¡Saludos de fin de semana, lectores!

Espero hayan tenido una linda semana. La mía, pues con un año más encima, a veces no es muy lindo, pero bueno, pienso que cumplo el mismo día que el caballero de mi signo y todo mejora.

Muchas gracias, de nuevo, por sus comentarios y por asomarse a este rincón caballeresco. Kumikoson4, Tot12, InatZiggy-Stardust, SakuraK Li, Fabiola Brambila. Creo que sí me gané a Excalibur, muy angustiante, pobre Shura, ese Saga con su Satán Imperial, y bueno, también Aioros, cómo lo hice sufrir en sus instantes finales (por si eso no fuera suficiente). Pero ya falta poco para que termine (para que la élite completa venga a buscarme/reclamarme/atacarme, lo sé).

Al escenario entra, ¡el refrigerador andante!, ah, no, perdón, el caballero Camus de Acuario actuando para ustedes. Espero les guste.

Copyright a Kurumada por su bello personaje. Ahora sí, ya pueden pasar a leer esta penúltima entrega.


Una plegaria

Entonces dejó que sus manos grabaran la palabra "Santuario" en el hielo.

Había llegado a Siberia buscando a su alumno; era imposible que Hyoga considerara dejar de lado sus deberes como caballero.

El guardián de Acuario encontró la cabaña que habitaran con Isaac durante casi seis años vacía. Negó en silencio, volteó al sentir un leve estremecimiento de la puerta. Nada, sólo el aliento frío de las montañas, sólo la ausencia del Cisne metiéndose entre los goznes sin aceitar. Seguro estaba allá.

Allá era una planicie más bien parecida a un diamante. Una tumba en realidad; la tumba de una mujer que Camus adivinó muy joven, hermosa, la tumba presente desde siempre en las palabras del niño que le enviaran como aprendiz.

Esas palabras, el recuerdo de una madre muerta, habían llenado de fisuras el cuerpo y el alma del rubio. Un día, a causa de ellas, el enemigo lo mataría, se dijo el caballero de Acuario. Y decidió llevar el barco hundido, el ataúd, hasta una sima que su alumno no pudiera alcanzar.

Aunque estaba esa incomodidad que lo oprimía desde el centro del pecho. El Cisne lo odiaría, tal vez, y Camus no sería más honorable que un profanador de tumbas. Pero debía hacerlo, debía empujar el barco, de ser necesario, hasta el fondo del mar.

Salió de la cabaña, caminó un poco más allá del lugar de los entrenamientos. El Cisne no estaba. Ya se habría retirado, se le ocurrió, pero su cosmos helado acabó anunciándolo. Camus se ocultó en uno de los bloques, puestos a la manera de ángeles en torno a una cripta, y permitió a su alumno atravesar el grosor del hielo con el puño y sumergirse mientras sostenía un ramo de flores rojas. Sonrió; sería un guerrero poderoso si tan sólo ese punto débil… Se interrumpió al pensar, de nuevo, en los profanadores de tumbas, en que, seguro, esos hombres soñaban cada noche con cadáveres y lamentos.

Pero él no sería uno de ellos. Mientras Hyoga se sumergía, Camus formó un collar de cristales y lo arrojó a las aguas. Ofrenda para la muerta, plegaria, disculpa, esa ensarta de perlas iridiscentes lo separaría de aquellos ladrones, pensó al tiempo de elevar su cosmos y con él, empujar la quilla de la embarcación. Una sonrisa. Hyoga saldría pronto, exhausto, vacío de aire y asustado. Camus decidió entregarle un mensaje, un reto, quizás. Su alumno aceptaría, de eso no tenía la menor duda. Y entonces dejó que sus manos grabaran el hielo con la palabra "Santuario".


Próximo capítulo: Afrodita (final)

Nada, nada, nada… Ojalá de verdad la diosa se compadezca de la escritora.

Nota: este es un ejercicio bastante interesante, iniciar donde se termina, cortesía de mi maestro, todo un caballero dorado de la literatura, es como si yo fuera Hyoga y él Camus (de hecho, también está muerto, mal plan, lo extraño).