. Ahora sí, pasen y buen provecho.
De vuelta
La observa. El sari blanquísimo, algo polvoso en los bordes, la cabeza al rape. El guardián de Virgo desvía la mirada hacia el Ganges y luego se acerca a las escalinatas. Se inclina, sumerge las manos; ni así deja de verla: su cuerpo encorvado, sus manos asidas para siempre a la escoba, su sombra como parte de la sombra del templo.
El caballero se humedece la frente, las mejillas, el cuello. Pero las aguas del río sagrado no pueden aliviar lo caluroso del ambiente, la molestia del sudor en su cuerpo. Shaka aprieta un puño, lo estrella contra el suelo. Una lágrima. Cómo le gustaría no haber simulado su propio funeral cerca de ahí, en una de las márgenes del río, incinerando un pequeño hato de algodón antes de marcharse al Santuario de Athena. Cómo le gustaría no haber tropezado con esa mujer.
A fin de cuentas no sabe si se trata de ella, se dice, la que antes, mucho antes, fuera su amiga, su compañera de juegos y preguntas a Buda, la niña prometida a un hombre mucho mayor que vivía en la casa de al lado. Pero es como si lo fuera; los vestidos de quienes sobreviven a un esposo hacen de los cuerpos y los rostros el mismo.
El guardián del sexto templo voltea. La joven viuda ha desparecido entre otros saris, entre las voces agudas que alaban a un dios de piel azul. Shaka se pone de pie en cuanto cree reconocerla. Corre, estira el brazo, apenas si logra rozar un hombro. Los ojos muertos, grises, de una anciana, lo clavan en el suelo, al igual que los de varios hombres. Nadie debe tocar a una viuda, su poca dedicación merece el castigo de la soledad, parecen decir. Y mientras el caballero ve a la anciana alejándose, recuerda cómo buscó a su amiga en su antigua casa, cómo supo de su reciente viudez, cómo preguntando en las calles cercanas, llegó hasta el Ganges.
No debió hacerlo.
Me hubiera gustado rodear sus hombros desde un inicio, decirle ven, vámonos, y acariciarle la nuca, piensa, buscando con la mirada a la joven del sari blanco. Pero no le es posible devolver el tiempo. Ni a él ni a la diosa a quien ha consagrado su vida. No debería ser así, la viudez ya es bastante difícil, se dice. Sólo le queda soportar el peso de esas sombras blancas y meter otra vez los ojos a la corriente del Ganges.
Próximo capítulo: Dohko.
La autora cierra los ojos, intenta sentir algún cosmos amenazador. Nada; ni Tesoro del Cielo ni Plasma Relámpago ni un paseo por el Yomotsu ni un Satán Imperial o un Muro de Cristal. Es peor este silencio.
Nota: esto de las viudas en la India es verídico, no sé si continúe vigente, tal vez sí, parece atemporal. Me enteré un poco de ello en el libro Coronada de moscas, de Margo Glantz, editorial Sexto Piso. Pueden encontrar más datos en internet: se las despoja de todo y son obligadas a vivir pidiendo limosna en los templos. Se supone que ellas debieron morir antes que sus esposos, esa sería la comprobación de que pusieron todo su esfuerzo y dedicación en atenderlos, y si les sobreviven, como pasa muchas veces por la diferencia de edades, lo que la vida les tiene reservado es una condena parecida a la muerte… Es bastante cruel.
