III
En cuanto Finnick abrió los ojos, recordó que estaba en casa de su mejor amigo, y todo lo que había pasado la noche anterior. La puerta se abrió de pronto, y Mags entro con una bandeja que tenía una taza de té, y huevos revueltos.
-Buenos días Finnick.
Finnick le sonrió, aunque aún podía vislumbrar un rastro de tristeza en su mirada, después del comentario de Brutus la noche anterior. Se levanto y la beso en la mejilla.
-Buenos días Mags.
Mags salió de la habitación y volvió con varias prendas de ropa.
-La señora ha buscado ropas de su esposo que puedan quedarte, y me pidió que te las trajera.
Finnick simplemente sonrió, después de lo que había escuchado en la noche, no se sentía muy a gusto usando la ropa de Brutus.
-Sé que es incorrecto decirlo –dijo Mags –pero no me gusta la manera en el que el señor trata a la señora, ella es demasiado buena para él.
Finnick la miró sorprendido, nunca había visto a Mags tan enojada.
-Demasiado buena para cualquiera, Mags –Inmediatamente se arrepintió de haberlo dicho, pero Mags simplemente le sonrió.- Sé que escucho lo que paso anoche, y de nuevo me disculpo porque no es correcto, pero ese hombre no tiene límites, alguien debería de ponerlo en su lugar. Desconozco al niño que yo cuidé, a su amigo, al hombre que era antes de tener tanto dinero.
Finnick hizo una mueca, y después de que la mucama salió de la habitación se dio cuenta de que había estado dándole indirectas. Se puso la primera camisa que vio, y salió de la habitación, bajó las escaleras, y escucho la puerta cerrarse. Observó por la ventana, como Brutus se subía en su automóvil con una enorme sonrisa en el rostro, y sintió nauseas de inmediato.
Al entrar a la cocina, encontró a Annie abrazada de Mags y llorando desoladamente.
-Disculpen, yo… -miró a Annie, quien al parecer sin importarle que Finnick estuviese ahí, seguía llorando- ¿Está bien?
-Finnick, querido, será mejor que te retires.
Finnick asintió, y en cuanto subió al auto, suspiro con tristeza, no podía verla así, se sentía mal, quería regresar y abrazarla, consolarla y decirle que todo estaría bien. Eso era algo nuevo en Finnick, durante muchos años nunca tuvo el interés de querer a otra persona que no fuese a sí mismo, lo cual lo hacía sentirse confundido y al mismo tiempo deprimido, deprimido ante la idea de que era la esposa de su mejor amigo la que despertaba todos esos sentimientos en él.
Pero después de aquella noche, después de escuchar las protestas de Annie, no sentía que podía seguir llamando a Brutus amigo, es más sentía tanta cólera, que no sentía que podía seguir llamándolo hombre.
Cambio la ruta del auto, y en menos de lo que pensaba estaba frente al banco de Brutus Cresta. En cuanto entro, un rostro se le hizo familiar aunque no supo reconocer de donde.
-Buenas tardes, necesito hablar con… -se interrumpió a sí mismo –eh, perdona, es que te pareces tanto a la novia de un amigo.
La chica era de ojos grises y cabello castaño, su piel era un poco morena, además de ser bastante hermosa.
-¿Cómo se llama tu amigo? –pregunto seria.
-No, olvídalo. Necesito hablar con el señor Cresta.
-¿Tiene una cita?
-No… pero puede mencionarle mi nombre y verá como me recibe.
La morena dudo durante unos segundos.
-Está bien, aguarde aquí.
Finnick asintió y la chica entro a la enorme oficina de Brutus, en lo que la chica regresó, Finnick observó las enormes columnas blancas a su alrededor, la gente caminando como si nada, como si no hubiese guerra, como si toda el asunto de la guerra fuese ajeno del lugar.
-El señor Cresta lo recibirá de inmediato.
Dijo la chica sorprendida.
-Gracias, ammm…-
-Katniss Everdeen, señor-
-Katniss, gracias.
Entro a la oficina, y encontró distintas cabezas de distintos animales de caza, y de inmediato recordó la pasión que Brutus tenía por este deporte.
-Finnick, primero que nada, quiero disculparme por lo de ayer, por cómo le hable a Mags. Es que no supe cómo manejar mi preocupación.
"Sí, claro" pensó Finnick.
-No hay problema.
