Disclaimer: Nada del Potterverso me pertenece.
CAPÍTULO II
9 de octubre de 2.001. Restaurante Las Siete Rosas, Hogsmeade.
Iban a dar las siete menos cinco de la tarde. La lluvia no se hizo de rogar y se descargó por la ciudad todo lo que pudo. Percy entró en el restaurante Las Siete Rosas puntualmente. Miró a su alrededor y, al no ver a su novia, preguntó al camarero. Éste negó haber visto a nadie con esas características, así que Percy dedujo que no tardaría mucho en llegar. Audrey tenía por costumbre siempre llegar antes que su novio, pero aquella vez parecía ser la primera en la que él fuese el que tuviese que esperar.
Habían pasado pocos minutos, pero Percy ya se estaba impacientando. No le gustaba en absoluto que le hiciesen esperar y mucho menos cuando se trataba de Audrey. Respiró hondo y se dirigió a la barra del restaurante. No le quedaría mucho, así que lo mejor sería esperarla allí. Llamó al camarero para que le sirviera una copa de vino de jengibre y le dio un sorbo nada más tenerla entre sus manos. Casi se atraganta con él. Sintió cómo el ardiente brebaje le quemaba las entrañas al llegar al estómago. Cerró los ojos y sacudió la cabeza. En ese momento recordó el motivo por el que no solía tomar esas cosas.
.
.
Dirigió la mirada hacia la puerta. Vio a una muchacha con un sombrero en la cabeza de espaldas en la entrada hablando con uno de los camareros. Percy se levantó, sonriente, queriendo darle una sorpresa a la recién llegada. Tenía pensamientos de darle una pequeña regañina por llegar tarde, aunque fuese medio en broma, pero se lo pensó mejor. Cuando se hallaba a tan sólo unos pasos de la chica, fue precisamente Percy quien se llevó una gran sorpresa cuando ésta se dio media vuelta.
—¿Percy?—preguntó la chica con los ojos muy abiertos y ligeramente emocionada al ver al pelirrojo; a éste se le borró de inmediato la sonrisa de la cara—¿Percy Weasley?
Pero Percy no contestó. Simplemente se le quedó mirando a la chica fijamente, como si de un fantasma se tratara. Se había quedado sin palabras y no estaba seguro del todo en si contestar o no.
—Penelope...—consiguió decir al fin.
Hacía mucho que no la veía. Por lo menos habían pasado cuatro o cinco años. Lo último que supo de ella, fue que tuvo que esconderse para escapar de los mortífagos antes de la Batalla de Hogwarts. En parte, se alegraba de verla sana y salva. La muchacha se dirigió hacia la barra, mientras se desprendía de su sombrero y su abrigo, empapados ligeramente por la lluvia. Se anudó a la cintura un mandil negro y pasó detrás de la barra, donde le sirvió a su acompañante otro vaso del ardiente licor que estaba bebiendo. Él la miró por encima de sus gafas; no supo cómo decirle que no quería más, pero ya era demasiado tarde para ello.
—A esta invita la casa—instó con una gran sonrisa.
La muchacha atendió a un par de clientes que acababan de llegar y Percy aprovechó para mirar, una vez más, su reloj. Cuando lo sacó y se percató de la hora que era, comenzó a preocuparse seriamente por Audrey. Llevaba más de veinte minutos de retraso y eso no era nada normal en ella. Tomó un trago de su bebida y procuró no pensar en nada malo. Aunque le resultaba bastante difícil no hacerlo.
Pasados unos minutos, algo le golpeó en el hombro.
—¿Pero qué...?—una pequeña lechuza se le posó en el brazo. Percy abrió los ojos lo más que pudo al darse cuenta de que era la mascota de su novia—¿Cook?—el muchacho se apresuró a despojarle el pequeño pergamino que tenía atado en una de sus patas. Lo leyó apresuradamente, temiendo lo peor. Respiró aliviado al no ser así y le dio un leve golpecito al animal para que pudiera marcharse.
