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-¡Rachel, Rachel!

- ¿Quinn? ¡¿Quinn, eres tú?! -estaba en un lugar desconocido, no podía ver nada más que niebla y una resplandeciente luz que venía de algún lado y la aturdía, estaba confundida y perdida, pero escuchaba la voz de Quinn gritando su nombre.

-¡Rachel, Rachel! -oía como su amada gritaba a más no poder.

-¡¿Quinn?! ¿Dónde estás? ¡No te veo! -Rachel se abría paso entre la niebla como podía tratando de mantener los ojos abiertos frente a la luz que la cegaba.

-¡Rachel, por aquí! -seguía gritando la chica. -¡Quinn no puedo verte! ¡No puedo verte! -se estaba desesperando, no podía encontrarla, se armó de valor y sin importarle no saber dónde estaba o que no podía ver nada, corrió con todas sus fuerzas tratando de seguir la voz de Quinn. Se cayó y levantó muchas veces pero no podía dejar de correr, no hasta hallarla.

-¡Rachel! ¡Aquí estoy! -cuando escucho su voz tan cerca abrió los ojos para deslumbrarse a plenitud con la figura de la rubia vestida de blanco y una luz que la cubría.

-Quinn... -logró susurrar contemplando la hermosa estampa angelical- Quinn, eres tú. Te he encontrado. -la felicidad no cabía dentro de ella.

-¡Rachel! ¡Rachel! -sentía como una fuertes manos la movían- ¡Venga Rachel, despierta!

-.. Ah... ¿Papá?.. ¿Qué pasa? -preguntó adormilada.

-Rachel, al fin despiertas, ha llegado Kurt y te busca. -explicaba Hiram.

-¿Kurt? ¿Ahora? -pregunto confundida mientras revisaba la hora- ¡Dios, son las once menos cuarto!

-Dice que es una emergencia por eso he subido a despertarte, mi niña.

-Debe ser importante si ha venido tan tarde, dile que suba, por favor.

-Claro -fue lo último que Hiram dijo antes de abandonar el cuarto y dejar a Rachel sola y con cierta rubia angelical paseándose sin remordimientos por su cabeza.