-Bueno, entonces ¿Qué te trae por aquí? ¿Mi esposa te trato con propiedad?
Finnick simplemente asintió.
-Brutus, sé que no es de mi incumbencia, y en realidad no debería de decirte esto, pero anoche, los escuche, y yo…
Brutus empezó a reírse a carcajadas.
-¿Nos escuchaste? No has dejado de ser el pervertido que conozco. Admito que cuando no quiere se pone como una fiera, pero eso me excita aún más, me supongo que escuchaste como gritaba, ya sabes, de placer.
Dijo lo ultimo levantando una ceja.
-Brutus, de lo que quiero hablarte, es de…
-Ya sé –lo interrumpió Brutus de nuevo –Me imagino que habrás hecho al escucharnos-dijo guiñándole un ojo –Necesitas una buena chica, en estos tiempos de guerra, lo que menos quiere uno es soledad. ¿Qué te parece mi secretaria? Puedo hacerles una cita.
-¡Diablos Brutus! Déjame hablar.
Brutus volvió a reír y observó el enorme reloj de oro que posaba en su pared.
-Será en otra ocasión Odair, tengo cosas pendientes que hacer. Pero te invito a cenar esta noche.
Finnick simplemente resoplo y asintió, sentía la necesidad de estar con Annie cuando Brutus andaba cerca, la necesidad de protegerla se acrecentaba en su pecho, y se preguntaba si era debido a sus sentidos de soldado, o por sus sentidos como hombre. En cuanto salió de la oficina, se despidió de la secretaria, y se dirigió hasta su casa.
Encendió la radio, y la misma canción que había escuchado la tarde anterior comenzaba a sonar, instantáneamente cerró los ojos, recreando aquel baile que tanto disfruto con Annie.
Por unos segundos pudo sentir el aroma de su cabello contra su nariz, y su suave respiración descansando sobre su hombro, por unos segundos imagino que Annie era suya, suya y no de Brutus. Abrió los ojos rápidamente ante aquel pensamiento, observó a su alrededor y volvió a cerrar los ojos con fuerza.
-Que idiota- se dijo a sí mismo al observar su casa. No tenía nada en comparación de Brutus, nunca podría ofrecerle nada más de lo que ella merecía, no podría comprarle ningún vestido tan hermoso como el que ella usaba la tarde anterior. Las sales de baño, ni los jabones que había visto en la bañera la noche anterior. Lo único que tenía para Annie era él mismo, y parecía no ser suficiente.
Exhausto, decidió tomar una siesta, pero en cuanto despertó ya había amanecido, se había perdido la oportunidad de cenar con los Cresta. En cuanto despertó, lo primero que paso por su mente fue Annie llorando.
Se mojo la cara con agua fría, desesperado ante aquel sentimiento del que había estado huyendo desde hacía tanto tiempo, no podía, no podía estar enamorado de aquella mujer, se decía a sí mismo.
Toda la tarde, paso hesitando sobre si ir a casa de los Cresta para saber si Annie estaría bien, si Brutus no le habría hecho más daño, pero sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando alguien comenzó a tocar en la puerta, era casi medianoche.
-¡Mayor!- grito Annie desde la puerta, Finnick salto de su pequeño sofá, y corrió hasta la puerta.
-¿Señora?
-Realmente lo siento, venir a estas horas, pero Brutus no ha vuelto a casa, y pensé que tal vez estaría aquí.
Finnick negó rápidamente.
-Pase, pase –dijo desesperado -¿Qué, qué puedo ofrecerle?
Annie tenía la mirada gacha debido a la vergüenza, se rehusaba a mirar a Finnick después de que este la había visto llorar desconsoladamente, y sobre todo después de que probablemente la había escuchado cuando su esposo se había aprovechado de ella.
-Nada, es mejor que me vaya, no quiero que la gente hable.
Suspiro un poco y abrió la puerta, pero la mano de Finnick la cerró y la acorralo contra el marco.
-Señora, está lloviendo, y es bastante noche, no puedo permitirle que se vaya.
Annie lo miró, acalorada, podía sentir la respiración de Finnick contra su rostro, su brazo musculoso tan cerca de ella, y aquel olor varonil llegaba a sus sentidos de nuevo.
-Pero, no es buena idea que me quede aquí, mi esposo se molestará.
Finnick bufó un poco sin moverse un poco de su posición.