—¿Todo bien, Percy?—preguntó Penelope al ver la cara del pelirrojo—Pareces preocupado por algo.
—Sí, tranquila—contestó cogiendo su vaso, dándole un buen trago—. Es sólo que mi cita se va a retrasar bastante y puede que cerréis para cuando esté disponible. Será mejor que me marche a casa y...
—No, por favor—suplicó la rubia cuando Percy se levantó de su asiento, cogiéndole de la mano impulsivamente—, quédate.
El muchacho se quedó mirándola. No sabía qué decirle ahora. Tan sólo se volvió a sentar en el taburete de nuevo. Penelope miró hacia ambos lados, cerciorándose de que no quedaba nadie más sin atender y regresó la mirada hacia su amigo. Salió de detrás de la barra y se sentó a su lado.
—No sabes cuánto te he echado de menos, Percy—comenzó a decir mirándole fijamente a los ojos—. Cuando tuve que escapar de esos carroñeros, en lo único que podía pensar era en que me hubiese gustado tenerte ahí, conmigo, ayudándome, apoyándome—la joven cerró los ojos y tomó un poco de aire antes de continuar—. Estuvieron a punto de atrapar también a mi familia y por eso decidimos refugiarnos en una casita que posee mi madre en su pueblo natal, a las afueras de Dublín. Allí estuve bastante incomunicada, ya que escuché algo de que estaban interceptando las lechuzas y no podía fiarme. No me enteré hasta dos meses más tarde de que hubo una batalla en Hogwarts y oí algo de que había un Weasley entre los fallecidos—Penelope se estremeció al recordarlo—. No pude averiguar quién fue, pero no sabes cuánto me alegro de que no fueses tú y...
—Pues yo no—la interrumpió Percy, bajando la mirada—. Ese Weasley del que escuchaste, fue mi hermano Fred.
Penelope dio un respingo y se tapó la boca.
—Lo... lo siento. No sabía nada, yo...
—No te preocupes, no es culpa tuya.
—Ojalá hubiese podido estar aquí para apoyarte y ayudarte en lo que fuese.
—En serio, no importa. Tú hiciste lo que debiste, protegiendo a tu familia. Es donde debías estar.
—Sí, pero después de que acabara todo debí regresar. Aquello no era mi sitio. Aunque estaba con mi familia, el taller de neumáticos de mi tío John no era precisamente el trabajo de mis sueños. Me ha costado más de tres años convencer a mi madre de que todo iba a salir bien. Así que, una vez que se calmó, contacté con un viejo amigo de Hogwarts, Ben Sommerville. Su padre reabrió este local después de más de veinte años cerrado. El anterior dueño fue asesinado por los mortífagos en la Primera Guerra Mágica y permaneció cerrado hasta hace un par de meses, que decidieron abrirlo. Y yo ahora les estoy echando una mano. Lo que sea con tal de no estar reparando neumáticos.
—No sé qué será un neumático—comentó Percy intentando no trabarse la lengua con la extraña palabra—, pero me alegro de que al fin encontraras algo que te entusiasme de verdad...
—Bueno, tampoco es que sea lo que buscaba, pero mejor que el taller sí que es. Además—dijo la joven acercándose a Percy peligrosamente—, os echaba muchísimo de menos.
—¿Nos echabas de menos? ¿A quienes?
—Pues...—se quedó pensativa un segundo— a ti sobre todo, pero también a Ben, que fue quien me comunicó todo sobre la guerra. Y... no sé, también echaba mucho de menos a Audrey...—Percy casi se atragantó al escuchar su nombre. Había tardado bastante en mencionarla y tenía la esperanza de que no la mencionase— ¿Estás bien?
—Sí, sí, es sólo que se me fue por donde no era... Continúa, por favor.
—Pues eso, que también echo de menos a mi mejor amiga. No sé si la recordarás, Audrey Wortham. Alta, morena, ojos pequeños y oscuros, nariz algo pronunciada, sonrisa encantadora...
—Sí, sí, tranquila, la...—carraspeó un poco—, ejem, sí, la recuerdo bastante bien—tomó su copa y le dio otro buen trago. Aquello le estaba resultando bastante incómodo.
