¡Saludos, lectores!
Espero que hayan tenido una buena semana, ya termina agosto y viene el cumpleaños de Shun alias dueño-de-mis-quincenas, ojalá los escritos no saintseiyescos me permitan celebrarlo como es debido: haciéndolo sufrir, MUAJAJAJAJAJA…
Lo siento, esa risa es contagiosa. Muchas gracias a todos los que siguieron esta mini–proyección fotográfica, y a quienes estuvieron comentando, muchísimas gracias, Tot12 (esta escena está más bien basada en el manga, es de poco antes de la guerra de las Doce Casas, lo de mala relación, se me hace que ha de ser porque Camus no es muy expresivo que digamos, ja, ja), Kumikoson4 (muchas gracias por tu opinión, amiga, la verdad, leyéndolo después de haberlo escrito, corregido y vuelto a leer, pienso que me quedó muy lindo, modestia aparte, un ejercicio interesante de mi maestro del taller de cuento, consistente en escribir algo con esa estructura, la frase inicial debía ser "Y entonces…" y acción, y terminaría con "y entonces…" y con esa misma acción, un texto circular por así decirle, gracias por tus palabras, lo que sí es que presiento que soy de los mayores por aquí, qué vergüenza), InatZiggy–Stardust (muchas gracias por leerlo, amiga, y no te preocupes, lo importante es que estés bien, sí, muy nostálgica la escena de Camus, a mí también me gusta bastante, y bueno, aquí está el final, con el pequeño Afro, espero te agrade), SakuraK Li (ejem, comadre, pretextos tengo muchos, lo que parece que no tengo es vergüenza, ya las hice esperar mucho, y bueno ahorita ando toda atareada, no con el trabajo, que está bastante tranquilo, sino con ciertas revisiones/reescrituras extra-caballeros que me tienen loca y desvelada, pero espero muy pronto empezar con ese pendiente, te diré, estas escenas ya las tenía y por eso las fui subiendo semana a semana, y pensarlas no fue difícil, pues son cortitas, aunque algunas sí me dieron un poco de trabajo y las corregí después, mientras iba actualizando), Fabiola Brambila (muchas gracias por seguir leyendo, amiga, sí, hermoso Camus y su ofrenda a la mamá de Hyoga, se habría sentido tan mal de no hacerlo así).
A todos muchísimas gracias por leer. Aquí entra a escena el caballero más hermoso de la élite, Afrodita de Piscis, espero sea de su agrado (espero no merecer una Rosa Piraña sobre la almohada). Copyright a Kurumada por sus lindos personajes, ahora sí, disfruten del final, ya pueden pasar a leer.
Espinas
El pequeño aprendiz se aleja cuanto le es posible de aquel sitio escarlata. Sumergido en una esquina de la barda, observa el jardín con las manos pegadas al pecho. No quiere entrar a la cabaña, se niega incluso a acercarse un poco, igual que ayer, igual que el primer día, cuando llegó acompañando a su maestro quien, sin remedio, le permite dormir bajo la noche, en el mismo rincón en el que ahora busca refugio.
El designado por el Santuario para entrenar al futuro caballero de Piscis no lo entiende; se trata sólo de rosas, de pétalos, ¿cómo podrían lastimar al niño? Estas flores tienen espinas, de acuerdo, se dice, pero en realidad eso no justifica el que su aprendiz huya así de ellas.
La premura con la que debe iniciar el entrenamiento le impide ver las manos del futuro Piscis, atravesadas de heridas rosáceas. En la palma, en el dorso, el pequeño Afrodita guarda la advertencia de las rosas.
No es un recuerdo, sino algo que se duplica en cuanto observa una. No importa si es un jardín o si la solitaria flor adorna una maceta. Se trata de una escena trunca; el aprendiz no sabe qué intentaba alcanzar, ignora si es el día, si es la noche, lo que rodeaba una cabaña similar a la que reposa a medio jardín. Sólo ve una mano más grande que las suyas, unos dedos que aprietan el tallo de una rosa sin corola. Y las espinas.
También oye una voz. Ronca, enarbola su autoridad con gritos. Para que aprendas. Y pobre de ti si las quitas. Será peor, dice. Y enredados en tales palabras, sus sollozos, las espinas de ese tallo dividiendo el aire, abriéndole la piel golpe tras golpe.
Ante esa escena, presente siempre, Afrodita se pregunta si de algo sirvió escapar de aquella casa que no puede nombrar suya, pues desde que dormía allí no lo era; era el refugio de mamá, de su esposo y de un pequeño hato de cobijas que aún no sabe cómo llamar.
Pero cuando se ve de nuevo ante el espejo, dos nudos de pétalos en la playera, a la altura del pecho, cuando siente aquellos hilos de sangre corriéndole entre los dedos, a causa de algo que no debía tomar, cuando las espinas vuelven a quemarle las palmas, se dice que sólo el dueño de aquella mano es capaz de infligir semejantes golpes con el tallo de una rosa, y que, lejos de él, aunque siga viéndolo, se encuentra a salvo.
El niño mira sus heridas. Un sollozo, no se mueve de ese rincón. Por la preocupación del hombre que lo cuida con amabilidad desde que dejaran el Santuario, por él mismo, por noches tranquilas, espera dejar de sentir los arañazos de las espinas. Van a irse pronto, dice, como en otras ocasiones, a la intemperie, mientras su maestro decide no lastimarlo con los Lazos Rojos, esperando que no necesite de una sangre envenenada para vencer en las batallas, que su cosmos alcance para suplir esa carencia.
Nada, la autora aún está esperando. De pronto surgen voces de ese silencio, murmullos, algún grito que asciende por la escalera. Y la autora decide ir a refugiarse en las habitaciones del Patriarca.