-La acompañaré a casa, sólo déjeme ir por mi abrigo- Annie asintió levemente, y Finnick corrió a su habitación por el abrigo.
Annie se quedó unos minutos sola, observando la casa del Mayor Odair, no era muy grande, de hecho no era ni de dos pisos, su cocina era bastante pequeña, al igual que su salón, en donde sólo había un enorme sofá y un librero de madera lleno de libros, detrás del sofá. La casa olía a café combinado con cigarrillos, y el aroma a Finnick bailaba en el ambiente.
-Listo.
Annie volvió a asentir, y confundida miraba hacia sus alrededores en la calle, buscando señales de su esposo en todos lados. A pesar de todo, aquel pequeño cariño que sentía por él, provocaba que se preocupase cuando él no estaba, o llegaba bastante tarde, lo cual últimamente había estado pasando bastante seguido.
Caminaron en silencio, y a pesar de que Finnick no lo quisiese admitir también se sentía preocupado por Brutus. En cuanto llegaron a la puerta, Annie abrió con cierta pesadez, le costaba admitir, que le dolía separarse del soldado.
-No se preocupe –sonrió un poco –yo lo buscaré por usted. Descanse, y si tengo o usted tiene alguna noticia yo vendré mañana temprano.
-Gracias- dice Annie tímidamente. Se siente como en todas aquellas novelas de las que había leído, la lava recorriendo su garganta, la cosquillean te sensación de mariposas volando en su estomago. En cuanto cierra la puerta, todas aquellas sensaciones se vuelven una sola, volviendo inexplicable cualquier sentimiento que Annie tuviese en ese momento, hasta que se encontró con el rostro de su esposo.
-¿Por qué estabas con Odair? –le grita en el rostro.
-Fui a buscarte –dice Annie temblorosa –Estaba muy preocupada, y el mayor se ofreció para traerme a casa.
-La gente pensará que soy un tonto –le dio una bofetada en el rostro con tal fuerza que Annie termina en el suelo –Perdóname, Annie, querida, lo siento tanto –Brutus se apresura para limpiar la nariz de Annie, la cual comenzaba a sangrar.
-Señor…- Mags apareció detrás de ellos y corrió hasta Annie, pero el brazo de Brutus se lo impidió.
-¡Lárgate a la cocina!- grito Brutus de manera violenta, Mags mira a Annie, asustada, y Annie asiente para que se retire. –Perdóname cariño.
Annie simplemente asiente con la cabeza, y se limpia la sangre con la mano.
-Annie, prométeme que te alejaras de Finnick.
-¿Qué? –pregunta Annie atónita.
-Es mi mejor amigo, pero temo, temo que es capaz de llevarte de mi lado. Por favor Annie.
Tal vez fue el dolor punzante que sentía en el rostro, o la cara de piedad que Brutus exponía, pero un hoyo en su estomago comenzó a formarse, y por unos segundos, los más largos de la vida del banquero, Annie dudo de cómo sería su vida sin el Mayor a su lado.
-De acuerdo- Hablo finalmente –Deberías disculparte con Mags.
-Mañana prometo hacerlo.
Le dio un suave beso en la frente, y se dirigió a su habitación para quedarse completamente dormido.
Annie miro hacia el suelo, el cual estaba manchado con un poco de sangre, se dirigió a la cocina y no encontró rastro de Mags, tomo un paño mojado y aún con las manos vendadas, limpio su propia sangre del piso.
Con impotencia, y depresión subió las escaleras hasta su cama, en donde sintió el aroma de su esposo, y el mismo aroma parecía golpearla al igual que su esposo lo había hecho unos minutos antes. Y ahora que parecía estar aún más prohibido, la fantasía de Finnick y ella aparecía con una frecuencia más dolorosa.
Mientras que Finnick buscaba a Brutus en casi todas las calles, rendido al no encontrar resultado camino hasta su casa, el camino frío y con lluvia, no le dejaba pensar con claridad, sobre lo que realmente sentía por aquella mujer casada.
Mientras se quitaba el abrigo y volvía a mojarse el rostro con agua fría, se preguntaba, si pudiese ser posible, que en tan poco tiempo, con tan poco de conocerla, sentirla de aquella manera, necesitarla como al aire mismo, preocuparse por ella, amarla. Sí, ese era el mayor miedo del Mayor Odair, amarla.