—Sí, bueno, lo último que supe de ella fue que...—hizo una breve pausa para hacer memoria—, bueno, tal vez no sea ni verdad. Me enteré de que estaba saliendo con alguien, pero de esto hace ya como dos años y... puede que ya ni esté con ese pobre hombre con quien saliera—se echó a reír.
—¿Y... por qué crees eso?—preguntó curioso Percy.
Penelope puso los ojos en blanco y bufó.
—Pues porque dudo de que ella sepa mantener una relación con alguien. No veas la tabarra que me daba a mí cuando estuvimos saliendo.
—¿En... en serio? ¿Y qué decía exactamente?—preguntó con una extraña sonrisa nerviosa en los labios.
—Pues nada bueno, precisamente. No te soportaba y, claro, me soltaba sermones del tipo que si ella era una persona libre que no pensaba atarse a nadie porque creía que eso sería como «cortarle sus alas». Siempre hablaba así y no veas la murga que me daba a diario cada vez que le contaba que había quedado contigo o el simple hecho de que te mencionara.
—¿Solía hablar mal de mí?—preguntó con la mirada fija en su vaso. Aquella conversación se estaba volviendo más interesante de lo que pensaba.
—Bastante. Te detestaba hasta la saciedad. La verdad es que...—se paró en seco cuando se dio cuenta de que la cara de Percy estaba como en otra parte y pensó que tal vez aquello no le estuviera sentando muy bien—, bueno, sí, hablaba pestes de ti, pero era una chica muy buena, de veras. Seguramente os hubieseis llevado bien si no hubieseis sido tan competitivos el uno con el otro...
—Entiendo.
—Pero lo que peor pude hacer—comenzó a decir, tapándose el rostro— fue dejarme convencer para que lo dejáramos.
—¿Que hiciste qué?—preguntó el pelirrojo con los ojos como platos.
—Lo sé, lo sé, fue una estupidez. Pero fue por algo que pasó en Pociones que nos hiciste perder puntos para la casa y...
—Espera, espera, espera... —dijo alzando una mano— Aquello que pasó ya te expliqué que fue un malentendido.
—Sí, sé que fue un malentendido, pero no quita que nos dejaste sin aquellos puntos que nos hubiesen venido bien. Estuvo días restregándome por la cara que estaba de tu parte, que debía de estar furiosa porque, por muy novio mío que fueses, debía al menos molestarme por ser mi casa la que estaba perdiendo. Además, tuvimos una discusión muy fuerte por aquello que hizo que estuviésemos mucho tiempo sin hablarnos.
—Y para recuperar su amistad, debías terminar conmigo, ¿no es así?
—En verdad no fue así.
—¿Sabes qué?—murmuró cogiendo su vaso y terminándose de un trago el líquido— No me apetece saber más nada de esto. Prefiero no seguir. Lo que pasó, pasó está y no hay marcha atrás.
—Está bien. Pero necesito que sepas que me arrepentí mucho haber tomado aquella decisión. He estado pensando en ti durante todos estos años, he deseado poder volver a verte incontables veces, en lo único en lo que pensaba mientras escapaba de los carroñeros era en que me hubiese gustado haberte visto al menos una última vez antes de marchar. Y ahora, el que estés aquí...—dijo acercándose mucho a él—, es como una señal, Percy, ¿no lo ves? Es posible que el destino nos esté regalando una segunda oportunidad.
Penelope le miró a los ojos como sino hubiera nadie más en la estancia. Percy se sonrojó y no pudo más que apartar la mirada. Ella se arrimó más a él, demasiado. Él le apartó la cara y cerró los ojos, negando con la cabeza.
—Lo siento, Penelope, pero no puedo hacerlo.
—¿Por qué? Está más que claro que debemos estar juntos...
—Porque...—quiso decir su nombre, pero descartó la idea de hacerlo por temor a abrir la caja de Pandora—, porque no está bien esto, Penelope. Tengo novia.
Penelope bufó y soltó una sonrisa burlona.
—Sí, pues ya veo lo que te quiere, cuando te deja más de una hora plantado y a saber lo que va a tardar en llegar...—replicó la joven.
—No hables así de ella, por favor, si no quieres que me moleste.
—Lo siento, no quería decir eso, pero es que.. no lo he podido evitar. Desde el momento en que te he visto sentía la necesidad de abrazarte y besarte como lo hacía cuando era una cría de quince años.
—Penny, yo...
Aún se preguntaba cómo era posible que la hubiese llamado así. Solamente lo hacía él cuando se ponía cariñoso con ella y no entendía cómo era posible que hubiese formulado así su nombre. Ella no dejó que dijese más. Lo tomó como una señal y, sin pensárselo más, lo besó. Fue un beso breve, pero intenso. Lo suficiente como para trastocar por dentro al joven Weasley, que se pensó demasiado si separarse o no.
—No me lo puedo creer—exclamó una voz detrás de ellos.
Ambos jóvenes se giraron para encontrarse con una chica ataviada con un abrigo oscuro y empapada hasta los huesos debido por la lluvia. Percy abrió los ojos aterrorizado por la escena que, probablemente, acababa de presenciar.
—Audrey, puedo explicártelo—se excusó Percy, levantándose del taburete.
—¿Me he perdido algo?—preguntó extrañada, Penelope.
—He pasado una tarde horrible—comenzó a decir Audrey—, procurando que mi hermana no acabara perdiendo un brazo, sintiéndome mal por no poder llegar a tiempo a esta cita, teniéndome que venir andando porque, por los nervios del momento, acabé tres manzanas más para atrás de este local y, claro está, teniéndome que tragar una tormenta infernal que me ha calado entera, con el único deseo de pasar, al menos, una noche romántica con mi chico. ¿Y qué es lo que me encuentro? Al susodicho besándose con... con... —miró a la rubia entrecerrando los ojos hasta que se percató de quien era— ¿Penelope?—pasó su mirada de nuevo a su novio, abriendo más la boca por la sorpresa— Lo que me faltaba. Gracias, Percival Ignatius Weasley por terminar de empeorar este desastroso día.
Y dicho aquello, salió enflechada por la puerta. Percy corrió tras ella, pero fue más rápida y, cuando quiso darse cuenta, se había desaparecido. Se quedó mirando, bajo la lluvia, cómo la calle quedaba de nuevo desierta. Regresó al restaurante con la intención de despedirse de Penelope. Sabía que su presencia no iba a crearle más que problemas y lo mejor era cortar por lo sano. Al entrar, la joven lo miró con un aire de decepción.
—¿Ella... es tu chica?—preguntó sin poder apartar la vista hacia el chico.
—Así es—contestó cabizbajo el pelirrojo—. Iba a decírtelo, pero..
—Pero, aún así, dejaste que hablara de ella como lo hice.
—Penelope—dijo un muchacho que se le acercó—. En la mesa tres necesita que le lleves unas botellas de vino.
—No te preocupes, Ben—contestó con una sonrisa fingida—. En seguida voy.
—Yo mejor me marcho—dio tajante, Percy—. No quiero causarle problemas a nadie más por esta noche.
—No, espera—instó la rubia, aproximándose al pelirrojo—. Sinceramente, después de lo que acaba de ocurrir, no sé qué pasará entre vosotros dos. Yo no me pienso interponer, pero, de estar terminada la relación, me gustaría volver a verte. He pasado demasiado tiempo esperando este momento y no lo pienso desperdiciar—sacó un trozo de pergamino donde garabateó algo y se lo entregó—. Toma, esta es mi dirección. No está muy lejos de aquí. Salgo en una hora, por si te lo piensas mejor. En fin. He de continuar trabajando.
La joven se dio media vuelta, regresando a sus quehaceres en el restaurante. Percy, por su parte, salió arrastrando los pies del lugar. No sabía a dónde ir, no sabía qué hacer, ni sabía qué iba a ocurrir después de todo aquel jaleo que se había montado en un momento.
.
.
Necesitaba pensar y aclarar sus ideas. Deambuló por las calles nocturnas, bajo la incesante lluvia durante rato largo y tendido. Pensó en Penny, en todos aquellos momentos que pasaron juntos durante su relación. Aquellas noches prohibidas donde se saltaban el toque de queda para encontrarse en algún lado escondido del castillo. En ese primer beso que tuvo con ella. En todas las apuestas absurdas que hacían para ver quién ganaba antes, si Gryffindor o Ravenclaw. En el momento en el que ella quedó petrificada por culpa del basilisco y en lo mal que lo pasó viendola, día tras día, postrada en aquella cama sin poder hacer más nada que esperar a que Madam Sprout pudiera terminar aquel zumo de mandrágora para poder devolverla a su estado normal. Y en lo aliviado que se sintió cuando la pudo abrazar al fin. También recordó ese último beso, tan sólo unos minutos atrás, que le devolvió a la adolescencia, cuando se escondían en las aulas para hacer esas cosas.
Suspiró.
Después le vino a la memoria la encantadora sonrisa de Audrey; esa misma que le alegra todas las mañanas cuando la ve llegar a la oficina y se despide de ella por las noches con ella puesta en la cara; en esa risa adorable que le recordaba a una pequeña ardilla y hacía que él también se riese con ella; en esa nariz ciertamente prominente que le simpatizaba tocar, ya que cada vez que lo hacía estornudaba y ella se ponía muy graciosa; en esos diminutos ojos oscuros y curiosos que le ponen nerviosos como se queden fijos en él; en la manera tan tierna que tiene de tocarse el pelo cuando está nerviosa y no sabe qué hacer; en la manía que tiene de recogerse el cabello porque, según ella, es mucho más cómodo, a pesar de que él la prefiere mil veces con la melena suelta. Y aquella noche, empapada como iba, lo llevaba así. Porque siempre hacía esas pequeñas cosas que a Percy le sacara una enorme sonrisa a diario.
Y ahora, ¿qué se suponía que debía hacer él? No tenía la más remota idea. Tan sólo continuó caminando sin rumbo fijo, pensativo. Se paró un momento y se apoyó contra una pared. Respiró profundamente, echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos y metiéndose las manos en los bolsillos. Fue ahí cuando notó algo en su bolsillo derecho. Y, de pronto, lo tuvo claro. Sonrió levemente. Sacó el papel donde tenía apuntada la dirección de Penny y, sin más, se dirigió hacia ella.
.
.
No le apetecía mucho seguir caminando bajo la lluvia, así que decidió desaparecerse en el lugar exacto. Se quedó frente a la puerta un par de minutos, pensando bien qué iba a decirle. Debía ser rápido, puesto que la lluvia no tenía pensamiento de cesar en toda la noche. Decididamente, golpeó tres veces la puerta hasta que ésta se abrió unos instantes más tarde.
—Buenas noches, Penny—saludó Percy cortésmente.
—Me alegro de que estés aquí—respondió Penelope con una sonrisa y lo invitó a pasar.
CONTINUARÁ
NDA: La verdad es que no sé cómo me habrá quedado este capítulo. Lo veo algo... cargado de cosas, pero es que no había manera de quitar todo lo que se me iba pasando por la cabeza. De todos modos, lo he dejado de tal manera que ni Penelope ni Audrey queden de malas o algo. Es que, en un principio, Penny iba a ser una especie de roba-novios, pero me lo pensé mejor y no creo que eso fuese algo que atrajese a Percy. Vamos, tenía que hacer que él se volviese a "enamorar", de algún modo, de su ex-novia, no huir de ella.
En fin, espero que os haya gustado, aunque no me termina mucho de convencer, pero así se queda porque me lo pensé demasiado y creo que queda completamente convincente los motivos de la marcha de Penelope, su regreso y demás.
¿Reviews?
Un saludo muy fuerte y hasta el próximo capítulo. ^^
~Miss Lefroy Black~
